martes, 9 de noviembre de 2021

lunes, 8 de noviembre de 2021

NARCOTRÁFICO Y CAPITAL

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Es por sus aspectos más superficiales que el narcotráfico llega a la discusión pública y a la prensa. Intentaremos atravesar la superficialidad del asunto. El narcotráfico es un síntoma de la situación económica que está causando estragos en el tejido social a lo largo y ancho del país. Inseparable de los graves y generalizados problemas de adicciones, se trata de un fenómeno que crece en la sociedad capitalista. Buscaremos abordar este problema social desde un punto de vista de clase.

La droga es otra mercancía producida y distribuida según los criterios de la sociedad capitalista. De hecho, antes de ser prohibidas, algunas drogas eran producidas por laboratorios y vendidas como productos farmacéuticos.

La heroína y la cocaína, desde principios y mediados del siglo XIX respectivamente, fueron desarrolladas y producidas a escala industrial en decenas de países por empresas químicas y farmacéuticas. Ambas eran ampliamente prescritas, suministradas en hospitales y recomendadas por la medicina moderna, fundamentalmente para continuar con el trabajo o soportar dolores de heridas producidas durante las guerras. La fuerte dependencia fisiológica provocada por estas nuevas mercancías generó en los soldados y explotados en general, la veloz formación de un mercado cautivo. A través de las épocas y cambios culturales, el tráfico, las drogas legales e ilegales y los adictos han existido y tomado diversas formas hasta llegar al modo que hoy conocemos.

El tráfico de drogas en la actualidad es una rama más de la economía capitalista y, como en cualquier otra, la explotación, la muerte y la extorsión se hacen presentes. No es la primera ni la única rama productiva en la cual se emplea trabajo esclavizado o medios ilegales para eliminar a la competencia. Sin embargo, por su condición de casi absoluta ilegalidad, su escala internacional, sus consecuencias sobre una gran parte de la población y el abordaje mediático y estatal, la violencia toma una notoriedad mayor. Los productores y vendedores de droga deben asegurar su territorio, extorsionar, desalojar, tirotear, encargar asesinatos, explotar, invertir en negocios lícitos, contribuyendo a la economía. Según un estudio de la ONU el tráfico global de sustancias generó aproximadamente 321.6 miles de millones de dólares en 2003, aproximadamente un 1% del PBI mundial de ese mismo año.

… y Estado

La producción de miedo y la consecuente extensión del silencio garantizan importantes ganancias para los traficantes y sus socios, así como un efecto disciplinario en la población. Lo que hoy vivimos en Rosario ya ha sucedido o está sucediendo en otras ciudades del mundo. De hecho, ya se esperaba que esto ocurriese por parte de quienes “regulan” estas actividades. A mediados de los noventa, dos agentes especiales de la DEA (Drug Enforcement Administration: agencia estadounidense de “Administración para el Control de Drogas”) disertaron para una decena de oficiales de Inteligencia de Drogas Peligrosas de Santa Fe. Uno de ellos cerró la charla diciendo: «Todavía en la Argentina viven una relativa calma urbana con el delito de drogas. Pero esto se terminará no bien empiecen a instalarse cocinas de cocaína. Eso creará un rubro nuevo en la economía local, dará empleo, abaratará la mercadería y también la multiplicará. Cuando eso pase, tengan por seguro que habrá dos efectos: se diseminarán las muertes violentas y la corrupción policial alcanzará niveles que jamás vieron.»

Las mafias aprovechan la miseria y la complicidad estatal para actuar, lo cual no termina en las avenidas que separan los barrios del macrocentro. Hay que ser muy inocente para creer que los proyectos mafiosos que operan en una ciudad se encuentran fuera del territorio de dominio de los Estados, que ocurren donde hay un “Estado ausente”: este no mira para otro lado, ofrece protección e impunidad a los negocios. Es evidente que las mafias no podrían tener negocios millonarios sin recibir el apoyo de amplios sectores del Estado y de la burguesía, dentro y fuera de los gobiernos. Existe una fina línea entre la actividad legal e ilegal, y más delgada aún entre mafia y corrupción. Esto dificulta cada vez más la distinción entre aparato de gobierno y mafia, al igual que ocurre con sindicatos, partidos políticos y empresas.

Diferentes sectores hacen uso de la extorsión, la protección o la desprotección, el adulteramiento de mercancías, el robo y el fraude para hacer negocios. Y no se trata necesariamente de organizaciones ilegales. Quien las define o no como tales es la mafia estatal, para la criminalización de sus rivales menores o de aquellos que no trabajan con ella. Es el Estado el que tiene el poder de declarar legal o ilegal una mercancía o una práctica. En casos específicos, como las mafias del narco, estas pueden adquirir inmenso tamaño e influencia, adentrándose en la estructura estatal y no solo a través de la policía. Es conocido en Rosario que un grupo de narcos fue el encargado de desalojar a los vecinos que habitaban las tierras donde se iba a construir el casino City Center, uno de los más grande de Sudamérica, y un hotel cinco estrellas. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio para emprender negocios limpios, aportando tanto mano de obra como financiamiento.

Ley y moral

Los narcotraficantes son presentados como los enemigos de la salud pública y la sociedad en conjunto, y el gobierno como quien los combate. A esta simpleza se reduce la justificación del Estado en su embate contra el tráfico de drogas. Por su parte, la sociedad meritocrática del Capital admira a sus narcotraficantes triunfantes, sean los protagonistas de una serie o los reales devenidos en protagonistas de ficción. Y así sus caras se portan en remeras o se pintan en las paredes.

A menudo la moral está estrechamente relacionada con la ley. La ideología dominante no es más que la ideología de la clase dominante. La economía formal también produce y hace circular otros venenos para la salud, desde cigarrillos hasta comida chatarra. Dicho sea de paso, industrias como las del tabaco comercializan un tercio de su producción de manera ilegal para evadir impuestos. El narcotráfico, la “otra acumulación”, está entroncada estructuralmente con la economía capitalista tradicional. Un método adecuado para abordar este estudio, dejando de lado deliberadamente las formas habituales “moralistas” de realizarlo, es hacer a un lado los discursos y recordar que, tanto en esta como en otras cuestiones, no existen dos o más economías, sino solo una.

El narcotráfico precisa fuerza de trabajo que valorice el valor. ¿De dónde la adquiere? En general, de los desempleados del campo y la ciudad, o de los sectores más desvalidos y peor remunerados de la economía. La sociedad capitalista, además de ser una permanente fábrica de pobres, jamás puede ni podrá lograr el pleno empleo. La desocupación estructural hace que la fuerza de trabajo dependa de las ayudas sociales, se dirija hacia la emigración, la economía informal, o el narcotráfico. A pesar de los peligros que acarrea es una práctica atractiva para un sector joven de esa masa de población excedente, ya que, además de la retribución económica, puede brindar cierto estatus. Y en la corta expectativa de vida de estos proletarios la muerte no se presenta como mayor amenaza.

En el mundo…

Pero no todo se reduce a una villa, un barrio pobre, una zona rural o siquiera una ciudad. Al hablar del narcotráfico es preciso poner de relieve su carácter internacional. El avance del negocio de la droga en el mundo se dio conjuntamente con el de su supuesto control por parte de las fuerzas policíacas y militares. Hacia 1960 la lucha y colaboración internacional contra las drogas, así como contra la subversión se generalizaron. Ambas se cristalizaron en un modelo de seguridad y vigilancia estatal que se ha ido perfeccionando y adaptando a las oscilaciones de cada contexto pero, básicamente, lo que hace es operar en la construcción de la figura del enemigo interno que se esconde y se confunde con la población, legitimando el reforzamiento y la generalización policial-militar de técnicas y dispositivos de control de la población.

Países donde el narco es una referencia, como México o Colombia, no tienen su principal consumo o demanda en su interior, sino en Estados Unidos. Dicho país prohibió, entre los años ‘20 y ‘50 del siglo pasado, la distribución de heroína y cocaína, que en aquel entonces eran producidos principalmente por la industria farmacéutica de Alemania, enemigo que había que enfrentar tanto militar como económicamente. Estados Unidos tomó las riendas del movimiento prohibicionista mundial, sin que esto mejore en nada la situación de los barrios proletarios en sus zonas de influencia. De hecho, como puede comprobarse hasta el día de hoy, la ilegalización de una sustancia solo cambia las reglas del negocio, incluso aumentando su rentabilidad, pero claramente no lo suprime.

Por el contrario, su posición tenía como ventaja poder cuestionar e intervenir en los intereses económicos que otras grandes potencias capitalistas tenían en la producción y la distribución de ciertas drogas. Mientras tanto, la industria estadounidense desarrollaba otras sustancias energizantes o contra el dolor para sus soldados, tales como la morfina, la codeína, el café instantáneo, el tabaco, el alcohol, las metanfetaminas, etc.

Y fue así que el gendarme del continente comenzó a regular los negocios a través del ejército, la CIA o la DEA. Esta última, a la que nos referimos anteriormente, es la agencia del Departamento de Justicia de los Estados Unidos dedicada supuestamente a la lucha contra el contrabando y el consumo de drogas en los Estados Unidos, además del lavado de activos. Pese a compartir jurisdicción con el FBI en el ámbito interno, es la única agencia responsable de coordinar y perseguir las investigaciones antidroga en el extranjero. Sin ironías, sus siglas significan literalmente: Administración para el Control de Drogas.

Empresarios de la violencia

A diferencia del bandido, el mafioso es un empresario: no se limita a tomar una parte de la riqueza, sino que participa en su producción. Al interior de la burguesía, las capas mafiosas tienen su originalidad. En el caso del narcotráfico, sobre la base de la ilegalidad, existe un mayor control del mercado y los precios, posibilitando una enorme rentabilidad, sumado a las deplorables condiciones de explotación en que se suele realizar la producción y distribución de estas mercancías. Estas características hacen que la violencia sea un factor principal en la competencia, en comparación con otros sectores donde la productividad del trabajo y la innovación tecnológica son determinantes. Eso no quita que se busque ampliar aún más los márgenes de ganancia en la producción, fundamentalmente con la disminución de costos, como ocurre con la generalización de sustancias cada vez más nocivas para la salud. Un claro ejemplo es el notable crecimiento de muertes por sobredosis en los principales países consumidores, como Estados Unidos (cerca de cien mil en el último año), muchas de las cuales se atribuyen a la adulteración y disminución de la calidad de aquellas.

Con el narcotráfico, la competencia “desleal” y la violencia extraeconómica (coacción, patotas, secuestros, asesinatos, torturas), aplicada tanto entre mafias como hacia las poblaciones que explotan, someten, o sus consumidores, se ven a plena luz con su rostro más extremo. Pero esto no quiere decir que la competencia capitalista habitual esté exenta de los procedimientos extraeconómicos, así como la explotación de una clase por otra es fundamental en ambas expresiones burguesas.

El narcocapitalismo no puede hallarse separado del capitalismo tradicional, es su engendro y no puede dejar de establecer una innegable y permanente interinfluencia. Esto queda de manifiesto en la ineludible necesidad de lavar las cuantiosas sumas de dinero sucio producidas por el narcotráfico para contribuir a la reproducción del Capital en su conjunto.

Hay múltiples y cambiantes formas de lavar dinero. Una frecuente es entrar en complicidad con una empresa que opera legalmente en la economía formal, de manera tal que el dinero obtenido de las transacciones ilícitas se “mezcle” e incorpore al capital legal, cumpla sus obligaciones fiscales y oculte de esa manera su origen. Otra, es la creación de empresas fantasma, que directamente fingen realizar ciertas operaciones con el objetivo de lavar dinero. Con sus diversos procedimientos, este dinero contribuye a sus socios clandestinos de la banca, la bolsa de valores, empresas de todo tipo, e incrementan la recaudación estatal en países donde es tan habitual la evasión fiscal. Una parte del excedente capitalizado en el narcotráfico, además, se utiliza para sobornos y compra de conciencias, tanto de individuos como de instituciones, tanto con dinero sucio como lavado, dependiendo de las circunstancias en que se realizan dichas transacciones.

En el número anterior del boletín mencionábamos los vínculos del narcotráfico en la región con el desarrollo inmobiliario, las concesionarias de autos o la representación de jugadores de fútbol. A esto sumamos las casas de cambio, las “cuevas”, las financieras, cuyos vínculos son cada vez más evidentes. El lavado de dinero progresivamente aparece también asociado a la comercialización de criptomonedas por la posibilidad del anonimato y la virtualidad para mover grandes sumas, fenómeno ya generalizado en otras partes del mundo.

Un problema sin solución

El desarrollo del narcotráfico en las últimas décadas es inseparable de las dificultades para la obtención de grandes ganancias en diferentes ramas de la producción, así como de la desocupación que arrastra tanto al consumo como al trabajo en esta creciente industria. Se encuentra completamente arraigada en la reproducción del Capital, así como en la reproducción de la fuerza de trabajo.

En este sentido cabe preguntarse si, para las fuerzas del orden, es posible erradicarlo o no existe otro camino que el de ponerle límites. El gran problema en Rosario, asumido por periodistas y funcionarios, es que se trata de un crimen no muy bien organizado, principalmente descentralizado, de una competencia poco regulada y de una fuerza de trabajo poco controlada que no respeta los territorios asignados. En fin, se reclama una falta de monopolio para acabar, de momento, con la extrema violencia.

Los modos más visibles de combatir al narcotráfico por parte de los Estados pueden sintetizarse así: 1) Ataque frontal al avispero, que tiene como resultado no solo los severos daños “colaterales” con niveles de violencia y asesinatos cada vez más alarmantes, sino también, que la aprehensión y muerte de los capos produzca la dispersión, subdivisión y proliferación del narcotráfico, efecto que estamos sufriendo en esta ciudad en los últimos años. 2) Declarar públicamente que se continúa el ataque frontal, pero negociar bajo la mesa con los jefes de la “otra economía”. Esta política que, hasta cierto punto, puede restablecer la paz y corregir los aspectos más negativos del ataque frontal (destinado en realidad al fracaso) está lejos de eliminar la narcoeconomía. Más bien la protege, la alienta y le da un seguro de vida. Y al hacerlo, deja sin corregir los problemas de la salud pública aparejados a la existencia del narcotráfico. 3) Combatir, no tanto directa como indirectamente, al narcotráfico; es decir, dar prioridad a la lucha contra el lavado de dinero y todo lo que implica, en vez de enfrentarse directamente con los carteles productores y comercializadores de las drogas y estupefacientes de todo tipo. Esta táctica, de la que se habla mucho actualmente en la región, ha sido inútil o de efectos muy limitados donde ya fue aplicada, por la obvia e innegable razón de que el régimen capitalista tradicional (importantes sectores de la burguesía y una parte nada desdeñable del Estado) no está dispuesto a deshacerse en verdad de esos recursos económicos que benefician a ciertos particulares y al sistema tomado en conjunto. 4) Pugnar porque se legalicen las drogas, empezando por las menos dañinas, como por ejemplo la marihuana. Esto supone dos problemas: la desaparición abrupta de un sector de la narcoeconomía que acarrearía una crisis de impredecibles consecuencias; y agregamos la impredecible fuga de esas fuerzas narco a otros sectores que puedan producir ganancia. El otro obstáculo tiene que ver con la opinión pública. Su parte más conservadora está convencida de que la legalización de las drogas dañaría más que nunca la salud pública, razón por la cual cada vez que se habla de legalizar las drogas pone el grito en el cielo.

Por otro lado, en Rosario se ha aplicado en varias ocasiones la saturación de la región mediante fuerzas federales como Gendarmería, lo que ocurre actualmente una vez más. Su resultado es una relativa pacificación de breve duración en las zonas de mayor violencia y un efecto de tranquilidad en el humor social, pero no un enfrentamiento directo al narcotráfico, lo cual se evidencia en la falta de avance en las investigaciones, detenciones, incautaciones de droga, etc.

Sin minimizar la situación, tampoco queremos dar la imagen de un escenario apocalíptico. El futuro no está en el reinado de la ilegalidad y la violencia, sino en una mezcla creciente de norma y transgresión, de ilegalidad y legalidad. El llamado Estado de Derecho es una necesidad capitalista. Los negocios rompen las reglas, pero las reglas son necesarias, incluso para el comercio ilegal. Sin la prohibición, determinadas mercancías serían menos rentables. El auge de las mafias es ciertamente un signo de crisis, pero de una crisis que también produce la ilusión de un capitalismo que se ha vuelto ajeno a sí mismo: o virtual, o bárbaro, o en proceso de eliminación progresiva del Estado, y que ya no se basa en las relaciones de clase y en la explotación del trabajo, sino sólo en la depredación mediante la violencia.

De ahí la otra ilusión, la de querer “volver” a un capitalismo decente: virtuoso, pacificado o saneado. Porque la imagen del monstruo alimenta la esperanza de la posibilidad de un mal menor, de un ablandamiento democrático.

 

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Para el presente artículo nos han servido de referencia los textos:

Prolegómenos para un estudio del narcotráfico, Enrique González Rojo Arthur. México, 2013

Capitalismo más drogas igual genocidio, Michael “Cetewayo” Tabor (Panteras Negras). Estados Unidos, 1969

Empresarios en la violencia (Sicilia, mafia y capitalismo), Gilles Dauvé. Francia, 2015, del cual no existe traducción al castellano.

CICLO DE CINE EN LA BIBLIO

En octubre volvimos a las actividades públicas en el local luego de casi dos años completos de restricciones y obstáculos. Los sábados 23 y 30 de octubre proyectamos Diablo, Familia y Propiedad (Dir.: Fernando Krichmar, 1999) y Tierra Adentro (Dir.: Ulises De la Orden, 2011), respectivamente, para conocer y reflexionar acerca de la formación del Estado argentino y el desarrollo del capitalismo en la región, con sus repercusiones hasta la actualidad. Lo titulamos Ciclo de cine anticapitalista y recorrimos de norte a sur la violencia de las fronteras que delimitan “nuestro” mapa. 

Invitamos a reproducir dicho ciclo donde se desee, sea una biblioteca, un centro social o en alguna casa entre amigos, familiares, conocidos… Preparamos un folleto para acompañar las proyecciones y los debates que está disponible en nuestra feria y que también compartimos en nuestro blog, del cual dejamos algunos extractos a continuación: 

«Las regiones del Chaco, la Pampa y la Patagonia tienen, con sus matices, una historia similar. Los montes del Norte y los glaciares del Sur son los puntos extremos de un país que, antes de ser anexados militarmente, era solamente una cuarta parte de lo que es hoy. Muchos años después de haberse declarado libre del Imperio Español su flamante ejército se movilizó para que dichos territorios queden integrados en la República. Considerados heredados del antiguo Virreinato, nunca habían sido realmente ocupados por las fuerzas coloniales. 

La enorme resistencia de casi 400 años en los inmensos montes del Chaco, en la Pampa y el norte patagónico, teniendo su análogo del otro lado de la Cordillera con la Guerra de Arauco, encontró su derrota, no en la Corona Española sino en los nacientes Estados modernos. 

En todas estas regiones, la brutalidad impuesta por la dominación del Estado argentino por medio de la violencia persiste al día de hoy con un mismo objetivo: la coacción a través del trabajo asalariado y la privatización de la tierra.»

Leer y descargar el folleto AQUÍ

sábado, 23 de octubre de 2021

Folleto del Ciclo de Cine Anticapitalista

Disponible en formato digital el texto compartido en el Ciclo de Cine Anticapitalista realizado en octubre de 2021 en la Biblioteca y Archivo Alberto Ghiraldo.

Leer y descargar como folleto AQUÍ.

 

domingo, 19 de septiembre de 2021

NEGOCIO, DELITO Y MUERTE EN ROSARIO

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En la ciudad de Rosario estamos viviendo un inusitado contexto de violencia que ha venido agravándose en los últimos años. Sumado a la gran cantidad de robos comunes que se suceden en toda la ciudad, los hechos de violencia extrema vinculados al narcotráfico y al crimen organizado han incrementado notablemente la situación de riesgo y miedo en que habitamos.

Evidentemente, la miseria, la marginación, el desempleo y el deterioro de los lazos sociales influyen tanto en el crecimiento de la violencia, como del narcotráfico y del delito en general, retroalimentándose. La corrupción de las fuerzas de seguridad y del sistema judicial, así como de los políticos y empresarios “legales” con su participación directa o indirecta en la industria del delito es notable, y el narcotráfico en particular ha adquirido una dimensión tal que el problema ya se plantea como inabordable por los funcionarios a cargo. Tampoco debe olvidarse el desastre que significa la justicia penal en la Argentina, donde la mayoría de las personas privadas de su libertad no tienen condena y pertenecen prácticamente en su totalidad a los sectores más marginados de la sociedad.

Cuando desde diferentes sectores nos oponemos a pedir más mano dura, somos acusados de defender a los delincuentes, no solo por la burguesía sino también por otros explotados y oprimidos. Si bien como clase somos los que principalmente padecemos los asaltos o la preocupación por zafarlos, esto no puede justificar la brutalidad estatal. Cuando los explotados no pelean contra los explotadores, pelean entre ellos mismos. Y la publicidad del “trabajador honrado” que pide mano dura es la coartada que precisan ciertos sectores de la burguesía para poder implementarla. (Ver: Venganza por mano propia en nro.43 de este boletín)

En la ciudad de Rosario, entre enero y marzo de este año se registró un promedio de 2,3 personas baleadas por día, cifra que incluye los asesinatos y heridos por armas de fuego. Así comenzó el año y así continúa. Entre el lunes 6 y el martes 7 de septiembre, se llegó al récord de 6 muertes por homicidios en 24 horas, 5 de las cuales sucedieron en el plazo de 10 horas. Según un informe del Observatorio de Seguridad Pública, dependiente del Ministerio de Seguridad de Santa Fe, cerca del 80% de los 212 homicidios que este organismo registró el año pasado fueron con un arma de fuego y cerca del 50% tuvieron por motivo «tramas asociadas a organizaciones criminales y/o economías ilegales», relacionados principalmente con lo que se denomina como narcomenudeo. Un 7,5% sucedieron en situación de robo, un 30% por conflictos interpersonales y un 13% están aún en investigación. El 90% de las víctimas fueron hombres y 2 de cada 3 muertos tenían entre 15 y 34 años.

La violencia armada acontece casi en su totalidad fuera del centro y se acrecienta en los barrios de la periferia urbana. Incluso durante el aislamiento social y obligatorio continuó aumentando el número de asesinatos y heridos de bala. Esta situación empezó a evidenciarse hace ya una década, llegando en 2013 a duplicarse las tasas de homicidio que se habían dado hasta 2010. En 2014 se llegó a la cifra de 254 muertes por homicidio, que no ha variado sustancialmente en los últimos años. Entre 2014 y 2020 la tasa de homicidios promedio en Rosario fue de 16 cada 100.000 habitantes, una de las más altas del país junto con la ciudad de Santa Fe, que llega a 19. Recordemos el Triple crimen de Villa Moreno sucedido el 1° de enero de 2012, donde fueron asesinados Mono, Jere y Patom, militantes del Frente Popular Darío Santillán (ver nro.1 de este boletín). Este caso puso de relieve cómo la violencia narco impacta sobre el común de los habitantes de los diferentes barrios de Rosario, completamente al margen de las bandas en conflicto.

Como veíamos, la mayoría de los homicidios están relacionados con disputas territoriales dentro del mapa de la venta de drogas, donde las fronteras de cada grupo narco se establecen y desplazan de acuerdo a su nivel de violencia. Pero no solo son los personajes ligados al narcotráfico quienes asesinan y balean: hay desde barrabravas por el control de la tribuna y sus negocios, hasta empresarios farmacéuticos que contratan sicarios para eliminar a la competencia. No todo es competencia leal en el capitalismo, así como el gatillo fácil existe entre derechos y garantías.

Quienes viven fuera de Rosario sabrán que las balaceras sobre casas, autos y locales comerciales se han vuelto una práctica diaria. Ajustes de cuentas, aprietes para desalojar casas donde instalar “búnkers”, cobro de deudas y hasta infidelidades son algunos de los motivos, aunque muchos de los atacados no encuentran explicación alguna. Ese es el nivel de violencia en la resolución de conflictos interpersonales. Así como aumenta el trabajo precario, con las apps de delivery a la cabeza, otra “salida laboral” en Rosario es el sicariato: también en moto, sin cobertura médica y pago por trabajo hecho.

Más allá del sensacionalismo de los medios de comunicación en torno a estos temas, y de las comparaciones con México o Colombia que poco explican, remarcamos la gravedad de esta situación que dificulta aún más las condiciones de vida de nuestra clase. Qué decir de quienes pierden a seres queridos en robos o disputas, o a sus hijos reclutados como “soldaditos” de los “búnkers”, arriesgando la vida por robar un teléfono o sumergidos en adicciones.

Usos de la inseguridad e industria del delito

Se trata de un secreto a voces que la delincuencia es de utilidad para la sociedad capitalista: como señala Foucault, cuantos más delincuentes y más crímenes existan, más miedo tendrá la población; y cuanto más miedo en la población, más aceptables y deseables se vuelven el control y la protección estatal. Incluso, agregamos, a sabiendas de que esta no protege ni protegerá.

La delincuencia posee también una utilidad para la producción y la circulación, se trata de una empresa provechosa y en continuo crecimiento indispensable para el lucro capitalista: tráfico de armas, de drogas, venta de personas. Toda una serie de negocios que, por una u otra razón, no pueden ser legales.

Por otra parte, ciertas organizaciones criminales contribuyen también a combatir manifestaciones, ocupaciones y piquetes, desaparecer a opositores y luchadores sociales, y proveer de seguridad y guardaespaldas a políticos, sindicalistas y empresarios.

En un artículo titulado sugestivamente Concepción apologética de la productividad de todas las profesiones, Karl Marx dice que, así como el filósofo produce ideas, el poeta poemas o el cura sermones, el delincuente produce delitos. De este modo, produce también la policía, los manuales de derecho y códigos penales, los funcionarios que se ocupan de los delitos y sus castigos, así como también arte y literatura. Marx dice que podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo en que el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Que los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección, si no hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. En este sentido, agregamos el desarrollo tecnológico en materia de seguridad, así como el crecimiento de este sector en particular, que aparece como alternativa frente a la ineficacia o participación estatal en el delito.

Los negocios legales se supone son lo contrario a los negocios ilegales, de modo que la conciencia ciudadana pueda dormir tranquila. Pero unos no existen sin los otros. El turismo se retroalimenta con el tráfico de drogas y personas para esclavizar sexualmente, así como ciertos minerales que son utilizados por empresas altamente tecnologizadas para la producción de teléfonos son extraídos mediante la esclavitud y la guerra en el Congo. En el caso del narcotráfico en Rosario se han demostrado vínculos claros con el desarrollo inmobiliario, las concesionarias de autos o la representación de jugadores de fútbol.

Mientras exista dinero habrá robo

En realidad, el robo es una constante para los explotados, aunque no se perciba como tal: el desempleo, la precariedad del sector “informal”, el aumento de la inflación y los sobreprecios, no parecen indignar tanto como la denominada inseguridad de las calles. Desde el patrón al gobierno, desde el sindicato al empresario, nuestra vida es consumida día a día. Será que la sociedad ha naturalizado la miseria, pero no todavía que un desconocido nos asalte. Costumbre o no, la denominada inseguridad empeora las condiciones de vida de nuestra clase. Reduce la capacidad de movimiento, achica el salario o como sea que nos ganemos la vida en gastos relativos a la seguridad (rejas, taxis, reposición de objetos robados, alarmas comunitarias, cámaras de seguridad, seguros), por no hablar del estrés generado, las consecuencias físicas, o hasta las pérdidas humanas.

“Nos robamos entre pobres” se suele señalar de modo crítico. Eso no importa a las fuerzas ciegas del dinero. La ambición, el lucro y la competencia anteponen la ganancia a cualquier precio. Sí, a cualquier precio. Nosotros también tenemos precio, y no porque el asaltante nos haya puesto uno: ya lo teníamos desde antes. La generalización de la sociedad mercantil y su “guerra de todos contra todos” crea un suelo fértil para estos robos y asaltos, así como el desarrollo del crimen organizado. Mientras exista propiedad, Estado, policía y un culto al progreso individual, habrá enfrentamientos entre explotados. Mientras exista dinero, no habrá suficiente para todos.

LUZ, CÁMARA, ELECCIÓN

Durante agosto y septiembre hemos asistido, quizás, a la campaña política más bizarra de la historia de este país. No vamos a enumerar canciones, actuaciones y demás extravagancias de los políticos. La fiesta de la democracia ya se reduce a un video de Tik Tok.

En las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 12 de septiembre se definieron las candidaturas de las agrupaciones políticas que disputarán diferentes cargos legislativos en la mayoría de las provincias. Para noviembre nos espera otro show de cara a las generales.

En la elección se expresó un claro rechazo al oficialismo. Producto de esta derrota, comenzaron a desarrollarse varias tensiones internas en el gobierno. Por parte de los sectores más abiertamente kirchneristas se exige un cambio de rumbo inmediato con aumentos en salarios y ayudas sociales. Han desarrollado una desopilante capacidad para no responsabilizarse de nada: primero “pero Macri”, ahora contra su propio presidente.

Referentes de sindicatos y movimientos sociales, provenientes principalmente de un oficialismo crítico, insisten en la urgencia de repartir un poco más para paliar la miseria. Evidentemente, la supuesta inclusión y la ampliación de derechos no reditúan la suficiente cantidad de votos. En una entrevista radial del mes pasado, Juan Grabois, dirigente de Patria Grande y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), insistía sobre el importante rol de este tipo de organizaciones en la actualidad: «Hay que dejar de pensar que el problema de la conflictividad social en argentina somos los movimientos sociales. El Polo Obrero hoy está conteniendo 60 grupos que si no estuvieran desfilando por la 9 de julio estarían haciendo cosas peores. Ustedes no entienden lo que nosotros hacemos por la paz social en este país, no lo dimensionan». Ha sido justamente la profunda institucionalización de la lucha y los movimientos sociales lo que explica las grandes imposibilidades para el desarrollo de expresiones de lucha combativas, que permitan empezar a cambiar este rumbo. A pesar de la terrible situación de pobreza y desempleo y a pesar de las fuertes convulsiones sociales que han sacudido a diferentes países de la región, la paz social aún domina en este país.

La participación en las PASO fue del 67% del padrón. Tendencia similar a la que se venía dando en los comicios previos de este año realizados en Jujuy, Misiones, Salta y Corrientes. En esta última se esperaba una afluencia mayor a las urnas porque se elegía gobernador. Sin embargo, la participación no superó el 65%. Desde hace años los votos en blanco e impugnados son ninguneados mediáticamente para no opacar la fiesta de la democracia. En esta oportunidad, la suma de ambos alcanzó un relevante 7% a nivel nacional que fue interpretado por diversos medios como votos dirigidos contra el gobierno que no logran ser captados por las fuerzas opositoras. Aunque en el “voto bronca” cabe de todo, en definitiva se trata de un fuerte descontento general y no simplemente de temor y apatía producto del coronavirus.

De este descontento han sabido aprovecharse algunos candidatos presentándose como “antipolíticos”. Si bien es un posicionamiento compartido por varios candidatos de izquierda a derecha que buscan sacar tajada del cansancio, fue la fuerza política “La libertad avanza” en la ciudad de Buenos Aires, la que obtuvo mejores resultados en este sentido. Esto podría ser simplemente una curiosidad coyuntural, de no ser porque Trump y Bolsonaro llegaron al poder apelando a dicho sentimiento de descreimiento en los políticos, aunque no en el orden social. Por el momento parece lejana esta posibilidad, a la vez que una parte del caudal de votos de dicha fuerza política se debe a la novedad y a un rechazo de lo establecido (completamente limitado, claro está), más que una adhesión a ciertos postulados liberales o de derecha que promueven este tipo de candidatos.

«Vamos a dinamitar el sistema» gritó Javier Milei en campaña, quien se decía anarcocapitalista y ahora es la sorpresa de las elecciones. No es el primero que dice odiar a la “casta política” y tener que «meterse en el barro de la política para luchar por la libertad y para construir el país que nos merecemos como sociedad». De izquierda a derecha siempre usan la misma metáfora. El personaje en cuestión dijo que su proyecto de país «se resume en una sola consigna: primero estás vos». Y esa es la tónica de la campaña, porque es la tónica de nuestro tiempo. Así puede pensar incluso la mayoría de quienes se asustan de estos nuevos personajes: “primero yo”. Es el mismo ridículo que habla de clase política, en sintonía con quienes afirman el fin de las clases sociales, e inventan nuevas “clases”, ya sea una casta, una élite o unos chetos. Es la misma lógica absurda que se preocupa por los personajes, sus biografías y las características personales, y no por el rol de los funcionarios estatales, justamente, en la máquina estatal. Sobre esa base se asientan las campañas electorales.

Volviendo al outsider economista, este afirmó en conferencia de prensa el domingo tras las elecciones que «no es un problema de personas sino de ideas». En realidad, su discurso se nutre de ambas cuestiones, y aparece tanto la crítica a los políticos ineptos y corruptos, como un profundo idealismo que, como tal, está lejos de comprender lo que está ocurriendo. Su incansable discusión de ideas en los medios se ha basado en citar datos de la realidad seguidos de postulados y conceptualizaciones tautológicas, muy propias del pensamiento económico liberal y que nada explican sobre la dinámica social.(1)

Este discurso, a su vez, se ha moderado en su incursión política, apelando cada vez más a las emociones, al «despertar de los leones de la libertad». Pero no nos detenemos en este suceso electoral únicamente por su peso propio, sino por su relación con la política en general. Cuando el idealismo demócrata y progresista comienza a ser insostenible, qué mejor que un buen contrincante que le permita seguir luchando en su propio terreno, para seguir evitando un desborde social. Y así nos llamarán a hacer frente contra la derecha, junto a una parte de los verdugos del pueblo, así hablarán de “fascismo” para llamar a hacer un Frente antifascista con quienes hoy nos gobiernan y explotan.

Diferentes caras, diferentes personajes para gestionar y administrar la normalidad capitalista. Esa que a veces señalamos como extractivista, injusta, machista, represiva, especuladora, racista. Esa de la cual denunciamos sus supuestos excesos, que en verdad no son más que su esencia. La pregunta del qué ha sido reemplazada por el cómo: ya no se pregunta qué tipo de sociedad es esta, sino cómo puede ser llevada adelante.

Como decíamos en el artículo Repres(entac)iones en el nro. 62 de este boletín: Esta sociedad mercantil generalizada es una sociedad de la representación. No simplemente por la democracia representativa o por la importancia de las apariencias. Es que, el corazón de este mundo, la mercancía, se muestra con un rostro que no es el suyo y nunca expresa su naturaleza profunda. Las mercancías no se detienen, en el momento del intercambio, a decirse qué son. Se relacionan entre sí en función de una forma exterior, de un envoltorio: cada una envuelve una porción de trabajo que le es indiferente. Y puesto que todo es mercancía, nuestro mundo es una sociedad de la representación. 

 

Notas:
(1)
Sobre los argumentos liberales más comunes hemos reflexionado en el nro. 11 de Cuadernos de Negación. Se trata de los apartados Críticas a las críticas de las teorías marxianas del valor y Minusvalías.

Nuevo Folleto: LA COMUNA DE PARÍS

En el año del 150° aniversario de la Comuna de París, desde Lazo Ediciones publicamos un artículo de Rodrigo Vescovi (autor de Acción directa en Uruguay 1968-1973) acerca de este fundamental suceso en la lucha por la revolución social. Esta publicación se suma a la edición que realizamos del libro La Comuna de París. Revolución y contrarevolución (1870-1871) de Proletarios Internacionalistas en junio de 2017, cuya lectura recomendamos para ampliar sobre el tema. El folleto incluye también un mapa infográfico acerca de la situación político militar de París del 22 de mayo de 1871.

«La Comuna de París fue un breve, aunque imponente, proceso  insurreccional desatado en el contexto de una cruenta guerra entre Francia y Prusia. Con una población sitiada y hambreada, y un gobierno progresista que, como de costumbre, no colmó las necesidades de la gente, el 18 de marzo de 1871 se produjo la revuelta y la proclamación de la Comuna, iniciando un proceso de profunda transformación social. Aunque ahogado brutalmente en la represión, este suceso significó para el proletariado internacional que la revolución era posible y, con ella, una sociedad sin clases, Estado ni propiedad privada.»

Ya está disponible en nuestra feria y será incluido en la próxima entrega de las suscripciones de la biblio junto al nro. 15 de Cuadernos de Negación: Notas sobre sexo y género.

La Comuna de París también se puede descargar su edición digital:
Descargar folleto con mapa
Descargar folleto sin mapa
Descargar mapa