jueves, 25 de abril de 2019

REPRES(ENTAC)IONES

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«Macrisis», «la policía de Mónica Fein», «la gendarmería de Bullrich», etc, etc, etc… ¿Cuándo fue que nos olvidamos que hay dos clases sociales con intereses antagónicos? ¿Cuándo fue que pensamos que el rumbo de un país lo define una persona o un grupo de personas? ¿Cuándo fue que comenzamos a preferir un gobernante a otro? ¿Cuándo fue que pensamos que hay sucesiones de gobiernos, pero no la continuidad del Estado?

Imaginemos por un momento una conversación entre dos esclavos discutiendo hasta el enojo por cual amo es mejor que el otro. Bien, es lo que a menudo hacen los esclavos asalariados.

Imaginemos a dos condenados a muerte, caminando hacia la silla eléctrica, la inyección letal o el hambre, nombrando las virtudes de sus verdugos. Eso es lo que hacen cotidianamente muchos de los condenados a trabajar hasta la muerte en el capitalismo. ¡Sí! trabajar hasta la muerte, o morir trabajando, o yendo o volviendo del trabajo, o antes de llegar a la siempre miserable, pero cada vez más lejana, jubilación. Por no hablar de quienes mueren por las penurias de la desocupación y la sucesión de trabajos informales…

Cuando dejemos de indignarnos por el “gobierno K”, el “gobierno de Macri” o el “gobierno narco–socialista” para hablar del gobierno a secas, del Estado y de la burguesía, se nos van a aclarar varios problemas. Porque no alcanza con decir que «Macri y Cristina son lo mismo» sin señalar que el problema no son los personajes sino la función que cumplen. A su vez, esa función requiere, evidentemente, que no sean exactamente lo mismo. Si lo fuesen, Macri y Cristina no podrían alternarse en el poder de acuerdo a las necesidades del Capital. Quienes sostienen que son lo mismo, son quienes quieren despejar el sillón presidencial para sentarse ellos. Para poner a la izquierda a administrar la gestión de la miseria, tener a su propio comandante en jefe, sus ministros de economía… Por eso no les molesta el rol, el papel que cumplen, solo les molesta quién lo cumple. ¿Acaso se puede hacer algo mejor en el rol de verdugo? ¿Ser más humanitario? ¿Menos verdugo?

Como ya sabemos «la injusticia no es anónima, tiene nombre y dirección» pero no basta con señalar a los responsables sin señalar su rol social. Cuando responsabilizamos al Estado y a todos sus funcionarios por sus actos más atroces, los mencionamos con nombre y apellido, como a la miserable Patricia Bullrich, para no olvidarnos que esos grises agentes del Capital son seres humanos de carne y hueso. Despersonalizar la historia es renunciar a actuar. No detestar a quienes nos gobiernan y explotan lleva al peor de los conformismos. Pero, una cosa es comprender esto y otra muy distinta es el pedido de renuncia o de justicia para luego, con cualquier “argumento”, cambiar al gobernante de turno dejando intacto su rol en la maquinaria.

En estas épocas de elecciones, tenemos que ver más allá del restringido panorama electoral que nos reduce a simples votantes, consumidores, trabajadores y nada más; tenemos que ver más allá del horizonte capitalista. Lo dice clarito la Constitución Nacional de la clase dominante: «el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de este, comete delito de sedición». Es como en el cristianismo: dios existe porque la biblia lo dice y, casualmente, dice también que los representantes de dios en la Tierra son aquellos que la escribieron. La democracia, tal como la fe religiosa, castiga sin piedad a los herejes.

Por eso hay desaparecidos en democracia, torturados en comisarías, personas pudriéndose en la cárcel, procesamientos. Todo lo que sea necesario para la defensa de la propiedad privada y de este orden de cosas, en un gobierno o en otro. Porque es una función de clase mantenernos a raya y mantener la desigualdad social. No hay sorpresa entonces entre un gobierno y otro. ¿Qué esperaban sino represión, opresión y explotación?

Resulta que, en épocas de crisis capitalista como la actual, hay más pobres. Pero a los “progres” parece no molestarle que haya pobres, sino que haya muchos, o que haya más que antes. Aceptan sin chistar la inequidad de esta sociedad, pero parece que cuando son tantos que ya empiezan a verse en sus ciudades o sus zonas de residencia es una molestia, y ponen el grito en el cielo. Traduzcamos sus reclamos a un lenguaje sencillo: «¡Queremos que haya menos pobres, pero no acabar con la pobreza porque no se puede! ¡Por eso hay que ser realistas y en las próximas elecciones votar a tal-o-cual candidato!»

Pero es necesario identificar que esta crisis no tiene nada de argentina, así como tampoco podría serlo su verdadera solución. Los funcionarios de este u otro país responden a los intereses de empresas transnacionales que, a imagen y semejanza del Capital, no tienen patria para sus ganancias, ni fronteras para los negocios. Así como también hay cada vez menos caras visibles tras el velo de los anónimos accionistas que están detrás de las corporaciones. El Capital tiene un funcionamiento cada vez más automático, donde sus agentes, sean empresarios o políticos, están determinados por la ganancia en su toma de decisiones. Su continuidad en sus miserables roles depende de su habilidad de gestionar y hacer crecer el Capital, lo cual incluye contener a los revoltosos.

Los ricos no van a pagar las crisis, nunca las han pagado y los perjudicados somos siempre y directamente las personas proletarizadas. Las crisis son intrínsecas a la economía capitalista y no se trata de la responsabilidad de tal o cual grupo de empresarios, banqueros o Estados. El enemigo es el Capital, nacional, extranjero, privado o estatal.

El enemigo es el Capital, sea extractivista o especulador. ¿Se han dado cuenta de que se habla de especuladores y extractivistas para tampoco hablar de capitalistas a secas? ¿Qué capitalista no es especulador o extractivista? ¿En qué momento del capitalismo no ha habido extracción de recursos naturales de la Tierra para vender en el mercado mundial? Nuevamente, a algunos no les preocupa esto, sino que una economía nacional se base en dicha extracción. Pero, además, hay un extractivismo permanente que no se nombra nunca: el de nuestras vidas, que se van en cada momento de explotación para agrandar las ganancias de la burguesía y mantener en pie todo el edificio que nos chupa la sangre, cuerpo y cerebro.

Mientras exista capitalismo continuaremos oponiéndonos a todo aumento de nuestra explotación, que sufrimos no solo a través de nuestros salarios, sino de los precios, la calidad de lo que consumimos y los impuestos que debemos pagar para vivir. Como decían por ahí, antes de ser anti-capitalistas el capitalismo es anti-nosotros. Sin embargo, mientras creamos que esto es responsabilidad de un sector político o empresario particular, seguiremos enredados en la dinámica capitalista, yendo de un amo a otro, buscando consuelo hasta la muerte.

Esta sociedad mercantil generalizada es una sociedad de la representación. No simplemente por la democracia representativa o por la importancia de las apariencias. Es que, el corazón de este mundo, la mercancía, se muestra con un rostro que no es el suyo y nunca expresa su naturaleza profunda. Las mercancías no se detienen, al momento del intercambio, a decirse qué son. Se relacionan entre sí en función de una forma exterior, de un envoltorio: cada una envuelve una porción de trabajo que le es indiferente. Y puesto que todo es mercancía, nuestro mundo es una sociedad de la representación.

Las relaciones sociales en el capitalismo se encuentran invertidas: son relaciones entre cosas donde los seres humanos somos reducidos a un medio. En tales circunstancias, no es de extrañar que las representaciones se confundan con lo representado, que los intereses de los gobernantes se confunden con los de los gobernados, los de los explotadores con los de los explotados. Y defendiendo a nuestros representantes nos olvidamos de defendernos a nosotros mismos.

¿DECONSTRUCCIÓN?

Cada vez más, en ciertos ámbitos anarquistas, feministas, militantes o de lucha en general, resuena el concepto de deconstrucción. Para muchos pareciera un elemento ineludible y necesario, el camino hacia un grado de mayor conciencia y puesta en práctica efectiva, que si alguna vez llegara a generalizarse haría posible un cambio social real. Se lo propone como una especie de autoanálisis y de toma de conciencia de privilegios, que dependerían y responderían a una serie de “interseccionalidades” (sexo, género, edad, raza, clase, etc.) que definen la identidad de cada individuo diferenciándolos de los demás y llevándolos a reproducir comportamientos y posiciones de poder o subordinación en relación a otros individuos. Es así que una persona en proceso de deconstrucción sería aquella que se está cuestionando sus “privilegios” y cambiando su forma de comportarse y relacionarse, intentando no reproducir ciertas formas, lógicas, comportamientos… de no oprimir con su existencia a otras personas.

Ahora bien, esta idea de que, de alguna manera, todos seríamos al mismo tiempo opresores y oprimidos ya que por todos lados hay relaciones de poder y es imposible escapar de ellas, muy simpática debe caerle a quienes se encuentran en altas posiciones de poder.

No es casualidad que estas ideas no deriven de las luchas ni de los balances de sus propios protagonistas sino de académicos, filósofos, intelectuales, así como tampoco lo es que estén tan presentes en ámbitos universitarios y de charlatanes a sueldo, perpetuadores del orden existente. De repente, nos hacen saber que el problema está en nuestro interior. El problema no es que nuestras vidas estén sometidas al trabajo, a los tiempos mercantiles, a la dictadura de la economía, del dinero y los relojes. Para los defensores de la deconstrucción, son a lo sumo condicionantes, pero no condiciones materiales a superar. Pareciera que lo más importante a resolver serían las relaciones de poder entre pares, quizás porque sea lo único que se presenta como posible. Así, todos podemos ser mejores con una simple toma de conciencia. Pero creer que es posible que la sociedad cambie por una toma de conciencia generalizada es tan ingenuo como creer que un funcionario del Estado, un político, un cura, un empresario, un policía, dejarían de beneficiarse de sus “privilegios” por hacerse conscientes de ellos.

De alguna manera, en todo esto, está implícita la actitud subjetivista, tan posmoderna, en donde la realidad ya no existe y todo se enfoca cada vez más en las percepciones y sensibilidades individuales. Así, se termina igualando la opresión del Estado con los “micropoderes” que ejerce cada quien. No es casualidad tampoco que este tipo de modas aparezcan en un momento de atomización absoluta, de susceptibilidad generalizada, de victimización paternalista. Luchar contra los que nos oprimen está pasado de moda y ahora nos oprimimos todos entre todos, incluso somos enemigos de nosotros mismos.

Tiempos de autoayuda, autosuperación, eliminación de malas influencias y energías dañinas para el progreso personal. Alimentación consciente, lenguaje inclusivo, conciencia sobre contaminación, estilos de vida. Todo está en nosotros como individuos y depende de nosotros como individuos. Y si fallamos, somos condenados como individuos y culpables. Otra vez, lo viejo se hace pasar por nuevo.

La teoría de la deconstrucción, supone que existen identidades o determinaciones de las cuales podríamos desprendernos por simple voluntad, como si estas fuesen una elección y no estuviesen definidas por un proceso de cientos de años y millones de personas. Además de la cuestión del individuo, surge la idea de que uno es lo que es porque lo elije, en otras palabras, porque quiere. Es así que una estudiante universitaria puede dedicarle más tiempo a su deconstrucción que una madre de cinco hijos. La perspectiva, en ciertos ámbitos de lucha, pareciera haber dejado de orientarse hacia un cambio social real para enfocarse en la creación de espacios seguros, donde no haya incomodidades ni conflictos, donde nadie se sienta discriminado ni excluido.

Con todo esto no estamos negado la importancia del cambio subjetivo o personal, ni del modo en que nos comportamos en lo cotidiano. Porque esto nos parece un elemento fundamental para la lucha revolucionaria y hasta una cuestión de supervivencia. Decir que «quienes hablan de revolución sin hacerla real en sus propias vidas cotidianas, hablan con un cadáver en la boca» es muy diferente a perder de vista el hecho de que todo aquello que reproducimos es parte de una relación social (no interpersonal) que debe ser destruida de raíz y superada. Y no por gusto, sino porque es la única manera. Porque justamente, si decimos que somos una “construcción”, esta construcción es social y social será su destrucción. Es de vital importancia comprender que lo que somos, muchas de las actitudes de mierda que reproducimos y que tenemos que destruir (no deconstruir) son producto de una vida que está sometida a las necesidades de otros, a las necesidades de la economía antihumana que muchas veces nos vuelve inhumanos. Y mientras eso perdure, nos podemos hacer conscientes de ello y tensionar al máximo las posibilidades de no reproducción de sus lógicas. Eso no implica generar una atomización y desconfianza cada vez mayores que justifiquen y continúen reproduciendo los modos que nos impone el capitalismo.

LEYES TERRORRISTAS

Esto sucede en Córdoba, primeros días de abril. La Policía de Seguridad Aeroportuaria y la Gendarmería Nacional tienen una orden: buscar a Felipe Zegers y a Gabriela Medrano, ambos chilenos y participantes de Malas Lenguas, como han llamado a un conjunto de actividades académicas realizadas durante el mes de marzo.

Su crimen: «Se fueron sin pagar del hotel y dejaron un portafolio que tanto la policía de Córdoba como un juez consideraron que era un artefacto de características explosivas», «no fueron lo suficientemente prolijos en su accionar», dice Bullrich.

Dejaron en el cuarto del hotel un maletín con herramientas para montar un parlante, que habían utilizado días antes para reproducir, a modo de intervención, la Declaración de los Derechos del Hombre en lenguaje inclusivo. La policía hizo explotar la maleta.

Esto fue prueba suficiente para pertenecer a una «célula anarco-mapuche» que pretendía realizar un atentado contra el Congreso Internacional de la Lengua Española, que se desarrollaba por esos días en Córdoba. Aunque fueron liberados rápidamente algo quedó claro: dos chilenos y un maletín les bastaron para su operación.

En ningún caso, el Ministerio de Seguridad pudo acreditar una conspiración terrorista.

Pero estos supuestos delitos son un excelente vehículo para el castigo, la estigmatización y el encierro, por el solo hecho de pertenecer a un ambiente sospechoso.

Las leyes antiterroristas se derivan, en gran medida, de las directivas de Naciones Unidas contra el terrorismo. En su mayor parte, se redactaron posteriormente a los sucesos del 11 de septiembre. Los protocolos de guerra contra el terrorismo avanzan y continúan modernizándose, siempre abiertos a las interpretaciones de los jueces. Alrededor del mundo se pueden aplicar a todo aquel que tenga la desgracia de ser detenido y mantenido cautivo por el Estado. Claro que si el cautiverio es transitorio o permanente dependerá de su origen, religión, clase social u orientación política. Este montaje represivo que vimos en Córdoba, se parece a muchos que vimos y vemos cada día más en esta parcela de territorio. La mentirosa dicotomía entre terrorismo y antiterrorismo, es empleada intensamente por el sistema penal en la tarea punitiva de un cierto tipo de violencia social y política. Por sus actos o discursos, son tipificadas y perseguidas aquellas personas que significan un “peligro de Estado”.

Resulta significativo cómo la actividad estatal ha sido excluida de la idea de terrorismo, aun cuando conocemos que el método de acumulación capitalista es abiertamente terrorista, es decir, que aplica una estrategia de dominación a través del terror.

El terrorismo de Estado no es una definición aplicable únicamente a los setenta como suele oírse por estas tierras. El Estado no somos todos, y por mucho que insista la restauración democrática no existe pacto social, ni acuerdo, ni contrato, ni nada que se le parezca. Todos los intereses capitalistas se han impuesto y se imponen bajo el terror. Las leyes antiterroristas solo llegaron para darle un marco legal al terrorismo de Estado.

Vamos a ser sinceros, si realmente existiera algo capaz de poner en peligro el Estado no alcanzarían las cárceles ni las leyes. Este no es el caso, son actos preventivos, porque lo que es impuesto nunca es impuesto totalmente y requiere de más fuerza y mecanismos materiales y simbólicos para perdurar, de buenos y malos. Pero, lo que no mata nos hace más fuertes y los yuyos siguen creciendo a pesar del glifosato.

SOLIDARIDAD CON ANAHÍ SALCEDO

Anahí está presa desde el 10 de enero en el penal de Ezeiza, cuando fuera trasladada desde el hospital Fernández. Sufrió más de tres meses de abandono por parte del Servicio Penitenciario Federal, el juez Ercolini y los Juzgados 1 y 2 de Lomas de Zamora, que le negaron atención médica y los insumos básicos que necesita por su estado de salud. Recién ahora –después de varias presentaciones de habeas corpus, acciones legales y callejeras exigiendo atención médica y mejoras en las condiciones del módulo–, Anahí empezó a hacerse estudios, recibir tratamiento kinesiológico y consultar con un médico. Todo esto con un ridículo halo de peligrosidad, con turnos secretos y traslados con grupos especiales para terroristas.

El daño es irreversible, ella se estaba recuperando de una operación de reconstrucción del lado derecho de su cara, la amputación de varias falanges y la rotura de la clavícula izquierda. Convive con una infección en la cara causada por las prótesis y necesita otra operación para sacarlas. En vez de eso, la llenaron de antibióticos (por 30 días) que le destruyen el estómago, le pusieron unos brackets que le lastiman la boca y le negaron una dieta blanda. Sobrevive gracias a los envíos desde afuera, gracias a la solidaridad.

¡Muerte al Estado! ¡Abajo los muros de las prisiones!

NUEVOS MATERIALES: ABAJO EL PROLETARIADO - VIVA EL COMUNISMO

Publicado originalmente en 1979 en Francia por Les amis du potlatch fue traducido y reproducido recientemente por Proletarios Internacionalistas para darle difusión en diferentes regiones del mundo en las acciones por el 1° de mayo de este año.

«Quienes no buscan convertirse en una potencia más entre todas las potencias de este mundo, quienes aspiran a destruir todas esas potencias, podrían resumir su programa así: “Abajo el proletariado”.

Evidentemente, no en el sentido de una oposición a los proletarios en cuanto seres humanos; sino precisamente porque solo rechazando ser un proletario es que se puede pensar en ser un ser humano. Los revolucionarios no proponen la mejora de la condición proletaria. Proponen su supresión. La revolución será proletaria por quienes la realicen y antiproletaria por su contenido.»

Disponible en nuestra feria de publicaciones y en versión digital: panfletossubversivos.blogspot.com

jueves, 21 de marzo de 2019

¿NUNCA MÁS QUÉ?

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El Estado de la República Argentina es, como cualquier Estado, una institución genocida. Una maquinaria basada en el asesinato, la coacción masiva y el terror. Desde sus inicios hasta el día de hoy, y hasta el día que muera junto a todos los Estados.

Tras la independencia y con el avance del mercado moderno se hizo fundamental disciplinar a las poblaciones atándolas a un trabajo fijo, desterrando para siempre el libre vínculo con el resto de la naturaleza. Por un lado, se dictaban normas como la Ley de vagos y la obligación para los habitantes de las zonas rurales de portar la papeleta de conchabo, al tiempo que se extendía la demarcación de tierras y los títulos de propiedad sobre ella. Los fortines para el exterminio indígena y los batallones para las guerras civiles se nutrieron de pobres y desposeídos para usarlos como carne de cañón.

En tal sentido, la Guerra del Paraguay (o Guerra de la Triple Alianza) constituye uno de los hechos fundacionales del Estado argentino. Entre 1864 y 1870 Argentina, Uruguay y Brasil aliados con Gran Bretaña invadieron y arrasaron el Paraguay, unidos bajo la bandera del libre comercio, la libre navegación de los ríos y los empréstitos ingleses para financiar la guerra. En esos días Paraguay constituía el principal competidor de la industria y el comercio británico en la región, siendo el país más industrializado de América del Sur. Se estima que producto de esta masacre murió más de la mitad de la población del Paraguay, entre ellos más del 80% de los varones en edad militar. Como trofeo, la naciente burguesía argentina consiguió la anexión de la actual Formosa para su explotación.

De forma similar, Argentina anexó la Patagonia y el Gran Chaco después de sucesivas masacres a los habitantes de dichas regiones. En 1878 empezó la estocada final a los pobladores patagónicos con la llamada Campaña del Desierto, que terminó simbólicamente el 25 de mayo del año siguiente izando la bandera argentina a orillas del Río Negro, en las proximidades de la actual Bariloche.

En 1880 comenzó la matanza en el Norte con la Conquista del Chaco contra qom, wichis y mocovíes, guerra que durará hasta entrada la década del veinte del siglo XX. Esta permitió el mejor control estatal del norte de Santa Fe, este de Santiago del Estero y las actuales provincias Chaco y Formosa.

En todas estas regiones, la brutalidad impuesta por la dominación del Estado argentino por medio de la violencia persiste al día de hoy con un mismo objetivo: la coacción a través del trabajo asalariado y la privatización de la tierra.

Los mapuche y tehuelche junto con los soldados llevados por la leva (el reclutamiento obligatorio para servir en el ejército), terminaron sus días como miserables peones rurales de los nuevos territorios conquistados, que pasaron a manos de la oligarquía argentina y británica. Lo mismo pasó en el Gran Chaco. Qom, wichis y mocovíes junto con los criollos terminaron como hacheros, carreros u obreros en los talleres de la explotación maderera que se impulsó en la provincia de Santa Fe, junto con el capital británico.

Ambas regiones tendrán sendas explosiones de rabia proletaria a comienzos de la década del veinte, de las más radicales que se recuerdan. Ambas fueron brutalmente reprimidas por el demócrata Hipólito Yrigoyen y su ejército. El mismo ejército que nos aplastaría la cabeza con seis gobiernos de facto durante todo el siglo XX, teniendo otra vez como objetivo el afianzamiento del capital mundial en el territorio asesinando a mansalva a todos aquellos que se oponían firmemente al perverso sistema.

El 6 de septiembre de 1930 Uriburu encabezó el primer golpe de Estado en esta región. El anarquista Joaquín Penina, asesinado a orillas del Saladillo en Rosario el 11 de septiembre de 1930, tiene el horrible honor de ser considerado el primer caso de desaparición forzada en Argentina. A partir de allí, esta práctica se haría cada vez más común llegando a su plena sistematización en el régimen de Videla y compañía. Evidentemente, podemos hablar de desaparecidos cuando la maquinaria estatal ya registró y fichó a todos sus ciudadanos. Pero entre las masacres masivas de indios, de negros y de pobres del siglo anterior también pueden contarse miles de desaparecidos.

En el llamado Proceso de Reorganización Nacional, comenzado en marzo de 1976, la maquinaria estatal se modernizó y perfeccionó sus engranajes, desatando una compleja represión durante una década de oleadas de revueltas masivas en todo el mundo. Se sistematizaron las desapariciones forzadas, la apropiación de bebés, los centros clandestinos de detención y sus torturas, asistidas ya por la ciencia médica y otros técnicos.

Más recientemente, durante los más de 30 años de democracia, las personas asesinadas por el aparato represivo del Estado argentino se cuentan todos los días, a las que se suman las desapariciones forzosas que también ejecuta. Todo esto sin que olvidemos la cantidad de desapariciones y muertes en manos de fuerzas parapoliciales o de empleados a sueldo de empresas y negocios millonarios como los del narcotráfico o el tráfico de personas, cuyas ganancias también engrosan las arcas de los funcionarios estatales cuya connivencia con aquellos son innegables.

«Nunca más» es una expresión utilizada para repudiar el terrorismo de Estado, pero solamente el ocurrido durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Las palabras de Alfonsín tras recibir el famoso informe –que recordemos intentaba sostener la «teoría de los dos demonios»— son contundentes: «Solamente sobre la base de la verdad y la justicia podremos encontrarnos en reconciliación tomados de la mano (…) para que nunca más el odio, para que nunca más la violencia, conmueva, degrade y perturbe a la sociedad argentina.»

El «Nunca más» oculta e ignora la continuidad del terrorismo estatal antes y después de los setenta en la región argentina. Entonces ¿nunca más qué?

Dicha consigna contiene dos expresiones: la de la repulsión a la tortura y la sistematización de las desapariciones de personas y el terror; y otra la de la indignación escenificada para hacer olvidar que los gobiernos elegidos por las urnas también, y a su modo, torturan y sistematizan el terror y la opresión. Esta última intenta depositar en el Estado argentino, genocida y destructor de la vida, la confianza para defender, justamente, la vida.

La sistematización de la persecución, la tortura y el asesinato es solamente uno de los modos de funcionamiento de la «megamáquina», una estructura racional, polivalente y flexible, que adopta formas operativas de coacción explícita o implícita según las necesidades del Capital y la especificidad del contexto. Es precisamente esta maquinaria masiva la que alimenta la idea de un «nunca más» consustanciado únicamente con el modo implacable del terror de los setenta: una suerte de nunca más selectivo.

Existe una continuidad del terrorismo estatal que no olvidamos ni perdonamos. El Estado argentino no es una institución idéntica a sí misma desde sus inicios. No son lo mismo las masacres del Chaco paraguayo del siglo pasado y la masacre silenciosa de jóvenes proletarios por “gatillo fácil”; para las fuerzas estatales es preciso enfrentar sus obstáculos de acuerdo a las posibilidades y necesidades del momento. Y si decimos «obstáculos» es porque a eso nos reducen las fuerzas del orden cuando el fin justifica los medios. Y el fin siempre es el desarrollo del Capital.

El Estado no es entonces nuestro enemigo porque quienes detentan el poder sean simplemente malas personas o estén motivados por ciegas ambiciones. Es nuestro enemigo porque organiza y ordena el sometimiento de nuestras vidas en consonancia con el Capital, porque es en definitiva el gobierno del Capital.

MEMORIA: 8 DE MARZO

El 8 de marzo no conmemora una jornada en la que fueron quemadas vivas las trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York. Dichos sucesos ocurrieron, pero no un 8 sino un 25 de marzo, en el año 1911. Casualmente seis días después de la primera celebración del Día Internacional de la Mujer que se realizó el 19 de marzo de 1911 en Europa, más precisamente en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

Puede parecer una tontería, pero es muy significativo que en el imaginario popular se haya instaurado como origen del 8 de marzo una historia de mujeres que fueron justamente víctimas, en este caso de un incendio, sustituyendo a la realidad en la que las mujeres fueron iniciadoras de una combativa huelga por sus condiciones de existencia.

El incendio de la fábrica de confección de camisas Triangle Waist Co. fue el desastre industrial con más víctimas mortales en la historia de la ciudad de Nueva York y el cuarto en la historia de los Estados Unidos. Murieron 123 trabajadoras y 23 trabajadores. La mayoría de las víctimas eran mujeres y además jóvenes e inmigrantes de Europa del Este e Italia, tenían entre 14 y 23 años de edad. La tragedia se debió a la imposibilidad de salir del edificio en llamas, puesto que los responsables de la fábrica de camisas habían cerrado todas las puertas de las escaleras para evitar los robos, según posteriores justificaciones.

La huelga de las camiseras de Nueva York o el Levantamiento de las 20.000 fue una huelga laboral que comenzó el 23 de noviembre de 1909 y se detuvo el 15 de febrero de 1910, aunque algunas protestas continuaron. Un año más tarde tuvo lugar el incendio al que hacíamos referencia, el cual puso en evidencia las terribles condiciones de trabajo de las mujeres inmigrantes.

Desde el principio, las jóvenes en huelga fueron blanco de una fuerte represión por parte de la patronal, las fuerzas armadas del Estado y los tribunales de justicia. Las empresas Triangle y Leiserson contrataron matones para complementar a la policía. En la corte suprema, las huelguistas se enfrentaron a magistrados que señalaban su mal comportamiento, «usted está en huelga contra Dios y la naturaleza», llegó a decirle uno de ellos.

Tal como mencionamos, el 8 de marzo no fue la fecha de la primera celebración del día de la mujer. Pueden rastrearse algunos antecedentes como el del 3 de mayo de 1908 en el teatro Garrick de Chicago, donde se organizó un acto denominado Día de la Mujer, presidido por destacadas miembros del Partido Socialista como Gertrude Breslau-Hunt.

Recién en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas reunida en Copenhague, se proclamó el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, a propuesta de Clara Zetkin respaldada unánimemente por la conferencia a la que asistían más de cien mujeres procedentes de diecisiete países. El objetivo era promover la igualdad de derechos, incluyendo el sufragio para las mujeres.

Hoy como ayer es preciso retomar la lucha internacional de las mujeres proletarias pero por la emancipación total y no por más derechos, sino por otra vida. No desde la victimización sino desde la fuerza rebelde, y tampoco desde las conferencias de quienes pretenden representarnos para llevarnos a votar, sino fuera y contra las organizaciones, partidos y movimientos del Estado, que es a fin de cuentas quien brega por el orden de cosas que nos mantienen en la opresión y la explotación.

El 8 de marzo debemos asumirlo como lo que es: otra fecha conmemorativa, otra buena ocasión para reconocernos mutuamente y una buena oportunidad para reflexionar colectivamente.