miércoles, 7 de febrero de 2024

«1984» ES HOY

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Se cumplen cuarenta años de la fecha planteada para el escenario distópico desarrollado por George Orwell en su famosa novela 1984, escrita en 1948 y publicada al año siguiente. Ahora mismo están transmitiendo por televisión Gran Hermano pero esa no es toda su actualidad.

No hay originalidad en sugerir que, entre otros aspectos, esta sociedad es “orwelliana”, achacándole injustamente al autor semejante situación: donde los alimentos y la calidad de vida son cada vez peores, reina el individualismo, unos trabajan para sobrevivir mientras otros son convertidos en población completamente sobrante (los “proles” de la novela), se manipula la información, la guerra está a la orden del día, así como la coerción, la vigilancia y la represión.

En 1984 lo perturbador es que a la coerción violenta y externa se agrega la interiorización de esa coerción. Sociedad de control y sociedad disciplinaria. Seres humanos autorregulados, reprimidos por sí mismos en nombre de leyes que no controlan y se vuelven contra sus vidas. Ser productivos, eficientes, obedientes. Todos contra todos, y todos para el Partido en el caso de la novela, para el Capital en el nuestro. Hoy la “policía del pensamiento” es la interiorización de la disciplina que surge de las relaciones democráticas y mercantiles, que funcionan más eficazmente que todos los milicos, espías y corporaciones mediáticas juntas. Hoy el régimen totalitario es el modo de producción capitalista.

El Capital convierte a cada uno de sus servidores en un funcionario de la mentira generalizada para beneficio del Partido del orden. Es decir, de la burguesía actuando como clase frente al proletariado, pese a su propia y despiadada competencia interna que no es más que el combustible que la hace funcionar.

Los lemas del Partido en 1984 son: «la Guerra es la Paz, la Libertad es la Esclavitud, la Ignorancia es la Fuerza» explica O'Brien, miembro fanático del Partido, al protagonista Winston Smith. Ambos trabajan en el Ministerio de la Verdad donde se dedican a manipular o destruir documentos históricos de todo tipo (fotografías, libros y periódicos) para que las nuevas “evidencias” del pasado coincidan con la versión oficial de la historia mantenida por el Estado. Del mismo modo son nombrados el resto de los Ministerios. El Ministerio del Amor se encarga de administrar los castigos, la tortura y la reeducación de los desobedientes. El de la Paz de los asuntos relacionados con la guerra. El de la Abundancia de la economía planificada en un duro racionamiento. Recientemente se estrenó en Argentina el Ministerio de Capital Humano, con el sinceramiento apologético que caracteriza este liberalismo extremo. Aunque en verdad la mayoría de la humanidad está desprovista de cualquier capital y solo somos poseedores de la mercancía fuerza de trabajo. Al descaro burgués se han opuesto eufemismos paradójicos más “orwellianos”, como el memorable viceministerio venezolano para la Suprema Felicidad Social del Pueblo.

La guerra es la paz

«Israel es el único Estado judío del mundo y la única democracia en la región, un faro de valores humanos universales y libertades civiles en un vecindario violento. Israel lucha por la paz con todos sus vecinos y ha logrado una coexistencia pacífica y asociaciones prósperas con algunos países árabes y musulmanes.» (Embajador de Israel en Colombia, noviembre de 2023)

En la novela de Orwell los tres grandes Estados existentes están en guerra. Indistintamente, siempre hay dos naciones que se alían contra la otra. Cuando Oceanía cambia de aliado, el Gobierno cambia los registros del pasado para hacer creer que su aliado actual ha sido siempre el mismo. Ninguna nación busca la victoria y no quieren que la guerra acabe, ya que el objetivo de la guerra es mantener al pueblo pobre, ignorante y dirigiendo su odio contra países extranjeros. Otro objetivo de la guerra es mantener la abundante producción armamentística entre la producción de sustitutos de alimento y ocio alienante.

En nuestro mundo no es mentira que la guerra es la paz y la paz es la guerra. Que una no existe sin la otra. Como reza la famosa cita de Clausewitz: «La guerra es la continuación de la política por otros medios».

Si la guerra es el uso de la fuerza para imponer violentamente objetivos políticos y económicos, la guerra es también la economía “por otros medios”. Hoy las guerras puntuales son profundizaciones de la guerra permanente que llamamos paz. Es tan simple y tan triste como mirar el número de muertos en el mundo en guerra y en épocas de paz social: cientos de miles de muertes por bombardeos, hambre, enfermedad y suicidio.

Y si la guerra es el conflicto de intereses entre un sector y otro, en el cual unos pocos ponen a morir a su gente para recibir las ganancias, entonces el modo de producción capitalista es la guerra. Es a esto a lo que le llamamos paz.

Volviendo a 1984, un personaje llamado Syme dice «Los proles no son seres humanos», así como hoy dicen los defensores del Estado israelí contra la población palestina.

La libertad es la esclavitud

«Viva la libertad, carajo.» (Javier Milei)

Milei expresó que existe la «libertad de morirse de hambre», porque todos somos libres de hacer lo que queramos. En primer lugar la posibilidad de trabajar asalariadamente no existe para todos, o muchas veces se presenta bajo condiciones de explotación deplorables, por lo cual no hay mucho para elegir. Pero lo interesante aquí es que Milei expone con brutal claridad el significado de la libertad en el modo de producción capitalista.

Más allá del pesimismo que suscita Orwell nos interesa señalar la noción de libertad de esta sociedad capitalista. Y pensar también que dicha palabra, en un acto de crimental, ha sido históricamente apropiada por revolucionarios para romper el estatus quo a través de los últimos siglos. Para eso vamos a volver sobre el libro que redactamos y publicamos recientemente, Contra el liberalismo y sus falsos críticos (Lazo Ediciones, 2023):

Libertad de empresa, librecambio, libertad de mercado, libertad de prensa, libertad de culto, libertad sindical. «Libertad, libertad, libertad» reza el himno nacional argentino, de ese Estado erigido sobre la masacre y la desposesión.

Los apóstoles de la libertad pretenden, en su mayoría, mantener en su lugar el mundo capitalista de la economía y las cadenas del asalariado. Los explotadores anónimos del mundo de Orwell hacen gritar a sus esclavos: «La libertad es la esclavitud», cuando la realidad ha rebasado, desde hace mucho tiempo, esta ficción ambigua. «El trabajo libera» estaba escrito en las puertas de los campos nazis de trabajo forzado.

La ignorancia es la fuerza

«Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que este o aquel acontecimiento nunca había ocurrido, esto resultaba mucho más horrible que la tortura y la muerte. (…) Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad.» (George Orwell, 1984)

La palabra de Oxford Dictionaries del año 2016 fue post-truth, es decir, posverdad. Este neologismo describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. No se trata de la tradicional falsificación de los hechos, sino de darles una importancia secundaria.

Aún en esta desgracia nos dicen que vivimos en el mejor de los mundos, o al menos en el único posible: «La alteración del pasado es necesaria (…) el miembro del Partido, lo mismo que el proletario, tolera las condiciones de vida actuales, en gran parte porque no tiene con qué compararlas.»

Milei señaló recientemente «esta es la herencia que dejan: una inflación plantada del 15.000% anual, que vamos a luchar con uñas y dientes para erradicarla» y agregó que «por más que este número parece un disparate, implica una inflación del 52% mensual». Así es que una inflación de 30% mensual como la de enero parece menos brutal en comparación con los números del Ministerio de la Verdad. Hoy juegan a la confusión, anteriormente el INDEC inventaba cifras.

«Lo más curioso era —pensó Winston mientras arreglaba las cifras del Ministerio de la Abundancia— que ni siquiera se trataba de una falsificación. Era, sencillamente, la sustitución de un tipo de tonterías por otro. (…) Las estadísticas eran tan fantásticas en su versión original como en la rectificada. (…) Por ejemplo, las predicciones del Ministerio de la Abundancia calculaban la producción de botas para el trimestre venidero en ciento cuarenta y cinco millones de pares. Pues bien, la cantidad efectiva fue de sesenta y dos millones de pares. Es decir, la cantidad declarada oficialmente. Sin embargo, Winston, al modificar ahora la “predicción”, rebajó la cantidad a cincuenta y siete millones, para que resultara posible la habitual declaración de que se había superado la producción. En todo caso, sesenta y dos millones no se acercaban a la verdad más que los cincuenta y siete millones o los ciento cuarenta y cinco. Lo más probable es que no se hubieran producido botas en absoluto. Nadie sabía en definitiva cuánto se había producido ni le importaba. Lo único de que se estaba seguro era de que cada trimestre se producían sobre el papel cantidades astronómicas de botas mientras que media población de Oceanía iba descalza. Y lo mismo ocurría con los demás datos, importantes o minúsculos, que se registraban. Todo se disolvía en un mundo de sombras en el cual incluso la fecha del año era insegura.»

La fuerza de la ignorancia no es solo la delegación y desaparición de los conocimientos indispensables para la vida, sino el declive constante de la inteligencia crítica. Es decir la aptitud para comprender el tiempo que nos toca vivir y cuales son las condiciones actuales para su transformación. Orwell escribió en su Diario de guerra: «Si gente como nosotros comprende la situación mejor que los supuestos expertos, no es porque tenga poder alguno para predecir acontecimientos concretos, sino porque puede percibir la clase de mundo en que vivimos».

De nosotros depende no acabar afirmando que “2+2=5” cuando el Partido lo requiera. Que la lucha no termine, no vencernos a nosotros mismos. No amar al Gran Hermano.

NO ES "CONFLICTO PALESTINO", ES UNA MASACRE

Ante el horror de la masacre en Gaza y el persistente atractivo del nacionalismo local, volvemos a preguntar: ¿no están los Estados fundados sobre la masacre, la desposesión y la expulsión de habitantes preexistentes?

En ocasiones, se habla de Israel como “Estado ilegítimo”, pero ¿y los otros Estados? El argentino también está fundado sobre masacres y desposesiones generalizadas que parecen lejanas. Esa es la patria que se supone hay que defender, la que “no se vende”.

Milei y sus “fuerzas del cielo”, la cita bíblica que se convirtió en eslogan y como han dado en llamar su misión mesiánica, apoyan explícitamente las fuerzas aéreas y terrestres del Estado de Israel que lleva adelante una masacre en Gaza. Es la ratificación de un alineamiento incondicional sobre cómo Israel trata a la “población sobrante” en Gaza. Sobrante para el Capital, claro.

El vicepresidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) dijo: «No hay inocentes civiles en Gaza, tal vez los niños de menos de cuatro años», debiendo renunciar poco después. En estas épocas parece ser más reprochable avalar verbalmente una masacre que llevarla a cabo o financiarla en silencio.

A su vez, para los gerentes del capital militarizado esta situación constituye una excelente oportunidad para acumular dinero y multiplicarlo. Para desarrollar y comercializar armas y sistemas de seguridad en todo el mundo a través de la guerra, con la masacre de la población palestina como objetivos de ataque y de pruebas en terreno.

“Población sobrante”

Aquello que se percibe y se nombra como población sobrante es una expresión concreta de la dinámica del modo de producción capitalista. Al interior de la clase proletaria, una porción creciente no logra vender su fuerza de trabajo, o si lo hace es en sectores de bajísima productividad en condiciones de extrema precariedad. Esta porción sobrante para la valorización es mantenida a duras penas, requiriendo de la ayuda estatal, o directamente es desechada, librada a su suerte e incluso asesinada.

La cosificación de los vínculos sociales que significan el intercambio mercantil y la venta de la fuerza de trabajo para sobrevivir, implica en situaciones extremas que una población pueda ser completamente deshumanizada, habilitando a su bombardeo, a su fusilamiento, a privarlos de agua, comida, vivienda y cuidado, tal como en Gaza.

La destrucción de esa “mercancía humana” en algunas regiones y desde hace años es llevada adelante militarmente bajo eufemismos como “guerra contra el terrorismo”. Cada gesto de apoyo al Estado de Israel, cada intervención de gobernantes, periodistas o artistas para “denunciar a los terroristas” es parte de una práctica de complicidad mundial donde la masacre es aceptada y avalada.

En una entrevista titulada Gaza: militarización extrema de la guerra de clases en Israel-Palestina (Le serpent de mer, 30/10/2023) Emilio Minassian señala que en Gaza no hay simplemente una guerra sino una gestión del proletariado “sobrante” con medios militares por parte de un Estado democrático, civilizado y perteneciente al bloque central de la acumulación. “Sobrante”, señala Minassian, en el sentido de que el trabajo en Gaza no permite casi ninguna acumulación capitalista. El capital que circula en Gaza procede esencialmente de rentas de la ayuda exterior (Irán y Qatar) y rentas de situaciones de monopolio como los túneles de tráfico fronterizo. Se han creado fortunas en torno a los túneles de contrabando. Hamás, a diferencia de la Autoridad Palestina (AP), no se encarga de los servicios públicos, ni paga los salarios: éstos los paga siempre la AP. En Gaza, la reproducción de los proletarios y la valorización son dos procesos desacoplados: los beneficios generados no son el resultado directo de la explotación del trabajo por los capitalistas. Sin embargo, se trata de una tendencia mundial. En Argentina, por ejemplo, trabajar precarizados en un sector improductivo o de baja productividad, o recibir una ayuda social financiada con renta o plusvalor extraído de otros sectores, son formas concretas de reproducción de la fuerza de trabajo, que no necesariamente valorizan capital, aunque de momento resultan necesarias para la reproducción social en su conjunto.

La población en Gaza depende también, y en gran medida, de las ayudas exteriores de la ONU, a través de la Agencia para los Refugiados de Palestina en Oriente Medio. Recientemente han suspendido su financiamiento varios de sus principales países aportantes como EEUU, Alemania, Francia, Reino Unido, Suiza, entre otros, debido a la acusación por parte de Israel de una supuesta participación de algunos miembros del personal de esta organización en el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. La complicidad en la masacre parece no tener límites.

Por su parte William Robinson en un artículo de 2014 titulado La economía política del apartheid israelí y el espectro del genocidio también afirma que la globalización capitalista convierte a los palestinos en “humanidad sobrante”:

«La población palestina de los territorios ocupados constituye hasta la década de 1990, una fuerza de trabajo barata para Israel. Pero con incentivos israelíes a la inmigración de judíos de todo el mundo y el colapso de la antigua Unión Soviética, una gran afluencia de asentamiento judío se ha producido en los últimos años. Además, la economía israelí comenzó a convocar mano de obra inmigrante de África, Asia y otros lugares. (…) una opción particularmente atractiva para Israel, ya que elimina la necesidad de mano de obra palestina políticamente problemática. Como la inmigración ha eliminado la necesidad de Israel de mano de obra barata palestina, esta se convirtió en una población marginal sobrante

Pero no es solo una masacre de eliminación sino también de conquista territorial. Se estima que hasta el 85% de la infraestructura gazatí ha sido demolida: viviendas, hospitales… Los capitalistas quieren el territorio del grupo segregado pero no su fuerza de trabajo, ni su existencia física. El racismo estatal constituye a las fuerzas de exclusión e impulsa a la apropiación de los denominados “recursos naturales” (el territorio reducido a cosa). Esa estructura racista acarrea la posibilidad concreta de desatar una masacre como la que estamos observando. Fue la experiencia de los nativos en América del Norte, y en el sur del actual territorio argentino. Es la génesis de los Estados y sus democracias. Particularmente en Gaza, lo étnico-religioso busca ser presentado como núcleo duro del conflicto, ocultando el desenvolvimiento de las necesidades del Capital en la región.

La industria de la guerra

Un capitalista puede producir películas, alimentos o armas si eso genera dinero. Porque no produce sino para incrementar su ganancia y así funciona el Capital, incluso si eso “cuesta” la vida de miles o millones de seres humanos.

La industria de la seguridad israelí es una importante rama de exportación de armas y munición que se ponen a prueba todos los días en Gaza y Cisjordania. La protección de los asentamientos de colonos requiere el desarrollo constante de seguridad, vigilancia y disuasión con cercas, retenes, cámaras de vigilancia y robots. Fuera de Palestina sirven para bancos, empresas y barrios de lujo del mundo.

Argentina compra armas y seguridad a Israel para defender la Patria. Ya desde la guerra en Malvinas, según archivos desclasificados, Israel armó y ayudó secretamente al país, argumentando que la venta de armas para Argentina era esencial para su industria de armamento interna, y que el Reino Unido estaba suministrando municiones a sus enemigos del mundo árabe.

Argentina es un mercado favorable a Israel en la expansión de la industria armamentista y de la disputa por el control hegemónico ante los “nuevos conflictos de seguridad”. A partir de un contrato firmado al finalizar el año 2022, la empresa israelí UVision Air Ltd. venderá a Argentina un sistema de armas que combina características de una aeronave no tripulada (UAV, dron en lenguaje coloquial) y de un misil. Se desconoce la hipótesis de conflicto que sustenta la operación.

Del otro lado de la cordillera también se usa armamento israelí para combatir a los mapuche en lucha. Allanan las Lof con vehículos de lujo, helicópteros y armas de asalto israelíes. En Chile, además de los contratos en tema de seguridad entre ambos países, los soldados reciben entrenamiento, tecnología y armamento militar israelí. «Las balas que asesinan a palestinas y palestinos son las mismas que se usan para reprimir en nuestros territorios» señalan desde el Walmapu. Aunque Boric “se posicione por Palestina”.

Israel progresa específicamente a través de la militarización de alta tecnología. Su economía sufrió dos oleadas de reestructuración afirma Robinson. La primera, en los años 1980 y 1990, fue una transición de la agricultura tradicional y la economía industrial hacia otra basada en la informática y la tecnología de la información. La segunda, seguida por los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 y la rápida militarización de la política mundial, produjo en Israel un giro más hacia un «complejo global de las tecnologías militares, de seguridad, inteligencia y vigilancia contra el terrorismo».

La economía israelí se alimenta de la violencia local, regional y mundial, los conflictos y las desigualdades. Sus principales empresas han pasado a depender de la guerra y el conflicto en Palestina, en Medio Oriente y en todo el mundo.

Como podemos advertir, la guerra no es simplemente el arma capitalista para atacar al proletariado, para subordinarlo o eliminarlo. También se trata de una empresa claramente expansionsita, contra Hamás en tanto principal defensor actual del nacionalismo palestino, y contra los países de la región que lo apoyan, como es el caso de Irán y Qatar, con claras intenciones de dominio regional también.

Y por sobre todo debemos retener que en la guerra de clases diaria y mundial la burguesía no necesita generalmente usar bombardeos con aviones, drones con misiles, ni sistemas de cyberseguridad. Además de la masacre despiadada, el avance abierto sobre los “territorios” y la industria de las máquinas de matar es necesario parar esta guerra silenciosa: del hambre, la enfermedad provocada por sus otras industrias, los “accidentes laborales”, el terror machista, la miseria y el suicidio (una de las principales causas de muerte en todo el mundo).

El fin de las guerras capitalistas solo es posible con el fin del capitalismo, no existe una sin lo otro.

jueves, 11 de enero de 2024

¡ESTO ES LUCHA DE CLASES!

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La megadevaluación y el decretazo del gobierno son un ataque de clase. Contra quienes trabajamos, alquilamos, usamos transporte, salud pública, recibimos ayudas sociales y/o protestamos.

El nuevo gobierno comenzó con una ofensiva: la devaluación del 54% del peso argentino respecto del dólar. El plan motosierra es una licuadora de salarios. Incluso de las ayudas sociales de mayor alcance que, para horror de sus votantes, La Libertad Avanza aumentó un 50% (AUH y Tarjeta Alimentar). A pesar de esto no se contrarresta la inflación acumulada durante los últimos meses de la gestión anterior, y se suma el impacto inflacionario de la brutal devaluación actual.

El polémico Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) y la “ley ómnibus” presentados por el nuevo gobierno generan confusión sobre qué entra en vigencia y qué no. Además, parecen dejar en segundo plano la megadevaluación como ajuste sin decreto que sufrimos de un día para otro y que se suma a la alta inflación que venimos padeciendo desde hace meses y años.

El DNU comienza con una afrenta de clase: derogación de la Ley de alquileres. Y no significa que la anterior fuese buena ya que, al ajustar alquileres con un promedio entre inflación y salarios registrados, no hacía más que acompañar los aumentos del resto de los precios. La propuesta actual es aún peor: fuerza a los inquilinos a pagar lo que al propietario se le ocurra, incluso los denominados gastos extraordinarios, empeorando la cuestión de las garantías y las recesiones, desregulando la duración de los contratos. Esa es la libertad de contrato que propone el liberalismo: entre partes que son formalmente iguales ante la Ley pero desiguales socialmente.

El resto de los apartados son obsequios para otros sectores: derogación de la Ley de manejo del fuego, que permite acelerar los tiempos de venta de un territorio incendiado (como los humedales quemados de esta zona), de la Ley de tierras, de leyes que regulan la actividad minera, vitivinícola, algodonera y deportiva. Necesidades y urgencias de la burguesía.

Algunos artículos nos afectan indirectamente al modificar la distribución de plusvalor al interior de la clase explotadora. Otros apuntan directamente a aumentar la tasa de explotación y debilitar nuestra capacidad de acción, de protesta y de reunión. Ante un ajuste brutal se preparan para las protestas, huelgas y movilizaciones.

El DNU define “actividades esenciales”, como en el estado de excepción durante la cuarentena, que en caso de huelga tendrían la obligación de cubrir “al menos el 75% del trabajo normal”. Los trabajadores de “importancia trascendental”, por su parte, deberían cubrir el 50% del trabajo normal en caso de huelga.

Además, el DNU limita el derecho a realizar asambleas en el lugar de trabajo, ya que se las considera medidas de fuerza. Prohíbe los piquetes de huelga en la puerta de las empresas, convirtiendo esta medida en causa justificada para despido. A su vez se modifica el cálculo de indemnizaciones para “explorar mecanismos de indemnización alternativos a cargo del empleador”. Se reducen las multas laborales por trabajo no registrado o mal registrado y se prolonga el período de prueba de tres a ocho meses “para fomentar el trabajo”. ¡Trabajo hay! Esta vez la crisis es con trabajo, con uno o con dos. No es una crisis marcada por la desocupación, sino de pobreza con salarios de mierda.

Sumando trabajadoras y trabajadores “esenciales” y de “importancia trascendental”, tenemos gran parte de la porción asalariada de la clase proletaria del país. Estos y el resto, asalariados o no, somos atacados con la brutal caída de salarios, ayudas y jubilaciones mediante la inflación.

La pérdida de derechos es relativa entre tanta precarización. La quita de derechos ya existe sin DNU y viene de gobiernos anteriores empujando a cada vez más proletarias y proletarios a la precarización: trabajos y alquileres sin contrato, por ejemplo.

Por otra parte, pareciera que el problema del DNU es su “inconstitucionalidad”: ¡no! Ese es el terreno legal y puede servir en lo inmediato para frenar todo esto. Pero no olvidemos que nuestra lucha, la lucha por nuestras necesidades, también puede ser ilegal y pasar por alto el Congreso. No es un argumento universalmente válido. Cuando el Derecho se vuelve el horizonte de los cambios sociales, incluso revolucionarios, es porque no trasciende la reproducción del propio modo de producción capitalista y sus formas políticas. Y se acaba discutiendo si es cierto que el DNU en realidad deroga leyes de Videla y Onganía, como bien hacen notar los defensores de Milei.

No vale corear la de “Milei basura, vos sos la dictadura” porque es democracia. No vale decir, cuando la democracia no gusta, que es una dictadura; es una arbitrariedad de mal perdedor. Los anteriores también gobernaron con decretos y el Estado existe para poner orden y reprimir, además de distribuir migajas. Sucede que hay cada vez menos migajas y eso incrementa directamente los palos. El jueguito discursivo está en dejar a la democracia limpia de culpa y cargo (para seguir con el lenguaje religioso-judicial), y lo que resulta desagradable ponerlo fuera, achacarlo a la dictadura. Malas noticias para los demócratas: no hay democracia sin represión, sin hambre, sin desempleo.

El problema con este DNU es su explícito contenido de clase. No es simplemente el “decreto de Milei”: es de la burguesía, y la burguesía no tiene partido. Claro que tienen conflictos de intereses entre diferentes sectores por sus ganancias, por cómo y cuánto explotarnos, pero no tenemos por qué tomar partido en esas contiendas.

Como clase explotada tampoco es necesario meternos en el debate “fiscal”, que es un enfoque burgués, adoptado, por ejemplo, por el nuevo ministro de Economía: «La génesis de nuestros problemas ha sido siempre fiscal», y anunció «si seguimos como estamos, vamos inevitablemente camino a una hiperinflación». Por eso es que buscan reducir los subsidios a la energía y al transporte, entre otras medidas de austeridad. «Hoy el Estado sostiene artificialmente precios bajísimos en tarifas energéticas y transporte a través de estos subsidios (…) Pero estos subsidios no son gratis, se pagan con inflación. Lo que te regalan en el precio del boleto te lo cobran con los aumentos en el supermercado. Y con la inflación, son los pobres los que terminan financiando a los ricos», aseguró Caputo, que no está tan lejos de la verdad. La cuestión es dónde posicionarse ante esta realidad.

Cuando quitan los subsidios a las empresas de transporte de pasajeros sufrimos una nueva reducción del salario: pero como en otras ocasiones, no es tanto que el boleto sea caro sino que nuestra fuerza de trabajo es muy barata, baratísima. Lo mismo ocurre con los alquileres: en relación al precio de una vivienda los alquileres no son caros, lo son en comparación con nuestro salario. En el caso del subsidio al transporte se trata de un subsidio a los capitalistas. Eso no quiere decir que no nos beneficie de forma indirecta. Pero les permite a los burgueses pagar salarios más bajos (o al propio Estado, en el caso de las ayudas sociales). Si el Estado permite que gastemos menos en viajar (principalmente al trabajo o a diferentes actividades relacionadas con ello) nuestra fuerza de trabajo se abarata, lo cual beneficia a nuestros patrones, es decir, se beneficia la clase explotadora en su conjunto.

Así que, aunque suene paradójico, de diferentes maneras la quita de subsidios afecta a los burgueses del sector en particular y a sus trabajadores. La implicación recíproca que existe entre nuestra clase y el Capital no desmiente su carácter antagónico. De hecho, la reproducción de nuestras condiciones de vida está ligada a la reproducción del Capital, así mismo nuestras luchas.

En la otra vereda (y por la vereda) Guillermo Moreno, exponente del peronismo doctrinario, lo explica a su manera: «En el estatus quo estamos todos los que estamos en contra de esta revolución que pone al país patas para arriba. Y hoy ya empezaron a trabajar el movimiento obrero con los empresarios, se empiezan a encontrar dentro de una doctrina extraordinaria que es la peronista. Que no somos la lucha de clases, nosotros somos la armonía entre Capital y trabajo. (...) Y este decreto le pega al trabajo y le pega al Capital.»

Evidentemente el ajuste se garantiza con represión. Y supone un problema para quienes no fueron lo suficientemente domesticados o institucionalizados, o para quienes la situación los fuerza a salir a la calle pese a los llamados a la calma de años anteriores. El panorama es difícil, luego de años y años de debilitamiento a través de represión vía institucionalización e integración en la política burguesa.

El gobierno nos marea con amenazas mientras comienza a dar palos. Antiguo anhelo burgués, el “protocolo antipiquetes” presentado por el Ministerio de Seguridad de la Nación establece que las fuerzas policiales y de seguridad federales «intervendrán frente a impedimentos al tránsito de personas o medios de transporte, cortes parciales o totales de rutas nacionales y otras vías de circulación». Para evitar los cortes de la circulación de mercancías y de la mercancía fuerza de trabajo por piquetes y manifestaciones callejeras, habilita a que las protestas se realicen solamente sobre las veredas.

Por otra parte, el Ministerio de Seguridad podrá demandar judicialmente a «las organizaciones convocantes a las manifestaciones, así como a las personas individuales que resultaren responsables, por el costo de los operativos». Además «se establece que las entidades perjudicadas podrán iniciar acciones de resarcimiento por los daños y perjuicios que hubieren sido ocasionados contra el patrimonio público y las personas». Ahí se entiende doblemente que «quien las hace las paga», como señaló Milei. A la cuenta del operativo de seguridad se le pueden agregar destrozos o limpieza de paredes pintadas. Y en caso de tratarse de extranjeros con residencia provisoria en la Argentina, se enviarán sus datos a la Dirección Nacional de Migraciones «a los fines pertinentes». Dentro de la ley, todo; fuera de la ley, nada. Y son ellos quienes redactan las leyes.

A esto hay que agregar la denominada “ley ómnibus”, que incluye un insólito requisito: si tres o más personas desean reunirse en un espacio público, deberán pedir permiso 48 horas antes al Gobierno. Y en caso de contar con ese certificado de aprobación, la reunión podrá realizarse siempre y cuando «no estorbe, impida o entorpezca el tránsito».

En paralelo, la ley ómnibus también impulsa la creación de una figura penal para «quienes dirijan, organicen o coordinen una reunión o manifestación que impidiere, estorbare o entorpeciere la circulación o el transporte público o privado o que causare lesiones a las personas o daños a la propiedad», los cuales «serán reprimidos con prisión de 2 a 5 años, estén o no presentes en la manifestación o acampe». La intención parece ser la de sumirnos en un estado de excepción permanente, dentro de la normalidad capitalista. Como durante la declaración mundial de la pandemia.

La burguesía, nacional o extranjera, nos explota y nos oprime de diferentes maneras. Tengamos o no trabajo. De cualquier género, de todos los colores y diferentes capacidades.

La nueva oposición notifica: «Milei prende la maquinita y el gobierno emite dos billones para pagar deuda y gastos. La cifra equivale al plan platita de Massa que incluyó bonos para jubilados y desocupados, devolución del IVA, y los beneficios impositivos para montributistas y asalariados registrados.» Pero a nosotros de nada nos sirve seguir insistiendo en que el problema es la emisión, que no es solo causa sino principalmente consecuencia del malestar económico en este territorio. De hecho, con la devaluación brusca del peso se licúa su valor real vía inflación, y esto es mucho más importante que la cantidad de pesos circulantes (valor nominal) y las emisiones.

El actual descontento se percibe como un problema de la economía nacional, desconectado de la mundialidad del modo de producción capitalista, un ombliguismo típicamente argentino. No se percibe un horizonte que vaya más allá del de la nación y sus individuos. No se perciben problemas estructurales.

La reducción nacionalista canta insistentemente “la patria no se vende”, dejando el “que se vayan todos” a los partidarios del nuevo gobierno. El espontaneísmo político convive con el fervor electoralero que de espontáneo no tiene nada, sirve de furgón de cola del kirchnerismo y además exige paro a la CGT avalando, de esa manera, todas las instituciones burguesas que contribuyen a nuestra explotación.

Este nuevo pacto democrático nos dice que de esta “se sale votando”. Entonces toda resistencia es una campaña permanente. Solo de esa manera se le puede pedir coherencia a Milei para dejarlo en falta frente a sus votantes (?). ¿Por qué pedirle a Milei que cumpla con su promesa de que la crisis la pague la casta? ¿Para qué pedir a la CGT? Aún considerándolos traidores, ¿traidores de clase?, si son parte de la burguesía explotadora. Ya no solo por sus propuestas ideológicas de conciliación trabajo-capital sino por su posición social objetiva: burgueses. ¿Qué sentido tiene para nuestra clase defender la patria? ¿Y a la burguesía nacional? Se parece a la teoría del derrame de los liberales: “si a la burguesía y al país les va bien, a nosotros también".

No existe algo así como la casta: no hay castas, ni clase política, porque las clases se definen en relación a la explotación y no a las ideologías. Un burgués pude decir todo lo que se le antoje, pueden tomar sus frases y hacerlas bandera pero lo que lo define es su rol en el antagonismo social. Así mismo, las crisis de la sociedad capitalista se producen por su propia dinámica que luego gestiona cada gobierno a su manera. A la propuesta impotente de que la crisis la paguen los ricos, como profesaba la izquierda, ahora directamente se propone que la pague un sujeto inexistente como la casta.

Las crisis empobrecen al proletariado y bajan el nivel de vida de cada una de sus sectores: degradación de las condiciones laborales, reducción del precio de la fuerza de trabajo, aumento del desempleo, empeoramiento en la vivienda, la salud, la educación. Estas condiciones no disparan necesariamente la solidaridad y la lucha porque no se trata de un mecanicismo de la historia o de “cuanto peor, mejor”.

Las crisis preparan una entrada desfavorable para el proletariado en el nuevo ciclo económico. Con abundante mano de obra deseando trabajo en las condiciones que sea, con unos sueldos bajos y aspiraciones más bajas que el ciclo anterior. Eso puede explicar por qué estamos cada vez peor, por qué hay cada vez menos respuesta colectiva y masiva frente a estos atropellos. Quien ingresa al mercado laboral ya ni pretende estar en blanco, como el de la generación anterior no aspiraba al auto-familia-vacaciones, o su antecesor a la casa que otros sí pudieron comprar trabajando.

Como vemos, no se trata de volver atrás o hacer deseable el pasado del llamado “Estado de bienestar”. Se trata de advertir los cambios en la sociedad capitalista: en lo relativo al trabajo, a la identidad obrera, a la división sexual, al capacitismo, al nacionalismo, a la familia, a la religión y al racismo. Elementos puestos en cuestión por los movimientos sociales, así como por las propias dinámicas capitalistas.

Es momento de explorar nuevas perspectivas, nuevas maneras de luchar. Más allá de la patria, del Estado, de la democracia, de la lógica de la mercancía, de los partidos políticos y de los sindicatos.

Ya es hora de señalar la insistencia con “la calle” como receta mágica. La lucha está en las calles, pero no solamente. Habrá quienes dirán que hay que “radicalizarlas”, es decir tirar piedras y enfrentarse con la policía. Esta es una buena ocasión para preguntarnos además: ¿qué lucha? ¿La que quiere hacer volver al gobierno anterior? ¿La de fogonear un nuevo líder de la democracia representativa? ¿Refundar el sindicalismo? ¿Confiar en los movimientos sociales completamente integrados a la normalidad capitalista?

Uno de los posibles futuros condensadores de la rabia actual es Juan Grabois, católico, de discurso contundente y peronista obediente. Pretendido representante, ya no de la masa obrera sino de la masa precarizada que denomina “economía popular”. Hace pocos años atrás fue clarísimo: «Hay que dejar de pensar que el problema de la conflictividad social en argentina somos los movimientos sociales. El Polo Obrero hoy está conteniendo 60 grupos que si no estuvieran desfilando por la 9 de julio estarían haciendo cosas peores. Ustedes no entienden lo que nosotros hacemos por la paz social en este país, no lo dimensionan».

La forma de organizarse, los métodos y los fines de muchos de los movimientos sociales, no solo son reprimidos por el nuevo gobierno, perdieron credibilidad para las personas explotadas de esta sociedad. Ahora se los pone en cuestión por derecha, desde el Estado, pero es un secreto a voces su clientelismo, las tomas de asistencia en las manifestaciones, lo vemos hace décadas. Para muchos hermanos de clase no es más que un laburo y para otros no es una alternativa válida de protesta.

¿Qué decir del sindicalismo? No se trata de que sea corrupto o sus representantes sean inútiles o avaros. No sirve, no solo para la emancipación de las trabajadoras y trabajadores, siquiera en lo inmediato para defendernos. Solo sirve para mantener la armonía entre explotadores y explotados, para que los primeros ganen todo lo que puedan sin olvidar que sus ganancias dependen de nuestra supervivencia.

Habrá quien quiera leer en esto desesperanza o nihilismo. Para nosotros es todo lo contrario. Puede abrirse una posibilidad para explorar y experimentar nuevos métodos, nuevos encuentros y desencuentros, nuevos horizontes. Más allá de las mezquindades de lo normal e impuesto. El año electoral significó una gran pausa a la conflictividad social y la reflexión crítica, pero estos cambios obligan a replantear todas las cuestiones, un balance de las luchas en curso. Es momento de insistir con la necesidad de ruptura.

El fenómeno Milei se apoya en un desprecio a la política tradicional que no es cuestionada como política, en un alto grado de conformismo y confianza en la representatividad y en el “sálvese quien pueda” capitalista. Por su lado, toda la política “progre” continúa encargándose de borrar la ruptura como alternativa, como posibilidad. Es cada vez más nacionalista, estatista, gestionista de lo existente. Ese viene siendo el rol de los partidos políticos que se pretenden representantes de la clase proletaria, mientras que otros como el gobierno actual sinceran su rol como defensores de la burguesía, y cuentan con trabajadores adeptos frente al fracaso del progresismo.

Partiendo de las luchas actuales y las transformaciones de las últimas décadas de la dinámica capitalista a nivel mundial, prestamos atención a sus manifestaciones locales y las posibilidades que estas suponen. En primer lugar, la reproducción masiva de fuerza de trabajo en condiciones de absoluta precariedad, con grandes niveles de desempleo y pobreza. Esto se evidencia como una gran dificultad para el Capital. Por lo pronto, logra sortearla a través de grandes redes de asistencialismo estatal. Veremos cómo continúa esta cuestión ante este nuevo panorama de ajustes violentos.

Otro aspecto fundamental es el de las luchas de mujeres y disidencias, atendiendo en el análisis a los cambios en la división sexual en el capitalismo. Más allá de las políticas centradas en el plano de reconocimiento identitario, señalamos la imposibilidad del capitalismo por dar respuesta a muchas de las problemáticas que se han puesto de manifiesto. Desde una perspectiva revolucionaria ha quedado suficientemente en claro que no es posible abolir las clases sociales sin abolir la división de género y que, por tanto, no es posible abordar un tema sin el otro.

En las luchas en curso también nos encontramos con la cuestión medioambiental. La economía argentina se basa fuertemente en la producción primaria, tanto agropecuaria como minera. De esta depende en gran medida la reproducción de buena parte de la fuerza de trabajo a través del Estado. Este tipo de producción no se puede relocalizar cuando es rechazada por la población. Apostamos por asumir estas profundas implicancias de la lucha, en oposición al supuesto capitalismo verde y a la defensa del territorio como “recurso nacional”. Esto puede volver a dar impulso a las luchas de quienes se identifican como pueblos originarios. Y necesariamente incrementará la lucha antirrepresiva ante los embates de la fuerzas de seguridad.

Evidentemente, la lucha por salarios y mejores condiciones de trabajo continúa siendo fundamental, pero no es la única y se articula con las demás. Ya no es posible pensar los problemas aisladamente.

En resumen, nos referimos a varios planos de la lucha de clases actual, que exceden al mero ámbito de la producción y ponen en cuestionamiento la reproducción capitalista en su conjunto. La posibilidad de una ruptura revolucionaria está latente en esas luchas y expresa un camino a seguir, aunque por el momento se imponga con fuerza la pacificación democrática. No proponemos un cambio de hoy para mañana, pero hay que comenzar. Lo utópico es esperar mejoras de representantes burgueses.

Contra el liberalismo y todas las variantes de la sociedad capitalista. Por el comunismo y la anarquía.

CONTRA EL LIBERALISMO: ¡INTERNACIONALISMO!

Para fines de 2023 realizamos una entrevista escrita para el colectivo CrimethInc. donde respondimos sobre la figura de Milei, las nuevas tendencias de la derecha y las probables consecuencias de la victoria electoral de La Libertad Avanza. También hicimos un breve repaso sobre la cuestión social en Argentina en las últimas décadas y pensamos qué posibilidades de ruptura anticapitalista abre este nueva situación. Fue publicado en inglés, polaco y español en nuestro blog y en crimethinc.com/2023Argentina

Debido al interés que todo esto suscita en compañeras y compañeros que viven fuera del país, también respondimos en inglés para el podcast The Antifada, que está disponible en la web y en Spotify: “Talkin' 'tina 8: Milei Massacre”. Y además de presentar nuestro libro «Contra el liberalismo y sus falsos críticos» (Lazo Ediciones, 2023) en algunas ciudades de Argentina, también realizamos encuentros en Santiago de Chile, Bilbao, Madrid y Barcelona.