Si aún es posible hablar de derecha e izquierda, vale este título. Lo mismo sosteníamos al comienzo del artículo «Lo posmo se volvió de derecha» (nro. 99), donde hacíamos un juego en relación al libro titulado ¿La rebeldía se volvió de derecha?
El patrioterismo ya no es tanto un signo de identidad de derecha sino de izquierda. Una derivación posible es el anti-imperialismo anti-EE.UU que supone no hay otros países imperialistas, o en todo caso que son menos malos, aliados necesarios. Todas las formas de anti-imperialismo nos vienen a decir que no hay clases, sino países opresores y oprimidos; que la burguesía local nos explota porque estaría al servicio, no de la ganancia, sino de intereses yanquis; que ya no serían explotadores, sino cipayos. Es una manera de preservar intocable el modo de producción capitalista, muy efectiva porque siquiera lo reconoce.
Si seguimos esa lógica también hay explotados cipayos; en resumidas cuentas, quienes no se identifican con las políticas progresistas. Si algo caracteriza al gran y difuso campo de la izquierda argentina es que define de acuerdo a su moral y no a consideraciones materiales de existencia. Un trabajador es “pueblo” si piensa como ellos, si no su participación en dicha categoría entra en riesgo.
General y lamentablemente, el proletariado no se moviliza por causas profundas sino parciales. Esto no solo es propiedad de la izquierda. Muchos migrantes venezolanos anti-Maduro festejaron la caída del sucesor de Chávez. Esto liberó a muchos progres para poder sacar su xenofobia sin culpas ni miramientos: en redes sociales abundaron comentarios violentos hacia los migrantes, los exhortaron a que se vuelvan a su país, se burlaron de sus precarios trabajos (figurándoselos como repartidores de app, haciendo de paso otra discriminación). Emitieron estas agresiones como si no fuese evidente que Venezuela está sumida en la miseria y por eso es que migró un quinto de su población en los últimos años, como si ser repartidor de una app fuese una opción del amplio mercado laboral.
Pero, ¿qué es la xenofobia? Es el rechazo y hostilidad hacia personas extranjeras o percibidas como diferentes por su nacionalidad, cultura o etnia. Tiene poco de “fobia” (miedo), ya que es originada por prejuicios y estereotipos negativos sobre lo foráneo, lo desconocido. Se trata, al fin y al cabo, de la competencia entre proletarios que viven en un mismo país: los locales presumen tener más derecho al trabajo y ayudas sociales que los extranjeros. ¿Será acaso la competencia entre precarios del mismo nivel? ¿Por eso el ensañamiento argentino con los “venecos”?
Patriotismo progre
El patriotismo toma fuerza cuando en los sucesivos ajustes, en vez de enfrentar al Capital en su conjunto, la rabia se dirige solo a los grandes capitales y por ende a la defensa de los pequeños. Pequeños, pero capitales al fin.
¿Qué es, sino la desesperación ante las importaciones? Una defensa indirecta de la industria local con precios que pulverizan nuestros salarios ante el peligro inminente de la pulverización de puestos de trabajo. Encontrarnos en una encrucijada no significa tener que tomar partido por unos u otros capitalistas. Mínimamente, tenemos que comprender en qué encrucijada nos encontramos y cuáles son sus características; no recurrir automáticamente al nacionalismo para pasarla mal patrióticamente.
El nacionalismo, ya no exclusivo de los conservadores, se convirtió en credo progresista. Incluso la izquierda acusa a la derecha de traición a la patria. Los nacionalistas izquierdistas insisten en que sus nacionalismos no tienen nada que ver con el nacionalismo de los fascistas o los nacionalsocialistas, y que el suyo es un nacionalismo de los oprimidos que ofrece no solo la liberación individual, sino también cultural. Para refutar estas pretensiones es necesario comprender la división de clase de la sociedad capitalista, la absurda arbitrariedad de las fronteras nacionales, y partir del mercado mundial para comprender los desastres locales.
El pueblo argentino
Se puede agrupar a “los venezolanos” de acuerdo a prejuicios y experiencias, así como puede hacerse con “los argentinos”, pero sabemos que muchas veces lo único que tenemos como común denominador es el DNI.
Números atrás proponíamos desnaturalizar la población porque la población no es un simple amontonamiento de seres humanos, no es un hecho natural. La producción y reproducción de la población son históricas, y cada modo de producción supone un desarrollo particular de su población tanto en su cantidad como en sus características.
Dado que no queremos hacer economía ni política, coincidimos con Marx en su apreciación sobre la población publicada en Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (“Grundrisse”, 1857). Cuando consideramos un país desde el punto de vista económico-político comenzamos por su población. Parece justo comenzar por lo real y lo concreto. Sin embargo, la población es una abstracción si dejamos de lado las clases que la componen. Estas clases son, a su vez, una palabra vacía si desconocemos los elementos sobre los cuales reposan: el trabajo asalariado o el Capital. Estos suponen intercambio, división del trabajo, precios, etc. Si comenzáramos, pues, por la población, tendríamos una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaríamos analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaríamos a abstracciones cada vez más sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. En este punto, habría que emprender el viaje de retorno hasta dar de nuevo con la población; pero esta vez no tendríamos una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones. («Natalidad y Capital en Argentina», nro. 100)
De este modo, un pueblo es algo construido y representado. Existe, sin embargo, la forma de categorizarlo no es natural, la manera de designarlo es política. No existe a la espera de ser reconocido y tener significado, es algo totalmente construido. Sin lo que “pasionalmente” conocemos como pueblo, la razón de Estado carecería de sentido. Los propios límites geográficos gracias a los cuales se puede definir “el pueblo argentino” se establecen a partir del Estado argentino. Primero el Estado, después su pueblo; jamás al revés. En su acepción más corriente, para que exista un territorio determinado debe existir un Estado determinado. («¿Al gran pueblo argentino, salud?», nro. 86)
“Fuera yanquis”
Quienes van a pagar caro la invasión estadounidense y el complejo industrial-militar son los propios habitantes de Estados unidos. Un país con desocupación, una salud pública paupérrima, donde los adictos mueren en las calles y el dinero se utiliza para mayor ganancia: un país capitalista como corresponde.
Pero entonces, ¿por qué la obsesión con la consigna “fuera yanquis de América Latina”? ¿Por qué reducirlo a una cuestión de países? ¿Por qué no molestarse por los negociados chinos o rusos en el mismo territorio? ¿Se tratará de una tara setentista o simplemente automatismo ideológico?
Si hay algo que puede aunar a la izquierda, es esa imprecisa consigna: la selección obsesiva de un enemigo, que es el Capital más grande de una comparación muy limitada y que nos dice: el capital extranjero no permite el desarrollo de “nuestramérica”. Entonces, el nacionalismo vendría a ser aliado de los oprimidos. Esto no es simplemente una apología de la patria y el Estado, sino principalmente del Capital y, especialmente, de los capitales ineficientes. Lo ocurrido en Venezuela es un reparto forzoso del botín, donde capitales más desarrollados, por ende más productivos, se imponen a capitales ineficientes.
Se suma el comodín del antifascismo, que sirve para designar todo lo que desde la izquierda no es amigo y, por tanto, es enemigo; surge la figura del “facho pobre”, o el “pobre de derechas”. Para los herederos del socialismo del siglo XXI, son quienes merecen las burlas cuando sufren o se quedan sin trabajo. Por su parte, el ala más a la izquierda del progresismo (los trotskistas, por ejemplo) también se burla o los desprecia. No sorprende pues que, según su lectura, cuando los pobres votan un proyecto nacionalista burgués se hallan más cerca suyo que cuando no lo hacen. Por eso, durante los últimos años en Argentina se dedican a seguir la agenda del peronismo y a convencer a sus militantes de que las verdaderas tareas nacionales y democráticas las harán ellos.
Por nuestra parte, insistimos con una vieja consigna: “el proletariado no tiene patria”. Se trata de una perspectiva de lucha contra el nacionalismo, para evitar ser carne de cañón en las guerras, en las crisis, en la explotación cotidiana. Es cierto que no podemos fingir que los países no existen, y mucho menos abstraernos de las particularidades regionales. Pero, en modo alguno, podemos olvidar que el modo de producción capitalista es mundial, y que un migrante nunca es nuestro enemigo.
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