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jueves, 1 de octubre de 2026

LA DIVINA MAQUINARIA CAPITALISTA. MILEI Y EL MESIANISMO LIBERAL

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Javier Milei reflotó una vieja teoría de la conspiración: Karl Marx era satanista y el marxismo fue creado por el diablo. Esta fue expuesta en agosto durante una charla frente a estudiantes del colegio ORT, una institución educativa privada de la comunidad judía en Argentina. No es la primera vez que lo hace, siquiera en lo que va del año; ya en abril lo había desarrollado ampliamente durante un discurso en Israel. Allí agregó, en pleno bombardeo a una escuela en Irán, que «con determinadas culturas no se puede convivir». Afirmó que el comunismo «es satánico y opuesto al programa de Dios», que «el paraíso va a venir a nosotros» y que ese supuesto paraíso sería capitalista. Recibió la “Medalla Presidencial de Honor”, en reconocimiento a su compromiso con el Estado de Israel, y volvió a tierra argentina donde nos aquejan problemas mundanos de una crisis permanente, una crisis que se ha vuelto tan cotidiana que la categoría ya no describe ninguna situación extraordinaria. Es tan solo como funciona el Capital en este país.

En su discurso en la Universidad Bar-Ilan de Israel Milei adelantó un texto titulado «Capitalismo: la divina maquinaria del paraíso», epílogo de su próximo libro titulado Ética como política de Estado. Al comenzar da una descripción de carácter mesiánico, un lenguaje que la política parecía haber abandonado:

«(…) considero que abrazar los valores judeocristianos conducen a la prosperidad; (…) hemos sido expulsados del paraíso, no podemos volver al paraíso, pero si obramos acorde a las leyes de Hashem [Dios], el paraíso va a venir a nosotros.»

Milei no es simplemente un loco: es un claro producto de nuestra época, un exponente del pensamiento conspiranoico, de la falacia ad naturam, de la “ley de la atracción”, y de las mil y una maneras de defender esta sociedad. En números anteriores ya nos abocamos a la justificación religiosa de discursos en torno al Capital, la tecnología, la guerra y los grandes cambios que estamos viviendo: «Dios y la IA» (nro. 105) y «Palantir y el Anticristo» (nro. 106). En esta ocasión vamos criticar la defensa de la propiedad privada y la explotación en nombre de una suerte de argumento judeo-liberal.

“Marx satanista”: romanticismo y teorías de la conspiración

De acuerdo al Romanticismo –movimiento cultural, artístico y literario surgido en Europa a finales del siglo XVIII– del cual beben las diferentes corrientes del socialismo, la figura de Lucifer o Satanás es el arquetipo de un héroe rebelde, un ser trágico dotado de inteligencia, belleza y orgullo que desafía la tiranía divina. Por ejemplo, Karl Marx escribe un poema a sus 19 años titulado «El violinista» (1837) donde manifiesta: «Hasta que el corazón esté embrujado, hasta que los sentidos se tambaleen: / Con Satanás he sellado mi pacto». Bakunin en Dios y el Estado, escrito entre 1871 y 1872, hace lo propio: «[Jehová] Quería que el hombre, privado de toda conciencia de sí mismo, permaneciese un eterno animal, siempre de cuatro patas ante el dios eterno, su creador y su amo. Pero he aquí que llega Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos. Avergüenza al hombre de su ignorancia y de su obediencia animales; lo emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la humanidad, impulsándolo a desobedecer y a comer del fruto de la ciencia.»

En Perú, ya en 1886, mucho antes de su adhesión al anarquismo y al igual que otros autores románticos, González Prada expresó su preferencia por la figura de Lucifer: «El heroísmo está, pues, en el Diablo, que representa el valor temerario; no en el Dios omnipotente, que triunfa sin practicar la menor hazaña» («Los fragmentos de Luzbel»).

Por estas tierras también tenemos rastros luciferinos. En 1906 el poeta Alejandro Sux, exclamaba en Buenos Aires: «¡Levántate Satán! ¡ven con nosotros / rebelarnos cual tú también queremos: / nosotros somos parias de la Tierra / y del dios Capital forzados siervos / ya nos hemos cansado / de arrastrar por el mundo nuestros cuerpos /
y vamos a lanzarnos al combate / como lo hiciste tú contra los cielos… / ¡morir en la contienda por la causa / o ser rey cada cual hemos resuelto!» («Lucem Paebre», incluido en Cantos de rebeldía)

Y ante el inminente estallido revolucionario en México, Flores Magón publicaba: «Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso. Bienaventurados los corazones donde enraiza la protesta. ¡Indisciplina y rebeldía!, bellas flores que no han sido debidamente cultivadas.» («Vamos hacia la vida», 1907)

En el bando opuesto, en “tierras santas” y para argumentar sus fantasías capitalistas, Milei retomó a Richard Wurmbrand quien publicó en 1986 un libro titulado Marx y Satán. En su “investigación”, el pastor evangélico anticomunista de origen rumano sostiene que Marx pactó con el Diablo, tomando como prueba nada menos que poesías de juventud leídas de manera literal.

Ese pequeño libreto circula hace tiempo en sitios web conspiranoicos y puede estar acompañado de una supuesta correspondencia entre Marx y un rabino, mediante la que se pondrían al tanto sobre cómo iría el plan de dominación mundial para acabar con la civilización occidental. Estos libelos abonan la “teoría” del “marxismo cultural”, otro plan malévolo orquestado por las élites que explicarían no solo el comunismo, sino el feminismo, el rock o el reggaetón.

Las llamadas “teorías de la conspiración”, donde el mote de “teoría” es demasiado generoso, al tiempo que parecen dudar de todo se aferran a supuestas verdades muy simples. Mientras dudan de todo gobierno, abrazan la supuesta genialidad de nuevos candidatos. Esto mismo decíamos en el libro Contra el liberalismo y sus falsos críticos (Lazo Ediciones, 2023), que escribimos mientras crecía el fenómeno de las nuevas derechas liberales y Milei era candidato. Observábamos como esa forma de razonamiento conduce a votar outsiders para llevarlos a los parlamentos de diferentes países. Un pensamiento anclado en la sobreinformación sin discriminación y la falta de perspectiva. Un razonamiento impotente en sentido crítico y transformador.

¿Cómo tomar en serio estos argumentos que salieron de aquellos pequeños círculos para ser amplificados en universidades y casas de Gobierno? El presidente de Argentina declara:

«(…) cuando uno rechaza la ley de Dios, cuando adscribe al marxismo, el resultado no es incierto. El marxismo no es simplemente una teoría económica alternativa con errores técnicos corregibles. Es algo mucho más serio. Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista. Sus propios textos de juventud lo revelan. (…) Dice textual “pronto abrazaré la eternidad y lanzaré gigantescas maldiciones a la humanidad”, escribe Marx. Richard Wurmbrand lo documentó con rigor en su libro Marx y Satanás. (…) Los valores del colectivismo son la envidia, el odio, el resentimiento y el trato desigual ante la ley.»

Luego refiere, tomado de El libro negro del comunismo, a los 150 millones de muertos en países que se reclamaban socialistas. Deja claro que su elección no está basada en ningún análisis materialista, sino en un vago moralismo:

«Mientras que el programa de Dios trae abundancia y armonía espiritual y material, el programa marxista es un programa satánico, que –en lugar de traerte al paraíso– te trae al infierno. Ese es el programa opuesto al programa de Dios. La elección no es política, es moral.»

La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido, aunque vale la pena leer la “selección literaria” que hace el pastor rumano, en donde incluye también algunas metáforas sobre Satanás como símbolo de rebeldía. Pero Milei y compañía no hacen análisis literario ni poético, tan solo construyen una narrativa en la que el capitalismo coincidiría con el plan de Dios y el paraíso sería el Mercado. Para esta teología, el Capital no tiene génesis histórica, no «viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza a los pies» (Marx, «La acumulación originaria»). Quizás fue creado por Dios en seis días sin expropiación, sin cercamiento de tierras, sin desarrollo de las fuerzas productivas, sin proletarización. Estas fantasías religiosas también afirman que la propiedad privada no es histórica sino una revelación. Y, por tanto, toda crítica de la propiedad se vuelve, por definición, blasfemia. Seamos blasfemos, entonces.

Seamos el adversario absoluto. Satán es, según la cosmovisión religiosa, quien cuestiona, quien rompe la obediencia del mundo divino. Continuemos la obra de Marx, Bakunin y tantos compañeros que, para quitar el halo celestial con el que se presenta el orden del “más allá”, lo trajeron al más acá para explicarse cómo funciona.

El supuesto paraíso capitalista

Antes de adelantar el extracto de su próximo libro, el presidente señaló «se los quiero leer tal cual lo escribí, porque refleja, además, un cúmulo de sensaciones que yo tengo». Así, a tono con la época que nos toca atravesar, pone sus sensaciones como presupuesto contra el “satánico” método materialista. Y refuerza, nuevamente, la narrativa de que el mundo es movido principalmente por las emociones:

«(…) todos los valores que son los del socialismo, que es la envidia, que es el odio, que es el resentimiento, que es el trato desigual frente a la ley y hasta la vulneración de la vida misma, conducen a la miseria. (…) Porque hay cuatro tipos que le tienen envidia al que tiene quinientos. (…) lleva a que, además, los seres humanos se lleven mal, no pueden convivir en paz.»

Milei dice haber encontrado respuesta a la pregunta de «si hay o no un orden que nos trasciende», y que no puede callarla. Sin duda hay algo similar a un orden que nos trasciende pero es de este mundo, es social, por tanto no es trascendente en términos divinos.

Aunque disparatada, no es casual esta deriva mística de un apologeta del modo de producción actual. El Capital es el sujeto de esta sociedad porque la producción y reproducción de la sociedad esta organizada a través de la producción mercantil, donde lo que importa es que el valor se valorice, es decir, obtener la mayor ganancia posible. Nos reproducimos como especie reproduciendo al Capital y por ello se lo naturaliza y se llega al absurdo de sacralizarlo. Del fetiche propio de producir mercancías que determinan nuestra conciencia en tanto personificaciones del producto de nuestro trabajo que necesita venderse, pasamos directamente al fetiche del Capital tan propio de la economía vulgar: el dinero tendría la capacidad de generar dinero por sí mismo sin mediar la explotación de la fuerza de trabajo, tal como Cristo multiplicó los panes y los peces. De este modo, la relación social capitalista por excelencia ya no aparece solo como cosa sino también como divinidad.

Así como las guerras, la IA es otro tema ineludible. Milei también lo trata en tono religioso, al igual que Peter Thiel o León XIV, como ya vimos en números anteriores de La Oveja Negra. Nuevamente, es muy difícil comprender la realidad desde semejantes idealismos. Refiere a un «hombre antes de la caída», afirma que «el almacenamiento, el procesamiento, la comprensión que operaba en Adán era incomparablemente superior a cualquier inteligencia artificial actual», habla «de la abundancia radical del paraíso»… Entonces, al comprender que existió una Edad de Oro fuera de nuestro tiempo Milei no puede comprender que en verdad producimos nuestras maneras de organizarnos y reproducir nuestras sociedades, que somos seres históricos. Supone que hay modelos ideales a los que simplemente hay que arribar y así llega a aseverar que:

«el capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de su ley para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre. El hombre lo descubrió al obedecer. Está inscripto en los diez mandamientos. El orden moral que el creador estableció antes de que existiera cualquier Estado o cualquier mercado. No restaura la dotación divina que se perdió, no devuelve al hombre la capacidad infinita que tenía en el Edén, pero es el único sistema que, en consonancia con la ley de Dios, permite que el hombre trabaje, innove y descubra tecnología y genere prosperidad dentro de sus condiciones actuales. Y más aún, es el camino que al alinearse con esa ley permite traer el paraíso a la tierra. No el paraíso de las dotaciones infinitas. Ese lo perdimos. Sino el paraíso posible. Abundancia radical dentro del mundo caído, lograda por la obediencia al orden divino.»

Es que no solo no sucedió tal caída –aquella descrita en el «Génesis» del Antiguo Testamento, en la cual Adán y Eva pierden su inocencia tentados por la serpiente, y al comer el fruto prohibido del árbol del conocimiento son expulsados del Jardín del Edén– sino que no hay una esencia humana presocial, ni capitalista ni comunista.

Sin embargo, la falacia de todo idealismo es presentar como natural o don divino tanto aquello que justifica como aquello que ataca. Veamos la difícil cuestión de la libertad. Recordemos que se trata de un defensor acérrimo del modo de producción capitalista, que refería a la «libertad de morirse de hambre» para exponer con brutal claridad el significado de la libertad en esta sociedad. En esta ocasión dice:

«La libertad no es una conquista humana, es un don divino, y de ese don surge la responsabilidad de no esclavizar al prójimo, de no someterlo y de respetar estrictamente su proyecto de vida.»

Sin embargo, la libertad adquiere un significado específico y una forma concreta en la sociedad capitalista, no existe antes de que existan los individuos y las sociedades de las que forman parte. La libertad individual surge por la forma en que está organizada la producción capitalista: unidades de producción independientes y aisladas las unas de las otras que intercambian entre sí el producto de su trabajo. Dicho de otro modo, el trabajo se realiza de manera privada y el producto del mismo toma la forma de mercancía. Los vendedores de fuerza de trabajo son doblemente libres: libres de todo dominio personal y libres de los medios de producción. Es sobre esta base que es posible la producción de plusvalor: la fuerza de trabajo se paga por lo que cuesta reproducirla pero produce una cantidad de valor mayor. Allí reside el secreto de la explotación capitalista y la capacidad del Capital para ampliarse constantemente. Capitalistas y proletarios son de este modo libres e iguales frente a la Ley, de ahí la relación de ciudadanía que encubre un antagonismo y una desigualdad. La libertad para ambas clases es la forma que toma la conciencia que tiene como contenido la enajenación en el Capital.

Por nuestra parte, es importante machacar una y otra vez que Estado, propiedad, división sexual, mercancía o tecnología no son fruto divino, ni de la maldad o la bondad humana y, mucho menos, estaban allí esperando a ser descubiertos. Sin embargo, los delirios llegan al paroxismo cuando de justificar la propiedad privada se trata. Si no existiese el monopolio de la violencia en manos del Estado para recordarlo, la propia inercia de las relaciones sociales harían lo propio.

«También tenemos el mandamiento que dice “no robarás”. Sin propiedad privada no hay mercado. Si el fruto de mi trabajo puede ser confiscado por otro, ya sea un ladrón o un Estado que redistribuye por la fuerza, desaparece el incentivo a producir. La propiedad privada no es una convención humana arbitraria. Es el reconocimiento de que el trabajo del hombre le pertenece porque el creador mismo se lo instruyó así.»

Luego de seguir con sus emociones personales, “argumentos” hollywoodenses y referencias a Messi, continúa para afirmar que no es la propiedad privada lo que nos enfrenta unos a otros sino, por el contrario, aquello que garantiza la paz:

«(…) esto los pone en un lugar bastante incómodo a los de izquierda: “no codiciarás”. Sin respeto por lo ajeno no hay convivencia pacífica. La codicia, el deseo de apropiarse de lo que pertenece al otro, es exactamente el combustible moral del colectivismo y del marxismo. La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. (…) es la valla que protege la convivencia libre entre individuos, y son también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones. El sistema que respeta esas normas, el sistema que hace a la propiedad privada y el contrato voluntario sus pilares, es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios, y esa consonancia no es accidental, es estructural.»

Es mediante estas volteretas que tienen que explicar las guerras; no a través de la propiedad privada, sino a través de la fe y las “diferencias culturales”. Y es, a su vez, a través de estas mismas contorsiones que como cualquier cura de cualquier capilla afirma, o amenaza, que «la prosperidad material es la consecuencia natural de la obediencia espiritual». Así, como cualquier pastor que promete “pare de sufrir” aquí y ahora, como si de una publicidad de un analgésico de efecto rápido se tratase, dice:

«El paraíso no se alcanza, se trae, y se trae cumpliendo la ley de Dios aquí, en esta tierra, en este momento. Y está en el Padre Nuestro también, (…) no dice: “Vámonos nosotros al reino”, dice: “Venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo”. El paraíso viene a nosotros, a nosotros que lo perdimos, que fuimos expulsados, que no podemos volver por nuestros propios medios. Por eso, el Creador viene a nosotros, porque nosotros perdimos ese lugar y ya no podemos recuperarlo solo. “Así en la tierra como en el cielo” no es una fórmula litúrgica, es un programa, es traer el paraíso a la Tierra, y, para traerlo, el hombre debe cumplir la ley de Dios. Al cumplir la ley de Dios, vas a tener un sistema económico que es justo, que es eficiente y que, además, maximiza el crecimiento y, por ende, te derivan abundancia radical. Ese es el capitalismo en consonancia con los valores judeocristianos (...)»

Ni quienes presumen espiritualidad o se autoperciben seres religiosos pueden escapar de las promesas posmodernas de nuestra época: mas capitalismo, aquí y ahora. Ya ni falta hace prometer una vida obediente en la tierra para vivir una eternidad felices. Los consumidores no pueden esperar tanto ni pueden desear mucho más allá de lo que no conocen, el paraíso vendría a significar para ellos un capitalismo depurado de lo que no les agrada.

Contra las fuerzas del cielo, ¡viva el comunismo!

martes, 21 de julio de 2026

DIOS Y LA IA. SOBRE LA ENCÍCLICA PAPAL

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«Magnifica Humanitas» [Magnífica Humanidad], con el subtítulo «Sobre la custodia de la persona  humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial», es la primera encíclica publicada por el nuevo líder máximo de la Iglesia Católica a fines de mayo de 2026 «con motivo del 135º aniversario de la Rerum Novarum», aquella que alertaba sobre los peligros de la creciente lucha obrera y proponía contener al proletariado para garantizar su explotación y la paz de la propiedad privada.

Necesariamente, Robert Francis Prevost alias “León XIV”, no cuestiona los fundamentos del problema sino su superficie. Aparenta profundidad al solicitar una regulación de las nuevas tecnologías digitales junto con el señalamiento de quiénes detentan el poder sobre la IA y hacia qué fines la orientan. Además agrega una obviedad: las nuevas tecnologías no son neutrales, porque responden a los intereses de sus diseñadores y financiadores. Cierto, las viejas tampoco.

Su planteo de “desarmar” la IA, es decir, de liberarla de las lógicas de dominio, explotación y guerra para ponerla al servicio del bien común es, cuanto menos, ilusa. Sucede que en boca de un líder de tamaña autoridad no se trata de un acto de inocencia.

Está claro que la hiperconexión nos expone a una sobrecarga de estímulos poco y mal digeridos que nos deja impotentes en tanto espectadores. Es también el caso de la indignación permanente, el impacto del horror sin reflexión abruma y paraliza. El nuestro no es un debate espiritual y mucho menos al interior del cristianismo. Ese es el marco ideológico en el cual se da la actual contienda entre las autoridades del Vaticano y las de Silicon Valley, representada por figuras como Peter Thiel y corporaciones como Palantir, con su obsesión por el “anticristo”. Abordaremos la cuestión del desarrollo tecnológico y, en particular, la inteligencia artificial desde una perspectiva materialista sobre lo que continuaremos indagando en los próximos números, puntualizando en el polémico “Manifiesto Palantir”.

«¿Quiénes tienen razón, los idealistas o los materialistas? Una vez planteada así la cuestión, vacilar se hace imposible. Sin duda alguna los idealistas se engañan y/o los materialistas tienen razón. Sí, los hechos están antes que las ideas; el ideal no es más que una flor de la cual son raíces las condiciones materiales de existencia. Toda la historia intelectual y moral, política y social de la humanidad es un reflejo de su historia económica.» Así comienza nada más y nada menos que Dios y el Estado de Mikhail Bakunin…

«Sobre la situación de los obreros»

«Rerum novarum» [«De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos»] lleva por subtítulo «Sobre la situación de los obreros» y, al igual que en esta nueva oportunidad, la propuesta es ordenar y pacificar. Para los reformistas de toda religión, incluso las ateas, la clave está en pensar en cómo distribuir mejor sin jamás cuestionar el modo de producción.

Podría parecer una tarea inútil confrontar las posiciones de una institución decadente, sin embargo su perspectiva es representativa de todo un arco político alineado con el progresismo, el obrerismo y la romantización de la pobreza.

Con motivo de una ocasión en que la CGT y otros sectores llamaron a marchar a la procesión de la Virgen de Luján, en La Oveja Negra nro. 59 publicábamos:

Solo cinco años después de aquel mayo por el cual aún conmemoramos el 1° de mayo, más precisamente el 15 de mayo de 1891, el papa León XIII promulgó la encíclica «Rerum novarum». En esta carta no invitaba a quemar a los rebeldes en una hoguera sino a calmarlos apoyando su derecho laboral de «formar uniones o sindicatos», reafirmando también su apoyo al derecho de propiedad privada.

El segundo punto de la encíclica «Rerum novarum» es muy claro al respecto: «Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes (...) Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones.»

En aquello de «los legítimos poseedores», hoy podemos ver acuerdos con otro autopercibido “león”, que gobierna este país. Hablan como si la propiedad privada fuese un hecho natural o divino, pero nunca histórico. Cuando, en cambio, se trata de una historia de desposesión, resistencia y explotación.

El punto 15 de la antigua encíclica nos despeja toda duda celestial de la función terrenal de la religión: «para acabar con la lucha y cortar hasta sus mismas raíces, es admirable y varia la fuerza de las doctrinas cristianas. En primer lugar, toda la doctrina de la religión cristiana, de la cual es intérprete y custodio la Iglesia, puede grandemente arreglar entre sí y unir a los ricos con los proletarios, es decir, llamando a ambas clases al cumplimiento de sus deberes respectivos y, ante todo, a los deberes de justicia. De esos deberes, los que corresponden a los proletarios y obreros son: cumplir íntegra y fielmente lo que por propia libertad y con arreglo a justicia se haya estipulado sobre el trabajo; no dañar en modo alguno al capital; no ofender a la persona de los patronos; abstenerse de toda violencia al defender sus derechos y no promover sediciones».

El 1° de mayo, «fiesta de san José obrero» así llamada por los comehostia, pero de 1991, otro funcionario eclesiástico conocido como “Juan Pablo II”, con ocasión del Centenario de «Rerum novarum» promulgó la «Centesimus annus» [«Centenario»], donde venía a reafirmar el progra-
ma invariante de la burguesía: contención de las luchas del proletariado y defensa de la propiedad privada.

La “Doctrina Social de la Iglesia” y su fin último de «la construcción de la Civilización del Amor» (sic) no es más que la justificación espiritual del modo de producción capitalista acá en la Tierra. A fin de cuentas, su reino sí es de este mundo.

«Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial»

Cabe señalar la construcción del relato a posteriori. Ya en la presentación de «Magnifica Humanitas», León XIV dice que hace 135 años un predecesor suyo «observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial», dicho así y como repiten todos los progresistas de hoy, parece que se trató, en plena Revolución Industrial, de un cuidado de los trabajadores cuando en verdad era un llamado de alerta para la burguesía.

La preocupación de la Santa Sede es que «hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra». Si hacemos una crítica, es porque su forma de abordar el problema es, lamentablemente, muy representativa tanto del ciudadano de a pie como de los movimientos sociales.

La Iglesia alerta por el «riesgo de deshumanización, [es decir] construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio» (punto 10). Vemos aquí que “lo humano” es un significante vacío que cada quien puede llenar de acuerdo a sus creencias. La Iglesia incluye a Dios, otro dirá que se trata de ser esencialmente solidarios y otro propondrá la competencia o la supervivencia del más fuerte. Si, tal como señala la Encíclica, «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: (…) ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también (…) que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios» (21), ¿qué significa «custodiar lo humano»? ¿Cuál de los dos humanos? ¿El torturador o el torturado?

Sucede que, necesariamente, el enfoque cristiano no ve determinaciones sociales sino: «La corrupción moral de nuestro límite creatural ‒el mal que evidentemente agita el corazón del hombre‒ arruina la sociedad y la vida» (21). Respondemos que si el otro se transforma en un medio, es decir, es cosificado, no es porque el mal habita en nuestra alma, sino porque el alma de este mundo es la ganancia. Por tanto, las manifestaciones inmediatas son la competencia y la cosificación propias de esta sociedad.

«El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.» (112) La pregunta es: ¿por qué alertarse ahora y no antes? Lo mismo podría achacarse a la existencia del dinero, motivo por el cual existe el desarrollo de la IA. Sin embargo, se da por humano y natural el presente y se teme a un futuro “antihumano”. Se da por sentado al individuo producto de esta sociedad como una creación de Dios no adulterada que podría ser arruinada en breve. Vemos que, generalmente, toda crítica de lo existente es un rechazo de los cambios, una defensa del presente (y del pasado reciente) en tanto orden natural. Como señaló Karl Marx «ven en él, el punto de partida de la historia, porque consideran a dicho individuo, como algo natural, en consonancia con su concepción de la naturaleza humana, y no un producto de la historia, sino un dato de la naturaleza.» (Introducción general a la crítica de la economía política)

Si el transhumanismo y el posthumanismo postulan «la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana» (116) es porque son expresiones concretas y extremistas de la sociedad capitalista. Esta considera que no existen los límites y es gracias a esa fantasía que busca el desarrollo y la ganancia al infinito, aunque permanentemente se tope con obstáculos materiales.

La sociedad capitalista constituye un modo en que los seres humanos organizamos nuestra reproducción, histórico y por lo tanto transitorio, en el que el producto de nuestro trabajo se ha convertido en el sujeto mismo de la sociedad. Nos reproducimos reproduciendo al Capital, y de allí brota la forma peculiar que tiene el desarrollo de la técnica bajo su dominio. El Capital es algo que los seres humanos nos hacemos a nosotros mismos. Por tanto, el desarrollo de la IA no se trata de «una construcción grandiosa, pero inhumana» (129), sino de un desarrollo humano, muy humano.

«La dignidad del trabajo en la transición digital»

«Desde el nacimiento de la Doctrina social, con la Rerum novarum, la Iglesia ha llamado la atención sobre la protección de los trabajadores y la necesidad de combatir toda forma de explotación» (148) dice la Encíclica.

Los materialistas, siguiendo la crítica de la economía política desarrollada por Karl Marx, comprendemos que la reproducción de la sociedad capitalista está orientada hacia la máxima obtención de ganancia posible, y que la principal fuente de ganancia es el plusvalor, que se produce a través de la explotación del trabajo asalariado. Por tanto, la explotación no es simplemente un trabajo precario y mal pagado, lo que efectivamente es el caso de la inmensa mayoría de los asalariados y precarizados del planeta. El Capital explota al proletariado en su conjunto, incluso allí donde la iglesia y el progresismo consideran justas las condiciones de compra y venta de la fuerza de trabajo.

El Dios torturador y misógino del Antiguo Testamento nos decía en el «Génesis»: «Por cuanto le hiciste caso a tu mujer, y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. (…) Te ganarás el pan con el sudor de tu frente». Sin embargo, hasta el año 2026 continúan insistiendo con la dignidad del trabajo, aquel trabajo que fue encomendado como castigo: «el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana». (149)

El engaño es absoluto: «la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios» (151). ¡¿“Suele”?! Es la única finalidad de desarrollar tecnología en nuestra sociedad y es el gran problema del Capital: a la vez que depende del trabajo humano como creador de plusvalor, incesantemente reduce la cantidad de trabajo incorporada en cada mercancía, mediante el uso de maquinaria y modernización de la producción.

«El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común.» (152) Todo eso podrá ser en el Cielo o en el Purgatorio, porque acá en la Tierra todo está subordinado al orden económico, incluso la producción ideológica de los autopercibidos enviados de Dios, y las personas hemos sido reducidas a un medio.

“El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” es un refrán que significa que los buenos propósitos no sirven de nada si no van acompañados de acciones concretas, podemos agregar que esas acciones deben ir acompañadas, a su vez, de análisis correctos.

Por último, pero no menos importante, hoy como ayer la Iglesia propone sindicalizar la precarización: «Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades» (155). Debido a que las nuevas formas de trabajo pueden producir nuevas formas de asociación entre explotados que prescindan de los sindicatos ‒que se muestran cada vez más caducos ya no para fines revolucionarios sino para las luchas inmediatas del proletariado‒, la Iglesia llama a tomar conciencia a sus hermanos de clase.

«La normalización de la guerra»

El modo de producción capitalista es explotación y comercio pero también es guerra, incesante, en diferentes territorios del planeta. La Iglesia hace mea culpa y reconoce que: «a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración.» (189)

Evidentemente… Al señalar que «la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo» (192) hasta pareciera que hacen una descripción de su propia institución.

Ya desde el «Discurso de Presentación» de la Carta, se emplea un lenguaje que parece antibélico: «la inteligencia artificial exige ahora ser “desarmada”, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. (…) Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia en acción. Pero, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo».

Más adelante, en el punto 110 aclara: «Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. (…) Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida». Le exigen a la tecnología que no sea tecnología, del mismo modo que le piden al trabajo que no sea trabajo. Así, piden armas para no matar, o mejor dicho para matar dignamente: «el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana» (197). En ese “dignamente” está el detalle de todo el progresismo: sostener este mundo de explotación, masacre y guerra pero con “dignidad”, sea lo que sea que eso signifique.

Moda decolonial obliga, hasta el Papa sigue sus preceptos y se preocupa además por el denominado “control social”: «El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. Territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural, se ven, en el presente, atravesados por una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa. Quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, hoy recopilados a menudo bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados. Y puede decidir, antes que los demás, a quién destinar medicamentos, inversiones y protecciones. Es aquí donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién. De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma.» (178) Lo que señala es más o menos acertado, pero obviar cuál es la fuente que produce todo aquello, o simplemente posicionarse a favor de las cosas buenas y en contra de las cosas malas no nos ayudará mucho. La pregunta continúa siendo ¿por qué molestarse únicamente con las manifestaciones novedosas, extremas o superficiales del modo de producción capitalista?

«Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA»

De acuerdo, «el uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico» (102). Pero las frases genéricas y bien intencionadas no sirven mucho más que para dejar la conciencia tranquila: «que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites» (102) podría ser tranquilamente la formulación de algún chatbot de inteligencia artificial. Por otro lado, omite que la “inteligencia humana” también crea los campos de concentración o la logística de la masacre en Gaza. Dice que la “inteligencia artificial” no tiene “conciencia moral”: «no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias» (99), ¿acaso la tienen los mercenarios o los torturadores, o siquiera los empresarios al servicio de la ganancia? ¿Y la tenemos nosotros, población proletarizada, en un mundo en el que el Dinero es el Dios que justifica todo acto, por horrendo, rutinario o estúpido que sea?

En ese sentido, y no por casualidad ni maldad, la IA así como el Dinero son absolutamente indiferentes al contenido de lo que acumulan, calculan o intercambian: «(...) escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados» (141).

Nuestra realidad es indivisible, implica “la dignidad del hombre”, la explotación, la libertad democrática, los residuos nucleares y los drones asistidos por IA que asesinan niños. La verdad está en el conjunto, si uno de los elementos es eliminado de nuestro cuadro, inevitablemente hay que eliminar todos los demás. Hay un peligro mayor que el desarrollo de la IA y es el desarrollo y afianzamiento en el pensamiento de la lógica de separación binaria y excluyente entre bueno y malo, tan propia de la religión cristiana.

Los especialistas y empresarios a los que alude la Iglesia no desarrollan la IA a partir de la nada, ellos mismos son producidos por el desarrollo capitalista e, independientemente de que las negociaciones de “desarme” tengan éxito o no, ya no podremos deshacer lo conocido sobre la IA y su capacidad bélica de destrucción. La única garantía sería desarmar el potencial destructivo del dictado de la ganancia, pero ni la Iglesia ni sus súbditos están dispuestos a semejante tarea.

El núcleo de la propuesta papal es erróneo porque el capitalismo siempre impulsa al desarrollo, a la sustitución de la fuerza de trabajo humano por el empleo de la tecnología para reducir gastos de producción y aumentar las ganancias. Esto reduce el valor de cada mercancía individual y por tanto obliga a aumentar la producción permanentemente para subsistir.

Pensar críticamente la tecnología, el trabajo o la IA significa componer un cuadro general, no en tanto una acumulación de cosas desconectadas sino como una relación social. Por eso nos oponemos a la subordinación de cada actividad humana a la dictadura de la ganancia. Eso va más allá de si Internet es bueno o malo, un avance o un signo de la decadencia cultural y rompe con la ilusión de que el desarrollo tecnológico debería estar al servicio de los gustos de tal o cual sector de la sociedad.

Independientemente de pensarse cristiana o espiritual, la nuestra es una época marcada por la tecnología, por el acceso a y la dependencia de Internet. Basta con prestar atención a las horas dedicadas a la práctica religiosa y compararlas con las horas dedicadas a permanecer online. Las prioridades de nuestra sociedad se advierten en dónde y cómo gastan sus miembros su dinero y su tiempo. Por lo tanto, no es suficiente con decir “esto es importante para mí” si no está respaldado por la forma en que vivimos nuestras vidas. Dentro de la lógica cristiana, lo señala el mismísimo Nuevo Testamento: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mateo 6, 21). Donde está el dinero, allí está el corazón de esta sociedad.

viernes, 4 de julio de 2025

NATALIDAD Y CAPITAL EN ARGENTINA

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Desde hace décadas la población mundial y local crece más lentamente y, de mantenerse las tendencias actuales, comenzará a reducirse antes de fin de siglo. En los noticieros y redes sociales circulan una serie de datos ilustrativos:

• Argentina tiene cada vez menos nacimientos y ha aumentado el promedio de edad en que se tiene el primer hijo.
• Los hogares con hijos menores ya no son mayoría: en 2022, el 57% no tenía niños o adolescentes.
• Hay cada vez más hogares monoparentales, un 80% de los cuales están liderados por mujeres.
• Los mayores de 85 años pasaron de representar el 1,5% de la población en 1991 al 11,8% en 2022.
• La tasa de natalidad cayó un 40% desde 2014 y el promedio de hijos por mujer es de 1,4 a nivel nacional. En la ciudad de Buenos Aires el número baja a 0,9.

Cabe recordar que para que la población de un país se mantenga estable (sin considerar la migración) el índice de fecundidad o promedio de hijos por mujer debe situarse en torno a los 2,1. Un índice menor sostenido en el tiempo supone una disminución de la población. El aumento de la esperanza de vida vuelve este proceso más lento, a la par que crece el promedio de edad. Todavía falta para llegar al punto de inflexión poblacional en Argentina, aunque ya se ha producido en varios países. ¿Esto debería preocuparnos? En el mundo somos una población de 8.000 millones que crece cada vez más lentamente y puede empezar a decrecer hacia fines de este siglo. Únicamente si estuviésemos camino a desaparecer como especie cabría la preocupación. Dado que no es el caso, se evidencia la dimensión moral detrás de los temores.

Estos son promovidos al difundir que se vende más alimento de mascotas que pañales, para la semana siguiente cambiar de tema y olvidar la baja de la natalidad. Al abordar el tema, las justificaciones son puestas delante de los hechos: la “ideología de género”, las dificultades económicas, el mascotismo, la adolescencia extendida, la misantropía, o el mero rechazo a la maternidad y paternidad serían entonces los causantes de la baja de natalidad y los cambios en las formas de trabajo. No es tan simple, la reproducción de la población se encuentra determinada por el Capital. Por mucho que racionalicemos los motivos de maternar, paternar, o no hacerlo, a nivel social estos motivos son determinados por potencias sociales que exceden nuestra vida individual.

Consideramos que la cuestión de la población es fundamental para comprender esta sociedad y sus transformaciones. Reflexionar en torno a la población implica preguntarnos cómo se reproduce la especie humana al interior del modo de producción capitalista, es decir, la relación entre explotación asalariada, reproducción biológica y división sexual del trabajo.

“Poblar la Argentina”

Argentina desde los comienzos de su historia tiene el estigma de ser un “país vacío”, es decir, un extenso territorio poco poblado. Para la conformación del Estado argentino fue fundamental el exterminio indígena, masacrando hacia el sur y despojando hacia el norte. La ilusión de los padres de la Patria era traer migrantes obedientes, pero se les llenó el territorio de anarquistas y revolucionarios.

«Gobernar es poblar» fue la máxima planteada por Alberdi en sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República de Argentina de 1852. Allí resaltaba la necesidad de aumentar la cantidad, así como la calidad de la población a través de la inmigración. Posteriormente advirtió que los resultados de la apertura a lo que llamaba «inmigración espontánea» no fueron los esperados.

A las preocupaciones por poblar y gobernar se sumaron, hacia fines del siglo XIX y principios del XX, las inquietudes en torno a la reproducción biológica de la población, de la procreación, de la maternidad, de la calidad de la fuerza de trabajo de mano de la eugenesia… lo que hoy podríamos llamar políticas de género.

De “somos muchos” a “somos pocos”

Si bien Argentina, al igual que otros países del llamado “tercer mundo”, mantuvo su prédica poblacionista hasta hace algunas décadas, las políticas demográficas dominantes impulsadas por los países centrales comenzaban a tomar otro rumbo. Desde la década de 1960 se extendió la idea de que la “superpoblación” absorbería los recursos existentes a nivel mundial y generaría un deterioro del medioambiente que pondría en riesgo la vida en la Tierra, aunque la preocupación en verdad giraba en torno a la estabilidad y desarrollo de la sociedad capitalista. Así, de acuerdo a necesidades burguesas, en 1972 el Club de Roma encargó al MIT el informe titulado «Los límites al crecimiento», uno de los exponentes ideológicos más relevantes del neomalthusianismo moderno. Las alarmas se habían encendido en un particular contexto de crecimiento poblacional: 1964 había sido el año con la mayor tasa en la historia de la humanidad.

Por otra parte, cabe subrayar que esa “superpoblación” es relativa, es decir, una población excedente con relación a las necesidades del Capital. No fuimos o somos muchos: somos muchos viviendo de este modo, donde se tira la comida producida, donde nos concentramos en ciudades, donde producimos para la ganancia y no simplemente para vestirnos, alimentarnos, disfrutar y habitar un espacio. Aquello que se percibe y se nombra como exceso demográfico o población sobrante es una expresión concreta de la propia dinámica del modo de producción capitalista.

Si bien el ritmo del crecimiento poblacional se ha desacelerado notoriamente en las últimas décadas, la población sigue estando muy por encima de la necesidad de fuerza de trabajo del Capital. De este modo, los “asentamientos irregulares” (villas, favelas, chabolas, campos de refugiados) de muchas regiones del mundo crecen a un ritmo más acelerado que el de las urbanizaciones.

La opinión desesperada pasó en pocas décadas de señalar el peligro de la “superpoblación” a suponer que “están reduciendo la población”. Desesperación, ignorancia, ecologismo catastrofista, conspiracionismo, mil y una maneras para no analizar el modo de producción capitalista y para no pensar colectivamente posibles maneras de superarlo.

Cuando se cuestiona la baja de natalidad, lo primero que suele aparecer sobre la mesa no es el futuro de la especie sino el propio, es decir, la vejez. Con cada vez menos jóvenes, surge la pregunta sobre quiénes se harán cargo de los viejos, ya sea directamente o aportando a las cajas jubilatorias. Pero, una vez más, no se trata simplemente de la cantidad de personas, sino de lo que las personas hacemos. En las condiciones laborales actuales con salarios de pobreza y la mitad del mercado laboral en negro, se degradan las jubilaciones y se dificulta la posibilidad de ayudar a los mayores. Evidentemente no es un problema de la cantidad de trabajadores, sino de las condiciones de su explotación.

La explicación moralista

Desde las nuevas y viejas derechas, y en particular desde el gobierno de turno, vinculan la caída de la natalidad con el feminismo, el globalismo, el wokismo y su “ideología de género”. Apuntan a la legalización del aborto y al feminismo por la caída de la natalidad en Argentina. El presidente Milei dijo en un discurso reciente: «Ahora se están dando cuenta que se les pasó la mano en atacar a la familia, atacar a las dos vidas y ahora lo estamos pagando con caídas en la tasa de natalidad. Ahora el miedo es que el mundo se quede sin gente.» (Discurso en la Cumbre 2025 de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina).

Pero revertir las tendencias en la natalidad no es verdaderamente su objetivo, así como tampoco representa una necesidad del Capital al que le sobra cada vez más población. Es tan solo una oposición discursiva con fines electorales. Milei insiste en que la demografía juega un rol determinante en el crecimiento económico con ejemplos absurdos como que «resulta más probable encontrar un Mozart en una población de un millón de personas que en una de mil». También lo hace con referencias a Adam Smith, quien vinculaba el desarrollo de la división del trabajo con crecimiento del mercado, suponiendo que un mercado más grande implica necesariamente más personas y, sobre todo, suponiendo que más personas hacen crecer un mercado, cuando a las claras el problema demográfico bajo el capitalismo surge porque faltan medios de producción para que las personas puedan vender su fuerza de trabajo de manera tal que puedan acceder al consumo.

El objetivo recurrente, en verdad, es oponerse al progresismo: «Dado el destrozo que han causado las políticas verdes sobre la natalidad y el nivel de población futura (al límite estúpido de exterminar a la especie humana por cuidar el planeta) se deberían replantear las políticas en materia demográfica más allá de la atrocidad de estar asesinando seres humanos en evolución en el vientre de la madre.» («Tiempo para el crecimiento», Infobae, 30 de mayo de 2025).

Los reaccionarios que hasta ayer decían que los pobres “tienen hijos para cobrar planes” son los mismos que se horrorizan porque “Argentina va a quedar despoblada”. No piensan, opinan. Es tan absurdo afirmar que la legalización del aborto hace reducir la población, como lo es decir que las ayudas sociales la hacen crecer.

Veamos el primer caso. La baja de natalidad es un proceso que comienza mucho antes de la legalización del aborto. La cantidad de embarazos disminuye y más aún disminuyen los que terminan en aborto. Es el control de la natalidad el que crece y el aborto es una de las formas de llevarlo a cabo. La legalización del aborto es más un efecto que una causa de la baja de la natalidad.

En segundo lugar, los pobres no “tienen hijos para cobrar la asignación” y esto puede comprobarse rápidamente al repasar los datos. En septiembre de 2024 en Argentina eran alrededor de 4,1 millones los beneficiarios de la AUH, representando aproximadamente un tercio del total de niños. Los titulares a cargo que perciben esta ayuda son 2,33 millones (95,6% son mujeres), de los cuales un 52,5% tienen un solo hijo de hasta 17 años, un 28,5% tienen dos, un 12,7% tres hijos, un 4,3% cuatro, y solo un 2% tiene 5 o más hijos. (Datos extraídos del último «Informe de estadísticas de la seguridad social» de la ANSES, publicado en enero de 2025).

Cuando las argumentaciones se desmoronan cabe responsabilizar a individuos. Entonces aparecen las “teorías” de la conspiración como un desafío al orden dominante contra la “elite”. El hecho de que haya empresas que apoyen o promuevan el control de la natalidad, el aborto, así como el matrimonio entre personas del mismo sexo, no es suficiente para afirmar que hay una conspiración, ni mundial, ni de familias, ni extraterrestre. El que los capitalistas hagan de cada necesidad un negocio, que lucren y planifiquen, eso no constituye una conspiración. El que los empresarios se reúnan con los gobernantes, tampoco lo es. Son los negocios, es la corrupción, es el Capital, es el Estado. Los “complotistas” no ven nada malo en el lucro salvo cuando contradice su moral occidental y cristiana.

La explicación “multicausal”

Desde el progresismo se analiza el fenómeno de la caída de la natalidad como un fenómeno multicausal. Se señalan las dificultades económicas, mayores posibilidades de las mujeres para insertarse al mercado laboral y la educación sexual como las causas principales. Pero inmediatamente cabe preguntarse el porqué de dichos porqués, los motivos detrás de cada una de las “multicausas”.

Cabe preguntarse, por ejemplo, por qué existieron elevadas tasas de natalidad en condiciones deplorables de vida durante el siglo XIX y comienzos del XX, o por qué la inserción de las mujeres al mercado de fuerza de trabajo en los albores de la industria a mediados del siglo XIX no estuvo acompañada de una pronunciada baja de la natalidad.

La esperanza de vida al nacer ha estado en constante crecimiento, aunque con claras diferencias entre regiones, en todo el mundo. De este modo, no se necesita una natalidad elevada para contrarrestar la mortalidad infantil. A su vez, la cantidad de años en que una persona puede vender su fuerza de trabajo también ha aumentado y las edades jubilatorias se van retrasando. Todo esto es importante, pero la causa fundamental detrás de la baja de la natalidad es el crecimiento de la población sobrante para el Capital a la que referíamos anteriormente. Sobran cada vez más vendedores de fuerza de trabajo, por lo que nos vemos empujados a reducir nuestro número.

Esto impacta directamente sobre la división sexual del trabajo, ya que aumenta la cantidad de años de vida que las mujeres pueden dedicarse de lleno al trabajo asalariado. Su inserción masiva en el mercado laboral y el definitivo cuestionamiento de la maternidad como destino se dan en este contexto de crecimiento de la población sobrante, que implica un creciente deterioro en las condiciones de venta y reproducción de la fuerza de trabajo. [En el nro. 16 de Cuadernos de Negación analizamos la relación entre población sobrante y género en profundidad].

Desde el feminismo liberal se celebra la baja de natalidad en cuanto ampliación de la libertad de las mujeres y cuestionamiento de los roles de género tradicionales. En el «Informe sobre el Estado de la Población Mundial 2023» titulado «8.000 millones de vidas, infinitas posibilidades. Argumentos a favor de los derechos y libertades» la ONU es clara respecto de las necesidades del Capital: «a la hora de sostener la economía de una sociedad en proceso de envejecimiento y con tasas de fecundidad bajas, impulsar la paridad de género en la fuerza de trabajo resultaría mucho más útil que aumentar de nuevo la fecundidad».

Desde otros sectores del feminismo, en cambio, se asocia la baja de la natalidad con las dificultades económicas, y hasta con el “borrado de la mujer”. De este modo, muchas mujeres (y hombres) deciden no tener hijos, aunque desearían lo contrario, y tenerlos puede incluso ser considerado un acto de resistencia a las condiciones impuestas. Entonces critican a quienes celebran la baja de la natalidad y proponen luchar por mejorar las condiciones en que se tienen y crían los hijos. Esta lucha es necesaria al igual que toda lucha por mejorar la reproducción de los vendedores de fuerza de trabajo, tengan o no hijos, pero suele suponer arbitraria y moralmente que la natalidad debería crecer. [Dos números atrás en este boletín, en un artículo titulado «El género en crisis», ahondamos en las transformaciones de la división sexual del trabajo de las últimas décadas y las encendidas discusiones al respecto].

Desnaturalizar la población

Hay un mito que dice que las estadísticas son objetivas, que “los números no tienen ideología”. Sin embargo, cualquier observación de un fenómeno evidentemente omite otros, la cuestión es cuáles y cómo se relaciona con lo observado. La honestidad es elemental cuando los datos encontrados chocan con nuestras intuiciones, al igual que la pregunta incansable por las determinaciones más fundamentales de la realidad que reproducimos todos los días.

Dado que no queremos hacer economía ni política, coincidimos con Marx en su apreciación sobre la población publicada en Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (“Grundrisse”, 1857). Cuando consideramos un país desde el punto de vista económico-político comenzamos por su población y lo reducible a estadísticas. Parece justo comenzar por lo real y lo concreto. Sin embargo, la población es una abstracción si dejamos de lado las clases que la componen. Estas clases son, a su vez, una palabra vacía si desconocemos los elementos sobre los cuales reposan: el trabajo asalariado o el Capital. Estos suponen intercambio, división del trabajo, precios, etc. Si comenzáramos, pues, por la población, tendríamos una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaríamos analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaríamos a abstracciones cada vez más sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. En este punto, habría que emprender el viaje de retorno hasta dar de nuevo con la población; pero esta vez no tendríamos una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones.

La población no es un simple amontonamiento de seres humanos, no es un hecho natural. Su producción y reproducción son producto histórico de las relaciones de clase, incluyendo la división sexual. Cada modo de producción supone un desarrollo particular de su población tanto en su cantidad como en sus características. Buscamos comprender cómo se reproduce la población al interior del modo de producción capitalista, desnaturalizando aquello que nos viene dado, sin nostalgia ni haciendo apología de sus transformaciones. Cuando la sociedad comienza a hacerse determinadas preguntas es porque puede responderlas. Solo se trata de atreverse a enfrentarlas.

sábado, 17 de diciembre de 2022

REVUELTAS EN IRÁN

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Cuando llegan noticias de países lejanos, pese a las diferencias culturales y geográficas, hay cuestiones estructurales que identificamos rápidamente. Así, nos reconocemos en quienes se rebelan contra el orden establecido en distintas partes del planeta.

Mediante noticias, panfletos y textos nos acercamos a las revueltas en Irán. Asumiendo el carácter internacional de la lucha de clases, presupuesto de la agitación por una revolución mundial contra el Capital.

Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años que estaba de vacaciones en Teherán con su familia, fue detenida el 13 de septiembre por la Gasht-e Ershad, “Patrulla de Guía” también conocida como Policía de la moral. La joven fue acusada de usar el hiyab “de forma inapropiada” y llevada a un centro de detención para ser reeducada. Dos horas después fue trasladada en coma a un hospital donde murió el 16 de septiembre. La policía declaró un repentino ataque al corazón. Sus familiares fueron testigos de una golpiza en la detención y vieron como ella perdía el conocimiento.

El sábado 17, ya durante el funeral en Saqez, comenzaron las protestas con un grupo de mujeres kurdas que se quitaron el velo, y algunas lo quemaron. Al día siguiente las manifestaciones se extendieron a ciudades de todo el país. Diferentes sectores de trabajadores fueron entrando en huelga, gran parte de los comercios cerraron en apoyo a las protestas y desde entonces diversas expresiones de lucha se suceden de manera ininterrumpida.

“¡Muerte al dictador!” en referencia a Alí Jamenei, “líder supremo de Irán”, ha sido el lema más gritado junto a “¡Jin, jiyan, azadî!” (¡Mujer, vida, libertad!). Esta última consigna en kurdo es un acto de solidaridad por parte del resto de Irán hacia la región kurda, fronteriza con Irak y Turquía. Jina (“la que da vida”), es el nombre kurdo que los padres de Mahsa no pudieron ponerle hace 22 años en la localidad de Saqez.

En tanto reproductoras de la población, las mujeres son la vida y la vida emana de ellas, están en el centro de las sociedades y son el punto de partida de todos los procesos de producción. La República Islámica ha entendido tan bien el significado y el peso de esta asignación que busca reducir a la mujer a una propiedad, de la que el hiyab es el título. La cuestión abierta, en un contexto de lucha internacional del movimiento de mujeres, es poder avanzar en el cuestionamiento de la división sexual sin seguir necesariamente los parámetros liberales de occidente. No se trata simplemente de igualdad, sino de subvertir la propia división.

La situación de las mujeres fue el detonante de una revuelta que se desarrolla y potencia a partir de las insoportables condiciones de vida que vive el proletariado en Irán y sus innumerables antecedentes de lucha. Y es justamente a partir de estas luchas que vamos comprendiendo la implicación (no intersección) entre las asignaciones de género y la explotación, entre la producción y la reproducción.

En Irán, dado el régimen confesional establecido por la llamada “revolución islámica” de 1979, el control y la represión se imponen de forma religiosa. Desde la instauración del actual régimen se han sucedido diversas modalidades de esta “Policía de la moral”. Las fuerzas represivas fieles al régimen se encuentran deslegitimadas y desmoralizadas, y cada vez son más las mujeres y niñas que se muestran orgullosas sin el hiyab acompañadas de las sonrisas cómplices y alentadoras de los transeúntes.

Desde hace 43 años un régimen burgués de características islámicas gobierna Irán. Se trata de una República Islámica que, tras la caída del sha Reza Pahleví, combina una teocracia islámica con democracia representativa, a través de una compleja red de instituciones electivas y no electivas. El poder está concentrado en el Líder supremo, cargo ocupado por Jomeini entre 1979 y 1989, y por Jamenei desde 1989 a la actualidad.

Irán se encuentra frente a un relativo aislamiento internacional, y crecientes dificultades internas por las características de su desarrollo económico.

Una particular gestión del Capital

Renta de la tierra (petróleo y gas fundamentalmente), industria improductiva, inflación elevada, devaluación y tipos de cambio paralelos, salarios reales a la baja, altos niveles de desempleo, de trabajo informal y de la denominada población sobrante, subvenciones y ayudas estatales (tanto a proletarios como empresas), lo cual implica un gran desarrollo de la corrupción. Ciertas características de la economía iraní nos suenan familiares desde estas tierras.

Pero no toda economía rentista asume de la misma forma las limitaciones que supone. El populismo, la injerencia del Estado y sus redes clientelares, se reproduce en el caso iraní de una forma extrema, donde la religión cumple un papel fundamental.

Todos los Estados tienen un cierto peso económico y actividades productivas; hay empresas en las que los Estados se constituyen como accionistas mayoritarios o incluso industrias de propiedad estatal, pero la propia República Islámica se ha convertido en una relación productiva por la forma en que ha evolucionado. Es el punto de partida y el punto final, determina la propiedad del Capital y elige el camino de su crecimiento. Al estar basado en las rentas del petróleo, su existencia se vuelve más difícil e improductiva para grandes sectores de la economía, ya que dificulta el “normal” desarrollo de la actividad económica basado en la competitividad.

Es en este marco que debemos comprender las diferentes fracciones de la burguesía iraní. Empecemos por aquellos con mayor historia, como el sector de los grandes comerciantes denominados bazaris, burgueses dedicados al comercio que, frente a una producción local defectuosa orientada al mercado interno, se han enriquecido sideralmente a partir de gestionar la importación con generosas bonificaciones del Estado. La renta petrolera se ha utilizado en gran parte para importar bienes de consumo y equipos, con los bazaris de intermediarios.

Por otro lado, a partir de las propiedades expropiadas tras la revolución de 1979 y su sostenimiento posterior a través de la renta, se han constituido poderosas fundaciones religiosas denominadas bonyads, que además de conservar su función clientelar mediante la asistencia a los pobres, se han convertido en consorcios de empresas exentas de impuestos que dependen directamente del “Líder Supremo”. Se estima que estas fundaciones controlan alrededor del 20% del PBI, buscando garantizar el apoyo al régimen.

Desde 1990, se aplicó lentamente una privatización de las empresas estatales y una relativa apertura del comercio exterior cuyo resultado fue la creación de una burguesía que vive y se enriquece bajo la tutela del Estado. La mayoría de las veces, los beneficiarios de estas “transferencias de propiedad” son los directivos de estas empresas, antes estatales.

La República Islámica, además del ejército regular iraní, cuenta desde su creación con un ejército paralelo de mayor jerarquía y fidelidad al régimen denominado Guardia Revolucionaria o Pasdaran, que cuenta a su vez con milicias estrictamente paramilitares como el Basij. Los jerarcas de estas organizaciones se vieron notablemente beneficiados por la “privatización” de los ‘90, siendo ahora propietarios de grandes industrias del petróleo, gas, acero, construcción y comunicaciones, entre otras. A su vez, como contratistas privados se benefician de gigantescas licitaciones de proyectos de infraestructura como represas que quedan a medio hacer, sumando al derroche y deterioro del medio ambiente. Alrededor del 30% de la economía se encuentra bajo su control y mantienen estrechas relaciones con las bonyads.

El proletariado y sus luchas

El proletariado en Irán se halla entre el mercado informal de trabajo, el campesinado, jóvenes desempleados, empleados estatales rasos (dispuestos a soportar la degradación de sus salarios mientras el aparato administrativo siga siendo la garantía de su empleo), una masa de desempleados estructurales que dependen de las fundaciones religiosas o de su participación en las milicias, los trabajadores de los servicios (40% de la población activa) divididos entre su dependencia de los bazaris y la visión de su futuro en la apertura y liberalización de todo el comercio, una minoría empleada en las principales industrias orientadas a la exportación (las únicas competitivas en términos internacionales), los empleados en las industrias dedicadas al mercado interno (empresas que sólo deben su supervivencia a la perpetuación de una economía que vive de las subvenciones discrecionales y que, por tanto, está intrínsecamente ligada al nacionalismo económico). También existen divisiones “étnicas” entre persas, árabes, kurdos y tribus nómadas.

Los trabajadores vinculados al sector de los hidrocarburos, dada su importancia fundamental en la economía iraní, se encuentran bajo relaciones de explotación particulares. Este sector ha sufrido varias reformas laborales en pos de la flexibilización a partir de la década del ‘90, trastocando por lo tanto su funcionamiento y desatando diversos conflictos. De este modo, existen organizaciones de trabajadores contratados del petróleo, que se han integrado a la revuelta, yendo a la huelga en reiteradas ocasiones desde principios de octubre.

Al margen de este sector y otros puntuales como la siderurgia, los trabajadores de la industria son por lo general empleados por empresas dedicadas a la producción para el mercado interno. Este funciona fundamentalmente a partir de la distribución de renta en forma de subsidios y asistencia social, por lo que la función de los salarios como reguladores entre las distintas esferas de la producción a través del consumo queda completamente desdibujada. El salario y el poder adquisitivo queda desconectado de la acumulación. De este modo, los salarios son aplastados y no hay un interés de la burguesía por elevar la productividad. Su competitividad en términos internacionales es nula (algo muy parecido a la mayor parte de la industria argentina). En dicho marco, se producen innumerables conflictos por aumentos salariales y demoras en los pagos. En el contexto actual se han desarrollado numerosas huelgas por estos reclamos, por las condiciones laborales y en solidaridad con la revuelta en diversas industrias (autopartes, automotrices, siderurgia, electrodomésticos, etc.), así como también en el sector servicios, como las huelgas de camioneros y conductores de ómnibus.

Sin duda la generalización de la huelga en la producción y distribución y el cierre masivo de comercios son un salto cualitativo en las situaciones de revuelta. Pero el estallido encuentra su origen en el ámbito de la reproducción social, por el empeoramiento de la vida en general y la constante represión, que atraviesa a todos los sectores del proletariado.

Las revueltas masivas, entonces, han detonado en los últimos años por el empeoramiento general de las condiciones de vida. Entre noviembre de 2019 y enero de 2020 estallaron manifestaciones en todas las ciudades importantes por el aumento del 50% al 200% de los precios de los combustibles y, por tanto, de los precios de los productos de primera necesidad. La represión fue brutal, con un saldo de más de 1000 muertos según algunas fuentes. Las violentas acciones de los manifestantes se tradujeron en la destrucción de 731 sucursales de bancos gubernamentales, incluido el banco central de Irán, nueve centros religiosos islámicos y estatuas del líder supremo Alí Jamenei, así como el ataque de al menos 50 bases militares gubernamentales.

En mayo de este año el gobierno puso fin al precio subvencionado del pan, lo cual produjo aumentos de hasta un 300%, en el marco de una inflación anual de alrededor del 40%. Se desataron diversas manifestaciones, entre las cuales se atacaron bases de las milicias islámicas Basij con un saldo de varios muertos, heridos y detenidos. Por otra parte, el derrumbe de un edificio comercial en Abadán tuvo como consecuencia la muerte de más de veinte personas, lo que provocó nuevos disturbios contra el régimen y la corrupción. A partir de junio las manifestaciones relacionadas con la supervivencia fueron cotidianas en Teherán. Este es el contexto en el que hay que situar los acontecimientos posteriores al asesinato de Mahsa.

Sobre la cuestión de las mujeres

Mahsa Amini se ha convertido en un símbolo de la lucha del mismo modo que en Estados Unidos George Floyd, asfixiado indefenso en el suelo por la policía del país más occidental y democrático del mundo, se convirtió en el símbolo de protestas y revueltas.

Los estallidos sociales tienen su historia. Remontémonos a febrero de 1979. El régimen del sha, socavado por diversas revueltas desde el año anterior y una huelga general especialmente violenta, se derrumbó en pocos días bajo los golpes de una insurrección. El “gobierno revolucionario” que le sucedió estuvo en gran medida en manos de los islamistas, bajo la autoridad tutelar del Gran Ayatolá.

El 7 de marzo de 1979 el Ayatolá Jomeini denunció el carácter occidental del Día Internacional de la Mujer y declaró que, a partir de ese momento, las mujeres iraníes debían llevar velo y no maquillarse. La ofensiva sobre el velo es cultural, religiosa y fundamentalmente política. Trata de afirmar el poder existente, de dar ejemplo y de obligar a las demás fuerzas políticas a retroceder.

El 8 de marzo decenas de miles de mujeres, 100.000 según las estimaciones más generosas, en su mayoría jóvenes y sin velo, circularon por la capital. Cabe señalar la participación de hombres en las manifestaciones.

“Imponernos de nuevo el velo es inaceptable” señalaban miles de mujeres, pero las reivindicaciones también evocaban la cuestión de las guarderías gratuitas, el derecho al aborto o la igualdad salarial entre hombres y mujeres. Se pudo escuchar que “la libertad no es occidental ni oriental, es universal”. La noche del 8 de marzo las autoridades anunciaron que prohibirían el aborto y la píldora anticonceptiva, y pondrían fin a la Ley de Protección de la familia promulgada en 1967 y revisada en 1975. Esta era una de las normas más progresistas de la región: otorgaba a las mujeres el derecho a solicitar el divorcio y garantías sobre la custodia de los hijos, elevando la edad del matrimonio a 18 años y regulando la poligamia, entre otras legislaciones que contribuían a mejorar la situación de las mujeres.

Nadie lo hubiera imaginado, pero al día siguiente las manifestaciones se reanudaron de forma más o menos espontánea durante cinco días. Fueron la primera expresión de oposición al nuevo régimen. Pero si a partir del 11 de marzo se podía oír “¡Abajo Jomeini, es un dictador!”, tal clarividencia era entonces inaudible para la masa de la población, incluida la izquierda y no solo la iraní.

No se trataba ni se trata de un velo como accesorio femenino ocasional, sino del símbolo más evidente que vincula a las mujeres y a sus familias con la República Islámica y la cultura que conlleva. Es la manifestación más evidente que permite reconocer a los “propios” de los “ajenos”.

A la vez que se mantienen y refuerzan estas tradiciones, durante el régimen islámico creció progresivamente la incorporación de las mujeres al mercado laboral (aunque su participación se mantiene muy por debajo de la de los hombres), aumentó notablemente la escolarización de las niñas, así como la proporción de mujeres en la educación superior ronda el 60% (muchas de ellas con dificultades de conseguir trabajo). La tasa de natalidad, por su parte, bajó de 6 a 2 hijos por mujer. Es importante no perder de vista que, bajo el manto religioso y la gran cantidad de restricciones que este supone para las mujeres, las modalidades de reproducción de la fuerza de trabajo se desarrollan con aspectos similares a las del resto de las llamadas “economías en desarrollo”.

Religión

Muy a menudo el régimen iraní se reduce a su dimensión religiosa. La instauración de la República Islámica en abril de 1979 aumenta la confusión. Ceñirse a esta observación nos impide comprender las razones de aquel levantamiento, vinculado a la crisis mundial del Capital y su desarrollo. El vasto movimiento que nació y creció en el transcurso de 1978 queda así frecuentemente eclipsado; sin embargo, fue este movimiento el que, a fuerza de huelgas, manifestaciones y disturbios, hizo caer el régimen del sha en 1979.

La religión aboga por el orden y el desorden, exalta un absoluto que es difícilmente compatible con las medias tintas y el respeto a los poderes fácticos, mientras que requiere que hagamos la paz, obedezcamos a la ley y nos reconciliemos con los ricos. Como el cristianismo, el islam es un conquistador convertido en establishment. Se nutre de la guerra y de la paz. Por su parte, el llamado gobierno islamista moderado de Turquía es duro con el modo de vestir, pero no lleva el arcaísmo a la gestión de la industria y gestiona la economía según los estándares liberales “occidentales”. Representan dos modos capitalistas de administrar su economía nacional.

La religión, la política y la economía vinculan a los individuos definidos por y dentro de un modo de producción particular. El populismo, bajo su forma religiosa o incluso peronista, no se alza simplemente en nombre del “pueblo” como si dicha comunidad de intereses interclasistas estuviese dada al interior del capitalismo a la espera de que los estrategas de la política encuentren la manera de representarla. En conclusión, los populismos se establecen produciendo al pueblo. En el caso iraní, lo propio fue posible a partir de la religión. Así se alzó un particular populismo que ha logrado, aunque de manera inestable, perdurar.

La revuelta continúa

La revuelta continúa, se extiende y profundiza a pesar de la dura represión. Nombramos algunos sucesos de las últimas semanas, aunque es imposible abordar sintéticamente todo lo que viene ocurriendo.

El 17 de noviembre la casa natal del ayatolá Jomeini (convertida en museo) fue incendiada por manifestantes. En una filtración de noviembre, jefes de las fuerzas paramilitares Basij admiten que la policía está desmotivada y no está pudiendo contener la revuelta, que las huelgas de comerciantes de mediados de noviembre fueron masivas (más del 70% del país), que sus sedes son frecuentemente atacadas, al igual que las oficinas de los parlamentarios con cócteles molotov, mientras que miembros del clero son burlados públicamente con insultos y “robos de turbante”.

Hacia fines de noviembre el gobernador de Teherán ha sido destituido y sustituido por un antiguo general del ejército revolucionario Pasdaran, lo que trae el recuerdo de maniobras similares en los últimos días del sha. Simpatizantes del régimen lentamente comienzan a sumarse a las protestas. Vuelve a la memoria el proceso de revueltas de más de un año iniciado en 1978, con un movimiento que se construye a sí mismo a su propio ritmo.

En un régimen caracterizado por su inmenso aparato represivo, está claro que la revuelta no se puede proponer una victoria militar. Por ello el desmembramiento, deserción y rebelión de sus miembros se vuelve fundamental como freno a la represión y posibilidad de victoria. Por lo pronto, el gobierno inició conversaciones con Rusia en caso de necesitar apoyo militar (recordemos su accionar en Siria de los últimos años).

Desde el comienzo de la revuelta hasta el 7 de diciembre al menos 458 personas, entre ellas 63 menores de edad, fueron asesinadas por el Estado, según cifras de Iran Human Rights. A estas muertes hay que sumar detenciones, torturas, enjuiciamientos y condenas: de acuerdo con organismos internacionales de derechos humanos, hay más de 18.000 personas detenidas, once de las cuales fueron sentenciadas a la pena de muerte. Para el 12 de diciembre ya son dos los manifestantes ahorcados públicamente con el objetivo de infundir el miedo. En las regiones del Kurdistán y el Baluchistán iraníes las protestas son incesantes y reprimidas de manera brutal, con armamento de guerra.

Respecto a las huelgas, agregamos que muchos de sus partícipes y referentes están siendo duramente perseguidos, y los trabajadores hacen uso de diferentes tácticas menos visibles para perjudicar la producción, como los sabotajes. Los jubilados también se han hecho presentes con sus demandas particulares, debido a sus escasas pensiones y sus deficientes coberturas de salud.

A fines de noviembre la selección de fútbol de Irán quedó fuera de Qatar 2022 y hubo festejos en aquel país. Tras cada derrota, se sucedieron concentraciones con consignas contra el régimen.

Entre las informaciones más recientes, se ha iniciado en Irán otra serie de protestas, manifestaciones y huelgas de tres días de duración para el 5, 6 y 7 de diciembre. Estas convocatorias, que se lanzan por intervalos irregulares, las realizan jóvenes de los barrios de una ciudad y son replicadas por otros barrios y ciudades para convertirse en una convocatoria nacional. La idea es correr la voz por todos los medios imaginables: octavillas distribuidas a mano o lanzadas desde los edificios a la multitud, notas manuscritas repartidas bajo las puertas o dejadas en los limpiaparabrisas de los autos, pintadas, manifestaciones por la noche de pequeños grupos.

Sea cual sea la forma que adopte este movimiento, lo cierto es que el proletariado iraní está haciendo todo lo posible por librarse de este régimen, abriéndose paso entre la represión y complejas contradicciones sociales. Más allá de expresar nuestra solidaridad y afirmar la necesidad de revolución social, no podemos estimar cuál será el resultado de este estallido. Tras sus primeros meses, lo que parece seguro es que no va a detenerse, confirmando que la división sexual capitalista y sus respectivas asignaciones no son cuestiones que deben superarse “después de la revolución”, sino que son un motivo para hacer la revolución.

 

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Para el presente artículo nos hemos basado en gran medida (incluso con extractos o reescrituras) en:

 

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Ilustración de tapa: «Así fue asesinada Qorat-al-Aïn», collage que el surrealista iraquí Abdul Kader El Janabi dedicó a Fátimih Baraghání, más conocida como Tahirih, erudita, poeta y teóloga babí que vivió en el Irán de la primera mitad del siglo XIX. La imagen y la historia nos la han hecho llegar miembros del Grupo Surrealista de Madrid. En 1848 Tahirih se quitó el velo públicamente frente a una asamblea repleta de hombres. Fue encarcelada, sentenciada a muerte y cuatro años más tarde fue estrangulada en 1852 con su propio velo. Se le atribuye haber citado este verso en el momento de su martirio: «Podéis matarme tan pronto como queráis, pero no podréis parar la emancipación de la mujer».