martes, 21 de julio de 2026

DIOS Y LA IA. SOBRE LA ENCÍCLICA PAPAL

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«Magnifica Humanitas» [Magnífica Humanidad], con el subtítulo «Sobre la custodia de la persona  humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial», es la primera encíclica publicada por el nuevo líder máximo de la Iglesia Católica a fines de mayo de 2026 «con motivo del 135º aniversario de la Rerum Novarum», aquella que alertaba sobre los peligros de la creciente lucha obrera y proponía contener al proletariado para garantizar su explotación y la paz de la propiedad privada.

Necesariamente, Robert Francis Prevost alias “León XIV”, no cuestiona los fundamentos del problema sino su superficie. Aparenta profundidad al solicitar una regulación de las nuevas tecnologías digitales junto con el señalamiento de quiénes detentan el poder sobre la IA y hacia qué fines la orientan. Además agrega una obviedad: las nuevas tecnologías no son neutrales, porque responden a los intereses de sus diseñadores y financiadores. Cierto, las viejas tampoco.

Su planteo de “desarmar” la IA, es decir, de liberarla de las lógicas de dominio, explotación y guerra para ponerla al servicio del bien común es, cuanto menos, ilusa. Sucede que en boca de un líder de tamaña autoridad no se trata de un acto de inocencia.

Está claro que la hiperconexión nos expone a una sobrecarga de estímulos poco y mal digeridos que nos deja impotentes en tanto espectadores. Es también el caso de la indignación permanente, el impacto del horror sin reflexión abruma y paraliza. El nuestro no es un debate espiritual y mucho menos al interior del cristianismo. Ese es el marco ideológico en el cual se da la actual contienda entre las autoridades del Vaticano y las de Silicon Valley, representada por figuras como Peter Thiel y corporaciones como Palantir, con su obsesión por el “anticristo”. Abordaremos la cuestión del desarrollo tecnológico y, en particular, la inteligencia artificial desde una perspectiva materialista sobre lo que continuaremos indagando en los próximos números, puntualizando en el polémico “Manifiesto Palantir”.

«¿Quiénes tienen razón, los idealistas o los materialistas? Una vez planteada así la cuestión, vacilar se hace imposible. Sin duda alguna los idealistas se engañan y/o los materialistas tienen razón. Sí, los hechos están antes que las ideas; el ideal no es más que una flor de la cual son raíces las condiciones materiales de existencia. Toda la historia intelectual y moral, política y social de la humanidad es un reflejo de su historia económica.» Así comienza nada más y nada menos que Dios y el Estado de Mikhail Bakunin…

«Sobre la situación de los obreros»

«Rerum novarum» [«De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos»] lleva por subtítulo «Sobre la situación de los obreros» y, al igual que en esta nueva oportunidad, la propuesta es ordenar y pacificar. Para los reformistas de toda religión, incluso las ateas, la clave está en pensar en cómo distribuir mejor sin jamás cuestionar el modo de producción.

Podría parecer una tarea inútil confrontar las posiciones de una institución decadente, sin embargo su perspectiva es representativa de todo un arco político alineado con el progresismo, el obrerismo y la romantización de la pobreza.

Con motivo de una ocasión en que la CGT y otros sectores llamaron a marchar a la procesión de la Virgen de Luján, en La Oveja Negra nro. 59 publicábamos:

Solo cinco años después de aquel mayo por el cual aún conmemoramos el 1° de mayo, más precisamente el 15 de mayo de 1891, el papa León XIII promulgó la encíclica «Rerum novarum». En esta carta no invitaba a quemar a los rebeldes en una hoguera sino a calmarlos apoyando su derecho laboral de «formar uniones o sindicatos», reafirmando también su apoyo al derecho de propiedad privada.

El segundo punto de la encíclica «Rerum novarum» es muy claro al respecto: «Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes (...) Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones.»

En aquello de «los legítimos poseedores», hoy podemos ver acuerdos con otro autopercibido “león”, que gobierna este país. Hablan como si la propiedad privada fuese un hecho natural o divino, pero nunca histórico. Cuando, en cambio, se trata de una historia de desposesión, resistencia y explotación.

El punto 15 de la antigua encíclica nos despeja toda duda celestial de la función terrenal de la religión: «para acabar con la lucha y cortar hasta sus mismas raíces, es admirable y varia la fuerza de las doctrinas cristianas. En primer lugar, toda la doctrina de la religión cristiana, de la cual es intérprete y custodio la Iglesia, puede grandemente arreglar entre sí y unir a los ricos con los proletarios, es decir, llamando a ambas clases al cumplimiento de sus deberes respectivos y, ante todo, a los deberes de justicia. De esos deberes, los que corresponden a los proletarios y obreros son: cumplir íntegra y fielmente lo que por propia libertad y con arreglo a justicia se haya estipulado sobre el trabajo; no dañar en modo alguno al capital; no ofender a la persona de los patronos; abstenerse de toda violencia al defender sus derechos y no promover sediciones».

El 1° de mayo, «fiesta de san José obrero» así llamada por los comehostia, pero de 1991, otro funcionario eclesiástico conocido como “Juan Pablo II”, con ocasión del Centenario de «Rerum novarum» promulgó la «Centesimus annus» [«Centenario»], donde venía a reafirmar el progra-
ma invariante de la burguesía: contención de las luchas del proletariado y defensa de la propiedad privada.

La “Doctrina Social de la Iglesia” y su fin último de «la construcción de la Civilización del Amor» (sic) no es más que la justificación espiritual del modo de producción capitalista acá en la Tierra. A fin de cuentas, su reino sí es de este mundo.

«Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial»

Cabe señalar la construcción del relato a posteriori. Ya en la presentación de «Magnifica Humanitas», León XIV dice que hace 135 años un predecesor suyo «observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial», dicho así y como repiten todos los progresistas de hoy, parece que se trató, en plena Revolución Industrial, de un cuidado de los trabajadores cuando en verdad era un llamado de alerta para la burguesía.

La preocupación de la Santa Sede es que «hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra». Si hacemos una crítica, es porque su forma de abordar el problema es, lamentablemente, muy representativa tanto del ciudadano de a pie como de los movimientos sociales.

La Iglesia alerta por el «riesgo de deshumanización, [es decir] construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio» (punto 10). Vemos aquí que “lo humano” es un significante vacío que cada quien puede llenar de acuerdo a sus creencias. La Iglesia incluye a Dios, otro dirá que se trata de ser esencialmente solidarios y otro propondrá la competencia o la supervivencia del más fuerte. Si, tal como señala la Encíclica, «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: (…) ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también (…) que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios» (21), ¿qué significa «custodiar lo humano»? ¿Cuál de los dos humanos? ¿El torturador o el torturado?

Sucede que, necesariamente, el enfoque cristiano no ve determinaciones sociales sino: «La corrupción moral de nuestro límite creatural ‒el mal que evidentemente agita el corazón del hombre‒ arruina la sociedad y la vida» (21). Respondemos que si el otro se transforma en un medio, es decir, es cosificado, no es porque el mal habita en nuestra alma, sino porque el alma de este mundo es la ganancia. Por tanto, las manifestaciones inmediatas son la competencia y la cosificación propias de esta sociedad.

«El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.» (112) La pregunta es: ¿por qué alertarse ahora y no antes? Lo mismo podría achacarse a la existencia del dinero, motivo por el cual existe el desarrollo de la IA. Sin embargo, se da por humano y natural el presente y se teme a un futuro “antihumano”. Se da por sentado al individuo producto de esta sociedad como una creación de Dios no adulterada que podría ser arruinada en breve. Vemos que, generalmente, toda crítica de lo existente es un rechazo de los cambios, una defensa del presente (y del pasado reciente) en tanto orden natural. Como señaló Karl Marx «ven en él, el punto de partida de la historia, porque consideran a dicho individuo, como algo natural, en consonancia con su concepción de la naturaleza humana, y no un producto de la historia, sino un dato de la naturaleza.» (Introducción general a la crítica de la economía política)

Si el transhumanismo y el posthumanismo postulan «la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana» (116) es porque son expresiones concretas y extremistas de la sociedad capitalista. Esta considera que no existen los límites y es gracias a esa fantasía que busca el desarrollo y la ganancia al infinito, aunque permanentemente se tope con obstáculos materiales.

La sociedad capitalista constituye un modo en que los seres humanos organizamos nuestra reproducción, histórico y por lo tanto transitorio, en el que el producto de nuestro trabajo se ha convertido en el sujeto mismo de la sociedad. Nos reproducimos reproduciendo al Capital, y de allí brota la forma peculiar que tiene el desarrollo de la técnica bajo su dominio. El Capital es algo que los seres humanos nos hacemos a nosotros mismos. Por tanto, el desarrollo de la IA no se trata de «una construcción grandiosa, pero inhumana» (129), sino de un desarrollo humano, muy humano.

«La dignidad del trabajo en la transición digital»

«Desde el nacimiento de la Doctrina social, con la Rerum novarum, la Iglesia ha llamado la atención sobre la protección de los trabajadores y la necesidad de combatir toda forma de explotación» (148) dice la Encíclica.

Los materialistas, siguiendo la crítica de la economía política desarrollada por Karl Marx, comprendemos que la reproducción de la sociedad capitalista está orientada hacia la máxima obtención de ganancia posible, y que la principal fuente de ganancia es el plusvalor, que se produce a través de la explotación del trabajo asalariado. Por tanto, la explotación no es simplemente un trabajo precario y mal pagado, lo que efectivamente es el caso de la inmensa mayoría de los asalariados y precarizados del planeta. El Capital explota al proletariado en su conjunto, incluso allí donde la iglesia y el progresismo consideran justas las condiciones de compra y venta de la fuerza de trabajo.

El Dios torturador y misógino del Antiguo Testamento nos decía en el «Génesis»: «Por cuanto le hiciste caso a tu mujer, y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. (…) Te ganarás el pan con el sudor de tu frente». Sin embargo, hasta el año 2026 continúan insistiendo con la dignidad del trabajo, aquel trabajo que fue encomendado como castigo: «el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana». (149)

El engaño es absoluto: «la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios» (151). ¡¿Suele”?! Es la única finalidad de desarrollar tecnología en nuestra sociedad y es el gran problema del Capital: a la vez que depende del trabajo humano como creador de plusvalor, incesantemente reduce la cantidad de trabajo incorporada en cada mercancía, mediante el uso de maquinaria y modernización de la producción.

«El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común.» (152) Todo eso podrá ser en el Cielo o en el Purgatorio, porque acá en la Tierra todo está subordinado al orden económico, incluso la producción ideológica de los autopercibidos enviados de Dios, y las personas hemos sido reducidas a un medio.

“El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” es un refrán que significa que los buenos propósitos no sirven de nada si no van acompañados de acciones concretas, podemos agregar que esas acciones deben ir acompañadas, a su vez, de análisis correctos.

Por último, pero no menos importante, hoy como ayer la Iglesia propone sindicalizar la precarización: «Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades» (155). Debido a que las nuevas formas de trabajo pueden producir nuevas formas de asociación entre explotados que prescindan de los sindicatos ‒que se muestran cada vez más caducos ya no para fines revolucionarios sino para las luchas inmediatas del proletariado‒, la Iglesia llama a tomar conciencia a sus hermanos de clase.

«La normalización de la guerra»

El modo de producción capitalista es explotación y comercio pero también es guerra, incesante, en diferentes territorios del planeta. La Iglesia hace mea culpa y reconoce que: «a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración.» (189)

Evidentemente… Al señalar que «la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo» (192) hasta pareciera que hacen una descripción de su propia institución.

Ya desde el «Discurso de Presentación» de la Carta, se emplea un lenguaje que parece antibélico: «la inteligencia artificial exige ahora ser “desarmada”, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. (…) Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia en acción. Pero, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo».

Más adelante, en el punto 110 aclara: «Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. (…) Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida». Le exigen a la tecnología que no sea tecnología, del mismo modo que le piden al trabajo que no sea trabajo. Así, piden armas para no matar, o mejor dicho para matar dignamente: «el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana» (197). En ese “dignamente” está el detalle de todo el progresismo: sostener este mundo de explotación, masacre y guerra pero con “dignidad”, sea lo que sea que eso signifique.

Moda decolonial obliga, hasta el Papa sigue sus preceptos y se preocupa además por el denominado “control social”: «El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. Territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural, se ven, en el presente, atravesados por una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa. Quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, hoy recopilados a menudo bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados. Y puede decidir, antes que los demás, a quién destinar medicamentos, inversiones y protecciones. Es aquí donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién. De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma.» (178) Lo que señala es más o menos acertado, pero obviar cuál es la fuente que produce todo aquello, o simplemente posicionarse a favor de las cosas buenas y en contra de las cosas malas no nos ayudará mucho. La pregunta continúa siendo ¿por qué molestarse únicamente con las manifestaciones novedosas, extremas o superficiales del modo de producción capitalista?

«Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA»

De acuerdo, «el uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico» (102). Pero las frases genéricas y bien intencionadas no sirven mucho más que para dejar la conciencia tranquila: «que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites» (102) podría ser tranquilamente la formulación de algún chatbot de inteligencia artificial. Por otro lado, omite que la “inteligencia humana” también crea los campos de concentración o la logística de la masacre en Gaza. Dice que la “inteligencia artificial” no tiene “conciencia moral”: «no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias» (99), ¿acaso la tienen los mercenarios o los torturadores, o siquiera los empresarios al servicio de la ganancia? ¿Y la tenemos nosotros, población proletarizada, en un mundo en el que el Dinero es el Dios que justifica todo acto, por horrendo, rutinario o estúpido que sea?

En ese sentido, y no por casualidad ni maldad, la IA así como el Dinero son absolutamente indiferentes al contenido de lo que acumulan, calculan o intercambian: «(...) escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados» (141).

Nuestra realidad es indivisible, implica “la dignidad del hombre”, la explotación, la libertad democrática, los residuos nucleares y los drones asistidos por IA que asesinan niños. La verdad está en el conjunto, si uno de los elementos es eliminado de nuestro cuadro, inevitablemente hay que eliminar todos los demás. Hay un peligro mayor que el desarrollo de la IA y es el desarrollo y afianzamiento en el pensamiento de la lógica de separación binaria y excluyente entre bueno y malo, tan propia de la religión cristiana.

Los especialistas y empresarios a los que alude la Iglesia no desarrollan la IA a partir de la nada, ellos mismos son producidos por el desarrollo capitalista e, independientemente de que las negociaciones de “desarme” tengan éxito o no, ya no podremos deshacer lo conocido sobre la IA y su capacidad bélica de destrucción. La única garantía sería desarmar el potencial destructivo del dictado de la ganancia, pero ni la Iglesia ni sus súbditos están dispuestos a semejante tarea.

El núcleo de la propuesta papal es erróneo porque el capitalismo siempre impulsa al desarrollo, a la sustitución de la fuerza de trabajo humano por el empleo de la tecnología para reducir gastos de producción y aumentar las ganancias. Esto reduce el valor de cada mercancía individual y por tanto obliga a aumentar la producción permanentemente para subsistir.

Pensar críticamente la tecnología, el trabajo o la IA significa componer un cuadro general, no en tanto una acumulación de cosas desconectadas sino como una relación social. Por eso nos oponemos a la subordinación de cada actividad humana a la dictadura de la ganancia. Eso va más allá de si Internet es bueno o malo, un avance o un signo de la decadencia cultural y rompe con la ilusión de que el desarrollo tecnológico debería estar al servicio de los gustos de tal o cual sector de la sociedad.

Independientemente de pensarse cristiana o espiritual, la nuestra es una época marcada por la tecnología, por el acceso a y la dependencia de Internet. Basta con prestar atención a las horas dedicadas a la práctica religiosa y compararlas con las horas dedicadas a permanecer online. Las prioridades de nuestra sociedad se advierten en dónde y cómo gastan sus miembros su dinero y su tiempo. Por lo tanto, no es suficiente con decir “esto es importante para mí” si no está respaldado por la forma en que vivimos nuestras vidas. Dentro de la lógica cristiana, lo señala el mismísimo Nuevo Testamento: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mateo 6, 21). Donde está el dinero, allí está el corazón de esta sociedad.

sábado, 28 de marzo de 2026

REFORMA LABORAL: ¿CÓMO LLEGAMOS HASTA ACÁ?

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La nueva reforma laboral no garantiza el incremento del trabajo formal como sostiene el oficialismo. Tampoco implica un regreso a la esclavitud porque es terriblemente actual. Se trata de la consumación de un largo proceso de transformación de las relaciones de explotación en función de las cambiantes necesidades de acumulación de capital.

El nuevo proyecto de “Ley de modernización laboral” extiende y formaliza la precariedad laboral en la que ya sobrevivimos millones de trabajadores en Argentina. A través de un proceso de varias décadas, casi la mitad de la población trabajadora de este país no tiene un empleo asalariado registrado, lo cual significa que una gran porción de personas ya viven igual o peor de lo que propone esta nueva disposición. Entonces, ¿por qué tanto alboroto ahora, y por qué tanto silencio durante las últimas décadas? Las respuestas habrá que buscarlas fuera y contra la indignación selectiva, producto de la campaña electoral permanente en la que vivimos.

Desde 1974, el salario en Argentina viene cayendo con tibias recuperaciones circunstanciales. Desde la década de los ‘90 creció el desempleo, el trabajo informal, el trabajo autónomo monotributista, la necesidad de más de un empleo por familia y de más de uno por persona. A su vez, desde comienzos de siglo se impone masivamente la necesidad de ayudas estatales, cuyos montos y beneficiarios son incrementados incluso por parte de los gobernantes que ganan elecciones prometiendo acabar con los “planeros”. Todo esto significa que ya hay, y desde hace tiempo, millones de personas que carecen de vacaciones, aportes, licencias, indemnización y cuyo salario es “dinámico”.

Se trata de la degradación sin prisa y sin pausa de las condiciones de vida del proletariado en Argentina, que no comienza ni con esta “ley de modernización” ni con su antecesora, la Ley bases, así como tampoco comenzó con las reformas laborales de los ‘90.

Modernización laboral

Modernización no es sinónimo de “justicia social”, ni mucho menos de mejoras para los trabajadores. El capitalismo es una relación social que consiste precisamente en la modernización, en la expansión y el crecimiento ilimitados. Vivimos en una sociedad de clases y el progreso es el del Capital, tan simple que es fácil de olvidar.

Se trata de otro embate de clase. «Un proyecto con orden, reglas claras y aportes de todos. A los que hicieron de la industria del juicio un negocio, se les termina. (…) basta de informalidad y estancamiento» sentenció Patricia Bullrich.

Parte de la burguesía nacional, especialmente los pequeños capitales, cree o quiere hacernos creer que el estancamiento económico local se debe en gran parte a “la mafia de los accidentes laborales”. «Tenemos que sacarnos de encima a los mafiosos que no nos quieren dejar crecer» decía Macri hace años en esta larga campaña por flexibilizar, aún más, la fuerza de trabajo.

Otra supuesta causa del malestar argentino serían las indemnizaciones, uno de los motivos por los cuales los patrones no contratarían empleados. No bastó con la figura de asociado del DNU/Ley Bases, con la cual un monotributista puede contratar hasta tres “colaboradores independientes”, que ya no empleados, brindando una figura legal al trabajo precario sin derecho a indemnización alguna en caso de despido. Con la nueva ley, las indemnizaciones para los trabajadores que sí están registrados serán más bajas que las actuales, ya que excluyen del cálculo aguinaldo, vacaciones, premios y otros beneficios que no sean de pago mensual (Art. 51).

Sin duda, para los pequeños empresarios el margen de ganancia es tan pequeño que precisan abaratar costos como sea y recortan el salario de los trabajadores. “El hilo se corta por lo más delgado”, dice un viejo refrán para ilustrar que en situaciones de dificultad son las personas más vulnerables o con menos recursos quienes primero padecen las consecuencias.

Uno de los mecanismos de ajuste salarial de la nueva ley son los “salarios dinámicos”
, con los que el gobierno propone adaptar los salarios a la realidad de cada unidad productiva, con el supuesto de promover la sustentabilidad del empleo formal. Los salarios pueden incluir ahora “componentes retributivos dinámicos”, de acuerdo al “mérito personal del trabajador como aspectos propios de la organización” que pueden ser modificados y eliminados en cualquier momento (Art. 33). Cada empresa podría pactar sumas diferentes y, en este supuesto contrato entre personas formalmente iguales, cada trabajador podrá negociar libremente con su jefe. Se trata del ideal liberal en el cual los individuos formalmente libres e iguales ante la ley realizan contratos: trabajador y patrón, o inquilino y propietario como sufrimos con la nueva ley de alquileres del ya nombrado DNU.

Las horas extras podrán ser reemplazadas por un “banco de horas” (Art. 42) para ser compensadas con días libres o jornadas de trabajo reducidas. Otra vez, a negociar de igual a igual con la empresa.

Cuando el Gobierno Nacional dispuso el aislamiento social preventivo y obligatorio en 2020 escuchamos repetidamente sobre los “servicios esenciales”, una categoría utilizada en diversas ocasiones para garantizar la continuidad laboral ante cualquier eventualidad (léase medidas de protesta, principalmente). La ley anterior especificaba algunas actividades puntuales (salud, agua potable, gas, electricidad, tráfico aéreo) y disponía que debían “garantizar la prestación de servicios mínimos para evitar su interrupción”. Con la nueva ley (Art. 101) se amplían estas actividades considerablemente (sumando educación, transporte de medicamentos, combustibles, telecomunicaciones, residuos, seguridad privada) estableciendo una prestación no menor al 75%. A dicha categoría se suma la de “servicios de importancia trascendental” (aduana, producción de medicamentos, transporte de carga y pasajeros, radio y televisión, diversas actividades industriales continuas, incluyendo siderurgia, química, cementos, la industria alimenticia completa, toda producción que comprometa exportaciones, actividad bancaria y de comercio electrónico), que no puede brindar una prestación menor al 50% de su funcionamiento. Entre ambas categorías comprenden a la enorme mayoría de los trabajos realizados en el país, por lo que se procura limitar de forma drástica el derecho a huelga.

En este sentido, la nueva ley establece además que las asambleas de personal y reuniones de delegados no pueden afectar el normal desarrollo de la empresa, debiendo contar con autorización del empleador, y que el trabajador no cobrará por ese tiempo (Art. 138). A su vez, tipifica como infracciones “muy graves” los bloqueos, tomas del lugar de trabajo, o cualquier acto o intimidación que afecte “la libertad de trabajo de quienes no adhieran a una medida” (Art. 139). Traducido: otro duro golpe al derecho de huelga.

Nuevo ataque contra los trabajadores

Pero ¿a quiénes afecta toda esta batería de leyes antiobreras? No a todos los trabajadores activos. Como sabemos, en este país los trabajadores “en blanco” no son la mayoría de la población. Veamos…

Para empezar, no se trata de un problema argentino. El capitalismo ha incorporado el ataque contra el salario como un rasgo estructural y permanente. Lo comprendemos en sus dos posibilidades, como una baja del valor de la mercancía fuerza de trabajo y como un menor protagonismo del trabajo asalariado en la reproducción de clase. Cada vez se habla más de ingresos; lo que incluye no solo los salarios, sino ayudas sociales y trabajos cobrados por cuenta propia que en muchos casos pueden encubrir relaciones salariales. En este país, la inflación es una forma persistente de la baja de los salarios, de la misma manera que las ayudas sociales son una forma de subsistencia paralela a la relación laboral.

La continua disminución de los salarios, la generalización de la precariedad y la expulsión de una parte del proletariado del proceso de producción de valor define nuestra época. Por tanto, se redefinen nuestras luchas y nuestra capacidad defensiva u ofensiva en tanto trabajadores. Ante la situación actual una “huelga general”, por ejemplo, no es tan general, ya que, por los motivos previamente mencionados, abarca a menos de la mitad de las personas que trabajan. Para los asalariados, su asistencia queda “bajo responsabilidad de sus empleadores” o tienen la posibilidad de “hacer homeoffice”. Por otra parte, medidas como el sabotaje se presentan como autoboicot cuando somos nosotros los que muchas veces ponemos las herramientas de trabajo.

Pero vayamos unas décadas hacia atrás: la reestructuración capitalista iniciada a mediados de los ‘70, que se extendería a lo largo de los 80, y terminaría de completarse mundialmente en la década siguiente. Podríamos resumir sus características: precarización y flexibilización del trabajo; globalización y deslocalización de los centros productivos; financiarización creciente de la economía en general; profundos cambios en el proceso productivo de la mano de la automatización, la informática, la robótica y fórmulas tan simples como efectivas, por ejemplo “ponerse la camiseta de la empresa”.

A partir de entonces, comienza el declive de la identidad obrera tal como la conocíamos y, por tanto, la explosión de múltiples identidades directamente relacionadas a la heterogeneidad del mundo del trabajo. En este sentido, se produce una marcada división entre trabajadores altamente calificados y otros de baja calificación que encontrarán comprador de su fuerza de trabajo crecientemente en el sector servicios, mientras que en la industria el empleo se reducirá progresivamente debido a la automatización y la deslocalización industrial. En países como Argentina los efectos de la reestructuración serán –a grandes rasgos– similares pero las transformaciones de la industria tendrán sus particularidades locales, a lo cual se suma el crecimiento del empleo estatal. Por otra parte, crece una fracción del proletariado que se consolida como población sobrante para el Capital, estos deben recurrir a la caridad, la delincuencia o las ayudas estatales.

Finaliza el “Estado de bienestar”, la supuesta “edad de oro” del capitalismo, y aumenta la informalidad y la desocupación. A comienzos de los ‘70 la desocupación estaba entre el 3%-5% y el trabajo informal representaba el 15%-20% del empleo total. Para la década de los ‘90, y luego del “efecto tequila”, la desocupación alcanza un pico del 19% y la informalidad un 35%-40%. Actualmente, la informalidad llega a casi el 50%, lo que permite una menor desocupación respecto de los ‘90, que se ubica en torno al 7,5% (tampoco hay que perder de vista que para el Estado la categoría de ocupado es cada vez más amplia). Estos fenómenos no tienen una originalidad argentina e incluso suceden en el llamado “primer mundo”, aunque en menores magnitudes.

«Desde su pico máximo en el ‘74 hasta el momento, el salario real en Argentina ha caído por encima del 50%. Esta caída estuvo compuesta por brutales ajustes mediante bruscas devaluaciones con altos niveles inflacionarios e hiperinflaciones, comenzando por el Rodrigazo en 1975, las hiperinflaciones de 1989 y 1990, y la salida de la convertibilidad en 2002. Solo a partir de estos duros ajustes se produjeron fases expansivas de la economía con una recuperación relativa de los salarios, siempre por debajo del nivel del ciclo alcista anterior». («La caída del salario», nro. 93)

Es decir: más pobreza para millones y, para quienes “tienen la suerte” de trabajar, la reproducción de su fuerza de trabajo por debajo de su valor; o sea, la caída sistemática del salario.

Entrado el siglo XXI, el crecimiento del empleo público fue mayor que el del privado, y en ambos creció la informalidad. Paradojas del capitalismo, incluso por parte de sus gestores estatistas. Ese empleo público que no es sinónimo de “planta permanente” sino también de precarización laboral. Mientras tanto, se reafirma la opción de trabajo autónomo, que no se trata de un empresario (ni de sí mismo ni de nadie), sino de un explotado más. Asistimos entonces a una reforma laboral sin votación en el Congreso, realizada por la propia dinámica capitalista de un país rentista donde, exceptuando el agro y la minería, el grueso de la producción se realiza con baja productividad para ser vendida en el mercado interno.

Podríamos decir entonces que Milei viene a acabar con la tarea emprendida por el kirchnernismo, pero sería muy simplista. Por otro lado, reducir el modo de producción capitalista mundial a sus administradores locales no explicaría demasiado.

La CGT no traiciona

«Los sindicatos que antaño profesaban una alianza estratégica con la burguesía local, a la que le exigían mejores condiciones y salarios, vienen aceptando ajuste tras ajuste, década tras década, buscando evitar que no cierren los lugares de trabajo. Por su parte, los “sindicatos de desocupados”, antes organizaciones autónomas de desocupados que reclamaban puestos de trabajo, hoy exigen al Estado más y mejores ayudas sociales, o algún reconocimiento del trabajo precarizado que realizan bajo el eufemismo de “economía popular”. Es una estrategia sensata, dado que el empleo formal no para de caer, los salarios reales (su parte directa e indirecta) disminuyen y el Estado pasa a cubrir una parte del valor de la fuerza de trabajo con ayudas sociales, como complemento de los salarios o los magros ingresos familiares», decíamos en el nro. 16 de Cuadernos de Negación.

Si menos de la mitad de los trabajadores tienen un contrato formal y solo un cuarto están sindicalizados, hablamos de una crisis de representatividad de la CGT, que se comporta más bien como una oposición política apéndice del peronismo. En los ‘70 la afiliación era del 50% de los asalariados formales, hoy es del 40% y el alcance del trabajo formal se redujo a aproximadamente la mitad respecto de aquellos años. En estas condiciones es que cuestionábamos la efectividad de un “paro general” llamado por la central sindical. Claro que no tenemos soluciones, de lo contrario las compartiríamos, pero sabemos que no es posible avanzar aferrados a esquemas atrasados, ni pretendiendo superar la baja conflictividad a fuerza de mera voluntad, con más marchas o más piedras.

El que avisa no traiciona. Muchos explotados se preguntan “a dónde está, que no se ve, la famosa CGT”. Pareciera que los representantes políticos y sindicales no aparecen, pero ahí están: negociando nuestro precio, nuestra miseria, preparándose para las próximas elecciones e incluso viviendo del esfuerzo ajeno, porque no olvidemos que muchos de ellos no son simples burócratas sino también empresarios. No es un detalle que esta reforma de ley no derogue la obligatoriedad de la cuota sindical “solidaria” y compulsiva de los no afiliados (Art. 133). Siquiera cuestiona el modelo de “libertad sindical” argentino. La caja se achica pero no se toca. Así es que pasó con mayor tranquilidad el proyecto de ley.

Los nuevos escenarios nos obligan a replantear todas las cuestiones, no a pensar en términos del pasado. Ni el Estado de bienestar, ni la oposición a la esclavitud ofrecen respuestas. Es preciso realizar un balance de las luchas en curso. Es momento de insistir con la necesidad de ruptura, frente a un horizonte de reformas.

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Para ampliar recomendamos los siguientes artículos del boletín donde reflexionamos en torno a la actualidad a la vez que hacemos memoria: «1° de Mayo: Memoria y perspectivas» (nro. 71), sobre la reestructuración y la reproducción de clase, y «¿Qué huelga?» (nro. 94), sobre los paros, movilizaciones y el sindicalismo oficial. Además del citado artículo «La caída del salario» (nro. 93), recomendamos también «“Amigos y enemigos”: La distinción de lo político» (nro. 102) sobre la indignación selectiva, así como «¡Esto es lucha de clases!» (nro. 91) publicado cuando asumía el actual gobierno.

EL CAZADOR EN EL ZOOLÓGICO

La apertura de importaciones propuesta por el Gobierno Nacional afecta directamente al empresariado que actúa localmente. Milei criticó a estos empresarios con la metáfora del cazador en el zoológico: el mercado interno argentino supondría una suerte de mercado cautivo para estos empresarios poco competitivos en términos internacionales. Bajo esa defensa de los consumidores locales, sin distinción de clase, el cierre de empresas y por ende la pérdida de puestos de trabajos es simplemente un mal necesario y transitorio.

El ideal liberal de la libre competencia promovería inversiones y empresas competitivas que generarían empleo genuino. En otras palabras, trabajos donde el salario pague una reproducción normal de la fuerza de trabajo. Todo suena muy lógico, pero la verdad es que esto no ocurrirá más que marginalmente en algunos sectores como la minería. Entonces, las reformas del gobierno apuntan a legitimar y perfeccionar el zoológico en que se ha convertido el mercado laboral, donde los empleadores tienen cada vez más facilidades para degradar el salario y las condiciones laborales. Las reformas no buscan fomentar el empleo formal, sino que el empleo existente decaiga lo menos posible ajustando cada vez más el salario, ya sea directamente o a través de las condiciones laborales.

Se trata de una medida compensatoria frente a la disminución de la rentabilidad de las empresas loca-les orientadas al mercado interno. El hecho de que las empresas que producen en Argentina vean afectada su ganancia cada vez que tienen que competir con las importaciones, pone de manifiesto que su ganancia no depende únicamente del grado de explotación de sus trabajadores, sino que buena parte de esta proviene de otra parte. Quizás forzando la metáfora diríamos que los vendedores de fuerza de trabajo somos una presa menor, incluso un señuelo, en la búsqueda de los capitalistas de la presa más codiciada: ganancia extraordinaria que proviene de la renta de la tierra, principalmente agraria. Quizás no lo saben, pero lo hacen. Porque en este país estos empresarios obtienen su ganancia de la explotación de la fuerza de trabajo, pero fundamentalmente a partir de las condiciones especiales en que lo hacen: subsidios estatales, mercado cerrado, fuerza de trabajo abaratada. Sin todo eso sería en vano que busquen explotarnos con la tecnología y a la escala en que lo hacen. Por eso algunas veces se la ha tildado de “burguesía planera”. Trataremos de indicar brevemente la fuente de esa ganancia extraordinaria y su recorrido hasta los capitalistas que nos explotan.

Argentina posee tierras que, debido a sus características, permiten obtener una mayor productividad del trabajo que se le aplica, en comparación con tierras de otras regiones o países. El precio de venta de la tonelada de soja, por ejemplo, es el mismo en todo el mundo, pero en la Pampa húmeda se requiere bastante menos trabajo para producirla que otras regiones. En principio, esta renta diferencial de la tierra queda en manos de su propietario. Pero al tratarse de una ganancia extraordinaria (en muchos casos muy abultada), los capitalistas locales y de otros países buscan disputarla y apropiarse de la mayor parte posible. Para esto deben producir localmente, ya que son las políticas estatales las que regulan dicha apropiación (dejaremos la deuda para otra ocasión). Los terratenientes podrán quejarse cuando consideren que ganan poco, como en el conflicto del 2008 por las retenciones del agro, pero siempre cederán renta porque de otro modo su propia condición puede verse cuestionada. En la producción minera, por ejemplo, suele ser el Estado el propietario privado de la tierra.

Resumidamente: el Estado se apropia de parte de la renta a través de los impuestos a la exportación (retenciones) y de manera menos evidente, pero en mayor medida, a través de la sobrevaluación de la moneda. Luego los capitalistas se apropian de esa renta a través del Estado de diversas formas, entre ellas los subsidios a la energía o el proteccionismo, que bloquea las importaciones y les permite vender más caro internamente.

Entonces los capitalistas que producen para el mercado interno argentino lo hacen en busca de renta, y la explotación y productividad del trabajo pasa, por así decirlo, a un segundo plano. El problema es que mientras mayor sea la brecha de productividad con el mercado mundial más renta necesitarán para mantener sus ganancias. O si los precios de las mercancías agrarias o mineras caen, la magnitud de renta disponible se reduce.

En contextos de contracción de la renta o en los que la magnitud de renta necesaria para el sostenimiento de la acumulación de capital en Argentina se vuelve demasiado grande, el ajuste debe profundizarse y los capitales menos productivos deben destruirse. Es el turno de los gobiernos liberales. Pero, como decíamos, no se trata simplemente de fases que se repiten, sino que cada vez estamos peor, porque no hay renta que permita sostener esta forma de producción a escala nacional en un mundo globalizado.

El debate entre proteccionismo y aperturismo expresa la encrucijada en que nos encontramos. La conciencia nacionalista que se identifica con el Estado es la que defiende el empleo público y los ingresos que completan el salario; defiende el proteccionismo aunque eso signifique pagar más caras una cantidad de mercancías que hacen a su subsistencia. Por otra parte, quienes adhieren a la apertura económica con el argumento, también válido, de hacer valer mejor sus ingresos no reparan en la destrucción masiva de puestos de trabajo que eso implica. En verdad, ambas conciencias expresan distintos momentos y necesidades de una misma dinámica de acumulación de capital. La “industria nacional” debe su existencia a la misma dinámica que la condena a su incompetencia.

En el número anterior reflexionábamos sobre Venezuela, otra economía determinada por la renta (en su caso, la petrolera) y con otras consecuencias, por particularidades que no cabe detallar aquí. Sin embargo, cabe hacer una comparación para avanzar en conclusiones. Allí decíamos que, mínimamente, tenemos que compren-der en qué encrucijada nos encontramos y cuáles son sus características. De este modo, evitaríamos recurrir automáticamente al nacionalismo para justificar nuestro malestar patrióticamente, o a la libertad de mercado para justificarlo liberalmente.

NUEVA EMISIÓN DE TEMPERAMENTO RADIO

En torno a los últimos acontecimiento bélicos en Medio Oriente analizamos la intrínseca relación entre energía nuclear y guerra a través del tiempo. También compartimos algunas reflexiones sobre el movimiento antinuclear.

Disponible en nuestro canal de Youtube, Archive y Spotify.

domingo, 8 de febrero de 2026

EPSTEIN, EL MONSTRUO

Ya es habitual que ante eventos de alto impacto la información que circula en redes sociales se vea plagada de noticias falsas, distorsiones, exageraciones y teorías conspirativas, en el último tiempo todo potenciado por la generación de imágenes con IA. En un caso tan escabroso y terrible como el de la red de trata, pedofilia y abusos que estaba a cargo del millonario financista Jeffrey Epstein, una buena cantidad de los incautos y paranoicos de siempre no se conforman con el horror de esa realidad y hacen circular para el algoritmo de la rabia y la indignación relatos e imágenes que se pretenden más terribles: canibalismo y asesinato ritual con bebes incluidos; que Epstein formaba parte de una larga operación del Mossad con el objetivo de recopilar información y pruebas de poderosos pedófilos como arma de presión política; o que basaba en el Talmud una superioridad sobre los ‘goyim’ (los no-judíos) para avalar su comportamiento.

Lo cierto es que nada de esto esta probado por ninguna investigación seria, y que la enorme cantidad de información liberada que hizo surgir esta ola de paranoia es mayormente fragmentaria y en gran parte censurada con el objetivo de proteger a las víctimas. No decimos que algunas de estas cosas no sean posibles, nada nos extrañaría para el despliegue de perversidades como las descriptas, pero no hace falta inventar: Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell son probados organizadores de una red de trata y pedofilia. Este afán de querer hacer del monstruo aun más terrible y asqueroso de lo que es lo aleja de la realidad y la dimensión que tiene el abuso más allá de este caso puntual. Según Together For Girls 1 de cada 5 niñas y 1 de cada 7 niños en el mundo experimentarán alguna forma de violencia sexual antes de cumplir 18 años. En nuestro país más probablemente en sus hogares, y no en una lejana isla.

Por su parte, la construcción de esta figura vampírica aleja el fenómeno de las condiciones que posibilitan su existencia, que están moldeadas por las determinaciones materiales de nuestro tiempo: la compra y venta de cuerpos humanos no es una excepción sino una de las bases que hace posible que el capital funcione cuando vendemos nuestro tiempo. Que nuestros cuerpos sean usados para ajustar tuercas, apretar los botones de una máquina, realizar pruebas médicas o satisfacer caprichos sexuales es posible solo en un mundo en que se dispone de ellos como mercancías, lo que cambia es el uso. Esta realidad ya pone a disposición los cuerpos para su uso ya sea a base de dinero o de coerción.

En el lugar que ocupan las mujeres en nuestra sociedad, es habitual que sus cuerpos sean exhibidos como productos de consumo para satisfacción estética y sexual masculina. Los modelos de belleza son casi exclusivamente mujeres jóvenes muchas veces con rasgos adolescentes. En el porno existen categorías para distinguir como mujeres ‘maduras’ a las mayores de alrededor de 35 años. Quizás también para no tener que ver estas cuestiones se exagera un monstruo devorador de bebes: se ve que para muchos no resulta tan escandaloso o incomprensible que hombres ya bien adultos prefieran tener sexo con adolescentes.

Por otra parte, en lo que refiere al uso de los hechos para esparcir antisemitismo queriendo confirmar conspiraciones por la procedencia judía de Epstein, sus supuestos vínculos con la Mossad o con la creencia de la superioridad de los judíos, pareciera que tampoco basta con presenciar un genocidio en vivo y en directo, con el asesinato de decenas de miles de niños por parte del Estado de Israel. En este caso pareciera que ni la fantasía puede inventar una atrocidad mayor, tal vez para quienes esparcen estas mentiras la guerra justifique el asesinato, o esos niños lo merezcan a diferencia de los imaginarios inocentes comidos vivos por un perverso. Hacen volver todos los males a un grupo social y eligen no ver las atrocidades  cometidas por un Estado.

En un contexto donde la verdad cada vez importa menos y es más inaccesible, tal vez tengamos que aprender a reconocer los resortes que justifican la mentira. Incluso puede que no sea tan crucial preocuparse por la dicotomía verdad/mentira sino comprender que la verdad es una construcción, y que en nuestra época donde los medios para construirla se perfeccionaron, donde el ruido alrededor de cualquier hecho importante es ensordecedor, ayuda más al análisis volver sobre lo que ocultan esas construcciones, sobre las condiciones materiales que posibilitan esos hechos, así podemos reconstruir el hilo común que une hechos dispares.

Las exageraciones volcadas en redes sociales son a veces generadas espontáneamente, pero también pueden ser replicas espontaneas de inventos puestos en circulación con un interés particular. No es tan importante si se da de una forma u otra: el chivo expiatorio puede generarse por la propia necesidad de no reconocer en nosotros mismos cosas que nos puedan poner en comparación con situaciones o personas que nos parecen aberrantes, es una forma de mirar de expulsar fuera y lejos ‘el mal’, y seguir adelante sin criticar nunca más que los excesos. Los monstruos son útiles para la normalidad capitalista. Parece que es suficiente con que nuestros gobernantes y explotadores no violen menores o coman bebés en rituales satánicos para que sean aceptables.

Posdata sobre conspiraciones

Con estos nuevos sucesos, quienes siempre creyeron en “teorías” de la conspiración, o eran al menos sus simpatizantes, nos vienen a decir que finalmente tales fábulas eran verdaderas. Nada nuevo en la contestación superficial de este mundo.

El conspiracionismo, al tiempo que parece dudar de todo se aferra a lo que esta sociedad presenta como natural e incuestionable. No hay razonamiento más impotente en un sentido crítico y transformador. Podríamos hacer una publicación aparte sobre estas críticas, por el momento compartimos algunas citas que ya publicamos en nuestro libro Contra el liberalismo y sus falsos críticos (pág. 35-37):

«Una gran parte del origen de este problema podemos achacarlo a una crítica muy corta, simplista y cómoda al capitalismo y al poder. Es más fácil personalizar el funcionamiento del sistema en una serie de actores ocultos, que comprender cómo actúa una economía tan compleja como la actual, cómo son las estructuras económicas actuales y qué características tienen las estructuras de poder que se forman en el mundo. Algo que por un lado es más concreto, menos secreto, pero por otro lado es más complejo y sobre todo de una abstracción mayor. Esto obedece, claramente, a un aspecto fundamental de la sociedad “de la información”: se tiene la impresión de que hay tantas cosas por aprender y tan poco tiempo, que se aceptan y se buscan las maneras más sintéticas y básicas de obtener comprensión y conocimiento. (…) No existen “los que detentan el poder” (los visibles y aquellos supuestos invisibles titiriteros) y “los engañados” (que vendríamos a ser el resto de la población mundial). Caer en el error de dar por supuesto que hay unos titiriteros que mueven toda la realidad, aparte de ser ingenuo y una simplificación, no hace más que distraer cualquier acto de resistencia y ataque real.» (Mariposas del Caos, Hay algo más allá de nuestras narices. Crítica a las teorías de la conspiración)

«La “respuesta conspirativa” quiere exactamente el mismo mundo, el mismo Estado, pero libre de la “casta”: se figura el mundo sin ella. Se trata solamente de preservar todos los elementos de esta sociedad alejándolos de las prácticas de estos individuos “maliciosos” y “manipuladores” que los pervierten y corrompen. Un verdadero sistema de salarios, una verdadera educación, una verdadera política de salud, una verdadera democracia, una verdadera información, una verdadera agricultura, un verdadero consumo, una verdadera economía, un verdadero Estado. (Théorie Communiste, Conspiración en general y pandemia en particular)

«El problema de la sociedad actual queda reducido a una pequeña élite que gobierna desde las sombras el mundo. La liberación de la humanidad consistiría pues en revelar esta verdad oculta para que la humanidad desengañada extirpe a esa élite y acabe con su dominación. Una liberación propia de evangelistas. Por supuesto, estos evangelistas que destacan por su capacidad para rastrear entre las sombras, permanecen presos en el mundo de los fenómenos y las apariencias al ser incapaces de percibir que hasta los centros de decisiones más importantes del capitalismo mundial están determinados, no por la voluntad de sus miembros, sino por las necesidades de valorización, por la dictadura de la economía, por el capital que transciende toda voluntad humana y transforma a toda la burguesía en un mero funcionario del capital.» (Proletarios Internacionalistas, Teorías de la conspiración y amalgamas interesadas)

domingo, 25 de enero de 2026

PETRÓLEO, INTERVENCIÓN Y CAPITAL

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La reciente captura de Maduro marca el fin, por si quedaban dudas, de una época ya acabada. No solo no hubo resistencia popular a la intervención estadounidense sino que el líder fue entregado desde adentro del chavismo.

Está clarísimo que Estados Unidos no combate el narco, que el Cártel de los Soles no existe y que se trata de una violación a la soberanía nacional y el Derecho Internacional. Hay que ser muy iluso para suponer lo contrario o para exigir que EE.UU. se apegue a la ley.

También es claro que el régimen venezolano implica una catástrofe social que expulsó a cerca de ocho millones de personas y lleva adelante un férreo proceso persecutorio y represivo con miles de presos políticos y ejecuciones extrajudiciales. Este proceso no se dio solamente contra la oposición burguesa, gendarmes argentinos y excandidatos a presidentes: se trata de sindicalistas, trabajadores, activistas y referentes de pueblos indígenas.(1)

La cantidad de emigrados significa que cerca del 20% de la población venezolana está viviendo en el extranjero. Así y todo, no hay trabajo o hay trabajos mal pagos, algo conocido en Argentina. Pese a la pérdida de millones de personas del mercado laboral, existe una gran cantidad de población sobrante para el Capital. Venezuela registró una sostenida hiperinflación al menos desde 2017 hasta 2020, que llegó en 2018 a una inflación interanual de 130.060% según el Banco Central de Venezuela y de 1.698.488% según la oposición parlamentaria.

Evidentemente la “revolución bolivariana” es un fracaso indefendible. Los venezolanos no emigran por diferencias políticas, aunque los chavistas de todo el continente consideren lo contrario. En este marco es que debemos interpretar, aunque no acordemos o nos parezcan razones limitadas, el resentimiento de tantos venezolanos con el régimen que los expulsó o los condena a la miseria en su país de origen.

El petróleo venezolano

No obstante Venezuela posee las reservas más grandes del mundo, actualmente sólo produce entre 800.000 y 900.000 barriles de petróleo diarios (bpd) debido a la falta de inversión y problemas de infraestructura. En sus momentos de mayor productividad llegó a más de 3,5 millones de bpd. Arabia Saudita, en un cercano segundo puesto en cuanto a reservas, produce alrededor de 10 a 10.5 millones de bpd. China es actualmente el principal destino del petróleo venezolano, pero se trata de un fenómeno reciente ya que hasta hace algunos años era EE.UU. Mientras Chávez vociferaba que “ni una gota más de petróleo les llegará a Estados Unidos”, la administración venezolana del hidrocarburo se basaba en su relación con las empresas norteamericanas. Por eso insistimos en que cuando de líderes burgueses se trata, es conveniente prestar más atención a las cuentas que a sus discursos. Una lectura bien simplista diría que EE.UU. quiere recuperar ese lugar, pero fue este mismo país el que impuso sanciones desde 2017 a la inversión en Venezuela y a la compra del petróleo venezolano. El crecimiento durante la última década de los vínculos comerciales con China y Rusia por parte de Venezuela no se producen como una búsqueda por ganar mayor autonomía frente al “imperialismo yanqui”, sino porque los capitales norteamericanos dejaron de invertir en el país y de comprar su petróleo (con la importante excepción de Chevron).

Durante los ‘90 Venezuela sufrió un deterioro de sus sectores no petroleros, fundamentalmente de las industrias que abastecían el mercado interno amparadas en la renta petrolera, para convertirse gradualmente en un país dependiente de las importaciones para su reproducción. En síntesis, su ordenamiento económico dejó de ser similar al argentino y comenzó a asemejarse al chileno. Con los precios internacionales del petróleo más altos de la historia a inicios de los 2000, la renta petrolera hizo posible un aumento del consumo en Venezuela, pero con un escaso desarrollo de la estructura productiva no petrolera del país. El desplome del precio del petróleo hizo que esta reproducción de la fuerza de trabajo por parte del Estado fuera completamente insostenible y la continuidad del régimen solo pudo ser garantizada por una profundización del ajuste y un crecimiento de la represión. Este proceso coincide en buena medida con la llegada de Maduro al poder. Adicionalmente, se da la caída del sector petrolero mencionada al comienzo, que agravó la situación social en el país. El desplome en la producción de petróleo se debe principalmente a que sus inversores extranjeros fueron haciendo bajar la producción hasta la llegada de las sanciones por parte de EE.UU. La caída del precio de esta commodity a nivel mundial, sumado a la especificidad del petróleo venezolano, que compite con el petróleo pesado canadiense en el abastecimiento de los EE.UU., llevaron paulatinamente a la inactividad de los pozos venezolanos.

En EE.UU. hay intereses contrapuestos en torno a Venezuela. Las empresas que explotan el petróleo en suelo estadounidense a través del fracking apoyaban el bloqueo, las sanciones y la parálisis productiva venezolana, mientras que las refinerías estadounidenses y las petroleras que participaban y participan de la explotación petrolera en Venezuela bregan por la intervención en el país y un futuro restablecimiento de dicha explotación. Pareciera que ha ganado la segunda opción pero se trata de una opción a largo plazo sin total certeza de que ocurra, dados los precios internacionales. Surge, así, la pregunta por los motivos más inmediatos de la intervención. Uno de ellos es el cobro de la enorme deuda externa venezolana con acreedores norteamericanos, sumado a que China se venía cobrando en barriles de petróleo las deudas de Venezuela acumulada tras años de importaciones. Sin embargo, el motivo más mencionado respecto de los sucesos actuales es el de la disputa geopolítica y la guerra comercial entre China y EEUU, en la que este último buscaría desplazar a la primera del mapa latinoamericano y de su acceso al petróleo venezolano (el cual venía obteniendo por debajo de su precio debido al bloqueo).

El problema de la mirada geopolítica es que no explica los motivos de fondo de las disputas. La obsesión por el control de los flujos de capital aparece en el marco de un estancamiento económico y de sobreproducción a nivel mundial, donde la competencia adopta sus facetas más extremas y de coerción más directa. Entonces el discurso nacionalista y anti-imperialista se reafirma sobre la base de la agresión extranjera, sin comprender la dinámica que llevó a dicha situación. Dicha dinámica, en el caso venezolano y a pesar de los encendidos discursos nacionalistas, dependió del precio internacional del petróleo, su comercialización a nivel mundial, y su explotación en conjunto con capitales principalmente estadounidenses.

Durante el ascenso del chavismo el nacionalismo vino a justificar la consolidación de la población sobrante para el Capital con una estructura clientelar por parte del Estado, condenando a la miseria a millones de personas mientras se comerciaba petróleo sin ningún reparo ideológico. Durante la caída del chavismo, el nacionalismo viene a decirnos que todo es responsabilidad de quien fuera su principal socio comercial. En lugar de partir de lo local para analizar su relación con el resto del mundo, como necesita hacer el nacionalismo, debemos partir de lo mundial y general para entender las especificidades locales.

En este sentido, el análisis de la crisis de sobreproducción en ciernes resulta fundamental para entender la dinámica mundial del Capital y su escalada bélica, así como el análisis de la renta de la tierra es fundamental para comprender la particularidad de la región latinoamericana donde vivimos, la reproducción del capital que opera a nivel local y nuestra reproducción como vendedores de fuerza de trabajo.(2)

La caída del socialismo del siglo XXI

El concepto de “socialismo del siglo XXI” adquirió difusión mundial cuando fue mencionado en un discurso por el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a comienzos de 2005 en el V Foro Social Mundial. Sus líderes asociados fueron Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, y Luiz Lula da Silva en Brasil. Era la época de oro de una economía en alza en América Latina.

En los decenios previos, las dictaduras militares de los ‘70 y los posteriores gobiernos en los ‘90 tuvieron por función adaptar el continente a una nueva etapa. En Argentina sabemos ya de la desindustrialización (es decir, la liquidación de capitales ineficientes) y la caída salarial. Sin olvidar todo el “costo” humano que ello implicó.

Entrado el nuevo siglo comenzó otra fase ascendente de la economía en la región. Eso no significó plenitud para el proletariado, como suponen quienes creen en la “teoría del derrame” o los beneficios de la “lluvia de inversiones”. No es casual que los herederos locales del difunto socialismo del siglo XXI hoy no repudien a China como polo imperialista. Es que para esos tiempos, China se desarrolló y exigió la importación alimentos, principalmente soja en nuestro caso. Su crecimiento exponencial produjo un ciclo alcista gracias a la exportación de materias primas. No hay socialismo del siglo XXI sin comercio con China.

El BRICS es una asociación, grupo y foro político y económico internacional que surgió en “oposición” al G7. Una asociación económico-comercial conformada por las cinco economías nacionales emergentes de la década de los 2000 –Brasil, Rusia, India, China– que adoptó su nombre definitivo en 2010, tras la incorporación de Sudáfrica, a la ya existente organización BRIC. Este es el contexto de los populismos latinoamericanos.

De esta manera, con ganancias producto de los precios de las materias primas, el kirchnerismo incorporó miles y miles de proletarios al trabajo precarizado, el empleo privado subsidiado y al empleo estatal. La famosa “inclusión”. La fuente de este “crecimiento” fue el agro, la misma fuente que en Brasil, en Venezuela y Ecuador fue el petróleo, en Bolivia el gas.

Estas masas de dinero no solo dieron respaldo a encendidos discursos, a veces hasta pretendidamente revolucionarios, sino que fueron la tentación y causa de sendos problemas de corrupción en cada uno de esos gobiernos. Confiando en la exportación de materias primas, ese dinero se utilizó para sostener proyectos de corto alcance, como reproducir al proletariado sin invertir en producción. Es decir, hubo dinero para sostener el relato y para ayudas sociales y subsidios.

Pero nada dura para siempre: sobrevino la crisis de 2008, junto al desplome del precio de las materias primas. Maduro continuaba a fuerza de menor democracia, y en el resto de los países aparecían los derechistas Macri y Bolsonaro para administrar la caída. Su orientación política no requería cortar relaciones con China. Incluso el expresidente Macri, que no es precisamente una luminaria, lo señaló a fines de 2025: «China es más complementaria que Estados Unidos para Argentina. China necesita nuestra materia prima, nuestros alimentos. Estados Unidos, todo eso lo produce. Culturalmente, hay una enorme distancia entre uno y otro, pero no creo que sea bueno interrumpir ese proceso».

Por otra parte, el discurso populista desarrollista de productividad e industrialización que rivaliza con los derechistas no se condice con la alianza con China, ya que esta sostiene una economía basada principalmente en producir materias primas. No se trata más que de otra variante capitalista, lo que señalamos es que con esta opción ante un desplome de precios o crisis puede suceder lo que en Venezuela: un país con recursos sumido en la miseria que expulsa a ocho millones de habitantes. Sería extraño que en esas condiciones su propia población saliese a defender al régimen.

 

Notas:

1. En 2013 publicábamos «Capitalismo del siglo XXI» (nro. 7) donde hacíamos referencia al asesinato de Sabino Romero, referente de las luchas del pueblo yukpa. Sobre el régimen chavista, ver también «El mito de la izquierda se cae de maduro» (nro. 15, 2014). Recomendamos también: Venezuela y la izquierda, charla de A. Bonnet y F. Souza disponible en YouTube, y «Represión en Venezuela y el silencio de la izquierda» (2019) de Rolando Astarita.

2. Sobre la renta petrolera en Venezuela, ver Artículos sobre la crisis venezolana. El proceso global de acumulación de capital y la contracción de la renta de la tierra petrolera, de Kornblihtt, J., Dachevsky, F., & Casique Herrera, M. (Larga Marcha. Santiago de Chile, 2024) y la reciente entrevista a dos de sus autores: Política venezolana y renta petrolera, disponible en YouTube.

¿ANTI-IMPERIALISMO?

Extractos de «Notas sobre la invasión de Venezuela por parte de los Estados Unidos», Crítica Desapiedada (Brasil, enero de 2026)

Reducir el anti-imperialismo a una simple postura “anti-EE. UU.” es caer en una doble trampa. En primer lugar, porque el imperialismo no es una disposición moral, cultural o psicológica de un Estado específico, sino una forma histórica de competencia internacional entre países capitalistas, en la que los Estados nacionales, el capital y los aparatos militares se articulan para asegurar mercados, rutas estratégicas, materias primas, tecnología, control monetario y dominio geopolítico. El hecho de que Estados Unidos siga siendo el polo central de la violencia internacional “legítima” no elimina ni relativiza la existencia de otros polos imperialistas ya consolidados y en proceso de consolidación, con sus respectivas redes de poder, cadenas logísticas y mecanismos financieros que estructuran una verdadera cartografía armada de la apropiación de la plusvalía.

En segundo lugar, la lectura “anti-estadounidense” suele ir acompañada de un paquete ideológico que funciona como mecanismo de ocultación de las relaciones de clase. Categorías como “soberanía nacional”, “autodeterminación de los pueblos” y “defensa de la democracia” se movilizan de forma abstracta, desplazando el conflicto del terreno material de la explotación a un plano moral y jurídico. Se habla de nación para ocultar las clases sociales; se invoca al pueblo para disolver al proletariado como clase históricamente revolucionaria; se exalta la democracia para naturalizar la forma política del capital. En la práctica, este discurso da como resultado la defensa del capital local (nacional), de su subdivisión (estatal) y de sus fracciones, como si la burguesía más débil (“periférica”) fuera un antídoto contra el imperialismo, cuando en realidad constituye uno de sus engranajes fundamentales. (…)

El ascenso chino, basado en una fuerte intervención estatal, el control de sectores estratégicos y la expansión externa a través de inversiones y créditos, no rompe con la lógica imperialista, sino que la actualiza bajo nuevas formas. Del mismo modo, Rusia actúa como potencia imperialista regional, buscando reafirmar su influencia en Europa del Este y en el espacio postsoviético, utilizando el poder militar, la energía y las alianzas para garantizar su posición en la jerarquía mundial.

A nivel regional, esta reorganización adquiere contornos aún más nítidos. En Extremo Oriente, China proyecta su hegemonía sobre el Sudeste Asiático y zonas del Pacífico, disputando rutas comerciales, cadenas productivas e influencia político-militar. En Europa del Este, Rusia actúa como polo imperialista regional, en choque directo con la expansión del bloque euroatlántico, convirtiendo a la región en uno de los principales frentes de la guerra interimperialista contemporánea. En América Latina, Estados Unidos sigue tratando al continente como una zona prioritaria de influencia, no solo por razones históricas, sino por su actual centralidad estratégica: recursos naturales, biodiversidad, energía, control territorial y contención de la presencia china.

Pensar en los bloques de intereses regionales en el continente americano exige reconocer que América Latina no es un espacio “al margen” de la disputa, sino un territorio clave para la recomposición hegemónica de los Estados Unidos. La intensificación de las sanciones, las intervenciones directas, los golpes institucionales, la tutela política y la presencia militar deben entenderse como parte de una estrategia más amplia de reafirmación del poder imperialista estadounidense frente al avance chino en la región, especialmente a través de inversiones en infraestructura, minería, energía y logística.

(…) La hegemonía se reorganiza, pero la lógica permanece: la del capital en busca de valorización, ahora cada vez más mediada por la fuerza armada y la intervención militar abierta. Ante este escenario, ningún Estado nacional escapa de las garras de los conflictos interimperialistas y una revolución proletaria deberá, necesariamente, afirmarse como una revolución mundial.