Es
por sus aspectos más superficiales que el narcotráfico llega a la
discusión pública y a la prensa. Intentaremos atravesar la
superficialidad del asunto. El narcotráfico es un síntoma de la
situación económica que está causando estragos en el tejido social a lo
largo y ancho del país. Inseparable de los graves y generalizados
problemas de adicciones, se trata de un fenómeno que crece en la
sociedad capitalista. Buscaremos abordar este problema social desde un
punto de vista de clase.
La droga es otra mercancía producida y distribuida según los criterios de la sociedad capitalista. De hecho, antes de ser prohibidas, algunas drogas eran producidas por laboratorios y vendidas como productos farmacéuticos.
La heroína y la cocaína, desde principios y
mediados del siglo XIX respectivamente, fueron desarrolladas y
producidas a escala industrial en decenas de países por empresas
químicas y farmacéuticas. Ambas eran ampliamente prescritas,
suministradas en hospitales y recomendadas por la medicina moderna,
fundamentalmente para continuar con el trabajo o soportar dolores de
heridas producidas durante las guerras. La fuerte dependencia
fisiológica provocada por estas nuevas mercancías generó en los soldados
y explotados en general, la veloz formación de un mercado cautivo. A
través de las épocas y cambios culturales, el tráfico, las drogas
legales e ilegales y los adictos han existido y tomado diversas formas
hasta llegar al modo que hoy conocemos.
El tráfico de
drogas en la actualidad es una rama más de la economía capitalista y,
como en cualquier otra, la explotación, la muerte y la extorsión se
hacen presentes. No es la primera ni la única rama productiva en
la cual se emplea trabajo esclavizado o medios ilegales para eliminar a
la competencia. Sin embargo, por su condición de casi absoluta
ilegalidad, su escala internacional, sus consecuencias sobre una gran
parte de la población y el abordaje mediático y estatal, la violencia
toma una notoriedad mayor. Los productores y vendedores de droga deben
asegurar su territorio, extorsionar, desalojar, tirotear, encargar
asesinatos, explotar, invertir en negocios lícitos, contribuyendo a la
economía. Según un estudio de la ONU el tráfico global de sustancias
generó aproximadamente 321.6 miles de millones de dólares en 2003,
aproximadamente un 1% del PBI mundial de ese mismo año.
… y Estado
La producción de miedo y la consecuente
extensión del silencio garantizan importantes ganancias para los
traficantes y sus socios, así como un efecto disciplinario en la
población. Lo que hoy vivimos en Rosario ya ha sucedido o está
sucediendo en otras ciudades del mundo. De hecho, ya se esperaba que
esto ocurriese por parte de quienes “regulan” estas actividades. A
mediados de los noventa, dos agentes especiales de la DEA (Drug Enforcement Administration:
agencia estadounidense de “Administración para el Control de Drogas”)
disertaron para una decena de oficiales de Inteligencia de Drogas
Peligrosas de Santa Fe. Uno de ellos cerró la charla diciendo: «Todavía
en la Argentina viven una relativa calma urbana con el delito de drogas.
Pero esto se terminará no bien empiecen a instalarse cocinas de
cocaína. Eso creará un rubro nuevo en la economía local, dará empleo,
abaratará la mercadería y también la multiplicará. Cuando eso pase,
tengan por seguro que habrá dos efectos: se diseminarán las muertes
violentas y la corrupción policial alcanzará niveles que jamás vieron.»
Las mafias aprovechan la miseria y la
complicidad estatal para actuar, lo cual no termina en las avenidas que
separan los barrios del macrocentro. Hay que ser muy inocente para creer
que los proyectos mafiosos que operan en una ciudad se encuentran fuera
del territorio de dominio de los Estados, que ocurren donde hay un
“Estado ausente”: este no mira para otro lado, ofrece protección e
impunidad a los negocios. Es evidente que
las mafias no podrían tener negocios millonarios sin recibir el apoyo de
amplios sectores del Estado y de la burguesía, dentro y fuera de los
gobiernos. Existe una fina línea entre la actividad legal e
ilegal, y más delgada aún entre mafia y corrupción. Esto dificulta cada
vez más la distinción entre aparato de gobierno y mafia, al igual que
ocurre con sindicatos, partidos políticos y empresas.
Diferentes sectores hacen uso de la
extorsión, la protección o la desprotección, el adulteramiento de
mercancías, el robo y el fraude para hacer negocios. Y no se trata
necesariamente de organizaciones ilegales. Quien las define o no como
tales es la mafia estatal, para la criminalización de sus rivales
menores o de aquellos que no trabajan con ella. Es el Estado el que
tiene el poder de declarar legal o ilegal una mercancía o una práctica. En
casos específicos, como las mafias del narco, estas pueden adquirir
inmenso tamaño e influencia, adentrándose en la estructura estatal y no
solo a través de la policía. Es conocido en Rosario que un grupo
de narcos fue el encargado de desalojar a los vecinos que habitaban las
tierras donde se iba a construir el casino City Center, uno de los más
grande de Sudamérica, y un hotel cinco estrellas. Alguien tiene que
hacer el trabajo sucio para emprender negocios limpios, aportando tanto
mano de obra como financiamiento.
Ley y moral
Los narcotraficantes son presentados
como los enemigos de la salud pública y la sociedad en conjunto, y el
gobierno como quien los combate. A esta simpleza se reduce la
justificación del Estado en su embate contra el tráfico de drogas. Por
su parte, la sociedad meritocrática del Capital admira a sus
narcotraficantes triunfantes, sean los protagonistas de una serie o los
reales devenidos en protagonistas de ficción. Y así sus caras se portan
en remeras o se pintan en las paredes.
A menudo la moral está estrechamente relacionada con la ley. La
ideología dominante no es más que la ideología de la clase dominante.
La economía formal también produce y hace circular otros venenos para la
salud, desde cigarrillos hasta comida chatarra. Dicho sea de paso,
industrias como las del tabaco comercializan un tercio de su producción
de manera ilegal para evadir impuestos. El narcotráfico, la “otra
acumulación”, está entroncada estructuralmente con la economía
capitalista tradicional. Un método adecuado para abordar este estudio,
dejando de lado deliberadamente las formas habituales “moralistas” de
realizarlo, es hacer a un lado los discursos y recordar que, tanto en esta como en otras cuestiones, no existen dos o más economías, sino solo una.
El narcotráfico precisa fuerza de trabajo
que valorice el valor. ¿De dónde la adquiere? En general, de los
desempleados del campo y la ciudad, o de los sectores más desvalidos y
peor remunerados de la economía. La sociedad capitalista, además de ser
una permanente fábrica de pobres, jamás puede ni podrá lograr el pleno
empleo. La desocupación estructural hace
que la fuerza de trabajo dependa de las ayudas sociales, se dirija hacia
la emigración, la economía informal, o el narcotráfico. A pesar
de los peligros que acarrea es una práctica atractiva para un sector
joven de esa masa de población excedente, ya que, además de la
retribución económica, puede brindar cierto estatus. Y en la corta
expectativa de vida de estos proletarios la muerte no se presenta como
mayor amenaza.
En el mundo…
Pero no todo se reduce a una villa, un
barrio pobre, una zona rural o siquiera una ciudad. Al hablar del
narcotráfico es preciso poner de relieve su carácter internacional. El
avance del negocio de la droga en el mundo se dio conjuntamente con el
de su supuesto control por parte de las fuerzas policíacas y militares. Hacia
1960 la lucha y colaboración internacional contra las drogas, así como
contra la subversión se generalizaron. Ambas se cristalizaron en un
modelo de seguridad y vigilancia estatal que se ha ido perfeccionando y
adaptando a las oscilaciones de cada contexto pero, básicamente, lo que
hace es operar en la construcción de la figura del enemigo interno que
se esconde y se confunde con la población, legitimando el reforzamiento y
la generalización policial-militar de técnicas y dispositivos de
control de la población.
Países donde el narco es una referencia,
como México o Colombia, no tienen su principal consumo o demanda en su
interior, sino en Estados Unidos. Dicho país prohibió, entre los años
‘20 y ‘50 del siglo pasado, la distribución de heroína y cocaína, que en
aquel entonces eran producidos principalmente por la industria
farmacéutica de Alemania, enemigo que había que enfrentar tanto militar
como económicamente. Estados Unidos tomó las riendas del movimiento
prohibicionista mundial, sin que esto mejore en nada la situación de los
barrios proletarios en sus zonas de influencia. De hecho, como puede
comprobarse hasta el día de hoy, la ilegalización de una sustancia solo
cambia las reglas del negocio, incluso aumentando su rentabilidad, pero
claramente no lo suprime.
Por el contrario, su posición tenía como
ventaja poder cuestionar e intervenir en los intereses económicos que
otras grandes potencias capitalistas tenían en la producción y la
distribución de ciertas drogas. Mientras tanto, la industria
estadounidense desarrollaba otras sustancias energizantes o contra el
dolor para sus soldados, tales como la morfina, la codeína, el café
instantáneo, el tabaco, el alcohol, las metanfetaminas, etc.
Y fue así que el gendarme del continente
comenzó a regular los negocios a través del ejército, la CIA o la DEA.
Esta última, a la que nos referimos anteriormente, es la agencia del
Departamento de Justicia de los Estados Unidos dedicada supuestamente a
la lucha contra el contrabando y el consumo de drogas en los Estados
Unidos, además del lavado de activos. Pese a compartir jurisdicción con
el FBI en el ámbito interno, es la única agencia responsable de
coordinar y perseguir las investigaciones antidroga en el extranjero.
Sin ironías, sus siglas significan literalmente: Administración para el
Control de Drogas.
Empresarios de la violencia
A
diferencia del bandido, el mafioso es un empresario: no se limita a
tomar una parte de la riqueza, sino que participa en su producción.
Al interior de la burguesía, las capas mafiosas tienen su originalidad.
En el caso del narcotráfico, sobre la base de la ilegalidad, existe un
mayor control del mercado y los precios, posibilitando una enorme
rentabilidad, sumado a las deplorables condiciones de explotación en que
se suele realizar la producción y distribución de estas mercancías.
Estas características hacen que la violencia sea un factor principal en
la competencia, en comparación con otros sectores donde la productividad
del trabajo y la innovación tecnológica son determinantes. Eso no quita
que se busque ampliar aún más los márgenes de ganancia en la
producción, fundamentalmente con la disminución de costos, como ocurre
con la generalización de sustancias cada vez más nocivas para la salud.
Un claro ejemplo es el notable crecimiento de muertes por sobredosis en
los principales países consumidores, como Estados Unidos (cerca de cien
mil en el último año), muchas de las cuales se atribuyen a la
adulteración y disminución de la calidad de aquellas.
Con el narcotráfico, la competencia
“desleal” y la violencia extraeconómica (coacción, patotas, secuestros,
asesinatos, torturas), aplicada tanto entre mafias como hacia las
poblaciones que explotan, someten, o sus consumidores, se ven a plena
luz con su rostro más extremo. Pero esto no quiere decir que la
competencia capitalista habitual esté exenta de los procedimientos
extraeconómicos, así como la explotación de una clase por otra es
fundamental en ambas expresiones burguesas.
El narcocapitalismo
no puede hallarse separado del capitalismo tradicional, es su engendro y
no puede dejar de establecer una innegable y permanente
interinfluencia. Esto queda de manifiesto en la ineludible
necesidad de lavar las cuantiosas sumas de dinero sucio producidas por
el narcotráfico para contribuir a la reproducción del Capital en su
conjunto.
Hay múltiples y cambiantes formas de lavar
dinero. Una frecuente es entrar en complicidad con una empresa que
opera legalmente en la economía formal, de manera tal que el dinero
obtenido de las transacciones ilícitas se “mezcle” e incorpore al
capital legal, cumpla sus obligaciones fiscales y oculte de esa manera
su origen. Otra, es la creación de empresas fantasma, que directamente
fingen realizar ciertas operaciones con el objetivo de lavar dinero. Con
sus diversos procedimientos, este dinero contribuye a sus socios
clandestinos de la banca, la bolsa de valores, empresas de todo tipo, e
incrementan la recaudación estatal en países donde es tan habitual la
evasión fiscal. Una parte del excedente capitalizado en el narcotráfico,
además, se utiliza para sobornos y compra de conciencias, tanto de
individuos como de instituciones, tanto con dinero sucio como lavado,
dependiendo de las circunstancias en que se realizan dichas
transacciones.
En el número anterior del boletín
mencionábamos los vínculos del narcotráfico en la región con el
desarrollo inmobiliario, las concesionarias de autos o la representación
de jugadores de fútbol. A esto sumamos las casas de cambio, las
“cuevas”, las financieras, cuyos vínculos son cada vez más evidentes. El
lavado de dinero progresivamente aparece también asociado a la
comercialización de criptomonedas por la posibilidad del anonimato y la
virtualidad para mover grandes sumas, fenómeno ya generalizado en otras
partes del mundo.
Un problema sin solución
El desarrollo del narcotráfico en las
últimas décadas es inseparable de las dificultades para la obtención de
grandes ganancias en diferentes ramas de la producción, así como de la
desocupación que arrastra tanto al consumo como al trabajo en esta
creciente industria. Se encuentra completamente arraigada en la
reproducción del Capital, así como en la reproducción de la fuerza de
trabajo.
En este sentido cabe preguntarse si, para
las fuerzas del orden, es posible erradicarlo o no existe otro camino
que el de ponerle límites. El gran problema en Rosario, asumido por
periodistas y funcionarios, es que se trata de un crimen no muy bien
organizado, principalmente descentralizado, de una competencia poco
regulada y de una fuerza de trabajo poco controlada que no respeta los
territorios asignados. En fin, se reclama una falta de monopolio para
acabar, de momento, con la extrema violencia.
Los modos más visibles de combatir al
narcotráfico por parte de los Estados pueden sintetizarse así: 1) Ataque
frontal al avispero, que tiene como resultado no solo los severos daños
“colaterales” con niveles de violencia y asesinatos cada vez más
alarmantes, sino también, que la aprehensión y muerte de los capos
produzca la dispersión, subdivisión y proliferación del narcotráfico,
efecto que estamos sufriendo en esta ciudad en los últimos años. 2)
Declarar públicamente que se continúa el ataque frontal, pero negociar
bajo la mesa con los jefes de la “otra economía”. Esta política que,
hasta cierto punto, puede restablecer la paz y corregir los aspectos más
negativos del ataque frontal (destinado en realidad al fracaso) está
lejos de eliminar la narcoeconomía. Más bien la protege, la alienta y le
da un seguro de vida. Y al hacerlo, deja sin corregir los problemas de
la salud pública aparejados a la existencia del narcotráfico. 3)
Combatir, no tanto directa como indirectamente, al narcotráfico; es
decir, dar prioridad a la lucha contra el lavado de dinero y todo lo que
implica, en vez de enfrentarse directamente con los carteles
productores y comercializadores de las drogas y estupefacientes de todo
tipo. Esta táctica, de la que se habla mucho actualmente en la región,
ha sido inútil o de efectos muy limitados donde ya fue aplicada, por la
obvia e innegable razón de que el régimen capitalista tradicional
(importantes sectores de la burguesía y una parte nada desdeñable del
Estado) no está dispuesto a deshacerse en verdad de esos recursos
económicos que benefician a ciertos particulares y al sistema tomado en
conjunto. 4) Pugnar porque se legalicen las drogas, empezando por las
menos dañinas, como por ejemplo la marihuana. Esto supone dos problemas:
la desaparición abrupta de un sector de la narcoeconomía que acarrearía
una crisis de impredecibles consecuencias; y agregamos la impredecible
fuga de esas fuerzas narco a otros sectores que puedan producir
ganancia. El otro obstáculo tiene que ver con la opinión pública. Su
parte más conservadora está convencida de que la legalización de las
drogas dañaría más que nunca la salud pública, razón por la cual cada
vez que se habla de legalizar las drogas pone el grito en el cielo.
Por otro lado, en Rosario se ha aplicado
en varias ocasiones la saturación de la región mediante fuerzas
federales como Gendarmería, lo que ocurre actualmente una vez más. Su
resultado es una relativa pacificación de breve duración en las zonas de
mayor violencia y un efecto de tranquilidad en el humor social, pero no
un enfrentamiento directo al narcotráfico, lo cual se evidencia en la
falta de avance en las investigaciones, detenciones, incautaciones de
droga, etc.
Sin minimizar la situación, tampoco queremos dar la imagen de un escenario apocalíptico. El
futuro no está en el reinado de la ilegalidad y la violencia, sino en
una mezcla creciente de norma y transgresión, de ilegalidad y legalidad.
El llamado Estado de Derecho es una necesidad capitalista. Los negocios
rompen las reglas, pero las reglas son necesarias, incluso para el
comercio ilegal. Sin la prohibición, determinadas mercancías
serían menos rentables. El auge de las mafias es ciertamente un signo de
crisis, pero de una crisis que también produce la ilusión de un
capitalismo que se ha vuelto ajeno a sí mismo: o virtual, o bárbaro, o
en proceso de eliminación progresiva del Estado, y que ya no se basa en
las relaciones de clase y en la explotación del trabajo, sino sólo en la
depredación mediante la violencia.
De ahí la otra ilusión, la de querer
“volver” a un capitalismo decente: virtuoso, pacificado o saneado.
Porque la imagen del monstruo alimenta la esperanza de la posibilidad de
un mal menor, de un ablandamiento democrático.
* * *
Para el presente artículo nos han servido de referencia los textos:
• Prolegómenos para un estudio del narcotráfico, Enrique González Rojo Arthur. México, 2013
• Capitalismo más drogas igual genocidio, Michael “Cetewayo” Tabor (Panteras Negras). Estados Unidos, 1969
• Empresarios en la violencia (Sicilia, mafia y capitalismo), Gilles Dauvé. Francia, 2015, del cual no existe traducción al castellano.