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«Magnifica Humanitas» [Magnífica Humanidad], con el subtítulo «Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial», es la primera encíclica publicada por el nuevo líder máximo de la Iglesia Católica a fines de mayo de 2026 «con motivo del 135º aniversario de la Rerum Novarum», aquella que alertaba sobre los peligros de la creciente lucha obrera y proponía contener al proletariado para garantizar su explotación y la paz de la propiedad privada.
Necesariamente, Robert Francis Prevost alias “León XIV”, no cuestiona los fundamentos del problema sino su superficie. Aparenta profundidad al solicitar una regulación de las nuevas tecnologías digitales junto con el señalamiento de quiénes detentan el poder sobre la IA y hacia qué fines la orientan. Además agrega una obviedad: las nuevas tecnologías no son neutrales, porque responden a los intereses de sus diseñadores y financiadores. Cierto, las viejas tampoco.
Su planteo de “desarmar” la IA, es decir, de liberarla de las lógicas de dominio, explotación y guerra para ponerla al servicio del bien común es, cuanto menos, ilusa. Sucede que en boca de un líder de tamaña autoridad no se trata de un acto de inocencia.
Está claro que la hiperconexión nos expone a una sobrecarga de estímulos poco y mal digeridos que nos deja impotentes en tanto espectadores. Es también el caso de la indignación permanente, el impacto del horror sin reflexión abruma y paraliza. El nuestro no es un debate espiritual y mucho menos al interior del cristianismo. Ese es el marco ideológico en el cual se da la actual contienda entre las autoridades del Vaticano y las de Silicon Valley, representada por figuras como Peter Thiel y corporaciones como Palantir, con su obsesión por el “anticristo”. Abordaremos la cuestión del desarrollo tecnológico y, en particular, la inteligencia artificial desde una perspectiva materialista sobre lo que continuaremos indagando en los próximos números, puntualizando en el polémico “Manifiesto Palantir”.
«¿Quiénes tienen razón, los idealistas o los materialistas? Una vez planteada así la cuestión, vacilar se hace imposible. Sin duda alguna los idealistas se engañan y/o los materialistas tienen razón. Sí, los hechos están antes que las ideas; el ideal no es más que una flor de la cual son raíces las condiciones materiales de existencia. Toda la historia intelectual y moral, política y social de la humanidad es un reflejo de su historia económica.» Así comienza nada más y nada menos que Dios y el Estado de Mikhail Bakunin…
«Sobre la situación de los obreros»
«Rerum novarum» [«De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos»] lleva por subtítulo «Sobre la situación de los obreros» y, al igual que en esta nueva oportunidad, la propuesta es ordenar y pacificar. Para los reformistas de toda religión, incluso las ateas, la clave está en pensar en cómo distribuir mejor sin jamás cuestionar el modo de producción.
Podría parecer una tarea inútil confrontar las posiciones de una institución decadente, sin embargo su perspectiva es representativa de todo un arco político alineado con el progresismo, el obrerismo y la romantización de la pobreza.
Con motivo de una ocasión en que la CGT y otros sectores llamaron a marchar a la procesión de la Virgen de Luján, en La Oveja Negra nro. 59 publicábamos:
Solo cinco años después de aquel mayo por el cual aún conmemoramos el 1° de mayo, más precisamente el 15 de mayo de 1891, el papa León XIII promulgó la encíclica «Rerum novarum». En esta carta no invitaba a quemar a los rebeldes en una hoguera sino a calmarlos apoyando su derecho laboral de «formar uniones o sindicatos», reafirmando también su apoyo al derecho de propiedad privada.
El segundo punto de la encíclica «Rerum novarum» es muy claro al respecto: «Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes (...) Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones.»
En aquello de «los legítimos poseedores», hoy podemos ver acuerdos con otro autopercibido “león”, que gobierna este país. Hablan como si la propiedad privada fuese un hecho natural o divino, pero nunca histórico. Cuando, en cambio, se trata de una historia de desposesión, resistencia y explotación.
El punto 15 de la antigua encíclica nos despeja toda duda celestial de la función terrenal de la religión: «para acabar con la lucha y cortar hasta sus mismas raíces, es admirable y varia la fuerza de las doctrinas cristianas. En primer lugar, toda la doctrina de la religión cristiana, de la cual es intérprete y custodio la Iglesia, puede grandemente arreglar entre sí y unir a los ricos con los proletarios, es decir, llamando a ambas clases al cumplimiento de sus deberes respectivos y, ante todo, a los deberes de justicia. De esos deberes, los que corresponden a los proletarios y obreros son: cumplir íntegra y fielmente lo que por propia libertad y con arreglo a justicia se haya estipulado sobre el trabajo; no dañar en modo alguno al capital; no ofender a la persona de los patronos; abstenerse de toda violencia al defender sus derechos y no promover sediciones».
El 1° de mayo, «fiesta de
san José obrero» así llamada por los comehostia, pero de 1991, otro
funcionario eclesiástico conocido como “Juan Pablo II”, con ocasión del
Centenario de «Rerum novarum» promulgó la «Centesimus annus»
[«Centenario»], donde venía a reafirmar el progra-
ma invariante de la burguesía: contención de las luchas del proletariado y defensa de la propiedad privada.
La “Doctrina Social de la Iglesia” y su fin último de «la construcción de la Civilización del Amor» (sic) no es más que la justificación espiritual del modo de producción capitalista acá en la Tierra. A fin de cuentas, su reino sí es de este mundo.
«Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial»
Cabe señalar la construcción del relato a posteriori. Ya en la presentación de «Magnifica Humanitas», León XIV dice que hace 135 años un predecesor suyo «observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial», dicho así y como repiten todos los progresistas de hoy, parece que se trató, en plena Revolución Industrial, de un cuidado de los trabajadores cuando en verdad era un llamado de alerta para la burguesía.
La preocupación de la Santa Sede es que «hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra». Si hacemos una crítica, es porque su forma de abordar el problema es, lamentablemente, muy representativa tanto del ciudadano de a pie como de los movimientos sociales.
La Iglesia alerta por el «riesgo de deshumanización, [es decir] construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio» (punto 10). Vemos aquí que “lo humano” es un significante vacío que cada quien puede llenar de acuerdo a sus creencias. La Iglesia incluye a Dios, otro dirá que se trata de ser esencialmente solidarios y otro propondrá la competencia o la supervivencia del más fuerte. Si, tal como señala la Encíclica, «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: (…) ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también (…) que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios» (21), ¿qué significa «custodiar lo humano»? ¿Cuál de los dos humanos? ¿El torturador o el torturado?
Sucede que, necesariamente, el enfoque cristiano no ve determinaciones sociales sino: «La corrupción moral de nuestro límite creatural ‒el mal que evidentemente agita el corazón del hombre‒ arruina la sociedad y la vida» (21). Respondemos que si el otro se transforma en un medio, es decir, es cosificado, no es porque el mal habita en nuestra alma, sino porque el alma de este mundo es la ganancia. Por tanto, las manifestaciones inmediatas son la competencia y la cosificación propias de esta sociedad.
«El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.» (112) La pregunta es: ¿por qué alertarse ahora y no antes? Lo mismo podría achacarse a la existencia del dinero, motivo por el cual existe el desarrollo de la IA. Sin embargo, se da por humano y natural el presente y se teme a un futuro “antihumano”. Se da por sentado al individuo producto de esta sociedad como una creación de Dios no adulterada que podría ser arruinada en breve. Vemos que, generalmente, toda crítica de lo existente es un rechazo de los cambios, una defensa del presente (y del pasado reciente) en tanto orden natural. Como señaló Karl Marx «ven en él, el punto de partida de la historia, porque consideran a dicho individuo, como algo natural, en consonancia con su concepción de la naturaleza humana, y no un producto de la historia, sino un dato de la naturaleza.» (Introducción general a la crítica de la economía política)
Si el transhumanismo y el posthumanismo postulan «la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana» (116) es porque son expresiones concretas y extremistas de la sociedad capitalista. Esta considera que no existen los límites y es gracias a esa fantasía que busca el desarrollo y la ganancia al infinito, aunque permanentemente se tope con obstáculos materiales.
La sociedad capitalista constituye un modo en que los seres humanos organizamos nuestra reproducción, histórico y por lo tanto transitorio, en el que el producto de nuestro trabajo se ha convertido en el sujeto mismo de la sociedad. Nos reproducimos reproduciendo al Capital, y de allí brota la forma peculiar que tiene el desarrollo de la técnica bajo su dominio. El Capital es algo que los seres humanos nos hacemos a nosotros mismos. Por tanto, el desarrollo de la IA no se trata de «una construcción grandiosa, pero inhumana» (129), sino de un desarrollo humano, muy humano.
«La dignidad del trabajo en la transición digital»
«Desde el nacimiento de la Doctrina social, con la Rerum novarum, la Iglesia ha llamado la atención sobre la protección de los trabajadores y la necesidad de combatir toda forma de explotación» (148) dice la Encíclica.
Los materialistas, siguiendo la crítica de la economía política desarrollada por Karl Marx, comprendemos que la reproducción de la sociedad capitalista está orientada hacia la máxima obtención de ganancia posible, y que la principal fuente de ganancia es el plusvalor, que se produce a través de la explotación del trabajo asalariado. Por tanto, la explotación no es simplemente un trabajo precario y mal pagado, lo que efectivamente es el caso de la inmensa mayoría de los asalariados y precarizados del planeta. El Capital explota al proletariado en su conjunto, incluso allí donde la iglesia y el progresismo consideran justas las condiciones de compra y venta de la fuerza de trabajo.
El Dios torturador y misógino del Antiguo Testamento nos decía en el «Génesis»: «Por cuanto le hiciste caso a tu mujer, y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. (…) Te ganarás el pan con el sudor de tu frente». Sin embargo, hasta el año 2026 continúan insistiendo con la dignidad del trabajo, aquel trabajo que fue encomendado como castigo: «el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana». (149)
El engaño es absoluto: «la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios» (151). ¡¿“Suele”?! Es la única finalidad de desarrollar tecnología en nuestra sociedad y es el gran problema del Capital: a la vez que depende del trabajo humano como creador de plusvalor, incesantemente reduce la cantidad de trabajo incorporada en cada mercancía, mediante el uso de maquinaria y modernización de la producción.
«El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común.» (152) Todo eso podrá ser en el Cielo o en el Purgatorio, porque acá en la Tierra todo está subordinado al orden económico, incluso la producción ideológica de los autopercibidos enviados de Dios, y las personas hemos sido reducidas a un medio.
“El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” es un refrán que significa que los buenos propósitos no sirven de nada si no van acompañados de acciones concretas, podemos agregar que esas acciones deben ir acompañadas, a su vez, de análisis correctos.
Por último, pero no menos importante, hoy como ayer la Iglesia propone sindicalizar la precarización: «Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades» (155). Debido a que las nuevas formas de trabajo pueden producir nuevas formas de asociación entre explotados que prescindan de los sindicatos ‒que se muestran cada vez más caducos ya no para fines revolucionarios sino para las luchas inmediatas del proletariado‒, la Iglesia llama a tomar conciencia a sus hermanos de clase.
«La normalización de la guerra»
El modo de producción capitalista es explotación y comercio pero también es guerra, incesante, en diferentes territorios del planeta. La Iglesia hace mea culpa y reconoce que: «a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración.» (189)
Evidentemente… Al señalar que «la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo» (192) hasta pareciera que hacen una descripción de su propia institución.
Ya desde el «Discurso de Presentación» de la Carta, se emplea un lenguaje que parece antibélico: «la inteligencia artificial exige ahora ser “desarmada”, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. (…) Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia en acción. Pero, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo».
Más adelante, en el punto 110 aclara: «Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. (…) Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida». Le exigen a la tecnología que no sea tecnología, del mismo modo que le piden al trabajo que no sea trabajo. Así, piden armas para no matar, o mejor dicho para matar dignamente: «el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana» (197). En ese “dignamente” está el detalle de todo el progresismo: sostener este mundo de explotación, masacre y guerra pero con “dignidad”, sea lo que sea que eso signifique.
Moda decolonial obliga, hasta el Papa sigue sus preceptos y se preocupa además por el denominado “control social”: «El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. Territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural, se ven, en el presente, atravesados por una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa. Quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, hoy recopilados a menudo bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados. Y puede decidir, antes que los demás, a quién destinar medicamentos, inversiones y protecciones. Es aquí donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién. De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma.» (178) Lo que señala es más o menos acertado, pero obviar cuál es la fuente que produce todo aquello, o simplemente posicionarse a favor de las cosas buenas y en contra de las cosas malas no nos ayudará mucho. La pregunta continúa siendo ¿por qué molestarse únicamente con las manifestaciones novedosas, extremas o superficiales del modo de producción capitalista?
«Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA»
De acuerdo, «el uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico» (102). Pero las frases genéricas y bien intencionadas no sirven mucho más que para dejar la conciencia tranquila: «que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites» (102) podría ser tranquilamente la formulación de algún chatbot de inteligencia artificial. Por otro lado, omite que la “inteligencia humana” también crea los campos de concentración o la logística de la masacre en Gaza. Dice que la “inteligencia artificial” no tiene “conciencia moral”: «no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias» (99), ¿acaso la tienen los mercenarios o los torturadores, o siquiera los empresarios al servicio de la ganancia? ¿Y la tenemos nosotros, población proletarizada, en un mundo en el que el Dinero es el Dios que justifica todo acto, por horrendo, rutinario o estúpido que sea?
En ese sentido, y no por casualidad ni maldad, la IA así como el Dinero son absolutamente indiferentes al contenido de lo que acumulan, calculan o intercambian: «(...) escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados» (141).
Nuestra realidad es indivisible, implica “la dignidad del hombre”, la explotación, la libertad democrática, los residuos nucleares y los drones asistidos por IA que asesinan niños. La verdad está en el conjunto, si uno de los elementos es eliminado de nuestro cuadro, inevitablemente hay que eliminar todos los demás. Hay un peligro mayor que el desarrollo de la IA y es el desarrollo y afianzamiento en el pensamiento de la lógica de separación binaria y excluyente entre bueno y malo, tan propia de la religión cristiana.
Los especialistas y empresarios a los que alude la Iglesia no desarrollan la IA a partir de la nada, ellos mismos son producidos por el desarrollo capitalista e, independientemente de que las negociaciones de “desarme” tengan éxito o no, ya no podremos deshacer lo conocido sobre la IA y su capacidad bélica de destrucción. La única garantía sería desarmar el potencial destructivo del dictado de la ganancia, pero ni la Iglesia ni sus súbditos están dispuestos a semejante tarea.
El núcleo de la propuesta papal es erróneo porque el capitalismo siempre impulsa al desarrollo, a la sustitución de la fuerza de trabajo humano por el empleo de la tecnología para reducir gastos de producción y aumentar las ganancias. Esto reduce el valor de cada mercancía individual y por tanto obliga a aumentar la producción permanentemente para subsistir.
Pensar críticamente la tecnología, el trabajo o la IA significa componer un cuadro general, no en tanto una acumulación de cosas desconectadas sino como una relación social. Por eso nos oponemos a la subordinación de cada actividad humana a la dictadura de la ganancia. Eso va más allá de si Internet es bueno o malo, un avance o un signo de la decadencia cultural y rompe con la ilusión de que el desarrollo tecnológico debería estar al servicio de los gustos de tal o cual sector de la sociedad.
Independientemente de pensarse cristiana o espiritual, la nuestra es una época marcada por la tecnología, por el acceso a y la dependencia de Internet. Basta con prestar atención a las horas dedicadas a la práctica religiosa y compararlas con las horas dedicadas a permanecer online. Las prioridades de nuestra sociedad se advierten en dónde y cómo gastan sus miembros su dinero y su tiempo. Por lo tanto, no es suficiente con decir “esto es importante para mí” si no está respaldado por la forma en que vivimos nuestras vidas. Dentro de la lógica cristiana, lo señala el mismísimo Nuevo Testamento: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mateo 6, 21). Donde está el dinero, allí está el corazón de esta sociedad.

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