Extractos de «Notas sobre la invasión de Venezuela por parte de los Estados Unidos», Crítica Desapiedada (Brasil, enero de 2026)
Reducir el anti-imperialismo a una simple postura “anti-EE. UU.” es caer en una doble trampa. En primer lugar, porque el imperialismo no es una disposición moral, cultural o psicológica de un Estado específico, sino una forma histórica de competencia internacional entre países capitalistas, en la que los Estados nacionales, el capital y los aparatos militares se articulan para asegurar mercados, rutas estratégicas, materias primas, tecnología, control monetario y dominio geopolítico. El hecho de que Estados Unidos siga siendo el polo central de la violencia internacional “legítima” no elimina ni relativiza la existencia de otros polos imperialistas ya consolidados y en proceso de consolidación, con sus respectivas redes de poder, cadenas logísticas y mecanismos financieros que estructuran una verdadera cartografía armada de la apropiación de la plusvalía.
En segundo lugar, la lectura “anti-estadounidense” suele ir acompañada de un paquete ideológico que funciona como mecanismo de ocultación de las relaciones de clase. Categorías como “soberanía nacional”, “autodeterminación de los pueblos” y “defensa de la democracia” se movilizan de forma abstracta, desplazando el conflicto del terreno material de la explotación a un plano moral y jurídico. Se habla de nación para ocultar las clases sociales; se invoca al pueblo para disolver al proletariado como clase históricamente revolucionaria; se exalta la democracia para naturalizar la forma política del capital. En la práctica, este discurso da como resultado la defensa del capital local (nacional), de su subdivisión (estatal) y de sus fracciones, como si la burguesía más débil (“periférica”) fuera un antídoto contra el imperialismo, cuando en realidad constituye uno de sus engranajes fundamentales. (…)
El ascenso chino, basado en una fuerte intervención estatal, el control de sectores estratégicos y la expansión externa a través de inversiones y créditos, no rompe con la lógica imperialista, sino que la actualiza bajo nuevas formas. Del mismo modo, Rusia actúa como potencia imperialista regional, buscando reafirmar su influencia en Europa del Este y en el espacio postsoviético, utilizando el poder militar, la energía y las alianzas para garantizar su posición en la jerarquía mundial.
A nivel regional, esta reorganización adquiere contornos aún más nítidos. En Extremo Oriente, China proyecta su hegemonía sobre el Sudeste Asiático y zonas del Pacífico, disputando rutas comerciales, cadenas productivas e influencia político-militar. En Europa del Este, Rusia actúa como polo imperialista regional, en choque directo con la expansión del bloque euroatlántico, convirtiendo a la región en uno de los principales frentes de la guerra interimperialista contemporánea. En América Latina, Estados Unidos sigue tratando al continente como una zona prioritaria de influencia, no solo por razones históricas, sino por su actual centralidad estratégica: recursos naturales, biodiversidad, energía, control territorial y contención de la presencia china.
Pensar en los bloques de intereses regionales en el continente americano exige reconocer que América Latina no es un espacio “al margen” de la disputa, sino un territorio clave para la recomposición hegemónica de los Estados Unidos. La intensificación de las sanciones, las intervenciones directas, los golpes institucionales, la tutela política y la presencia militar deben entenderse como parte de una estrategia más amplia de reafirmación del poder imperialista estadounidense frente al avance chino en la región, especialmente a través de inversiones en infraestructura, minería, energía y logística.
(…) La hegemonía se reorganiza, pero la lógica permanece: la del capital en busca de valorización, ahora cada vez más mediada por la fuerza armada y la intervención militar abierta. Ante este escenario, ningún Estado nacional escapa de las garras de los conflictos interimperialistas y una revolución proletaria deberá, necesariamente, afirmarse como una revolución mundial.
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