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jueves, 1 de octubre de 2026

LA DIVINA MAQUINARIA CAPITALISTA. MILEI Y EL MESIANISMO LIBERAL

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Javier Milei reflotó una vieja teoría de la conspiración: Karl Marx era satanista y el marxismo fue creado por el diablo. Esta fue expuesta en agosto durante una charla frente a estudiantes del colegio ORT, una institución educativa privada de la comunidad judía en Argentina. No es la primera vez que lo hace, siquiera en lo que va del año; ya en abril lo había desarrollado ampliamente durante un discurso en Israel. Allí agregó, en pleno bombardeo a una escuela en Irán, que «con determinadas culturas no se puede convivir». Afirmó que el comunismo «es satánico y opuesto al programa de Dios», que «el paraíso va a venir a nosotros» y que ese supuesto paraíso sería capitalista. Recibió la “Medalla Presidencial de Honor”, en reconocimiento a su compromiso con el Estado de Israel, y volvió a tierra argentina donde nos aquejan problemas mundanos de una crisis permanente, una crisis que se ha vuelto tan cotidiana que la categoría ya no describe ninguna situación extraordinaria. Es tan solo como funciona el Capital en este país.

En su discurso en la Universidad Bar-Ilan de Israel Milei adelantó un texto titulado «Capitalismo: la divina maquinaria del paraíso», epílogo de su próximo libro titulado Ética como política de Estado. Al comenzar da una descripción de carácter mesiánico, un lenguaje que la política parecía haber abandonado:

«(…) considero que abrazar los valores judeocristianos conducen a la prosperidad; (…) hemos sido expulsados del paraíso, no podemos volver al paraíso, pero si obramos acorde a las leyes de Hashem [Dios], el paraíso va a venir a nosotros.»

Milei no es simplemente un loco: es un claro producto de nuestra época, un exponente del pensamiento conspiranoico, de la falacia ad naturam, de la “ley de la atracción”, y de las mil y una maneras de defender esta sociedad. En números anteriores ya nos abocamos a la justificación religiosa de discursos en torno al Capital, la tecnología, la guerra y los grandes cambios que estamos viviendo: «Dios y la IA» (nro. 105) y «Palantir y el Anticristo» (nro. 106). En esta ocasión vamos criticar la defensa de la propiedad privada y la explotación en nombre de una suerte de argumento judeo-liberal.

“Marx satanista”: romanticismo y teorías de la conspiración

De acuerdo al Romanticismo –movimiento cultural, artístico y literario surgido en Europa a finales del siglo XVIII– del cual beben las diferentes corrientes del socialismo, la figura de Lucifer o Satanás es el arquetipo de un héroe rebelde, un ser trágico dotado de inteligencia, belleza y orgullo que desafía la tiranía divina. Por ejemplo, Karl Marx escribe un poema a sus 19 años titulado «El violinista» (1837) donde manifiesta: «Hasta que el corazón esté embrujado, hasta que los sentidos se tambaleen: / Con Satanás he sellado mi pacto». Bakunin en Dios y el Estado, escrito entre 1871 y 1872, hace lo propio: «[Jehová] Quería que el hombre, privado de toda conciencia de sí mismo, permaneciese un eterno animal, siempre de cuatro patas ante el dios eterno, su creador y su amo. Pero he aquí que llega Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos. Avergüenza al hombre de su ignorancia y de su obediencia animales; lo emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la humanidad, impulsándolo a desobedecer y a comer del fruto de la ciencia.»

En Perú, ya en 1886, mucho antes de su adhesión al anarquismo y al igual que otros autores románticos, González Prada expresó su preferencia por la figura de Lucifer: «El heroísmo está, pues, en el Diablo, que representa el valor temerario; no en el Dios omnipotente, que triunfa sin practicar la menor hazaña» («Los fragmentos de Luzbel»).

Por estas tierras también tenemos rastros luciferinos. En 1906 el poeta Alejandro Sux, exclamaba en Buenos Aires: «¡Levántate Satán! ¡ven con nosotros / rebelarnos cual tú también queremos: / nosotros somos parias de la Tierra / y del dios Capital forzados siervos / ya nos hemos cansado / de arrastrar por el mundo nuestros cuerpos /
y vamos a lanzarnos al combate / como lo hiciste tú contra los cielos… / ¡morir en la contienda por la causa / o ser rey cada cual hemos resuelto!» («Lucem Paebre», incluido en Cantos de rebeldía)

Y ante el inminente estallido revolucionario en México, Flores Magón publicaba: «Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso. Bienaventurados los corazones donde enraiza la protesta. ¡Indisciplina y rebeldía!, bellas flores que no han sido debidamente cultivadas.» («Vamos hacia la vida», 1907)

En el bando opuesto, en “tierras santas” y para argumentar sus fantasías capitalistas, Milei retomó a Richard Wurmbrand quien publicó en 1986 un libro titulado Marx y Satán. En su “investigación”, el pastor evangélico anticomunista de origen rumano sostiene que Marx pactó con el Diablo, tomando como prueba nada menos que poesías de juventud leídas de manera literal.

Ese pequeño libreto circula hace tiempo en sitios web conspiranoicos y puede estar acompañado de una supuesta correspondencia entre Marx y un rabino, mediante la que se pondrían al tanto sobre cómo iría el plan de dominación mundial para acabar con la civilización occidental. Estos libelos abonan la “teoría” del “marxismo cultural”, otro plan malévolo orquestado por las élites que explicarían no solo el comunismo, sino el feminismo, el rock o el reggaetón.

Las llamadas “teorías de la conspiración”, donde el mote de “teoría” es demasiado generoso, al tiempo que parecen dudar de todo se aferran a supuestas verdades muy simples. Mientras dudan de todo gobierno, abrazan la supuesta genialidad de nuevos candidatos. Esto mismo decíamos en el libro Contra el liberalismo y sus falsos críticos (Lazo Ediciones, 2023), que escribimos mientras crecía el fenómeno de las nuevas derechas liberales y Milei era candidato. Observábamos como esa forma de razonamiento conduce a votar outsiders para llevarlos a los parlamentos de diferentes países. Un pensamiento anclado en la sobreinformación sin discriminación y la falta de perspectiva. Un razonamiento impotente en sentido crítico y transformador.

¿Cómo tomar en serio estos argumentos que salieron de aquellos pequeños círculos para ser amplificados en universidades y casas de Gobierno? El presidente de Argentina declara:

«(…) cuando uno rechaza la ley de Dios, cuando adscribe al marxismo, el resultado no es incierto. El marxismo no es simplemente una teoría económica alternativa con errores técnicos corregibles. Es algo mucho más serio. Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista. Sus propios textos de juventud lo revelan. (…) Dice textual “pronto abrazaré la eternidad y lanzaré gigantescas maldiciones a la humanidad”, escribe Marx. Richard Wurmbrand lo documentó con rigor en su libro Marx y Satanás. (…) Los valores del colectivismo son la envidia, el odio, el resentimiento y el trato desigual ante la ley.»

Luego refiere, tomado de El libro negro del comunismo, a los 150 millones de muertos en países que se reclamaban socialistas. Deja claro que su elección no está basada en ningún análisis materialista, sino en un vago moralismo:

«Mientras que el programa de Dios trae abundancia y armonía espiritual y material, el programa marxista es un programa satánico, que –en lugar de traerte al paraíso– te trae al infierno. Ese es el programa opuesto al programa de Dios. La elección no es política, es moral.»

La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido, aunque vale la pena leer la “selección literaria” que hace el pastor rumano, en donde incluye también algunas metáforas sobre Satanás como símbolo de rebeldía. Pero Milei y compañía no hacen análisis literario ni poético, tan solo construyen una narrativa en la que el capitalismo coincidiría con el plan de Dios y el paraíso sería el Mercado. Para esta teología, el Capital no tiene génesis histórica, no «viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza a los pies» (Marx, «La acumulación originaria»). Quizás fue creado por Dios en seis días sin expropiación, sin cercamiento de tierras, sin desarrollo de las fuerzas productivas, sin proletarización. Estas fantasías religiosas también afirman que la propiedad privada no es histórica sino una revelación. Y, por tanto, toda crítica de la propiedad se vuelve, por definición, blasfemia. Seamos blasfemos, entonces.

Seamos el adversario absoluto. Satán es, según la cosmovisión religiosa, quien cuestiona, quien rompe la obediencia del mundo divino. Continuemos la obra de Marx, Bakunin y tantos compañeros que, para quitar el halo celestial con el que se presenta el orden del “más allá”, lo trajeron al más acá para explicarse cómo funciona.

El supuesto paraíso capitalista

Antes de adelantar el extracto de su próximo libro, el presidente señaló «se los quiero leer tal cual lo escribí, porque refleja, además, un cúmulo de sensaciones que yo tengo». Así, a tono con la época que nos toca atravesar, pone sus sensaciones como presupuesto contra el “satánico” método materialista. Y refuerza, nuevamente, la narrativa de que el mundo es movido principalmente por las emociones:

«(…) todos los valores que son los del socialismo, que es la envidia, que es el odio, que es el resentimiento, que es el trato desigual frente a la ley y hasta la vulneración de la vida misma, conducen a la miseria. (…) Porque hay cuatro tipos que le tienen envidia al que tiene quinientos. (…) lleva a que, además, los seres humanos se lleven mal, no pueden convivir en paz.»

Milei dice haber encontrado respuesta a la pregunta de «si hay o no un orden que nos trasciende», y que no puede callarla. Sin duda hay algo similar a un orden que nos trasciende pero es de este mundo, es social, por tanto no es trascendente en términos divinos.

Aunque disparatada, no es casual esta deriva mística de un apologeta del modo de producción actual. El Capital es el sujeto de esta sociedad porque la producción y reproducción de la sociedad esta organizada a través de la producción mercantil, donde lo que importa es que el valor se valorice, es decir, obtener la mayor ganancia posible. Nos reproducimos como especie reproduciendo al Capital y por ello se lo naturaliza y se llega al absurdo de sacralizarlo. Del fetiche propio de producir mercancías que determinan nuestra conciencia en tanto personificaciones del producto de nuestro trabajo que necesita venderse, pasamos directamente al fetiche del Capital tan propio de la economía vulgar: el dinero tendría la capacidad de generar dinero por sí mismo sin mediar la explotación de la fuerza de trabajo, tal como Cristo multiplicó los panes y los peces. De este modo, la relación social capitalista por excelencia ya no aparece solo como cosa sino también como divinidad.

Así como las guerras, la IA es otro tema ineludible. Milei también lo trata en tono religioso, al igual que Peter Thiel o León XIV, como ya vimos en números anteriores de La Oveja Negra. Nuevamente, es muy difícil comprender la realidad desde semejantes idealismos. Refiere a un «hombre antes de la caída», afirma que «el almacenamiento, el procesamiento, la comprensión que operaba en Adán era incomparablemente superior a cualquier inteligencia artificial actual», habla «de la abundancia radical del paraíso»… Entonces, al comprender que existió una Edad de Oro fuera de nuestro tiempo Milei no puede comprender que en verdad producimos nuestras maneras de organizarnos y reproducir nuestras sociedades, que somos seres históricos. Supone que hay modelos ideales a los que simplemente hay que arribar y así llega a aseverar que:

«el capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de su ley para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre. El hombre lo descubrió al obedecer. Está inscripto en los diez mandamientos. El orden moral que el creador estableció antes de que existiera cualquier Estado o cualquier mercado. No restaura la dotación divina que se perdió, no devuelve al hombre la capacidad infinita que tenía en el Edén, pero es el único sistema que, en consonancia con la ley de Dios, permite que el hombre trabaje, innove y descubra tecnología y genere prosperidad dentro de sus condiciones actuales. Y más aún, es el camino que al alinearse con esa ley permite traer el paraíso a la tierra. No el paraíso de las dotaciones infinitas. Ese lo perdimos. Sino el paraíso posible. Abundancia radical dentro del mundo caído, lograda por la obediencia al orden divino.»

Es que no solo no sucedió tal caída –aquella descrita en el «Génesis» del Antiguo Testamento, en la cual Adán y Eva pierden su inocencia tentados por la serpiente, y al comer el fruto prohibido del árbol del conocimiento son expulsados del Jardín del Edén– sino que no hay una esencia humana presocial, ni capitalista ni comunista.

Sin embargo, la falacia de todo idealismo es presentar como natural o don divino tanto aquello que justifica como aquello que ataca. Veamos la difícil cuestión de la libertad. Recordemos que se trata de un defensor acérrimo del modo de producción capitalista, que refería a la «libertad de morirse de hambre» para exponer con brutal claridad el significado de la libertad en esta sociedad. En esta ocasión dice:

«La libertad no es una conquista humana, es un don divino, y de ese don surge la responsabilidad de no esclavizar al prójimo, de no someterlo y de respetar estrictamente su proyecto de vida.»

Sin embargo, la libertad adquiere un significado específico y una forma concreta en la sociedad capitalista, no existe antes de que existan los individuos y las sociedades de las que forman parte. La libertad individual surge por la forma en que está organizada la producción capitalista: unidades de producción independientes y aisladas las unas de las otras que intercambian entre sí el producto de su trabajo. Dicho de otro modo, el trabajo se realiza de manera privada y el producto del mismo toma la forma de mercancía. Los vendedores de fuerza de trabajo son doblemente libres: libres de todo dominio personal y libres de los medios de producción. Es sobre esta base que es posible la producción de plusvalor: la fuerza de trabajo se paga por lo que cuesta reproducirla pero produce una cantidad de valor mayor. Allí reside el secreto de la explotación capitalista y la capacidad del Capital para ampliarse constantemente. Capitalistas y proletarios son de este modo libres e iguales frente a la Ley, de ahí la relación de ciudadanía que encubre un antagonismo y una desigualdad. La libertad para ambas clases es la forma que toma la conciencia que tiene como contenido la enajenación en el Capital.

Por nuestra parte, es importante machacar una y otra vez que Estado, propiedad, división sexual, mercancía o tecnología no son fruto divino, ni de la maldad o la bondad humana y, mucho menos, estaban allí esperando a ser descubiertos. Sin embargo, los delirios llegan al paroxismo cuando de justificar la propiedad privada se trata. Si no existiese el monopolio de la violencia en manos del Estado para recordarlo, la propia inercia de las relaciones sociales harían lo propio.

«También tenemos el mandamiento que dice “no robarás”. Sin propiedad privada no hay mercado. Si el fruto de mi trabajo puede ser confiscado por otro, ya sea un ladrón o un Estado que redistribuye por la fuerza, desaparece el incentivo a producir. La propiedad privada no es una convención humana arbitraria. Es el reconocimiento de que el trabajo del hombre le pertenece porque el creador mismo se lo instruyó así.»

Luego de seguir con sus emociones personales, “argumentos” hollywoodenses y referencias a Messi, continúa para afirmar que no es la propiedad privada lo que nos enfrenta unos a otros sino, por el contrario, aquello que garantiza la paz:

«(…) esto los pone en un lugar bastante incómodo a los de izquierda: “no codiciarás”. Sin respeto por lo ajeno no hay convivencia pacífica. La codicia, el deseo de apropiarse de lo que pertenece al otro, es exactamente el combustible moral del colectivismo y del marxismo. La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. (…) es la valla que protege la convivencia libre entre individuos, y son también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones. El sistema que respeta esas normas, el sistema que hace a la propiedad privada y el contrato voluntario sus pilares, es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios, y esa consonancia no es accidental, es estructural.»

Es mediante estas volteretas que tienen que explicar las guerras; no a través de la propiedad privada, sino a través de la fe y las “diferencias culturales”. Y es, a su vez, a través de estas mismas contorsiones que como cualquier cura de cualquier capilla afirma, o amenaza, que «la prosperidad material es la consecuencia natural de la obediencia espiritual». Así, como cualquier pastor que promete “pare de sufrir” aquí y ahora, como si de una publicidad de un analgésico de efecto rápido se tratase, dice:

«El paraíso no se alcanza, se trae, y se trae cumpliendo la ley de Dios aquí, en esta tierra, en este momento. Y está en el Padre Nuestro también, (…) no dice: “Vámonos nosotros al reino”, dice: “Venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo”. El paraíso viene a nosotros, a nosotros que lo perdimos, que fuimos expulsados, que no podemos volver por nuestros propios medios. Por eso, el Creador viene a nosotros, porque nosotros perdimos ese lugar y ya no podemos recuperarlo solo. “Así en la tierra como en el cielo” no es una fórmula litúrgica, es un programa, es traer el paraíso a la Tierra, y, para traerlo, el hombre debe cumplir la ley de Dios. Al cumplir la ley de Dios, vas a tener un sistema económico que es justo, que es eficiente y que, además, maximiza el crecimiento y, por ende, te derivan abundancia radical. Ese es el capitalismo en consonancia con los valores judeocristianos (...)»

Ni quienes presumen espiritualidad o se autoperciben seres religiosos pueden escapar de las promesas posmodernas de nuestra época: mas capitalismo, aquí y ahora. Ya ni falta hace prometer una vida obediente en la tierra para vivir una eternidad felices. Los consumidores no pueden esperar tanto ni pueden desear mucho más allá de lo que no conocen, el paraíso vendría a significar para ellos un capitalismo depurado de lo que no les agrada.

Contra las fuerzas del cielo, ¡viva el comunismo!

lunes, 24 de agosto de 2026

¿CAMPAÑA ANTIARGENTINA?

En plena fiebre patriotera pensábamos publicar alguna reflexión sobre la supuesta “campaña antiargentina”. Pero, ¿para qué compartir una reflexión y una agitación en pleno fervor “mundialista” (o “post-mundialista”)? Podríamos señalar incansablemente cómo el nacionalismo nos une a los explotadores y gobernantes de este país mientras nos separa de los explotados de otros países, incluso de los que viven en este; y que eso no es más que una defensa de lo existente, un aval de las cosas tal como están. Por suerte personajes con mucha, muchísima mayor llegada que nosotros expresan lo que queremos decir a la perfección. El animador Pedro Rosemblat, abonando al pensamiento nacionalista, expresó:

«Yo prefiero a cualquier argentino, aunque sea gorila, aunque sea libertario, antes que a cualquier progre español, a cualquier zurdo chileno. No tengo ninguna duda. Primero la Patria y después, mucho después, la ideología, la doctrina, el partido político, el movimiento.»

La Derecha Diario dice que «La empezó a ver». La Izquierda Diario pide al nacional-peronismo que no sea tan reaccionario. La verdad ha sido expresada, solo queda tomar posición sin medias tintas. Como bien señala Rosemblat, el patriotismo trasciende derecha e izquierda, trasciende las clases, anteponiendo los intereses del país a los intereses de clase: «Estoy más con Milei que con el rey de España y Pedro Sánchez».

En este sentido, se acercan tiempos todavía más oscuros, de mayor defensa de la burguesía nacional, de mayor desprecio por el extranjero, de defensa de territorios que no nos pertenecen. En síntesis, se avizoran tiempos de aceptación de la miseria que nos toca vivir en nombre de la defensa de la Patria, que no es más que el lugarcito que tiene Argentina en el mercado mundial gerenciado por la burguesía nacional e internacional.

* * *

Para ampliar, compartimos algunos de los últimos artículos sobre patriotismo:

¿LA XENOFOBIA SE VOLVIÓ DE IZQUIERDA? (nro. 103, enero de 2026) A partir de la discriminación a los migrantes venezolanos pensamos como el patrioterismo no es un signo de identidad privativo de la derecha.

¿LA PATRIA NO SE VENDE? (nro. 93, marzo de 2024) Si la cuestión social no está planteada en términos patrióticos sino de clase, nosotros no somos dueños de nada y no tenemos posibilidad de vender lo que no nos pertenece.

¿AL GRAN PUEBLO ARGENTINO, SALUD? (nro. 86, enero de 2023) En este artículo nos preguntamos sobre la arbitrariedad de la identidad nacional y la construcción y representación de la categoría “pueblo”.

1° DE MAYO CONTRA EL NACIONALISMO (nro. 82, mayo de 2022) Un número especial en un año de guerras patrióticas, de aniversario de Malvinas, de mundial de fútbol. Vale la pena volver sobre el internacionalismo proletario y combativo.

martes, 21 de julio de 2026

DIOS Y LA IA. SOBRE LA ENCÍCLICA PAPAL

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«Magnifica Humanitas» [Magnífica Humanidad], con el subtítulo «Sobre la custodia de la persona  humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial», es la primera encíclica publicada por el nuevo líder máximo de la Iglesia Católica a fines de mayo de 2026 «con motivo del 135º aniversario de la Rerum Novarum», aquella que alertaba sobre los peligros de la creciente lucha obrera y proponía contener al proletariado para garantizar su explotación y la paz de la propiedad privada.

Necesariamente, Robert Francis Prevost alias “León XIV”, no cuestiona los fundamentos del problema sino su superficie. Aparenta profundidad al solicitar una regulación de las nuevas tecnologías digitales junto con el señalamiento de quiénes detentan el poder sobre la IA y hacia qué fines la orientan. Además agrega una obviedad: las nuevas tecnologías no son neutrales, porque responden a los intereses de sus diseñadores y financiadores. Cierto, las viejas tampoco.

Su planteo de “desarmar” la IA, es decir, de liberarla de las lógicas de dominio, explotación y guerra para ponerla al servicio del bien común es, cuanto menos, ilusa. Sucede que en boca de un líder de tamaña autoridad no se trata de un acto de inocencia.

Está claro que la hiperconexión nos expone a una sobrecarga de estímulos poco y mal digeridos que nos deja impotentes en tanto espectadores. Es también el caso de la indignación permanente, el impacto del horror sin reflexión abruma y paraliza. El nuestro no es un debate espiritual y mucho menos al interior del cristianismo. Ese es el marco ideológico en el cual se da la actual contienda entre las autoridades del Vaticano y las de Silicon Valley, representada por figuras como Peter Thiel y corporaciones como Palantir, con su obsesión por el “anticristo”. Abordaremos la cuestión del desarrollo tecnológico y, en particular, la inteligencia artificial desde una perspectiva materialista sobre lo que continuaremos indagando en los próximos números, puntualizando en el polémico “Manifiesto Palantir”.

«¿Quiénes tienen razón, los idealistas o los materialistas? Una vez planteada así la cuestión, vacilar se hace imposible. Sin duda alguna los idealistas se engañan y/o los materialistas tienen razón. Sí, los hechos están antes que las ideas; el ideal no es más que una flor de la cual son raíces las condiciones materiales de existencia. Toda la historia intelectual y moral, política y social de la humanidad es un reflejo de su historia económica.» Así comienza nada más y nada menos que Dios y el Estado de Mikhail Bakunin…

«Sobre la situación de los obreros»

«Rerum novarum» [«De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos»] lleva por subtítulo «Sobre la situación de los obreros» y, al igual que en esta nueva oportunidad, la propuesta es ordenar y pacificar. Para los reformistas de toda religión, incluso las ateas, la clave está en pensar en cómo distribuir mejor sin jamás cuestionar el modo de producción.

Podría parecer una tarea inútil confrontar las posiciones de una institución decadente, sin embargo su perspectiva es representativa de todo un arco político alineado con el progresismo, el obrerismo y la romantización de la pobreza.

Con motivo de una ocasión en que la CGT y otros sectores llamaron a marchar a la procesión de la Virgen de Luján, en La Oveja Negra nro. 59 publicábamos:

Solo cinco años después de aquel mayo por el cual aún conmemoramos el 1° de mayo, más precisamente el 15 de mayo de 1891, el papa León XIII promulgó la encíclica «Rerum novarum». En esta carta no invitaba a quemar a los rebeldes en una hoguera sino a calmarlos apoyando su derecho laboral de «formar uniones o sindicatos», reafirmando también su apoyo al derecho de propiedad privada.

El segundo punto de la encíclica «Rerum novarum» es muy claro al respecto: «Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes (...) Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones.»

En aquello de «los legítimos poseedores», hoy podemos ver acuerdos con otro autopercibido “león”, que gobierna este país. Hablan como si la propiedad privada fuese un hecho natural o divino, pero nunca histórico. Cuando, en cambio, se trata de una historia de desposesión, resistencia y explotación.

El punto 15 de la antigua encíclica nos despeja toda duda celestial de la función terrenal de la religión: «para acabar con la lucha y cortar hasta sus mismas raíces, es admirable y varia la fuerza de las doctrinas cristianas. En primer lugar, toda la doctrina de la religión cristiana, de la cual es intérprete y custodio la Iglesia, puede grandemente arreglar entre sí y unir a los ricos con los proletarios, es decir, llamando a ambas clases al cumplimiento de sus deberes respectivos y, ante todo, a los deberes de justicia. De esos deberes, los que corresponden a los proletarios y obreros son: cumplir íntegra y fielmente lo que por propia libertad y con arreglo a justicia se haya estipulado sobre el trabajo; no dañar en modo alguno al capital; no ofender a la persona de los patronos; abstenerse de toda violencia al defender sus derechos y no promover sediciones».

El 1° de mayo, «fiesta de san José obrero» así llamada por los comehostia, pero de 1991, otro funcionario eclesiástico conocido como “Juan Pablo II”, con ocasión del Centenario de «Rerum novarum» promulgó la «Centesimus annus» [«Centenario»], donde venía a reafirmar el progra-
ma invariante de la burguesía: contención de las luchas del proletariado y defensa de la propiedad privada.

La “Doctrina Social de la Iglesia” y su fin último de «la construcción de la Civilización del Amor» (sic) no es más que la justificación espiritual del modo de producción capitalista acá en la Tierra. A fin de cuentas, su reino sí es de este mundo.

«Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial»

Cabe señalar la construcción del relato a posteriori. Ya en la presentación de «Magnifica Humanitas», León XIV dice que hace 135 años un predecesor suyo «observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial», dicho así y como repiten todos los progresistas de hoy, parece que se trató, en plena Revolución Industrial, de un cuidado de los trabajadores cuando en verdad era un llamado de alerta para la burguesía.

La preocupación de la Santa Sede es que «hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra». Si hacemos una crítica, es porque su forma de abordar el problema es, lamentablemente, muy representativa tanto del ciudadano de a pie como de los movimientos sociales.

La Iglesia alerta por el «riesgo de deshumanización, [es decir] construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio» (punto 10). Vemos aquí que “lo humano” es un significante vacío que cada quien puede llenar de acuerdo a sus creencias. La Iglesia incluye a Dios, otro dirá que se trata de ser esencialmente solidarios y otro propondrá la competencia o la supervivencia del más fuerte. Si, tal como señala la Encíclica, «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: (…) ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también (…) que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios» (21), ¿qué significa «custodiar lo humano»? ¿Cuál de los dos humanos? ¿El torturador o el torturado?

Sucede que, necesariamente, el enfoque cristiano no ve determinaciones sociales sino: «La corrupción moral de nuestro límite creatural ‒el mal que evidentemente agita el corazón del hombre‒ arruina la sociedad y la vida» (21). Respondemos que si el otro se transforma en un medio, es decir, es cosificado, no es porque el mal habita en nuestra alma, sino porque el alma de este mundo es la ganancia. Por tanto, las manifestaciones inmediatas son la competencia y la cosificación propias de esta sociedad.

«El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.» (112) La pregunta es: ¿por qué alertarse ahora y no antes? Lo mismo podría achacarse a la existencia del dinero, motivo por el cual existe el desarrollo de la IA. Sin embargo, se da por humano y natural el presente y se teme a un futuro “antihumano”. Se da por sentado al individuo producto de esta sociedad como una creación de Dios no adulterada que podría ser arruinada en breve. Vemos que, generalmente, toda crítica de lo existente es un rechazo de los cambios, una defensa del presente (y del pasado reciente) en tanto orden natural. Como señaló Karl Marx «ven en él, el punto de partida de la historia, porque consideran a dicho individuo, como algo natural, en consonancia con su concepción de la naturaleza humana, y no un producto de la historia, sino un dato de la naturaleza.» (Introducción general a la crítica de la economía política)

Si el transhumanismo y el posthumanismo postulan «la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana» (116) es porque son expresiones concretas y extremistas de la sociedad capitalista. Esta considera que no existen los límites y es gracias a esa fantasía que busca el desarrollo y la ganancia al infinito, aunque permanentemente se tope con obstáculos materiales.

La sociedad capitalista constituye un modo en que los seres humanos organizamos nuestra reproducción, histórico y por lo tanto transitorio, en el que el producto de nuestro trabajo se ha convertido en el sujeto mismo de la sociedad. Nos reproducimos reproduciendo al Capital, y de allí brota la forma peculiar que tiene el desarrollo de la técnica bajo su dominio. El Capital es algo que los seres humanos nos hacemos a nosotros mismos. Por tanto, el desarrollo de la IA no se trata de «una construcción grandiosa, pero inhumana» (129), sino de un desarrollo humano, muy humano.

«La dignidad del trabajo en la transición digital»

«Desde el nacimiento de la Doctrina social, con la Rerum novarum, la Iglesia ha llamado la atención sobre la protección de los trabajadores y la necesidad de combatir toda forma de explotación» (148) dice la Encíclica.

Los materialistas, siguiendo la crítica de la economía política desarrollada por Karl Marx, comprendemos que la reproducción de la sociedad capitalista está orientada hacia la máxima obtención de ganancia posible, y que la principal fuente de ganancia es el plusvalor, que se produce a través de la explotación del trabajo asalariado. Por tanto, la explotación no es simplemente un trabajo precario y mal pagado, lo que efectivamente es el caso de la inmensa mayoría de los asalariados y precarizados del planeta. El Capital explota al proletariado en su conjunto, incluso allí donde la iglesia y el progresismo consideran justas las condiciones de compra y venta de la fuerza de trabajo.

El Dios torturador y misógino del Antiguo Testamento nos decía en el «Génesis»: «Por cuanto le hiciste caso a tu mujer, y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. (…) Te ganarás el pan con el sudor de tu frente». Sin embargo, hasta el año 2026 continúan insistiendo con la dignidad del trabajo, aquel trabajo que fue encomendado como castigo: «el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana». (149)

El engaño es absoluto: «la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios» (151). ¡¿“Suele”?! Es la única finalidad de desarrollar tecnología en nuestra sociedad y es el gran problema del Capital: a la vez que depende del trabajo humano como creador de plusvalor, incesantemente reduce la cantidad de trabajo incorporada en cada mercancía, mediante el uso de maquinaria y modernización de la producción.

«El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común.» (152) Todo eso podrá ser en el Cielo o en el Purgatorio, porque acá en la Tierra todo está subordinado al orden económico, incluso la producción ideológica de los autopercibidos enviados de Dios, y las personas hemos sido reducidas a un medio.

“El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” es un refrán que significa que los buenos propósitos no sirven de nada si no van acompañados de acciones concretas, podemos agregar que esas acciones deben ir acompañadas, a su vez, de análisis correctos.

Por último, pero no menos importante, hoy como ayer la Iglesia propone sindicalizar la precarización: «Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades» (155). Debido a que las nuevas formas de trabajo pueden producir nuevas formas de asociación entre explotados que prescindan de los sindicatos ‒que se muestran cada vez más caducos ya no para fines revolucionarios sino para las luchas inmediatas del proletariado‒, la Iglesia llama a tomar conciencia a sus hermanos de clase.

«La normalización de la guerra»

El modo de producción capitalista es explotación y comercio pero también es guerra, incesante, en diferentes territorios del planeta. La Iglesia hace mea culpa y reconoce que: «a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración.» (189)

Evidentemente… Al señalar que «la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo» (192) hasta pareciera que hacen una descripción de su propia institución.

Ya desde el «Discurso de Presentación» de la Carta, se emplea un lenguaje que parece antibélico: «la inteligencia artificial exige ahora ser “desarmada”, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. (…) Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia en acción. Pero, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo».

Más adelante, en el punto 110 aclara: «Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. (…) Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida». Le exigen a la tecnología que no sea tecnología, del mismo modo que le piden al trabajo que no sea trabajo. Así, piden armas para no matar, o mejor dicho para matar dignamente: «el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana» (197). En ese “dignamente” está el detalle de todo el progresismo: sostener este mundo de explotación, masacre y guerra pero con “dignidad”, sea lo que sea que eso signifique.

Moda decolonial obliga, hasta el Papa sigue sus preceptos y se preocupa además por el denominado “control social”: «El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. Territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural, se ven, en el presente, atravesados por una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa. Quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, hoy recopilados a menudo bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados. Y puede decidir, antes que los demás, a quién destinar medicamentos, inversiones y protecciones. Es aquí donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién. De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma.» (178) Lo que señala es más o menos acertado, pero obviar cuál es la fuente que produce todo aquello, o simplemente posicionarse a favor de las cosas buenas y en contra de las cosas malas no nos ayudará mucho. La pregunta continúa siendo ¿por qué molestarse únicamente con las manifestaciones novedosas, extremas o superficiales del modo de producción capitalista?

«Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA»

De acuerdo, «el uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico» (102). Pero las frases genéricas y bien intencionadas no sirven mucho más que para dejar la conciencia tranquila: «que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites» (102) podría ser tranquilamente la formulación de algún chatbot de inteligencia artificial. Por otro lado, omite que la “inteligencia humana” también crea los campos de concentración o la logística de la masacre en Gaza. Dice que la “inteligencia artificial” no tiene “conciencia moral”: «no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias» (99), ¿acaso la tienen los mercenarios o los torturadores, o siquiera los empresarios al servicio de la ganancia? ¿Y la tenemos nosotros, población proletarizada, en un mundo en el que el Dinero es el Dios que justifica todo acto, por horrendo, rutinario o estúpido que sea?

En ese sentido, y no por casualidad ni maldad, la IA así como el Dinero son absolutamente indiferentes al contenido de lo que acumulan, calculan o intercambian: «(...) escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados» (141).

Nuestra realidad es indivisible, implica “la dignidad del hombre”, la explotación, la libertad democrática, los residuos nucleares y los drones asistidos por IA que asesinan niños. La verdad está en el conjunto, si uno de los elementos es eliminado de nuestro cuadro, inevitablemente hay que eliminar todos los demás. Hay un peligro mayor que el desarrollo de la IA y es el desarrollo y afianzamiento en el pensamiento de la lógica de separación binaria y excluyente entre bueno y malo, tan propia de la religión cristiana.

Los especialistas y empresarios a los que alude la Iglesia no desarrollan la IA a partir de la nada, ellos mismos son producidos por el desarrollo capitalista e, independientemente de que las negociaciones de “desarme” tengan éxito o no, ya no podremos deshacer lo conocido sobre la IA y su capacidad bélica de destrucción. La única garantía sería desarmar el potencial destructivo del dictado de la ganancia, pero ni la Iglesia ni sus súbditos están dispuestos a semejante tarea.

El núcleo de la propuesta papal es erróneo porque el capitalismo siempre impulsa al desarrollo, a la sustitución de la fuerza de trabajo humano por el empleo de la tecnología para reducir gastos de producción y aumentar las ganancias. Esto reduce el valor de cada mercancía individual y por tanto obliga a aumentar la producción permanentemente para subsistir.

Pensar críticamente la tecnología, el trabajo o la IA significa componer un cuadro general, no en tanto una acumulación de cosas desconectadas sino como una relación social. Por eso nos oponemos a la subordinación de cada actividad humana a la dictadura de la ganancia. Eso va más allá de si Internet es bueno o malo, un avance o un signo de la decadencia cultural y rompe con la ilusión de que el desarrollo tecnológico debería estar al servicio de los gustos de tal o cual sector de la sociedad.

Independientemente de pensarse cristiana o espiritual, la nuestra es una época marcada por la tecnología, por el acceso a y la dependencia de Internet. Basta con prestar atención a las horas dedicadas a la práctica religiosa y compararlas con las horas dedicadas a permanecer online. Las prioridades de nuestra sociedad se advierten en dónde y cómo gastan sus miembros su dinero y su tiempo. Por lo tanto, no es suficiente con decir “esto es importante para mí” si no está respaldado por la forma en que vivimos nuestras vidas. Dentro de la lógica cristiana, lo señala el mismísimo Nuevo Testamento: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mateo 6, 21). Donde está el dinero, allí está el corazón de esta sociedad.

sábado, 28 de marzo de 2026

REFORMA LABORAL: ¿CÓMO LLEGAMOS HASTA ACÁ?

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La nueva reforma laboral no garantiza el incremento del trabajo formal como sostiene el oficialismo. Tampoco implica un regreso a la esclavitud porque es terriblemente actual. Se trata de la consumación de un largo proceso de transformación de las relaciones de explotación en función de las cambiantes necesidades de acumulación de capital.

El nuevo proyecto de “Ley de modernización laboral” extiende y formaliza la precariedad laboral en la que ya sobrevivimos millones de trabajadores en Argentina. A través de un proceso de varias décadas, casi la mitad de la población trabajadora de este país no tiene un empleo asalariado registrado, lo cual significa que una gran porción de personas ya viven igual o peor de lo que propone esta nueva disposición. Entonces, ¿por qué tanto alboroto ahora, y por qué tanto silencio durante las últimas décadas? Las respuestas habrá que buscarlas fuera y contra la indignación selectiva, producto de la campaña electoral permanente en la que vivimos.

Desde 1974, el salario en Argentina viene cayendo con tibias recuperaciones circunstanciales. Desde la década de los ‘90 creció el desempleo, el trabajo informal, el trabajo autónomo monotributista, la necesidad de más de un empleo por familia y de más de uno por persona. A su vez, desde comienzos de siglo se impone masivamente la necesidad de ayudas estatales, cuyos montos y beneficiarios son incrementados incluso por parte de los gobernantes que ganan elecciones prometiendo acabar con los “planeros”. Todo esto significa que ya hay, y desde hace tiempo, millones de personas que carecen de vacaciones, aportes, licencias, indemnización y cuyo salario es “dinámico”.

Se trata de la degradación sin prisa y sin pausa de las condiciones de vida del proletariado en Argentina, que no comienza ni con esta “ley de modernización” ni con su antecesora, la Ley bases, así como tampoco comenzó con las reformas laborales de los ‘90.

Modernización laboral

Modernización no es sinónimo de “justicia social”, ni mucho menos de mejoras para los trabajadores. El capitalismo es una relación social que consiste precisamente en la modernización, en la expansión y el crecimiento ilimitados. Vivimos en una sociedad de clases y el progreso es el del Capital, tan simple que es fácil de olvidar.

Se trata de otro embate de clase. «Un proyecto con orden, reglas claras y aportes de todos. A los que hicieron de la industria del juicio un negocio, se les termina. (…) basta de informalidad y estancamiento» sentenció Patricia Bullrich.

Parte de la burguesía nacional, especialmente los pequeños capitales, cree o quiere hacernos creer que el estancamiento económico local se debe en gran parte a “la mafia de los accidentes laborales”. «Tenemos que sacarnos de encima a los mafiosos que no nos quieren dejar crecer» decía Macri hace años en esta larga campaña por flexibilizar, aún más, la fuerza de trabajo.

Otra supuesta causa del malestar argentino serían las indemnizaciones, uno de los motivos por los cuales los patrones no contratarían empleados. No bastó con la figura de asociado del DNU/Ley Bases, con la cual un monotributista puede contratar hasta tres “colaboradores independientes”, que ya no empleados, brindando una figura legal al trabajo precario sin derecho a indemnización alguna en caso de despido. Con la nueva ley, las indemnizaciones para los trabajadores que sí están registrados serán más bajas que las actuales, ya que excluyen del cálculo aguinaldo, vacaciones, premios y otros beneficios que no sean de pago mensual (Art. 51).

Sin duda, para los pequeños empresarios el margen de ganancia es tan pequeño que precisan abaratar costos como sea y recortan el salario de los trabajadores. “El hilo se corta por lo más delgado”, dice un viejo refrán para ilustrar que en situaciones de dificultad son las personas más vulnerables o con menos recursos quienes primero padecen las consecuencias.

Uno de los mecanismos de ajuste salarial de la nueva ley son los “salarios dinámicos”
, con los que el gobierno propone adaptar los salarios a la realidad de cada unidad productiva, con el supuesto de promover la sustentabilidad del empleo formal. Los salarios pueden incluir ahora “componentes retributivos dinámicos”, de acuerdo al “mérito personal del trabajador como aspectos propios de la organización” que pueden ser modificados y eliminados en cualquier momento (Art. 33). Cada empresa podría pactar sumas diferentes y, en este supuesto contrato entre personas formalmente iguales, cada trabajador podrá negociar libremente con su jefe. Se trata del ideal liberal en el cual los individuos formalmente libres e iguales ante la ley realizan contratos: trabajador y patrón, o inquilino y propietario como sufrimos con la nueva ley de alquileres del ya nombrado DNU.

Las horas extras podrán ser reemplazadas por un “banco de horas” (Art. 42) para ser compensadas con días libres o jornadas de trabajo reducidas. Otra vez, a negociar de igual a igual con la empresa.

Cuando el Gobierno Nacional dispuso el aislamiento social preventivo y obligatorio en 2020 escuchamos repetidamente sobre los “servicios esenciales”, una categoría utilizada en diversas ocasiones para garantizar la continuidad laboral ante cualquier eventualidad (léase medidas de protesta, principalmente). La ley anterior especificaba algunas actividades puntuales (salud, agua potable, gas, electricidad, tráfico aéreo) y disponía que debían “garantizar la prestación de servicios mínimos para evitar su interrupción”. Con la nueva ley (Art. 101) se amplían estas actividades considerablemente (sumando educación, transporte de medicamentos, combustibles, telecomunicaciones, residuos, seguridad privada) estableciendo una prestación no menor al 75%. A dicha categoría se suma la de “servicios de importancia trascendental” (aduana, producción de medicamentos, transporte de carga y pasajeros, radio y televisión, diversas actividades industriales continuas, incluyendo siderurgia, química, cementos, la industria alimenticia completa, toda producción que comprometa exportaciones, actividad bancaria y de comercio electrónico), que no puede brindar una prestación menor al 50% de su funcionamiento. Entre ambas categorías comprenden a la enorme mayoría de los trabajos realizados en el país, por lo que se procura limitar de forma drástica el derecho a huelga.

En este sentido, la nueva ley establece además que las asambleas de personal y reuniones de delegados no pueden afectar el normal desarrollo de la empresa, debiendo contar con autorización del empleador, y que el trabajador no cobrará por ese tiempo (Art. 138). A su vez, tipifica como infracciones “muy graves” los bloqueos, tomas del lugar de trabajo, o cualquier acto o intimidación que afecte “la libertad de trabajo de quienes no adhieran a una medida” (Art. 139). Traducido: otro duro golpe al derecho de huelga.

Nuevo ataque contra los trabajadores

Pero ¿a quiénes afecta toda esta batería de leyes antiobreras? No a todos los trabajadores activos. Como sabemos, en este país los trabajadores “en blanco” no son la mayoría de la población. Veamos…

Para empezar, no se trata de un problema argentino. El capitalismo ha incorporado el ataque contra el salario como un rasgo estructural y permanente. Lo comprendemos en sus dos posibilidades, como una baja del valor de la mercancía fuerza de trabajo y como un menor protagonismo del trabajo asalariado en la reproducción de clase. Cada vez se habla más de ingresos; lo que incluye no solo los salarios, sino ayudas sociales y trabajos cobrados por cuenta propia que en muchos casos pueden encubrir relaciones salariales. En este país, la inflación es una forma persistente de la baja de los salarios, de la misma manera que las ayudas sociales son una forma de subsistencia paralela a la relación laboral.

La continua disminución de los salarios, la generalización de la precariedad y la expulsión de una parte del proletariado del proceso de producción de valor define nuestra época. Por tanto, se redefinen nuestras luchas y nuestra capacidad defensiva u ofensiva en tanto trabajadores. Ante la situación actual una “huelga general”, por ejemplo, no es tan general, ya que, por los motivos previamente mencionados, abarca a menos de la mitad de las personas que trabajan. Para los asalariados, su asistencia queda “bajo responsabilidad de sus empleadores” o tienen la posibilidad de “hacer homeoffice”. Por otra parte, medidas como el sabotaje se presentan como autoboicot cuando somos nosotros los que muchas veces ponemos las herramientas de trabajo.

Pero vayamos unas décadas hacia atrás: la reestructuración capitalista iniciada a mediados de los ‘70, que se extendería a lo largo de los 80, y terminaría de completarse mundialmente en la década siguiente. Podríamos resumir sus características: precarización y flexibilización del trabajo; globalización y deslocalización de los centros productivos; financiarización creciente de la economía en general; profundos cambios en el proceso productivo de la mano de la automatización, la informática, la robótica y fórmulas tan simples como efectivas, por ejemplo “ponerse la camiseta de la empresa”.

A partir de entonces, comienza el declive de la identidad obrera tal como la conocíamos y, por tanto, la explosión de múltiples identidades directamente relacionadas a la heterogeneidad del mundo del trabajo. En este sentido, se produce una marcada división entre trabajadores altamente calificados y otros de baja calificación que encontrarán comprador de su fuerza de trabajo crecientemente en el sector servicios, mientras que en la industria el empleo se reducirá progresivamente debido a la automatización y la deslocalización industrial. En países como Argentina los efectos de la reestructuración serán –a grandes rasgos– similares pero las transformaciones de la industria tendrán sus particularidades locales, a lo cual se suma el crecimiento del empleo estatal. Por otra parte, crece una fracción del proletariado que se consolida como población sobrante para el Capital, estos deben recurrir a la caridad, la delincuencia o las ayudas estatales.

Finaliza el “Estado de bienestar”, la supuesta “edad de oro” del capitalismo, y aumenta la informalidad y la desocupación. A comienzos de los ‘70 la desocupación estaba entre el 3%-5% y el trabajo informal representaba el 15%-20% del empleo total. Para la década de los ‘90, y luego del “efecto tequila”, la desocupación alcanza un pico del 19% y la informalidad un 35%-40%. Actualmente, la informalidad llega a casi el 50%, lo que permite una menor desocupación respecto de los ‘90, que se ubica en torno al 7,5% (tampoco hay que perder de vista que para el Estado la categoría de ocupado es cada vez más amplia). Estos fenómenos no tienen una originalidad argentina e incluso suceden en el llamado “primer mundo”, aunque en menores magnitudes.

«Desde su pico máximo en el ‘74 hasta el momento, el salario real en Argentina ha caído por encima del 50%. Esta caída estuvo compuesta por brutales ajustes mediante bruscas devaluaciones con altos niveles inflacionarios e hiperinflaciones, comenzando por el Rodrigazo en 1975, las hiperinflaciones de 1989 y 1990, y la salida de la convertibilidad en 2002. Solo a partir de estos duros ajustes se produjeron fases expansivas de la economía con una recuperación relativa de los salarios, siempre por debajo del nivel del ciclo alcista anterior». («La caída del salario», nro. 93)

Es decir: más pobreza para millones y, para quienes “tienen la suerte” de trabajar, la reproducción de su fuerza de trabajo por debajo de su valor; o sea, la caída sistemática del salario.

Entrado el siglo XXI, el crecimiento del empleo público fue mayor que el del privado, y en ambos creció la informalidad. Paradojas del capitalismo, incluso por parte de sus gestores estatistas. Ese empleo público que no es sinónimo de “planta permanente” sino también de precarización laboral. Mientras tanto, se reafirma la opción de trabajo autónomo, que no se trata de un empresario (ni de sí mismo ni de nadie), sino de un explotado más. Asistimos entonces a una reforma laboral sin votación en el Congreso, realizada por la propia dinámica capitalista de un país rentista donde, exceptuando el agro y la minería, el grueso de la producción se realiza con baja productividad para ser vendida en el mercado interno.

Podríamos decir entonces que Milei viene a acabar con la tarea emprendida por el kirchnernismo, pero sería muy simplista. Por otro lado, reducir el modo de producción capitalista mundial a sus administradores locales no explicaría demasiado.

La CGT no traiciona

«Los sindicatos que antaño profesaban una alianza estratégica con la burguesía local, a la que le exigían mejores condiciones y salarios, vienen aceptando ajuste tras ajuste, década tras década, buscando evitar que no cierren los lugares de trabajo. Por su parte, los “sindicatos de desocupados”, antes organizaciones autónomas de desocupados que reclamaban puestos de trabajo, hoy exigen al Estado más y mejores ayudas sociales, o algún reconocimiento del trabajo precarizado que realizan bajo el eufemismo de “economía popular”. Es una estrategia sensata, dado que el empleo formal no para de caer, los salarios reales (su parte directa e indirecta) disminuyen y el Estado pasa a cubrir una parte del valor de la fuerza de trabajo con ayudas sociales, como complemento de los salarios o los magros ingresos familiares», decíamos en el nro. 16 de Cuadernos de Negación.

Si menos de la mitad de los trabajadores tienen un contrato formal y solo un cuarto están sindicalizados, hablamos de una crisis de representatividad de la CGT, que se comporta más bien como una oposición política apéndice del peronismo. En los ‘70 la afiliación era del 50% de los asalariados formales, hoy es del 40% y el alcance del trabajo formal se redujo a aproximadamente la mitad respecto de aquellos años. En estas condiciones es que cuestionábamos la efectividad de un “paro general” llamado por la central sindical. Claro que no tenemos soluciones, de lo contrario las compartiríamos, pero sabemos que no es posible avanzar aferrados a esquemas atrasados, ni pretendiendo superar la baja conflictividad a fuerza de mera voluntad, con más marchas o más piedras.

El que avisa no traiciona. Muchos explotados se preguntan “a dónde está, que no se ve, la famosa CGT”. Pareciera que los representantes políticos y sindicales no aparecen, pero ahí están: negociando nuestro precio, nuestra miseria, preparándose para las próximas elecciones e incluso viviendo del esfuerzo ajeno, porque no olvidemos que muchos de ellos no son simples burócratas sino también empresarios. No es un detalle que esta reforma de ley no derogue la obligatoriedad de la cuota sindical “solidaria” y compulsiva de los no afiliados (Art. 133). Siquiera cuestiona el modelo de “libertad sindical” argentino. La caja se achica pero no se toca. Así es que pasó con mayor tranquilidad el proyecto de ley.

Los nuevos escenarios nos obligan a replantear todas las cuestiones, no a pensar en términos del pasado. Ni el Estado de bienestar, ni la oposición a la esclavitud ofrecen respuestas. Es preciso realizar un balance de las luchas en curso. Es momento de insistir con la necesidad de ruptura, frente a un horizonte de reformas.

* * *


Para ampliar recomendamos los siguientes artículos del boletín donde reflexionamos en torno a la actualidad a la vez que hacemos memoria: «1° de Mayo: Memoria y perspectivas» (nro. 71), sobre la reestructuración y la reproducción de clase, y «¿Qué huelga?» (nro. 94), sobre los paros, movilizaciones y el sindicalismo oficial. Además del citado artículo «La caída del salario» (nro. 93), recomendamos también «“Amigos y enemigos”: La distinción de lo político» (nro. 102) sobre la indignación selectiva, así como «¡Esto es lucha de clases!» (nro. 91) publicado cuando asumía el actual gobierno.

EL CAZADOR EN EL ZOOLÓGICO

La apertura de importaciones propuesta por el Gobierno Nacional afecta directamente al empresariado que actúa localmente. Milei criticó a estos empresarios con la metáfora del cazador en el zoológico: el mercado interno argentino supondría una suerte de mercado cautivo para estos empresarios poco competitivos en términos internacionales. Bajo esa defensa de los consumidores locales, sin distinción de clase, el cierre de empresas y por ende la pérdida de puestos de trabajos es simplemente un mal necesario y transitorio.

El ideal liberal de la libre competencia promovería inversiones y empresas competitivas que generarían empleo genuino. En otras palabras, trabajos donde el salario pague una reproducción normal de la fuerza de trabajo. Todo suena muy lógico, pero la verdad es que esto no ocurrirá más que marginalmente en algunos sectores como la minería. Entonces, las reformas del gobierno apuntan a legitimar y perfeccionar el zoológico en que se ha convertido el mercado laboral, donde los empleadores tienen cada vez más facilidades para degradar el salario y las condiciones laborales. Las reformas no buscan fomentar el empleo formal, sino que el empleo existente decaiga lo menos posible ajustando cada vez más el salario, ya sea directamente o a través de las condiciones laborales.

Se trata de una medida compensatoria frente a la disminución de la rentabilidad de las empresas loca-les orientadas al mercado interno. El hecho de que las empresas que producen en Argentina vean afectada su ganancia cada vez que tienen que competir con las importaciones, pone de manifiesto que su ganancia no depende únicamente del grado de explotación de sus trabajadores, sino que buena parte de esta proviene de otra parte. Quizás forzando la metáfora diríamos que los vendedores de fuerza de trabajo somos una presa menor, incluso un señuelo, en la búsqueda de los capitalistas de la presa más codiciada: ganancia extraordinaria que proviene de la renta de la tierra, principalmente agraria. Quizás no lo saben, pero lo hacen. Porque en este país estos empresarios obtienen su ganancia de la explotación de la fuerza de trabajo, pero fundamentalmente a partir de las condiciones especiales en que lo hacen: subsidios estatales, mercado cerrado, fuerza de trabajo abaratada. Sin todo eso sería en vano que busquen explotarnos con la tecnología y a la escala en que lo hacen. Por eso algunas veces se la ha tildado de “burguesía planera”. Trataremos de indicar brevemente la fuente de esa ganancia extraordinaria y su recorrido hasta los capitalistas que nos explotan.

Argentina posee tierras que, debido a sus características, permiten obtener una mayor productividad del trabajo que se le aplica, en comparación con tierras de otras regiones o países. El precio de venta de la tonelada de soja, por ejemplo, es el mismo en todo el mundo, pero en la Pampa húmeda se requiere bastante menos trabajo para producirla que otras regiones. En principio, esta renta diferencial de la tierra queda en manos de su propietario. Pero al tratarse de una ganancia extraordinaria (en muchos casos muy abultada), los capitalistas locales y de otros países buscan disputarla y apropiarse de la mayor parte posible. Para esto deben producir localmente, ya que son las políticas estatales las que regulan dicha apropiación (dejaremos la deuda para otra ocasión). Los terratenientes podrán quejarse cuando consideren que ganan poco, como en el conflicto del 2008 por las retenciones del agro, pero siempre cederán renta porque de otro modo su propia condición puede verse cuestionada. En la producción minera, por ejemplo, suele ser el Estado el propietario privado de la tierra.

Resumidamente: el Estado se apropia de parte de la renta a través de los impuestos a la exportación (retenciones) y de manera menos evidente, pero en mayor medida, a través de la sobrevaluación de la moneda. Luego los capitalistas se apropian de esa renta a través del Estado de diversas formas, entre ellas los subsidios a la energía o el proteccionismo, que bloquea las importaciones y les permite vender más caro internamente.

Entonces los capitalistas que producen para el mercado interno argentino lo hacen en busca de renta, y la explotación y productividad del trabajo pasa, por así decirlo, a un segundo plano. El problema es que mientras mayor sea la brecha de productividad con el mercado mundial más renta necesitarán para mantener sus ganancias. O si los precios de las mercancías agrarias o mineras caen, la magnitud de renta disponible se reduce.

En contextos de contracción de la renta o en los que la magnitud de renta necesaria para el sostenimiento de la acumulación de capital en Argentina se vuelve demasiado grande, el ajuste debe profundizarse y los capitales menos productivos deben destruirse. Es el turno de los gobiernos liberales. Pero, como decíamos, no se trata simplemente de fases que se repiten, sino que cada vez estamos peor, porque no hay renta que permita sostener esta forma de producción a escala nacional en un mundo globalizado.

El debate entre proteccionismo y aperturismo expresa la encrucijada en que nos encontramos. La conciencia nacionalista que se identifica con el Estado es la que defiende el empleo público y los ingresos que completan el salario; defiende el proteccionismo aunque eso signifique pagar más caras una cantidad de mercancías que hacen a su subsistencia. Por otra parte, quienes adhieren a la apertura económica con el argumento, también válido, de hacer valer mejor sus ingresos no reparan en la destrucción masiva de puestos de trabajo que eso implica. En verdad, ambas conciencias expresan distintos momentos y necesidades de una misma dinámica de acumulación de capital. La “industria nacional” debe su existencia a la misma dinámica que la condena a su incompetencia.

En el número anterior reflexionábamos sobre Venezuela, otra economía determinada por la renta (en su caso, la petrolera) y con otras consecuencias, por particularidades que no cabe detallar aquí. Sin embargo, cabe hacer una comparación para avanzar en conclusiones. Allí decíamos que, mínimamente, tenemos que compren-der en qué encrucijada nos encontramos y cuáles son sus características. De este modo, evitaríamos recurrir automáticamente al nacionalismo para justificar nuestro malestar patrióticamente, o a la libertad de mercado para justificarlo liberalmente.

domingo, 8 de febrero de 2026

EPSTEIN, EL MONSTRUO

Ya es habitual que ante eventos de alto impacto la información que circula en redes sociales se vea plagada de noticias falsas, distorsiones, exageraciones y teorías conspirativas, en el último tiempo todo potenciado por la generación de imágenes con IA. En un caso tan escabroso y terrible como el de la red de trata, pedofilia y abusos que estaba a cargo del millonario financista Jeffrey Epstein, una buena cantidad de los incautos y paranoicos de siempre no se conforman con el horror de esa realidad y hacen circular para el algoritmo de la rabia y la indignación relatos e imágenes que se pretenden más terribles: canibalismo y asesinato ritual con bebes incluidos; que Epstein formaba parte de una larga operación del Mossad con el objetivo de recopilar información y pruebas de poderosos pedófilos como arma de presión política; o que basaba en el Talmud una superioridad sobre los ‘goyim’ (los no-judíos) para avalar su comportamiento.

Lo cierto es que nada de esto esta probado por ninguna investigación seria, y que la enorme cantidad de información liberada que hizo surgir esta ola de paranoia es mayormente fragmentaria y en gran parte censurada con el objetivo de proteger a las víctimas. No decimos que algunas de estas cosas no sean posibles, nada nos extrañaría para el despliegue de perversidades como las descriptas, pero no hace falta inventar: Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell son probados organizadores de una red de trata y pedofilia. Este afán de querer hacer del monstruo aun más terrible y asqueroso de lo que es lo aleja de la realidad y la dimensión que tiene el abuso más allá de este caso puntual. Según Together For Girls 1 de cada 5 niñas y 1 de cada 7 niños en el mundo experimentarán alguna forma de violencia sexual antes de cumplir 18 años. En nuestro país más probablemente en sus hogares, y no en una lejana isla.

Por su parte, la construcción de esta figura vampírica aleja el fenómeno de las condiciones que posibilitan su existencia, que están moldeadas por las determinaciones materiales de nuestro tiempo: la compra y venta de cuerpos humanos no es una excepción sino una de las bases que hace posible que el capital funcione cuando vendemos nuestro tiempo. Que nuestros cuerpos sean usados para ajustar tuercas, apretar los botones de una máquina, realizar pruebas médicas o satisfacer caprichos sexuales es posible solo en un mundo en que se dispone de ellos como mercancías, lo que cambia es el uso. Esta realidad ya pone a disposición los cuerpos para su uso ya sea a base de dinero o de coerción.

En el lugar que ocupan las mujeres en nuestra sociedad, es habitual que sus cuerpos sean exhibidos como productos de consumo para satisfacción estética y sexual masculina. Los modelos de belleza son casi exclusivamente mujeres jóvenes muchas veces con rasgos adolescentes. En el porno existen categorías para distinguir como mujeres ‘maduras’ a las mayores de alrededor de 35 años. Quizás también para no tener que ver estas cuestiones se exagera un monstruo devorador de bebes: se ve que para muchos no resulta tan escandaloso o incomprensible que hombres ya bien adultos prefieran tener sexo con adolescentes.

Por otra parte, en lo que refiere al uso de los hechos para esparcir antisemitismo queriendo confirmar conspiraciones por la procedencia judía de Epstein, sus supuestos vínculos con la Mossad o con la creencia de la superioridad de los judíos, pareciera que tampoco basta con presenciar un genocidio en vivo y en directo, con el asesinato de decenas de miles de niños por parte del Estado de Israel. En este caso pareciera que ni la fantasía puede inventar una atrocidad mayor, tal vez para quienes esparcen estas mentiras la guerra justifique el asesinato, o esos niños lo merezcan a diferencia de los imaginarios inocentes comidos vivos por un perverso. Hacen volver todos los males a un grupo social y eligen no ver las atrocidades  cometidas por un Estado.

En un contexto donde la verdad cada vez importa menos y es más inaccesible, tal vez tengamos que aprender a reconocer los resortes que justifican la mentira. Incluso puede que no sea tan crucial preocuparse por la dicotomía verdad/mentira sino comprender que la verdad es una construcción, y que en nuestra época donde los medios para construirla se perfeccionaron, donde el ruido alrededor de cualquier hecho importante es ensordecedor, ayuda más al análisis volver sobre lo que ocultan esas construcciones, sobre las condiciones materiales que posibilitan esos hechos, así podemos reconstruir el hilo común que une hechos dispares.

Las exageraciones volcadas en redes sociales son a veces generadas espontáneamente, pero también pueden ser replicas espontaneas de inventos puestos en circulación con un interés particular. No es tan importante si se da de una forma u otra: el chivo expiatorio puede generarse por la propia necesidad de no reconocer en nosotros mismos cosas que nos puedan poner en comparación con situaciones o personas que nos parecen aberrantes, es una forma de mirar de expulsar fuera y lejos ‘el mal’, y seguir adelante sin criticar nunca más que los excesos. Los monstruos son útiles para la normalidad capitalista. Parece que es suficiente con que nuestros gobernantes y explotadores no violen menores o coman bebés en rituales satánicos para que sean aceptables.

Posdata sobre conspiraciones

Con estos nuevos sucesos, quienes siempre creyeron en “teorías” de la conspiración, o eran al menos sus simpatizantes, nos vienen a decir que finalmente tales fábulas eran verdaderas. Nada nuevo en la contestación superficial de este mundo.

El conspiracionismo, al tiempo que parece dudar de todo se aferra a lo que esta sociedad presenta como natural e incuestionable. No hay razonamiento más impotente en un sentido crítico y transformador. Podríamos hacer una publicación aparte sobre estas críticas, por el momento compartimos algunas citas que ya publicamos en nuestro libro Contra el liberalismo y sus falsos críticos (pág. 35-37):

«Una gran parte del origen de este problema podemos achacarlo a una crítica muy corta, simplista y cómoda al capitalismo y al poder. Es más fácil personalizar el funcionamiento del sistema en una serie de actores ocultos, que comprender cómo actúa una economía tan compleja como la actual, cómo son las estructuras económicas actuales y qué características tienen las estructuras de poder que se forman en el mundo. Algo que por un lado es más concreto, menos secreto, pero por otro lado es más complejo y sobre todo de una abstracción mayor. Esto obedece, claramente, a un aspecto fundamental de la sociedad “de la información”: se tiene la impresión de que hay tantas cosas por aprender y tan poco tiempo, que se aceptan y se buscan las maneras más sintéticas y básicas de obtener comprensión y conocimiento. (…) No existen “los que detentan el poder” (los visibles y aquellos supuestos invisibles titiriteros) y “los engañados” (que vendríamos a ser el resto de la población mundial). Caer en el error de dar por supuesto que hay unos titiriteros que mueven toda la realidad, aparte de ser ingenuo y una simplificación, no hace más que distraer cualquier acto de resistencia y ataque real.» (Mariposas del Caos, Hay algo más allá de nuestras narices. Crítica a las teorías de la conspiración)

«La “respuesta conspirativa” quiere exactamente el mismo mundo, el mismo Estado, pero libre de la “casta”: se figura el mundo sin ella. Se trata solamente de preservar todos los elementos de esta sociedad alejándolos de las prácticas de estos individuos “maliciosos” y “manipuladores” que los pervierten y corrompen. Un verdadero sistema de salarios, una verdadera educación, una verdadera política de salud, una verdadera democracia, una verdadera información, una verdadera agricultura, un verdadero consumo, una verdadera economía, un verdadero Estado. (Théorie Communiste, Conspiración en general y pandemia en particular)

«El problema de la sociedad actual queda reducido a una pequeña élite que gobierna desde las sombras el mundo. La liberación de la humanidad consistiría pues en revelar esta verdad oculta para que la humanidad desengañada extirpe a esa élite y acabe con su dominación. Una liberación propia de evangelistas. Por supuesto, estos evangelistas que destacan por su capacidad para rastrear entre las sombras, permanecen presos en el mundo de los fenómenos y las apariencias al ser incapaces de percibir que hasta los centros de decisiones más importantes del capitalismo mundial están determinados, no por la voluntad de sus miembros, sino por las necesidades de valorización, por la dictadura de la economía, por el capital que transciende toda voluntad humana y transforma a toda la burguesía en un mero funcionario del capital.» (Proletarios Internacionalistas, Teorías de la conspiración y amalgamas interesadas)

domingo, 7 de diciembre de 2025

"AMIGOS Y ENEMIGOS": LA DISTINCIÓN DE LO POLÍTICO

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Es un secreto a voces cómo el amplio pero difuso espectro peronista y el amplio pero también difuso espectro liberal se necesitan uno al otro para mantenerse en carrera. “La grieta”, en Argentina, es una expresión usual para referir a una suerte de polarización política y cultural. Consiste en una división binaria y maniquea, es decir, una manera de reducir la sociedad a una oposición entre lo correcto y lo incorrecto, entre buenos y malos. Pero es algo más complejo que una grieta o una distancia: es un vínculo incestuoso de competencia e imitación.

La distinción entre amigos y enemigos es necesaria para hacer política, para aspirar a gobernar desde el Estado y administrar la economía capitalista, o para apoyarlo “en las calles”. Pero más allá de la política se evidencia el lugar de esas contraposiciones cuando vemos su interdependencia, que los enemigos de ayer pueden ser los amigos de hoy, y que ambos lados de la distinción existen en tanto roles necesarios de una dinámica de acumulación que los excede. Desde una perspectiva revolucionaria, ¿de qué nos sirve posicionarnos en esas polarizaciones? Además, cabe subrayar que emplear el vocablo “amistad” para estas cuestiones es cuanto menos incómodo.

La oposición amigo-enemigo no tiene por finalidad pues la neutralización del oponente sino todo lo contrario, el enfrentamiento permanente mantiene viva la dinámica y preserva la existencia mutua.

A partir de Carl Schmitt (1888-1985) –autor de El concepto de lo político, libro en el cual teoriza y defiende dicha distinción– podemos afirmar que lo político no existiría sin la figura del enemigo. El reconocimiento de ese otro permite la construcción de la propia identidad política. La construcción y mantenimiento del enemigo es fundamental para la reproducción cultural y moral de los buenos. Esto sucede simétricamente a ambos lados de la escisión. Es psicológicamente conveniente tratar al enemigo como si fuera lo contrario a uno, y por tanto lo malo, ya que la definición de enemigo es delineada por quienes se consideran a sí mismos buenos.

En política, el enemigo no se vuelve tal a partir de una serie de conclusiones sino al revés: porque se lo define como enemigo se comienzan a enumerar sus horrores. Horrores que en el bando propio pueden no ser tales. Vistos de afuera, ambos rivales comienzan a volverse indistinguibles entre sí. A medida que su oposición se intensifica, sus comportamientos se mimetizan, son “gemelos” en su obsesión. Gobierno y oposición, no importa quién es quién sino que cumplan su rol, para lo cual suponen tener diferentes modelos, distintos proyectos de país. A pesar de personificar intereses de sectores capitalistas específicos, la dinámica de conjunto de la acumulación se impone. Desde hace varios años esta es inestable, sin un horizonte definido. Se trata de un contexto de estancamiento económico con polarización y alternancia política que realza la utilización de la distinción amigo-enemigo.

“Argentinos de bien”

En campaña o en plena función de gobierno, Javier Milei y La Libertad Avanza, se dirigen a sus interlocutores como «argentinos de bien». Se trata de la imagen trillada de los ciudadanos representantes del esfuerzo laboral y la honestidad. Una imagen nada más, a la que esta vez agregan otras características: no forman parte de la “casta” ni “viven del Estado” (delicada expresión en un país en el cual la reproducción de gran parte de la población depende de las ayudas sociales) y se jactan de no sucumbir al “marxismo cultural”.

La representación política en esta democracia representativa es circular: no solo los representados eligen a sus representantes, los representantes eligen a sus electores haciéndolos sus representados. Cada líder produce su narrativa para dirigirse específicamente a su interlocutor terminando de darle forma al tipo de ciudadano que busca representar. De este modo, el trabajador precarizado o el emprendedor, excelentes recipientes para el discurso liberal, terminan de delinear su subjetividad.

Así, los «argentinos de bien», aquellos ciudadanos que sienten no haber sido escuchados por el Estado, son subjetivizados precisamente desde el Estado. El relato precisa de los otros, “mandriles”, quienes quieren destruir el país, la propiedad, la familia o la distinción de género (suena tentador pertenecer a ese otro pero no se trata más que del peronismo y sus colectoras).

«La batalla cultural se rige por las reglas universales y atemporales de la política, a las que ellos han sabido adaptarse bien. Ahora nos toca a nosotros superarlos, porque, además, nosotros somos mejores en todo, y ellos van a perder contra nosotros». Esta frase de Milei condensa todo un proceder, no solo respecto de la utilización del nosotros y el ellos sino también porque evidencia la importancia de la imitación.

“El pueblo argentino”

“El conductor” produce una narrativa de pueblo al otorgarle un origen y un destino. La masa de población se reconoce pueblo cuando hace omisión de sus determinaciones materiales y hace suyo el proyecto del conductor que es, circularmente, el deseo del pueblo. Así, se llega a conclusiones como “el pueblo argentino es peronista por naturaleza”. Pero ya “el pueblo argentino” es una construcción social determinada por la organización en naciones de la acumulación de capital con su división internacional del trabajo. Por otra parte, ningún pibe nace peronista ni “argentino de bien”.

«El “pueblo” es un concepto que no distingue entre explotadores y explotados, no es más que una construcción del Estado que constituye el orden dominante.

La población existe, sin embargo, la forma de categorizarla no es natural, la manera de designarla es política. No existe a la espera de ser reconocida y tener significado, es algo totalmente construido. Sin lo que “pasionalmente” conocemos como pueblo, la razón de Estado carecería de sentido. Los propios límites geográficos gracias a los cuales se puede definir “el pueblo argentino” se establecen a partir del Estado argentino. Primero el Estado después su pueblo, jamás al revés. Es de esta manera que decenas de poblaciones y comunidades quedan encerradas en las fronteras de la Argentina. En su acepción más corriente, para que exista un territorio determinado debe existir un Estado determinado.

“El pueblo” no es un dato de la naturaleza, ni una clase social, siquiera un grupo sociológico, hay que construirlo y representarlo. Acontecimientos como las guerras, los mundiales o ciertos sucesos culturales refuerzan el concepto y ayudan a experimentarlo como realidad. Porque no es que no exista, existe como fuerza social. La vieja consigna de “el proletariado no tiene patria”, se trata de una perspectiva de lucha contra el nacionalismo, para evitar ser carne de cañón en las guerras, en las crisis, en la explotación cotidiana. Pero no podemos hacer como si no estuviésemos nacionalizados.» (¿Al gran pueblo argentino, salud?, La Oveja Negra nro. 86)

Surgen dos categorías de ciudadano: los nacionales y populares, los “hombres de buena voluntad” (Perón dixit); y del otro lado: los cipayos, los vendepatria, los enemigos del pueblo. Se trata de una categoría moral, que ni siquiera priva de hacer negocios cuando es necesario porque, como afirmaba Schmitt: «El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo; no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro.»

Así las cosas y, doblepensar mediante, tanto la voluntad del líder como la del movimiento (que ya no se considera simplemente el partido representante de los “intereses del pueblo”, sino directamente “el pueblo”) identifican su posición con la de la nación, con los “verdaderos intereses de la nación”.

Movimiento cíclico

En la Argentina de la campaña electoral permanente, hay una mística del movimiento, pero de un movimiento dirigido hacia lo parlamentario, una acción que se cierra sobre sí misma y no tiene mayor proyectualidad. El supuesto medio cada vez más asumido como fin.

Los idealistas pierden sus valores más sagrados y los socialistas sus análisis materialistas, toda su actividad deviene mero instrumento al servicio de la promoción, de la batalla cultural. El ethos político argentino dominado por el campañismo impide la posibilidad reflexiva: todo es chicana, insulto, competencia, imitación, fanatismo.

Pero esto no se soluciona con mejores narrativas o discursos más precisos. Si seguimos creyendo que la crisis de Argentina es de naturaleza política y de carácter nacional seguiremos en esta espiral de amigo-enemigo, en la espera del milagro liberal de “las fuerzas del cielo” o de la revelación del o la líder que nos guíe hacia la Patria peronista.