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viernes, 29 de mayo de 2020

Folleto: REFLEXIONES SOBRE EL PARO DEL 8M Y OTROS TEXTOS

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Este folleto es una continuación del titulado 8 de marzo contra el Capital (2018), en el cual recopilamos diferentes textos realizados respecto de la “cuestión de las mujeres” en el capitalismo.

Dos meses después, durante el acto del primero de mayo, reunimos algunas reflexiones sobre el paro del 8M, que en esta ocasión publicamos como texto central. Consideramos que estas reflexiones mantienen su vigencia antagónica respecto del enfoque que continúa dándose mayoritariamente a la problemática.

Para complementar la edición, hemos agregado artículos seleccionados de nuestro boletín La Oveja Negra publicados desde la recopilación anterior a la fecha, así como algunos que habían quedado afuera.

Por último, incluimos también extractos de la revista Cuadernos de Negación nro. 13: Notas sobre el patriarcado, publicada en junio de 2019, para dar a conocer de manera más abarcativa el abordaje que venimos realizando.

Biblioteca y Archivo Alberto Ghiraldo
Rosario, marzo de 2020

Índice:
• Reflexiones sobre el paro del 8M
• Memoria: «¡Maldito foo-ball!»
• Hablando con las paredes: «Somos las nietas de las brujas que no pudiste matar»
• Palabras de lucha: Cárcel de mujeres de Ezeiza
• Aborto: Cuestión social
• Hablando con las paredes: «Hay mujeres con pene»
•¿Ideología de género?
• Memoria: 8 de marzo
• ¿Deconstrucción?
• Cuadernos de Negación nro.13: Notas sobre Patriarcado (extractos)
• Anexo: ¿Yo decido? (Boletín Alta Tensión nro.9)

lunes, 2 de marzo de 2020

8 DE MARZO CONTRA EL ESTADO Y EL CAPITAL

Es muy significativo que en el imaginario popular se haya instaurado como origen del 8 de marzo una historia de mujeres que fueron víctimas, en este caso de un incendio en una fábrica textil de Nueva York. Se eluden además los hechos reales, puesto que las trabajadoras habían sido iniciadoras de una combativa huelga por sus condiciones de existencia. El incendio, ocurrido el 25 de marzo de 1911, puso de manifiesto la terrible realidad laboral que venían enfrentando las mujeres inmigrantes.

Hoy como ayer es preciso retomar la lucha internacional de las mujeres proletarias, pero por la emancipación total y no por más derechos, sino por otra vida. No desde la victimización sino desde la fuerza rebelde. Tampoco desde las conferencias de quienes pretenden representarnos para llevarnos a votar, sino por fuera de y contra las organizaciones, partidos y movimientos del Estado que, a fin de cuentas, es quien brega por el orden de cosas que nos mantienen en la opresión y la explotación.

Al 8 de marzo debemos asumirlo como un día de lucha, de memoria, otra buena ocasión para reconocernos y reflexionar colectivamente.

Sabemos que las circunstancias a las que nos enfrentamos no son nada sencillas y nos movilizan a preguntarnos muchas cosas. Queremos mejorar nuestras condiciones en lo inmediato. No queremos ser encarceladas por abortar, ni tratadas como cuerpos-objeto a los que violar, traficar y asesinar. Pero, ¿para qué nos sirve pedirle al sistema que nos reduce a estos roles, nos encarcela y subyuga, que cambie esta situación? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de superar de raíz este estado de cosas? También en esto tenemos que pensar mientras nos encontramos en la calle, y a esto nos referimos cuando proponemos profundizar la lucha. Para no dejar de lado tantos esfuerzos de compañeras del pasado que, como nosotras en el presente, pararon y salieron a la calle masivamente. Los avances logrados fueron parciales, sus límites no permitieron que la situación de las mujeres cambie porque es imposible que se transforme sin transformar todo, porque nuestra lucha se opone prácticamente a este sistema cosificador y valorizador de nuestras vidas.

jueves, 21 de marzo de 2019

MEMORIA: 8 DE MARZO

El 8 de marzo no conmemora una jornada en la que fueron quemadas vivas las trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York. Dichos sucesos ocurrieron, pero no un 8 sino un 25 de marzo, en el año 1911. Casualmente seis días después de la primera celebración del Día Internacional de la Mujer que se realizó el 19 de marzo de 1911 en Europa, más precisamente en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

Puede parecer una tontería, pero es muy significativo que en el imaginario popular se haya instaurado como origen del 8 de marzo una historia de mujeres que fueron justamente víctimas, en este caso de un incendio, sustituyendo a la realidad en la que las mujeres fueron iniciadoras de una combativa huelga por sus condiciones de existencia.

El incendio de la fábrica de confección de camisas Triangle Waist Co. fue el desastre industrial con más víctimas mortales en la historia de la ciudad de Nueva York y el cuarto en la historia de los Estados Unidos. Murieron 123 trabajadoras y 23 trabajadores. La mayoría de las víctimas eran mujeres y además jóvenes e inmigrantes de Europa del Este e Italia, tenían entre 14 y 23 años de edad. La tragedia se debió a la imposibilidad de salir del edificio en llamas, puesto que los responsables de la fábrica de camisas habían cerrado todas las puertas de las escaleras para evitar los robos, según posteriores justificaciones.

La huelga de las camiseras de Nueva York o el Levantamiento de las 20.000 fue una huelga laboral que comenzó el 23 de noviembre de 1909 y se detuvo el 15 de febrero de 1910, aunque algunas protestas continuaron. Un año más tarde tuvo lugar el incendio al que hacíamos referencia, el cual puso en evidencia las terribles condiciones de trabajo de las mujeres inmigrantes.

Desde el principio, las jóvenes en huelga fueron blanco de una fuerte represión por parte de la patronal, las fuerzas armadas del Estado y los tribunales de justicia. Las empresas Triangle y Leiserson contrataron matones para complementar a la policía. En la corte suprema, las huelguistas se enfrentaron a magistrados que señalaban su mal comportamiento, «usted está en huelga contra Dios y la naturaleza», llegó a decirle uno de ellos.

Tal como mencionamos, el 8 de marzo no fue la fecha de la primera celebración del día de la mujer. Pueden rastrearse algunos antecedentes como el del 3 de mayo de 1908 en el teatro Garrick de Chicago, donde se organizó un acto denominado Día de la Mujer, presidido por destacadas miembros del Partido Socialista como Gertrude Breslau-Hunt.

Recién en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas reunida en Copenhague, se proclamó el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, a propuesta de Clara Zetkin respaldada unánimemente por la conferencia a la que asistían más de cien mujeres procedentes de diecisiete países. El objetivo era promover la igualdad de derechos, incluyendo el sufragio para las mujeres.

Hoy como ayer es preciso retomar la lucha internacional de las mujeres proletarias pero por la emancipación total y no por más derechos, sino por otra vida. No desde la victimización sino desde la fuerza rebelde, y tampoco desde las conferencias de quienes pretenden representarnos para llevarnos a votar, sino fuera y contra las organizaciones, partidos y movimientos del Estado, que es a fin de cuentas quien brega por el orden de cosas que nos mantienen en la opresión y la explotación.

El 8 de marzo debemos asumirlo como lo que es: otra fecha conmemorativa, otra buena ocasión para reconocernos mutuamente y una buena oportunidad para reflexionar colectivamente.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Folleto: 8 DE MARZO CONTRA EL CAPITAL Y OTROS TEXTOS


Compartimos un folleto que preparamos con artículos del boletín La Oveja Negra y panfletos repartidos en la ciudad de Rosario:

El primer acto del 1ro de mayo en Rosario y Virginia Bolten
Memoria: La voz de la mujer
Las hogueras aún no se apagaron
Des-memoria: Homenaje estatal a Virginia Bolten
Hablando con las paredes: «Mi cuerpo es mío»
Memoria: Pepita Gherra... La voz de la mujer
Cultura machista y victimización
8 de marzo contra el Capital
Hablando con las paredes: «Mujer bonita es la que lucha»
Palabras de lucha hacia la raíz
Nos están matando
Hablando con las paredes: «...»
¡Abajo el trabajo doméstico!
¡Higui a la calle!
Memoria: «вниз с войной!»
La cultura de la violación
8 de marzo: Paro Internacional de Mujeres
Algunas reflexiones en torno al 8m 2018

martes, 6 de marzo de 2018

Panfleto: ALGUNAS RELFLEXIONES EN TORNO AL 8M 2018

Este 8 de marzo parece ser distinto a los de algunos años atrás: se reivindican algunas recientes conquistas consideradas fundamentales y se prometen otras tantas, nuevas y briosas. Es cierto que hace menos de una década la sociedad se hallaba rememorando esta efeméride como una celebración de la femineidad tradicional, alentando al consumo y a la reafirmación del estereotipo de la mujer cosificada y sumisa mediante regalos frívolos y demás artilugios mercantilistas. En aquel entonces nos hallábamos muy lejos de un llamado al cese de actividades productivas, como impulsa la consigna de este año, pero ¿realmente queremos que este sistema siga, ya sea con o sin nosotras? Nos parece muy necesario, dada la importancia del movimiento social que se generó para cambiar las condiciones de vida de las mujeres, repensar y criticar el contenido de estas luchas. No por el gusto de la crítica en sí, sino para que el movimiento tome fuerza y se profundice, para no caer en las viejas canalizaciones de la ideología dominante, en las reformas que cambian algo para que todo siga igual. Nos queremos enfocar entonces en el contenido que está en el fondo de la movilización y el paro internacional de mujeres.

Cuando se llama a producir sin nosotras para visibilizar nuestro “valor”, se pasa por alto la obscena facticidad de las cosas: que se nos considera valiosas, básicamente, en términos productivos y reproductivos de este sistema de muerte. Esta consigna no solo deja de lado un cuestionamiento fundamental –¿por qué debiéramos siquiera tener asignado un valor? –, sino que alienta a la perpetuación de las actuales relaciones económicas y productivas de modo irreflexivo y conformista. La ausencia de una crítica al sistema que somete a la totalidad de la humanidad a sus perversas instituciones (en este caso, el trabajo asalariado) es alarmante, y debiera advertirnos sobre la peligrosa tibieza del contenido de consignas similares, tan fervorosamente enarboladas para esta fecha.

Era de esperar… “el feminismo” ha llegado a los medios: los programas con el más alto rating (y la mayor tradición misógina) invitan a sus paneles a las representantes del movimiento a debatir (y sobre todo a banalizar) la despenalización del aborto y otros temas que verdaderamente nos preocupan e importan. La democracia funciona. El enemigo quiere hacer las paces y, en señal condescendiente, nos abre la puerta al mundo del espectáculo.

Ante los continuos y crecientes daños a todos aquellos que se reconocen por fuera del género masculino heterosexual, se pide mayor intervención estatal: más legislaciones, más programas gubernamentales de contención, más seguridad, más trabajo, más punición, más control. Lo que no se ve es que donde «el Estado está ausente» es donde más está el Estado. ¿No es ya lo suficientemente clara la vinculación entre la violencia de género y el monstruoso aparato ideológico que la produce y reproduce cada día, bajo las más variadas formas? ¿Qué es lo que hace falta para hacer estallar finalmente estas insoportables tensiones que nos atraviesan?

Sabemos que las condiciones a las que nos enfrentamos no son nada sencillas y nos movilizan a preguntarnos muchas cosas. Que quede claro: queremos mejorar nuestras condiciones en lo inmediato. No queremos ser encarceladas por abortar, tratadas como cuerpos–objetos a los que violar y traficar, usadas para publicitar mercancías y otras tantas aberraciones. Pero, ¿para qué nos sirve pedirle al sistema que nos reduce a estos roles, nos encarcela y subyuga que cambie esta situación? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de superar de raíz este estado de cosas? Esto también lo tenemos que pensar mientras nos encontramos en la calle, a esto nos referimos cuando proponemos profundizar la lucha. Fundamentalmente, para no desperdiciar tantos esfuerzos de compañeras del pasado que, como nosotras hoy, pararon y salieron a la calle masivamente, logrando parciales avances que por sus límites no cambiaron la situación de la mujer, porque es imposible que se transforme sin transformar todo, porque nuestra lucha se opone prácticamente a este sistema cosificador y valorizador de nuestras vidas.

Las diversas expresiones de bronca, el aliento a la venganza o al escrache público, en respuesta a hechos de violencia de género son necesarias, pero devienen en medidas ineficientes por ser aisladas. Debemos atacar las relaciones sociales de las que nace la violencia de género en primer lugar. Cuando una gran cantidad de energía se ve dedicada a resolver problemas de tipo legal o procedimental (qué hacer con el abusador, cómo castigar al violador, cómo deben redactarse protocolos institucionales contra la violencia machista) se está perdiendo de vista la causa fundamental de la problemática: la violencia general y sistemática en nuestra sociedad, por qué se genera y cómo destruirla. Identificarla es necesario para terminar de una vez por todas con las condiciones materiales que la posibilitan y que reducen nuestra vida a un producto aprovechable o prescindible según las circunstancias, que instrumentalizan nuestros cuerpos y los someten a las necesidades de este sistema que nos deshumaniza y atomiza hasta la muerte.

La lucha que ahonde en la raíz del problema no bregará por la igualdad de derechos en un sistema que nos oprime y aliena a todos los desposeídos por igual, sino por la verdadera emancipación de la mujer, entendida como parte fundamental de la lucha por la emancipación total de la especie humana. Para ello es necesario salir a la calle y formar lazos por fuera del Estado y la política, no permitiendo que estos intervengan y transformen el contenido de la lucha para su conveniencia y para la continuación de nuestra explotación. Pero también, dejando de externalizar los problemas, haciéndonos cargo de lo que nos toca: como parte de esta sociedad capitalista la reproducimos, aun sin querer. Hablando en los propios términos que el enemigo (los de la reforma), reduciendo nuestras perspectivas revolucionarias a una lucha por una ley o por un salario más justo, aferrándonos a lo inmediato y dejando para nunca lo que es urgente desde hace tanto tiempo: la destrucción de lo que nos destruye y la creación de un mundo nuevo.
Son estas condiciones de existencia siempre contradictorias las que nos impulsan a luchar y es en la lucha donde vamos encontrándonos e inventando algunas respuestas. Hoy nos movilizamos, no para exigir que se nos considere y se nos visibilice en tanto que víctimas, ciudadanas y productoras y reproductoras serviles de esta sociedad. Estamos en la calle porque creemos y luchamos por un cambio sin vuelta atrás.


Boletín La Oveja Negra - 8 de Marzo de 2018
www.boletinlaovejanegra.blogspot.com 

domingo, 18 de febrero de 2018

8 DE MARZO: PARO INTERNACIONAL DE MUJERES

Las mujeres revolucionarias paran – paramos – en tanto que mujeres oprimidas y explotadas a lo largo de la historia, del desarrollo del intercambio, de la propiedad privada, de la familia, del Estado, desde su más vastos inicios junto a toda la humanidad despojada. Las mujeres revolucionarias luchamos en tanto que mujeres y seres humanos, porque la verdadera y única emancipación de la mujer es la emancipación humana, y no la lucha por reformas que tarde o temprano se volverán contra nosotras. A las mujeres nos matan, nos violan y nos oprimen en tanto que mujeres, porque históricamente nos han aislado y silenciado, atribuido falsas cualidades y relegado a la esfera privada dentro del hogar y a la reproducción de la fuerza de trabajo. La opresión femenina es parte fundamental de una relación social que nos reduce a objetos y que históricamente se ha desarrollado invisibilizando y naturalizando el trabajo doméstico, pretendiéndonos encerradas en nuestros hogares. Por eso resulta fundamental salir a la calle, así como luchar puertas adentro, encontrarnos y formar lazos solidarios por fuera del Estado y la política. Por eso este 8 de marzo salimos y nos movilizamos no para exigir que se nos considere y se nos visibilice en tanto que víctimas, ciudadanas productoras y reproductoras serviles de esta sociedad. Porque queremos dejar de pedirle al Estado lo mismo que este genera, lo que nunca va a cambiar porque es su propia esencia. Si reflexionamos y luchamos es para comprender y poner en actos que si no hay un cambio de raíz la opresión y la explotación va a seguir recayendo sobre nosotras.

sábado, 4 de marzo de 2017

¡ABAJO EL TRABAJO DOMÉSTICO!

Hace ya varios años que hemos sumado nuestras voces para exponer la relación entre trabajo asalariado y capitalismo, para asumir la contradicción, no defendiendo el trabajo sino la vida. Porque la contradicción más importante por la que luchamos es la que existe entre Capital y vida humana.

El modo de producción capitalista, pese a su imagen racionalista y científica también produce mitos, actos de fe gracias a los cuales se sostiene. Uno de ellos es que el trabajo es ajeno a la historia, que existe desde siempre y que, por tanto, no podría dejar de existir. Esto es una verdadera falacia. El trabajo aparece como actividad separada en las sociedades de clase. Y el trabajo asalariado, más precisamente, es la forma que adquiere la actividad humana en el capitalismo. Es por ello que cuando miles de proletarios en el mundo insistimos con la consigna «¡Abajo el trabajo!» no estamos proponiendo que haya que dejarse morir de frío e inanición, sino que debemos luchar para constituir una comunidad donde nuestras necesidades de alimento y techo, así como de goce y creatividad sean puestas en común sin ser una coartada para cuantificarlas y generar ganancias. Aunque parezca extraño en este tiempo inmóvil del Capital que se asemeja a un eterno presente, la mayor parte de la existencia de nuestra especie no hemos vivido de esta manera; ello vuelve evidente que este modo de producción también tiene los días contados.

Otro mito necesario para apuntalar la normalidad capitalista es exponer el trabajo doméstico como un atributo natural de las mujeres, quienes se supone que, por naturaleza, serían buenas cocineras, lavanderas, amantes, sensibles, débiles y, por sobre todo, dependientes. No es ninguna casualidad, el primer paso para la domesticación es la creación de dependencia.

Una dependencia que es tanto económica como ideológica, basada en el mito (1) de que siempre fue el trabajador asalariado hombre el que llevó el pan a la mesa. Y en el pobre imaginario social —¡y aunque estaba a simple vista!— este trabajador habría carecido de la necesidad de cuidados, porque se trataba de un adulto sano que se valía por sí mismo. Esta falacia no solo invisibilizó —e invisibiliza— esos cuidados, sino que además produce un modelo, especialmente masculino o masculinizante, que se caracteriza por su pretensión de no necesitar de nadie. Un individuo que rechaza la interdependencia humana en nombre de la fuerte y prominente independencia típica del capitalismo.

Tal como sucede con cualquier trabajo, la función de la ideología dominante es que el trabajo doméstico sea naturalizado, amalgamado a cualquier actividad humana, cuando en verdad se trata de un fenómeno social determinado e histórico. El trabajo doméstico de las mujeres se encuentra bajo mayores sombras aun que el trabajo asalariado, por ser considerado, erróneamente, un atributo natural de la personalidad femenina, una aspiración del “ser mujer”. Pero lo que se olvida es que para crear la imagen de ese supuesto atributo natural fueron necesarios siglos enteros de desposesión y de persecución misógina, cuando las mujeres muy lejos estaban de cuadrar con la imagen de ama de casa sumisa y siempre atenta a las necesidades de su familia, y que el Capital «chorreando sangre y lodo por todos los poros», logró imponer.

No es fácil definir al trabajo doméstico en cuanto categoría. Sin embargo, quien lo sufre en carne propia sabe a qué nos referimos. El trabajo doméstico está constituido por las tareas realizadas en el hogar o para el hogar. No obstante, eso no lo es todo: a diferencia de la mayoría de los trabajos asalariados, la jornada no tiene un horario definido ni tareas precisas. ¿Y el cuidado de niños, ancianos y enfermos al que son confinadas millones de mujeres a diario? ¿Y el “servicio sexual”? Esto ni siquiera termina en casa. Llevarle un café al jefe y charlar con él acerca de sus problemas maritales es trabajo de secretaria y no un favor personal. Preocuparse por cumplir con un perfil físico determinado e imitar la imagen de las mujeres de las publicidades es una condición laboral y no el resultado de la vanidad femenina.

Obtener un segundo trabajo para las mujeres no cambia su rol impuesto, así lo han demostrado décadas y décadas de trabajo “femenino” fuera de casa. Un segundo trabajo no solo incrementa la explotación, sino que además reproduce aquel rol de diferentes maneras. Donde sea que miremos podemos observar que los trabajos llevados a cabo por mujeres son meras extensiones de las labores confinadas a la esfera privada.

Amas de casa, maestras, prostitutas, limpieza, secretarias, enfermeras, niñeras, psicólogas… las virtudes de la esposa homenajeada el día de la madre. La celebración oficial de cada 8 de marzo y las loas mercantiles a las mujeres feroces, valientes e independientes es la celebración de la explotación en nombre de un supuesto heroísmo, de una naturaleza femenina que se reconoce en la imagen masculinizante de la mujer todopoderosa, capaz de dedicarse a las tareas del hogar al mismo tiempo que va a trabajar a la oficina.

Para este 8 de marzo se hace un llamado sorprendente: un paro nacional de mujeres. Como toda medida aislada tiene sus propias limitaciones. Pero, en este caso, el paro además visibiliza un hecho sobre el cual se basa la sociedad capitalista y del cual se habla poco y nada. El Capital domina y se desarrolla a través del sistema de salario y es a través del salario que se organiza también la explotación del proletariado no–asalariado. Esta explotación ha sido aún más efectiva porque la falta de un salario la oculta.

En los años 70 del siglo pasado hubo una campaña titulada Salario para el trabajo doméstico. Esto arrancó el tema del ámbito privado, donde se lo sobreprotegía —y aún sobreprotege— para que no entrara en discusión. Pero, en síntonía con el obrerismo, reclamó su porción al Estado y a las empresas por ser de suma importancia para la producción capitalista.

El Capital, además del trabajo asalariado, depende también del trabajo no remunerado realizado por las mujeres en los hogares. Por eso no hay que defenderlo, hay que destruirlo. Recibir un salario por aquello no ha sucedido, y no pareciera que vaya a suceder. Repartir las tareas de forma más equitativa entre hombres y mujeres es una posibilidad, pero bastante remota también. Y si bien cada vez se paga más por servicios que en otros tiempos se solicitaba gratis a las esposas, madres, hermanas, hijas o abuelas, estas siguen soportando la mayor parte de estos quehaceres.

La imposibilidad de reforma es evidente. Así como la necesidad de abolir tanto el ámbito público como el privado de esta sociedad. No hay nada que salvaguardar de ninguno de los dos, ni entremezclarlos, sino hacerlos saltar por los aires junto a toda la sociedad que los ha creado.


Nota:
(1) Con mito nos referimos a una situación que, escapando a la imagen eurocentrista dominante desde mediados de siglo XX, implica un proceso histórico más amplio que las décadas doradas del capitalismo y abarca la realidad de miles de mujeres que por su lugar y momento de nacimiento fueron confinadas a un trabajo siempre menos pago que el del hombre y tuvieron que cumplir además con el trabajo en el hogar. Es por tanto un mito burgués, un ideal de la familia burguesa impuesto a todo el mundo.

MEMORIA: «вниз с войной!»

«¡Abajo la guerra!» gritaban miles de mujeres en los mítines y manifestaciones aquel 8 de marzo de 1917. Petrogrado estaba muy tensa, las trabajadoras textiles estaban en huelga y los metalúrgicos se les sumaban. Los soldados en el frente y los marineros en las bases cercanas se estaban amotinando y las filas de racionamiento eran frecuentes focos de incidentes y destrozos por parte de las trabajadoras domésticas.

El frío invierno, la autocracia, las condiciones del frente, el desabastecimiento, la estructura patriarcal, la miseria en los hogares... Razones sobraban, pero las cicatrices de 1905 todavía ardían. El 8 era un buen día para aumentar la intensidad de la lucha. En Rusia el día de la mujer trabajadora se conmemoraba desde hacía pocos años pero con intenso fervor. Las primeras en rebelarse fueron las hilanderas de las fábricas textiles del distrito de Výborg al norte de Petrogrado: siete mil de ellas marcharon a otras fábricas y hacia las diez de la mañana habían logrado movilizar a otros veinte mil obreros. Los trabajadores despedidos de la Putílov se unieron a los manifestantes. Al mediodía, ya eran alrededor de cincuenta mil manifestantes y a primeras horas de la tarde comenzaron a unírseles obreros metalúrgicos y de las fábricas de municiones. Previendo incidentes, las autoridades habían ordenado el cierre de tiendas y oficinas, lo que hizo que algunos de los empleados se uniesen a las manifestaciones.

Doscientos cincuenta mil obreras y obreros estaban en huelga para el día 10. Este día comenzaron los enfrentamientos con la policía. Los cosacos, la fuerza más confiable del zarismo, decidieron, no obstante, no reprimir. Las fuerzas represivas habían perdido su halo indestructible, cada soldado tenía amigos y familiares entre los huelguistas y temía la vuelta al frente. El movimiento huelguístico fue astuto, no se aisló y buscó activamente la confraternización con los conscriptos arrancados del campo apenas mayores. La última de las puertas hacia la revolución comenzaba a abrirse.

Al cabo de pocos días el Zar finalmente abdicó y, si bien en su reemplazo emergió un gobierno parlamentario, también se consolidó una forma de asociacionismo proletario que había madurado desde su aparición en la Revolución de 1905, los soviets. En éstos, y como era costumbre ya desde las organizaciones narodnikis (populistas), la presencia femenina era permanente.

Entre febrero y octubre, y más aún durante los años siguientes, incluso a pesar de la guerra civil en curso, se avanzó significativamente en históricas reivindicaciones femeninas,(1) como la posibilidad de tener elección sobre la natalidad, deshacer sus matrimonios, que su formación no dependiera de los designios paternos y muchas más. Se imponían con fuerza en las calles las necesidades sociales que las legislaciones nunca traerían. Las actitudes paternales eran combatidas por mujeres, que renegaban de la idea de que su rol en la revolución fuera de apoyo, manteniendo las tareas domésticas a las cuales habían sido condenadas desde la disolución de las comunidades campesinas. «Las mujeres deben jugar un rol significativo en la campaña por los alimentos», llegó a decir Inessa Armand, una de las mayores referentes femeninas del bolchevismo, en 1916.

Pero todo ese proceso estaba, cada vez más, siendo incluido y deformado bajo el Estado, liderado por el Partido Bolchevique. Éste, siguiendo el ejemplo de las organizaciones socialdemócratas del diecinueve, postulaba que las “cuestiones femeninas” debían de tratarse en organizaciones específicas para las camaradas. Así, formaron el Zhenotdel, cuyo órgano de difusión era Kommunistka (La Mujer Comunista) y pusieron a su cargo a Alexandra Kollontai, primera ministra mujer de la historia que, tras un paso por la minoritaria Oposición Obrera, luego sucumbiría al estalinismo, cumpliendo tareas diplomáticas hasta su muerte. Mientras de la boca para afuera ese organismo se dedicaba a concientizar a las mujeres en las ideas socialistas y las necesidades de la revolución, en la práctica, el rol de estas organizaciones se centraba en el viejo truco de legislar y delimitar lo que efectivamente ya estaba sucediendo: los abortos se realizaban y los violadores eran abandonados. Las necesidades eran asumidas directamente por las mujeres, individualmente o a través de las estructuras de solidaridad que se formaban en el calor revolucionario.

El aislamiento de las cuestiones femeninas llegaría en 1920 hasta el ridículo de formar la Internacional Comunista de Mujeres, análoga a otras especificidades como la Internacional Sindical Roja o la Internacional Campesina Roja. Las y los revolucionarios denunciaron este proceso de ahogamiento y burocratización creciente, muchos incluso insistiendo en el rol capitalista y reaccionario del Partido Bolchevique que, si alguna vez había sido una organización revolucionaria, sin duda ya no lo era. Un momento destacable de la crítica práctica fue el intento de asesinato de Lenin, líder bolchevique, a manos de Fania Kaplan, militante histórica e integrante de los Social–Revolucionarios de Izquierda, en 1918.

El ardor de la revolución se apagaba entre el Comunismo de Guerra y la represión permanente a los núcleos todavía disidentes, como en la región ucraniana con el Ejército Negro Insurreccional, y la gloriosa Kronstadt, vigía de Petrogrado, tomada por los viejos marinos. Mientras tanto, las reivindicaciones de mujeres ya habían pasado su punto álgido y comenzaban a retraerse en los cajones de los escritorios. Eventualmente, el mismo estalinismo terminaría por deshacer las organizaciones de mujeres, ya que bajo el socialismo éstas serían, bajo todos los puntos de vista, “iguales a los hombres y libres en su totalidad”. El derecho al aborto se denegaría nuevamente y la sociedad resumiría el curso patriarcal que soñaba extinguir.
Pero cien años después, los latidos de marzo todavía resuenan entre nosotros. La fuerza de la espontaneidad, del asociacionismo directo, de la solidaridad entre mujeres, entre hombres, entre combatientes por la revolución, fue tan fuerte en 1917 como puede serlo hoy día.


Nota:
(1) Usamos este controversial término para reconocer el hecho de que, en gran parte, han sido mujeres las que históricamente han dado sus vidas por necesidades que son de la humanidad toda, y que no solo mejorarían la calidad de vida de uno de los sexos.

lunes, 7 de marzo de 2016

8 DE MARZO CONTRA EL CAPITAL

En los últimos años aconteció una importante reconfiguración de las luchas, muchas de ellas consideradas “de mujeres”. Discursos que durante la década de los noventa se circunscribían prácticamente al feminismo y se hacían presentes en el movimiento anarquista y en unos pocos ámbitos de izquierda, sufrieron en la década pasada una expansión, hasta llegar a popularizarse, acarreando la vulgarización y debilidad de un discurso que aún no es una práctica masiva. A su vez, la problemática “de la mujer” se hizo ineludible y comenzó a tomar cada vez mayor protagonismo en programas de radio, televisión y en ámbitos cotidianos. Las masivas manifestaciones del “ni una menos” durante el año pasado son un hito importante en esta expansión.

El tono y el contenido de los discursos y debates sobre el tema, así como las consignas débiles, interclasistas y ciudadanas, son las características principales de esta contestación difusa. Características propias del Encuentro Nacional de Mujeres, cuyo rasgo principal no es ni la radicalidad ni la precisión al momento de criticar la instrumentalización y determinación del género que realiza el Capital. Que, dadas las condiciones, puede ser la voz cantante de estas críticas a medias que van ganando las calles.

Pero no se trata de argumentos contra argumentos, de ganar el debate, se trata de condiciones materiales de existencia. El objetivo de la acumulación capitalista no es el machismo es la ganancia, sin embargo el machismo colabora en esta empresa y es permitido y sostenido por las condiciones capitalistas. El capitalismo no es un entramado discursivo que podríamos destruir con sólo cambiar nuestras formas de pensar o ciertos hábitos de nuestra vida cotidiana. ¿Significa esto que no encontramos su opresiva ideología dominante operando en cada espacio de nuestro ser y de nuestras relaciones? Pues no. Significa que estamos al tanto de que esta sociedad no está aquí desde siempre y de que posee una historia material que indagar, no para deleitarnos con hermosas conclusiones intelectuales, sino para destruir cada ápice de ella.

Las fuerzas productivas y las relaciones de producción que se han desarrollado y que fueron modificándose a lo largo de la historia, han moldeado la explotación y opresión de los seres humanos, hombres y mujeres. De distintas formas, claro está, pero siempre en función del objetivo que el Capital persigue: explotarnos, extraernos el máximo de plusvalor y valorizarse constantemente. El Capital es él mismo una relación social, en tanto implica la escisión entre propietarios de los medios de producción y desapropiados. En este sentido, el capitalismo ha modificado sustancialmente no sólo las formas de producción sino también las relaciones sociales determinantes, permitiendo que incluso aquellas actividades que aparecen fuera de su órbita estén al servicio de su reproducción y del mantenimiento del orden vigente.

Nos han enseñado que la esfera privada no posee vínculo alguno con el orden social, así las cuestiones íntimas o personales no serían posibles de pensar más que individualmente, cuando, sin embargo, se encuentran en relación dialéctica con la esfera denominada pública o social. Entonces, al analizar la reproducción material de esta sociedad no podemos dejar a un lado la construcción de sujetos a los cuales se les otorgan determinados atributos y cualidades, es decir, roles. Las relaciones entre hombres y mujeres se han desplegado históricamente de la mano de estas relaciones de producción, levantándose las expresiones ideológicas que las sostienen, para ocultarlas bajo el manto de la naturalidad de los roles que nos han asignado.

Roles que nos dicen que los hombres deben ser los proveedores del sustento de las mujeres y la familia, activos y fuertes, ajenos a sus sentimientos y emociones, y otorgando a las mujeres la sensibilidad, la pasividad, la aptitud para el amor, el cuidado y la comprensión. Bajo el reino del Capital lo femenino está ligado a lo irracional, lo afectivo, mientras que lo masculino lo está a lo racional, al trabajo. Si bien existen cambios en los roles y la familia nuclear ha ido transformándose a lo largo de la historia, éstos no se determinan en relación a las necesidades humanas sino a las del Capital. Entonces, si hoy no encontramos como generalidad la familia tradicional en la que sólo el hombre es asalariado y la mujer se dedica exclusivamente al ámbito doméstico, no significa una victoria para nosotros, proletarias y proletarios.

Es decir, en términos de integración capitalista, la liberación de las mujeres se ha profundizado y es el presupuesto de su mayor participación en la sociedad. Las mujeres proletarias han salido en gran número de sus casas y tienen la posibilidad (o mas bien la desgracia), de estar generando plusvalor por derecho propio pero, muchas veces, continúan teniendo que asumir el trabajo doméstico, quizás con alguna “ayuda” de los hombres o, al menos, gestionando su traspaso a otras mujeres más jóvenes o más pobres, instituciones educativas, lavaderos y guarderías. Es la otra cara de la moneda de la liberación de las mujeres.

El nuevo ideal femenino ya no corresponde unívocamente a aquel de mujer irracional y amorosa, sino que convive con otros. Existe también un tipo ideal de mujer asalariada y exitosa, que construye una familia al mismo tiempo que hace deporte y se mantiene bella, según los dictados de la moda; así como existe además el modelo de mujer que se coloca por encima de la necesidad de vincularse con hombres, soltera e independiente. Todas ellas adquiriendo, para liberarse de su rol femenino, rudeza y competitividad, características del rol masculino, amalgamándose a la lógica imperante: cada uno por su lado y contra otros.

En todo este proceso las ciegas leyes de la economía capitalista fueron auxiliadas por una perspectiva integracionista, en cuyo desarrollo fueron partícipes necesarias teóricas, académicas, líderes sindicales e izquierdistas. Y sin duda no fueron sólo mujeres, sino que detrás de esta nueva fase de vinculación entre sexos mediada y determinada por el Capital, dijeron presente jefes de las fuerzas armadas, empresarios ávidos de mano de obra barata, filósofos posmodernos y cuadros medios de todos los Estados.

No esperamos absolutamente ninguna perspectiva emancipadora del devenir de la economía capitalista. Y sabemos que las luchas sociales no comienzan en la mesa del patrón, del gobernante de turno, ni en las mesas de debates con los portadores de la retórica feminista. Creemos que esta nueva conmemoración del 8 de marzo puede ser un puntapié para hacer un balance de las luchas del pasado, para ver dónde estamos parados y paradas, para plantearnos una vez más qué hay o puede haber de subversivo en nuestros vínculos entre proletarias y proletarios.

viernes, 21 de marzo de 2014

LAS HOGUERAS AÚN NO SE APAGARON

Una nueva conmemoración del 8 de marzo nos muestra los significados que va adquiriendo desde hace años esta fecha: mercancías “femeninas” para regalar y  regalarnos, descuentos en restaurants y perfumerías, con suerte, un discurso de la ONU por la igualdad de derechos, y una marcha de la izquierda para reclamar al gobierno por medidas legales contra los femicidios y demás inequidades de género.

Como ocurre con tantas otras esferas de nuestras vidas, el Capital no duda en utilizar e inventar lo que sea con tal de seguir expandiéndose, generando así más y más capital, más y más valor. Esto no nos sorprende, es un proceso continuo que comenzó con los orígenes mismos de este sistema.

Contra él se alzaron las obreras textiles de Nueva York un 8 de marzo de 1857. Cada vez más mujeres, en Estados Unidos, se incorporaban a la producción, especialmente en la rama textil, donde eran mayoría absoluta. Las extenuantes jornadas de más de 12 horas a cambio de salarios miserables despertaron la rebeldía de las proletarias neoyorquinas. Esta no fue ni la primera ni la última vez que las textiles se movilizarían. Medio siglo más tarde, en marzo de 1908, 15.000 obreras marcharon por la misma ciudad por aumento de salario y mejores condiciones de vida. Y, al año siguiente —también en marzo—, más de 140 jóvenes mujeres murieron calcinadas en la fábrica textil Triangle Shirtwaist de Nueva York. En ese trágico día, las trabajadoras tuvieron que sortear muchas áreas cubiertas por el fuego, para luego intentar salir por una puerta cerrada, la misma donde día tras día las requisaban los guardias de seguridad de la fábrica.

De ahí en adelante, estos episodios sirvieron de referencia para el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, cuya primera convocatoria tuvo lugar en 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza extendiéndose, desde entonces, a numerosos países. La propuesta original, discutida por algunas secciones de la socialdemócrata Segunda Internacional, concebía un día específico de lucha de las mujeres trabajadoras por reivindicaciones sufragistas, igualdad civil y derechos laborales.

En 1977 la Asamblea General de la ONU proclamó el 8 de marzo como Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional.

UNA HISTORIA EXTENDIDA

El Capital no sólo se apropia del “día de la mujer”, ella ha sido explotada y subordinada desde un principio de acuerdo a las diversas necesidades que en cada época tuvo este sistema de producción.

Durante el surgimiento del sistema capitalista —o proceso de acumulación primitiva del Capital— se desató un ataque y persecución específica contra las mujeres —parteras, curanderas, madres, amantes, educadoras y reproductoras— a través de lo que se conoce popularmente como caza de brujas (1). Caza que, entre otras cosas, intentó destruir el control natural que las mujeres podían ejercer sobre la reproducción de la especie.

Esta persecución fue tan importante para el desarrollo del capitalismo como la colonización de las Américas y la expropiación de tierras al campesinado europeo. Supuso: el desarrollo de una nueva división social del trabajo, que sometió el trabajo femenino y la función reproductiva a la reproducción de la fuerza de trabajo; la construcción de un nuevo orden patriarcal, basado en la exclusión de las mujeres del trabajo asalariado; y la mecanización del cuerpo de las mujeres en la producción de nuevos trabajadores.

Por otro lado, esta campaña de terror contra las mujeres debilitó la capacidad de resistencia del campesinado europeo ante el ataque lanzado en su contra por la aristocracia terrateniente y el Estado, en una época en que la comunidad campesina comenzaba a desintegrarse bajo el impacto de la privatización de la tierra, el aumento de impuestos y la extensión del control estatal sobre todos los aspectos de la vida social.

La definición de las mujeres como seres demoníacos y las torturas atroces a las que muchas de ellas fueron sometidas destruyeron todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista, así como la condición necesaria para su resistencia en la lucha contra el feudalismo.

Una vez que las mujeres fueron derrotadas, la imagen de la feminidad construida en este período fue descartada y una nueva y domesticada ocupó su lugar. Mientras que durante la caza de brujas las mujeres eran retratadas como seres salvajes, rebeldes e insubordinados, a finales del siglo XVIII el canon se había invertido. Las mujeres pasaron a ser retratadas como seres pasivos, lánguidos, angelicales y moralmente mejores que los hombres, capaces de ejercer una influencia positiva sobre ellos.

De la imagen de la mujer–bruja en la hoguera, se pasó a la mujer como encarnación de “la libertad”. La Estatua de la Libertad, fue un regalo de parte de Francia a Estados Unidos. Desde su inauguración en 1886 fue la primera visión que tenían los inmigrantes europeos al llegar a la prometedora nación en crecimiento tras su travesía por el océano Atlántico, la que quizás tuvieron las trabajadoras textiles, en su mayoría italianas y judías, antes de perder la vida en la fábrica de camisas.

LA MÁS VIEJA PROSTITUCIÓN

Pese al nuevo aire progresista, bajo el cual las mujeres pueden trabajar “a la par” de los hombres y hasta pueden ser presidentas, sabemos que las mujeres no somos ni más iguales ni más libres y más aún, que estas consignas ni siquiera nos pertenecen (2). Seguimos siendo esclavas de nuestras necesidades, para vivir debemos vender nuestro cuerpo, nuestras energías y nuestras fuerzas. Aquellos famosos derechos por los que deberíamos luchar contienen la obligación violenta de trabajar para vivir y obedecer la ley de quien la otorga.

Resulta evidente cómo la mayoría de las reformas introducidas en la sociedad capitalista responden a sus propias necesidades y nada tienen que ver con una verdadera emancipación humana. En el caso de la mujer, gran parte de los “derechos adquiridos” no son más que cambios necesarios en la dinámica de explotación capitalista. Cada vez que el Estado nos hace hablar en su lenguaje, nos hace hablar de derechos y libertades democráticas, logra traficar el verdadero origen de nuestras necesidades y deseos.

Los defensores del orden afirman que la prostitución es el trabajo más viejo del mundo, para nunca decir que la más vieja prostitución del mundo es el trabajo. La democracia, con sus fragmentaciones y falsificaciones otorga derechos particulares que no permiten ver la totalidad del problema.

La mujer como cuerpo–objeto, los roles y las formas de relacionarnos impuestos por siglos de explotación siguen intocables a pesar de tanta reforma. Tanto es así que ni siquiera se frenan los excesos y las miserias más terribles.

Un gran número de mujeres son esclavas de un mercado en continuo crecimiento, alimentado por el tráfico de mujeres y niños. Se calcula que hay cuatro millones de personas traficadas por año, obligadas mediante engaño y coacciones a alguna forma de servidumbre. Sólo hacia Europa occidental son traficadas 500 mil mujeres por año.

Por poner otro ejemplo, 66 mil mujeres son asesinadas cada año en el mundo. Eso representa el 17% del total de muertes violentas (y las cifras no incluyen casos de violencia psicológica, económica o de discriminación laboral, que no suelen ser denunciados).

En Argentina un total de 295 mujeres perdieron la vida por “violencia de género” durante el 2013, lo que arroja un promedio de una mujer muerta cada 30 horas.

Los cuerpos de las mujeres han constituido y constituyen lugares privilegiados para el despliegue de técnicas y relaciones de poder, desde el control sobre la función reproductiva de las mujeres hasta las violaciones, los maltratos y la imposición de la belleza como una condición de aceptación social.

El lugar que históricamente el sistema capitalista de producción fue imponiendo a la mujer según sus necesidades de valorización no hizo más que quebrantar cada vez más la solidaridad entre quienes sufren la misma explotación. Sea un oficinista jodiendo sobre lo ajustado que le queda el uniforme a su compañera que se encuentra a dos escritorios de distancia o el obrero de la construcción que grita y denigra a quien limpia la casa al lado de la obra, que bien podría ser la casa de su jefe. O un ejemplo más extravagante: los diez cafiolos en San Lorenzo que hicieron un piquete el fin de semana del 7 de marzo porque la municipalidad cerró los últimos burdeles que existían, reclamando porque los dejaban sin trabajo.

El sistema y sus ejecutores, representantes y falsos críticos, se alimentan de estas divisiones, se aprovechan de ellas para sostenerse en pie, sostener la desigualdad, la violencia que implica la separación de la sociedad en dos clases, la de quienes poseen los medios de producción y la de quienes sólo cuentan con sus fuerzas y energías para sobrevivir.

La única lucha posible contra la violencia que sufren las mujeres es la lucha contra la más vieja prostitución del mundo: el trabajo. Es la lucha contra el Capital y su sistema, que impone sus necesidades de más y más Capital a costa de la vida humana. Es la lucha de mujeres y hombres por la destrucción del capitalismo y por la construcción de una verdadera comunidad humana, sin propiedad privada, sin Estado y sin roles de género impuestos.


Notas:
  1.  Recomendamos el libro de Silvia Federici, «Calibán y la bruja», Editorial Tinta limón, 2011. Disponible tambien en la web.
  2. Recomendamos ampliar el tema con el texto De la libertad, contenido en el libro «Contra la Democracia» de Miriam Qarmat, colección Rupturas. Disponible tambien en la web.