A partir del 1 de enero de 2022 el
Estado argentino impuso el “pase sanitario”, similar al que ya viene
aplicándose en diferentes partes del mundo. Aún es pronto para
determinar cuál será su impacto local. Por el momento, continúa
desviando la atención social principalmente hacia el coronavirus, y en
particular hacia el abordaje que los Estados proponen: aislamiento,
desconfianza ciudadana, control estatal y vacunación semiobligatoria.
De este modo, a su vez, se opta
deliberadamente por responsabilizar a los no vacunados del nuevo pico de
contagios. La frustración producto de esta nueva ola, que se desarrolla
a pesar del alto nivel de vacunación y el largo acatamiento de medidas
de confinamiento, no ha suscitado un pensamiento crítico, sino todo lo
contrario.
Ante el empeoramiento de nuestra supervivencia los gobiernos proponen más control y mayor disciplina de la población. Desplazando
discursivamente el enfrentamiento al terreno entre vacunados y
no-vacunados. Parecieran querer decir que nuestros problemas no se deben
a una sociedad dividida entre explotadores y explotados, sino a una
nueva y democrática grieta: el esquema completo de vacunación.
Nuevas restricciones…
Según la reciente normativa nacional,
mayores de 13 años deberán acreditar esquema de vacunación completo
contra covid-19 para asistir a eventos masivos y viajes grupales,
dejando abierta la posibilidad de extenderlo en cada provincia a otras
actividades, ya sea gastronomía, gimnasios, centros comerciales,
realización de trámites en organismos públicos o entidades privadas,
etc. De hecho, varias provincias comenzaron con su aplicación algunas
semanas antes y ampliaron su utilización, como es el caso de la
gastronomía y entidades bancarias en provincia de Buenos Aires, o para
la realización de diferentes trámites en las localidades de Santa Fe. Aunque la vacunación contra la covid-19 no es obligatoria en Argentina, comienza a darse una obligatoriedad de facto.
Aún no sabemos cuál va a ser el efecto
de la medida en esta región en torno a cuestiones laborales, pero ya
supone un problema en los sectores donde se aplica, como es el caso del
gastronómico en provincia de Buenos Aires, donde no hay claridad sobre
las exigencias de vacunación de los propios trabajadores, que incluso en
algunos casos deben ser los encargados de exigir el pase a los
clientes. Esta situación genera conflictos, con la vulnerabilidad
característica de aquellos empleados de manera informal. Dirigentes
sindicales junto a un grupo de empresarios plantearon, en una reunión
realizada la primera semana de enero junto al ministro de economía y la
ministra de salud, entre otros, la necesidad de un “pase sanitario
laboral obligatorio” con el objetivo de no frenar la producción a causa
de los contagios.
El chantaje que se impondrá a los
trabajadores de los sectores público y privado sin esquema de vacunación
completo ya ha comenzado en algunos países de Europa, donde existe la
obligatoriedad en diferentes sectores, según el país, afectando
principalmente a la sanidad y educación, aplicando sanciones, traslados
forzosos e incluso despidos. Las empresas pretenden introducir despidos
sin indemnización si se considera que un empleado no vacunado perjudica
la rentabilidad, y el pase ya es un requisito de ingreso a diversos
trabajos.
Mientras la
obligatoriedad de la vacunación parecía imposible en un primer momento,
ya se está barajando como posibilidad en la Unión Europea.
Austria ya la anunció para el 1 de febrero y en Alemania se avanza en
ese sentido. En Italia, por mencionar un ejemplo, se están aplicando
multas de hasta 1000 euros a quien viole las normativas de utilización
del pase, y las restricciones incluyen la utilización del transporte
público. Allí donde se ha aplicado, no ha ido sino profundizándose.
Creemos importante destacar una vez más cómo a partir del coronavirus se
han globalizado ciertas medidas, perdiendo de vista cualquier
especificidad regional y dejando de lado cualquier análisis social. Poco
o nada se habla de lo estacional, de las condiciones de vida como la
alimentación y lo habitacional, de la salud en un sentido amplio; si no
de vacunas, aislamientos, estadísticas y responsabilidad individual.
En el caso de Argentina, al igual que en
el resto de los países que han implementado la medida, se registra una
alta tasa de vacunación completa, más del 70% (mayor aún si solo tenemos
en cuenta la población adulta). El pase sanitario no es necesario para que la gente se vacune, sino que pareciera ser al revés. Como señaló Giorgio Agamben, frente a la aplicación del “green pass”
en Italia, la vacuna es en realidad un medio para obligar a la
población a tener un pase sanitario. Lo cual, cabe aclarar, afecta a la
gran mayoría que está vacunada. En paralelo a la aplicación de la
medida, los gobiernos de algunos países como España evalúan comenzar a
tratar la enfermedad como una gripe endémica más.
La salud es un concepto cada día más
extraño. La covid-19 (con las sucesivas variantes del virus) continúa
desplazando la prevención y el tratamiento del resto de las
enfermedades. La vacunación, según se asume oficialmente, no previene
las nuevas cepas, ni el contagio, ni la enfermedad; aunque aseguran sí
disminuye el número de internaciones y muertes. Quienes intentan debatir
seriamente acerca de los efectos secundarios y a largo plazo de las
vacunas, las nuevas tecnologías implementadas en muchas de sus
versiones, su efectividad y la relación entre riesgos y beneficios, son
censurados y amalgamados al conspiracionismo. No
tenemos el conocimiento específico sobre vacunas para debatir sobre
dichos aspectos, pero sí nos interesa remarcar que en tanto mercancía
vinculada a la reproducción de la fuerza de trabajo y la “vuelta a la
normalidad”, es necesario poder abordarla desde un panorama más amplio.
Ya hemos recibido otras vacunas, así como
también empleamos dispositivos que permiten controlar y rastrear
nuestros movimientos tanto físicos como virtuales. No se trata de
paranoia, sino de una reflexión sobre las nuevas obligaciones y
restricciones que nos imponen. Este sanitarismo punitivista se alimenta
del miedo y la confusión reinantes, de la delegación y el
individualismo. La historia nos demuestra que es muy posible que las
medidas anunciadas como temporales estén acá para quedarse. Cabe
recordar, como ejemplo más brutal y reciente, la lucha antiterrorista a
nivel internacional. Esta trajo aparejada una serie de innovaciones en
materia represiva y control social que se aplicaron sobre el conjunto de
la población; las cuales, en su mayoría, son constitutivas de la
normalidad actual.
... viejas desorientaciones
La falta de respuestas, o siquiera un
debate profundo acerca de los avances en el control social y las medidas
pandémicas tras estos casi dos años, no pueden comprenderse sin atender
el nivel de integración política del proletariado en esta región,
inseparable de la forma que ha adquirido la reproducción de gran parte
de la fuerza de trabajo, que depende cada vez más del Estado para
subsistir cada vez peor, y que a su vez crece continuamente. Duro
contraste con la lucha social de hace dos décadas, mientras nos
aproximamos cada vez más a los niveles de desocupación y pobreza de
aquellos años. Los sueldos y jubilaciones continúan disminuyendo
brutalmente frente a la inflación, que en 2021 cerró con más de un 50%
anual según datos oficiales. El aumento de los alquileres, por ley,
incluso supera dicha cifra en muchos barrios de las principales ciudades
del país, y lo mismo ha ocurrido a lo largo del 2021 con los alimentos
de primera necesidad. Como siempre, los números no dan cuenta de la
disminución de la calidad de los alimentos que producimos y consumimos
masivamente, ni de los lugares que habitamos.
Como ya hemos señalado, las
medidas tomadas a partir del coronavirus no fueron el origen sino el
catalizador de una crisis anunciada tanto en Argentina como a nivel
internacional. No es la intención aquí profundizar al respecto,
pero cabe remarcar el carácter cíclico de la economía mundial, así como
la tendencia, al menos localmente, a analizar la situación económica y
social a muy corto plazo, sin poder evidenciar cómo tras cada crisis
nunca se alcanzan los niveles económicos del ciclo anterior. Esto
contribuye a la lógica del mal menor y las alternancias en el poder,
como ocurrió con la gestión de Macri en el período 2015-2019, que le
permitió al oficialismo desligarse de ciertas responsabilidades y
recuperar circunstancialmente algo de credibilidad.
Amplios sectores del espectro de izquierda
y el progresismo se hallan presos de lo políticamente correcto y el
oportunismo. Se pretenden ecologistas pero participan, o así lo
pretenden, de la gestión de una economía basada en la explotación de la
naturaleza (ver texto Chubut: no es no).
En lo relativo al coronavirus se olvidaron súbitamente sus lecciones
foucaultianas en materia de biopoder o las cátedras de relativismo
epistemológico. Decían querer criticarlo todo, y combatir al poder en
sus mínimas expresiones, pero acabaron aceptando sin más un dogmatismo
científico y estatal con pocos precedentes.
El “no al pago de la deuda” parece ser la
consigna elegida para mantener las apariencias, mientras se continúa
apoyando al gobierno y amplios sectores de la burguesía local en el
mantenimiento del orden. El vaciamiento discursivo poco tiene que
envidiarle a las movilizaciones en defensa de la “libertad”. Se trate de
la OMS o el FMI, nos enfrentamos a simplificaciones abrumadoras que no
contribuyen a la comprensión y el enfrentamiento del orden social.
Paranoia y movimientos sociales
Una
ola de paranoia azota al planeta, unos se sienten rodeados de enemigos,
posibles contagiadores por todas partes; otros ven conspiraciones
cuasiextraterrestres, chips en las vacunas. Unos temen el
advenimiento de dictaduras fascistas y los otros de dictaduras
comunistas. Un fantasma reaccionario recorría las redes: “La última
variante se llamará comunismo”.
En nuestro medio, e incluso más
ampliamente, es común escuchar personas que le llaman fascismo a casi
cada cosa que les desagrade políticamente o como insulto genérico. Los
hay también quienes lo hacen con la palabra comunismo, lo cual para
ellos puede representar Marx, Maduro o Bill Gates. Los segundos son
ahora quienes, en general, protagonizan globalmente las manifestaciones
contra las medidas de los gobiernos.
Nada muy diferente de las típicas
manifestaciones de izquierda y progresistas: banderas nacionales,
interclasismo, defensa de algún genocida, alguna que otra incoherencia,
así como también un descontento bastante amplio sobre las condiciones de
vida en el planeta.
Aquellos que llaman altruismo a su pánico y
ya tenían ciertas tendencias agorafóbicas y disgusto por vincularse con
seres humanos de carne y hueso no comprenden la desconfianza de grandes
sectores de la población respecto de los organismos oficiales, los
gobiernos y los medios masivos. Tal desconfianza tiene sus fundamentos,
pero el problema no es ese, sino las conclusiones absurdas que en
general suelen alcanzar. Conclusiones que, ante la ausencia de
expresiones de lucha que permitan dinamizar otras discusiones, son
rápidamente instrumentalizadas por la “nueva derecha”.
Como señala el colectivo italiano Wu Ming en una entrevista titulada Conspiración y lucha social:
«Nos oponemos al enfoque típico del conspiracionismo, es decir, al
enfoque idealista, liberal y cientificista. En este marco, desaparecen
las clases sociales, las relaciones sociales, las estructuras de poder,
las contradicciones del sistema (…) El efecto del conspiracionismo es
desviar el descontento y canalizar las energías potencialmente
revolucionarias hacia lugares donde se disipan o, peor aún, acaban
alimentando proyectos reaccionarios.»
Lo que está ocurriendo con las
manifestaciones contra el pase de movilidad puede ser un ejemplo de lo
que pueden ser las futuras movilizaciones. A los Chalecos Amarillos en
Francia también se los acusó de fascistas o reaccionarios. «Bello como
una insurrección impura» escribían en las paredes de aquel país.
Siguiendo con Wu Ming: «Las
luchas serán impuras porque los sujetos que las iniciarán carecen de
los antecedentes con los que nos sentimos cómodos: memoria de las luchas
obreras y de los movimientos sociales, conciencia de clase, tradición
de conflicto social en la familia, etc. Sin embargo,
paradójicamente, la falta de memoria también eximirá a esas luchas de
seguir patrones preestablecidos (…) La mayoría de los miembros de la
clase media precarizada, empobrecida y atemorizada nunca dominaron el
lenguaje de la lucha social, no son herederos de tradiciones políticas
con vocabularios establecidos, y esto tiene mucho que ver con la razón
por la que articulan su ira por su propia degradación social en términos
de “libertad”, o la injusticia que sienten que han sufrido por la forma
en que se manejó la pandemia. Una cosa es el individualismo y el
egoísmo, y otra la esfera de autonomía de la que debe gozar cada ser
humano. Sobre todo, es importante decir que la gestión capitalista de la
pandemia atacó toda la dimensión colectiva, la sociabilidad, las
relaciones entre las personas, etc. En este contexto, “libertad” puede
significar también la libertad de estar juntos, de actuar
colectivamente, de manifestarse. Descartar todo esto como simplemente
“fascista” es, como mínimo, una muestra de torpeza ideológica.»
Es necesaria una crítica de los derechos y
libertades burguesas, defendidos a su manera tanto por socialdemócratas
como liberales, lo que no se puede es criticar la sed de quien exige su
“derecho al agua”.