Los compañeros del blog Panopticon nos comparten una nueva traducción de La Oveja Negra:
Dekonstruktion?
https://panopticon.noblogs.org/post/2023/02/16/argentinien-oveja-negra-dekonstruktion
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Traducción de: ¿Deconstrucción? (nro.62)
* una versión ampliada de este artículo puede encontrarse, con el mismo título, en Cuadernos de Negación nro. 15: Notas sobre sexo y género (también disponible en versión digital)
Más traducciones al alemán:
https://boletinlaovejanegra.blogspot.com/2022/03/traducciones-ubersetzungen.html
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viernes, 17 de febrero de 2023
Dekonstruktion?
viernes, 29 de mayo de 2020
Folleto: REFLEXIONES SOBRE EL PARO DEL 8M Y OTROS TEXTOS
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Este folleto es una continuación del titulado 8 de marzo contra el Capital (2018), en el cual recopilamos diferentes textos realizados respecto de la “cuestión de las mujeres” en el capitalismo.
Dos meses después, durante el acto del primero de mayo, reunimos algunas reflexiones sobre el paro del 8M, que en esta ocasión publicamos como texto central. Consideramos que estas reflexiones mantienen su vigencia antagónica respecto del enfoque que continúa dándose mayoritariamente a la problemática.
Para complementar la edición, hemos agregado artículos seleccionados de nuestro boletín La Oveja Negra publicados desde la recopilación anterior a la fecha, así como algunos que habían quedado afuera.
Por último, incluimos también extractos de la revista Cuadernos de Negación nro. 13: Notas sobre el patriarcado, publicada en junio de 2019, para dar a conocer de manera más abarcativa el abordaje que venimos realizando.
Dos meses después, durante el acto del primero de mayo, reunimos algunas reflexiones sobre el paro del 8M, que en esta ocasión publicamos como texto central. Consideramos que estas reflexiones mantienen su vigencia antagónica respecto del enfoque que continúa dándose mayoritariamente a la problemática.
Para complementar la edición, hemos agregado artículos seleccionados de nuestro boletín La Oveja Negra publicados desde la recopilación anterior a la fecha, así como algunos que habían quedado afuera.
Por último, incluimos también extractos de la revista Cuadernos de Negación nro. 13: Notas sobre el patriarcado, publicada en junio de 2019, para dar a conocer de manera más abarcativa el abordaje que venimos realizando.
Biblioteca y Archivo Alberto Ghiraldo
Rosario, marzo de 2020
Rosario, marzo de 2020
Índice:
• Reflexiones sobre el paro del 8M
• Memoria: «¡Maldito foo-ball!»
• Hablando con las paredes: «Somos las nietas de las brujas que no pudiste matar»
• Palabras de lucha: Cárcel de mujeres de Ezeiza
• Aborto: Cuestión social
• Hablando con las paredes: «Hay mujeres con pene»
•¿Ideología de género?
• Memoria: 8 de marzo
• ¿Deconstrucción?
• Cuadernos de Negación nro.13: Notas sobre Patriarcado (extractos)
• Anexo: ¿Yo decido? (Boletín Alta Tensión nro.9)
• Reflexiones sobre el paro del 8M
• Memoria: «¡Maldito foo-ball!»
• Hablando con las paredes: «Somos las nietas de las brujas que no pudiste matar»
• Palabras de lucha: Cárcel de mujeres de Ezeiza
• Aborto: Cuestión social
• Hablando con las paredes: «Hay mujeres con pene»
•¿Ideología de género?
• Memoria: 8 de marzo
• ¿Deconstrucción?
• Cuadernos de Negación nro.13: Notas sobre Patriarcado (extractos)
• Anexo: ¿Yo decido? (Boletín Alta Tensión nro.9)
domingo, 30 de junio de 2019
NUEVOS MATERIALES: CUADERNOS DE NEGACIÓN NRO.13: NOTAS SOBRE PATRIARCADO
En el ámbito político y académico se ha popularizado en las últimas décadas la noción de patriarcado. Parece un concepto de uso obligado para cualquier crítica seria de la realidad que busque la transformación social. Para algunas corrientes pareciera estar fuera de toda discusión que esta sociedad es patriarcal, incluso más fuera de discusión que si es capitalista.
Uno de los grandes problemas que encontramos al abordar la cuestión del patriarcado es asumirlo como el sujeto que determinaría la sociedad. Así, el Capital dejaría de ser el sujeto de esta sociedad, el que lo subsume todo, para dar paso a otro: el patriarcado. Hay una diferencia fundamental entre considerar el patriarcado como algo exterior al Capital y considerarlo como una realidad interna del Capital. La primera comprensión nos presenta el patriarcado por un lado y el Capital por otro, o en el mejor de los casos patriarcado y Capital como dos sujetos separados que en un momento dado se vinculan.
Por el contrario, la comprensión del patriarcado como realidad interna del Capital, lo asume en tanto que incluido y dominado, es decir subsumido. El proceso histórico de esa subsunción incluye y a su vez transforma al antiguo patriarcado. Y aunque puede mantenerse dicho vocablo, debemos tener en cuenta que no estamos hablando de lo mismo. Comprendemos el hecho de que en la propia lucha se siga nombrando al sexismo de esta sociedad como «patriarcado», aunque nos parece poco preciso. Si bien emplearlo es importante para ver la continuidad histórica del sexismo en relación a sociedades de clase anteriores, de alguna manera también oculta las condiciones del sexismo en la actualidad.
Uno de los grandes problemas que encontramos al abordar la cuestión del patriarcado es asumirlo como el sujeto que determinaría la sociedad. Así, el Capital dejaría de ser el sujeto de esta sociedad, el que lo subsume todo, para dar paso a otro: el patriarcado. Hay una diferencia fundamental entre considerar el patriarcado como algo exterior al Capital y considerarlo como una realidad interna del Capital. La primera comprensión nos presenta el patriarcado por un lado y el Capital por otro, o en el mejor de los casos patriarcado y Capital como dos sujetos separados que en un momento dado se vinculan.
Por el contrario, la comprensión del patriarcado como realidad interna del Capital, lo asume en tanto que incluido y dominado, es decir subsumido. El proceso histórico de esa subsunción incluye y a su vez transforma al antiguo patriarcado. Y aunque puede mantenerse dicho vocablo, debemos tener en cuenta que no estamos hablando de lo mismo. Comprendemos el hecho de que en la propia lucha se siga nombrando al sexismo de esta sociedad como «patriarcado», aunque nos parece poco preciso. Si bien emplearlo es importante para ver la continuidad histórica del sexismo en relación a sociedades de clase anteriores, de alguna manera también oculta las condiciones del sexismo en la actualidad.
Disponible en nuestra feria y en: cuadernosdenegacion.blogspot.com
jueves, 25 de abril de 2019
¿DECONSTRUCCIÓN?
Cada vez más, en ciertos ámbitos anarquistas, feministas, militantes o de lucha en general, resuena el concepto de deconstrucción. Para muchos pareciera un elemento ineludible y necesario, el camino hacia un grado de mayor conciencia y puesta en práctica efectiva, que si alguna vez llegara a generalizarse haría posible un cambio social real. Se lo propone como una especie de autoanálisis y de toma de conciencia de privilegios, que dependerían y responderían a una serie de “interseccionalidades” (sexo, género, edad, raza, clase, etc.) que definen la identidad de cada individuo diferenciándolos de los demás y llevándolos a reproducir comportamientos y posiciones de poder o subordinación en relación a otros individuos. Es así que una persona en proceso de deconstrucción sería aquella que se está cuestionando sus “privilegios” y cambiando su forma de comportarse y relacionarse, intentando no reproducir ciertas formas, lógicas, comportamientos… de no oprimir con su existencia a otras personas.
Ahora bien, esta idea de que, de alguna manera, todos seríamos al mismo tiempo opresores y oprimidos ya que por todos lados hay relaciones de poder y es imposible escapar de ellas, muy simpática debe caerle a quienes se encuentran en altas posiciones de poder.
No es casualidad que estas ideas no deriven de las luchas ni de los balances de sus propios protagonistas sino de académicos, filósofos, intelectuales, así como tampoco lo es que estén tan presentes en ámbitos universitarios y de charlatanes a sueldo, perpetuadores del orden existente. De repente, nos hacen saber que el problema está en nuestro interior. El problema no es que nuestras vidas estén sometidas al trabajo, a los tiempos mercantiles, a la dictadura de la economía, del dinero y los relojes. Para los defensores de la deconstrucción, son a lo sumo condicionantes, pero no condiciones materiales a superar. Pareciera que lo más importante a resolver serían las relaciones de poder entre pares, quizás porque sea lo único que se presenta como posible. Así, todos podemos ser mejores con una simple toma de conciencia. Pero creer que es posible que la sociedad cambie por una toma de conciencia generalizada es tan ingenuo como creer que un funcionario del Estado, un político, un cura, un empresario, un policía, dejarían de beneficiarse de sus “privilegios” por hacerse conscientes de ellos.
De alguna manera, en todo esto, está implícita la actitud subjetivista, tan posmoderna, en donde la realidad ya no existe y todo se enfoca cada vez más en las percepciones y sensibilidades individuales. Así, se termina igualando la opresión del Estado con los “micropoderes” que ejerce cada quien. No es casualidad tampoco que este tipo de modas aparezcan en un momento de atomización absoluta, de susceptibilidad generalizada, de victimización paternalista. Luchar contra los que nos oprimen está pasado de moda y ahora nos oprimimos todos entre todos, incluso somos enemigos de nosotros mismos.
Tiempos de autoayuda, autosuperación, eliminación de malas influencias y energías dañinas para el progreso personal. Alimentación consciente, lenguaje inclusivo, conciencia sobre contaminación, estilos de vida. Todo está en nosotros como individuos y depende de nosotros como individuos. Y si fallamos, somos condenados como individuos y culpables. Otra vez, lo viejo se hace pasar por nuevo.
La teoría de la deconstrucción, supone que existen identidades o determinaciones de las cuales podríamos desprendernos por simple voluntad, como si estas fuesen una elección y no estuviesen definidas por un proceso de cientos de años y millones de personas. Además de la cuestión del individuo, surge la idea de que uno es lo que es porque lo elije, en otras palabras, porque quiere. Es así que una estudiante universitaria puede dedicarle más tiempo a su deconstrucción que una madre de cinco hijos. La perspectiva, en ciertos ámbitos de lucha, pareciera haber dejado de orientarse hacia un cambio social real para enfocarse en la creación de espacios seguros, donde no haya incomodidades ni conflictos, donde nadie se sienta discriminado ni excluido.
Con todo esto no estamos negado la importancia del cambio subjetivo o personal, ni del modo en que nos comportamos en lo cotidiano. Porque esto nos parece un elemento fundamental para la lucha revolucionaria y hasta una cuestión de supervivencia. Decir que «quienes hablan de revolución sin hacerla real en sus propias vidas cotidianas, hablan con un cadáver en la boca» es muy diferente a perder de vista el hecho de que todo aquello que reproducimos es parte de una relación social (no interpersonal) que debe ser destruida de raíz y superada. Y no por gusto, sino porque es la única manera. Porque justamente, si decimos que somos una “construcción”, esta construcción es social y social será su destrucción. Es de vital importancia comprender que lo que somos, muchas de las actitudes de mierda que reproducimos y que tenemos que destruir (no deconstruir) son producto de una vida que está sometida a las necesidades de otros, a las necesidades de la economía antihumana que muchas veces nos vuelve inhumanos. Y mientras eso perdure, nos podemos hacer conscientes de ello y tensionar al máximo las posibilidades de no reproducción de sus lógicas. Eso no implica generar una atomización y desconfianza cada vez mayores que justifiquen y continúen reproduciendo los modos que nos impone el capitalismo.
Ahora bien, esta idea de que, de alguna manera, todos seríamos al mismo tiempo opresores y oprimidos ya que por todos lados hay relaciones de poder y es imposible escapar de ellas, muy simpática debe caerle a quienes se encuentran en altas posiciones de poder.
No es casualidad que estas ideas no deriven de las luchas ni de los balances de sus propios protagonistas sino de académicos, filósofos, intelectuales, así como tampoco lo es que estén tan presentes en ámbitos universitarios y de charlatanes a sueldo, perpetuadores del orden existente. De repente, nos hacen saber que el problema está en nuestro interior. El problema no es que nuestras vidas estén sometidas al trabajo, a los tiempos mercantiles, a la dictadura de la economía, del dinero y los relojes. Para los defensores de la deconstrucción, son a lo sumo condicionantes, pero no condiciones materiales a superar. Pareciera que lo más importante a resolver serían las relaciones de poder entre pares, quizás porque sea lo único que se presenta como posible. Así, todos podemos ser mejores con una simple toma de conciencia. Pero creer que es posible que la sociedad cambie por una toma de conciencia generalizada es tan ingenuo como creer que un funcionario del Estado, un político, un cura, un empresario, un policía, dejarían de beneficiarse de sus “privilegios” por hacerse conscientes de ellos.
De alguna manera, en todo esto, está implícita la actitud subjetivista, tan posmoderna, en donde la realidad ya no existe y todo se enfoca cada vez más en las percepciones y sensibilidades individuales. Así, se termina igualando la opresión del Estado con los “micropoderes” que ejerce cada quien. No es casualidad tampoco que este tipo de modas aparezcan en un momento de atomización absoluta, de susceptibilidad generalizada, de victimización paternalista. Luchar contra los que nos oprimen está pasado de moda y ahora nos oprimimos todos entre todos, incluso somos enemigos de nosotros mismos.
Tiempos de autoayuda, autosuperación, eliminación de malas influencias y energías dañinas para el progreso personal. Alimentación consciente, lenguaje inclusivo, conciencia sobre contaminación, estilos de vida. Todo está en nosotros como individuos y depende de nosotros como individuos. Y si fallamos, somos condenados como individuos y culpables. Otra vez, lo viejo se hace pasar por nuevo.
La teoría de la deconstrucción, supone que existen identidades o determinaciones de las cuales podríamos desprendernos por simple voluntad, como si estas fuesen una elección y no estuviesen definidas por un proceso de cientos de años y millones de personas. Además de la cuestión del individuo, surge la idea de que uno es lo que es porque lo elije, en otras palabras, porque quiere. Es así que una estudiante universitaria puede dedicarle más tiempo a su deconstrucción que una madre de cinco hijos. La perspectiva, en ciertos ámbitos de lucha, pareciera haber dejado de orientarse hacia un cambio social real para enfocarse en la creación de espacios seguros, donde no haya incomodidades ni conflictos, donde nadie se sienta discriminado ni excluido.
Con todo esto no estamos negado la importancia del cambio subjetivo o personal, ni del modo en que nos comportamos en lo cotidiano. Porque esto nos parece un elemento fundamental para la lucha revolucionaria y hasta una cuestión de supervivencia. Decir que «quienes hablan de revolución sin hacerla real en sus propias vidas cotidianas, hablan con un cadáver en la boca» es muy diferente a perder de vista el hecho de que todo aquello que reproducimos es parte de una relación social (no interpersonal) que debe ser destruida de raíz y superada. Y no por gusto, sino porque es la única manera. Porque justamente, si decimos que somos una “construcción”, esta construcción es social y social será su destrucción. Es de vital importancia comprender que lo que somos, muchas de las actitudes de mierda que reproducimos y que tenemos que destruir (no deconstruir) son producto de una vida que está sometida a las necesidades de otros, a las necesidades de la economía antihumana que muchas veces nos vuelve inhumanos. Y mientras eso perdure, nos podemos hacer conscientes de ello y tensionar al máximo las posibilidades de no reproducción de sus lógicas. Eso no implica generar una atomización y desconfianza cada vez mayores que justifiquen y continúen reproduciendo los modos que nos impone el capitalismo.
sábado, 26 de enero de 2019
¿IDEOLOGÍA DE GÉNERO?
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Los sectores más reaccionarios de la
sociedad argentina están insistentes con lo que han denominado, errónea,
despectiva e inquisitorialmente, como “ideología de género”. Con esto,
intentan atacar al movimiento de mujeres, las sexualidades que
consideran disidentes, la educación sexual en las escuelas (o fuera de
ellas) y cualquier expresión que atente contra su terrorismo
normalizador, familiero y heterosexista. No entraremos en este artículo
en las hipocresías cometidas por aquellos defensores de la familia, la
heterosexualidad y la ley; pero sí intentaremos reflexionar sobre la
reacción que se viene suscitando entre los sectores más retrógrados de
la sociedad y la oposición a estos.
Ni el “matrimonio igualitario”, ni la
aprobación del divorcio –en 1987– han sido un freno a la ganancia
capitalista. De hecho, se han abierto nuevos mercados y mercantilizado
más espacios sociales. El matrimonio homosexual finalmente ha sido
autorizado, cuando la sociedad comprendió que la homosexualidad no era
ninguna amenaza para el matrimonio, excepto para los valores
innecesarios al capitalismo democrático moderno (que no reina en todo el
planeta, eso está claro). Evidentemente, sigue siendo muy difícil ser
homosexual en una ciudad pequeña o en algunos círculos, sean burgueses o
proletarios. Pese a todo, el discurso oficial e incluso el
gubernamental, así como la mayor parte de los medios de comunicación,
celebran la igualdad, la apertura, las normas y el respeto a las
diferencias. Y de pronto, son «los fachos» los que se hacen los
inconformistas.(1)
Podemos suponer que se debe a que, en esta región, estos
buenos conservadores solo conocen lo que el capitalismo ha sido hasta
ahora: entre otras cosas, gracias al fundamentalismo familiar, la
empresa religiosa, la división sexual del trabajo, el machismo y la
educación antisexual sea estatal o privada. Por este motivo se aferran a ese ideal con uñas y dientes.
Esta disputa interburguesa entre
conservadores y progresistas se ve teñida por el identitarismo tan caro a
nuestra época. La derecha religiosa, los nostálgicos de los regímenes
de corte fascista, presionan a sus propios rebaños a alinearse en torno a
una identidad que traspasa los argumentos para ejercer control sobre
sus súbditos, pero también para exhibir ese control ante sus
adversarios. A los soldados que combaten por un ideal se les reparten
insignias no se los incita a reflexionar.
El primer día de este año Jair Bolsonaro,
nuevo abanderado de la reacción por estas tierras, asumió la presidencia
del Brasil. Comenzó fuerte: «Vamos a unir al pueblo, a valorar la
familia, respetar las religiones y nuestras tradiciones judeocristianas,
combatir la ideología de género, conservando nuestros valores». Y
también vociferó que «Brasil volverá a ser un país libre de amarras
ideológicas». Mientras que Damares Alves, pastora evangélica y actual
ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, gritaba alegremente:
«Atención, atención. Comienza una nueva era. Los niños visten de azul,
las niñas de rosa».
Ironías de la vida, podemos afirmar que
estos funcionarios, los de las campañas de «con mis hijos no te metas»,
los que reparten globos rosas o celestes en las calles, y demás
personajes, son justamente los defensores de algo que podría denominarse “ideología de género”... justamente aquellos que la señalan como un peligro.
Porque el género no es natural y los
defensores de su naturalidad son en verdad quienes afirman estupideces
tales como «el diseño original de la familia tal como Dios la creó». Sin
duda no pueden más que defender lo existente, que ha sido impuesto históricamente y es no un «orden natural».
Es en el Génesis, primer libro del Antiguo
Testamento, y la Torá donde se escribe: «Y Dios creó al hombre a su
imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó». Pero la
historia no sucede de tal manera. Ha habido millones de años de
evolución y limitándonos solo a los últimos siglos hemos atravesado
fuertes transformaciones sociales, por lo que “ser hombre” o “ser mujer”
tampoco tiene las mismas significaciones en diversos momentos o
espacios geográficos. Solo en las explicaciones bíblicas los hechos
ocurren de un momento a otro, y puede crearse un mundo en seis días
según los caprichos de un solo individuo, representado en dios.
Vastos sectores de la clase dominante en
el capitalismo, es decir la burguesía, para perpetuar el mundo en
función de su imagen y sus intereses pretenden naturalizar
permanentemente las relaciones sociales existentes. Esta naturalización
es llevada adelante por científicos, periodistas, curas, intelectuales y
políticos, por la industria del cine y la televisión, pero también
activamente por vastos sectores de la clase explotada que evidentemente
no pueden más que apropiarse de la ideología de la clase dominante. Así se
impone la idea según la cual el mundo siempre fue y será como es ahora
o, mejor dicho, como la imagen idealizada del presente que se nos
inculca y, por ello, jamás se podrá encontrar una alternativa de superación, una revolución.
En esta imagen idealizada siempre ha
habido hombres y mujeres de acuerdo a los estereotipos actuales.
Estereotipos que en realidad no pueden ser cumplidos por millones de
seres humanos. En ese imaginario automático, en todas las sociedades
habidas y por haber hay hombres y mujeres, hay familias y hogares
familiares. Intentan hacernos reflexionar sin historia, se trate de
“cavernícolas”, campesinos de la Edad Media o tribus no contactadas del
Amazonas.
Evidentemente no se nace mujeres ni hombres, se llega a serlo. ¿En
qué momento un niño llega a ser hombre o la niña llega a ser mujer? La
sociedad no tiene más que inventar algún hito para este pasaje. Que
cuando una niña tenga su primer menstruación se considere que «se hizo
mujer» dice bastante al respecto. Nos señala que la categoría mujer es una construcción social.
La mujer es una construcción social. La
misma categoría de mujer está organizada dentro y a través de un
conjunto de relaciones sociales a partir de las cuales la división
sexual de la humanidad en dos, mujer y hombre (y no solo femenino y
masculino) es inseparable. De esta forma, se le otorga a la diferencia
sexual una relevancia social particular que de otro modo no poseería. La
diferencia sexual recibe este significado fijo dentro de las sociedades
de clases cuando la categoría de mujer se define por la función que la
mayoría (pero no todas) las hembras humanas ejecutan, por un período de
sus vidas, en la reproducción sexual de la especie. Por lo tanto, la
sociedad de clases le otorga un propósito social a los cuerpos: puesto
que algunas mujeres “tienen” bebés, todos los cuerpos que posiblemente
“producen” bebés están sujetos a la regulación social.(2)
Una construcción social no puede destruirse individualmente. Reducir
los problemas sociales a situaciones personales o grupales surge
justamente de la ideología dominante y a su vez la fomenta y consolida.
Porque una ideología no son las ideas que podamos o queramos tener en la cabeza.
La ideología es el conjunto de ideas con que cada sociedad se explica
el mundo en función de su modo de producción de la vida. Y las ideas
dominantes son las de la clase dominante, que cuanto mejor domina más afirma que no existe. Lo cual significa que presenta sus intereses como los intereses de toda la sociedad.
Comprender que lo asignado como hombre o
mujer está determinado por cada sociedad no implica abrir la puerta de
entrada a un cúmulo de propuestas prácticas propias de las necesidades
actuales del Capital: obsesión y a la vez indefinición frente al poder,
identitarismo, integración de clase, falta de posicionamiento frente al
antagonismo social o mayor interés por cambiar el lenguaje que la
realidad toda.
Los conservadores del orden moral
dominante, que en algunos países ya no es extremadamente necesario para
la conservación del modo de producción actual, intentan
pasar por natural lo histórico. Intentan acusar de ideológico lo que es
un intento por desmontar parte de la ideología dominante de esta
sociedad.
Pero la sociedad capitalista, o más
precisamente el Capital, no tiene como finalidad la perpetuación de los
géneros binarios sino la acumulación y la ganancia. Sin embargo, estas
no son y no habrían sido posibles sin esta imposición, llamémosle, de
género. Denunciar el género como un simple suceso aislado no explica
cómo la sociedad funciona, cambia y, sobre todo, cómo podría ser
revolucionada para terminar con ella de una vez por todas. Sin embargo,
es preciso asumir la importancia fundamental de la división sexual en el
modo de producción capitalista.
La división
sexual y sus respectivas asignaciones de conducta obligatorias al
interior de la clase explotada son, por lo tanto, no solamente aquello
que debe superarse en el curso de la revolución, sino también una fuente
de esta superación. La emancipación de las mujeres y los hombres
es también liberarse de los mandatos de ser mujeres y hombres, lo cual
no es una simple consecuencia de la revolución, sino que es una
condición de la revolución.
Puesto que la revolución debe abolir todas
las divisiones en la vida social, también debe abolir las divisiones
sexuales, no porque sean simplemente inconvenientes u objetables, sino
porque son parte de la totalidad de relaciones que diariamente
reproducen el modo de producción capitalista. No podemos esperar hasta
después de la revolución. Por el contrario, para que haya revolución,
debe haber una lucha contra las asignaciones que nos otorga esta
sociedad, pero también contra el matrimonio, la familia y la herencia,
así como contra la propiedad privada y el Estado, es decir contra el
Capital, no solo como acumulación sino como la relación social que es.
Notas:
1. Gilles Dauvé. El feminismo ilustrado o el complejo de Diana
2. Endontes, La lógica del género y la comunización
viernes, 19 de octubre de 2018
HABLANDO CON LAS PAREDES: «HAY MUJERES CON PENE»
Lxs inconformes hacen
hablar a las paredes para reflexionar, para agitar, para sorprender.
Nosotrxs queremos hablar con las paredes para profundizar lo que gritan.
¿Por qué es más fácil o
atractivo decir que «hay mujeres con pene» o que «algunos hombres
también menstruamos», que insistir en la destrucción de los roles de
género? ¿Por qué nos cuesta tanto dejar de lado las identidades individuales para afirmar que somos seres humanxs? Con
pene, con vagina, con genitales mutilados al nacer por la institución
médica o con cuerpos que no entran en los cánones establecidos. Cánones
que nos impuso esta sociedad basada en la normalización, la represión de
los deseos y la clasificación infinita de todo aquello que se le
escapa. ¿Vamos a seguir clasificándonos como aprendimos? ¿De verdad
vamos a esperar el reconocimiento del Estado y las instituciones? ¿Por
qué mi identidad como individuo es tan importante? ¿Por qué es tan
importante que se me reconozca en mi singularidad? Si es el mismo
capitalismo el que nos vendió el cuento de que somos individuos
separadxs lxs unxs de lxs otrxs, llenos de desconfianza y prejuicios. En
realidad, no nos vendieron ningún cuento. Día a día las relaciones
mediadas por el trabajo condicionan y determinan casi todos los aspectos
de nuestras vidas, y así históricamente nos fuimos transformando en
consumidorxs caprichosxs, aisladxs lxs unxs de lxs otrxs exigiendo
reconocimiento. Fuimos infantilizadxs y transformadxs en seres sumisxs
con caprichos de reconocimiento individual, como cualquier consumidor/a
insatisfechx. Y no se puede dejar de lado que las imposiciones de género
fueron y son parte fundamental del desarrollo y el mantenimiento de
este modo de relacionarnos. Porque históricamente para todas las
sociedades de clase la estratificación por géneros fue constitutiva para
separar a lxs oprimidxs, creando la familia y los roles de género, y
asignándole a cada uno un modo particular de mantener y reproducir la
ganancia y el poder para unxs pocxs. Haciendo pasar estos roles por
cualidades naturales de cada sexo y encubriendo su verdadera
funcionalidad. No vivimos en un eterno presente como nos quieren hacer
creer los medios de comunicación, las “redes sociales” y principalmente
la reproducción de los tiempos capitalistas que llevamos en casi todas
las esferas de nuestras vidas. Las categorías como “cis-género”,
“trans-género”, “bio-hombre”, “bio-mujer”, entre infinitas más, según la
subjetividad y autopercepción de cada individuo, incluso la de
“no-binarie”, pueden ayudar a cuestionar las formas tradicionales
binarias de dividir los roles de género creados por la sociedad. Sin
embargo, el problema es que no se trata de agregar más categorías, sino
de superarlas, de superar la lógica de integración, de destruir las
lógicas mercantiles que están presentes hasta cuando creemos estar
cuestionándolas. La obsesión de esta sociedad por la identidad sexual no
es casualidad. Poco vamos a resolver ampliando su espectro. Debemos
enfocarnos en reconocernos como seres humanxs, con cuerpxs diferentes,
sin que importe lo que tenemos entre las piernas o cómo nos
autopercibimos individualmente. Hay que reconocerse como
oprimidxs en lucha y actuar, reflexionar, cuidarse de no hacer lo mismo
que creemos estar criticando, porque esa es el arma más poderosa del
enemigo. Destruyamos de una vez por todas esta normalidad asesina.
sábado, 28 de abril de 2018
ABORTO: CUESTIÓN SOCIAL
El mismo sistema que prohíbe abortar es el mismo que luego determina a hacerlo, cada vez que las condiciones de existencia truncan la posibilidad de embarazo, incluso deseado. Ya sea por falta de un salario adecuado o no tenerlo, por la angustia y la insalubridad del hogar o el sentimiento de no querer ser madres.
Hay quienes llegan a justificarlo solamente en caso de abuso sexual o si la mujer no tuvo la “culpa”, en cambio, si se trató de placer o algo similar debería aceptar el castigo, “para que aprenda”. Entonces no se trata de una cuestión de si el feto es un bebé o no, se trata de premiar y castigar conductas consideradas apropiadas o inapropiadas.
Es por esto que desde una crítica radical, y por tanto social, tampoco se trata de tomar parte en ese debate, respondiendo a los movimientos “provida” e intentando especificar a partir de cuándo un embrión es un bebé y por ende cuándo un aborto sería o no un asesinato. Porque no se trata de estar a favor o en contra, sino de la posibilidad de decidir, de no morir en el intento. Dentro del territorio dominado por el Estado argentino, se producen alrededor de 450.000 abortos clandestinos por año, y una mujer muere por semana a causa del riesgo que conllevan. Conocidas y cada vez más ampliamente difundidas son estas cifras que, sin embargo, no dejan de sorprendernos. Si se quita el peso de la ley ninguna mujer estará obligada a abortar, pero en estos momentos ninguna está posibilitada de hacerlo sin incurrir más o menos en la ilegalidad con riesgos de perder la vida, determinados por lo que pueda pagar, ya que las que mueren son en su mayoría pobres.
La sociedad que eleva la maternidad a una virtud casi sagrada es la misma que en la práctica niega la responsabilidad y posibilidad de las mujeres a parir según otras concepciones a las impuestas. Enfrentándolas a la denigrante violencia obstétrica, cumpliendo así el viejo mandato bíblico «parirás con dolor». Es la sociedad que considera buena madre y buen padre a quien delega en distintas instituciones la crianza de los hijos desde bebés. Es la que roba la infancia en sus centros de adoctrinamiento estatales, privados y religiosos y que trata a los más pequeños como lisiados emocionales.
La función reproductiva no es un destino intrínseco a la condición femenina. En esta sociedad de la explotación la maternidad está completamente atravesada por las exigencias del mercado de la fuerza de trabajo y del control político. La planificación capitalista, regulada por el Estado, implica a nivel mundial no solo el genocidio a través del hambre y de la guerra sino también el cálculo poblacional en torno a la necesidad de fuerza de trabajo.
El Estado se ha encargado sistemáticamente de esterilizar a comunidades y grandes porciones de población a su antojo. La industria farmacológica luego de testear su productos sobre animales los prueba durante años sobre nosotras, así como hicieron y siguen haciendo con las pastillas anticonceptivas, de las cuales se van descubriendo efectos cada vez más nocivos en la salud. En la mayoría de los países americanos se han aplicado políticas eugenésicas que afectaron especialmente a ciertos sectores sociales. Durante los 60 y 70 miles de mujeres de origen mexicano, afroamericano, puertorriqueño y de grupos originarios fueron esterilizadas sin consentimiento en los Estados Unidos. En la década de los 90 por lo menos 250.000 mujeres indígenas fueron esterilizadas en Perú.
Desde mediados del siglo XIX la función reproductiva ha estado regulada por la legislación burguesa. Primero en su acepción más prohibitiva, luego con la inclusión de determinadas excepciones. Posteriormente, a mediados del siglo XX, se comenzó a ver cómo se relajaba la punitividad del aborto, sobre todo en regiones desarrolladas que tenían saldos inmigratorios positivos y cuya población nativa disminuía progresivamente sus tasas de natalidad. Casos aparte son situaciones como las de China o India, donde rigen todavía mandatos de hijo único y campañas de esterilización (legales o ilegales) sobre sus poblaciones. Sorprende la ligazón histórica inmediata que ha existido siempre entre trabajo disponible para el Capital y legislación sobre el aborto, especialmente porque es un tema del que se supone que la principal diferencia entre ambas posturas es de raigambre teológica.
«Al determinar los métodos del control de la natalidad, se determinan en consecuencia los términos de la relación entre hombres y mujeres, y entre las mujeres y la sociedad en conjunto. Si en algún momento han tenido necesidad de un gran número de mujeres como fuerza de trabajo han estado prontos rápidamente a darnos una variedad de eficaces (si bien bárbaros) métodos de control de natalidad.» decía en 1971 el Movimento di Lotta Femminile de Padua (Italia).
La prohibición del aborto, por sus consecuentes muertes y daños físicos y psíquicos graves, debe ser considerada como otro de los ataques que impone esta sociedad a la condición femenina. Otra de las numerosas desposesiones históricas que realiza la sociedad capitalista sobre una práctica ancestral. Primero despojando el conocimiento mismo y luego además penando a quienes se atrevan a realizarlo. En este sentido, es importante comprender que las muertes producidas por abortos clandestinos son la consecuencia de esa desposesión histórica, cuando el Estado capitalista destruyó la vida comunal y todo un mundo de prácticas autónomas, dentro de las cuales aquellas referidas a las que hoy conocemos como “medicina” eran mayoritariamente llevadas a cabo por mujeres. Luego de siglos de desposesión, hoy en día esto se traduce en que las proletarias y los proletarios nos veamos obligados a recurrir al Estado para conocer nuestro cuerpo y curarlo, a ese mismo Estado que nos desposeyó y nos continúa robando las vidas día a día. Sin embargo esto no es irrebatible, debemos hacernos conscientes de estas contradicciones para superar este orden de cosas.
Es necesaria y urgente la despenalización del aborto. Es necesario rechazar los sermones de la moral cristiana así como también los mandatos del individuo propietario de sí mismo. Porque consideramos importante evidenciar lo peligroso de considerar al cuerpo primero como un elemento separado de nuestro ser, nuestro entorno, y luego como una propiedad privada. ¡Nuestros cuerpos no son nuestros! ¡Somos nuestros cuerpos!
Si el Estado y el Capital se entrometen en cada rincón de nuestras vidas ¿por qué no lo harían cuando parimos o no queremos continuar con un embarazo? Su problema no es que se aborte o no se aborte, su problema es que escape a su control quiénes, cuando y cuántas abortan en relación a sus necesidades.
Expresarse, conversar y manifestarse por la posibilidad del aborto no puede ser un simple tema de agenda política. Hay que superar la lógica de apoyar desde afuera lo que se trata dentro de un congreso. Es necesario luchar por fuera y contra las instituciones. Es preciso hablar también de métodos anticonceptivos y por tanto de la industria farmacéutica, de la megamáquina tecnoindustrial que hay detrás. Es importante también pensar qué tipos de abortos podrían efectuarse y dónde ¿en los malsanos hospitales públicos, en clínicas privadas que podrá pagar quien pueda, o dónde? Hablar de machismo, de cultura, de religión. Pero también hablar de ciencia, de salarios, de vivienda, de migrantes y refugiados, y de un largo etcétera. Por eso desde un comienzo decíamos que no tiene sentido plantear el problema como una cuestión ética o como una decisión personal y nada más. Se trata en definitiva de qué mundo queremos habitar, y en lo inmediato impedir las muertes y los daños evitables.
En cada lucha tomamos fuerza, es preciso también asumir lo que somos y lo que podemos ser y hacer.
Hay quienes llegan a justificarlo solamente en caso de abuso sexual o si la mujer no tuvo la “culpa”, en cambio, si se trató de placer o algo similar debería aceptar el castigo, “para que aprenda”. Entonces no se trata de una cuestión de si el feto es un bebé o no, se trata de premiar y castigar conductas consideradas apropiadas o inapropiadas.
Es por esto que desde una crítica radical, y por tanto social, tampoco se trata de tomar parte en ese debate, respondiendo a los movimientos “provida” e intentando especificar a partir de cuándo un embrión es un bebé y por ende cuándo un aborto sería o no un asesinato. Porque no se trata de estar a favor o en contra, sino de la posibilidad de decidir, de no morir en el intento. Dentro del territorio dominado por el Estado argentino, se producen alrededor de 450.000 abortos clandestinos por año, y una mujer muere por semana a causa del riesgo que conllevan. Conocidas y cada vez más ampliamente difundidas son estas cifras que, sin embargo, no dejan de sorprendernos. Si se quita el peso de la ley ninguna mujer estará obligada a abortar, pero en estos momentos ninguna está posibilitada de hacerlo sin incurrir más o menos en la ilegalidad con riesgos de perder la vida, determinados por lo que pueda pagar, ya que las que mueren son en su mayoría pobres.
La sociedad que eleva la maternidad a una virtud casi sagrada es la misma que en la práctica niega la responsabilidad y posibilidad de las mujeres a parir según otras concepciones a las impuestas. Enfrentándolas a la denigrante violencia obstétrica, cumpliendo así el viejo mandato bíblico «parirás con dolor». Es la sociedad que considera buena madre y buen padre a quien delega en distintas instituciones la crianza de los hijos desde bebés. Es la que roba la infancia en sus centros de adoctrinamiento estatales, privados y religiosos y que trata a los más pequeños como lisiados emocionales.
La función reproductiva no es un destino intrínseco a la condición femenina. En esta sociedad de la explotación la maternidad está completamente atravesada por las exigencias del mercado de la fuerza de trabajo y del control político. La planificación capitalista, regulada por el Estado, implica a nivel mundial no solo el genocidio a través del hambre y de la guerra sino también el cálculo poblacional en torno a la necesidad de fuerza de trabajo.
El Estado se ha encargado sistemáticamente de esterilizar a comunidades y grandes porciones de población a su antojo. La industria farmacológica luego de testear su productos sobre animales los prueba durante años sobre nosotras, así como hicieron y siguen haciendo con las pastillas anticonceptivas, de las cuales se van descubriendo efectos cada vez más nocivos en la salud. En la mayoría de los países americanos se han aplicado políticas eugenésicas que afectaron especialmente a ciertos sectores sociales. Durante los 60 y 70 miles de mujeres de origen mexicano, afroamericano, puertorriqueño y de grupos originarios fueron esterilizadas sin consentimiento en los Estados Unidos. En la década de los 90 por lo menos 250.000 mujeres indígenas fueron esterilizadas en Perú.
Desde mediados del siglo XIX la función reproductiva ha estado regulada por la legislación burguesa. Primero en su acepción más prohibitiva, luego con la inclusión de determinadas excepciones. Posteriormente, a mediados del siglo XX, se comenzó a ver cómo se relajaba la punitividad del aborto, sobre todo en regiones desarrolladas que tenían saldos inmigratorios positivos y cuya población nativa disminuía progresivamente sus tasas de natalidad. Casos aparte son situaciones como las de China o India, donde rigen todavía mandatos de hijo único y campañas de esterilización (legales o ilegales) sobre sus poblaciones. Sorprende la ligazón histórica inmediata que ha existido siempre entre trabajo disponible para el Capital y legislación sobre el aborto, especialmente porque es un tema del que se supone que la principal diferencia entre ambas posturas es de raigambre teológica.
«Al determinar los métodos del control de la natalidad, se determinan en consecuencia los términos de la relación entre hombres y mujeres, y entre las mujeres y la sociedad en conjunto. Si en algún momento han tenido necesidad de un gran número de mujeres como fuerza de trabajo han estado prontos rápidamente a darnos una variedad de eficaces (si bien bárbaros) métodos de control de natalidad.» decía en 1971 el Movimento di Lotta Femminile de Padua (Italia).
La prohibición del aborto, por sus consecuentes muertes y daños físicos y psíquicos graves, debe ser considerada como otro de los ataques que impone esta sociedad a la condición femenina. Otra de las numerosas desposesiones históricas que realiza la sociedad capitalista sobre una práctica ancestral. Primero despojando el conocimiento mismo y luego además penando a quienes se atrevan a realizarlo. En este sentido, es importante comprender que las muertes producidas por abortos clandestinos son la consecuencia de esa desposesión histórica, cuando el Estado capitalista destruyó la vida comunal y todo un mundo de prácticas autónomas, dentro de las cuales aquellas referidas a las que hoy conocemos como “medicina” eran mayoritariamente llevadas a cabo por mujeres. Luego de siglos de desposesión, hoy en día esto se traduce en que las proletarias y los proletarios nos veamos obligados a recurrir al Estado para conocer nuestro cuerpo y curarlo, a ese mismo Estado que nos desposeyó y nos continúa robando las vidas día a día. Sin embargo esto no es irrebatible, debemos hacernos conscientes de estas contradicciones para superar este orden de cosas.
Es necesaria y urgente la despenalización del aborto. Es necesario rechazar los sermones de la moral cristiana así como también los mandatos del individuo propietario de sí mismo. Porque consideramos importante evidenciar lo peligroso de considerar al cuerpo primero como un elemento separado de nuestro ser, nuestro entorno, y luego como una propiedad privada. ¡Nuestros cuerpos no son nuestros! ¡Somos nuestros cuerpos!
Si el Estado y el Capital se entrometen en cada rincón de nuestras vidas ¿por qué no lo harían cuando parimos o no queremos continuar con un embarazo? Su problema no es que se aborte o no se aborte, su problema es que escape a su control quiénes, cuando y cuántas abortan en relación a sus necesidades.
Expresarse, conversar y manifestarse por la posibilidad del aborto no puede ser un simple tema de agenda política. Hay que superar la lógica de apoyar desde afuera lo que se trata dentro de un congreso. Es necesario luchar por fuera y contra las instituciones. Es preciso hablar también de métodos anticonceptivos y por tanto de la industria farmacéutica, de la megamáquina tecnoindustrial que hay detrás. Es importante también pensar qué tipos de abortos podrían efectuarse y dónde ¿en los malsanos hospitales públicos, en clínicas privadas que podrá pagar quien pueda, o dónde? Hablar de machismo, de cultura, de religión. Pero también hablar de ciencia, de salarios, de vivienda, de migrantes y refugiados, y de un largo etcétera. Por eso desde un comienzo decíamos que no tiene sentido plantear el problema como una cuestión ética o como una decisión personal y nada más. Se trata en definitiva de qué mundo queremos habitar, y en lo inmediato impedir las muertes y los daños evitables.
En cada lucha tomamos fuerza, es preciso también asumir lo que somos y lo que podemos ser y hacer.
miércoles, 7 de marzo de 2018
Folleto: 8 DE MARZO CONTRA EL CAPITAL Y OTROS TEXTOS
Compartimos un folleto que preparamos con artículos del boletín La Oveja Negra y panfletos repartidos en la ciudad de Rosario:
El primer acto del 1ro de mayo en Rosario y Virginia Bolten
Memoria: La voz de la mujer
Las hogueras aún no se apagaron
Des-memoria: Homenaje estatal a Virginia Bolten
Hablando con las paredes: «Mi cuerpo es mío»
Memoria: Pepita Gherra... La voz de la mujer
Cultura machista y victimización
8 de marzo contra el Capital
Hablando con las paredes: «Mujer bonita es la que lucha»
Palabras de lucha hacia la raíz
Nos están matando
Hablando con las paredes: «...»
¡Abajo el trabajo doméstico!
¡Higui a la calle!
Memoria: «вниз с войной!»
La cultura de la violación
8 de marzo: Paro Internacional de Mujeres
Algunas reflexiones en torno al 8m 2018
lunes, 12 de junio de 2017
LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN
Dice Virginie Despentes que la
violación es también un diálogo privado a través del cual un hombre
declara a otros hombres: «yo me cojo a sus mujeres brutalmente». Suena
exagerado, pero no lo es tanto. Las amenazas y el deseo de vengarse del violador son parte del diálogo que aunque se haga público excluye a las mujeres.
Estos hombres que pretenden apropiarse de mujeres siguen
considerándolas parte de un decorado que se puede violar o defender pero
carente de vida propia. No se dirige la palabra a las mujeres en
cuestión ni para preguntar como se sienten, si precisan algo, o
simplemente dar fuerzas. Mucho menos se dirige a otras mujeres, para ver
cómo es que suceden estas cosas, cómo podemos detenerlo. Porque no les
importa. Lo que les urge en las entrañas es recoger el guante y
responder lo más virilmente que se pueda.
En este mismo diálogo se supone que, paradójicamente, la violación combatiría la violación.
Y así, se expulsan amenazas al blanco viviente en el que se convirtió
el violador acusado. Expresan sin pudor sus fantasías sobre cómo debería
ser violado el violador, qué cosas deberían hacerse con su culo, a qué
debería ser sometido. Para ellos, la violación sigue siendo una forma de colonizar los cuerpos, de disciplinar a los seres humanos.
Tal como actúa el violador, consideran la violación como una
herramienta válida, aunque neutral, y que cada quien podría darle un
buen o mal uso.
Cabe señalar por qué escribimos líneas arriba lo de blanco viviente,
es que mientras esa persona no sea popularmente señalada o legalmente
acusada mejor no apuntar, «no meterse en la vida privada de los demás». El ciudadano decente actúa, o más bien opina, como si las violaciones fueran hechos fortuitos, extraordinarios.
Refuerzan la idea de que son llevadas a cabo por monstruos enfermos
cuando en verdad son realizadas por seres humanos normalizados.
Refuerzan la idea, premisa de los medios de comunicación, de que son
desconocidos acechantes en calles oscuras solo para que las mujeres
vivan aterradas, con miedo a la noche, las salidas, los viajes, al sexo,
a moverse lo más libremente que se pueda en este mundo. La realidad es
que la gran mayoría de las veces ocurre en el seno del hogar, por
familiares, parejas y exparejas. Pero eso es ocultado sistemáticamente
por quienes mantienen el terror y la incomunicación.
Es descorazonador que ante cada caso se piense en la venganza y no en comenzar a ayudar y a evitar a que no suceda.
¿Cuándo nos podemos dar cuenta de que estamos frente a un abusador? ¿Es
posible que no me lo haga si ya lo hizo, solo porque dijo que iba a
cambiar? ¿Aceptar y reproducir esta noción de amor romántico y posesivo
no será un factor determinante? ¿Cómo podemos protegernos? ¿Cuándo aún
podemos zafar de una relación nociva que seguramente terminará mal? Son
preguntas que quedan desplazadas ante el aturdimiento de indignación
repetitiva y circular.
La cultura de la violación es culpar
a la persona abusada y trivializar una violación por no ser lo
suficientemente brutal. Pero también es la cosificación de los cuerpos
para el beneficio personal y el empleo de la violación como arma de
guerra, sea para invadir un país como hacen los militares de las grandes
potencias, o como hacen o desean los civiles, para enderezar a unos supuestos desviados, que no son más que miembros sanos de esta sociedad enfermiza.
sábado, 4 de marzo de 2017
¡HIGUI A LA CALLE!
Tristemente volvemos a escribir desde la rabia. Hoy es el caso Analía de Jesús la
chispa que enciende la necesidad, cada vez más urgente, de ponernos a
reflexionar, agitar y denunciar que las condiciones materiales y las
relaciones sociales en que vivimos están deshumanizadas, y que los
hechos de violencia son su expresión.
Higui es una mujer lesbiana que está presa
desde marzo de 2016 por defenderse de un grupo de hombres que
intentaron violarla y asesinarla. Ella vivía en Lomas de Mariló, Moreno,
en el Gran Buenos Aires, y debió mudarse por el continuo hostigamiento
de vecinos que, incluso, llegaron a incendiar su casa. Dicen que en esa
localidad se da una expresión particularmente violenta y patotera de los
hombres que no toleran a mujeres lesbianas, y que éstas son agredidas
verbalmente, apedreadas y golpeadas si su elección sexual es reconocida.
Dicen que allí los hombres “corrigen” tanto a lesbianas como a gays.
El Día de la Madre pasado Higui volvió a
Lomas para visitar a su hermana, luego pasó por lo de un amigo que vive
cerca y cuando finalizaba el encuentro, el cuñado de su amigo, conocido
misógino del barrio, junto a otros nueve, la atacaron a golpes. Higui
cuenta que estos seres despreciables acompañaban sus golpes diciendo:
«Sos una tortillera. Sos una puta. Te voy a hacer sentir mujer. Te vamos
a empalar, tortillera». Luego le rompieron el pantalón y el bóxer y uno
de ellos se le tiró encima, dispuesto a violarla. Ella sacó un cuchillo
que llevaba escondido y se defendió con un puntazo en el tórax que
terminó con la vida de este agresor. Higui perdió el conocimiento hasta
que la policía la despertó.
El horror continuó, esta vez, en el
periplo burocrático y sádico de la institución policial. Analía fue
llevada por personal del Centro de Operaciones Municipales a la
comisaría 2da de San Miguel, donde fue objeto de burla y maltrato…
«¿Quién te va a querer tocar o abusar a vos, si sos horrible?» La
mantuvieron desnuda, presa, golpeada y sin atención médica durante tres
días.
Uno de los agresores declaró entonces que
Analía se había metido en una pelea entre dos pibes para separarlos,
acuchillando a uno. Otros tres testigos declararon exactamente, al pie
de la letra, la misma situación. Como es de esperarse, los vecinos se
encuentran amenazados por los agresores que hoy caminan por el barrio
tranquilamente, y la causa de Higui se halla repleta de irregularidades.
Ella está presa desde entonces, acusada de homicidio, y la localización
exacta la conocen unos pocos. Podríamos usar el lenguaje del enemigo e
indignarnos por el accionar nefasto de la policía y la justicia, pedir
más presencia del Estado, más policías. Pero sabemos que el Estado no
está ausente en estos hechos, que la democracia no funciona mal. Si cada
hecho se piensa de manera aislada las soluciones van a ser
individuales, reivindicando los derechos ciudadanos, legales, de cada
uno.
En 2016 hubo varios casos de homicidios por legítima defensa en situaciones de robo. Sin embargo, a
Higui no se le reconoce haber actuado en su legítima defensa, figura
que parece ser válida solo cuando lo que está en juego es la propiedad
privada de una persona burguesa.
Cada caso no es “un caso más” para sumar a
una estadística nacional del tipo que sea, lo que aquí está en juego es
el modo en que las relaciones sociales se desarrollan, y estos hechos
son parte de un problema social y como tal requieren de una solución
también social. Lo que le sucedió a Higui es todo el sistema actuando
sobre una mujer, lesbiana y pobre. El foco está en poner en tensión
todas las relaciones sociales, la violencia generalizada, y las
condiciones que generan, permiten y reproducen esta violencia.
lunes, 7 de marzo de 2016
HABLANDO CON LAS PAREDES: «MUJER BONITA ES LA QUE LUCHA»
Los
inconformes hacen hablar a las paredes para reflexionar, para agitar,
para sorprender al transeúnte distraído. Otras veces intentan hacer
propaganda política y lo logran, siguiendo el juego de la propaganda y
de la política. Nosotros queremos hablar con las paredes para
profundizar lo que gritan.
La
propaganda política actual, de izquierda a derecha, sigue los preceptos
de los más pusilánimes publicistas del mercado: hipersimplificar la
realidad y partir de conceptualizaciones preexistentes. Aquí, desde un
supuesto feminismo (aunque sospechamos que es una frase acuñada por un
hombre absolutamente absorbido por la cultura dominante), se intenta
exaltar a la mujer, más precisamente a la mujer que lucha para,
considerando que ser bonita es una meta a alcanzar, ponerla como ejemplo
a imitar… Y así, según esta mentalidad publicitaria, más mujeres se
verían tentadas a luchar, tal como muchas personas se ven tentadas a
usar tal o cual producto para verse bonitos.
Los
estándares de belleza dominantes no son característica natural de las
mujeres tanto como “ser bonita” no es más que la aspiración de su rol
construído por esta sociedad. Cuando
un simpatizante de izquierda pretende hacer publicidad lo hace desde su
cómoda posición de normalidad en este mundo. Para él la mujer es una
fantasía lista para consumir que intenta adquirir cada vez que compra un
desodorante, una moto o una cerveza, pues las publicidades no sólo le
venden esos productos sino también “una mujer”. Así es tan o aún más
perverso que el publicista de una empresa que, para vender una cerveza,
pone a una mujer flaca y rubia en bikini. El publicista quiere meramente
vender un producto y lo sabe, el militante de izquierda vende
identidad, sentimiento de pertenencia y éxito personal en nombre del
cambio social y, a veces, hasta de la revolución… aunque cada vez menos
porque —piensa el publicista de la política—, eso ya no vende y asusta a
“la gente”.
Podrán decirnos que frases como esta tratan de invertir los cánones de belleza… ¿Invertirlos? ¡Se trata de destruirlos! No
es cuestión de hacer prevalecer un cánon contra otro o reivindicar el
más rechazado, el que tiene menos éxito, eso jamás resolverá el
problema. Como jamás resolverá el problema conformarse con las
humillaciones “resignificándolas”, convirtiendo en señas de identidad los insultos preferidos por la ideología dominante en boca de sus huecos repetidores.
domingo, 6 de diciembre de 2015
CULTURA MACHISTA Y VICTIMIZACIÓN
La cultura machista no defiende al hombre, lo condena de una manera un tanto sofisticada —al igual que a la mujer: a la explotación, a la represión, a la sumisión, al maltrato y a la muerte. Los hombres encabezan las estadísticas de muerte por asesinatos, suicidios, adicción y hasta por accidentes viales. El machismo permite y alienta la muerte de hombres y mujeres, sin embargo no todo es lo mismo.Muchos hombres, aún dañados por esta misma cultura, defienden su pequeña parcela de poder frente a la visibilización de la violencia contra la mujer. Argumentan pobremente desde un nuevo discurso políticamente correcto sobre la igualdad: «ni machismo ni feminismo», «la violencia es violencia, venga de quien venga». Veamos que, siendo que en los casos de violencia contra las mujeres son los hombres los que se destacan como agresores, la cuestión no se resuelve si encima se opina desde la pose del machito agresivo, o del bienpensante machista moderno que no dice abiertamente lo que piensa: que las mujeres son inferiores. Las estadísticas arriesgan ciertos números: el 90% de los hombres son asesinados por hombres y el 95% de las mujeres también. Pero cuidado, las estadísticas jamás revelarán ciertos “datos” de la realidad: las condiciones materiales de existencia de las que emanan todas estas situaciones.
Hay cuestiones generales, sociales que debemos analizar: cada agresión no es simplemente un hecho aislado y privado, una a una son constitutivas de un problema social, y por lo tanto no hay soluciones aisladas y privadas. De esa manera hablamos del hombre y de la mujer en general, no haciendo referencia a cada individuo, sino al sujeto social. A sabiendas de que tampoco ni todos los hombres ni todas las mujeres están en las mismas condiciones, y nos referimos explícitamente a que cada hombre, así como cada mujer, integra una de las dos clases sociales antagónicas en esta sociedad. Y no se trata de todo o nada, de dejar de lado los casos puntuales hasta que se resuelva el problema completamente, de lo que se trata es de no perder de vista ni el enfoque general ni la raíz del problema. Se trata de salir de las vidas privadas que nos impone esta forma de privación de la vida, esta no–vida bajo el capitalismo.
Se trata de hacer fuertes a las niñas y niños para que sepan defenderse y detectar a los agresores antes de que pasen a la acción. Se trata también de combatir una cultura misógina que se concreta en cada uno desde la infancia. Sin embargo, toda lucha es incompleta si no atacamos una sociedad que nos objetiviza y cosifica, no sólo frente a la mirada del violador o del violador reprimido que manosea cuerpos con su mirada y en silencio.
¿Cómo enseñar a las niñas y niños a no ser violadas o a no violar mientras nos veamos unos a otros como objetos de satisfacción individual? Satisfacción que puede ser sexual, emocional o económica pero con un denominador común: el egoísmo de emplear al otro como un instrumento para complacerse a uno mismo. ¿Cómo crear una nueva cultura del respeto mientras se fomenta el ascenso social, el pisarle la cabeza al de al lado, el egoísmo y el narcisismo? ¿Cómo plantear relaciones respetuosas si están basadas sobre el ideal de la propiedad privada? ¿Cómo proponer una plenitud humana si somos fragmentados como seres?
Somos cosificados, separados, medibles, cuantificables, pero aún somos seres humanos, en una existencia contradictoria, y es esa contradicción la que queremos hacer estallar. Y la lucha por hacer volar este orden social precisa necesariamente de otra forma de abordar nuestro mundo. Bajo el capitalismo, en la contradictoria existencia de sobre–vivir, somos empujados a ser seres frustrados, pasivos, traumatizados, aburridos, ansiosos y banales, sumidos en la necesidad del dinero. Es en la lucha contra esta forma de no–vida que vamos descubriendo diferentes maneras de relacionarnos, limitadas pero de una fuerza indomable.
Es en esta lucha que debemos combatir, entre tantas otras cosas, la imagen que crea la cultura machista y un gran sector de la ideología feminista, de una mujer frágil e indefensa, prácticamente estúpida y víctima de la violencia del hombre. Esta caricatura es ampliamente utilizada por el Estado, pues así desearía que fuera cada ciudadano. Y cada patriarca la instrumentaliza para sí y para mantener intacto el orden social, sea actuando de padre, marido o hermano protector, de militante–mendigo de leyes, de patrón o de gobernante.
Es imposible, desde la construcción de una identidad propia en función del rol de víctima, aspirar a la destrucción de esta sociedad opresiva porque esto amenazaría la seguridad de ese y otros roles fijados. Esto no implica desconocer el sufrimiento de las víctimas, pero sí advierte que ese rol que se autoperpetúa sólo genera más víctimas, cuando puede haber otra forma de pararse frente a la violencia. Desde el victimismo se busca aliados y culpables mas no solucionar la situación, incluso se refuerzan los vínculos de agresión y opresión. ¡Seamos sujetos que toman su destino en sus propias manos y no víctimas!
Desde la construcción de una identidad propia basada simplemente en función de nuestros genitales o deseos sexuales tampoco es posible aspirar a la destrucción de una sociedad opresiva.
Cuando nos referimos a explotadores y explotados, no nos referimos a aislados vínculos interindividuales, sino a relaciones sociales, de clases sociales. Decimos que no están aisladas no simplemente porque son casos que pueden sumarse, sino que son hechos que forman parte de una totalidad. Ocultar la existencia de clases antagónicas y reducir los problemas sociales a situaciones personales o grupales, fomenta y consolida la ideología dominante. De este ocultamiento parte la imposibilidad de pensar y actuar en comunidad y en función de ser y hacer un cambio revolucionario de este modo de organizar la vida social.
Mujeres y hombres, proletarias y proletarios estamos juntos en esto, en una realidad inseparable, y sólo abordando esta realidad como un todo y unidos es cómo podemos luchar por una vida mejor.
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