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domingo, 25 de enero de 2026

¿LA XENOFOBIA SE VOLVIÓ DE IZQUIERDA?

Si aún es posible hablar de derecha e izquierda, vale este título. Lo mismo sosteníamos al comienzo del artículo «Lo posmo se volvió de derecha» (nro. 99), donde hacíamos un juego en relación al libro titulado ¿La rebeldía se volvió de derecha?

El patrioterismo ya no es tanto un signo de identidad de derecha sino de izquierda. Una derivación posible es el anti-imperialismo anti-EE.UU que supone no hay otros países imperialistas, o en todo caso que son menos malos, aliados necesarios. Todas las formas de anti-imperialismo nos vienen a decir que no hay clases, sino países opresores y oprimidos; que la burguesía local nos explota porque estaría al servicio, no de la ganancia, sino de intereses yanquis; que ya no serían explotadores, sino cipayos. Es una manera de preservar intocable el modo de producción capitalista, muy efectiva porque siquiera lo reconoce.

Si seguimos esa lógica también hay explotados cipayos; en resumidas cuentas, quienes no se identifican con las políticas progresistas. Si algo caracteriza al gran y difuso campo de la izquierda argentina es que define de acuerdo a su moral y no a consideraciones materiales de existencia. Un trabajador es “pueblo” si piensa como ellos, si no su participación en dicha categoría entra en riesgo.

General y lamentablemente, el proletariado no se moviliza por causas profundas sino parciales. Esto no solo es propiedad de la izquierda. Muchos migrantes venezolanos anti-Maduro festejaron la caída del sucesor de Chávez. Esto liberó a muchos progres para poder sacar su xenofobia sin culpas ni miramientos: en redes sociales abundaron comentarios violentos hacia los migrantes, los exhortaron a que se vuelvan a su país, se burlaron de sus precarios trabajos (figurándoselos como repartidores de app, haciendo de paso otra discriminación). Emitieron estas agresiones como si no fuese evidente que Venezuela está sumida en la miseria y por eso es que migró un quinto de su población en los últimos años, como si ser repartidor de una app fuese una opción del amplio mercado laboral.

Pero, ¿qué es la xenofobia? Es el rechazo y hostilidad hacia personas extranjeras o percibidas como diferentes por su nacionalidad, cultura o etnia. Tiene poco de “fobia” (miedo), ya que es originada por prejuicios y estereotipos negativos sobre lo foráneo, lo desconocido. Se trata, al fin y al cabo, de la competencia entre proletarios que viven en un mismo país: los locales presumen tener más derecho al trabajo y ayudas sociales que los extranjeros. ¿Será acaso la competencia entre precarios del mismo nivel? ¿Por eso el ensañamiento argentino con los “venecos”?

Patriotismo progre

El patriotismo toma fuerza cuando en los sucesivos ajustes, en vez de enfrentar al Capital en su conjunto, la rabia se dirige solo a los grandes capitales y por ende a la defensa de los pequeños. Pequeños, pero capitales al fin.

¿Qué es, sino la desesperación ante las importaciones? Una defensa indirecta de la industria local con precios que pulverizan nuestros salarios ante el peligro inminente de la pulverización de puestos de trabajo. Encontrarnos en una encrucijada no significa tener que tomar partido por unos u otros capitalistas. Mínimamente, tenemos que comprender en qué encrucijada nos encontramos y cuáles son sus características; no recurrir automáticamente al nacionalismo para pasarla mal patrióticamente.

El nacionalismo, ya no exclusivo de los conservadores, se convirtió en credo progresista. Incluso la izquierda acusa a la derecha de traición a la patria. Los nacionalistas izquierdistas insisten en que sus nacionalismos no tienen nada que ver con el nacionalismo de los fascistas o los nacionalsocialistas, y que el suyo es un nacionalismo de los oprimidos que ofrece no solo la liberación individual, sino también cultural. Para refutar estas pretensiones es necesario comprender la división de clase de la sociedad capitalista, la absurda arbitrariedad de las fronteras nacionales, y partir del mercado mundial para comprender los desastres locales.

El pueblo argentino

Se puede agrupar a “los venezolanos” de acuerdo a prejuicios y experiencias, así como puede hacerse con “los argentinos”, pero sabemos que muchas veces lo único que tenemos como común denominador es el DNI.

Números atrás proponíamos desnaturalizar la población porque la población no es un simple amontonamiento de seres humanos, no es un hecho natural. La producción y reproducción de la población son históricas, y cada modo de producción supone un desarrollo particular de su población tanto en su cantidad como en sus características.

Dado que no queremos hacer economía ni política, coincidimos con Marx en su apreciación sobre la población publicada en Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (“Grundrisse”, 1857). Cuando consideramos un país desde el punto de vista económico-político comenzamos por su población. Parece justo comenzar por lo real y lo concreto. Sin embargo, la población es una abstracción si dejamos de lado las clases que la componen. Estas clases son, a su vez, una palabra vacía si desconocemos los elementos sobre los cuales reposan: el trabajo asalariado o el Capital. Estos suponen intercambio, división del trabajo, precios, etc. Si comenzáramos, pues, por la población, tendríamos una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaríamos analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaríamos a abstracciones cada vez más sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. En este punto, habría que emprender el viaje de retorno hasta dar de nuevo con la población; pero esta vez no tendríamos una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones. («Natalidad y Capital en Argentina», nro. 100)

De este modo, un pueblo es algo construido y representado. Existe, sin embargo, la forma de categorizarlo no es natural, la manera de designarlo es política. No existe a la espera de ser reconocido y tener significado, es algo totalmente construido. Sin lo que “pasionalmente” conocemos como pueblo, la razón de Estado carecería de sentido. Los propios límites geográficos gracias a los cuales se puede definir “el pueblo argentino” se establecen a partir del Estado argentino. Primero el Estado, después su pueblo; jamás al revés. En su acepción más corriente, para que exista un territorio determinado debe existir un Estado determinado. («¿Al gran pueblo argentino, salud?», nro. 86)

“Fuera yanquis”

Quienes van a pagar caro la invasión estadounidense y el complejo industrial-militar son  los propios habitantes de Estados unidos. Un país con desocupación, una salud pública paupérrima, donde los adictos mueren en las calles y el dinero se utiliza para mayor ganancia: un país capitalista como corresponde.

Pero entonces, ¿por qué la obsesión con la consigna “fuera yanquis de América Latina”? ¿Por qué reducirlo a una cuestión de países? ¿Por qué no molestarse por los negociados chinos o rusos en el mismo territorio? ¿Se tratará de una tara setentista o simplemente automatismo ideológico?

Si hay algo que puede aunar a la izquierda, es esa imprecisa consigna: la selección obsesiva de un enemigo, que es el Capital más grande de una comparación muy limitada y que nos dice: el capital extranjero no permite el desarrollo de “nuestramérica”. Entonces, el nacionalismo vendría a ser aliado de los oprimidos. Esto no es simplemente una apología de la patria y el Estado, sino principalmente del Capital y, especialmente, de los capitales ineficientes. Lo ocurrido en Venezuela es un reparto forzoso del botín, donde capitales más desarrollados, por ende más productivos, se imponen a capitales ineficientes.

Se suma el comodín del antifascismo, que sirve para designar todo lo que desde la izquierda no es amigo y, por tanto, es enemigo; surge la figura del “facho pobre”, o el “pobre de derechas”. Para los herederos del socialismo del siglo XXI, son quienes merecen las burlas cuando sufren o se quedan sin trabajo. Por su parte, el ala más a la izquierda del progresismo (los trotskistas, por ejemplo) también se burla o los desprecia. No sorprende pues que, según su lectura, cuando los pobres votan un proyecto nacionalista burgués se hallan más cerca suyo que cuando no lo hacen. Por eso, durante los últimos años en Argentina se dedican a seguir la agenda del peronismo y a convencer a sus militantes de que las verdaderas tareas nacionales y democráticas las harán ellos.

Por nuestra parte, insistimos con una vieja consigna: “el proletariado no tiene patria”. Se trata de una perspectiva de lucha contra el nacionalismo, para evitar ser carne de cañón en las guerras, en las crisis, en la explotación cotidiana. Es cierto que no podemos fingir que los países no existen, y mucho menos abstraernos de las particularidades regionales. Pero, en modo alguno, podemos olvidar que el modo de producción capitalista es mundial, y que un migrante nunca es nuestro enemigo.

viernes, 4 de julio de 2025

NATALIDAD Y CAPITAL EN ARGENTINA

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Desde hace décadas la población mundial y local crece más lentamente y, de mantenerse las tendencias actuales, comenzará a reducirse antes de fin de siglo. En los noticieros y redes sociales circulan una serie de datos ilustrativos:

• Argentina tiene cada vez menos nacimientos y ha aumentado el promedio de edad en que se tiene el primer hijo.
• Los hogares con hijos menores ya no son mayoría: en 2022, el 57% no tenía niños o adolescentes.
• Hay cada vez más hogares monoparentales, un 80% de los cuales están liderados por mujeres.
• Los mayores de 85 años pasaron de representar el 1,5% de la población en 1991 al 11,8% en 2022.
• La tasa de natalidad cayó un 40% desde 2014 y el promedio de hijos por mujer es de 1,4 a nivel nacional. En la ciudad de Buenos Aires el número baja a 0,9.

Cabe recordar que para que la población de un país se mantenga estable (sin considerar la migración) el índice de fecundidad o promedio de hijos por mujer debe situarse en torno a los 2,1. Un índice menor sostenido en el tiempo supone una disminución de la población. El aumento de la esperanza de vida vuelve este proceso más lento, a la par que crece el promedio de edad. Todavía falta para llegar al punto de inflexión poblacional en Argentina, aunque ya se ha producido en varios países. ¿Esto debería preocuparnos? En el mundo somos una población de 8.000 millones que crece cada vez más lentamente y puede empezar a decrecer hacia fines de este siglo. Únicamente si estuviésemos camino a desaparecer como especie cabría la preocupación. Dado que no es el caso, se evidencia la dimensión moral detrás de los temores.

Estos son promovidos al difundir que se vende más alimento de mascotas que pañales, para la semana siguiente cambiar de tema y olvidar la baja de la natalidad. Al abordar el tema, las justificaciones son puestas delante de los hechos: la “ideología de género”, las dificultades económicas, el mascotismo, la adolescencia extendida, la misantropía, o el mero rechazo a la maternidad y paternidad serían entonces los causantes de la baja de natalidad y los cambios en las formas de trabajo. No es tan simple, la reproducción de la población se encuentra determinada por el Capital. Por mucho que racionalicemos los motivos de maternar, paternar, o no hacerlo, a nivel social estos motivos son determinados por potencias sociales que exceden nuestra vida individual.

Consideramos que la cuestión de la población es fundamental para comprender esta sociedad y sus transformaciones. Reflexionar en torno a la población implica preguntarnos cómo se reproduce la especie humana al interior del modo de producción capitalista, es decir, la relación entre explotación asalariada, reproducción biológica y división sexual del trabajo.

“Poblar la Argentina”

Argentina desde los comienzos de su historia tiene el estigma de ser un “país vacío”, es decir, un extenso territorio poco poblado. Para la conformación del Estado argentino fue fundamental el exterminio indígena, masacrando hacia el sur y despojando hacia el norte. La ilusión de los padres de la Patria era traer migrantes obedientes, pero se les llenó el territorio de anarquistas y revolucionarios.

«Gobernar es poblar» fue la máxima planteada por Alberdi en sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República de Argentina de 1852. Allí resaltaba la necesidad de aumentar la cantidad, así como la calidad de la población a través de la inmigración. Posteriormente advirtió que los resultados de la apertura a lo que llamaba «inmigración espontánea» no fueron los esperados.

A las preocupaciones por poblar y gobernar se sumaron, hacia fines del siglo XIX y principios del XX, las inquietudes en torno a la reproducción biológica de la población, de la procreación, de la maternidad, de la calidad de la fuerza de trabajo de mano de la eugenesia… lo que hoy podríamos llamar políticas de género.

De “somos muchos” a “somos pocos”

Si bien Argentina, al igual que otros países del llamado “tercer mundo”, mantuvo su prédica poblacionista hasta hace algunas décadas, las políticas demográficas dominantes impulsadas por los países centrales comenzaban a tomar otro rumbo. Desde la década de 1960 se extendió la idea de que la “superpoblación” absorbería los recursos existentes a nivel mundial y generaría un deterioro del medioambiente que pondría en riesgo la vida en la Tierra, aunque la preocupación en verdad giraba en torno a la estabilidad y desarrollo de la sociedad capitalista. Así, de acuerdo a necesidades burguesas, en 1972 el Club de Roma encargó al MIT el informe titulado «Los límites al crecimiento», uno de los exponentes ideológicos más relevantes del neomalthusianismo moderno. Las alarmas se habían encendido en un particular contexto de crecimiento poblacional: 1964 había sido el año con la mayor tasa en la historia de la humanidad.

Por otra parte, cabe subrayar que esa “superpoblación” es relativa, es decir, una población excedente con relación a las necesidades del Capital. No fuimos o somos muchos: somos muchos viviendo de este modo, donde se tira la comida producida, donde nos concentramos en ciudades, donde producimos para la ganancia y no simplemente para vestirnos, alimentarnos, disfrutar y habitar un espacio. Aquello que se percibe y se nombra como exceso demográfico o población sobrante es una expresión concreta de la propia dinámica del modo de producción capitalista.

Si bien el ritmo del crecimiento poblacional se ha desacelerado notoriamente en las últimas décadas, la población sigue estando muy por encima de la necesidad de fuerza de trabajo del Capital. De este modo, los “asentamientos irregulares” (villas, favelas, chabolas, campos de refugiados) de muchas regiones del mundo crecen a un ritmo más acelerado que el de las urbanizaciones.

La opinión desesperada pasó en pocas décadas de señalar el peligro de la “superpoblación” a suponer que “están reduciendo la población”. Desesperación, ignorancia, ecologismo catastrofista, conspiracionismo, mil y una maneras para no analizar el modo de producción capitalista y para no pensar colectivamente posibles maneras de superarlo.

Cuando se cuestiona la baja de natalidad, lo primero que suele aparecer sobre la mesa no es el futuro de la especie sino el propio, es decir, la vejez. Con cada vez menos jóvenes, surge la pregunta sobre quiénes se harán cargo de los viejos, ya sea directamente o aportando a las cajas jubilatorias. Pero, una vez más, no se trata simplemente de la cantidad de personas, sino de lo que las personas hacemos. En las condiciones laborales actuales con salarios de pobreza y la mitad del mercado laboral en negro, se degradan las jubilaciones y se dificulta la posibilidad de ayudar a los mayores. Evidentemente no es un problema de la cantidad de trabajadores, sino de las condiciones de su explotación.

La explicación moralista

Desde las nuevas y viejas derechas, y en particular desde el gobierno de turno, vinculan la caída de la natalidad con el feminismo, el globalismo, el wokismo y su “ideología de género”. Apuntan a la legalización del aborto y al feminismo por la caída de la natalidad en Argentina. El presidente Milei dijo en un discurso reciente: «Ahora se están dando cuenta que se les pasó la mano en atacar a la familia, atacar a las dos vidas y ahora lo estamos pagando con caídas en la tasa de natalidad. Ahora el miedo es que el mundo se quede sin gente.» (Discurso en la Cumbre 2025 de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina).

Pero revertir las tendencias en la natalidad no es verdaderamente su objetivo, así como tampoco representa una necesidad del Capital al que le sobra cada vez más población. Es tan solo una oposición discursiva con fines electorales. Milei insiste en que la demografía juega un rol determinante en el crecimiento económico con ejemplos absurdos como que «resulta más probable encontrar un Mozart en una población de un millón de personas que en una de mil». También lo hace con referencias a Adam Smith, quien vinculaba el desarrollo de la división del trabajo con crecimiento del mercado, suponiendo que un mercado más grande implica necesariamente más personas y, sobre todo, suponiendo que más personas hacen crecer un mercado, cuando a las claras el problema demográfico bajo el capitalismo surge porque faltan medios de producción para que las personas puedan vender su fuerza de trabajo de manera tal que puedan acceder al consumo.

El objetivo recurrente, en verdad, es oponerse al progresismo: «Dado el destrozo que han causado las políticas verdes sobre la natalidad y el nivel de población futura (al límite estúpido de exterminar a la especie humana por cuidar el planeta) se deberían replantear las políticas en materia demográfica más allá de la atrocidad de estar asesinando seres humanos en evolución en el vientre de la madre.» («Tiempo para el crecimiento», Infobae, 30 de mayo de 2025).

Los reaccionarios que hasta ayer decían que los pobres “tienen hijos para cobrar planes” son los mismos que se horrorizan porque “Argentina va a quedar despoblada”. No piensan, opinan. Es tan absurdo afirmar que la legalización del aborto hace reducir la población, como lo es decir que las ayudas sociales la hacen crecer.

Veamos el primer caso. La baja de natalidad es un proceso que comienza mucho antes de la legalización del aborto. La cantidad de embarazos disminuye y más aún disminuyen los que terminan en aborto. Es el control de la natalidad el que crece y el aborto es una de las formas de llevarlo a cabo. La legalización del aborto es más un efecto que una causa de la baja de la natalidad.

En segundo lugar, los pobres no “tienen hijos para cobrar la asignación” y esto puede comprobarse rápidamente al repasar los datos. En septiembre de 2024 en Argentina eran alrededor de 4,1 millones los beneficiarios de la AUH, representando aproximadamente un tercio del total de niños. Los titulares a cargo que perciben esta ayuda son 2,33 millones (95,6% son mujeres), de los cuales un 52,5% tienen un solo hijo de hasta 17 años, un 28,5% tienen dos, un 12,7% tres hijos, un 4,3% cuatro, y solo un 2% tiene 5 o más hijos. (Datos extraídos del último «Informe de estadísticas de la seguridad social» de la ANSES, publicado en enero de 2025).

Cuando las argumentaciones se desmoronan cabe responsabilizar a individuos. Entonces aparecen las “teorías” de la conspiración como un desafío al orden dominante contra la “elite”. El hecho de que haya empresas que apoyen o promuevan el control de la natalidad, el aborto, así como el matrimonio entre personas del mismo sexo, no es suficiente para afirmar que hay una conspiración, ni mundial, ni de familias, ni extraterrestre. El que los capitalistas hagan de cada necesidad un negocio, que lucren y planifiquen, eso no constituye una conspiración. El que los empresarios se reúnan con los gobernantes, tampoco lo es. Son los negocios, es la corrupción, es el Capital, es el Estado. Los “complotistas” no ven nada malo en el lucro salvo cuando contradice su moral occidental y cristiana.

La explicación “multicausal”

Desde el progresismo se analiza el fenómeno de la caída de la natalidad como un fenómeno multicausal. Se señalan las dificultades económicas, mayores posibilidades de las mujeres para insertarse al mercado laboral y la educación sexual como las causas principales. Pero inmediatamente cabe preguntarse el porqué de dichos porqués, los motivos detrás de cada una de las “multicausas”.

Cabe preguntarse, por ejemplo, por qué existieron elevadas tasas de natalidad en condiciones deplorables de vida durante el siglo XIX y comienzos del XX, o por qué la inserción de las mujeres al mercado de fuerza de trabajo en los albores de la industria a mediados del siglo XIX no estuvo acompañada de una pronunciada baja de la natalidad.

La esperanza de vida al nacer ha estado en constante crecimiento, aunque con claras diferencias entre regiones, en todo el mundo. De este modo, no se necesita una natalidad elevada para contrarrestar la mortalidad infantil. A su vez, la cantidad de años en que una persona puede vender su fuerza de trabajo también ha aumentado y las edades jubilatorias se van retrasando. Todo esto es importante, pero la causa fundamental detrás de la baja de la natalidad es el crecimiento de la población sobrante para el Capital a la que referíamos anteriormente. Sobran cada vez más vendedores de fuerza de trabajo, por lo que nos vemos empujados a reducir nuestro número.

Esto impacta directamente sobre la división sexual del trabajo, ya que aumenta la cantidad de años de vida que las mujeres pueden dedicarse de lleno al trabajo asalariado. Su inserción masiva en el mercado laboral y el definitivo cuestionamiento de la maternidad como destino se dan en este contexto de crecimiento de la población sobrante, que implica un creciente deterioro en las condiciones de venta y reproducción de la fuerza de trabajo. [En el nro. 16 de Cuadernos de Negación analizamos la relación entre población sobrante y género en profundidad].

Desde el feminismo liberal se celebra la baja de natalidad en cuanto ampliación de la libertad de las mujeres y cuestionamiento de los roles de género tradicionales. En el «Informe sobre el Estado de la Población Mundial 2023» titulado «8.000 millones de vidas, infinitas posibilidades. Argumentos a favor de los derechos y libertades» la ONU es clara respecto de las necesidades del Capital: «a la hora de sostener la economía de una sociedad en proceso de envejecimiento y con tasas de fecundidad bajas, impulsar la paridad de género en la fuerza de trabajo resultaría mucho más útil que aumentar de nuevo la fecundidad».

Desde otros sectores del feminismo, en cambio, se asocia la baja de la natalidad con las dificultades económicas, y hasta con el “borrado de la mujer”. De este modo, muchas mujeres (y hombres) deciden no tener hijos, aunque desearían lo contrario, y tenerlos puede incluso ser considerado un acto de resistencia a las condiciones impuestas. Entonces critican a quienes celebran la baja de la natalidad y proponen luchar por mejorar las condiciones en que se tienen y crían los hijos. Esta lucha es necesaria al igual que toda lucha por mejorar la reproducción de los vendedores de fuerza de trabajo, tengan o no hijos, pero suele suponer arbitraria y moralmente que la natalidad debería crecer. [Dos números atrás en este boletín, en un artículo titulado «El género en crisis», ahondamos en las transformaciones de la división sexual del trabajo de las últimas décadas y las encendidas discusiones al respecto].

Desnaturalizar la población

Hay un mito que dice que las estadísticas son objetivas, que “los números no tienen ideología”. Sin embargo, cualquier observación de un fenómeno evidentemente omite otros, la cuestión es cuáles y cómo se relaciona con lo observado. La honestidad es elemental cuando los datos encontrados chocan con nuestras intuiciones, al igual que la pregunta incansable por las determinaciones más fundamentales de la realidad que reproducimos todos los días.

Dado que no queremos hacer economía ni política, coincidimos con Marx en su apreciación sobre la población publicada en Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (“Grundrisse”, 1857). Cuando consideramos un país desde el punto de vista económico-político comenzamos por su población y lo reducible a estadísticas. Parece justo comenzar por lo real y lo concreto. Sin embargo, la población es una abstracción si dejamos de lado las clases que la componen. Estas clases son, a su vez, una palabra vacía si desconocemos los elementos sobre los cuales reposan: el trabajo asalariado o el Capital. Estos suponen intercambio, división del trabajo, precios, etc. Si comenzáramos, pues, por la población, tendríamos una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaríamos analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaríamos a abstracciones cada vez más sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. En este punto, habría que emprender el viaje de retorno hasta dar de nuevo con la población; pero esta vez no tendríamos una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones.

La población no es un simple amontonamiento de seres humanos, no es un hecho natural. Su producción y reproducción son producto histórico de las relaciones de clase, incluyendo la división sexual. Cada modo de producción supone un desarrollo particular de su población tanto en su cantidad como en sus características. Buscamos comprender cómo se reproduce la población al interior del modo de producción capitalista, desnaturalizando aquello que nos viene dado, sin nostalgia ni haciendo apología de sus transformaciones. Cuando la sociedad comienza a hacerse determinadas preguntas es porque puede responderlas. Solo se trata de atreverse a enfrentarlas.

viernes, 11 de abril de 2025

LO POSMO SE VOLVIÓ DE DERECHA

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Si aún se puede hablar de derecha e izquierda vale este título. Algo que antes era un insulto y pocos se animaban a asumir, ahora es una identidad llevada con orgullo. Incluso ya tienen sus portales como “La Derecha diario” o “Viva la derecha fest”, que reúne a los máximos exponentes de la “batalla cultural”.

Si es poco deseable devolver la rebeldía a una izquierda que tiene poco de transgresión y mucho de integración a la sociedad capitalista, menos deseable es apostar por una forma liberal y posmoderna de observar el mundo.

La grieta permite una fácil ubicación. Cada elector supone que del otro lado se encuentran los malos y que está junto a los buenos. Pero la realidad no es así de binaria. Cuando todo se presenta tan simple y resuelto es preciso dudar. Especialmente si nos encontramos frente a sucesos que son percibidos sin matices, de manera que es posible mantenerse intocable frente a los mismos.

La política actual requiere de la polarización discursiva para lograr una alternancia en el gobierno. Para la opinión pública, poco importa que los relatos no se correspondan con los hechos. Y menos importa por cuáles motivos económicos existe cada uno de los dos sectores, qué intereses representan y por qué cada cual tiene su turno para administrar la nación.

La reflexión está fuera de juego. Masivamente indignan los males mediocres y superficiales. Frente a los problemas estructurales, si es que llegan a advertirse, reina la desatención o la resignación. La indignación es completamente selectiva, como la memoria. Según a qué lado de la grieta suceda, el mismo hecho puede preocupar o pasar inadvertido, así como ser denunciado con la misma vehemencia con la que puede ser justificado.

Aunque las opiniones, emociones y decisiones se experimenten como una cuestión de subjetividad simplemente individual, se trata de comportamientos determinados socialmente. En Argentina, donde desde hace años asistimos a una campaña electoral permanente, cada irritación, cada denuncia, cada pataleo, tiene un trasfondo.

Usos de las emociones

Por el camino liberal, las nuevas derechas llegaron tarde a la misma conclusión posmoderna a la que ya habían arribado las nuevas izquierdas: que somos constituidos por discursos y que estos constituyen la realidad.

En verdad, somos constituidos por las mismas relaciones sociales a las que damos existencia, y en ese proceso también producimos discursos. Es la sociedad que produce los discursos, no al revés.

Quienes se alistan a la batalla proponen una estrategia centrada en la hegemonía cultural. Enfocan sus esfuerzos en la educación y los medios de comunicación. Su estudio de la historia o de la economía no es crítico, sino que apunta a una suma de sucesos aislados, intenciones políticas, nombres propios y voluntades personales.

Parten de la premisa de que todo régimen de gobierno depende del dominio simbólico para garantizar el funcionamiento económico. He aquí su punto central. No es del todo falso, pero la dominación es económica y su discurso es un relato para explicarse a sí misma. No hay primero un discurso y luego un modo de producción que venga a justificarlo. Como decíamos cuando asumió Milei, si muchas personas eligen “ser su propio jefe” no es porque el liberalismo convenza más que el socialismo, sino al revés.

Desde el progresismo dicen que el discurso de la derecha prende porque sintoniza con los miedos y los deseos latentes en la sociedad. Y eso es cierto, pero cabe recordar que esa estrategia no la inventaron ellos, de hecho llegaron bastante tarde, y lo reconocen al querer “disputar el campo simbólico a la izquierda”, etc., etc. Ya desde hace décadas la publicidad, incluida la socialdemócrata, toma como punto de partida las emociones y vende experiencias inmediatas. Como una bebida que ya no calma la sed, ni hidrata o siquiera tiene buen sabor, sino que es divertida, denota éxito o aventura. Así lo aprendieron populismos de diferentes países que ganan elecciones presidenciales articulando un discurso predominantemente emocional: esperanza, miedo y preferentemente odio.

Usos de la historia

Cuando el último 24 de marzo el Estado argentino lanzó un video oficial con la premisa de “Memoria completa” ‒hasta hace poco minoritaria y extremista‒ quedan en claro varias cosas. La derecha retoma la pesada herencia democratista y denuncia todo acto ilegal (ahora de los supuestos “dos bandos”), plantea la historia como un relato a interpretar libremente e insiste en que quienes no vivieron los 70 tienen menos derecho a opinar que quienes sí. Si así fuese el estudio de la la historia, no podríamos conocer ni la revolución francesa, ni la liberación de Haití, ni la Antigua Grecia. ¿Pero qué nos quieren decir con esto? Que la historia no se trata de hechos sociales y objetivos sino de experiencias subjetivas e individuales, y las emociones que puede suscitar. Una genealogía para unos, un cúmulo de anécdotas inconexas para los otros, explicaciones por ninguna parte.

Mención aparte para un amargo hito nacional. En 2025 es la primera vez que el Estado argentino denuncia abiertamente a la Triple A como anticipación democrática de las torturas y desapariciones que luego generalizaría la última dictadura cívico-militar. Pero lo hace a través del nefasto de Agustín Laje, que de acuerdo a los intereses que representa no está interesado en estudiar la Historia sino de aislar sucesos y darle una utilidad como arma antiperonista en la batalla cultural, denunciando las matanzas en democracia bajo el gobierno de Cámpora, Perón y Martínez de Perón. Así como anteriormente otro personal estatal hizo de la memoria una mercancía a emplear y sacar provecho.

Si otra vez vuelve el debate sobre el número de desaparecidos es para proponer dos lados y cuantificar el horror: 8.000 vs. 30.000. El propio Estado desapareció y asesinó a miles de personas, y aún lo hace. Y cuando el asesino actúa como juez, investigando y castigando a sus propios miembros, lo hace en función de la estabilidad en la gestión del propio Estado y los intereses políticos particulares de cada gobierno. Evidentemente, si no podemos saber cuántos son los desaparecidos es gracias al alto personal estatal, el democrático y el de facto. La única cifra relativamente oficial proviene de unos archivos desclasificados en 2006 de Estados Unidos donde refieren a 22.000 entre muertos y desaparecidos entre los años 1975 y 1978, un número más cercano a los 30.000 (si además sumamos las cifras desde el 73) que las 8.961 del informe de la CONADEP que reivindica la derecha argentina omitiendo las circunstancias de su realización.

Pero el debate parece una distracción, en un 24 que es un feriado donde la pregunta por cómo cambiar la vida y transformar el mundo es dejada de lado y la movilización se ha transformado en una larga marcha en favor de la democracia capitalista y, en gran medida, de la oposición al gobierno actual. Una curiosa política de la memoria también selectiva, que para señalar que en el gobierno están los mismos “liberales” y “antiderechos” de los 70, olvidan los atropellos estatales anteriores a esa década y principalmente los de las últimas décadas.

Fuera y contra sus batallas

Como decíamos al comienzo, si cada relato está determinado por la forma de acumulación capitalista en Argentina no vale la pena proponer una nueva batalla cultural ni mucho menos transformarla “desde adentro”. En distintos períodos históricos la dinámica de acumulación adquiere características específicas. Por acumulación nos referimos a explotación de una clase por otra, al proceso de transformación de plusvalor en capital adicional o plus capital. Suena raro, suena difícil, y no es para menos, exige un esfuerzo. Si en el pensamiento abandonamos el terreno de la lucha de clases por el de la opinión, el relativismo y la rivalidad política nos condenamos a un presente perpetuo.

Cada período de la acumulación de capital en este país implica una forma ideológica particular. La expansión y contracción económica tienen sus propios relatos, pero es preciso desertar de las batallas culturales para advertirlo.

Por lo tanto, no estamos oponiendo economía a cultura o borrando la política con economía, sino que se trata de entender su relación. Porque no buscamos hacer economía sino crítica de la economía. No se trata de reducir la realidad a los datos que estudia la disciplina económica, así como tampoco a las listas de nombres y vínculos entre poderosos, simplificando la realidad y borrando la noción de modo de producción. De este modo, “el capitalismo”, cuando es nombrado, es reducido a noticias, a empresarios corruptos, a aspectos de la sociedad más desagradables que otros. Es reducido a una acumulación que simplemente parece ser acumulación de cosas, estáticas, una acumulación sin dinámica social, que es la que estamos tratando de señalar.

En nuestro libro Contra el liberalismo y sus falsos críticos indagamos brevemente en algunas especificidades de la acumulación de capital en la Argentina de las últimas décadas, como su inserción en el mercado mundial a partir de la producción de commodities, un complejo industrial poco competitivo en términos internacionales y orientado en gran medida al mercado interno, y el impacto local de la última reestructuración global del modo de producción capitalista, en particular sobre las condiciones de trabajo. Las expresiones ideológicas y organizativas del proletariado, así como de la burguesía que actúa en la región, y por lo tanto los distintos gobiernos y sus políticas, no pueden comprenderse sin atender a la forma en que se reproduce el Capital. Consideramos necesario profundizar colectivamente en este sentido.

La reproducción del capital determina cómo se reproduce la fuerza de trabajo a través de la relación que los une: la explotación. Y ese vínculo es posible porque todos somos propietarios privados de mercancías: la mayoría únicamente posee fuerza de trabajo para vender y una minoría posee los medios de producción y la capacidad de comprar fuerza de trabajo para ponerlos en movimiento. La lucha de clases es fundamentalmente la disputa por el precio de esa mercancía. La superación del modo de producción capitalista no significa simplemente terminar con la explotación sino con la mercancía como forma de la producción y como relación social, que nos imprime una forma de conciencia donde nos suponemos dueños absolutos de nuestra voluntad, mientras en verdad estamos sometidos a los designios del Capital. Allí reside la separación entre política y economía, somos ciudadanos libres determinados por el Capital, nos domina una potencia ajena creada por nosotros mismos.

Por ello decimos que tampoco existe una verdadera grieta entre proletariado y burguesía, porque no se trata de una guerra de dos bandos sino de una relación social. Por eso no proponemos ganar una guerra donde “la tortilla se vuelva” sino una crítica total al modo de producción capitalista.

En la batalla ideológica, por el contrario, se busca transmitir una verdad a la audiencia con las armas de la persuasión, la seducción y la simplificación. Cada coartada del líder izquierdista está justificada de la misma manera: “es para que la gente entienda”. La derecha lo hace ya sin la justificación paternalista. En esta guerra de todos contra todos buscan convencernos de que quien no acepte su verdad revelada será aplastado por la mano invisible del mercado o la mano dura de la represión.

Pero si no concedemos a los relatos y los discursos el privilegio de definir el sentido de la historia, si no queremos ser publicistas ni influencers, si no queremos ser políticos, ¿qué nos queda? Como punto de partida, no entrar al territorio que domina el enemigo, ¿para qué empantanarnos en discusiones sin fin que no arriban a nada más que definir los dos bandos?

Si nos alistamos en la batalla cultural bajo el dictado de la ideología burguesa es la burguesía quien gana. Somos derrotados desde el momento que aceptamos su modelo de batalla que incluye su modelo de victoria, eficacia, chicaneo, pérdida de tiempo y desgaste.

¿Por qué hoy las nuevas derechas parecen triunfar en el terreno de las ideas? Porque lo que dicen se conecta directamente con cómo vivimos, su apología de la guerra de todos contra todos no está alejada de la realidad. Sí, tienen más medios y más dinero pero la vida cotidiana capitalista está de su lado. Parten de la realidad. En ese sentido y a pesar suyo son materialistas.

La izquierda sufre de optimismo pedagógico, frente al pizarrón o la webcam ubica sus mejores cuadros. El educador se dirige al educando o la audiencia, en cualquier caso a aquellos que consideran ignorantes. Esta dura educación de manual puede incluir las emociones como coartada para “colocar” mejor el mensaje en las conciencias.

Pero de lo que se trata si queremos transformar la realidad y superar el capitalismo, es de señalar sus límites, sus determinaciones, sus contradicciones y partir de cuestiones existentes. Del fondo de la cuestión y no de los sucesos que se encuentran en la superficie, la nostalgia, en el entretenimiento político, la indignación selectiva y los partidismos.

Incluso cuando la izquierda o el progresismo parece más profundo, apunta a los “excesos” sin comprensión de su contexto. Un cuestionamiento dificilmente posibilite un cambio si no advierte las implicaciones, los por qué. No es suficiente con agregar la palabra “capitalismo” al abracadabra panfletario.

Si remitimos a la vulneración de derechos, la corrupción, al “extractivismo”, al “gatillo fácil”, al Fondo Monetario Internacional, pero no al fondo de la cuestión, no veremos las causas de los problemas en el Estado que quieren dirigir ni en la economía capitalista que desean administrar.

La misión de la izquierda ha sido y es estabilizar la acumulación de capital y evitar o suavizar sus crisis. Incluidas las “crisis” con insurrecciones proletarias que vienen “suavizando” históricamente por todos los medios necesarios. La derecha lo hace por medios más hostiles y desenmascarados.

¿Qué tenemos que hacer entonces los anticapitalistas? ¿Hacer una economía crítica o crítica de la economía? ¿Hacer política crítica o crítica de la política? ¿Sumarnos a la batalla cultural con nuestras críticas y reservas, o desertar? Preferimos abandonar la marcha de este carro fúnebre y proponer una ruptura.

jueves, 1 de agosto de 2024

PRÓXIMO LIBRO: «FASCISMO/ANTIFASCISMO»

Pronto vamos a publicar con Lazo Ediciones una compilación de artículos de Gilles Dauvé, que tiene como como disparador al polémico texto Fascismo/Antifascismo escrito algunas décadas atrás. En el libro presentamos algunos de los debates que suscitó, así como la posterior reelaboración del autor titulada Cuando mueren las insurrecciones, como texto central. Sumamos a la compilación un artículo escrito desde Cuadernos de Negación, abordando algunas de las implicancias actuales de la cuestión, del que compartimos un extracto:

«Asistimos a una sobreactuación del “riesgo totalitario” con el solo objetivo de disputar el comando de los Estados democráticos, a ambos lados del centro. No podemos asegurar que la deriva más generalizada hacia formas de Estado totalitarias no sea posible, pero, en todo caso, cabe reafirmar con Dauvé que el antifascismo no ha frenado el fascismo, así como la izquierda más o menos progresista no ha frenado la derecha más o menos reaccionaria. Claro que hay enfrentamiento entre fracciones de la burguesía, pero ¿hasta qué punto es posible inferir en esa dinámica de oposición en defensa de la alternativa menos terrible? ¿Hasta qué punto esa perspectiva nos acerca o nos aleja de una transformación revolucionaria? ¿Los antifascistas de hoy se hacen esta pregunta? ¿Acaso les importa? El capital reclama diferentes gestiones estatales de acuerdo a las necesidades de su reproducción, contrarrevoluciones y guerras incluidas. Es importante tomar dimensión de dónde brota la necesidad de cada transformación en los regímenes políticos antes de abrazarnos a alguno de ellos.

Gilles Dauvé nos señala respecto del fascismo histórico que no se opuso realmente a la democracia, sino que se trató de una excepcionalidad en defensa del capital. Entonces no se trató de “fascismo o democracia”, sino de “fascismo y democracia”. Cuando se analizan los vestigios del fascismo en sus nuevas formas se consideran fundamentalmente dos dimensiones: violencia e ideología. Respecto a la primera, las democracias occidentales contemporáneas –con gobiernos de izquierda a derecha– reprimen y emplean “Estados de excepción” cuando es necesario, sin tornarse a formas de Estado abiertamente totalitarias. La democracia incluye y perfecciona la represión “fascista”, además de la guerra abierta en nombre de su defensa. Por su parte, expresiones de ultraderecha han cumplido sus mandatos democráticamente y con gran moderación, a pesar de sus discursos de batalla ideológica de tono extremista. Hitler y Mussolini llegaron al poder por vías semi-institucionales de la mano de sus partidos-milicia, para luego hacerse del control total del Estado y dar curso a la gran gesta bélica. Nada parecido está ocurriendo. Por lo pronto, la democracia no es alternada por los “nuevos fascismos” ni por Estados de excepción, sino que los ha integrado.»
Entendemos que, tanto en su origen histórico como en sus derivas actuales, la comprensión crítica del fascismo implica, necesariamente, la de su contracara antifascista. El análisis de las variaciones de la dominación política burguesa requiere atender a las situaciones históricas concretas y el desenvolvimiento de la lucha de clases. En tiempos de crecimiento de las nuevas derechas, la cuestión ha tomado relevancia nuevamente e invita a una reflexión profunda sobre sus orígenes históricos. Lo que está en juego, finalmente, es la crítica radical de la oposición política más fundamental bajo el capitalismo y su superación.

miércoles, 27 de marzo de 2024

NUEVO LIBRO: LA RELIGIÓN DE LA MUERTE. SOBRE VIEJOS Y NUEVOS FASCISMOS

Julio Cortés Morales (Chile, 1971) nos advierte que se hace cada vez más frecuente escuchar la etiqueta de “fascista” aplicada a fenómenos como los actuales líderes y corrientes populistas de extrema derecha, así como la de “microfascismos” para definir los comportamientos subjetivos de las personas socializadas íntegramente en el reino de la mercancía. En algunos casos, la denominación se usa como un mero insulto, sin mayor relación con el fascismo “histórico”. Así, nos topamos con la paradoja de que mientras más se acude al concepto de fascismo para designar distintos aspectos de nuestra realidad, menos parece tomarse en serio la necesidad de estudiar y desmenuzar la ideología y las prácticas de los diversos niveles en que los fascismos operan dentro de la sociedad capitalista. Esta necesidad debería abordarse como parte de una tarea colectiva que supere la mera investigación academicista y la perspectiva “antifascista” de defensa de la democracia liberal.

El nuevo libro que publicamos con Lazo Ediciones trata de aportar a esa tarea rastreando el origen de los movimientos fascistas, su curiosa amalgama ideológica y las formas en que se han expresado desde entonces y después de su derrota militar en 1945, hasta nuestro tiempo.

Más información: lazoediciones.blogspot.com