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domingo, 25 de enero de 2026

PETRÓLEO, INTERVENCIÓN Y CAPITAL

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La reciente captura de Maduro marca el fin, por si quedaban dudas, de una época ya acabada. No solo no hubo resistencia popular a la intervención estadounidense sino que el líder fue entregado desde adentro del chavismo.

Está clarísimo que Estados Unidos no combate el narco, que el Cártel de los Soles no existe y que se trata de una violación a la soberanía nacional y el Derecho Internacional. Hay que ser muy iluso para suponer lo contrario o para exigir que EE.UU. se apegue a la ley.

También es claro que el régimen venezolano implica una catástrofe social que expulsó a cerca de ocho millones de personas y lleva adelante un férreo proceso persecutorio y represivo con miles de presos políticos y ejecuciones extrajudiciales. Este proceso no se dio solamente contra la oposición burguesa, gendarmes argentinos y excandidatos a presidentes: se trata de sindicalistas, trabajadores, activistas y referentes de pueblos indígenas.(1)

La cantidad de emigrados significa que cerca del 20% de la población venezolana está viviendo en el extranjero. Así y todo, no hay trabajo o hay trabajos mal pagos, algo conocido en Argentina. Pese a la pérdida de millones de personas del mercado laboral, existe una gran cantidad de población sobrante para el Capital. Venezuela registró una sostenida hiperinflación al menos desde 2017 hasta 2020, que llegó en 2018 a una inflación interanual de 130.060% según el Banco Central de Venezuela y de 1.698.488% según la oposición parlamentaria.

Evidentemente la “revolución bolivariana” es un fracaso indefendible. Los venezolanos no emigran por diferencias políticas, aunque los chavistas de todo el continente consideren lo contrario. En este marco es que debemos interpretar, aunque no acordemos o nos parezcan razones limitadas, el resentimiento de tantos venezolanos con el régimen que los expulsó o los condena a la miseria en su país de origen.

El petróleo venezolano

No obstante Venezuela posee las reservas más grandes del mundo, actualmente sólo produce entre 800.000 y 900.000 barriles de petróleo diarios (bpd) debido a la falta de inversión y problemas de infraestructura. En sus momentos de mayor productividad llegó a más de 3,5 millones de bpd. Arabia Saudita, en un cercano segundo puesto en cuanto a reservas, produce alrededor de 10 a 10.5 millones de bpd. China es actualmente el principal destino del petróleo venezolano, pero se trata de un fenómeno reciente ya que hasta hace algunos años era EE.UU. Mientras Chávez vociferaba que “ni una gota más de petróleo les llegará a Estados Unidos”, la administración venezolana del hidrocarburo se basaba en su relación con las empresas norteamericanas. Por eso insistimos en que cuando de líderes burgueses se trata, es conveniente prestar más atención a las cuentas que a sus discursos. Una lectura bien simplista diría que EE.UU. quiere recuperar ese lugar, pero fue este mismo país el que impuso sanciones desde 2017 a la inversión en Venezuela y a la compra del petróleo venezolano. El crecimiento durante la última década de los vínculos comerciales con China y Rusia por parte de Venezuela no se producen como una búsqueda por ganar mayor autonomía frente al “imperialismo yanqui”, sino porque los capitales norteamericanos dejaron de invertir en el país y de comprar su petróleo (con la importante excepción de Chevron).

Durante los ‘90 Venezuela sufrió un deterioro de sus sectores no petroleros, fundamentalmente de las industrias que abastecían el mercado interno amparadas en la renta petrolera, para convertirse gradualmente en un país dependiente de las importaciones para su reproducción. En síntesis, su ordenamiento económico dejó de ser similar al argentino y comenzó a asemejarse al chileno. Con los precios internacionales del petróleo más altos de la historia a inicios de los 2000, la renta petrolera hizo posible un aumento del consumo en Venezuela, pero con un escaso desarrollo de la estructura productiva no petrolera del país. El desplome del precio del petróleo hizo que esta reproducción de la fuerza de trabajo por parte del Estado fuera completamente insostenible y la continuidad del régimen solo pudo ser garantizada por una profundización del ajuste y un crecimiento de la represión. Este proceso coincide en buena medida con la llegada de Maduro al poder. Adicionalmente, se da la caída del sector petrolero mencionada al comienzo, que agravó la situación social en el país. El desplome en la producción de petróleo se debe principalmente a que sus inversores extranjeros fueron haciendo bajar la producción hasta la llegada de las sanciones por parte de EE.UU. La caída del precio de esta commodity a nivel mundial, sumado a la especificidad del petróleo venezolano, que compite con el petróleo pesado canadiense en el abastecimiento de los EE.UU., llevaron paulatinamente a la inactividad de los pozos venezolanos.

En EE.UU. hay intereses contrapuestos en torno a Venezuela. Las empresas que explotan el petróleo en suelo estadounidense a través del fracking apoyaban el bloqueo, las sanciones y la parálisis productiva venezolana, mientras que las refinerías estadounidenses y las petroleras que participaban y participan de la explotación petrolera en Venezuela bregan por la intervención en el país y un futuro restablecimiento de dicha explotación. Pareciera que ha ganado la segunda opción pero se trata de una opción a largo plazo sin total certeza de que ocurra, dados los precios internacionales. Surge, así, la pregunta por los motivos más inmediatos de la intervención. Uno de ellos es el cobro de la enorme deuda externa venezolana con acreedores norteamericanos, sumado a que China se venía cobrando en barriles de petróleo las deudas de Venezuela acumulada tras años de importaciones. Sin embargo, el motivo más mencionado respecto de los sucesos actuales es el de la disputa geopolítica y la guerra comercial entre China y EEUU, en la que este último buscaría desplazar a la primera del mapa latinoamericano y de su acceso al petróleo venezolano (el cual venía obteniendo por debajo de su precio debido al bloqueo).

El problema de la mirada geopolítica es que no explica los motivos de fondo de las disputas. La obsesión por el control de los flujos de capital aparece en el marco de un estancamiento económico y de sobreproducción a nivel mundial, donde la competencia adopta sus facetas más extremas y de coerción más directa. Entonces el discurso nacionalista y anti-imperialista se reafirma sobre la base de la agresión extranjera, sin comprender la dinámica que llevó a dicha situación. Dicha dinámica, en el caso venezolano y a pesar de los encendidos discursos nacionalistas, dependió del precio internacional del petróleo, su comercialización a nivel mundial, y su explotación en conjunto con capitales principalmente estadounidenses.

Durante el ascenso del chavismo el nacionalismo vino a justificar la consolidación de la población sobrante para el Capital con una estructura clientelar por parte del Estado, condenando a la miseria a millones de personas mientras se comerciaba petróleo sin ningún reparo ideológico. Durante la caída del chavismo, el nacionalismo viene a decirnos que todo es responsabilidad de quien fuera su principal socio comercial. En lugar de partir de lo local para analizar su relación con el resto del mundo, como necesita hacer el nacionalismo, debemos partir de lo mundial y general para entender las especificidades locales.

En este sentido, el análisis de la crisis de sobreproducción en ciernes resulta fundamental para entender la dinámica mundial del Capital y su escalada bélica, así como el análisis de la renta de la tierra es fundamental para comprender la particularidad de la región latinoamericana donde vivimos, la reproducción del capital que opera a nivel local y nuestra reproducción como vendedores de fuerza de trabajo.(2)

La caída del socialismo del siglo XXI

El concepto de “socialismo del siglo XXI” adquirió difusión mundial cuando fue mencionado en un discurso por el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a comienzos de 2005 en el V Foro Social Mundial. Sus líderes asociados fueron Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, y Luiz Lula da Silva en Brasil. Era la época de oro de una economía en alza en América Latina.

En los decenios previos, las dictaduras militares de los ‘70 y los posteriores gobiernos en los ‘90 tuvieron por función adaptar el continente a una nueva etapa. En Argentina sabemos ya de la desindustrialización (es decir, la liquidación de capitales ineficientes) y la caída salarial. Sin olvidar todo el “costo” humano que ello implicó.

Entrado el nuevo siglo comenzó otra fase ascendente de la economía en la región. Eso no significó plenitud para el proletariado, como suponen quienes creen en la “teoría del derrame” o los beneficios de la “lluvia de inversiones”. No es casual que los herederos locales del difunto socialismo del siglo XXI hoy no repudien a China como polo imperialista. Es que para esos tiempos, China se desarrolló y exigió la importación alimentos, principalmente soja en nuestro caso. Su crecimiento exponencial produjo un ciclo alcista gracias a la exportación de materias primas. No hay socialismo del siglo XXI sin comercio con China.

El BRICS es una asociación, grupo y foro político y económico internacional que surgió en “oposición” al G7. Una asociación económico-comercial conformada por las cinco economías nacionales emergentes de la década de los 2000 –Brasil, Rusia, India, China– que adoptó su nombre definitivo en 2010, tras la incorporación de Sudáfrica, a la ya existente organización BRIC. Este es el contexto de los populismos latinoamericanos.

De esta manera, con ganancias producto de los precios de las materias primas, el kirchnerismo incorporó miles y miles de proletarios al trabajo precarizado, el empleo privado subsidiado y al empleo estatal. La famosa “inclusión”. La fuente de este “crecimiento” fue el agro, la misma fuente que en Brasil, en Venezuela y Ecuador fue el petróleo, en Bolivia el gas.

Estas masas de dinero no solo dieron respaldo a encendidos discursos, a veces hasta pretendidamente revolucionarios, sino que fueron la tentación y causa de sendos problemas de corrupción en cada uno de esos gobiernos. Confiando en la exportación de materias primas, ese dinero se utilizó para sostener proyectos de corto alcance, como reproducir al proletariado sin invertir en producción. Es decir, hubo dinero para sostener el relato y para ayudas sociales y subsidios.

Pero nada dura para siempre: sobrevino la crisis de 2008, junto al desplome del precio de las materias primas. Maduro continuaba a fuerza de menor democracia, y en el resto de los países aparecían los derechistas Macri y Bolsonaro para administrar la caída. Su orientación política no requería cortar relaciones con China. Incluso el expresidente Macri, que no es precisamente una luminaria, lo señaló a fines de 2025: «China es más complementaria que Estados Unidos para Argentina. China necesita nuestra materia prima, nuestros alimentos. Estados Unidos, todo eso lo produce. Culturalmente, hay una enorme distancia entre uno y otro, pero no creo que sea bueno interrumpir ese proceso».

Por otra parte, el discurso populista desarrollista de productividad e industrialización que rivaliza con los derechistas no se condice con la alianza con China, ya que esta sostiene una economía basada principalmente en producir materias primas. No se trata más que de otra variante capitalista, lo que señalamos es que con esta opción ante un desplome de precios o crisis puede suceder lo que en Venezuela: un país con recursos sumido en la miseria que expulsa a ocho millones de habitantes. Sería extraño que en esas condiciones su propia población saliese a defender al régimen.

 

Notas:

1. En 2013 publicábamos «Capitalismo del siglo XXI» (nro. 7) donde hacíamos referencia al asesinato de Sabino Romero, referente de las luchas del pueblo yukpa. Sobre el régimen chavista, ver también «El mito de la izquierda se cae de maduro» (nro. 15, 2014). Recomendamos también: Venezuela y la izquierda, charla de A. Bonnet y F. Souza disponible en YouTube, y «Represión en Venezuela y el silencio de la izquierda» (2019) de Rolando Astarita.

2. Sobre la renta petrolera en Venezuela, ver Artículos sobre la crisis venezolana. El proceso global de acumulación de capital y la contracción de la renta de la tierra petrolera, de Kornblihtt, J., Dachevsky, F., & Casique Herrera, M. (Larga Marcha. Santiago de Chile, 2024) y la reciente entrevista a dos de sus autores: Política venezolana y renta petrolera, disponible en YouTube.

¿ANTI-IMPERIALISMO?

Extractos de «Notas sobre la invasión de Venezuela por parte de los Estados Unidos», Crítica Desapiedada (Brasil, enero de 2026)

Reducir el anti-imperialismo a una simple postura “anti-EE. UU.” es caer en una doble trampa. En primer lugar, porque el imperialismo no es una disposición moral, cultural o psicológica de un Estado específico, sino una forma histórica de competencia internacional entre países capitalistas, en la que los Estados nacionales, el capital y los aparatos militares se articulan para asegurar mercados, rutas estratégicas, materias primas, tecnología, control monetario y dominio geopolítico. El hecho de que Estados Unidos siga siendo el polo central de la violencia internacional “legítima” no elimina ni relativiza la existencia de otros polos imperialistas ya consolidados y en proceso de consolidación, con sus respectivas redes de poder, cadenas logísticas y mecanismos financieros que estructuran una verdadera cartografía armada de la apropiación de la plusvalía.

En segundo lugar, la lectura “anti-estadounidense” suele ir acompañada de un paquete ideológico que funciona como mecanismo de ocultación de las relaciones de clase. Categorías como “soberanía nacional”, “autodeterminación de los pueblos” y “defensa de la democracia” se movilizan de forma abstracta, desplazando el conflicto del terreno material de la explotación a un plano moral y jurídico. Se habla de nación para ocultar las clases sociales; se invoca al pueblo para disolver al proletariado como clase históricamente revolucionaria; se exalta la democracia para naturalizar la forma política del capital. En la práctica, este discurso da como resultado la defensa del capital local (nacional), de su subdivisión (estatal) y de sus fracciones, como si la burguesía más débil (“periférica”) fuera un antídoto contra el imperialismo, cuando en realidad constituye uno de sus engranajes fundamentales. (…)

El ascenso chino, basado en una fuerte intervención estatal, el control de sectores estratégicos y la expansión externa a través de inversiones y créditos, no rompe con la lógica imperialista, sino que la actualiza bajo nuevas formas. Del mismo modo, Rusia actúa como potencia imperialista regional, buscando reafirmar su influencia en Europa del Este y en el espacio postsoviético, utilizando el poder militar, la energía y las alianzas para garantizar su posición en la jerarquía mundial.

A nivel regional, esta reorganización adquiere contornos aún más nítidos. En Extremo Oriente, China proyecta su hegemonía sobre el Sudeste Asiático y zonas del Pacífico, disputando rutas comerciales, cadenas productivas e influencia político-militar. En Europa del Este, Rusia actúa como polo imperialista regional, en choque directo con la expansión del bloque euroatlántico, convirtiendo a la región en uno de los principales frentes de la guerra interimperialista contemporánea. En América Latina, Estados Unidos sigue tratando al continente como una zona prioritaria de influencia, no solo por razones históricas, sino por su actual centralidad estratégica: recursos naturales, biodiversidad, energía, control territorial y contención de la presencia china.

Pensar en los bloques de intereses regionales en el continente americano exige reconocer que América Latina no es un espacio “al margen” de la disputa, sino un territorio clave para la recomposición hegemónica de los Estados Unidos. La intensificación de las sanciones, las intervenciones directas, los golpes institucionales, la tutela política y la presencia militar deben entenderse como parte de una estrategia más amplia de reafirmación del poder imperialista estadounidense frente al avance chino en la región, especialmente a través de inversiones en infraestructura, minería, energía y logística.

(…) La hegemonía se reorganiza, pero la lógica permanece: la del capital en busca de valorización, ahora cada vez más mediada por la fuerza armada y la intervención militar abierta. Ante este escenario, ningún Estado nacional escapa de las garras de los conflictos interimperialistas y una revolución proletaria deberá, necesariamente, afirmarse como una revolución mundial.

viernes, 27 de noviembre de 2020

TIEMPOS DE MODERACIONES PROGRESISTAS

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La política está agitada a lo largo del continente: elecciones, referéndums, revocaciones y acalorados debates locales sobre leyes “históricas” que no cambian ni un poco el curso de la historia. En el fondo, nada trascendental se está definiendo. Desde el Estado nos dicen que son tiempos de moderación y conciliación. No es momento de grandes cambios, sino de cómo hacer para que, a pesar de la catástrofe, nada cambie. Eso es lo que importa a la burguesía en contextos como el presente.

La clase dominante ha tomado nota de los últimos sacudones sociales y trata de mantener la calma al menor costo posible. Y si algo cuesta poco cuando ya no queda mucho por repartir, son las palabras, tanto de sus discursos, como las de la letra muerta de las leyes que nos invitan a acompañar, y que muchos sectores piden a gritos. Es por eso que se reimpone el progresismo como mejor opción para los tiempos que corren. Una canalización estatal de rostro amable ante la desocupación, el hambre, el descontento, la represión, y las medidas pandémicas que completan la catástrofe capitalista cotidiana.

Bolivia: MAS no se puede

El 18 de octubre se realizaron las elecciones generales para elegir al presidente, vice, senadores y diputados. Como presidente resultó elegido en primera vuelta Luis Arce, del Movimiento al Socialismo (MAS), quien obtuvo 55,1% de los votos. Arce ya fue ministro de Economía y aclamado por la burguesía internacional. «El hombre detrás del éxito de Evo Morales», titulaba hace cuatro años The Wall Street Journal.

Extraño “golpe de Estado” aquel que llama a elecciones, pierde y se retira democráticamente. El derrocado Evo Morales, tras una revuelta no iniciada por quienes luego gobernaron, fue la mejor carta para la modernización capitalista de las últimas décadas en la región, en sintonía con el progresismo latinoamericano.(1) Hoy el mejor es Arce, un personaje más tibio, que será el encargado de llevar adelante el ajuste en Bolivia con los menores sobresaltos posibles. Deberá recurrir al ejército “golpista” para repartir comida, destruir aún más la región para extraer litio, administrar, gestionar y reprimir. Y no porque sea igual a la primera “dictadora” latinoamericana Jeanine Áñez, justamente la virtud de los mandatarios estatales reside en su alternancia y en las necesarias diferencias.

Estamos asistiendo a un proceso regional donde dicha alternancia se presenta como fundamental para el mantenimiento del orden. El llamado “socialismo del siglo XXI” ha dejado de estar en la boca de los mandatarios progresistas de Latinoamérica. A excepción del desopilante y hambreador gobierno de Maduro, el resto de asesinos y represores ha bajado el nivel de beligerancia. La necesidad de “sacar a la derecha y los golpistas” justifica una moderación cada vez mayor para garantizar gobernabilidad, que se sostiene gracias a la “amenaza latente” de la derecha. Por eso, el mal menor es aceptado cada vez más sin chistar, mientras se va pareciendo cada vez más al mal mayor que tanto se dice evitar.

El descontento que había en Bolivia con el gobierno de Morales previo al “golpe” fue encausado nuevamente gracias a la polarización política. La derecha, con sus políticas represivas y de ajuste más directas, parece haber funcionado como un castigo aleccionador para que el progresismo retorne y sea abrazado nuevamente en su versión menos izquierdista. El problema, entonces, no es la derecha: es la burguesía. Y tampoco es un problema boliviano. En esta región hemos asistido a un proceso similar en la sucesión Fernández-Macri-Fernández. Y acá también cualquiera es acusado de “golpista” por el gobierno o la izquierda, se trate de un youtuber reaccionario o las manifestaciones algo desquiciadas que exigen el fin de la cuarentena en nombre de las libertades individuales y la propiedad privada. Estas acusaciones sobre dichos sectores minoritarios, y por ahora bastante inofensivos, son completamente trasladables a cualquier lucha proletaria que vaya más allá de los canales instituidos. Es por todo esto que intentamos sacar algunas lecciones, tanto dentro como fuera de Bolivia.

Queremos referirnos a realidades colectivas y no a simples identidades políticas. Que Camacho, Áñez y demás comeostias generen asco e ira no es suficiente para hacer un frente amplio contra ellos. Esos frentes difusos y tan amplios que permiten una cosa y su contrario son desde hace años los rectores de los movimientos sociales. Nos advierten, a la hora de protestar masivamente, que seremos tratados como “golpistas” por sus fuerzas del orden democráticas, torturadoras y desaparecedoras.

Chile: la represión de las urnas

El plebiscito nacional de Chile de 2020 fue un referéndum convocado para el 25 de octubre con el objeto de determinar si la ciudadanía estaba de acuerdo con iniciar un proceso constituyente para generar una nueva Constitución. A casi un año del comienzo del estallido social en Chile, llorando los muertos y con cientos de presos por las revueltas, se habla de apruebo o rechazo “la Constitución de Pinochet”. El apruebo a «¿Quiere usted una nueva Constitución?» ganó con el 78%, aunque cabe recordar que la participación fue del 50% del padrón electoral. Una “fiesta de la democracia” con relativa asistencia.

«Hoy ha triunfado la ciudadanía y la democracia» dijo el presidente Sebastián Piñera, en un discurso utilizable para cualquier ocasión de votaciones en cualquier país de Occidente. Pese a su falta de originalidad, no ha mentido: de eso se trata la ciudadanía y la democracia, de tratar formalmente iguales a quienes se saben socialmente desiguales. Aunque las únicas comunas del país donde ganó el rechazo son las más ricas, o donde se sitúan bases militares, eso no es suficiente ni acertado para exponer una supuesta posición de clase en las urnas.

Si bien es una forma de canalizar la lucha colectiva en una salida institucional, este referéndum no es ni el comienzo ni el final. Podríamos pensar que se trata de una derrota, pero es tan solo un momento de la lucha de largo aliento que sucede en aquella región. Ahora, cabe reflexionar acerca de las debilidades que hacen que una lucha colectiva sin dirigentes estatales, espontánea y multiforme sea tan fácilmente canalizable. En caso contrario, las revueltas tan solo ocurrirán como un hecho tras otro sin que hagamos el balance necesario para poder avanzar. Nuestro horizonte no puede ser simplemente la movilización, el conflicto o incluso el enfrentamiento con las fuerzas represivas: esos son los caminos inevitables, pero la solución está más allá de eso.

«Para la gran mayoría de los grupos extraparlamentarios de izquierda, la única salida para el actual conflicto social en curso es la realización de una “Asamblea Popular Constituyente”, es decir, una Asamblea Constituyente “de verdad” que refunde el Estado, asumiendo en general que éste poseería un carácter neutro o factible de dar respuesta positiva a las “demandas populares” (…)

La ingenuidad de los sectores que defienden este tipo de perspectivas nos parece brutalmente peligrosa, ya que siembra la ilusión de que es posible realizar cambios dentro de los márgenes estrechos de la dictadura del mundo mercantil. No basta con una “mayoría” participando de un movimiento social “genuinamente democrático” para imponer nuestras reivindicaciones. Más temprano que tarde, este delirio se derrumbará y llegará el momento de ir por todo, o sucumbir ante la barbarie que acecha el porvenir.» (2)

Estados Unidos: el mayor mal menor

Luego de varios días de recuento de votos y de que Trump digiriera su derrota, finalmente se supo que ganó Biden del Partido demócrata. Ante la ida del republicano festejan muchos: progresistas de todo color, izquierdistas, trotskistas, kirchneristas y antikirchneristas.

La política de la identidad ha hecho estragos en la mentalidad de izquierdas, si es que esa clasificación aún sirve. Antirracistas y feministas festejan que haya una vicepresidenta negra en uno de los países gendarme de este mundo. Como si el color de piel o los genitales de un funcionario pudiesen cambiar la naturaleza del Estado, como si las funciones en un gobierno dependieran plenamente del genio individual.

La perspectiva de clase ha sido reemplazada por una perspectiva identitaria. No se trata de que la perspectiva de clase rechace o pretenda integrar las cuestiones raciales o de género, sino de que justamente el proletariado comprende esas realidades también. No se pueden pensar las problemáticas particulares “más allá de las clases”, sino apuntar a una comprensión global de la sociedad capitalista.

Cuando Trump ganó las elecciones publicamos un artículo que vale la pena recordar,(3) allí señalábamos que Obama se retiró de la presidencia de los Estados Unidos con un récord de inmigrantes deportados. Lo hizo, aunque no lo haya declarado de manera ofensiva y hasta ridícula en su campaña. Trump había prometido en su campaña anterior 11 millones de deportaciones, pero no cumplió. Se mantuvo incluso por debajo de la media anual de sus antecesores. Si de algo se puede “enorgullecer” Trump respecto a su política migratoria, es del crecimiento de los arrestos de inmigrantes en los centros de detención fronterizos, de los que se han denunciado sus condiciones de hacinamiento.

Los datos, no obstante, parecen no importar cuando lo fundamental es “posicionarse políticamente”. Porque el votante de izquierda se siente satisfecho, piensa que deportar inmigrantes es “de derecha”, así como reprimir. En Argentina hasta hay quienes llegan a pensar que la legalización de la marihuana o el aborto no son cosas de la derecha. Pero basta recordar que fue el gobierno de Macri quien metió el proyecto del aborto en el Congreso, o su atención puesta en la cuestión trans. El imaginario cultural de izquierda también abruma en su superficialidad, como si los fachos no fumaran porro, como si cualquier vecino solidario perteneciera al “campo popular”. Recordamos que en Argentina el pasado triunfo de Trump en 2016 fue festejado por el peronismo clásico, lo cual desorientó a las nuevas generaciones peronistas, que confunden a Evita con una feminista. Cuatro años de un exagerado y desagradable como Trump, más el triunfo de Biden-Harris, dejan allanado el camino para quienes gustan posicionarse “correctamente”.

Perú: no es solo corrupción

El día domingo 15 de noviembre renunció, tras menos de una semana en el cargo, el presidente Manuel Merino, quien había asumido luego de la destitución de Martín Vizcarra. La renuncia resultó de varias jornadas de movilizaciones y protestas que fueron acrecentándose en todo el país. El sábado 14 de noviembre se desató una feroz represión sobre los manifestantes, dejando un saldo de cientos de heridos y dos muertos: Inti Sotelo de 24 años y Jack Pintado de 22 años. El lunes el Congreso finalmente nombró como presidente a Francisco Sagasti, un personaje poco manchado por el historial de corrupción reciente, miembro del Partido Morado y de cierta impronta “renovadora”. En su cínico discurso homenajeó a los dos jóvenes asesinados a manos de la policía, los llamó “defensores de la democracia”, prometió apoyo a los heridos y pidió perdón a las familias de las víctimas en nombre del Estado. Otro ejemplo más de discursos moderados que acompañan la mano dura buscando garantizar la paz social.

Martín Vizcarra había asumido en 2018 tras la renuncia, también por causas de corrupción, del presidente electo en 2016 Pedro Pablo Kuczynski. Cuatro presidentes en dos años y medio, o tres presidentes en menos de una semana, traen algunos recuerdos por estos lados. Todo este proceso de crisis política tiene como trasfondo la crisis económica y social que azota la región, profundizada este año. Las movilizaciones vienen sucediéndose hace años desde diferentes sectores, poniendo mayoritariamente el eje en la corrupción del gobierno. Se han agitado consignas como “Que se vayan todos” pero con una impronta marcadamente ciudadanista, proponiendo una asamblea constituyente, una transformación de las instituciones y de la Constitución fujimorista de 1993 en pos de una renovación política.

Las últimas movilizaciones tras la designación de Merino se han extendido a más sectores de la población, rompiendo incipientemente con las fronteras pacíficas e institucionales de sindicatos, partidos y organizaciones civiles de “Lucha contra la corrupción”.

La situación parece haberse calmado por el momento con el recambio presidencial, pero ningún problema de fondo ha sido resuelto. Este estallido, así como las recientes movilizaciones en Guatemala contra el ajuste y la corrupción, tienen diferentes detonantes pero surgen de una misma situación explosiva que se impone en todas partes y que el aturdimiento basado en estadísticas sanitarias ya no puede tapar.

Argentina: nada fuera del Estado

En Argentina se aprobó en diputados el proyecto de ley oficialista de impuesto a las grandes fortunas, entendido como un aporte “solidario”, a realizarse por única vez, con el objetivo de paliar los “efectos del coronavirus”. Esta nueva medida es anunciada con bombos y platillos por los sectores progresistas del gobierno como una defensa de los trabajadores y una “redistribución de la riqueza”, acompañada en la calle por una “caravana de la militancia” con su epicentro en el Congreso y replicada en diversas partes del país. Todo el aparato dispuesto para dejar en claro lo popular de la medida. En este sentido, medios oficialistas y portavoces del gobierno se obstinaron en discutir con el Frente de Izquierda, cuyos diputados decidieron abstenerse por considerarlo insuficiente y tener un proyecto de ley propio con el que han insistido desde comienzos de la cuarentena. Mientras tanto, diputados impulsores de la ley oficialista como Carlos Heller aclaran hasta el cansancio que solo afecta en porcentajes reducidos, escalonados y por única vez, a las riquezas de unos 9000 empresarios, aproximadamente. No vaya a ser cosa que los bombos de la justicia social opaquen la búsqueda de conciliación y paz entre clases.

Concretamente, de aprobarse en el Senado y finalmente aplicarse, con la ley se recaudarán aproximadamente unos 300 mil millones de pesos, destinados a créditos y subsidios para Pymes (20%), financiar obras de YPF (25%), urbanización (15%), implementos sanitarios (20%) y planes Progresar de ayuda a estudiantes (20%). Es decir, poca plata que en su mayoría se reparte entre la misma burguesía.

Mientras estamos sufriendo las consecuencias de una profunda crisis económica y un ajuste aleccionador con represión, despidos, inflación y aumentos insultantes en sueldos y jubilaciones, sectores del gobierno se dedican a montar espectáculos lamentables orientados a disimular la situación. Mientras se reprimía ferozmente en Guernica, personajes como Grabois hacían el ridículo interfiriendo en defensa de Dolores Etchevehere en una disputa con sus hermanos por una parte de su herencia. Ahora fue el turno de la caravana de la militancia en apoyo al impuesto, en las próximas semanas será el turno de la ley del aborto en lo que será otro intento por apaciguar los ánimos sociales con concesiones completamente integradas a la lógica dominante.(4) Se hace notorio cómo el gobierno, hacia fin de año y habiendo quitado el IFE, con récords de desocupación y tras levantar el aislamiento, busca reforzar el orden canalizando a todas sus filas hacia el plano institucional, apoyando desde la calle a tal o cual ley mientras la realidad social es cada vez más desastrosa. Vía libre a la movilización, siempre que sea en apoyo al propio gobierno.

Una vez más, debemos insistir en que el problema no es tal o cual ley, sino la Ley misma. No se trata de mejores leyes con verdadero apoyo en las calles, sino que la lucha debe tomar otro camino para que nuestros problemas se solucionen realmente. En este sentido la reflexión acerca del funcionamiento de la producción capitalista tiene mucho que aportar al momento de la lucha, donde todo tipo de consignas prefabricadas se repiten una y otra vez. La discusión sobre un impuesto a las grandes fortunas y la redistribución de la riqueza requiere de ciertas precisiones. Si el proyecto del gobierno finalmente se efectiviza es debido justamente a las características que mencionábamos más arriba. La izquierda tiene su propio proyecto, de mayor alcance, para que por primera vez se cumpla aquello de “que la crisis la paguen los capitalistas”. Pero, por más lindo que suene, es completamente impracticable hacer una verdadera quita a la burguesía desde el propio Estado en un contexto como este y además pretender que eso se reparta entre los proletarios. Cuando decimos esto, no lo hacemos desde el clásico posibilismo que limita las luchas, sino que lo hacemos desde un análisis de las relaciones de producción capitalistas, para no ilusionarnos con propuestas que en el fondo solo buscan juntar votos y sumar militantes. Nosotros agitamos la necesidad de la revolución social, asumiendo las dificultades que implica una perspectiva revolucionaria en contextos de pacificación social.

En primer lugar, no hay que perder nunca de vista que el patrimonio de la burguesía es producto de la explotación y desposesión de generaciones proletarias. Por otro lado, la riqueza en el capitalismo no funciona como atesoramiento más que en una pequeña parte, sino como Capital, como valor que se valoriza. Por eso, un impuesto más extensivo como se propone no afectaría meramente al patrimonio de cada gran empresario, como si les sacaran ahorros de abajo del colchón o una cuenta oculta, una mansión o un yate. Los burgueses no se caracterizan por tener la mayoría de su dinero ocioso, sino que, para mantenerse como tales, invierten constantemente en Capital. Si el impuesto afectara esa parte destinada a la valorización del capital, esto supondría reducciones en las empresas, despidos, etc. El Estado no puede quitar mucho a las empresas en tiempos de crisis, de hecho, subsidia muchas de ellas de manera corriente, y más aún en contextos como este, como fue el caso del pago de parte de los salarios y las cargas sociales durante el aislamiento. Dicho de otro modo, las empresas solo pueden pagar más cuando ganan mucho, cuando existe una alta tasa de ganancia en el sector. De otro modo, las empresas quiebran, y ya sabemos lo que esto significa.

Entender algo no significa aceptarlo. Así como no aceptamos el desempleo pero sabemos que nunca habrá trabajo para todos. Así como aborrecemos la miseria pero sabemos que es constitutiva del orden capitalista. Expropiar a la burguesía es deseable y necesario en un contexto de lucha y a manos de los proletarios. Expropiar a ciertos burgueses a manos del Estado o llevarlos a la quiebra en un contexto como este solo significa empeorar la situación, reforzando el poder del Estado que va a tener algo más que repartir a algunos proletarios mientras deja a otros en la calle. Por eso las crisis no las pagan los capitalistas, por eso los compromisos de deuda se van pagando o renegociando, por eso no se puede cobrar un “verdadero” impuesto a la riqueza. Las propuestas que afirman lo contrario son utópicas y reaccionarias, y conducen a una perspectiva cada vez más estatista, nacionalista y electoralista. ¿Impuesto a la riqueza cuando a los salarios se los devora la inflación con la complicidad sindical? Nos quieren dejar impotentes frente a una gran cortina de humo que se suma al que el Estado dejó crecer durante todo el año en las islas del Río Paraná y las sierras cordobesas.

Bajo el capitalismo todo aspecto de la vida busca ser escindido y luego mediado por sus propias instituciones para dejarnos lo más débiles y frágiles posibles. Nos decían que estábamos indefensos frente al coronavirus y que confiáramos en el Estado maternal que priorizaba la vida frente a la economía. Finalmente, atendiendo a las estadísticas oficiales, la Argentina “modelo” no ha quedado bien posicionada a nivel mundial. Solo nos encerraron instalando el terror en la población, mientras hicieron poco y nada en materia sanitaria. Ahora llegó el momento de abrir por completo porque no tienen opción, con las vacunas como pronta salvación. La respuesta siempre tiene que estar afuera, sea en el Estado o la ciencia, pero nunca en nosotros mismos. Quedará la duda, en materia inmunitaria, de cuáles hubiesen sido los efectos de haber tenido otra relación con el virus, sobre el cual sigue habiendo pocas respuestas. De lo que no quedan dudas es que el encierro ha profundizado nuestras debilidades como clase y que la moderación progresista solo puede llevarnos a la paz de los cementerios.

 

Notas:
(1) Ver Bolivia: Revuelta y Golpe de Estado (La Oveja Negra nro. 66, noviembre de 2019)
(2) Ya no hay vuelta atrás, nro. especial: La democracia es el orden del Capital: apuntes contra la trampa constituyente.
(3) EE.UU.: Nuevo presidente (La Oveja Negra nro. 44, diciembre de 2016)
(4) Ver Aborto: cuestión social (La Oveja Negra nro.54, abril de 2018

jueves, 2 de julio de 2020

TEMPERAMENTO RADIO NRO.48

• Comentamos y escuchamos el disco compañero «Nada es nuestro»
• Reflexiones sobre las revueltas en EE.UU.
• Audio: Razas Inferiores (fragmentos) Rafael Barrett, octubre de 1909
• Covid­-19 y represión en Argentina
• Audio: ¿No tenemos ministra? ¡No queremos ministra!, región chilena 2020
• Conversamos sobre las nuevas publicaciones realizadas desde la biblio

Los programas pueden escucharse y descargarse en: blog.temperamento-radio.com

jueves, 8 de diciembre de 2016

EE.UU: NUEVO PRESIDENTE

Barack Obama se retira de la presidencia de los Estados Unidos con un récord de inmigrantes deportados. Aunque no lo haya declarado de manera ofensiva y hasta ridícula en su campaña. Su gobierno lleva 2,8 millones de deportaciones según los datos del Departamento de Seguridad Nacional. En comparación, en los mismos años de mandato, el gobierno del republicano George W. Bush deportó a 2,01 millones de personas. Ningún presidente expulsó a más personas que Obama en la historia de EE.UU., y por esto los manifestantes latinos en aquel país llevan carteles con su foto y la inscripción Deporter in Chief («Deportador en Jefe»).

Bill Clinton, esposo de la candidata que perdió las elecciones frente a Donald Trump, en sus dos períodos de presidencia efectuó importantes restricciones migratorias y levantó muros en la frontera con México. El primero, en California en 1993 como parte de la llamada Operación Guardián. Otro se construyó cuatro años después en Texas. La construcción de los muros en los dos extremos de la frontera no detuvo el flujo de migrantes, solo los obligó a cruzar a través del desierto, o peor aún, por el hipercontaminado Río Grande, en cuyas aguas ni los gendarmes quieren mojar sus pies. Esta estrategia provocó la muerte de más de cinco mil personas entre el 95 y el 2000. Trump va más lejos en sus promesas: quiere cobrarle al Estado mexicano el costo de más muros y la amenaza parece asustar más que los muros ya construidos.

Nota aparte es que la constructora mexicana Cementos Chihuahua, se ofreció para levantar el muro prometido por Donald Trump. Y no lo señalamos como curiosidad sino para dejar en evidencia que se trata de dinero y no de naciones buenas o malas.

En el fervor latinoamericanista que despertó la victoria de Trump se olvida el papel que juega el Estado mexicano en el drama de la migración. Una buena parte de los ilegales no son mexicanos, son en su mayoría centroamericanos, guatemaltecos y salvadoreños. Y, antes de vérselas con la U. S. Border Patrol en los desiertos de California o Texas, tienen que sortear los abusos y golpizas de los federales mexicanos al cruzar el rio Suchiate; con los “tijuaneros”, esos autobuses precarios que les cobran cifras elevadísimas para llevarlos hasta la frontera; o subirse de polizones a La Bestia, el tren que atraviesa todo México, al final de cuyo recorrido, si es que llegan con vida, tal vez puedan pisar los Estados Unidos. En el 2015 México deportó 118.000 personas entre guatemaltecos, salvadoreños y hondureños, superando a EE.UU. en esas nacionalidades.

Para progresistas–opinólogos todos estos hechos no interesan... el único malo de la película es Trump. Y esa película ya la vimos: la de “votar con la nariz tapada” y la del “mal menor”, que, a fin de cuentas, es solo un mal distinto. Pero eso no cuenta en la sociedad del discurso. Aquí una arenga sobre construir un muro es más importante que un muro ya existente. Opinar lo que se supone es políticamente correcto opinar, es más importante que los migrantes que se juegan la vida para pasar la frontera. Así el discurso sobre los inmigrantes se vuelva más importante que los inmigrantes mismos.

Sin embargo, que todos estos sean o hayan sido presidentes de EE.UU. y, por tanto, enemigos abiertos de todos los explotados del planeta, no significa que sean lo mismo. Cada ejército tiene sus tácticas, así como cada partido político su forma de gestionar la miseria y la mentira. Donald Trump, empresario multimillonario y mediático se inscribe en una línea de gobernantes que no vienen de “la política”. Su estilo bruto y agresivo y, por ende, más sincero, llamó más la atención y ganó más adeptos que la “tibia” de Clinton. En los ámbitos de la esfera política esto puede verse como transgresor o políticamente incorrecto. Es de lo que suelen acusar los burgueses que han hecho carrera política. Pero en un mundo donde efectivamente gobierna el Capital no es de extrañar que empresarios también ocupen puestos políticos de gestión del mismo. Los gobiernos del mundo se muestran cada vez más abiertamente como lo que son: empresas con sus jefes a la cabeza.

Macri, Piñera o Trump son considerados exitosos por esta sociedad, entonces no es de extrañar que se los vote. Al fin y al cabo, es la ideología dominante la que dicta estos mandatos, la que hace pensar que la vida es una empresa que debería ser gestionada con éxito. Entonces, para ello, se escogen empresarios exitosos. Los obedientes desprecian a sus semejantes explotados, oprimidos y humillados en favor de un líder que les promete un poquito más de este miserable modo de vida. Están aterrados ante la perspectiva de compartir, de relacionarse y vivir de otras maneras posibles.

El mensaje políticamente incorrecto de Trump atrajo a millones de habitantes de suelo estadounidense porque se presenta provocador, desafiante y desobediente. Una forma de aparente rechazo de la política para salvar a la política. Lo que demuestra la expansión de estas propuestas es además la alarmante aceptación en nuestra clase del conformismo, la misoginia, el racismo y la xenofobia para poder complacer la avaricia y el egoísmo que mueven la máquina capitalista: cada uno para sí mismo y todos para el Capital.

«Todos unidos trumpearemos»

En lo que se supone que se debería opinar según la identificación escogida, como decíamos antes, los obedientes kirchneristas quedaron desorientados. Se supone que deberían rechazar a Trump por ser de derecha, que debería colgársele el cartel de “fascista” que tan fácil sabe obsequiar la izquierda. Cristina Fernández de Kirchner afirmó: «El pueblo de Estados Unidos buscó a alguien que rompa con el establishment económico» al referirse a la victoria del gran magnate. Scioli, que casi nos gobierna, sostuvo que Trump «logró interpretar a las clases populares». Guillermo Moreno, en referencia al estilo publicitario del republicano, sostuvo que «Donald Trump incorporó parte del lenguaje peronista, ahora le vamos a mandar los libros de Perón y Eva», y como buen tragahostias agregó: «ahora tiene que incorporar el bien común, la solidaridad, ser buena gente. En el proceso lo va a ir incorporando, y en esto es muy importante el rol de Su Santidad» y que «los peronistas vamos a hacer el esfuerzo para explicarle a Trump que tiene que ir a Roma».

No son más que frases, pero veamos lo importante: las políticas. El Senador nacional por la Provincia de Río Negro y Jefe del bloque del Frente Para la Victoria Miguel Ángel Pichetto, declaró hace semanas que «Tenemos que dejar de ser tontos. El problema es que siempre funcionamos como ajuste social de Bolivia y ajuste delictivo de Perú», luego de preguntarse «¿Cuánta miseria puede aguantar Argentina recibiendo inmigrantes pobres?». Eso es preparar el terreno para promesas del tipo Trump, promesas que lamentablemente ansían millones de argentinos que pueden ser tildados “de derecha” como de “progresistas”.

«En los Estados Unidos ganó alguien que hace del proteccionismo, sus trabajadores y la defensa del mercado, su bandera» decía la expresidenta. Y lo que venimos diciendo hace tiempo queda patente: las caretas de izquierda y de derecha se van cayendo, y queda la cara descubierta del Capital. Al socialismo nacional (o nacionalsocialismo), al proteccionismo, al patrioterismo y al libre comercio les interesa tenernos trabajando, votando y obedeciendo para que todo siga en beneficio de los que mandan.

lunes, 5 de enero de 2015

¡ARRIBA PARIAS DE LA TIERRA!

[por razones de espacio este artículo no está incluído en la versión en papel del boletín]
 
Una molotov es encendida en el barrio de Exargia en Atenas. Su parábola ilumina el cielo de un barrio negro en Ferguson y estalla en la puerta del Palacio Nacional de México DF.

GRECIA. El día 10 de noviembre el anarquista Nikos Romanos, de 21 años,  preso desde febrero del 2013 y salvajemente torturado por expropiar un banco, se declaró en huelga de hambre y la mantuvo durante 31 días  negándose a recibir cualquier tipo de suero. El motivo era exigir salidas para educación negadas por parte del Estado griego.

En el ínterin que duró su postura, en toda Grecia -pero también en Madrid, Estambul, Buenos Aires, Santiago o Bruselas- hubo manifestaciones de solidaridad: enfrentamientos con la policía, quema de cajeros automáticos, marchas pacíficas, etc.

La situación de Nikos le agregaba un tinte especial a la convulsionada realidad griega. Él era quien estaba con Alexis Grigoropoulos el día de su asesinato a manos de la policía el 6 de diciembre de 2008.(1) Este crimen del Capital, desató la revuelta más grande en la historia del país helénico, propagándose por más de un mes. Cada aniversario se conmemora, no con marchas de silencio ni festivales, sino con lucha callejera, barricadas y tomas de edificios públicos. Este 6 de diciembre no fue la excepción. Finalmente Nikos Romanos obtuvo el permiso para asistir a la universidad con una pulsera electrónica.

ESTADOS UNIDOS. El día 9 de agosto es asesinado a balazos en Ferguson, Missouri, el joven negro Michael Brown por el policía blanco Darren Wilson. ¿Su crimen? Ser negro y pobre. Al otro día, y durante una semana,  se extienden los disturbios en la ciudad. El gobierno moviliza a la Guardia Nacional e impone el toque de queda,  lo que va disminuyendo los enfrentamientos.

El día 24 de noviembre Wilson es absuelto y la furia popular nuevamente se expande,  aunque esta vez no sólo en Ferguson. Más de 170 ciudades vieron sus calles abarrotadas de cientos de personas negras, blancas y chicanas, algunas en protestas pacíficas y otras atacando a la policía. Hubo saqueos, cortes de ruta, sabotaje a comercios y al infame “Black Friday”, el día de la estupidez consumista.

El 4 diciembre también es exonerado el policía que en julio asfixió y mató a Eric Garner,  recrudeciendo las protestas. Incluso en Palestina hubo demostraciones de solidaridad al respecto. El lema: «I can't breathe» («no puedo respirar»), sus últimas palabras.

Obviamente esto no es nuevo. Por motivos similares se dieron las revueltas de Watts (1965), Detroit (1969) y Los Angeles (1992). (2)

MÉXICO. Desde la desaparición de los 43 estudiantes en Guerrero (ver La Oveja Negra nro.22) las diferentes demostraciones de los explotados mexicanos siguen en pie al día de hoy.

El 8 de noviembre una enorme multitud se congrega en el Zócalo de México DF. La consigna general es «Fue el Estado» y en el piso de la plaza inscriben un gigante «Que se vayan todos», la histórica consigna de la revuelta del 2001 por esta región. Un grupo de incontrolados intenta asaltar el Palacio Nacional. Llueven las molotov a la puerta y los cimbronazos con las vallas o a patada limpia. La policía reprime y desde los sectores más ciudadanistas intentan instalar la idea de que los encapuchados son agentes del Estado. Mientras tanto se continúan buscando los restos de los estudiantes que, si bien no aparecen, sí se encuentran otros cuerpos en fosas comunes a lo largo y ancho de Guerrero. México es una enorme fosa común. El 15 de noviembre tras varios meses de asedio la policía tirotea el Okupa “Che” en las instalaciones de la UNAM. Los estudiantes resguardan el lugar con barricadas y se enfrentan a la policía.

El 20 de noviembre se lleva a cabo la huelga general en México con una participación masiva en las calles. Hay enfrentamientos con la policía camino al aeropuerto del DF y en el Zócalo. El Estado responde encarcelando en penales de máxima seguridad a 11 personas, acusándolas de terrorismo. El 14 de diciembre la policía reprime violentamente un recital en apoyo a los estudiantes desaparecidos en Chipalcingo. Se da un nuevo enfrentamiento donde un participante de la revuelta toma una camioneta y atropella algunos policías. El día 26 de diciembre padres de los desaparecidos, estudiantes y maestros anuncian que sabotearán las elecciones. México es un polvorín y el Estado no da marcha atrás.(3)

¿Qué podemos decir de las protestas y disturbios que hemos visto en los últimos meses en México, Grecia y Estados Unidos? En esta región del mundo, donde la paz social parece inquebrantable, donde acostumbramos a aguantarlo todo, donde la palabra luchar parece haberse transformado en sinónimo de procesiones, tambores y urnas… Desde aquí queremos hablar de las luchas pero también escuchar su mensaje en común. Mensaje que en muchas ocasiones puede parecer poco explícito por no estar codificado en comunicados rimbombantes ni en el programa de algún partido político, pero no por ello pierde precisión: la paz del Capital no es perenne y la violencia cotidiana que éste nos ejerce se puede devolver.

¿Qué une a un afroamericano con un joven blanco de Grecia con unos estudiantes mexicanos de origen campesino? Su condición de explotados y oprimidos, de ser –al igual que nosotros– considerados mercancías por el Capital, que cuando dejan de servir pueden ser reemplazadas por otras.

En el caso de Nikos Romanos y sus compañeros, de los estudiantes de Guerrero y de otros núcleos radicales de explotados mexicanos, se da la acción consciente de pasar a la ofensiva. De buscar, atacando, una vida distinta a la cotidiana. Es ahí cuando la violencia del Estado se redobla, con cárceles, desapariciones y represión. Comienza el circo de los infiltrados, de la estigmatización de los que luchan, de la caracterización -por parte del Poder-  de los explotados como unos tontos que para todo necesitan jefes y caudillos. Los periodistas y especialistas de todo tipo lloran porque estos episodios no se pueden definir. ¡Como si la miseria material y espiritual no fuera motivo más que suficiente para querer derribar este sistema!

Muchos proletarios que son parte de la revuelta intentan ir más allá de ella, buscan generar situaciones de no retorno a la normalidad, de ir afilando los ataques y de hacer de esa fuerza arrolladora un golpe colectivo que hiera de muerte al Capital. Lejos de la ira proletaria colectiva estas acciones quedarían en la nada. Bien decía Bakunin hace más de 100 años: «La insurrección popular, por su misma naturaleza, es espontánea, caótica y despiadada; supone siempre la destrucción de su propiedad y de la ajena.(...) Esa pasión destructiva, sin embargo, está lejos de elevarse a la altura de la causa revolucionaria, pero sin ella la revolución sería imposible, porque no puede haber verdadera revolución sin una destrucción arrolladora y apasionada, una destrucción beneficiosa y fecunda, pues sólo de ella nacen y surgen mundos nuevos.» (Métodos del período preparatorio en Tácticas Revolucionarias).

Estos episodios recientes, contra todos los pronósticos de socialdemócratas y académicos, vuelve a confirmar la vieja guerra de clases siempre latente y la necesidad de ataques a nivel mundial al Estado y al Capital. En 2 meses, y casi en los mismos días,  oprimidos de latitudes diferentes atacaron los mismos objetivos: policías, bancos, sedes de partidos políticos, oficinas estatales. Incluso saludándose entre ellos a miles de kilómetros. El internacionalismo no es una bonita idea, sino la condición necesaria para que triunfe la Revolución ¿Cuánto más habrá que explicar las cosas?

Hermanos explotados de otras partes del mundo gritan su rabia que también es la nuestra. Estemos atentos y empecemos a gritar juntos.

Notas:
1 Al respecto recomendamos los documentales: Vamos a iluminar la Oscuridad (Grupo Anarquistas Rosario) y La potencialidad de asaltar el cielo (anónimo).
2 Recomendamos: La decadencia y caída de la economía espectacular-mercantil (Guy Debord) y
La llama del suburbio (Proletarios Internacionalistas).
3 Recomendamos: Caso Ayotzinapa desde una posición anarquista-comunista