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lunes, 22 de marzo de 2021

¿QUEDATE EN CASA?

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El alquiler de una casa consiste básicamente en que los propietarios sacan la máxima ventaja económica de sus propiedades en el estado en que se encuentren: ¿puede el interés de los propietarios ser idéntico al del resto de la sociedad?

Durante los últimos diez años el mercado inmobiliario ha crecido a nivel mundial, esto es importante si tenemos en cuenta que la crisis económica del 2008 estuvo precedida de un ciclo de auge y caída de los precios de la vivienda. Asimismo, desde el inicio del confinamiento generalizado, cuando todo atisbaba una crisis económica profunda, el mercado inmobiliario continuó su ciclo ascendente.

En Argentina, por el contrario, se ha retraído el mercado de compra y venta de inmuebles. Esto se debe, además de a los bajos salarios y a la inestabilidad de los precios, a la ausencia de créditos accesibles para la compra de viviendas. Por esto, se trata de un país donde una gran parte de la población debe alquilar. Lo que significa, por otro lado, una mayor cantidad de viviendas comercializadas como mera inversión de sus propietarios, como ahorro frente a la devaluación de la moneda local o como fuente de ganancia a través de la renta.

Es así también que las pujas entre propietarios e inquilinos han tomado una importancia preponderante en la región, y el Estado ha debido intervenir al respecto. Durante el 2020 se aprobó una nueva ley de alquileres, así como se fue extendiendo desde marzo de 2020 el congelamiento de alquileres y la suspensión de desalojos mediante el llamado Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU).

A comienzos de marzo de este año, el ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat Jorge Ferraresi anunció que no habría una nueva extensión de dicho decreto, pese a la evidente catástrofe social en la que estamos sobreviviendo. Esto implica que a partir del 1° de abril los inquilinos endeudados quedarán en la calle y habrá abundantes juicios de embargos.

Este DNU que prohíbe los desalojos del sector formal o con contrato, mantiene el precio del alquiler de marzo de 2020 y prorroga contratos de alquiler de manera automática. Pero cabe destacar que cada una de las renovaciones del DNU fue avisada por el gobierno a pocos días de finalizar la prórroga. Lo cual, ante la desesperación provocada por la incertidumbre y la presión de las inmobiliarias, obligó a miles de personas a buscar casas para alquilar cada vez más caras, no pudiendo hacer uso del decreto, en una situación de desocupación y precarización laboral crecientes y con salarios realmente congelados.

La falta de vivienda es otra gran problemática social de la región que se ha agravado en el 2020. La toma de tierras en Guernica (Buenos Aires), si bien fue emblemática no fue la única. Allí unas 2.500 familias (10.000 personas aproximadamente) se asentaron en terrenos destinados a un barrio privado y resistieron durante dos meses, hasta que fueron reprimidos ferozmente. Estas tomas de tierras en varias ciudades, así como las recuperaciones territoriales que viene realizando el proletariado mapuche en lucha en tierra patagónica, provocaron la reacción de la burguesía en defensa de la propiedad privada, tema que circuló en los medios durante algunas semanas.

En medio del debate sobre si debía o no extenderse el DNU, propietarios y empresarios salieron a combatir en defensa de la propiedad privada y en contra de nuestra supervivencia. Grandes diarios y canales del país hicieron su parte, ocultando o falseando información, confundiendo e infundiendo más miedo a los inquilinos. Mientras tanto, la Cámara de Propietarios y las inmobiliarias del país, de la mano de Juntos por el Cambio, presentaron un proyecto para que se derogue en su totalidad la ley 27.551 o “nueva ley de alquileres; la cual, más allá de los pocos beneficios que presenta para los inquilinos, en muchas ocasiones no es más que papel mojado ya que, como siempre, “la casa se reserva el derecho de admisión”.

Mientras el salario real disminuye notoriamente, con recortes en muchos sectores o aumentos completamente por debajo de la inflación, el peso argentino sigue devaluándose a un ritmo acelerado, con el impacto en los precios y en el costo de vida que esto significa. Esta situación se aceleró en el 2020, pero viene repitiéndose de manera cíclica desde hace décadas. En los últimos cuatro años el costo de la canasta básica para una “familia tipo” se ha multiplicado por 4,5, así como muchos alimentos básicos en diez años han aumentado el 1.200%. En el último año los alquileres subieron un 61,6%, y sólo entre enero y febrero un 9%.

Aun contando con las migajas del DNU, el 35,7% de los inquilinos hoy tiene una deuda de alquiler con los propietarios de, por lo menos, tres meses impagos. Esto significa que se hallan ante una situación de inminente desalojo. Las familias sostienen desde hace meses su nivel de vida a fuerza de deudas varias. Una primera ola de desalojos comenzó en Guernica, donde un 80% de las familias habían llegado allí porque no podían seguir pagando el alquiler y, posiblemente, le siga una segunda después del 31 de marzo.

Sumado a este ataque al salario, durante el año pasado se acrecentó la enorme masa de desempleados. Millones de personas viven en la pobreza, ni siquiera llegan a la canasta básica. Según cifras oficiales uno de cada tres argentinos es pobre (más de 14,3 millones de personas, cifra que asciende a prácticamente la mitad de la población si se toma en cuenta la franja de 0 a 14 años). El hambre es una consecuencia inevitable, que se suma al empeoramiento de la calidad de los alimentos y los problemas de nutrición.

La vivienda en el capitalismo no es más que una mercancía que hoy casi no podemos permitirnos alquilar con un sueldo básico. Ya era una mercancía imposible de comprar para cualquier proletario joven, ahora se convirtió en una mercancía de lujo que se dificulta incluso rentar. Un relevamiento mostró que en la ciudad de Buenos Aires en 2001 el 68% de las viviendas eran habitadas por sus dueños y sólo el 22% por inquilinos. Diez años después, las primeras bajaron al 56% y las segundas aumentaron al 30%. Cifras que seguramente continuarán profundizando dicha tendencia, con las consecuencias evidentes de que la vivienda sea cada vez más un mero negocio para su propietario y no un lugar para vivir. Casas destrozadas, departamentos de 20m2, lugares húmedos, sin ventilación y sin los servicios básicos, pensiones de hacinamiento… y así y todo, las exigencias de los propietarios mediadas por las inmobiliarias hacen parecer que queremos habitar un palacio.

Un socialdemócrata nacido a fines de 1800, Otto Bauer, señalaba: «Sólo los socialdemócratas podrían pacificar a los desempleados y evitar que los trabajadores caigan en la tentación de embarcarse en empresas revolucionarias». Hoy en Argentina es la socialdemocracia peronista la que intenta calmar las aguas con migajas como la renovación sucesiva del DNU. El congelamiento por un año del precio de los alquileres, mientras no suben los sueldos y se pierden cantidad de puestos de trabajo, es un acuerdo de clase con el cual algunos sectores de la burguesía se sintieron atacados. Tomaremos algunos extractos del libro El monstruo de la vivienda:

«El único interés que el Estado tiene en controlar los alquileres es en evitar que suban demasiado para que no ejerzan presión sobre los empresarios de aumentar los salarios. Los políticos a menudo utilizarán un control de alquileres que aplique sólo para una pequeña parte de las viviendas totales o le ponga límites muy débiles a los aumentos, todo esto para demostrar que algo están haciendo por “el pueblo trabajador”. (…)

Las medidas a favor de los inquilinos se aprueban para protegerse del movimiento de los inquilinos. El control de alquileres se aprueba para controlar a los arrendatarios del proletariado. Pero los movimientos de capital no sólo dependen de la legislación gubernamental. Los límites en el derecho de los dueños a desahuciar a sus inquilinos o a cometer abusos con la seña y los depósitos son avances reales, pero que no dañan al capital invertido en el alquiler de viviendas. Especialmente cuando el mercado está estable, el dueño no necesita desahuciar inquilinos continuamente, y siempre hay maneras de saltarse las leyes. El control efectivo de alquileres es distinto. Por definición, el control de alquileres tiene que limitar las ganancias de los dueños. Puesto que ser un arrendatario, como cualquier otro tipo de negocio, implica obtener una ganancia, el control de alquileres permite que alquilar casas sea un negocio menos competitivo. (…) Cuanto más dure el control de alquileres, mayor es el incentivo para que los dueños pongan su dinero en otro negocio. Un control de alquileres serio que pueda durar indefinidamente, necesariamente va a llevar a una desinversión en el negocio de la vivienda.

El control de alquileres es un precio máximo legal que se impone a una mercancía. Empuja los flujos de valor, mientras diferentes líneas de negocio compiten por la inversión. Habitualmente, una industria cuyos productos tienen mucha demanda puede subir sus precios y atraer más capital. Cuando existe un fuerte control de alquileres, la demanda real de casas supera la oferta pero los precios no pueden subir, por lo que o bien se elimina el control de alquileres o se forma un mercado negro, en el que las viviendas se alquilan por encima de sus niveles legales –lo que mina la efectividad del control de alquileres. Si se toman medidas enérgicas contra el mercado negro y los alquileres se mantienen estrictamente al nivel fijado, no sólo será el negocio de los dueños el que se volverá poco competitivo. Al abandonar el capital, el negocio del alquiler de vivienda, el mercado de casas disminuye. (…) Con el tiempo, esto causa escasez de vivienda. El Estado se enfrenta entonces a una decisión: acabar con el control de alquileres, enfrentarse a una crisis de vivienda o convertirse él mismo en arrendatario.»

En Argentina, nos encontramos hoy en una situación en la cual no hay mucho para repartir. El Estado no construirá viviendas sociales como décadas atrás, siquiera permite la ocupación de terrenos sin agua potable ni electricidad. La cuestión de la vivienda es sin duda una bomba pronta a estallar.

Cuando arremete la angustia porque “unos tienen tanto y otros tan poco”, debemos recordar que unos tienen tanto a condición de que otros tengan tan poco. La propiedad privada no es simplemente una relación de los humanos con las cosas, es una relación entre humanos que se tratan como cosas. Y aún en estas condiciones de atropello y sin razón causa burla, cuando no rechazo, proclamar la necesidad de la abolición de la propiedad privada. Un viejo manifiesto de 1848 decía: «Os horrorizáis que queramos abolir la propiedad privada. Pero, en vuestra sociedad actual, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros; la misma existe precisamente porque no existe para esas nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, el querer abolir una forma de propiedad que no puede existir sino a condición de que la inmensa mayoría de la sociedad sea privada de propiedad

 

Para ampliar recomendamos:
•  La propiedad, Boletín La Oveja Negra nro. 73, septiembre 2020.
•  La propiedad es el robo, Boletín La Oveja Negra nro. 36, febrero 2016.
•  Memoria: ¡No pagaremos el alquiler!, Boletín La Oveja Negra nro. 38, abril 2016.
•  Argentina: crisis y coronavirus. Respuesta a encuesta internacional realizada por el colectivo Angry Workers of the World, enero 2021.
•  El monstruo de la vivienda, Prole.info. Lazo Ediciones, 2014.

martes, 22 de septiembre de 2020

La propiedad

En los últimos meses una campaña en defensa de la propiedad privada ha protagonizado la agenda mediática y estatal. Desde el comienzo de la cuarentena, las ocupaciones de tierra, “usurpaciones” según el lenguaje estatal, se multiplicaron a lo largo del país. En el conurbano bonaerense se registraron cerca de 140 intentos de tomas de tierra, con variado éxito.

En la localidad de Guernica, en el partido de Presidente Perón, el 20 de julio se dio inicio a la toma en un predio de cien hectáreas destinadas a un country, donde a la fecha se han asentado 2.500 familias (unas 10.000 personas, aproximadamente). Con plásticos, maderas y chapas han empezado a construir su barrio, con la esperanza de tener aquello de lo que la propiedad privada los ha privado: un lugar para habitar. La justicia dictaminó el desalojo, primero para el miércoles 23 de septiembre, postergandolo a última hora para el 1 de octubre. Las familias continúan movilizadas exigiendo una solución.

El día 11 de septiembre fue desalojada de manera brutal una toma de 300 familias en tierras de un basural de Ciudad Evita. En horas de la noche la policía bonaerense entró a los tiros dedicándose además a incendiar las casillas. En el mismo momento, un grupo de matones atacaba también el comedor comunitario lindero a la toma, robándose hasta las ollas. El desalojo dejó muchos heridos graves y detenidos. Jenifer Lizarraga, joven referente del comedor, recibió 40 impactos en el cuerpo, perdiendo un ojo por un perdigonazo.

A miles de kilómetros, las “usurpaciones” en el norte patagónico también fueron parte de la comidilla de la burguesía. En El Bolsón y Bariloche ya no se trataría de unas “cuevas de ladrones” sino de “mapuches violentos”, “anarquistas” y hasta “terroristas”. Parece dar lo mismo que no todas las tomas sean una acción reivindicativa del pueblo mapuche, sino más bien un intento por sobrellevar las miserables condiciones de vida, agudizadas por la cuarentena en una zona que además tuvo que soportar una nevada histórica. Ya ha habido manifestaciones en la región en defensa de la propiedad privada reclamándole al gobierno que las defienda, como si hiciera poco por ello.

En Colonia Santa Rosa, departamento de Orán, Salta, la comunidad guaraní Cheru Tumpa se asentó en predios abandonados desde hace por lo menos veinte años y comenzó a habitar un lugar caracterizado como basural o “donde se cometían delitos”. Las noventa familias de la comunidad fueron desalojadas el 16 de septiembre por cien infantes de la policía provincial.(4)

Notas:
4. anred.org/2020/09/16/salta-desalojan-a-comunidad-guarani-90-familias-a-la-calle

lunes, 25 de abril de 2016

23 DE ABRIL: DÍA MUNDIAL DEL LIBRO Y DEL DERECHO DE AUTOR

Más de un centenar de países participarán el 23 de abril de las celebraciones del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, proclamado por la UNESCO en 1996. Editoriales, librerías, bibliotecas, escuelas, centros culturales y sociedades de autores del mundo entero conmemorarán la fecha, evidenciando una vez más que bajo el yugo capitalista las expresiones y reflexiones de la humanidad, por significativas o secundarias que sean, son inseparables de la propiedad privada. El libro es expuesto como mercancía, sus párrafos permanecen cautivos de la propiedad intelectual.

Mientras tanto, para que consumamos cultura en forma de libros, discos o películas nos dicen que «saber es poder», que el conocimiento nos enaltece como seres humanos, que nos distinguiría del vulgo popular. Estamos de acuerdo con David Graeber cuando escribe que «a los académicos les encanta la teoría de Foucault que identifica conocimiento y poder y que insiste en que la fuerza bruta ya no es un factor primordial en el control social. Les gusta porque les favorece: es la fórmula perfecta para aquellos que quieren verse a sí mismos como políticos radicales aunque se limitan a escribir ensayos que apenas leerán una docena de personas en un ámbito institucional. Por supuesto, si cualquiera de estos académicos entrara en una biblioteca universitaria para consultar un volumen de Foucault sin acordarse de llevar una identificación válida, decidido a hacerlo contra viento y marea, descubriría rápidamente que la fuerza bruta no está tan lejos como desearía creer: un hombre con una gran porra, y entrenado en su uso contra la gente, entraría pronto en escena para echarlo.»

Cuando criticamos la propiedad intelectual e intentamos sortearla no nos referimos a apropiarnos de un libro para su uso comercial, sino de tomarlo para fomentar su uso social, colectivo. Ahora bien, si cualquier proletario para sobrevivir decide copiar y vender las mercancías de Universal o Warner Bros, de editorial Planeta o Anagrama, está claro que no vamos a oponernos a ello.

Hoy “derechos de autor” equivale a “copyright”, aunque hace tres siglos, cuando este último se inventó, no existía ninguna posibilidad de “copia privada” o de “reproducción sin ánimo de lucro”, ya que sólo un editor tenía acceso a la maquinaria tipográfica mientras el resto de la sociedad estaba obligada a renunciar al libro si no podía comprarlo. Entonces, el copyright no era percibido como antisocial, era el arma legal de un empresario contra otro. Hoy es el arma de los empresarios contra el resto de la sociedad. Cuando en verdad nadie tiene ideas que no hayan sido directa o indirectamente influenciadas por las relaciones sociales que mantiene en las comunidades de las que forma parte: por ende, si la génesis del conocimiento es social, su uso también debe ser social.

Ya no estamos obligados a comprar un libro para leerlo, alguien puede prestárnoslo, podemos robarlo, fotocopiarlo, bajarlo de internet o acudir a las bibliotecas populares o independientes del Estado para leerlo, compartirlo y conversarlo con otras personas.

No suponemos que todo libro sea importante por el hecho de ser un libro, el libro es tan solo otra forma que encontramos los seres humanos para comunicarnos, para compartir conocimientos y experiencias, así como también puede ser una simple mercancía para generar ganancias donde ya no importa su contenido. Hay libros de compañeros o afines que son imprescindibles, libros del enemigo que es necesario leer, libros intrascendentes y libros dañinos, que quizás leídos de una forma crítica pueden leerse contra sus autores.

Por esto seguimos llevando adelante y alentando las iniciativas que tiendan a compartir la información y las reflexiones necesarias para cambiar esta realidad impuesta, con libros o sin ellos, para terminar de una vez y para siempre con la propiedad intelectual y toda forma de privación.

MEMORIA: ¡NO PAGAREMOS EL ALQUILER!

«Le tomó décadas a los gobiernos europeos y estadounidense intervenir en la precarización de las viviendas. La burguesía estaba absolutamente contenta dejando morir a los trabajadores de tuberculosis y raquitismo (“mal del inquilino” como le decían en Berlín), siempre y cuando lo hicieran silenciosamente en sus pocilgas, y siguieran teniendo suficientes hijos como para proveer una creciente mano de obra. Pero la epidemia masiva de cólera del 1860 no se contuvo aislada en los vecindarios de la clase obrera. El cólera estaba en el agua y mató a ricos y pobres. El miedo a la muerte empujó a la burguesía a superar su miedo a interferir en la propiedad privada. En respuesta a las epidemias, las primeras grandes leyes sobre vivienda fueron aprobadas en varios lugares como actas de salud pública.» (Prole.info, El monstruo de la vivienda, Lazo ediciones, 2015)

Irlanda, 1880

Un agente inmobiliario llamado Charles Boycott, quien gestionaba las tierras de un noble inglés, intentó desalojar a los campesinos que reclamaban una reducción del 25% en la renta de dichas tierras, debido a la mala cosecha que habían tenido durante el año anterior. Para resistir al desalojo comenzaron una campaña de ostracismo organizado, que comenzó con el mismo Boycott pero no se detuvo ahí, también se aplicó a quienes querían alquilar las tierras desalojadas. En pocos días, los trabajadores de los campos y establos de Boycott comenzaron una huelga. También lo hizo su personal doméstico. En breve el especulador no pudo comprar en ningún negocio de la región, ni recibir cartas: el cartero local se había sumado a la protesta.

La carta bajo la manga que desplegó Boycott no podía ser sino religiosa y nacionalista. Contrató a trabajadores protestantes y pro–reino unido de otras regiones, que tuvieron que ser escoltados desde sus lugares de origen por mil policías y soldados. Sin embargo, el costo de esta operación terminó por convertirse en una gran pérdida de dinero. El remedio fue mucho peor que la enfermedad. Tiempo después, el término boycott comenzó a ser utilizado para acciones similares en todo el mundo.

Argentina, 1907

La Municipalidad de Buenos Aires aprobaba un incremento de los impuestos para el año siguiente. Inmediatamente los propietarios de conventillos, inquilinatos y pensiones trasladaron este aumento al costo de los alquileres. Durante esa primavera, las 132 piezas del conventillo Los cuatro diques conformaron un comité de huelga que se negó a pagar en tanto no se realizara una rebaja del 30% en los alquileres y se llevaran a cabo mejoras sanitarias en los edificios. La medida se contagió a otros barrios. Cada uno constituyó un comité que, a través de asambleas, elegía delegados que coordinaban con el resto de los lugares en lucha a través del Comité Central de Lucha contra los Altos Alquileres y los Impuestos.

Para octubre había más de 700 conventillos en huelga, llegando a las 2000 casas (80% del total) hacia finales del conflicto. La huelga se extendió a otras localidades como Lomas de Zamora, Avellaneda, La Plata, Bahía Blanca, Mar del Plata, Rosario, Córdoba y Mendoza. El conflicto se había vuelto nacional y había más de 140.000 inquilinos en huelga.

Para hacer frente a la huelga los propietarios se nuclearon en la Sociedad Corporación de Propietarios y Arrendatarios de la Capital, reclamando a las autoridades la eliminación de los impuestos que gravaban sobre los conventillos y la puesta en marcha de medidas represivas contra los huelguistas.

La represión solía llegar durante la mañana, mientras los hombres trabajaban. El protagonismo entonces lo tomaron las mujeres y sus hijos. Sacaban a los escribanos, abogados, jueces y policías a escobazos, por lo que la lucha de 1907 pasó a ser conocida como La Huelga de las Escobas. En medio del conflicto unos 300 niños y niñas marcharon por el Barrio de La Boca con escobas para «barrer a los caseros y las injusticias de este mundo» y al pasar por cada conventillo un nuevo contingente se unía al reclamo. En las puertas de las viviendas se acumulaban palos, piedras y todo tipo de objetos intimidatorios. Las crónicas relatan que las mujeres preparaban enormes calderas de agua hirviendo para desollar a quienes quisieran echarlos.

Pero a medida que se radicalizaba la protesta la represión fue incrementando. El 22 de octubre el coronel Ramón Falcón —quien en 1909 ordenaría ametrallar contra una manifestación del 1° de mayo porque «llevaban la bandera roja en lugar de la celeste y blanca»— reprimió a los huelguistas del conventillo Las catorce provincias, en el Barrio de San Telmo, causando la muerte del obrero anarquista de 18 años Miguel Pepe. Su funeral se tornó una manifestación de 15.000 personas.

Rosario fue otra de las ciudades donde las acciones se radicalizaron. Octubre contaba 300 conventillos en lucha. Desde el comienzo del conflicto, la Liga Pro Rebaja de Alquileres nucleó a los delegados de diferentes conventillos, y, obviamente, contó con la solidaridad del diario anarquista La Protesta, pero también de otros medios como El Municipio y El Tiempo.

En noviembre todavía existían algunas casas en conflicto, pero hacia mediados de diciembre el movimiento se fue agotando tras conseguir algunas de las demandas que no fueron del todo respetadas por los propietarios. En muchos patios de Buenos Aires la obtención de rebajas y el mejoramiento mínimo de algunas condiciones de vida se celebró con fiestas y bailes. En otros, en cambio, los desalojos dejaron a decenas de familias en la calle. El Sindicato de Conductores de Carros se solidarizó poniéndose a disposición para los traslados hasta los campamentos improvisados por los proletarios en lucha.

La huelga de inquilinos fue un original movimiento, pionero en este tipo de acciones en ámbito urbano, y cuyo éxito parcial inspiró en las décadas siguientes a proletarios de muchísimas regiones a asumir la acción directa en torno a la problemática de la vivienda.

Escocia, 1915

Durante la Primera Guerra Mundial los propietarios de edificios en Glasgow procuraron aprovechar el influjo de constructores navales que llegaban a la ciudad y la falta de hombres locales para aumentar los alquileres. Las mujeres eran vistas como un blanco fácil y se enfrentaban con un aumento del alquiler de hasta el 25%. Sin embargo, en el distrito de Govan, el aumento provocó un contragolpe a los propietarios.

Allí el alquiler fue abonado sin aumento y, ante la nula reacción de los propietarios, las mujeres proletarias corrieron la voz hacia otros barrios. Mientras los intentos de desalojo se resistían, la burguesía llevaba a las cortes a dieciocho trabajadores de los arsenales. El día del juicio, 10.000 manifestantes amenazaron con una huelga general si no se levantaban los cargos. Un gobierno debilitado y en situación de guerra no podía aguantar una resistencia de tal magnitud.

El Acta de restricción a las rentas aprobada disminuiría los alquileres de los proletarios hasta su nivel de preguerra.

Panamá, 1925

La Ley 29 del 11 de febrero de 1925, destinada a reformar el Código Fiscal, aumentó notoriamente el gravamen sobre las propiedades urbanas. Rápidamente, los propietarios descargaron este aumento sobre los arrendatarios. Los pobres, que vivían mayormente en las denominadas casas de inquilinato (similares a los conventillos), sufrieron el aumento, que llegó hasta el 50%, en esas hacinadas y calurosas viviendas.

En junio se formó la Liga de Inquilinos, que al no obtener ninguna respuesta por parte del Estado y los terratenientes, desencadenó en octubre la huelga de pago, que duraría hasta el fatídico día 10, en el que la policía atacó un mitín de huelguistas dando la muerte a cuatro trabajadores. Sin embargo, el conflicto no menguó. Para superar la crisis, el Estado panameño tuvo que solicitar ayuda del ejército de Estado Unidos. En 1925, y debido a la presión de la huelga, los alquileres disminuyeron un 10%, para volver a ser aumentados, hasta que en 1932 estalló un nuevo movimiento huelguístico.

EE.UU., década del 30

En plena depresión, marchas y disturbios se volvieron insuficientes para la lucha de los proletarios norteamericanos. Necesitaban algo que les hiciera paliar su terrible situación. La huelga de alquileres ya no era una opción, no pagar era lisa y llanamente la única posibilidad de no morir de hambre.

Los desalojos no tardaron en llegar, la resistencia tampoco. Comenzando por Nueva York, se extendió prontamente a otras grandes ciudades. Las tácticas de resistencia violenta hicieron que, sólo en Nueva York, más de 70.000 familias recuperaran sus casas. Las poblaciones organizaron además cuadrillas de solidaridad que reconectaban la energía eléctrica y el gas, luego de que policías y carneros los desconectaran.

Además de todo lo conseguido con la acción directa, los proletarios forzaron al Estado a que otorgara subsidios especiales para el pago de la renta. Posteriormente a 1943, luego de la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial, movimientos masivos de huelgas en fábricas lograron con éxito aumentar notoriamente el poder de compra de los asalariados, disminuyendo entre otras cosas el precio relativo de los alquileres.

Italia, 1969

Cientos de miles de proletarios italianos participaron de las llamadas autoreducciones: reducir voluntariamente sus pagos de alquiler, servicios y compras de alimentos y productos.
En julio de 1969, el municipio de Nichelino (suburbio “rojo” de Turín) fue ocupado: ninguno de sus habitantes pagó el alquiler. En 1974, 600 familias de obreros de Fiat Mirafiori tomaron los edificios vacíos. En 1976 en Milán, 5.000 familias ocuparon, 20.000 autorredujeron su alquiler y 12.000 su factura de luz.
En Roma, 70.000 proletarios hacinados en guetos y en condiciones catastróficas tenían frente a sí 40.000 departamentos vacíos que no encontraban compradores o locatarios a causa de su alto costo. A partir del 15 de enero de 1974 comenzaría la fase ascendente de un movimiento generalizado: en tres meses, más de 4.000 departamentos fueron sucesivamente ocupados.

Tras casi un año de ocupación, por parte de 147 familias, de inmuebles pertenecientes al Istituto Autonomo delle Case Popolari (organismo de vivienda social), la policía intervino de manera ultraviolenta, expulsando a algunas familias. Pero durante los siguientes días, proletarios de todos los barrios confluyeron para enfrentarse con la policía. Un manifestante perdía la vida.

Más tarde la policía, al apuntar nuevamente sus armas de fuego, tuvo la sorpresa de constatar que el plomo no provenía ya únicamente de su lado. Ocho policías fueron tocados severamente. La marea había cambiado.

Argentina, 2016

Hasta 70% de aumento en alquileres. Facturas de luz con un recargo de entre el 50 y el 250%. Quita de subsidios en el gas, agua y posiblemente en el transporte público. Todo lo cual se suma a una ola de ajustes y despidos que marcan las políticas de la región en épocas en que la crisis se agrava en todo el mundo.

La burguesía ya hizo lo suyo, sólo resta ver si nosotros responderemos a nuestras necesidades, si estaremos a la altura de nuestra gloriosa historia insumisa o si continuaremos bajando la cabeza.

domingo, 7 de febrero de 2016

LA PROPIEDAD ES EL ROBO

Un corte en la rutina diaria que se repite cada mes rutinariamente: desviar el camino para pagar el alquiler antes de ir a vender la fuerza de trabajo. Dos caras de la misma moneda. Dos caras de la privación de los medios para vivir. Y entre calle y calle se recuerda la sentencia que Proudhon en 1840 dictara al mundo y que aún parece una novedad frente a la normalidad capitalista: «La propiedad es el robo».

Si no nos tragamos el cuento posmoderno y liberal, es decir burgués, de que cada uno individualmente crea su propia realidad, debemos saber que el desarrollo del Capital separó violentamente a millones de seres humanos de sus medios de vida imponiendo la propiedad privada y el trabajo asalariado: una vez desposeídos de nuestros medios para vivir, el trabajo se convirtió en el factor determinante de la supervivencia de nuestra clase. Y eso no fue decidido por nosotros ni por nuestros padres ni nuestros abuelos, es la historia de los últimos siglos. La propiedad es entonces una dolencia social e histórica, y no personal.

Sin embargo, cabe señalar que la propiedad privada no es simplemente una relación de los humanos con las cosas, es una relación entre humanos que se tratan como cosas. «Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo» reza el pensamiento dominante y se hace carne en personas que se privan unas a otras. La conciencia heredada de la esfera productiva se reproduce en cada aspecto de nuestras vidas y esto está tan naturalizado como lo está el hecho de tener que pagar para sobrevivir, como el hecho de tener que pagar por lo que nosotros mismos producimos.

Una necesidad puede satisfacerse con objetos que se hallan exhibidos detrás de una vidriera, pero el dictamen es que los mismos no pueden tomarse… esa es nuestra absurda realidad. No pueden tomarse porque hay una vidriera y, en la mayoría de las ocasiones, no puede romperse porque siquiera se imagina la posibilidad, porque la imaginación ha sido domesticada, porque hay un policía sostenido por toda una institución, por la ley, por el Estado, por el poder del dinero. Y más absurda podría sonar nuestra realidad cuando entendemos que muchas de las necesidades que podríamos satisfacer con lo expuesto en esa vidriera son inventadas por los mismos que nos privan de los medios para hacerlo. Puede sonar absurdo, pero no lo es. Nos encontramos día a día con nuevas necesidades de toda índole que se vuelven indispensables para mantener el orden social, que muy lejos están de nuestros verdaderos intereses como proletarios y que son necesarias para justificar el avance indiscriminado del Capital sobre nuestras vidas. A estas necesidades inventadas las saciamos con mercancías que pagaremos dos veces: cuando las producimos y cuando las compramos.

Y aún en estas condiciones de atropello y sin razón causa burla, cuando no rechazo, proclamar la necesidad de la abolición de la propiedad privada. Un viejo manifiesto de 1848 decía: «Os horrorizáis que queramos abolir la propiedad privada. Pero, en vuestra sociedad actual, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros; la misma existe precisamente porque no existe para esas nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, el querer abolir una forma de propiedad que no puede existir sino a condición de que la inmensa mayoría de la sociedad sea privada de propiedad.»

Cuando arremete la angustia de que «unos tienen tanto y otros tan poco» debemos recordar que unos tienen tanto a condición de que otros tengan tan poco. Esa angustia tiene un destinatario: la burguesía. Y debe convertirse en odio, en rechazo, en hambre de revolución social. Una revolución que no se pregunta cómo repartir mejor la propiedad y sus privaciones. ¿Quién llevaría adelante el reparto? ¿Cuál es la proporción de desigualdad tolerable para el ser humano? Dejemos este tipo de preguntas a los reformistas que ahogan la lucha por la vida, nuestras necesidades y nuestros deseos en el agua helada de la espera paciente y ordenada.

Nosotros, los privados de propiedad, tenemos que acabar con todo este mundo de privaciones que nos obliga a vender nuestra fuerza vital, nuestro tiempo, nuestro cuerpo. Que nos obliga a comprar lo que precisamos para vivir (aún adulterado, falsificado) y lo que nos permite sobrevivir en este mundo.

Que suene la hora postrera de la propiedad privada y los privadores sean privados de ejercer su dominio sobre el mundo.