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domingo, 13 de octubre de 2024

NO ES DEPRESIÓN, ES CAPITALISMO

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En lo relativo a la denominada salud mental lo más apropiado es obtener nuestra perspectiva y orientación desde el amplio horizonte de las condiciones materiales de existencia. Lo importante de esta mirada es que pone en tensión el discurso patologizante que atribuye las causas del padecimiento al individuo y no a la sociedad de la que forma parte. A su vez, no acepta el deterioro de las condiciones laborales, habitacionales y de los vínculos interpersonales como mera responsabilidad de quien las padece.

Al lema liberal por excelencia “el pobre es pobre porque quiere” le corresponde “el depresivo es depresivo porque quiere”. De este modo, sería suficiente con “pensar positivamente” o “salir adelante”. La ideología de la libre elección insiste en que es cuestión de escoger la riqueza frente a la pobreza, el bienestar frente al malestar. Desde el punto de vista liberal, entonces, ya tenemos dos problemas: el inicial y elegir no solucionarlo.

El empobrecimiento económico provoca mayor depresión, así como la violencia intrafamiliar y las presiones laborales. Por su parte, el modo de vida de aislamiento y encierro, profundizado hace pocos años a partir del confinamiento social y obligatorio, hacen lo propio.

La depresión existe y no es suficiente con “tomar conciencia” y llamarla capitalismo. Es depresión y es capitalismo. Y si bien muchos de los males de este mundo no desaparecerán hasta que no desaparezca este modo de producción, negar su especificidad como depresión nos priva de la posibilidad de abordarla, si es que deseamos hacerlo.

“Salud mental”

Referirnos a la salud mental comienza a dejar de ser tabú, la cuestión es de qué manera la abordamos. El énfasis contemporáneo puesto en la salud mental o en las emociones es evidente. Es el tema predilecto de las nuevas series y películas. Se trata de un proyecto de explotación del territorio psicológico. Ninguna empresa puede tener como propósito visibilizar ni mucho menos colaborar en combatir los malestares, se trata de ganancias. Y es en esa catarsis colectiva que también producen un aliciente para la reproducción de esta sociedad. Una explotación similar comienza a asomar desde los espacios políticos y será cada vez más explícito ya que se trata de una problemática inocultable.

Pero ¿qué entendemos por “salud mental”? Podemos observar cómo, en este contexto, existe una tendencia a confundir o mezclar el “bienestar” con la “salud mental” lo que parece conducir a patologizar la infelicidad que ofrece esta sociedad.

“Salud” es entendido como ausencia de enfermedad. Y “bienestar” como la presencia de esa salud y de satisfacción personal. Cuando ambos conceptos se entremezclan en la noción de “salud mental” suponen un estado de bienestar, y cualquier malestar es susceptible de ser visto como “enfermedad mental”. Este es un riesgo que presentan las promesas capitalistas de felicidad. Felicidad e infelicidad que esta misma sociedad define.

Así, en esta generalización del inmediatismo, la impaciencia y por tanto la desesperación, podemos confundir una situación circunstancial con un malestar extenso que se experimenta interminable. Por ejemplo, confundir tristeza con depresión.

Considerada una enfermedad, generalmente, la manera de atender esta realidad es acudir a un experto para que actúe con un tratamiento y una tecnología específica: extirpar, rehabilitar, curar el problema de manera aislada. Así lo dictan las disciplinas e industrias que comercian con la salud y la enfermedad, en este caso las asociadas a la psiquiatría. No solo abordando el cerebro, sino otros órganos del cuerpo, el sistema inmunológico o lo que dicte el penúltimo “hallazgo científico”.

Argentina aún no es parte de aquellos países en los cuales se empastilla a la población sin miramientos, aunque hay una tendencia cada vez mayor a hacerlo. Para eso es preciso entender y abordar diferentes situaciones como si fueran una enfermedad solucionable a base de pastillas. Se trate de insomnio o del comportamiento de los niños entendido como “trastorno por déficit de atención”. El caso del duelo es un buen ejemplo: hoy se habla de “trastorno de duelo prolongado” ya que cada vez se permite menos tiempo debido a las exigencias y ritmos de esta sociedad. Según quienes dictan la norma a través del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM), en su tercera edición de 1980 se consideraba normal el duelo de un año, en la cuarta versión de 1994 ya se había reducido a dos meses, en su quinta versión de 2013 quien permanece de duelo más de dos semanas después del fallecimiento de un allegado, “mostrando sentimientos de vacío, de tristeza o de fatiga” es considerado depresivo y debe ser tratado con medicamentos.

Para el paradigma dominante el razonamiento es simple: la raíz del problema de cada depresivo se encuentra en su interior (en su mente, en su alma o en sus genes). Se trataría de un fenómeno solucionable individualmente. Por eso las disciplinas que operan desde la división (mente/cuerpo, individuo/sociedad, interior/exterior) solo pueden empujar al individuo a que se vuelva hacia su interior, se trate de su alma o de su organismo.

Entender que las causas son sociales no significa que no podamos abordar los problemas individual o grupalmente (amistades, familia, pareja, colectivos). Si bien es cierto que ni en solitario ni en grupo podemos erradicar un problema social, hay un espacio de acción.

La intención con este artículo no es proponer métodos o guías; no las tenemos y nos parece un tema lo suficientemente delicado como para lanzar propuestas sin atender a cuestiones particulares. Sin embargo, visibilizar el problema de la depresión, ponerlo en común y compartir un marco de reflexiones, nos parece que puede colaborar a afrontarlo.

“… es capitalismo”

En el número anterior decíamos que vivir en una sociedad capitalista no nos hace capitalistas. Aunque todos, uno a uno, conformemos esta sociedad no significa que haya una igualación de responsabilidades ni de implicancias. No disponemos de medios de producción a través de los cuales explotar a otros, solo tenemos nuestra fuerza de trabajo para vender.

Una lectura posible de la raíz social de los problemas es la del tipo “chivo expiatorio”: “no es mi culpa”, en este caso “es el capitalismo”, sea lo que se entienda por eso. Y en lugar de asumir nuestro lugar en el modo de producción capitalista depositamos la culpa sobre otros, sobre nuestros “enemigos”. No es casual que estos modos de razonamiento estén asociados a la culpa de tipo religiosa.

La escisión dualista y cosificadora concibe los “males” sociales como elementos ajenos a un cuerpo “sano”. Esta mirada inadecuada nos puede hacer suponer que los individuos enfermos son los problemas de una sociedad sana. Por eso se aísla, se encierra o se mata a quienes se supone enferman el cuerpo social. O, por el contrario, podemos suponer que somos individuos sanos y que la sociedad nos enferma. De cualquiera de las dos maneras se estima que tanto sociedad como individuo son abstracciones sin un vínculo recíproco. Y generalmente estas percepciones parten del error de considerar al individuo como un dato natural o incluso punto de partida de la sociedad, cuando es la propia sociedad la que produce al individuo tal como la conocemos. Por ejemplo, no es el “individuo egoísta” el que crea la propiedad privada sino al revés.

Esta sociedad se empecina en convencerse de que los responsables de los malestares generales son simplemente las personificaciones de una dinámica social general: los inmigrantes, los pobres y los homosexuales para unos; y para los otros: los gobernantes de turno, quienes destruyen el planeta o los empresarios. Así, nuestra conciencia puede mantenerse tranquila, el problema se pone fuera: “es el otro”. Pero el nombrado “capitalismo” no funciona así.

“Politizar el malestar”

Afirmar que “lo personal es lo político” expone el vínculo entre lo social y lo personal. Pero hay un problema en considerar lo social como sinónimo de lo político. Es imposible hallar un sinónimo de “política” que no refiera a lo relacionado con el gobierno o el Estado. Vamos al diccionario: «1. Ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los Estados. 2. Actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país». ¿Es posible pensar lo colectivo por fuera, incluso, en contra del Estado? Consideramos que sí, esa es nuestra apuesta.

Más allá de la Real Academia Española y más acá de las dinámicas sociales, politizar o no la depresión, o lo relativo a la salud mental, es un importante debate a dar. Lo hemos visto en los últimos años en otras politizaciones: iniciativas y manifestaciones que sirven de apoyo “en las calles” a las políticas de los funcionarios estatales dentro de las instituciones, algunas abiertamente y otras como apoyo crítico o acrítico.

Afirmar que todo es político obstruye las posibilidades de discutir por fuera de la lógica política, del estatismo. En el caso de la salud mental, claro que en lo inmediato millones de personas precisan mejores políticas de Salud Pública, pero reducir todo el problema a eso y olvidar qué son la “salud pública” o el propio Estado que las brinda es un grave error para, justamente, nuestra “salud mental”.

En la politizada Argentina de las últimas décadas la frase “lo personal es lo político” tomó un matiz diferente. Ya no dice tanto que la política vaya hacia lo personal, sino que todo lo personal sea susceptible de ser incluido en la política, en el Estado. Es por eso que veremos cada vez más la defensa de la “salud mental” instrumentalizada en las campañas de los candidatos políticos, especialmente de los más jóvenes.

También existe la intención carroñera de hacer propaganda política basada en el malestar. Sobran ejemplos, en este caso podría ser la de aquellos que al utilizar la frase que da título a este artículo dejan leer entre líneas: “¿depresivo? Sumate a nuestro movimiento para salvarte”. Y así la depresión pasa a constituir una nueva romantización, una nueva identidad.

Y ya sabemos que una identidad necesita de un nosotros (depresivos) y de un ellos (el capitalismo que lo provoca). Una identidad política no puede aceptar participar en lo que ella misma detesta y se constituye en construir una diferencia: amigos y enemigos. Y no es que no los haya, pero forman parte de una misma dinámica social. Por eso pareciera mejor no intentar comprender, el rechazo parece ser suficiente. Pero no lo es. Una identidad política promete protección y salud a quienes adhieren, pero al igual que un político en campaña, no cumple.

A lo largo de los años también podemos observar el activismo o la militancia entendidas como terapia, como una búsqueda que proporcione consuelo para el malestar personal y su descontento. No se puede juzgar a nadie por esta búsqueda, pero advertirlo nos sirve para señalar cómo sobre esa situación algunos líderes buscan engrosar sus filas. La identidad política sueña constantemente con el crecimiento cuantitativo.

Asumir el carácter social de la depresión es necesario. Pero posiblemente necesitemos hacer un esfuerzo más. Más allá y contra la política. Más allá de los mensajes de pocos caracteres, los audios acelerados y los fragmentos de videos de corta duración. Más allá de la demanda de gratificación inmediata, de la confirmación y estabilización de una mentalidad predeterminada y de la promesa de felicidad de esta sociedad. Y así, aunque procedemos indirectamente hacia lo personal podemos abordar el problema.

Crisis del Capital, crisis existencial

La búsqueda de sentido en este mundo moderno puede provocar frustración. Buscamos sentido a la vida porque la vida en estas circunstancias no pareciera ser motivo suficiente. Una subjetividad en crisis está en íntima relación con las crisis capitalistas. Crisis que desestructuran tradiciones, roles y estereotipos sin llegar a reestructurarlos inmediatamente.

Yann Sturmer en su artículo Contra la utopía del capital. Pensar hoy con Giorgio Cesarano (2022) señala que con el fin del patrón oro a comienzos de los ‘70 pero también con el desarrollo de la automatización y las máquinas, el Capital comienza a depender cada vez más del crédito, del valor producido por los trabajadores supuestamente en el futuro, para asegurar su supervivencia: «[el Capital] Debe dominar el futuro, que alguna vez fue también el espacio de las proyecciones revolucionarias. Se vuelve así especulativo, una burbuja separada del lugar concreto de producción, que era la producción de valor mediante la fuerza de trabajo humana.»

¿Y qué es la ansiedad si no la preocupación por dominar el futuro? El miedo y/o la desesperación intensos, excesivos y continuos por no estar justamente aquí sino en un futuro hipotético, ficticio. La angustia de las personas endeudadas, obligadas a empeñar su presente y su futuro.

«Al volverse autónomo del mundo, de su límite material, el capital también arrastra a la humanidad a una pérdida total del mundo, de cualquier comprensión cosmogónica, de cualquier capacidad de captar y controlar lo que les sucede», agrega Sturmer.

Donde la lógica capitalista se presenta como el sentido de la vida, necesariamente entra en conflicto con la búsqueda de sentido para quienes no nos satisfacemos con las miserias, pero tampoco con los triunfos de esta sociedad. Nos sucede, aunque nos declaremos en contra o a favor, incluso indiferentes. Es evidente que no es necesario declararse anticapitalista para sufrir los malestares de este modo de producción.

Mark Fisher en Bueno para nada (2014) escribió «he llegado a tener un entendimiento diferente de mi depresión y de sus causas. Comparto mis propias experiencias de aflicción mental no porque crea que haya algo especial o único en ellas, sino para apoyar la afirmación de que muchas formas de depresión son mejor entendidas –y mejor combatidas– a través de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y “psicológicos”.» Más adelante señala: «Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada».

El desarrollo de los medios de producción y reproducción de nuestras vidas conlleva una transformación de nuestras subjetividades. Los nuevos “trabajos de mierda” como los llama David Graeber, tan inútiles «que incluso la persona que tiene que efectuarlo todos los días es incapaz de convencerse de que existe una buena razón para hacerlo». El autor del libro Trabajos de mierda, una teoría (2018) sostiene que más de la mitad del trabajo social no tiene propósito y se vuelve psicológicamente destructivo cuando se combina con una ética del trabajo que asocia el empleo con la autoestima. Es fácil sentirnos “buenos para nada” en el desempleo o en estos empleos.

Podemos agregar con Fisher que la cura no es conseguir un mejor empleo: «las marcas de clase están diseñadas para ser indelebles. Para aquellos a los que desde la cuna se les enseña a pensarse a sí mismos como inferiores, la adquisición de calificaciones o riqueza raramente será suficiente para borrar –sea en sus mentes o en las mentes de los demás– la sensación primordial de inutilidad que los ha marcado desde su más temprana edad.»

Lo más parecido, no a una cura, sino a una forma realista de afrontar el problema puede ser desobedecer el mandato burgués de felicidad, su moral del trabajo, o al menos comenzar a ponerlos en cuestión. Sabernos “buenos para nada” en un modo de producción en el cual ser “bueno” y triunfar solo es un mérito de acuerdo a sus propios términos.

viernes, 14 de enero de 2022

PASE SANITARIO Y CUESTIÓN SOCIAL

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A partir del 1 de enero de 2022 el Estado argentino impuso el “pase sanitario”, similar al que ya viene aplicándose en diferentes partes del mundo. Aún es pronto para determinar cuál será su impacto local. Por el momento, continúa desviando la atención social principalmente hacia el coronavirus, y en particular hacia el abordaje que los Estados proponen: aislamiento, desconfianza ciudadana, control estatal y vacunación semiobligatoria.

De este modo, a su vez, se opta deliberadamente por responsabilizar a los no vacunados del nuevo pico de contagios. La frustración producto de esta nueva ola, que se desarrolla a pesar del alto nivel de vacunación y el largo acatamiento de medidas de confinamiento, no ha suscitado un pensamiento crítico, sino todo lo contrario.

Ante el empeoramiento de nuestra supervivencia los gobiernos proponen más control y mayor disciplina de la población. Desplazando discursivamente el enfrentamiento al terreno entre vacunados y no-vacunados. Parecieran querer decir que nuestros problemas no se deben a una sociedad dividida entre explotadores y explotados, sino a una nueva y democrática grieta: el esquema completo de vacunación.

Nuevas restricciones…

Según la reciente normativa nacional, mayores de 13 años deberán acreditar esquema de vacunación completo contra covid-19 para asistir a eventos masivos y viajes grupales, dejando abierta la posibilidad de extenderlo en cada provincia a otras actividades, ya sea gastronomía, gimnasios, centros comerciales, realización de trámites en organismos públicos o entidades privadas, etc. De hecho, varias provincias comenzaron con su aplicación algunas semanas antes y ampliaron su utilización, como es el caso de la gastronomía y entidades bancarias en provincia de Buenos Aires, o para la realización de diferentes trámites en las localidades de Santa Fe. Aunque la vacunación contra la covid-19 no es obligatoria en Argentina, comienza a darse una obligatoriedad de facto.

Aún no sabemos cuál va a ser el efecto de la medida en esta región en torno a cuestiones laborales, pero ya supone un problema en los sectores donde se aplica, como es el caso del gastronómico en provincia de Buenos Aires, donde no hay claridad sobre las exigencias de vacunación de los propios trabajadores, que incluso en algunos casos deben ser los encargados de exigir el pase a los clientes. Esta situación genera conflictos, con la vulnerabilidad característica de aquellos empleados de manera informal. Dirigentes sindicales junto a un grupo de empresarios plantearon, en una reunión realizada la primera semana de enero junto al ministro de economía y la ministra de salud, entre otros, la necesidad de un “pase sanitario laboral obligatorio” con el objetivo de no frenar la producción a causa de los contagios.

El chantaje que se impondrá a los trabajadores de los sectores público y privado sin esquema de vacunación completo ya ha comenzado en algunos países de Europa, donde existe la obligatoriedad en diferentes sectores, según el país, afectando principalmente a la sanidad y educación, aplicando sanciones, traslados forzosos e incluso despidos. Las empresas pretenden introducir despidos sin indemnización si se considera que un empleado no vacunado perjudica la rentabilidad, y el pase ya es un requisito de ingreso a diversos trabajos.

Mientras la obligatoriedad de la vacunación parecía imposible en un primer momento, ya se está barajando como posibilidad en la Unión Europea. Austria ya la anunció para el 1 de febrero y en Alemania se avanza en ese sentido. En Italia, por mencionar un ejemplo, se están aplicando multas de hasta 1000 euros a quien viole las normativas de utilización del pase, y las restricciones incluyen la utilización del transporte público. Allí donde se ha aplicado, no ha ido sino profundizándose. Creemos importante destacar una vez más cómo a partir del coronavirus se han globalizado ciertas medidas, perdiendo de vista cualquier especificidad regional y dejando de lado cualquier análisis social. Poco o nada se habla de lo estacional, de las condiciones de vida como la alimentación y lo habitacional, de la salud en un sentido amplio; si no de vacunas, aislamientos, estadísticas y responsabilidad individual.

En el caso de Argentina, al igual que en el resto de los países que han implementado la medida, se registra una alta tasa de vacunación completa, más del 70% (mayor aún si solo tenemos en cuenta la población adulta). El pase sanitario no es necesario para que la gente se vacune, sino que pareciera ser al revés. Como señaló Giorgio Agamben, frente a la aplicación del “green pass” en Italia, la vacuna es en realidad un medio para obligar a la población a tener un pase sanitario. Lo cual, cabe aclarar, afecta a la gran mayoría que está vacunada. En paralelo a la aplicación de la medida, los gobiernos de algunos países como España evalúan comenzar a tratar la enfermedad como una gripe endémica más.

La salud es un concepto cada día más extraño. La covid-19 (con las sucesivas variantes del virus) continúa desplazando la prevención y el tratamiento del resto de las enfermedades. La vacunación, según se asume oficialmente, no previene las nuevas cepas, ni el contagio, ni la enfermedad; aunque aseguran sí disminuye el número de internaciones y muertes. Quienes intentan debatir seriamente acerca de los efectos secundarios y a largo plazo de las vacunas, las nuevas tecnologías implementadas en muchas de sus versiones, su efectividad y la relación entre riesgos y beneficios, son censurados y amalgamados al conspiracionismo. No tenemos el conocimiento específico sobre vacunas para debatir sobre dichos aspectos, pero sí nos interesa remarcar que en tanto mercancía vinculada a la reproducción de la fuerza de trabajo y la “vuelta a la normalidad”, es necesario poder abordarla desde un panorama más amplio.

Ya hemos recibido otras vacunas, así como también empleamos dispositivos que permiten controlar y rastrear nuestros movimientos tanto físicos como virtuales. No se trata de paranoia, sino de una reflexión sobre las nuevas obligaciones y restricciones que nos imponen. Este sanitarismo punitivista se alimenta del miedo y la confusión reinantes, de la delegación y el individualismo. La historia nos demuestra que es muy posible que las medidas anunciadas como temporales estén acá para quedarse. Cabe recordar, como ejemplo más brutal y reciente, la lucha antiterrorista a nivel internacional. Esta trajo aparejada una serie de innovaciones en materia represiva y control social que se aplicaron sobre el conjunto de la población; las cuales, en su mayoría, son constitutivas de la normalidad actual.

... viejas desorientaciones

La falta de respuestas, o siquiera un debate profundo acerca de los avances en el control social y las medidas pandémicas tras estos casi dos años, no pueden comprenderse sin atender el nivel de integración política del proletariado en esta región, inseparable de la forma que ha adquirido la reproducción de gran parte de la fuerza de trabajo, que depende cada vez más del Estado para subsistir cada vez peor, y que a su vez crece continuamente. Duro contraste con la lucha social de hace dos décadas, mientras nos aproximamos cada vez más a los niveles de desocupación y pobreza de aquellos años. Los sueldos y jubilaciones continúan disminuyendo brutalmente frente a la inflación, que en 2021 cerró con más de un 50% anual según datos oficiales. El aumento de los alquileres, por ley, incluso supera dicha cifra en muchos barrios de las principales ciudades del país, y lo mismo ha ocurrido a lo largo del 2021 con los alimentos de primera necesidad. Como siempre, los números no dan cuenta de la disminución de la calidad de los alimentos que producimos y consumimos masivamente, ni de los lugares que habitamos.

Como ya hemos señalado, las medidas tomadas a partir del coronavirus no fueron el origen sino el catalizador de una crisis anunciada tanto en Argentina como a nivel internacional. No es la intención aquí profundizar al respecto, pero cabe remarcar el carácter cíclico de la economía mundial, así como la tendencia, al menos localmente, a analizar la situación económica y social a muy corto plazo, sin poder evidenciar cómo tras cada crisis nunca se alcanzan los niveles económicos del ciclo anterior. Esto contribuye a la lógica del mal menor y las alternancias en el poder, como ocurrió con la gestión de Macri en el período 2015-2019, que le permitió al oficialismo desligarse de ciertas responsabilidades y recuperar circunstancialmente algo de credibilidad.

Amplios sectores del espectro de izquierda y el progresismo se hallan presos de lo políticamente correcto y el oportunismo. Se pretenden ecologistas pero participan, o así lo pretenden, de la gestión de una economía basada en la explotación de la naturaleza (ver texto Chubut: no es no). En lo relativo al coronavirus se olvidaron súbitamente sus lecciones foucaultianas en materia de biopoder o las cátedras de relativismo epistemológico. Decían querer criticarlo todo, y combatir al poder en sus mínimas expresiones, pero acabaron aceptando sin más un dogmatismo científico y estatal con pocos precedentes.

El “no al pago de la deuda” parece ser la consigna elegida para mantener las apariencias, mientras se continúa apoyando al gobierno y amplios sectores de la burguesía local en el mantenimiento del orden. El vaciamiento discursivo poco tiene que envidiarle a las movilizaciones en defensa de la “libertad”. Se trate de la OMS o el FMI, nos enfrentamos a simplificaciones abrumadoras que no contribuyen a la comprensión y el enfrentamiento del orden social.

Paranoia y movimientos sociales

Una ola de paranoia azota al planeta, unos se sienten rodeados de enemigos, posibles contagiadores por todas partes; otros ven conspiraciones cuasiextraterrestres, chips en las vacunas. Unos temen el advenimiento de dictaduras fascistas y los otros de dictaduras comunistas. Un fantasma reaccionario recorría las redes: “La última variante se llamará comunismo”.

En nuestro medio, e incluso más ampliamente, es común escuchar personas que le llaman fascismo a casi cada cosa que les desagrade políticamente o como insulto genérico. Los hay también quienes lo hacen con la palabra comunismo, lo cual para ellos puede representar Marx, Maduro o Bill Gates. Los segundos son ahora quienes, en general, protagonizan globalmente las manifestaciones contra las medidas de los gobiernos.

Nada muy diferente de las típicas manifestaciones de izquierda y progresistas: banderas nacionales, interclasismo, defensa de algún genocida, alguna que otra incoherencia, así como también un descontento bastante amplio sobre las condiciones de vida en el planeta.

Aquellos que llaman altruismo a su pánico y ya tenían ciertas tendencias agorafóbicas y disgusto por vincularse con seres humanos de carne y hueso no comprenden la desconfianza de grandes sectores de la población respecto de los organismos oficiales, los gobiernos y los medios masivos. Tal desconfianza tiene sus fundamentos, pero el problema no es ese, sino las conclusiones absurdas que en general suelen alcanzar. Conclusiones que, ante la ausencia de expresiones de lucha que permitan dinamizar otras discusiones, son rápidamente instrumentalizadas por la “nueva derecha”.

Como señala el colectivo italiano Wu Ming en una entrevista titulada Conspiración y lucha social: «Nos oponemos al enfoque típico del conspiracionismo, es decir, al enfoque idealista, liberal y cientificista. En este marco, desaparecen las clases sociales, las relaciones sociales, las estructuras de poder, las contradicciones del sistema (…) El efecto del conspiracionismo es desviar el descontento y canalizar las energías potencialmente revolucionarias hacia lugares donde se disipan o, peor aún, acaban alimentando proyectos reaccionarios.»

Lo que está ocurriendo con las manifestaciones contra el pase de movilidad puede ser un ejemplo de lo que pueden ser las futuras movilizaciones. A los Chalecos Amarillos en Francia también se los acusó de fascistas o reaccionarios. «Bello como una insurrección impura» escribían en las paredes de aquel país.

Siguiendo con Wu Ming: «Las luchas serán impuras porque los sujetos que las iniciarán carecen de los antecedentes con los que nos sentimos cómodos: memoria de las luchas obreras y de los movimientos sociales, conciencia de clase, tradición de conflicto social en la familia, etc. Sin embargo, paradójicamente, la falta de memoria también eximirá a esas luchas de seguir patrones preestablecidos (…) La mayoría de los miembros de la clase media precarizada, empobrecida y atemorizada nunca dominaron el lenguaje de la lucha social, no son herederos de tradiciones políticas con vocabularios establecidos, y esto tiene mucho que ver con la razón por la que articulan su ira por su propia degradación social en términos de “libertad”, o la injusticia que sienten que han sufrido por la forma en que se manejó la pandemia. Una cosa es el individualismo y el egoísmo, y otra la esfera de autonomía de la que debe gozar cada ser humano. Sobre todo, es importante decir que la gestión capitalista de la pandemia atacó toda la dimensión colectiva, la sociabilidad, las relaciones entre las personas, etc. En este contexto, “libertad” puede significar también la libertad de estar juntos, de actuar colectivamente, de manifestarse. Descartar todo esto como simplemente “fascista” es, como mínimo, una muestra de torpeza ideológica.»

Es necesaria una crítica de los derechos y libertades burguesas, defendidos a su manera tanto por socialdemócratas como liberales, lo que no se puede es criticar la sed de quien exige su “derecho al agua”.

martes, 22 de septiembre de 2020

El coronavirus como coartada

El coronavirus se ha convertido en el chivo expiatorio social de este año, es presentado como el único mal a combatir porque “seguimos en guerra contra este enemigo invisible”. Es así que en los hospitales es probable que no te atiendan si no tenés el “privilegio” de contagiarte de coronavirus, no te hagan los estudios correspondientes o te larguen rápido a casa porque hacen falta camas y personal. Una situación que se viene repitiendo hace meses, aún cuando las consultas y la realización de estudios diagnósticos han disminuido más de un 60%. Esto implica enfermedades a futuro, pero no coronavirus, así que tranquilos.

En un homenaje a las y los trabajadores que fallecieron en el contexto de la pandemia, replicado en diversos puntos del país, sindicalistas pintaron un mural en reconocimiento denunciando que se continúa trabajando con salarios congelados y sin los elementos de protección necesarios en cantidad y calidad. «Nos cuidaron dando su vida» dice uno de los murales en la puerta de un hospital. Esto es y no es cierto. Evidentemente se trata de un trabajo de cuidado y muchas veces, de no ser por la amabilidad y la buena voluntad de los trabajadores de la salud, nuestras estadías en los hospitales serían mucho peores, tanto para los pacientes como para los acompañantes. Pero el sistema de salud es una máquina inalterable en su funcionamiento esencial. Y el enfermero no murió simplemente “para cuidarnos”, murió trabajando.

«No somos héroes, somos trabajadorxs», una frase en la que conviven el llamado a la compasión y la expresión de los conflictos del trabajo asalariado. Porque si bien es cierto que “nos cuidaron” y “nos cuidan”, ese cuidar es fundamentalmente su trabajo. Aunque la sociedad de la mercancía se esfuerce en separarlos, en ella ese vínculo es indivisible.

Afirmar que alguien puede morir a causa exclusiva del coronavirus es otra muestra de la maquinaria de escisión capitalista. No hay padecimiento para todos por igual. No hay patología alguna con atributos democráticos. Y es en esta cuestión donde radica el cómo se decide afrontar cualquier enfermedad: de manera parcial e insuficiente o de manera integral. Lo primero beneficia a los capitalistas y a los gobiernos, sirve para el lucro y el miedo; lo segundo es una práctica radical y transformadora que exige la desobediencia y la creación colectiva.

Por otra parte, trabajadores de la salud señalan que el sistema de salud colapsa cada año y desde hace tiempo. Sin embargo, los gobernantes esta vez tienen la coartada para culparnos a nosotros, y así se traslada la responsabilidad evitando hablar de años de falta de inversión en el sector y de la falta de compasión para con sus asalariados.

En una carta abierta, una médica señalaba: «Es una vergüenza y grave error realmente responsabilizar a la población y hacerse eco de esto que no es más que otra estrategia, inhumanamente planificada, con el simple objetivo de enfrentarnos, de ser nuestros propios espías y custodios. (…) La gente está sufriendo, ¡agotada también! Agotada del miedo, que les transmiten minuto a minuto a través de los medios de comunicación y, ahora, a través de instituciones como éstas. (…) Sin controles todos aquellos con patologías crónicas, con enfermedades graves. Pero los CEO de las prepagas, sindicatos y obras sociales nunca dejaron de recibir sus pagos y no prestaron servicios en todos estos meses. ¿Y le pedimos responsabilidad a la gente? ¿Qué nos pasa? (…) Reforcemos nuestros sistemas inmunes, salgamos al sol, miremos la luna, pisemos la tierra, riamos. ¿Cuándo nos dio tanto miedo vivir?»(2)

Abordar una enfermedad de manera aislada y parcial lleva a sostener que los respiradores y las escasas camas de terapia intensiva son la única solución, que hay que esperar la vacuna milagrosa, que aislar a las personas es bueno para el sistema inmunológico. Es mostrar unos datos sin comparación con otros, es olvidar que el año pasado murieron en este país 32.000 personas por neumonía e influenza en sus diversas variantes,(3) es mostrar las cifras sin información más que el apabullante número. Es afirmar que todo funcionaba bien pero que esta enfermedad vino a arruinar “nuestro” sistema de salud y “nuestra” economía.

Notas:
2. La carta completa puede leerse en: laprensa.com.ar/493328-La-dura-carta-de-una-medica-avergonzada-por-las-falsedades-en-torno-a-la-pandemia.note.aspx
3. telam.com.ar/notas/202002/435411-casi-32-mil-personas-mueren-por-ano-en-argentina-por-neumonia-e-influenza.html

lunes, 6 de abril de 2020

Salud pública y fuerza de trabajo

Cuando es muy políticamente incorrecto defender sin tapujos al progreso, a la industrialización más destructiva, a las armas “inteligentes”, a la obsesión por la velocidad o al mismísimo reloj, se suele recurrir a la medicina para justificar lo benéfico del progreso y la ciencia, poniendo en práctica la ideología de la eficacia: tal enfermedad es curada al costo que sea, aunque la solución venga aparejada con otras cuestiones no tan benéficas, aunque su modo de producirlas genere más enfermedades, aunque se realice una brutal experimentación en humanos y demás animales. Pese a este “alto costo” no se cura al total de los enfermos, y el mismo proceso de no-curación enfermó y mató a más personas de las que pudo sanar. Entonces, la supuesta eficacia no es tal, es un engaño no sólo por sus consecuencias a corto y a largo plazo, sino también en lo inmediato.

Para la medicina institucional el enfermo es un elemento pasivo, un paciente (del latín patris: sufriente) que en el hospital es recibido como una máquina averiada que necesita una intervención eficaz para volver a la normalidad. Incluso cuando el médico, enfermero o estudiante desee hacer lo contrario, las condiciones son tan determinantes que es muy difícil salirse del molde.(6)

Del mismo modo que la medicina opera como la mejor coartada de la ciencia y el progreso, la salud pública lo hace en la defensa del Estado.

«No somos héroes, somos trabajadores», expresan quienes trabajan en el area de la salud que en diferentes partes del mundo padecen las extenuantes jornadas laborales frente a la pandemia, contando con escasos recursos y mínimas condiciones de seguridad. Ese martirologio al que se busca someter a los trabajadores, es parte de la lógica sacrificial que impone el Capital sobre la vida en este mundo, aunque quiera vendernos lo contrario.

Cuando se nos dice que la vida es la prioridad, incrédulos nos preguntamos de qué vida están hablando. Los especialistas frecuentemente nos abruman con cifras como las tasas de mortalidad infantil o de esperanza de vida para cantar loas al desarrollo capitalista. En este caso, desde hace meses nos han taladrado la cabeza con tres cifras con las que tratan de eclipsar cualquier otro aspecto de la realidad: cantidades de enfermos, muertos y recuperados del coronavirus. Estos números nada dicen acerca de las condiciones de vida de la clase proletaria, cómo nos encontrábamos antes y cómo nos encontraremos después de que pase la pandemia. Somos sujetos de la subordinación de lo cualitativo a lo cuantitativo, de lo concreto a lo abstracto.

Que la vida pueda reducirse a cifras en una pantalla se debe al hecho de que, bajo el dominio del Capital, la enorme mayoría de los seres humanos importamos únicamente en tanto fuerza de trabajo. Los sistemas de salud se han ido transformando en función de las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo al servicio de la explotación. Claro que nos enfrentamos a esa realidad y de hecho nuestro presente es producto de sucesivas derrotas de nuestra clase contra los avances del Capital. Pero mientras tengamos que vendernos a cambio de un salario para vivir, las prácticas de salud no podrán escapar de la lógica del rendimiento, atendiendo el síntoma y no la causa, buscando prolongar la vida útil, cuidando de la fuerza de trabajo como si se tratase de cualquier otro insumo de la producción.

Vuelven a escucharse consignas de la izquierda como “nuestra vida vale más que sus ganancias”, que nos recuerdan justamente que no aspiran ir más allá de disputar el valor de nuestra fuerza de trabajo. ¡Cuando de lo que se trata es de que nada en la vida tenga valor! El desmantelamiento del sistema sanitario durante las últimas décadas es utilizado para machacarnos con la crítica del neoliberalismo, que cada vez más opera como un discurso en defensa del intervencionismo estatal que como un rechazo al capitalismo. Las críticas de los sistemas de salud de países como Estados Unidos o el Reino Unido, así como de su retórica liberal que se replica en personajes como Bolsonaro, se orientan en función de un estatismo fervoroso, donde las cifras del coronavirus parecen formar parte de una repugnante guerra ideológica sobre cómo llevar las riendas del Estado. Hasta circulan defensas hacia el gobierno chino y su “capacidad” de control de la enfermedad, amparadas en que “aún no es del todo capitalista”. La construcción de un gigante hospital en 10 días habla de la espeluznante capacidad productiva de un país, no de su preocupación por la salud. De hecho, la situación actual parece terminar siendo una oportunidad para China de afianzar su posición económica en el mercado mundial.

El artículo de Chuang nos advierte que la propagación del coronavirus «no puede entenderse sin tener en cuenta las formas en que el desarrollo de China en las últimas décadas en y a través del sistema capitalista mundial ha moldeado el sistema de salud del país y el estado de la salud pública en general. (…) el coronavirus fue originalmente capaz de arraigarse y propagarse rápidamente debido a una degradación general de la atención sanitaria básica entre la población en general. Pero precisamente porque esta degradación ha tenido lugar en medio de un crecimiento económico espectacular, se ha ocultado detrás del esplendor de las ciudades brillantes y las fábricas masivas. La realidad, sin embargo, es que los gastos en bienes públicos como la atención sanitaria y la educación en China siguen siendo extremadamente bajos, mientras que la mayor parte del gasto público se ha dirigido a la infraestructura de ladrillos y cemento: puentes, carreteras y electricidad barata para la producción.»

Frente a tal nivel de pauperización de las condiciones mínimas de supervivencia en todas partes del mundo, sumado al agravante actual, se refuerza la propuesta de reformar el Estado, sus instituciones, sus políticas, con la bandera de la salud pública a la cabeza. Debemos recordar que es el Estado quien está sujeto al devenir económico y no al revés. Y que la salud y la vida solo estarán por sobre la ganancia cuando ésta sea barrida de este mundo.


Notas
(6) Extraído del apartado Ciencia y enfermedad, en Cuadernos de Negación nro. 8: Crítica de la razón capitalista.

lunes, 12 de junio de 2017

RESFRÍOS

Comienzan los fríos del otoño y comienzan los mocos, la tos y hasta alguna fiebre. Hablamos con un amigo sobre cómo los síntomas persisten más de lo debido, que no acaban de irse. Sospechamos de la automedicación, de la falta de reposo. Es posible que sea por alimentarnos mal o por no estar lo suficientemente abrigados. Pero somos humanos y nos enfermamos, es parte de nuestra condición.

La enfermedad es una expresión de nuestra humanidad. Tener una simple gripe y vivir en una sociedad capitalista puede representar muchas cosas. No poder descansar lo suficiente, ir a trabajar enfermo, proseguir con las obligaciones con las piernas temblando, no tener a mano lo necesario para ingerir, padecer en completa soledad o rodeados de demasiada gente. Entonces el problema ya no es tanto la enfermedad sino qué hacemos con ella en las condiciones que nos encontramos.

Ciertamente, el crecimiento exponencial de la enfermedad en una sociedad libre —señala Alfredo M. Bonanno en Enfermedad y Capital—, no podría compararse con el que habría en una sociedad basada en la explotación, tal y como es nuestra sociedad actual. Y agrega que la lucha contra la enfermedad es una parte integral del conflicto de clases. No tanto porque la enfermedad esté causada por el Capital, que sería una declaración determinista y por lo tanto inaceptable, sino porque en una sociedad libre sería diferente.