domingo, 19 de mayo de 2024

¿QUÉ HUELGA?

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Una huelga es la interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de quienes trabajamos con el fin de reclamar ciertas condiciones o manifestar una protesta hacia un patrón particular o conjunto de patrones. Cuando por decisión de la empresa la actividad se paraliza de modo parcial o total suele hablarse de lockout o paro patronal.

Por estas latitudes las huelgas de los trabajadores suelen ser llamadas paros, quizás por la discontinuidad con aquel método histórico del movimiento obrero revolucionario en relación al desarrollo capitalista. Actualmente la situación es otra, y no es posible restaurar ninguna época anterior. En los últimos años desde los sindicatos los paros han tenido por objeto políticas económicas de los diferentes gobiernos antes que la disputa salarial en sí.

El reclamo más necesario e inmediato hoy es el aumento de salarios, ayudas y jubilaciones. «Unidad de lxs trabajadorxs y al que no le gusta se jode, se jode». Muchos explotados se preguntan dónde están sus representantes. Y pareciera que los representantes políticos y sindicales no aparecen, pero ahí están: negociando nuestro precio, nuestra miseria, preparándose para las próximas elecciones e incluso viviendo del esfuerzo ajeno, porque no olvidemos: muchos de ellos no son simples burócratas sino empresarios.

Una huelga o ser huelguista no es lo mismo ahora que a fines de 1800, cuando compañeros proponían la finalidad revolucionaria: convertir la huelga en huelga insurreccional generalizada capaz de llevar a un punto final la posición decisiva de la burguesía en el conjunto de la vida social, una situación sin retorno. Recordemos que hasta el día de hoy conmemoramos el 1° de mayo por los anarquistas que fueron asesinados legalmente en Estados Unidos por participar en las protestas de lucha por la jornada laboral de ocho horas; que tuvieron su origen, justamente, en la huelga iniciada el 1° de mayo de 1886 y su punto álgido tres días más tarde, el 4 de mayo, en lo que conocemos como “Revuelta de Haymarket”.

Hoy tenemos las ocho horas para una parte del proletariado asalariado, muchos trabajan menos horas, tantos otros más de ocho repartidas entre varios trabajos, y millones están desempleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que el Capital pueda producir cada vez más en menos horas, y que pueda prescindir de una masa de personas que ya no constituyen un “ejército de reserva” sino una “población sobrante”.

Sin embargo, hay confianza en la burguesía. Al menos en un sector, por parte de la clase explotada. Quienes eligen el mal menor olvidan con rapidez que están eligiendo el mal. De momento, para muchos una huelga general parece la mejor medida para derrotar al gobierno de Milei y “el plan de ajuste del FMI”. Así como servía para tumbar el DNU, la Ley Ómnibus, etc., etc. Solo faltaba que la CGT ponga la fecha del segundo paro general, realizado finalmente el 9 de mayo. Algunos confían en la dirección pasivamente y otros “luchan” contra la burocracia sindical exigiendo a la propia mafia sindical que haga lo suyo: “ponele fecha la puta que te parió”. La ilusión de unas bases que desbordarían sus dirigencias, pero siempre dentro de los anchos bordes institucionales. Recuerda a la tibieza de quejarse de las medidas de Milei pero a la vez exigirle que ejerza de presidente y deje de perder tiempo en redes sociales.

Paro y/o movilización

Vamos a la huelga. Pero, en la situación que estamos, hay que ser conscientes de que las huelgas generales convocadas por las centrales sindicales abarcan a menos de la mitad de las personas que trabajan, ya que el trabajo precarizado y sin contrato abunda, por no hablar de la gran masa de proletarios desempleados. Eso pone en duda que sean “generales”. Se puede suponer que “si para el transporte, para todo”... no es tan así. En nuestra ciudad, debido a los ataques narco, cada dos por tres para el transporte y eso no significa que debamos dejar de ir a trabajar. Queda bajo “responsabilidad de los empleadores”, que muchas veces significa “arreglate como puedas y vení”. Esta es una realidad tanto para los informales, quienes ganan el día a día, así como para el resto de trabajadores no sindicalizados o cuyos sindicatos no paran, como quedó claro desde las cuarentenas de años anteriores (con más de 100 días de paro de transporte en 2020).

Por otra parte, el apoyo al actual gobierno sigue siendo alto. Entre la esperanza y la resignación, millones de trabajadores formales e informales suponen que todo esto es para bien. Entre los descontentos con el actual gobierno, muchos desconfían de las medidas de fuerza por su sola procedencia: una oposición política que ya mostró su forma de gobernar y, si hilamos más fino, cuya principal fortaleza residió en institucionalizar las luchas y movimientos sociales de las últimas décadas.

Cuando a comienzos de año la CGT llamó a un “paro”, se asemejaba más a una movilización que a un paro que tiene por finalidad atacar las ganancias de la burguesía. Si el movimiento obrero hace siglos empleó la huelga es porque desde su lugar de productores el hecho de parar la producción implicaba un trastrocamiento de la normalidad capitalista y principalmente un golpe a las ganancias de la burguesía que tenía que ceder a riesgo de perder más. Este segundo paro no tuvo movilización, eso gustó al gobierno, aunque se quejaron de que la economía perdió 500 millones de dólares... los mismos que dicen que son los empresarios quienes generan la riqueza.

Llegado a cierto nivel de ajuste, los sindicatos se ven forzados a tomar medidas en defensa del salario, ya que de lo contrario su rol quedaría aún más desdibujado. Como señalaba la Internacional Situacionista respecto al rol histórico de cualquier sindicato: «se aplasta contra el suelo y menea la cola para demostrar al amo que ladra solo porque es un perro, pero, con todo, un perro fiel».

La CGT reacciona principalmente como opositor político al gobierno de turno. Esto se hace evidente con solo mirar la caída del salario durante el gobierno anterior sin ningún paro general, haciendo de Fernández el primer presidente no re-electo sin ser confrontado con este tipo de medidas desde 1983. La CGT fue también vanguardia en salir a apoyar abiertamente la candidatura de Sergio Massa.

El reciente paro convocado por la CGT se mantuvo pese a que el gobierno cedió frente al reclamo de los sindicatos por las “cuotas solidarias”, tan importantes para sus recaudaciones. De momento, el gobierno no impedirá estos aportes extraordinarios a los gremios por parte de afiliados y no afiliados, los cuales están incluidos en los convenios y se han ido generalizando desde los años 90 “para compensar la desafiliación”.

La reforma laboral incluida inicialmente en el DNU quedó frenada en la justicia, por lo que el gobierno arremetió con un nuevo proyecto de ley que vuelve a incluir una “modernización laboral”, que si bien está bastante acotada respecto de la anterior, no deja de ser un fuerte ataque a los asalariados. La nueva ley Bases que incluye esta reforma ya fue aprobada en Diputados y espera su votación en el Senado.

Claro que hay que enfrentar las reformas laborales que buscan formalizar las condiciones precarias de los trabajadores informales, extender períodos de prueba, atacar el derecho a huelga y facilitar los despidos, entre otros aspectos. Pero no nos olvidemos que incluso sectores sindicales ven con buenos ojos ciertos aspectos de la reforma laboral, como el modelo ya implementado por la UOCRA de fondos de desempleo en reemplazo de las indemnizaciones, entre muchos otros retrocesos.

Tampoco los principales referentes de la oposición parecen estar muy en desacuerdo con el trabajo sucio que les ahorran: «Resulta ineludible discutir seriamente un plan de actualización laboral que brinde respuestas a las nuevas formas de relaciones laborales surgidas a la luz de los avances tecnológicos y de una pandemia que trastocó todos y cada uno de los ámbitos de la vida de las personas”, indicó Fernández de Kirchner en un documento de febrero de este año.

Mientras tanto, tal como nos referimos en el número anterior de este boletín, el salario no para de achicarse.

La emancipación de los trabajadores…

Una huelga no es simplemente una protesta, menos un desfile, parte de una campaña electoral o un acto simbólico; es una acción histórica de la clase proletaria para generar pérdidas a los burgueses y desde ahí reclamar. Bajo la modalidad actual, la cuestión de los salarios, ayudas y jubilaciones aparecen como un reclamo más del montón, entre el patriotismo, la soberanía nacional, la cultura, los “derechos conquistados”, etc.

Nos encontramos, manifestamos, pero no es una receta mágica para cambiar el futuro de millones de personas. No se trata de cantidad de gente, banderas, pancartas, panfletos, piedras o intervenciones artísticas, sino de algo más que tampoco es la simple suma de todo aquello.

Si no tenemos una propuesta de clase, tan solo queda ser furgón de cola de quienes sí tienen propuesta, los que llaman a “poner el cuerpo” y no debatir. Así se puede obedecer y marchar o salirse y tirar piedras, pero de fondo no hay mucho más que la defensa de la patria (y por tanto de amplios sectores de la burguesía) y/o de la democracia (que busca armonizar la relación entre explotadores y explotados). En fin, esperar que venga un “buen gobierno” para que nos salve.

Si continuamos el mismo camino de esperar-votar-protestar-votar porque creemos que ya está todo decidido, vamos a acabar siempre en el mismo lugar. Y así, las marchas, los paros, los carteles, las pintadas, los panfletos o las piedras no sirven para un objetivo propio sino ajeno. Es cierto que de momento no parecen dar las fuerzas ni la inteligencia, sin embargo, ¿cuándo vamos a empezar? ¿Cómo comenzar a construir un mundo nuevo mientras se confía en el viejo?

«La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos» decían los estatutos de la antigua Asociación Internacional de Trabajadores, aquella de la época de Marx y Bakunin. Claro que los tiempos han cambiando, y mucho, sin embargo algunas premisas siguen vigentes. Seguramente no la de una huelga general insurreccional que abra las puertas a una nueva sociedad. Los compañeros del pasado, los bakuninistas por ejemplo, tan solo estaban ensayando experiencias de acuerdo a su situación, pero con una finalidad: la emancipación total. Marx señalaba que si los esfuerzos dirigidos a esta gran finalidad han fracasado fue por falta de solidaridad entre proletarios de diferentes ramas del trabajo en cada país, e incluso entre países. Por limitarse a una “guerra de guerrillas” contra los efectos del sistema existente en vez de esforzarse, al mismo tiempo, por cambiarlo; es decir, por la abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado.

Nuestras respuestas generalmente no están en el pasado. Incluso cabe hacer nuevas preguntas, si es que hay una intención de ir al fondo de nuestros problemas y no entretenernos con los fenómenos superficiales del capitalismo, con los debates políticos, y los dichos de tal o cual famoso.

A juzgar por su indignación selectiva, pareciera que a gran parte de los insatisfechos lo que más les horroriza es, a fin de cuentas, que el peronismo no esté en el gobierno nacional. Si partimos de allí, es en vano hacerse estas preguntas que van fuera y contra el permanente campañismo electoral.

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Nos encontramos el sábado 25 de mayo a las 18 hs. en la biblio para conversar en torno a la huelga como método de lucha proletaria a lo largo de la historia. Desde la denominada «huelga insurreccional generalizada» del joven movimiento obrero hasta los denominados «paros» sindicalistas de hoy. Tomando como punto de partida sus formas, pero también sus contenidos y sus contextos.

ROSARIO, CIUDAD CULTURAL

La “cultura rosarina” está basada en miles de trabajadores precarizados, tanto en el ámbito privado como estatal. Lo sabemos porque vivimos aquí y además algunos participamos del amplio y difuso ámbito cultural local desde hace años o décadas. Lo sabemos porque muchos trabajamos precarizados en el sector privado y en el estatal, ya sea en bares, instituciones o autogestionando nuestra miseria, “aportando a la cultura”, así como también en actividades culturales sin fines de lucro o como consumidores… Padecemos ser “trabajadores de la cultura” como cualquier otro trabajo: por migajas, sin aportes ni vacaciones, y luchando colectivamente cuando es posible.

Vamos a hablar de cultura en un sentido restringido y errado: vamos a referimos a ocio, entretenimiento, manifestaciones artísticas y un poco de erudición. De momento no vamos a referimos a los procesos que “producen significado”, ni al “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico” (RAE), ni a lo que implica comer con cuchillo y tenedor, usar determinada vestimenta o no casarse entre hermanos.

En el ambiente cultural, a diferencia de otros ámbitos, hay una característica común: en el grupo de explotadores de trabajo ajeno abundan los progres. Están profundamente culturizados e ideologizados. Suelen ser profesionales o “agentes culturales”.

Uno de esos patrones, meses atrás hacía reuniones en el lugar de trabajo para que sus empleados no votasen a Milei. Otros adornan sus lugares con consignas de otra época, contestataria, vintage, inclusiva… adornos y figuritas para caer bien pero, principalmente, para apuntar a un segmento de mercado particular. Una ex ministra de Cultura se acercaba a las asambleas de precarizados y les decía que le alegraba mucho que luchasen. En 2024 tienen miedo de que el gobierno de turno haga con toda la población lo que ellos hacen a sus pocos empleados: pagar poco, confundir trabajo con ocio, hacer pasar trabajo por tiempo libre, precarizar, privar de jubilación, vacaciones y de cobertura médica, asustar y abusar de su autoridad. Tienen miedo de que la derecha quite “los derechos conquistados”… derechos que ellos no otorgaron ni otorgan. Estos fanáticos del mal menor no pueden entender que gran parte de la población vote al mal mayor o que ni siquiera le importe quién gobierne. Ellos están acostumbrados a las migajas… a repartirlas. Son esos que quieren que un político gane lo mismo que un docente y no al revés. Hasta para desear son mezquinos.

Por lo general, los artistas y agentes culturales pretenden tener un aura especial, se suponen fuera de la ruindad y barbarie capitalistas. Muchos explotadores del trabajo ajeno de este sector no se consideran como tales. Por su parte, los trabajadores de la cultura han asumido de manera creciente esta identidad, lo que consideramos se halla vinculado a la expansión del sector, a la mayor dedicación en este tipo de tareas de manera exclusiva, y a una transformación más general de la reproducción de la fuerza de trabajo. Nos referimos a la identificación de ciertas tareas como trabajo al momento de depender cada vez más de un ingreso a cambio de las mismas.

Lo que definimos amplia y vagamente como cultura es un aspecto de nuestra reproducción, que se puede convertir más o menos en un negocio, pero nunca lo es completamente. Las políticas públicas llevadas a cabo por el Estado en materia cultural, al igual que en salud y educación, dejan claro que no está completamente mercantilizada, y en todo contexto de ajuste sufre mayores recortes que otras áreas más imprescindibles.

Por otro lado, está la cuestión de los artistas independientes o autogestivos, a quienes se les dificulta la subsistencia y suelen depender de las contrataciones o programas estatales. Existen unos pocos que aún consideran que la “contracultura” debe ser autosustentable, incluso buscando compartir en la gratuidad o repartiendo meramente los “costos técnicos” de las producciones y actividades (sonido, luces, alquiler, imprenta, difusión, etc.).

Problematizando, la identidad de “trabajadores de la cultura” está más extendida que antes, posiblemente porque cada vez más personas lo asumen como un medio para su supervivencia además de una actividad recreativa, y quieren o necesitan cobrar por hacerlo. También por políticas públicas orientadas al sector cultural, con más presupuesto, personal, instituciones, programas y estructuras administrativas como por ejemplo ministerios provinciales o nacional.

Muchos experimentan disgusto frente a la “mercantilización” o la “degradación” de la cultura. Ni el funcionario ni el dueño de un bar quieren tu diversión sino mantener el status quo y/o tu dinero, del mismo modo que el kiosquero al momento de vender cualquier mercancía le interesa tu dinero, así como a vos el producto que te ofrece. Así de simple funciona el intercambio en el capitalismo.

En ocasiones, la despiadada lógica capitalista se acepta en todos los ámbitos pero se supone debería dejar gentilmente a la cultura fuera del alcance de sus garras. Una esperanza ingenua. Aceptar la lógica de la competencia capitalista debería significar aceptar todas sus consecuencias. Si es justo que una cerveza o un pantalón se valoren exclusivamente en base a la cantidad de trabajo que representan, es un tanto ilógico esperar que esta misma lógica no rija para los productos de la industria cultural. Hay un mismo principio, si nos oponemos a los “excesos” liberales de la mercantilización sería bueno pensar en los fundamentos más generales.

La lógica capitalista no renuncia ni al narcotráfico, ni al trabajo formal ni a la precarización si puede obtener una ganancia. La “mercantilización” de la cultura frente a las exigencias económicas forma sólo una parte de la mercantilización tendencialmente total de todos los aspectos de la vida, y es en vano poner en discusión sólo la cultura sin atentar contra la totalidad de la economía en todos los niveles. No existe ningún motivo por el cual la cultura pudiese lograr mantener su autonomía respecto a la lógica de la ganancia, si ninguna otra esfera logra hacerlo.

En estas épocas de recorte y despidos nos solidarizamos con todos los trabajadores que defienden su supervivencia. Y somos conscientes de que, como señaló Theodor Adorno, «la abolición del arte en una sociedad semi-bárbara y que avanza para la completa barbarie se convierte en su colaboradora». Pero eso no obtura pensar y pensarnos, cuestionar que la cultura, el arte o lo que sea se presenta cómodamente separado del resto de las actividades humanas. Queremos quitarle el velo sagrado que intenta mantenerlo al margen de la dinámica capitalista.

Tampoco es un llamado a dejar de consumir en tal o cual bar, tal o cual producto, dejar de concurrir a determinado teatro o museo. Es un humilde llamado a comprender cómo en la cultura hay consumo pero también producción. Como en el resto de los ámbitos de esta sociedad, no nos involucramos solo como consumidores, sino también como productores.

«Pero si pongo en blanco a todos los empleados tengo que cerrar». «Todos los lugares son capitalistas de una u otra manera.» Hello! Así funciona.

¿QUÉ FIESTA?

Hemos sufrido ajustes bruscos o progresivos de todos los colores políticos y a través de diversas formas. Y aquellos a quienes les toca gobernar durante las etapas de mayor crecimiento tras los sucesivos derrumbes (que en ocasiones son los mismos), procuran siempre limitar los aumentos salariales, incluso cuando buscan reactivar parte de la producción a través del consumo interno. Cuando la economía nacional está de “fiesta”, gracias al precio internacional de los granos y los bajísimos salarios como ocurrió a partir de 2003, los que festejan son los burgueses, que se reparten las ganancias extraordinarias de un nuevo ciclo de bonanza. Las sobras de la fiesta pueden parecer prosperidad, pero no son más que migajas que nos serán quitadas nuevamente en la siguiente crisis. Así y todo, el gobierno actual nos dice que “hemos vivido de fiesta” y que hay que pagarla entre todos.

Es evidente que algo no funciona dado este marcado carácter cíclico, o funciona peor que en otros países, la cuestión es que la explicación impuesta es que los explotados también somos responsables por el solo hecho de no haber sido lo suficientemente pobres. Dado que vivimos en el capitalismo, nunca se responsabilizará a los ricos que se hicieron más ricos sin volverlo sostenible, y el ajuste lo pagamos una vez más los que nada podemos decidir del rumbo de esta sociedad, ya que ni el Estado ni los medios de producción pueden estar en manos de los explotados. Los adeptos del peronismo y el progresismo rechazan cualquier idea de fiesta, pero no en nombre de una clase que se mereció todo lo obtenido y mucho más, sino en nombre de la “justicia social”, de una armonía entre el Capital y el trabajo que el peronismo nunca ha conseguido realmente sino a través de sucesivas crisis y estallidos sociales. Sus defensores quieren ver en la “década ganada” una buena gestión política antes que conquistas de una lucha que estalló en el 2001 y no debía detenerse o institucionalizarse, si de sostenerlas se trataba. Las fiestas en Argentina sí existen, son de una burguesía improductiva que nos explota todo lo que puede mientras puede, a sabiendas de que seguramente no será sostenible.

De cualquier modo, somos siempre nosotros quienes en la fiesta cocinamos, servimos, limpiamos, comemos algunas sobras… para luego también pagar la cuenta.

sábado, 4 de mayo de 2024

Intervista: «Il così detto neoliberismo e i suoi falsi critici»

Intervista realizata da CrimethInc.

La Oveja Negra & Cuadernos de Negación, Dicembre 2023, Rosario

Pubblicato in inglese e spagnolo su: crimethinc.com/2023Argentina

Traduzione all’italiano: aprile 2024.

LEGGERE E SCARICARE (PDF)

 

• Quali sono le continuità e le differenze tra la ripugnante figura di Milei e le vecchie tendenze dell’estrema destra? Secondo il vostro punto di vista, come ha fatto a vincere le elezioni?

• Vorremmo che commentasse brevemente la politica argentina degli ultimi 50 anni, tenendo conto delle continuità e delle discontinuità tra dittatura e democrazia.

• Confrontarlo e contrastarlo con Bolsonaro, Trump, ecc. Cosa ci dice la sua vittoria sul contesto più ampio del continente in questo momento?

• Quali sono le probabili conseguenze negative della sua vittoria elettorale? Cosa cambia esattamente?

• Come può la sua gestione riconfigurare il confronto tra le forze in lotta, soprattutto in termini di resistenza anticapitalista?

• Quali sono le possibilità tattiche di lotta in questo contesto? Come possono le persone provenienti da altrove sostenere le forze di resistenza anticapitaliste e antiautoritarie nel territorio dominato dallo Stato argentino?
 


 

miércoles, 27 de marzo de 2024

LA CAÍDA DEL SALARIO

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«Inflación: el poder de compra del salario cayó 20% en solo dos meses por la aceleración de los precios» señala Infobae a comienzos de marzo. Agrega Ámbito Financiero: «Se trata de la caída más grande de los haberes, 14 puntos, la más grande desde la crisis de la convertibilidad, en abril de 2002, cuando los haberes se desplomaron 9,6%.»

En la inauguración del período de sesiones de la Asamblea Legislativa, Milei señaló que hoy un sueldo es de 300 dólares «cuando en la década de los ‘90 había llegado a los 1800, que pensado en moneda de hoy sería de 3.000 dólares.» Culpó al populismo que «nos quitó el 90% de nuestros ingresos llegando a un nivel de locura tal, donde un tercio de los trabajadores formales son pobres.» Eso significó un elogio a Menem y tuvimos que presenciar a la descendencia del expresidente aún enquistada en el gobierno cantando “la casta tiene miedo”.

Más allá de los discursos, Milei es un eslabón más de la historia del empeoramiento de nuestras condiciones de vida. Décadas antes de los ‘90, con un salario generalmente vivía una familia compuesta de dos adultos y dos niños, no era extraño que trabajadores compraran sus casas, fueran de vacaciones, tuvieran un auto. Hoy a lo máximo que se puede aspirar es a comprar un teléfono en cuotas y pagar internet. Claro que los modos de consumo han cambiado, pero suponer que ahorrando en las novedades una familia puede abandonar un trabajo y comprar una casa es irrisorio.

Desde su pico máximo en el ‘74 hasta el momento, el salario real en Argentina ha caído por encima del 50%. Esta caída estuvo compuesta por brutales ajustes mediante bruscas devaluaciones con altos niveles inflacionarios e hiperinflaciones, comenzando por el Rodrigazo en 1975, las hiperinflaciones de 1989 y 1990, y la salida de la convertibilidad en 2002. Solo a partir de estos duros ajustes se produjeron fases expansivas de la economía con una recuperación relativa de los salarios, siempre por debajo del nivel del ciclo alcista anterior.

La última fase expansiva se inició hacia 2003 y duró hasta 2012, cuando comenzó nuevamente a ralentizarse y los salarios comenzaron a caer. Pero en lugar de advertir dicha caída como parte de una tendencia general de carácter cíclica, gran parte de la clase explotada idealizó a la política y la “década ganada”, posibilitando un avance del ajuste signado por la alternancia democrática (Fernández de Kirchner-Macri-Fernández) y la total institucionalización de los movimientos sociales. Esto conllevó a su vez, a que resurja un liberalismo aggiornado con cierto rechazo a la política del 2001 y con el antiprogresismo de las derechas alternativas internacionales. Este nuevo gobierno, por lo pronto, parece haber legitimado en una parte importante de la sociedad el ajuste como única alternativa.

Cuando los reaccionarios que defienden a Milei dicen que hay gente que comenzó a quejarse recién ahora luego de años de silencio cómplice no están faltando a la verdad, la cuestión es quién lo señala. No nos podemos olvidar nunca de los “compañero, no es momento de quejarse, es hacerle el juego a la derecha”.

En este mismo boletín hace diez años decíamos: «Al evidente problema que representa la inflación para llegar a fin de mes se le suma el tener que escuchar tanta boludez al respecto. Las discusiones en torno a la inflación, las echadas de culpa entre un sector y otro de la burguesía, no son más que la coartada de su verdadera disputa de fondo: cómo se reparten el fruto de la explotación que sufrimos a diario, quiénes se ven más beneficiados de esta constante intensificación de la explotación. No es novedad para nadie que desde hace años los precios vienen aumentando a una velocidad mucho mayor que la de los salarios, disminuyendo por lo tanto el poder de compra, el salario real.» (nro. 13, Ganancia, ganancia, ganancia).

Una década después parece que estamos en el mismo lugar pero no, estamos un escalón más abajo, nuestro salario o ayuda social compra menos que en 2014. Y hay aún más personas sin empleo y otras tantas viviendo en peores condiciones, y no hablamos de unos pocos, sino de millones de seres humanos.

Por otra parte, tal como subrayábamos en aquel artículo: «No podemos ignorar la disminución de la calidad de los alimentos, la obsolescencia programada de los artefactos electrónicos y todas las implicaciones destructivas para la salud y el medio ambiente que esta situación conlleva. Nuestros salarios, entonces, no solo disminuyen en relación al aumento de precios (disminución del salario real), sino que además y de forma socialmente encubierta, disminuyen permanentemente en la calidad de lo que pueden comprar. Cada vez trabajamos en peores condiciones, alquilamos casas más pequeñas y destruidas, consumimos peores alimentos, nos trasladamos peor, etc., etc…»

Sumamos además que los gastos en salud, educación y seguridad han aumentado para la población asalariada, ya que el gasto público dedicado a atender estas cuestiones ha disminuido. Mientras se ajusta el gasto público en dichas áreas, ha aumentado en ayudas sociales y subsidios para garantizar la subsistencia de los desempleados o asalariados pobres, un fenómeno cada vez más creciente en Argentina.

Pero, ¿a qué apuntamos con todo esto? ¿A exigir entonces una disminución de los precios, un aumento de la calidad de los productos con precios estables? ¿A un aumento del salario real? ¿A un cambio generalizado de los hábitos de consumo? Estas propuestas, si bien al menos captan mejor el problema, no son más que parches en este mundo de la mercancía y el trabajo asalariado. Podemos poner límites, luchar más allá de quien gobierne pero... ¿hasta cuándo vamos a seguir haciendo listados de injusticias y desigualdades sin apuntar directamente a las causas estructurales?

Y con “causas estructurales“ no nos referimos a la dinámica económica de este país y su lugar específico en la división internacional del trabajo. No ponemos nuestro anhelo en un capitalismo más estable, más serio y productivo, que nos explote mejor, más eficazmente a cambio de mejores salarios. Buscamos comprender el porqué de esta situación, luchamos inevitablemente por la defensa de nuestra fuerza de trabajo, mientras apuntamos a la destrucción de la sociedad que nos obliga a vendernos con ella.

«[la clase obrera] no debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable guerra de guerrillas, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador de: “¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!“, deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: “¡Abolición del sistema de trabajo asalariado!“» (Karl Marx, Salario, precio y ganancia)

«ROSARIO SANGRA»

El mes de marzo comenzó con aumentos que reducen más el salario y a lo que hay que agregar, ahora en Rosario, una escalada del terror narco. Como dice la canción popular «pa’ los giles rafagazo», los “giles” somos los trabajadores. El fusilamiento fue de trabajadores mientras perdían su vida laburando. Asesinatos cometidos con balas de la policía. Mensajes mafiosos, miedo, paralización del transporte, el comercio, la educación, promesas políticas y bronca, mucha bronca.

Las nuevas medidas económicas de la burguesía juegan para el narcocapitalismo, preparan un terreno fértil de miseria y competencia, de sálvese quien pueda. Eso es poco si oficializan la dolarización, el blanqueo de capitales y la posibilidad de aportar anónimamente a las campañas políticas.

Gran parte de la población pide militarizar la ciudad, una política que no acabó con el narcotráfico en ningún país donde se implementó. Los milicos se meten en el negocio y significa un aterrorizamiento de civiles que siguen en el fuego cruzado de las mafias, incluidas las estatales. Las fuerzas policiales ya forman parte activa del negocio, y sumar a los militares podría significar un mayor armamento y profesionalización de las bandas dedicadas al narcotráfico en los barrios rosarinos. Atendiendo a las últimas décadas y las experiencias de otros países, con dichos métodos la violencia solo crece y muta su forma. En el Gran Rosario se ubican los principales puertos de la región, por los que pasan toneladas de cocaína hacia el Atlántico. Una pequeña parte de este gran negocio es comercializada en el llamado “narcomenudeo” que se disputan las bandas de los barrios, y en el que existe una gran participación de la policía, pero sin ser gestionado por esta como en otras ciudades del país. Al igual que la política es una gran cómplice y beneficiaria del negocio, pero no lo controla. Este problema es grave y profundo. Aunque ante la desesperación se anhelen soluciones mágicas, no existen. El circo al estilo Bukele tampoco es una.

Mientras tanto, los muertos los ponemos los trabajadores y sobre nosotros recae además el gasto en seguridad (transporte, rejas, y el “costo” en salud mental). Pero la situación de inseguridad es solo el lado más visible del fenómeno. Detrás, están los empresarios que no se manchan las manos de sangre y no son investigados, los políticos que agarran las coimas, los policías implicados, los jueces cómplices, el puerto que despacha soja y cocaína. Por tanto, meter presos o ejecutar a todos los soldaditos o incluso a los narcos, o presionar aún más a quienes están en prisión no soluciona la situación. Porque el negocio persiste, a lo sumo cambiará de manos, y la porción de población disponible para efectuar de “tiratiros” o sicarios continúa creciendo. Burgueses seguirán ganando fortunas y otros agarrarán billetes de la corrupción.

De momento «acá ladran los perros y se escuchan los tiros», no queda mucho que hacer más que protegernos y no escuchar los cantos de sirena de las Bullrich, los Berni y demás. Comprender el fenómeno para no creer promesas vacías ni generarlas nosotros mismos. Comprender que se trata de un problema más grande que el “narcoterrorismo”, que lo que manda es la ley del dinero y por eso hay quienes están dispuestos a mandar a matar, matar y ganar guita gracias al trabajo sucio de otros.

Abordamos este problema en el primero número de La Oveja Negra cuando asesinaron a Jere, Mono y Patom en febrero de 2012. Publicamos además Negocio, delito y muerte en Rosario (septiembre de 2021), Narcotráfico y Capital (noviembre de 2001) y «Todxs somos Jimi» (febrero de 2023) y compilamos algunos de estos artículos junto a otras reflexiones al respecto en el libro Plomo y humo. El negocio del Capital (Lazo Ediciones, 2022).

Volver a leer, conversar y reflexionar colectivamente, en esta sinrazón social que ya es parte de la normalidad capitalista.

EL CUERPO DEL ESTADO

¿El Estado argentino está delirando? Su cabeza, presidente y comandante en jefe de las fuerzas armadas, afirma que «el Estado es una organización criminal». Estamos de acuerdo, entonces Milei es el “capo di tutti i capi”.

Cuando en Rosario manos anónimas pintaron “Plomo y humo el negocio de matar” como denuncia del crimen y la destrucción del territorio, un “capo” local acusó a las mafias. Nosotros señalamos que el Estado es una mafia, y como en toda mafia la protección es tan sólo un pretexto. Su verdadera utilidad consiste en la consolidación de la administración de la vida social en el sentido más favorable para la explotación, se trate de “recursos humanos” o “recursos naturales”.  

El Capital es mafia no simplemente porque algunos empresarios o algunos capitalistas sean mafiosos, sino porque son estructuras mafiosas, que exceden la supuesta voluntad de funcionarios y explotadores “honestos”… Si podemos llamar honestidad a la omisión y el mirar para el otro lado en medio de una institución estatal o de explotación. La sociedad mercantil generalizada y su consecuente “guerra de todos contra todos” crea un suelo fértil para las mafias. Lo que las frena del exterminio mutuo es su consciencia de que la cohesión asegura su supervivencia mutua. Han aprendido a negociar y a tolerarse. Y en medio nos encontramos entre el fuego cruzado, encerrados entre la explotación, sus fronteras y sus reglamentos.

Así que la lucha contra el Estado deberá combatir una nueva barrera: la ideología “antiestatal” profesada por funcionarios estatales, políticos en carrera y sus defensores. Del mismo modo que la lucha contra el Capital tiene que vencer a todos quienes defienden la sociedad capitalista en nombre de un supuesto anticapitalismo que pretende mantener clases sociales, relaciones mercantiles, trabajo y salario.

La mano izquierda ignora lo que hace la mano derecha

Pese a su brutal agudización, el ajuste administrado por la coalición La Libertad Avanza/Cambiemos no es nuevo, viene de larga data, aunque su profundización sí es destacable, y temible.

Gobernar este país se ha vuelto una manera de gestionar el abaratamiento permanente de nuestros salarios. Por eso el ajuste no es ni “de Milei”, ni “de Massa”, ni peronista, ni liberal. En todo caso lo que cambia es la forma de administrarlo.

En su alternancia, los diferentes gobiernos colaboran en un mismo proyecto, no se oponen. Lo que las buenas conciencias progresistas ignoran es que sus oponentes hacen el trabajo sucio. Si los “nacionales y populares” se pueden enorgullecer de sus gestiones es porque antes los “amantes de la libertad” ajustaron brutalmente. Y cada alternancia gubernamental inicia un escalón más abajo en lo que a salarios se refiere. Esto no es política, es suficiente con ver la caída del poder de compra de nuestra clase en las últimas décadas.

Si los “líderes” del gobierno/fase anterior no aparecen, cabe preguntarse por qué. No se trata de una “traición” o falta de estrategia. Es hora de abandonar esa forma política de razonar propia del entretenimiento “inteligente” que requiere de la producción de noticias, opiniones, “contenido” en las redes, porque de eso depende su supervivencia. Sucede que este momento de ajuste es la necesidad del Capital en Argentina para comenzar una fase con una economía ascendente basada sobre esta destrucción actual. Este ajuste es necesario ¡desde el punto de vista del Capital! para empobrecer al proletariado y bajar nuestro nivel de vida, de cada uno de sus sectores: degradando las condiciones laborales, reduciendo el precio de la fuerza de trabajo, aumentando el de-
sempleo, empeorando la vivienda, el acceso público a la salud y la educación.

Las crisis preparan una entrada desfavorable para el proletariado en el nuevo ciclo económico. Con abundante mano de obra deseando trabajo en las condiciones que sea, con unos sueldos bajos y aspiraciones más bajas que el ciclo anterior. Eso puede explicar por qué estamos cada vez peor, por qué hay cada vez menos respuesta colectiva y masiva frente a estos atropellos. Quien ingresa al mercado laboral ya ni pretende estar en blanco, como el de la generación anterior no aspiraba al auto-familia-vacaciones, o su antecesor a la casa, que otros sí pudieron comprar trabajando. El problema es que hay una masa de votantes que se esmera en defender una fase de este movimiento económico, pero izquierda y derecha son inseparables, una no existe sin la otra.

Claro que protestamos contra el ataque de clase que representa la baja de salarios y ayudas sociales, la inflación, la suba de medicamentos, transporte, alquileres, etc., etc. pero eso no significa alimentar la ilusión democrática de oponer un gobierno a otro como si esa fuese la solución. El desafío es no ser furgón de cola, o precampaña del próximo gobierno “progresista”, que será pronto si los liberales hacen bien su trabajo o tardará un poco más hasta que puedan terminarlo.

Es posible y necesario luchar colectivamente con una perspectiva de clase que vaya a la raíz de los problemas y no se quede observando lo superficial. La cuestión es cuándo y cómo comenzar.

Para finalizar, queremos subrayar que esta metáfora del Estado como un cuerpo nos ha servido para pensar la situación actual. No obstante, no abordamos al Estado como un cuerpo orgánico. Platón, por ejemplo, imaginaba al Estado como un ser humano y al igual que nuestros cuerpos con cabeza, pecho y vientre, el Estado tendría gobernantes, soldados y productores. En la República habla del Estado sano, así como del Estado afiebrado o enfermo. Esto nos recuerda a la “enfermedad del comunismo” que, según el presidente actual, aqueja a la sociedad. Mientras, la oposición busca patologizarlo, como si se tratase de un enfermo que ataca al cuerpo sano del Estado desde fuera. Sin embargo, el Capital y su Estado no parecen hechos a medida humana, y si estas metáforas son posible es porque existe la concepción del humano-máquina, tan propia de nuestra época.