Mostrando entradas con la etiqueta memoria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memoria. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de mayo de 2024

Vindicación y justicia

Mayo de 2024. Incluido en el folleto «Simón Radowitzky», realizado exclusivamente para la suscripción de la Biblioteca y Archivo Alberto Ghiraldo.


«Yo creo que toda opresión produce la reivindicación y que todo opresor individual o colectivo se expone a la violencia.» (Élisée Reclus)
Podemos pensar y/o sentir que Falcón merecía la muerte, eso queda a consideración de cada quien. Lo que nos preguntamos es sobre la venganza y la justicia.

A muchos compañeros anarquistas se los recuerda como mártires y vindicadores. Dejemos para otro momento las referencias religiosas, no por desprecio sino por lo interesante del tema, y vamos directo a la cuestión de la vindicación. Vindicar es según la RAE: «Defender a quien se halla injuriado, calumniado o injustamente notado».

La justicia, “lo justo”, surge de la necesidad de resolver los conflictos entre los integrantes de una sociedad. Es mediante la ley que esta sociedad establece un conjunto de pautas y criterios, un marco adecuado para las relaciones entre personas e instituciones, autorizando, prohibiendo y permitiendo acciones específicas en la interacción de estos. Ahora bien, como señalaba Rafael Barrett:

la ley se establece para conservar y robustecer las posiciones de la minoría dominante; así, en los tiempos presentes, en que el arma de la minoría es el dinero, el objeto principal de las leyes consiste en mantener inalterables la riqueza del rico y la pobreza del pobre. (…) Sin embargo, (…) el poderoso encuentra la ley todavía estrecha a su deseo, ya que él mismo la dictó y es capaz de hacer otras nuevas, y el humilde se conformaría con que la ley se cumpliera como se dice y no como se hace. (Los jueces)
El sentido común de esta sociedad nos insta a pedir una reparación ante cualquier falta, nos dice que si se ha sufrido un agravio quien lo cometió debería compensarlo de alguna manera (generalmente económica) o ser castigado, que el problema es de individuo a individuo. Si bien penalmente eso puede ser correcto, no resulta así de simple psicológica y emocionalmente, y desde un punto de vista revolucionario, y por tanto social, tampoco es deseable. ¡Si tan solo se pudiese cambiar el mundo borrando de un plumazo a uno, diez o mil personajes puntuales!

La Justicia sirve no para resolver los conflictos sino para hacer tolerables los que no pudieron ser evitados, y que la misma sociedad los multiplica y diversifica. Según esta lógica, debe haber un responsable ya que es imposible castigar el acto en sí mismo, se castiga al culpable (o culpado).

La Justicia es la venganza regulada legalmente, su herramienta es el castigo. Si su motivación es la preservación del orden social, esto presupone regular una posible escalada de violencia y venganzas. El Estado mediante la Ley define qué es un crimen.

La justicia proletaria adquiere la forma de la venganza cuando se ejerce por mano propia en el cuerpo de los representantes de sus verdugos, como hicieron Wilkens o Radowitzky. Aunque los vindicadores consideraban sus actos no como el fin de la potencia revolucionaria sino como un aporte a la lucha más general, es evidente que aunque pueda funcionar para reparar limitadamente las injurias cometidas sobre el proletariado, no acaba con las dinámicas que nos injurian cotidianamente. De ahí que nos hagamos la pregunta: ¿cuál es la forma de elaborar un acto que deshaga la dinámica social capitalista? La respuesta no podría ser otra que la revolución.

Y más allá de las vindicaciones, hoy que casi todo reclamo adopta los márgenes de la Ley, la pregunta es: ¿por qué hacer propia una idea de justicia que desde las primeras sociedades hasta hoy no ha resuelto lo que supone abordar?

La impresión producida por la matanza del 1° de mayo en la plaza Lorea fue enorme, afirmaba Diego Abad de Santillán en Simón Radowitzky, el vengador y el mártir, de donde también tomamos la cita de Reclus que abre estas reflexiones. Y prosigue:

Y más indignación causó aún la solidaridad del gobierno con el jefe de policía, a quien sostuvo contra el deseo unánime de su destitución expresado por todos los trabajadores del país. Se pedía públicamente la cabeza de Falcón, sin rodeos de lenguaje. Por ejemplo, los Aserradores y Anexos de Buenos Aires terminaban así un manifiesto al pueblo publicado el 3 de mayo de 1909 en La Protesta: «¡Muera Falcón! ¡Viva la anarquía!». Y La Protesta, el 4 de mayo, gritaba al comentar los renovados ataques policiales en la huelga que siguió a la masacre de la plaza Lorea hoy del Congreso: «... Son siete muertos y 105 heridos. Luego, si mañana se voltea la cabeza de Figueroa y Falcón, se dirá que los anarquistas somos unos criminales...»

Es posible que aquellos compañeros no solo quisieran “hacer justicia”. En una lucha abierta y declarada hay una correlación de fuerzas y atacar a un responsable es hacer dudar al futuro represor, para que tenga mucho cuidado con lo que piensa hacer. Hoy las buenas conciencias democráticas le llamarían “terrorismo”. Por otro lado, este tipo de acciones eran consideradas como “propaganda por el hecho” y hasta podía suponer una alarma para el llamado a la insurrección.

Era otra época, van ya más de cien años. Y, sin embargo, el 1° de mayo aún nos convoca y nos encuentra para recordar, compartir, reflexionar y agitar.

Aunque no intactas, las categorías básicas de la sociedad capitalista permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– y la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño. Por eso mismo ya no existe un movimiento obrero como el del cual emergió Simón Radowitzky. Y quedan pocos o ningún Ramón Falcón.

Lo que había realizado Falcón iba más allá de su existencia individual. No solo en el ataque de clase en defensa de los intereses nacionales particulares y capitalistas en general, sino también en la modernización de la violencia estatal.

Un personaje nefasto, recordado por los desalojos en la “huelga de inquilinos” de 1907 y los asesinatos de trabajadores anarquistas en la manifestación del 1° de mayo de 1909. Su historia es una parte importante de los inicios del Estado argentino. Falcón fue el primer cadete del Colegio Militar de la Nación, al que ingresó en 1870, durante la presidencia de Sarmiento. Egresado con honores en 1873, combatió en la “Campaña del Desierto” y a su regreso, en 1898, se retiró con el grado de coronel. Luego fue elegido diputado nacional. En 1906, recibió el nombramiento de jefe de Policía de la Capital. Y en ese cargo, creó nada menos que la Escuela de Policía que llevó su nombre hasta 2006.

Falcón fue un modernizador del Estado argentino y su policía, su importante figura es paradójicamente la que comienza a quitar protagonismo a los “grandes hombres” de la historia –como él mismo, que se apersonaba a cada bravuconada estatal– para dar lugar a las instituciones cada vez más impersonales, para reconocer la propia dinámica del Capital y confiar ya no tanto en las cabezas de Estado sino en su organización, su técnica, su logística.

Podemos recordar las ya famosas palabras de otro querido anarquista, Kurt Gustav Wilckens, en relación a la vindicación del teniente coronel Héctor Benigno Varela:

No fue venganza; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. ¡Pero la venganza es indigna de un anarquista! El mañana, nuestro mañana, no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras; afirma vida, amor, ciencias; trabajemos para apresurar ese día.

Es imposible no ver en un Falcón, un Varela, un Astiz o una Bullrich a los verdugos del pueblo. Sin embargo, ese odio puede cegarnos en atacar a los guardianes del orden y la propiedad en tanto individuos y no por su rol en el mantenimiento de la paz capitalista. No es necesario que un policía, un militar o una ministra sean criminales para convertirse en represores o asesinos. Es cierto que hay unos peores que otros y no estamos haciendo un intento por despersonalizar la historia. El desprecio hacia quienes nos explotan y desprecian se nos hace inevitable pero la cuestión social es una cuestión de dinámica general, no simplemente de milicos sedientos de sangre y políticos corruptos, aunque abunden producidos por el mismo capital. La pasión también reclama nuestro razonamiento y viceversa.

Hoy ante un capitalismo cada vez más despersonalizado, cuando puede haber ausencia de patrones, con vigilancia remota, donde participamos activamente de nuestro propio control en favor de la ganancia ajena es más fácil arrimar a estas conclusiones.

Aunque al igual que con el fetichismo de la mercancía, la relación social se presenta como una cosa y esa cosa muchas veces se personifica en los personajes más tristemente célebres de la burguesía, nuestro objetivo no son simplemente individuos sino una relación social: la relación social capitalista.

Lejos está aquel movimiento obrero, incluso su declive, aquel que describíamos en relación a los sucesos históricos de la Patagonia rebelde, aquel que:

va a valorar y resaltar el gesto, la acción violenta individual o grupuscular como expresión de la humanidad contra la opresión, más allá de la situación favorable o desfavorable para su puesta en práctica. Esta afirmación del gesto personal, clásica del anarquismo, será un sello distintivo de defensa de la dignidad rebelde en tiempos de conformidad o represión.

Al mismo tiempo, sin embargo, constituye un claro síntoma de impotencia, de la pérdida de influencia de las tendencias revolucionarias en el movimiento social a medida que se van modificando las condiciones de producción y por lo tanto de reproducción de la fuerza de trabajo, cada vez más integrada en la propia reproducción del Capital. (Lucha social y represión en la Patagonia 1920-1922. Lazo ediciones, 2022)

Simón Radowitzky es ya parte de la historia argentina, pero es por sobre todo parte de la historia de nuestra clase y sus luchas. Más allá del “mito anarquista”, su coraje y determinación, su    lucha ¡que es su vida! aún nos conmueve y nos inquieta, aunque las condiciones en las que nos movemos sean diferentes.

lunes, 18 de julio de 2022

NUEVO LIBRO: LUCHA SOCIAL Y REPRESIÓN EN LA PATAGONIA 1920–1922

Tenemos la alegría de compartir nuestro segundo libro editado en lo que va del año. El mismo está conformado por artículos publicados originalmente en el periódico anarquista La Antorcha, acerca de las diversas protestas que fueron reprimidas brutalmente hace más de cien años en el extremo sur del continente, en el marco de lo que se ha dado a conocer como Patagonia Rebelde.

Se trata de episodios de lucha social en los que sus participantes impulsaron reivindicaciones de tipo gremial, a la vez que intentaron oponerse al desarrollo capitalista y la consolidación estatal, promoviendo una sociedad y una sociabilidad diferente, no basada en la explotación de una clase sobre otra. La respuesta del Estado argentino fue una masacre en la que se cuentan más de mil trabajadores asesinados.

El periódico La Antorcha (1920-1932) fue parte activa de la solidaridad con esta lucha a través de diferentes acciones y de las páginas de su periódico. Contemporáneamente a los hechos, publicó testimonios de los huelguistas patagónicos, informes acerca de las condiciones de vida en la región, de las organizaciones proletarias, su actividad y las respuestas burguesas. Además de estos relatos, incluimos en el libro conferencias de Rodolfo González Pacheco y Teodoro Antillí, miembros del periódico, donde se denunciaba la dura represión en el sur. Su realización fue prohibida por la policía en aquel momento y sus palabras publicadas a modo de descargo en su prensa.

Curiosamente, durante el proceso de transcripción y preparación del libro pudimos identificar algunos artículos fundamentales que ya habían pasado por nuestras manos bajo la forma de folleto, pero sobre los que desconocíamos su origen y autoría. De este folleto, que circuló y fue reeditado a través de diversas generaciones, nos llegó un viejo ejemplar que forma parte del archivo histórico de nuestra biblioteca. Para nosotros, justamente, el archivo no se trata simplemente de un tesoro a resguardar o una fría materia de estudio, sino una enorme fuente de experiencias, inspiración, elaboraciones teóricas, memoria de lucha, que buscamos ir compartiendo en nuestras diferentes publicaciones y actividades. En este sentido, cabe remarcar la tarea de los impulsores del sitio antorcha.net que digitalizaron y pusieron a disposición en su hemeroteca virtual las diferentes entregas de La Antorcha. Gracias a su esfuerzo pudimos acceder fácilmente a los números utilizados en este libro.

Como prólogo a esta compilación acerca de la lucha y la represión en el sur, describimos algunos aspectos característicos de las huelgas de Santa Cruz, vinculándolas con las luchas en localidades cercanas y bajo dominio del Estado de Chile, como Punta Arenas y Puerto Natales. De este modo, buscamos situar los hechos relatados por La Antorcha en el marco de la expansión y consolidación de ambos estados y el desarrollo capitalista en la región. Al mismo tiempo, nos aproximamos a las experiencias organizativas de la época con clara impronta revolucionaria, sus posicionamientos, rupturas y ciertas divergencias que se desarrollaban en aquel momento, de las cuales los impulsores de La Antorcha formaban parte. Nos introducimos brevemente en la historia de este periódico, que nos ha dejado un profundo y conmovedor testimonio de las luchas de su época.

Hoy, al promover la memoria rebelde y publicar este libro con nuestra editorial Lazo Ediciones, queremos rescatar nuevamente estos hechos, sin olvidar que el Estado nunca ha dejado de asesinar y reprimir al proletariado en su función de gendarme de los intereses capitalistas.

sábado, 30 de abril de 2022

MEMORIA: EXTRANJEROS "INDESEABLES" Y LUCHA INTERNACIONALISTA

De los ocho trabajadores revolucionarios conocidos como “mártires de Chicago” solo dos habían nacido en suelo estadounidense: Oscar Neebe, condenado a 15 años de trabajos forzados, y Albert Parsons, que se entregó a la Justicia para estar con sus compañeros y ser juzgado igualmente. El 11 de noviembre de 1887 fue ahorcado junto a tres alemanes: George Engel, Adolph Fischer y August Spies. Louis Lingg, también alemán, se suicidó en su celda para no ser ejecutado. Tampoco eran estadounidenses los dos condenados a cadena perpetua: Samuel Fielden era inglés y Michael Schwab era alemán.

Es justamente este último quien señala que, antes de partir de Europa, abrigaba la ilusión de que en la llamada “tierra de la libertad” no presenciaría el hambre y el desempleo: «Sin embargo he tenido ocasión de convencerme de lo contrario. En los grandes centros industriales de los Estados Unidos hay más miseria que en las naciones del viejo mundo. Miles de obreros viven en Chicago en habitaciones inmundas, sin ventilación ni espacio suficiente; dos y tres familias viven amontonadas en un solo cuarto y comen piltrafas de carne y algunos vegetales. Las enfermedades se ceban en los hombres, en las mujeres y en los niños, sobre todo en los infelices e inocentes niños».

Pero estos compañeros no luchaban por mejorar Estados Unidos o sus países de origen, luchaban por su clase, luchaban por la revolución social, contra el Estado y el Capital ¡de todos los países!

Desde que existe el trabajo jamás hubo suficiente para todos, y es por eso que los proletarios migran de un país a otro. Y es por eso que Marx pudo afirmar que el obrero no es ni francés, ni inglés, ni alemán, que su nacionalidad es el trabajo, la esclavitud libre, la venta de sí mismo y del propio trabajo. Y es por eso, entre otras razones, que se nos impone el internacionalismo. «El proletariado no tiene patria», y nunca tuvo patria. La patria nos separa y nos enfrenta. «El patriotismo se cree amor y no lo es», decía Rafael Barrett. Nuestro amor y nuestro odio no se detienen en una frontera. Así como a los burgueses no los detiene una frontera en su explotación, sus inversiones, sus ventas legales e ilegales, sus guerras.

Extranjeros “indeseables” junto a proletarios locales han propagado la lucha internacionalista por los rincones del mundo. Argentina ha sido históricamente un país de inmigración y la burguesía local ha intentado expulsar y deportar proletarios revolucionarios con la ley en la mano. Apenas comenzaba el siglo XX confeccionaban a nivel continental el Tratado de extradición y protección contra el anarquismo y, a nivel nacional, la Ley de residencia. Hasta la dictadura cívico-militar que acabaría en el ‘82, los milicos mantendrían oficialmente la idea de que la subversión provenía del extranjero, más precisamente de la URSS, país con el cual comerciaban libremente.

Retomamos las palabras del compañero Albert Parsons antes de ser ejecutado por el Estado:

«Soy internacional: mi patriotismo va más allá de las fronteras que limitan una nación; el mundo es mi patria, todos los hombres son mis paisanos. Eso es lo que el emblema de la bandera roja significa (…). Los trabajadores no tienen patria: en todas partes se ven desheredados; América no es una excepción de la regla. Los esclavos del salario son instrumentos que alquilan los ricos en todos los países; en todas partes son parias sociales sin patria ni hogar. Así como crean toda la riqueza, así también riñen todas las batallas, no en provecho propio, sino de sus amos.»*

 

* Extracto del libro: La Tragedia de Chicago, Ricardo Mella. Lazo Ediciones, Rosario, 2018.

MALVINAS: NO TODO FUE COMPLICIDAD Y SILENCIO

Así se tituló una publicación realizada hacia fines de 1982 por el grupo Emancipación Obrera en la que sus miembros recopilaron varias de las pocas expresiones en rechazo a la guerra de Malvinas durante su preparación y desarrollo. Encontrarse con las minoritarias voces allí rescatadas del olvido, así como con otras que continúan apareciendo, sirve de impulso y reflexión frente al patriotismo de los tiempos que corren.

El 2 de abril pasado se cumplieron 40 años de la toma de las islas por parte de las Fuerzas Armadas argentinas, que desencadenaría la guerra con Reino Unido. La conmemoración de aquellos sucesos por parte del gobierno argentino condensa la brutal hipocresía que caracteriza al Estado en la actualidad respecto de su propia historia: se recuerda a los caídos en la guerra de Malvinas en tanto héroes nacionales, se critica a los dictadores que la llevaron a cabo y se continúa reclamando la soberanía nacional respecto de las islas, todo a la vez.

«Malvinas nos une» es el nombre dado a la campaña de conmemoración a nivel nacional. En el marco de la misma, en un «Mensaje de la Mesa Interministerial “Malvinas 40 años”» podemos leer: «Cabe recordar que en 1982, al momento de las hostilidades en el Atlántico Sur, nuestro país estaba gobernado por una dictadura militar, ilegal e ilegítima, que actuó de espaldas al pueblo argentino y apartándose del compromiso tradicional de la Argentina con el principio de arreglo pacífico de las controversias internacionales y, en particular, con la búsqueda de una solución pacífica de la cuestión de las Islas Malvinas.

Como todo conflicto bélico, el del Atlántico Sur dejó un trágico saldo con la pérdida de numerosas vidas de combatientes. Su memoria, junto con la de quienes combatieron con la legítima convicción de defender el interés nacional, merece ser honrada. Además debe disponerse la capacidad del Estado para reconocer en términos concretos y atender las necesidades de los veteranos y veteranas y sus familias.»

Una vez más, no podemos pretender que el verdugo se juzgue a sí mismo, pero sí denunciar cómo el Estado pretende lavarse la cara poniendo sus masacres al servicio de su propio interés. El oportunismo de las diferentes fuerzas políticas se hace evidente. Hoy día, en su mayoría, son las mismas que apoyaron la guerra de 1982 y que hoy critican; incluso utilizando su recuerdo con el mismo objetivo por el cual fue llevada a cabo: apelar a la unidad nacional en tiempos de crisis. Si bien hoy no pareciera calar hondo aquello de sacrificarse por la patria y el nacionalismo argentino parece un tanto sobreactuado como la política local en general, sí persiste aquello de situar el responsable fuera, como reflexionábamos en torno al FMI en el número anterior del boletín.

Los documentos preservados en la publicación Malvinas: no todo fue complicidad y silencio recuerdan justamente la difícil situación que enfrentaba el gobierno en marzo del 82, con movilizaciones en diferentes lugares del país producto de la dura situación económica y el rechazo al terrorismo de Estado desplegado durante la dictadura. En uno de los artículos se señala que lo que se buscaba con la intervención en las islas era: «Distraer la atención de quienes temerosamente empezaban a emprender el camino de lucha contra las injusticias actuales. Acallar el creciente descontento de la población. Fortificar su imagen interna. Mejorar su posición respecto de la multipartidaria a la hora del “nuevo reparto” de Argentina. Incentivar el nacionalismo de manera tal que solo se hable de unidad, de unidad con quien reprime, con quien mata, quita la libertad, explota.»

En ese mismo texto titulado Nuestro desacuerdo con lo que se ha hecho y se está haciendo con las Malvinas publicado la tercera semana de abril, cuando aún no habían comenzado las batallas, se hacía la elemental pregunta sobre cuáles podrían ser los beneficios para la clase trabajadora de Argentina en caso de recuperar las islas. Se problematizaba sobre la dudosa utilidad de ese pedazo de tierra y sus “recursos”, a la vez que se ponía en cuestión la propia noción de utilidad en una sociedad cuya producción se basa en la obtención de ganancias y está organizada sobre la base de la propiedad privada. Con sencillos pero profundos argumentos el nacionalismo es puesto al descubierto y la gesta de Malvinas se muestra como completamente ajena a una perspectiva emancipatoria. Al mismo tiempo se denunciaban los intereses del gobierno inglés, que encontró también en la guerra un motor para levantar su debilitada imagen en un contexto de reestructuración capitalista y conflictividad social.

Vista la gestión estatal local en su conjunto, la guerra constituyó una importante herramienta para garantizar una pacífica transición democrática un año y medio después. A los pocos días de la finalización del conflicto en junio de 1982, en el artículo titulado ¿Qué nuevas mentiras nos preparan? ya se podía leer: «¿Qué pasará ahora? ¿Qué nuevo engaño prepararán? No nos extrañemos que se nos siga llamando a que dejemos de lado nuestros intereses, en pos de una pretendida unidad nacional (de sus bolsillos) después de la guerra. Seguramente, para restarle importancia a la historia reciente, tratarán de crear un nuevo espejismo: dar una salida democrática, otorgar mayor libertad a los partidos políticos y sindicatos, y seguir amordazándonos. En definitiva, tratarán de montar un nuevo circo y cada vez menos pan…»

En este mismo artículo se remarcaba otro aspecto fundamental, que hoy la cobertura respecto de la guerra en Ucrania vuelve a poner sobre la mesa: «Hay revistas que estimularon el odio irracional y el placer y la alegría ante la muerte de otros seres humanos: esto es la guerra capitalista. (…) Algunos han llegado a decir que si vieran a un inglés desangrándose le echarían aún más sal en sus heridas. A estos le mataron lo humano. Y estos serán parte de los muchísimos inválidos por la guerra de Malvinas que no figurarán en ninguna estadística oficial.»

A lo largo de los diferentes artículos se critica a todo el espectro político por su apoyo a la guerra, incluida la izquierda casi en su totalidad que, bajo la bandera del antiimperialismo, consideró y sigue considerando que se trataba de una “guerra justa llevada a cabo de manera injusta”. Uno de los textos mencionados en la recopilación es Todo el poder a Lady Di. Militarismo y anticolonialismo en la cuestión de las Malvinas, escrito por Néstor Perlongher y publicado bajo el seudónimo de Víctor Bosch en la revista Persona en 1982. Para este artículo hemos realizado recientemente una reseña que puede encontrarse en el canal de youtube de la Biblioteca. El texto nos recuerda:

«Decir que la movilización por la guerra sirve para verter consignas antidictatoriales –por otra parte inconcebibles, dada la ruina del país– es por lo menos una hipocresía: ya que ellas estaban, pese a tan inconstantes voceros, desatándose antes con más claro vigor. El gobierno, aplaudido unánimemente como anticolonialista, acaba de prohibir los filmes pacifistas y las críticas antibélicas, que pueden desmoralizar a los guerreros.

La ultraburocratizada y semiclandestina CGT ha donado un día de salario, ya esmirriado, para las tropas. Y hasta la masacrada izquierda, delirante de euforia patriótica, tiene que apoyar esas medidas y otras más radicales. Así, presuntas vanguardias del pueblo revelan su verdadera criminalidad de servidores del Estado.

En medio de tanta insensatez la salida más elegante es el humor: si Borges recomendó ceder las islas a Bolivia y dotarla así de una salida al mar, podría también proclamarse: “Todo el poder a Lady Di” o “El Vaticano a las Malvinas”, para que la ridiculez del poder que un coro de suicidas legitima quede al descubierto. Como propuso alguien con sensatez: antes que defender la ocupación de las Malvinas, habría que postular la desocupación de la Argentina por parte del autodenominado Ejército Argentino.»

 

* Escuchar nuestra columna en Pabellon Textual del 31/03/22 sobre la revista Persona, Néstor Perlongher y su artículo «Todo el poder a Lady Di. Militarismo y anticolonialismo en la cuestión de las Malvinas»

lunes, 8 de noviembre de 2021

CICLO DE CINE EN LA BIBLIO

En octubre volvimos a las actividades públicas en el local luego de casi dos años completos de restricciones y obstáculos. Los sábados 23 y 30 de octubre proyectamos Diablo, Familia y Propiedad (Dir.: Fernando Krichmar, 1999) y Tierra Adentro (Dir.: Ulises De la Orden, 2011), respectivamente, para conocer y reflexionar acerca de la formación del Estado argentino y el desarrollo del capitalismo en la región, con sus repercusiones hasta la actualidad. Lo titulamos Ciclo de cine anticapitalista y recorrimos de norte a sur la violencia de las fronteras que delimitan “nuestro” mapa. 

Invitamos a reproducir dicho ciclo donde se desee, sea una biblioteca, un centro social o en alguna casa entre amigos, familiares, conocidos… Preparamos un folleto para acompañar las proyecciones y los debates que está disponible en nuestra feria y que también compartimos en nuestro blog, del cual dejamos algunos extractos a continuación: 

«Las regiones del Chaco, la Pampa y la Patagonia tienen, con sus matices, una historia similar. Los montes del Norte y los glaciares del Sur son los puntos extremos de un país que, antes de ser anexados militarmente, era solamente una cuarta parte de lo que es hoy. Muchos años después de haberse declarado libre del Imperio Español su flamante ejército se movilizó para que dichos territorios queden integrados en la República. Considerados heredados del antiguo Virreinato, nunca habían sido realmente ocupados por las fuerzas coloniales. 

La enorme resistencia de casi 400 años en los inmensos montes del Chaco, en la Pampa y el norte patagónico, teniendo su análogo del otro lado de la Cordillera con la Guerra de Arauco, encontró su derrota, no en la Corona Española sino en los nacientes Estados modernos. 

En todas estas regiones, la brutalidad impuesta por la dominación del Estado argentino por medio de la violencia persiste al día de hoy con un mismo objetivo: la coacción a través del trabajo asalariado y la privatización de la tierra.»

Leer y descargar el folleto AQUÍ

miércoles, 14 de julio de 2021

¡QUÉ PATRIA NI QUÉ CARACHO! REFLEXIONES SOBRE EL 9 DE JULIO

Un nuevo aniversario de la declaración de la independencia argentina nos trae la posibilidad de reflexionar sobre la construcción del Estado y la prédica nacionalista en las llamadas fechas patrias.

Que asociemos esta fecha principalmente a la escuela no es casual y es parte de la estrategia de la reproducción simbólica del Estado. Su efectividad precisa de una simplificación que aplaste la complejidad histórica hasta reducirla a una oración que se aprende de memoria: “El 9 de julio de 1816, en Tucumán, se declaró la independencia argentina”.

En los últimos años el progresismo incorporó algunos nuevos personajes marginados en el panteón nacional: Juana Azurduy, Remedios del Valle, el gaucho Rivero, etc. A su vez, el Estado adoptó nuevos formatos de adoctrinamiento vía televisión e internet como Pakapaka, Encuentro y otras plataformas educativas. Pero, a fin de cuentas, el objetivo sigue siendo el mismo.

En 1816 la República Argentina, tal como la conocemos hoy, no existía. No era un Estado unificado. Los ex dominios del Virreinato del Río de la Plata eran llamados Provincias Unidas en Sud América desde 1810. A partir de los sucesos de mayo, y aún en guerra contra los realistas, había comenzado una nueva disputa por la organización del territorio.

En la Asamblea de 1813 en Buenos Aires, son rechazadas las «Instrucciones» de José Artigas que recomendaban declarar urgentemente la independencia. Por esto, la Banda Oriental y las provincias del Litoral van formando la Liga de Los Pueblos Libres, bajo el mando del caudillo federal. El 29 de junio de 1815, realizan el Congreso de Oriente, en la actual Concepción del Uruguay. Allí, entre otras cosas, deliberan sobre la política agraria a seguir, que verá la luz en septiembre de ese año en Paysandú con el «Reglamento de Tierras». De acuerdo a ciertas fuentes, en este congreso, además, la Liga de los Pueblos Libres habría declarado su independencia del Imperio Español.

Los representantes de las provincias del noroeste y el Alto Perú, con Buenos Aires a la cabeza, reunidos en el Congreso de Tucumán, hicieron lo propio el 9 de julio de 1816.

Una compleja y no menos sangrienta guerra civil entre los llamados Federales y Unitarios se estaba cocinando; una guerra que se extendería hasta la batalla de Pavón en 1861 con la victoria del unitarismo. En estas cuatro décadas, donde ambos bandos demostraron una crueldad inaudita, fueron los pobres del campo y la ciudad los que vertieron su sangre por divisas que no los incluían más que para hacerse matar.

Si bien más afín al artiguismo, la lente progresista destaca que la declaración de 1816 fue impresa en aymara y en quechua. Este es otro punto interesante sobre el cual reflexionar. Las poblaciones originarias andinas habían sido rápidamente incorporadas al sistema colonial, y por ende formaban parte de los nuevos territorios independizados. Era necesario sumarlas a la causa contra los realistas a fin de utilizarlas como carne de cañón. Correspondía a los intereses del independentismo en esa zona y por eso se descartó traducirla al guaraní, idioma hablado en territorio federal.

La declaración tampoco se tradujo a los idiomas qom, mapuche, tehuelche, o selk´nam. ¿La razón? Los territorios del Chaco, la Pampa y la Patagonia no habían caído bajo el yugo colonial, por ende, no necesitaban ninguna independencia. El 9 de julio de 1816 no significó nada en los montes de quebracho ni en los inmensos pastizales del sur, aunque tendría un significado trágico décadas después. Será el Estado Argentino, independiente del rey Fernando VII y sus sucesores, así como de toda dominación extranjera, quien conquistará esas tierras en sucesivas campañas para imponer allí la libertad, la igualdad y la fraternidad del Capital.

Los primeros festejos del 9 de julio se decretaron bajo la presidencia de Bernardino Rivadavia en 1826, en el contexto de un primer intento de unificación del país. Pero recién la Generación del ‘80, heredera directa del proyecto unitario, será la que finalmente imponga las bases para el país y la nacionalidad argentina como hoy la conocemos. En este sentido, la fecha del 9 de julio, aunque decretada como festejo en 1826, solo puede ser comprendida cabalmente desde esta década y los gobiernos sucesivos. Es a partir de este momento que se consolida un territorio unificado políticamente, un método de enseñanza obligatorio y masivo, así como fuerzas armadas profesionales y modernizadas que se yerguen como depositarias de los valores nacionales.

La afirmación de que “esa gente hizo el país” es cierta. Lograron, con el tiempo, crear un Estado moderno. Disciplinar y homogeneizar una población. Definir límites artificiales en un papel. Imponer la política como forma enajenada de organización humana. El garrote y la escuela, el desfile militar y las urnas, y de la casa al trabajo. Ese es su mérito.

Hacia 1820 se cantaba un cielito popular en la campaña rioplatense. Hay más verdad en esas coplas anónimas que en todos los decretos ministeriales juntos:

No me vengan con embrollos
de patrias y montoneras
que para matarse al ñudo
le sobra tiempo a cualquiera
Cielito, cielo que sí
Cielito de Canelones
Qué Patria ni qué caracho
han de querer los ladrones
Sarratea me hizo cabo
Con Artigas jui sargento

El uno me dio cien palos
y el otro me aplicó ciento

Cielito, cielo que sí
Cielito del corazón

Para no pagarme el sueldo
era güena la ración

sábado, 10 de julio de 2021

1° de Maio: Memória e Perspectivas

Recibimos la traducción de un artículo de La Oveja Negra, se trata de: 1° de mayo: Memoria y Perspectivas (mayo de 2021).

La traducción corre a cargo de los compañeros de Communismo Libértario.

«Traduzimos o texto 1° de Maio: Memória e Perspectivas, dos camaradas do La Oveja Negra. Tomamos a liberdade de acrescentar algumas notas em diálogo com as proposições apresentadas.»

1° de Maio: Memória e Perspectivas

Carpeta con traducciones de La Oveja Negra

jueves, 10 de junio de 2021

First of May: Memory and Perspectives

Recibimos la traducción de un artículo de La Oveja Negra, se trata de: 1° de mayo: Memoria y Perspectivas (mayo de 2021).

La traducción corre a cargo de los compañeros de Perspectiva Internacionalista.

«At the occasion of May First, the Argentina-based group La Oveja Negra (The Black Sheep) draws up a balance sheet of past struggles against capitalism and finds a perspective of the future in the present ones.»

First of May: Memory and Perspectives

Carpeta con traducciones de La Oveja Negra

 

miércoles, 28 de abril de 2021

1° DE MAYO: MEMORIA Y PERSPECTIVAS

DESCARGAR PDF
Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra para recordar, compartir, conmovernos, inspirarnos, debatir, reflexionar y agitar.

Nos encontramos otro 1° de mayo en la lucha anticapitalista por la cual hace tantísimos años fueron ejecutados a manos del Estado cinco compañeros y otros tres condenados a cadena perpetua, conocidos luego como los “mártires de Chicago”.

La lucha anticapitalista es tan necesaria como ayer para quienes sufrimos el Capital en carne propia: en cada jornada laboral, sea dentro o fuera de donde vivimos, con o sin salario, con o sin horario fijo, cada vez que buscamos trabajo, cuando padecemos las carencias, cada vez que nos relacionamos con otros seres humanos mediados por el dinero que todo lo cosifica.

Desde hace siglos el proletariado libra combates; sin embargo, aquellas jornadas de mayo en Chicago eran parte de una lucha en la cual proletarios y proletarias se organizaban con una perspectiva emancipatoria. George Engel, tipógrafo y anarquista ahorcado en 1887 lo expresaba de esta manera: «Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos.»

Los compañeros de Chicago y el movimiento del cual formaban parte no lucharon simplemente por las ocho horas. Cuando se referían a “ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de recreación” no se referían al ocio que conocemos actualmente. Querían recuperar ese tiempo para la agitación, el aprendizaje y para confraternizar con sus pares.

Partimos de esta fecha que nos convoca para proponer un breve recorrido a través de las transformaciones de la sociedad capitalista y la incesante lucha por superarla.

El desarrollo industrial

A fines del siglo XVIII el Capital se vuelca definitivamente a la producción y transforma profundamente los procesos de trabajo reorganizándolos, tanto temporal como geográficamente. En Inglaterra se observa patente toda la brutalidad de esta dinámica social en sus inicios. Los propietarios de las fábricas tenían poco éxito para reclutar mano de obra, para ello debían recorrer a menudo largas distancias y privar a los futuros proletarios de sus medios de vida, hacinándolos en las casas que conformarían los barrios obreros.

La constitución del ejército de reserva industrial conllevó, además del despojo, una militarización del conjunto de la vida social. El ludismo, “los destructores de máquinas”, junto a movimientos de resistencia y revueltas fueron respuestas al hambre y la miseria que comenzaba a reinar.

Para frenar a los luditas el Estado debió modernizar su policía; pronto la destrucción de máquinas fue penada con la muerte, mientras que el sindicalismo emergente era tolerado. Se sancionaron leyes para regular tanto el trabajo como algunas libertades civiles. Con esta oscilación entre la violencia y la reforma, el progreso capitalista establecía un método para reconducir la ira de aquellos esclavos modernos, cuyos ataques estaban dirigidos contra los instrumentos materiales de producción y no hacían distinción alguna entre las máquinas mismas y el modo en que eran usadas.

Expresiones luego mayoritarias de los incipientes movimientos obrero y socialista comienzan a expresar gran fe en la ciencia y la maquinaria, o por lo menos a afirmar su supuesta neutralidad.

Las luchas contra la feroz avanzada capitalista comenzaron a reproducirse a lo largo del mundo, muchas de ellas con un claro contenido reformador al interior del capitalismo, otras con una búsqueda más profunda de subversión del orden social.

Fruto de estas luchas surgió la Primera Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Fue a partir de las luchas concretas que se desarrollaban, en la práctica masiva de la clase y en el marco de las relaciones de fuerza existentes en cada país, que se pudieron refutar o afirmar las influencias de las distintas tendencias y rupturas. En ese sentido, la segunda mitad del siglo XIX constituye un período de aprendizajes y modificaciones de la lucha revolucionaria.

Los proletarios de diferentes países eran arrojados al trabajo como también a combatir en una trinchera en defensa de la patria. En esta situación de guerras nacionales y competencias interburguesas, decidieron intentar actuar dejando a un lado las fronteras nacionales y uniéndose para enfrentar a la burguesía como una clase internacional.

En los estatutos inaugurales de la AIT nos brindan un gran aporte: «La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será». Es decir, para obtener el triunfo el proletariado necesita de una acción común masiva, a la vez que producir una teoría y una metodología revolucionaria que lo orienten en la lucha. El gran objetivo: la abolición de las clases.

En la misma sentencia podemos leer también que la lucha por «la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.» Por primera vez el proletariado buscaba tener su propio proyecto revolucionario al margen de la burguesía, pero lo hacía aún cargado de las concepciones burguesas de la política. Si bien era el comienzo de una búsqueda propia, se pensaba mayoritariamente como una continuidad de la revolución francesa, que consideraban inconclusa. La igualdad de derechos y deberes se concebía como un avance hacia el fin de la explotación e incluso como un objetivo revolucionario, como una premisa para la sociedad sin clases. Su “toma de la Bastilla” consistía en vencer a una clase concebida como parasitaria, una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar la misma sociedad, sólo que bajo signo obrero.

En el primer congreso de 1866, en Ginebra, la AIT declaraba que «la restricción de la jornada laboral es una condición previa, sin la cual han de fracasar todos los demás esfuerzos por la emancipación... Proponemos 8 horas de trabajo como límite legal de la jornada laboral». Es decir, se planteaban reivindicaciones concretas inmediatas con una perspectiva revolucionaria. Esta perspectiva es la que fue asumida por trabajadores radicalizados en muchas partes del mundo, tal es el caso del movimiento del que fueron parte los mártires de Chicago.

Reestructuraciones

La reducción de la jornada de trabajo fue el resultado de la lucha de generaciones de proletarios, pero también fue ineludible para el Capital que, a nivel internacional y por sus propias contradicciones internas, estaba atentando contra la base misma de su reproducción. La extensión sin límites de la jornada laboral estaba atacando la reproducción y sobrevivencia de la fuerza de trabajo, de la fuente de plusvalor. Al mismo tiempo que se reducía la jornada, el Capital se transformaba logrando ampliar sus ganancias a partir de la ayuda de la ciencia, con la introducción de maquinarias, disminuyendo el tiempo de producción de las mercancías e intensificando la explotación del trabajo. No obstante es preciso destacar que, ayer como hoy, mientras en algunos países se moderniza, en otros se continúa requiriendo del saqueo y el trabajo esclavo.

En el caso de Argentina, la ley que regulaba las ocho horas se promulgó en 1929, ya como legislación necesaria de la modernización capitalista y su propia regulación. Este ejemplo local evidencia, junto a tantos otros en la historia y en el mundo, que aquello que en un momento puede ser un objetivo de lucha, un ataque directo a la ganancia, una necesidad inmediata impostergable e incluso dinamizadora de potentes expresiones revolucionarias, en otro puede ser simplemente un derecho otorgado para lubricar la maquinaria capitalista.

Esto no significa un desprecio hacia las luchas pasadas, sino un intento por comprenderlas, por poner en tensión aquello considerado una conquista, su relación con una perspectiva de transformación revolucionaria o de reforma al interior del desarrollo capitalista.

Justamente durante las tres primeras décadas del siglo XX el proletariado en Argentina llevó adelante una intensa agitación social. Su máxima expresión se cristalizó en la FORA, con su gremialismo anarquista y sus innumerables iniciativas de propaganda y agitación social, cuya finalidad revolucionaria se orientaba hacia la concreción del comunismo anárquico.

En este contexto la respuesta del Estado argentino a los reclamos sociales y las luchas en curso, ya sea en la ciudad como en el campo, fue siempre la represión, la cárcel, el destierro o la muerte. Ninguna mejora en la vida social fue obtenida sin oponer fuerza a la fuerza y, cuando las energías proletarias se dispersaban, se perdía rápidamente lo conquistado.

Debido quizás a las características geográficas y de organización productiva del país, así como a la fuerte orientación anarquista de federalismo y autonomía en el seno del proletariado, este no realizó una campaña homogénea respecto de la jornada laboral, aunque sí hubo infinidad de huelgas y luchas al respecto.

De la mano dura de la represión se afianzó un proceso de fuerte integración del proletariado en el capitalismo. Esto implica toda una serie de transformaciones en la vida social, en el Estado y sus legislaciones, así como en las organizaciones del proletariado y el contenido de sus luchas. En Argentina es justamente a partir de la década del ‘30 que se cimienta, sobre la derrota de las expresiones revolucionarias, el reformismo sindical y parlamentario que dará luego lugar al peronismo.

Cuando hablamos de integración comúnmente se interpreta un fenómeno ideológico o relativo a la conciencia, algo así como una cooptación, como un engaño o persuasión. Pero nos referimos a las condiciones materiales de existencia: la profundización de la integración de la reproducción de la clase proletaria en la reproducción del Capital, basada fundamentalmente en el desarrollo de la industria y sus elevados niveles de productividad. Este proceso claramente excede lo local y su expresión máxima es aquello que se ha denominado “la edad dorada” del capitalismo, entre el final de la segunda guerra mundial y los años ‘70 con su aumento en los niveles de producción y consumo, con su “Estado de bienestar”.

Los métodos de producción predominantes de este período, junto a una serie de medidas políticas que se implementaron en gran número de países, constituyeron lo que se conoció como el modelo fordista-keynesiano. Como siempre, en el capitalismo conviven diferentes realidades y formas de producción entre las diferentes regiones e incluso en una misma región; por ello tratamos de analizar brevemente sus aspectos determinantes, para acercarnos a la comprensión de las dinámicas sociales, y por ende de lucha, generales en cada momento.

El aumento sostenido de la tasa de ganancia durante varias décadas y el aumento (claramente no en la misma proporción) de los salarios en muchas ramas de la producción posibilitó una pacificación social donde los sindicatos cumplieron un rol importante. Esta situación que podemos comprender como un “pacto de productividad” entre el Capital y el trabajo reforzó el proceso de integración del proletariado. Sin embargo, las barreras puestas por la propia valorización capitalista aparecen una y otra vez. La aceleración de fenómenos como el aumento de la composición orgánica del Capital y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pusieron en crisis el modelo de desarrollo vigente que comenzó a reestructurarse más ampliamente en la década del ‘70. En el marco de este proceso de agotamiento se desarrollaron importantes expresiones de ruptura en la clase proletaria que decantarían en una nueva e intensa oleada de luchas a nivel internacional en las décadas de los años ‘60 y ‘70.

La derrota del movimiento revolucionario dio vía libre a la reestructuración capitalista de la producción y administración de la economía a través de diferentes procesos. Entre ellos: una renovada introducción tecnológica fundamentalmente apoyada en la “revolución informática”, la aceleración de la industrialización en diferentes regiones consideradas “atrasadas”, la reorganización de los procesos de trabajo y sus correspondientes legislaciones, al tiempo que la expansión de los mercados internacionales. Del mismo modo, la relocalización de fábricas gracias a la introducción de zonas francas permitió el acceso a mano de obra más barata, menos controles laborales, ambientales e impositivos, lo que incentivó una nueva y más eficiente división internacional del trabajo.

Todo esto trajo aparejado una transformación de las condiciones laborales, que dejó atrás muchas de las concesiones y conquistas propias de los niveles de productividad de las décadas anteriores. Se produjo un fuerte aumento de la precarización del trabajo y, por ende, de las condiciones de vida en general. Aquel se estructuró a través de distintas estrategias como flexibilización del uso de la fuerza de trabajo (flexibilidad del contrato de trabajo, pero también de los horarios, de los salarios y de las funciones); aumento de la desocupación y estabilización de un numeroso ejército de reserva que jamás sería incluido al trabajo asalariado; ejecución de procesos laborales estandarizados y simplificados, con la consecuente descalificación de la fuerza de trabajo; ingreso al mercado de trabajo de una cantidad cada vez más masiva de mujeres, que expresa la necesidad de más de un salario por familia; aumento del trabajo no registrado (que comprende desde la implementación de becarios o pasantes en la investigación, hasta la clandestinidad de trabajadores migrantes en talleres textiles); tercerización, subcontratación o externalización de determinadas tareas o fases de los procesos de producción que diseminan y disminuyen las responsabilidades patronales.

Estas transformaciones que el Capital encontró para mantener la explotación y dominación, es decir su propia reproducción, transformaron la reproducción del proletariado quebrando aquella fuerte integración que describíamos anteriormente, dando lugar a transformaciones importantes en las dinámicas de lucha y su contenido.

El presente

Hoy podemos estar seguros de algo que los compañeros en 1886 no podían estarlo tanto. La lucha por las ocho horas fue una lucha por la reducción de la jornada laboral en una situación en la que el capitalista ganaba más haciendo trabajar más tiempo a sus empleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que se pueda producir cada vez más en menos horas. Nos indignamos por la situación de aquellos que trabajaban y aún hoy trabajan más de ocho horas, pero no nos sensibiliza de igual forma que alguien trabaje menos de ocho horas bajo modalidades que destruyen cualquier cuerpo humano.

Si bien las categorías básicas del Capital permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– mucha agua ha pasado bajo el puente. Las fábricas ya no son el centro de la sociabilidad capitalista, la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño, el patrón dólar-oro ya no existe y las culturas proletaria y burguesa se encuentran prácticamente indiferenciadas.

El fin de los “años dorados” supuso la transformación del proletariado en general y una crisis del movimiento obrero en particular. La centralidad del trabajo en la industria y el lugar de la fábrica fue puesta en cuestión e implicó que el obrero industrial ya no fuera visto como el principal protagonista, ni mucho menos como la vanguardia de su clase. Esto significó que toda la experiencia acumulada en base a unas condiciones de trabajo que hacían posible la proliferación de grandes huelgas en los lugares de trabajo, prácticas de sabotaje, rompimiento de máquinas o herramientas, organizaciones de grandes contingentes de hombres y mujeres que compartían la cotidianeidad laboral en el mismo espacio, a veces incluso la vida en el mismo barrio obrero, no sea reproducible bajo las nuevas condiciones.

Evidentemente, estas dieron pie a nuevas formas: cortes de rutas para impedir la circulación de mercancías cuando miles de desocupados ya no pueden impedir la producción, por ejemplo. Por otra parte, y coincidentemente, a partir de ese momento la industria y el progreso capitalista dejaron más que nunca en evidencia la devastación que suponían para el planeta y para quienes lo habitamos. Comenzaron a gestarse cada vez más movimientos contra los efectos nocivos de la producción hacia la salud y el ambiente. Pero el abordaje de nuevas problemáticas o, mejor dicho, el abordaje de problemáticas históricas como novedad no necesariamente desembocan en la crítica y la lucha anticapitalista. Si bien las reivindicaciones salen masivamente de la esfera del trabajo para poner en cuestión diferentes aspectos de la reproducción social en su conjunto, se ha mantenido en la mayoría de los casos una perspectiva que parte de los niveles de la integración de antaño.

El retorno a los inicios del movimiento obrero o del Estado de bienestar no es deseable ni posible. Las luchas del pasado nos inspiran de cara al futuro, pero debemos quitarnos el lastre de la nostalgia progresista.

Hoy el Capital continúa pauperizando nuestras condiciones de vida. La extensión de la informática a cada vez más esferas del trabajo y de la sociabilidad en su totalidad junto a las medidas de aislamiento, profundizan la difícil situación a la que tenemos que hacer frente los proletarios y proletarias en nuestro día a día, y que debemos analizar a la hora de organizarnos si queremos transformar la realidad.

¿Cómo llevar a cabo la resistencia, incluso el más mínimo sabotaje, cuando todas las herramientas son nuestras y el lugar de trabajo es donde vivimos, cuando los niveles de desocupación crecen día a día, cuando no nos podemos encontrar con nuestras compañeras de trabajo más que a través de una pantalla, cuando las horas del día no parecen tener fronteras entre trabajo y no-trabajo, cuando la represión en las calles está legitimada por el discurso del “cuidarnos”? Son algunas de las preguntas que nos hacemos este primero de mayo.

La reestructuración capitalista produce el declive de la identidad obrera y la explosión de múltiples identidades, algunas de ellas vinculadas a las nuevas formas de lucha proletaria.

Las revueltas desatadas en diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la familia, la naturaleza de la cual formamos parte.

En las revueltas de nuestro tiempo, hoy atravesadas por la declaración mundial de pandemia, está muy claro que no hay una perspectiva de gestionar el objeto de las protestas. Solo los civilizadores progresistas proponen nacionalización, gestión obrera, referéndum, cambios en la administración capitalista. Pero no hay un mismo proyecto que tanto proletariado como burguesía deberíamos defender, gestionándolo de diferentes maneras. No se trata de una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar esta sociedad, sino de luchar contra el Capital en tanto que sociedad, que relación social.

El capitalismo, por sus propias contradicciones internas, no puede mejorar nuestras condiciones de vida. Por otra parte, esta conflictividad social tiende además a sincronizarse porque las medidas de austeridad en épocas de crisis son globales, porque el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida no son un problema nacional o de políticas neoliberales. Ni los burgueses eligen este escenario ni los proletarios en lucha elegimos el nuestro. Las fuerzas ciegas de la economía nos han traído hasta acá. Ahora es importante saber qué hacemos, no de cara al futuro ¡sino lo que ya estamos haciendo!

Cada contexto produce condiciones diferentes para la revolución y genera contradicciones (materiales, no morales; sociales, no individuales) particulares. Estas pueden hacernos importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia continuación.

Por esto confiamos en que es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas, se delinea el horizonte revolucionario del presente.

lunes, 22 de marzo de 2021

MEMORIA: 150 AÑOS DE LA COMUNA DE PARÍS

Un 18 marzo de 1871 sucedió en París una experiencia insurreccional breve, cuya mayor característica fue haber propuesto un modo distinto de administrar la riqueza que se produce socialmente. Decimos ‘breve’ porque en términos temporales duró dos meses pero, al igual que otros sucesos de época, produjo hondas impresiones, orientaciones y enseñanzas en el emergente proletariado.

Por lo general, cuando se habla en la historiografía de la Comuna de París, se habla del poder estatal, del gobierno de la Comuna y lo que deriva de él. Nuestra memoria busca hacer hincapié en quienes quisieron cambiar la historia.

Para ello es necesario hablar de burgueses y proletarios de hace 150 años atrás, lo que nos sumerge en otro mundo. Una época en que el capitalismo y los diversos aspectos administrativos, jurídicos, bélicos, estaban asentándose y su comercio se encontraba en ascenso de norte a sur y de este a oeste.

También el proletariado estaba desarrollando en su mundo otro mundo. De manera difusa si se quiere, se planteó un cambio social y modos para llegar a conseguirlo. Estallaban por diferentes lugares las luchas contra el Capital, incluso se formó la Asociación Internacional de Trabajadores (1864), desde la que emergieron dictados como el que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra suya. Se estudió la condición de la clase, sus oficios y su formación, se buscaron las causas de su malestar. Se manifestaron las emergentes diferencias entre las tendencias de lo que podríamos llamar el pensamiento socialista, y que luego de la Comuna serían cada vez más abismales.

Las nuevas metrópolis estaban colmadas y en esa atmósfera surgió una conclusión clave: ya se había dejado gobernar a la burguesía durante demasiado tiempo. Y por otro lado, la fuente de desgracias no residía en tal o cual forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho mismo del gobierno, cualquiera este fuese.

El hecho histórico de la Comuna, para la memoria de nuestra clase, consiste en haber aspirado además a una negación del Estado. La potencia de su accionar consistió en mostrar a todos los pueblos explotados que el único camino de la emancipación es el de la revolución social. Se pusieron en crisis las tradiciones políticas del radicalismo burgués y se dotó de una base real a la iniciativa revolucionaria. Así de brutal fue también la respuesta burguesa, que dio fin a La Comuna con una feroz represión.

La Comuna inaugura los tiempos nuevos, en cuyas aspiraciones la cuestión social se tiene que resolver con la emancipación definitiva y completa de la clase proletaria. Esto se logrará con la lucha y la expresión de una solidaridad real a través, y a pesar de, las fronteras de los Estados. En esta unión fraternal y universal el proletariado matará a la propiedad, fundando sobre su ruina una nueva humanidad.

 

Para ampliar recomendamos:
La Comuna de París, Proletarios Internacionalistas. Lazo Ediciones, junio 2017

viernes, 29 de mayo de 2020

Folleto: REFLEXIONES SOBRE EL PARO DEL 8M Y OTROS TEXTOS

DESCARGAR EN PDF
Este folleto es una continuación del titulado 8 de marzo contra el Capital (2018), en el cual recopilamos diferentes textos realizados respecto de la “cuestión de las mujeres” en el capitalismo.

Dos meses después, durante el acto del primero de mayo, reunimos algunas reflexiones sobre el paro del 8M, que en esta ocasión publicamos como texto central. Consideramos que estas reflexiones mantienen su vigencia antagónica respecto del enfoque que continúa dándose mayoritariamente a la problemática.

Para complementar la edición, hemos agregado artículos seleccionados de nuestro boletín La Oveja Negra publicados desde la recopilación anterior a la fecha, así como algunos que habían quedado afuera.

Por último, incluimos también extractos de la revista Cuadernos de Negación nro. 13: Notas sobre el patriarcado, publicada en junio de 2019, para dar a conocer de manera más abarcativa el abordaje que venimos realizando.

Biblioteca y Archivo Alberto Ghiraldo
Rosario, marzo de 2020

Índice:
• Reflexiones sobre el paro del 8M
• Memoria: «¡Maldito foo-ball!»
• Hablando con las paredes: «Somos las nietas de las brujas que no pudiste matar»
• Palabras de lucha: Cárcel de mujeres de Ezeiza
• Aborto: Cuestión social
• Hablando con las paredes: «Hay mujeres con pene»
•¿Ideología de género?
• Memoria: 8 de marzo
• ¿Deconstrucción?
• Cuadernos de Negación nro.13: Notas sobre Patriarcado (extractos)
• Anexo: ¿Yo decido? (Boletín Alta Tensión nro.9)

viernes, 22 de noviembre de 2019

Video: Rafael Nahuel presente en la lucha




El 25 de noviembre de 2017 Rafael Nahuel (o “Rafita” como le decían concariño) fue asesinado por la espalda por el grupo Albatros. En eldesalojo de una recuperación territorial en la zona del Relmu Lafken, más conocido como lago Mascardi. «Esta recuperación se basa en la necesidad en la cual nos encontramos luego de ser reducidos, reubicados y despojados de nuestra mapu, por parte de los wingka», decía unadeclaración pública de la Lof Lafken Winkul Mapu días antes. 

A dos años seguimos con Rafael Nahuel en la memoria para seguir en la lucha. Compartimos «Espíritu de niño», un texto de Santiago Maldonado.

Realizado por compas de la Biblioteca y Archivo Alberto Ghiraldo
(Rosario)

Más información: 
¡Rafael Nahuel Presente! ¡Terrorista es el Estado! (artículo del Boletín La Oveja Negra, nov.2018)

domingo, 28 de julio de 2019

SOLIDARIDAD - MEMORIA - REBELDÍA

DESCARGAR PDF
De la desaparición y asesinato del compañero Santiago Maldonado aún quedan marcas en las calles de muchas ciudades. Afiches a medio arrancar, pintadas, esténciles y, aunque ya pasaron dos años, se nos sigue queriendo convencer de que “lo de Maldonado ya pasó”. Pero no, ahí están presentes sus más cercanos con el recuerdo de su sonrisa intacto. También siguen las luchas por su memoria –aunque con menos intensidad–, así como el conflicto mapuche donde cayó en combate y la lucha por la justicia que emprende su familia y organismos de derechos humanos.

Si bien en la masividad y en lo mediático ha quedado relegado, no sucede así para muchos compañeros y compañeras que hemos continuado realizando una acción constante por la memoria de Santiago y de todo lo ocurrido, con infinidad de actividades y materiales de difusión.

La solidaridad en torno al conflicto mapuche en Cushamen, el encarcelamiento de Facundo Jones Huala y el asesinato de Santiago Maldonado. La posterior recuperación en Lago Mascardi y el asesinato de Rafael Nahuel, pusieron sobre la mesa varios aspectos de la lucha que, aunque nada nuevos, parecían haber quedado en el olvido por esta región: la acción directa, la autonomía, la capucha, el piquete, la crítica del Estado, la democracia y la propiedad privada.

Para muchos de los que defendemos y no hemos abandonado esa perspectiva de lucha, significó un punto de encuentro, una actividad común en muchas ciudades. Es decir, una lucha en común con una perspectiva común. Esto fue posible, incluso en la distancia geográfica, por un lado, por la persistencia y permanencia de grupos y personas que no se dejaron llevar por la avalancha ciudadanista y reformista que barrió con la gran mayoría de los que se han denominado movimientos sociales. Por el otro, gracias a las expresiones de ruptura que reaparecen constantemente en el seno de nuestra clase, sobre todo en los momentos de lucha donde todo se tensiona.

Estos álgidos momentos nos dan una bocanada de aire fresco frente a la sofocante normalidad. Nos permiten poner en práctica las reflexiones de luchas pasadas, así como obtener otras nuevas. Nos permite encontrarnos, conocernos y reconocernos.

Consideramos necesario hacer una reflexión crítica sobre las luchas, coordinaciones y comunicaciones que se dieron en estos dos años. Evidentemente la dificultad de ello radica en la extensión y diversidad de este proceso. Por eso, si bien abordamos lo que conocemos más de cerca por haberlo realizado, también creemos necesario referirnos a esa acción común que, aunque descentralizada geográficamente, comparte una sensibilidad y una proyectualidad. Trataremos de asumir un compromiso profundo, intentando no ser voceros de nadie, pero hablando desde un “nosotros” más amplio, ya que nos asumimos parte de la lucha de otros tantos compañeros en distintos lugares del territorio.

Reflexionar sobre la lucha es inseparable de la misma. No son dos momentos, se trata de una acción conjunta, un movimiento común y continuo.

¿Qué características tiene la lucha por la memoria y la verdad que no pide justicia al Estado? ¿Cómo continúa la lucha antirrepresiva? ¿Qué lecciones sacamos tras dos años de coordinaciones más amplias? ¿Cómo sigue la lucha en las comunidades mapuche? ¿Qué proyectualidad tiene la lucha por y más allá de Santiago?

MEMORIA
La tortura y la desaparición ha sido y sigue siendo un método común del Estado en cualquier rincón del planeta. En esta región, la noción de “desaparecido” tiene su sensibilidad particular debido al plan sistemático de desaparición, torturas y apropiación de bebés que llevó adelante el Estado argentino, entre otros países, en los 70.

La desaparición de Santiago movilizó miles de personas en todo el país. Luego están los usos políticos de aquello, pero incluso en esos usos no se puede negar la sensibilidad que el accionar de la burguesía y su Estado causó.

Nos preguntábamos por qué salió tanta gente si como decíamos una desaparición no es algo extraordinario, mucho menos en el sur del país y de un hombre en ese rango de edad.(¹) Pensábamos que puede ser porque esta vez le tocó a un chico blanco de Buenos Aires… quizás, pero tampoco hay que olvidar que desde un comienzo las amistades, afinidades y complicidades, incluso a nivel internacional, que fue creando el Lechu a lo largo de sus viajes no son poca cosa, y tampoco es poca cosa la visibilización que le dio su familia, más precisamente sus hermanos, desde un comienzo.

Estuvimos en las calles, en las plazas, en las rutas, en las casas, en los espacios compañeros, agitando, llorando, organizándonos. Hoy a dos años queremos profundizar y ver algunas particularidades.

Parece una diferencia sutil, pero hay una divergencia sustantiva entre la consigna de “Aparición con vida” (y las posteriores que hacían referencia a hacer memoria y continuar la lucha), y aquella que preguntaba “¿Dónde está Santiago?”, así como posteriormente la de “Justicia por Santiago”. 

Para quienes vamos por lo primero no es fácil. No es fácil convocar a manifestaciones donde no se pide nada a nadie. Pero eso no significa que no sirvan para nada. El lenguaje político quiere hacer creer que si no hay diálogo con el Estado no hay nada, que fuera de las lógicas estatales no hay nada. Pero hay, y mucho, y no solo mucho sino rico y diverso. Nos embroncamos, sufrimos y reímos juntos y no aislados, fuera del espacio privado donde está legitimado mostrar los sentimientos, irrumpimos en la normalidad de las ciudades, nos organizamos fuera (y si es posible contra) partidos y sindicatos, en nuestra propia práctica proponemos una manera diferente a la establecida de llevar adelante una lucha.

Podía parecer raro convocar movilizaciones, jornadas y escraches, donde nos cuidábamos entre todas las personas presentes, coordinando en situaciones de urgencia, sin siglas, sin aparatos detrás, sin venderle nada a nadie. En fin, se trata de organizarse de forma diferente porque se busca algo diferente. No tendría sentido un cambio en los modos organizativos para tener la misma finalidad que una organización política, sindicalista o de derechos humanos.

¿Qué puede responder la democracia frente a quienes siguen gritando hace décadas “Ni olvido ni perdón”? ¿Qué pueden aportar los defensores de lo existente a “Terrorista es el Estado”? Nada. Como no podían responder frente a quienes clamaban hace décadas “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Como desde los despachos estatales no podían dar respuesta a “Aparición con vida de Santiago Maldonado”.

¿Qué puede proponer la democracia con respecto a los desaparecidos, a los rebeldes que ella misma ha decidido eliminar? Si la movilización social aprieta, sus representantes pueden salir a hacerse los acongojados por las pantallas o constituir una comisión investigadora que en nombre del pueblo constate que ya se los asesinó; anunciarle a la nación que ya no vale la pena seguir peleando pues ya nada se puede hacer; transformar la incertidumbre general acerca del destino dado a los luchadores sociales en certidumbre oficial de que fueron asesinados, es decir, oficializar la muerte que el propio brazo armado de la democracia ha ejecutado.

En algunos casos se reprimió y se reprime abiertamente a quienes pelean por sus presos, por sus desaparecidos; en otros se los reprime de una manera más sofisticada, o menos violenta, pero la finalidad es la misma: evitar la verdad.(²) Se logra entretener a quienes luchan, se movilizan en las calles o simplemente son movilizados emocional y activamente, con la esperanza en juicios, con consignas reaccionarias, como todas las que le piden al Estado, es decir al enemigo mismo, que juzgue a los culpables. Es como pedirle peras al olmo, ¡es exacta y literalmente pedirle al asesino que se declare responsable de asesinato y se autopenalice por el mismo!

Claro que la correlación de fuerzas es desfavorable para quienes estamos fuera y contra el Estado, así como para todas las personas que saben que el Estado es terrorista pero piensan que “ahora no se puede hacer nada”… ¿Y cuándo se podrá hacer algo? ¿Cuándo tendremos la correlación de fuerzas a favor para imponer la violencia proletaria frente a los asesinos y torturadores si seguimos canalizando nuestras fuerzas en las vías legales y en la esperanza estatista?

Toda la historia de la lucha de nuestra clase muestra que somos fuertes cuando actuamos por nuestra cuenta, cuando el proletariado rompe con todas las instituciones democráticas, cuando coordina, se centraliza e impone su insurrección.

Cuando existe una enorme energía proletaria contra los torturadores y asesinos, el Estado de cualquier país hábilmente busca canalizarla hacia adentro del marco institucional, es decir, hacia el propio Estado, hacia los dirigentes de la oposición, de la izquierda. Busca hacerlo con compañeros, con familiares e incluso con los sobrevivientes de su propia represión.

En épocas como esta, el gobierno argentino de turno frente a la debilidad del proletariado en lucha y frente al silencio y la complicidad del resto del proletariado, no necesita ni siquiera encarcelar al último eslabón de la cadena de dominación: el asesino que aprieta el gatillo. Inclusive se da el gusto de felicitarlo, como en el caso de Chocobar, o de celebrar este nuevo 1° de agosto con la apertura de inscripciones al Servicio Cívico Voluntario para jóvenes de 16 a 20 años que impartirá, justamente, la Gendarmería Nacional.

Se nos dirá que es gracias a la lucha que se avanza en la investigación, que algunos milicos asesinos se encuentran en prisión, sean los asesinos de Santiago o de Rafael. Y estamos totalmente de acuerdo, pero si los meten en cana no es precisamente para que la lucha siga y sea cada vez más potente sino, por el contrario, para que la lucha cese. La razón por la que algunos obedientes asesinos van presos, esos soldaditos reemplazables que no son individualmente esenciales para el buen funcionamiento del Capital, es para que no vayan presos los administradores y gestores de la muerte y la miseria. Mejor dicho, para que nosotros no vayamos directamente contra ellos.

Notas: 
1. Según el archivo de Correpi (Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional) del año 2018, el Estado argentino asesina a una persona, en promedio, cada 21 horas. Siendo la amplia mayoría hombres de entre 15 y 35 años de edad.

2. A dos semanas de la desaparición de Santiago ya era evidente que la represión no vendría solamente de las fuerzas del Estado. «Otro tipo de represión y censura más sutil ha sido la ejercida por los medios masivos de comunicación que responden al oficialismo y a la oposición misma. La década ganada del kirchnerismo se erige sobre la derrota de los movimientos sociales. Estos últimos años la movilización social ha sido reprimida abiertamente o reprimida asimilándola e institucionalizándola; en fin, ha sido democratizada. (…) Y todo aquel que se salga de las urnas y los petitorios, que tome la lucha directamente por sus propios medios será motivo de burla, cuando no, acusado de infiltrado o desestabilizador a sueldo para alguna fracción burguesa.» (La otra represión en La Oveja Negra nro.49, agosto de 2017)

Aparición sin vida...
No hay lucha sin pasión, no hay lucha sin identificación de lo que consideramos el enemigo. Desear la muerte no es, obviamente, sinónimo de emancipación. Sin embargo, rehusarse a la violencia, y rechazar de antemano la violencia incluso verbal o nuestros deseos más agresivos, es renunciar a la lucha. La cual no puede reducirse a una simple venganza.

Es cierto que nuestro enemigo es un sistema social y no simplemente los jefes, ejecutivos, expertos o la policía que ponen a su servicio. Un punto fuerte de los movimientos sociales reformistas, incluso los que se presentan como más autónomos o revolucionarios, es reducir el capitalismo a la policía o a un puñado de ricos, a sus abusos y su mala gestión.

Al igual que en el caso del fetichismo de la mercancía, la relación social se presenta entonces como una cosa, encarnada a veces por una persona gorda con galera y fumando un puro, vieja caricatura del burgués de hace más de un siglo. El mantenimiento de la agresividad en contra de estos personajes ayuda a desviar las críticas hacia una vía muerta: atacar a la burguesía en cuanto individuos y no por su función.

Si bien nuestro objetivo es el Capital y no el capitalista, no es menos cierto que las relaciones sociales capitalistas no existen en el plano de las ideas sino en el terreno humano. No ver en un gendarme sino un gendarme es una ilusión óptica. Al igual que no ver en una ministra de seguridad del Estado sino una ministra de seguridad del Estado. No señalar a los responsables directos de la represión con el pretexto (exacto por cierto) de que los mismos no son sino un engranaje en un conjunto que los supera, equivaldría a ver la sociedad como un todo sin poder abordar una parte de esta totalidad. Despersonalizar la historia, es renunciar a actuar. No detestar a los que nos explotan y reprimen lleva a la peor de las resignaciones, en el mejor de los casos a la reforma. Quien no conoce o no se atreve a experimentar un rechazo hacia aquellos que le oprimen, no va a cambiar nunca muchas cosas. Sin embargo, quienes se quedan simplemente en las figuras, en los “responsables políticos” (especialmente cuando no son del gobierno de su agrado) tampoco.

Decir que “a Santiago lo mató el Estado y el Capital” no tiene nada que ver con los intentos de desresponsabilizar a los asesinos tal como cuando Clarín publicó en su tapa «La crisis causó dos nuevas muertes» ante la ejecución policial que terminó con las vidas de Maxi Kosteki y Darío Santillán en junio del 2002. Expresiones como la primera buscan criticar la forma de sociedad que permite a los asesinos actuar, mientras que el recordado titular no fue más que un intento por encubrirlos para, por el contrario, salvaguardar el orden existente.

SOLIDARIDAD
Durante todo el tiempo que el Lechu estuvo desaparecido, mientras se señalaba el carácter terrorista del Estado y del Capital, había que escuchar las mierdas más reaccionarias, las mentiras de Clarín, Infobae o La Nación. En esta sociedad en lo que todo debería hacerse por dinero no se concibe nada fuera de ello. En aquellos momentos se escuchaba sin cesar que los manifestantes eran pagos y que ¡hasta la familia de Santiago recibía dinero a cambio de la búsqueda! Al mismo tiempo, había que combatir la recuperación y el uso político que “por izquierda” se estaba haciendo del compañero.

Cuando su cuerpo fue plantado en el Río Chubut y “apareció”, esto último quedó bien claro, al menos para nosotros en Rosario. En plena noche, los oportunistas de los partidos políticos que emplearon la figura de Santiago, aprovecharon para sacar sus banderas a la calle en plena veda electoral, para seguir haciendo campaña electorera pese a la ley que ellos mismos defienden. No se veía nada reivindicando al compañero, ni carteles ni consignas, solo banderas partidarias. Quisieron incluso hacer una conferencia de prensa en plena plaza para seguir con su miserable campaña.

El “apoyo” de partidos y sindicatos no tiene nada que ver con la solidaridad que buscamos practicar. No se trata de adhesión, sino de cohesión. No se trata de apoyar, sino de ser parte. Santiago era de esos solidarios, y por eso estaba con los compañeros mapuche.

Solidaridad significa también comprender, respetar, defender, confiar. Eso fue lo que nos tocó hacer desde nuestras ciudades a muchísimos compañeros y compañeras. Desde el primer momento defendimos la versión de los mapuche rebeldes, y comprendimos su punto de vista respecto de la intervención de la Justicia en el territorio recuperado con sus allanamientos disfrazados de rastrillajes. También nos tocó defender al Brujo anarquista y luchador frente a las versiones de la opinión pública.

En el acto masivo del 11 de agosto su hermano Sergio leyó el texto «Hola querida población» escrito por Santiago. Para las personas que desconocían fue quizás la primera oportunidad para tomar noción de quién era él. Así y todo, incluso algunos bienpensantes sostuvieron hasta el hartazgo que las canciones de Santa Blasfemia (su proyecto de rap) que circularon posteriormente, donde insultaba y se burlaba de autoridades políticas y eclesiásticas, eran toda una operación mediática para “desprestigiar al inocente artesano”. Por varios rincones muchos seguimos (y seguiremos) ampliando su voz. Pero la voz de un compañero, no la voz de un mártir, ni de un ídolo. Por las oscuras circunstancias es difícil, pero a la vez necesario, tomar conciencia de esto, que la solidaridad no significa una relación acrítica con quien uno se solidariza.

Podríamos señalar lo mismo sobre la solidaridad con las comunidades mapuche en lucha. La solidaridad a la que hacemos referencia, como decíamos, no tiene que ver con la pasividad, con ayudar a los que luchan, sino luchar con quienes luchan. No tiene que ver con la caridad, ni con la lástima, la solidaridad tiene que ver con reconocernos en los compañeros como desposeídos y proletarios en lucha, reconocernos como parte de una misma clase, y aportar en base a las condiciones y posibilidades concretas, que también se fueron desarrollando en la lucha y que difieren de las que tienen los compañeros mapuche. Mucho menos tiene que ver con un ideal exotista, que nos lleva a solidarizarnos con lo que se nos presenta como raro y alejado. No es esa distancia geográfica y cultural lo que nos acerca sino su lucha contra la propiedad privada y su resistencia ante la represión estatal.

A lo largo de estos años fue muy recurrente la cuestión de la identidad originaria o “lo mapuche” como una especificidad incómoda de abordar. Cuando expresábamos la solidaridad desde una perspectiva común de lucha radical, se escucharon ridiculeces como que “influenciar” a los mapuche sería neocolonialista, como si estos fuesen algo puro y como si los no mapuche estuviésemos infectados de algo. Esa mentalidad democrática no busca respetar a los mapuche en lucha, sino respetar a todas las expresiones por igual, en tanto “pueblo oprimido”. En realidad, es una justificación para no luchar junto a los rebeldes y para no reconocer la existencia de dos clases antagónicas.

También escuchamos de manera recurrente lamentos porque “no se hizo lo mismo por Rafael que por Santiago”. Recordemos que no fue lo mismo agosto que noviembre de 2017, así como recuperar tierras a Benetton no es lo mismo, socialmente, que a Parques Nacionales, ni un asesinato lo mismo que un desaparecido. Por otra parte, si las luchas de recuperación de tierras por parte de los compañeros mapuche fueron ampliamente ninguneadas durante los reclamos por la aparición de Santiago ¿por qué eso de un momento a otro cambiaría? Tenemos que exigir al movimiento social, por más difuso que sea, de acuerdo a lo que efectivamente hace y no a lo que suponemos que, moralmente, debería hacer.

A su vez, solidarizarnos con un conflicto latente, defendiendo ciertas prácticas y acciones, no significa tener que replicarlas en lo inmediato. No puede significar una imitación descontextualizada. En esta zona plagada de soja y veneno, por ejemplo, la recuperación de tierras deberá tomar, evidentemente, otras formas. Tampoco es necesario un éxodo urbano hacia zonas en conflicto o una identificación con lo originario como única forma posible de radicalidad.

Quienes no somos mapuche, sino nietos de inmigrantes de cualquier rincón del planeta, mestizos, mezcla de inmigrantes e indios, no debemos olvidar que también somos desposeídos, que nuestros ancestros fueron separados de sus tierras, de sus formas de vida y de producir, que fueron llevados a ciudades y barrios marginales por el desarrollo capitalista.

Nos une ese pasado de desposesión y la certeza de que la humanidad precedió al Estado y al dinero, a la propiedad privada y la avaricia. Esas son nuestras raíces comunes y por lo cual nos sentimos parte de una misma clase sin patria. Comprendemos y gozamos nuestras diferencias sin por ello suponer que una identidad particular sea una premisa necesaria para luchar. Si no podemos volver a nuestras raíces originarias, sí podemos atacar la raíz de la dominación actual.

Por algún tiempo, situamos la solidaridad con Santiago y la lucha mapuche en el centro de nuestra práctica, aunque comprendiéndola siempre como un aspecto inseparable de una lucha total. Es por esto que queremos ahondar también en las probables derivas que socialmente pueden traer luchas específicas donde prima lo inmediato frente a lo global.

Por ejemplo, seguir los mismos procedimientos campañistas del marketing electoral, de la “movilización social” parcial, dependientes de la política o del clientelismo, pero separados de sus motivaciones iniciales. ¡A tal punto que en algunas ciudades los “organizadores oficiales” les negaron la palabra a voceros mapuche pero sin dejar de intentar sacar su tajada a costa de ellos!

Reproducir simplemente por herencia política o imitación pasiva los gestos y consignas, los modos de organizarse y reflexionar porque “es lo que hay” es lo que justamente queremos combatir. Claro que no podemos esperar que de un día para el otro se rompa con la pasividad social que nos ha traído hasta acá. Pero sí podemos desenmascarar una serie de rituales y procedimientos rutinarios que sirven principalmente para constituir una identidad colectiva supuestamente rebelde, más aparente que real. Que sirven más para hacer política partidaria, legalista y por tanto defender lo existente, que para superarlo. Nos referimos concretamente a las multisectoriales, a los actos masivos con pliegos vacíos, a las marchas infinitas y con una impronta pacifista, a la “militancia” en las redes sociales, así como a las campañas de difusión donde prima lo cuantitativo (“llegar a más gente”) frente al contenido.

La represión y desaparición de las que hablamos surgen en condiciones específicas que las hacen posibles: la legitimidad de las fuerzas armadas, la capacidad del poder económico de afirmar sus intereses por sobre todo lo imaginable, un montaje jurídico y mediático inédito, es decir, el modo capitalista de producción.

Entonces, aunque se hubiese cumplido nuestro anhelo de ver a Santiago con vida, sentimiento que perdura en muchos corazones, esas condiciones seguirían intactas. De aquí la necesidad de luchar contra todas esas condiciones sin poner en el centro una sola razón, injusticia o persona. Lo que a su vez sin movilización y, sobre todo, sin reflexión es algo imposible de conseguir.

Se hizo muy poco por desafiar a las leyes y tribunales, y mucho por demostrar las operaciones estatales asesinas y los montajes criminalizantes sobre lo ocurrido. Esto fortalece el concepto de víctima, o peor aún, la idea de que el problema es un gobierno y no los gobiernos.

En términos generales debemos reflexionar críticamente: ¿Por qué existe semejante confianza ciega en las instituciones estatales? ¿No es acaso el común denominador de las dos luchas más masivas de los últimos años (por Santiago Maldonado y por el aborto legal) el reclamo al Estado, el reclamo de leyes, de fortalecer el aparato jurídico y a la vez representativo de la democracia?

REBELDÍA
En los momentos decisivos es preciso hablar sin pelos en la lengua sobre la necesidad de una crítica radical en hechos y en palabras, sobre la relación con la totalidad que esconde cada “injusticia” particular. En los tristes días de septiembre, cuando su foto estaba recorriendo tímidamente el mundo decíamos: «La desaparición de Santiago, la cárcel de Facundo y la represión al movimiento mapuche son parte de una totalidad, de un conflicto violento, histórico y social que excede a los mapuche, un conflicto entre la vida y el capitalismo, imposible de ser resuelto al corto o mediano plazo.»

Son las debilidades, las dudas y las insuficiencias de aquellos momentos de lucha colectiva, las que nos incitan a continuar regenerando los esfuerzos rebeldes y seguir levantándonos contra la opresión. Claro, no es posible sugerir en cada contexto diferente cómo responder a la agresión, que se tome tal o cual forma de acción práctica.

Aprendimos que parte de la lucha es siempre intentar que la voz de nuestros compañeros y la lucha revolucionaria sean colocadas en el centro. No banderío, no política, no personalismo sino, por respeto y por necesidad, que su palabra se escuche.

También comprendimos que es en el desarrollo del conflicto donde es posible descubrir o ampliar nuestros medios de acción, intentando superar el lenguaje de la conciliación y las peticiones respetuosas para con los explotadores y opresores.

Esto nos empuja a pensar también en un futuro no muy lejano. ¿Es posible coordinar a mayor amplitud tales acciones? Que dichas acciones converjan en un mismo objetivo específico, como ocurrió por ejemplo en la lucha de estos dos años, proclamando sus fines revolucionarios en todo momento y multiplicándose con el tiempo ¿es esto suficiente?
Independientemente de si un objetivo preciso se haya alcanzado o no, ¿se verá que una lucha revolucionaria activa ha reaparecido, y se reconocerá y se conocerá a sí misma? ¿De qué modo, se iniciará un movimiento general, que podrá coordinarse mejor y alcanzar una gama de objetivos cada vez mayor?

Consideramos, por lo pronto, que es necesario seguir apostando a la necesidad de revolución, que es posible accionar sobre un tema particular sin perder de vista lo global. Pero es necesario criticar cuando esto no sucede, como los rasgos masivos de la lucha por Santiago. Recordemos una vez más cuando de la exigencia “Aparición con vida…” se pasó a la pregunta “¿Dónde está…?” No son procesos del todo conscientes para quienes participan de las movilizaciones muchas veces de manera genuina y desinteresada, pero sí dejan en evidencia la conciencia ciudadana y la ideología dominante que los determinan. La primera consigna clama por un compañero con vida, la otra por un dato. Una quiere arrancarle al Estado una persona secuestrada, la otra plantea una conversación, quiere información. Como decíamos antes, una vez aparecido el cuerpo, pareciera que solo queda bregar por justicia. Pero para nosotros se trata de otra cosa completamente diferente.

Desde el boletín La Oveja Negra insistimos con una frase de un rap de Santiago: «Aquí y ahora la lucha continúa». Una manera de afirmar la vida y la lucha contra la muerte, contra su muerte. Una manera de afirmar que era además un luchador. Sin embargo, ese «aquí y ahora» también remite a cierto “inmediatismo” que evidentemente es muy propio de nuestra época, no reprochable ya que la realidad es a menudo desesperante. Pero esa inmediatez, si se vuelve permanente y excluyente de otros tiempos para actuar, hace que las posibilidades de intervención reales sean prácticamente nulas, o que remitan simplemente a un desahogo individual o grupal, lo cual no es poco pero no es suficiente para transformar la realidad. Y así, a fuerza de voluntarismo, se llega voluntariamente a la frustración, la desesperanza o la imposibilidad de un cambio social.

Porque el activismo sin perspectivas es pasividad, y la pasividad es la normalidad del Capital. No nos autoengañemos reduciendo la lucha a un solo aspecto del capitalismo: mostremos a cada instante nuestra relación viva con la totalidad del antagonismo de clases y con su historia. Limitar nuestra acción únicamente a un momento del todo social, sin plantear claramente nuestro objetivo que es el fin de la sociedad de clases, sería cavar nuestra propia tumba.

Quien haya participado en las presentaciones del libro Wenüy o haya oído algún audio de Temperamento, o leído algunos números del boletín, sabe que nuestro punto de partida es la necesidad de revolución, aunque esté pasado de moda. La lucha revolucionaria por destruir aquello que impide una vida radicalmente distinta.

Sin entrar en un estado de fascinación por cualquier lucha o cualquier cosa que se le asemeje, es importante advertir por qué se lucha, para qué se lucha y cuáles pueden ser las consecuencias de luchar. Son preguntas que en la exaltación competitiva y guerrera tan en sintonía con la razón dominante de estos tiempos capitalistas quedan sin formular, pues lo importante parece ser “dar pelea”, “salir a la calle”, aunque esto signifique solicitar el mantenimiento del actual estado de cosas.

Sea en el caso de la valentía mapuche, del solidario Santiago o del luchador anónimo de cualquier parte, la exaltación de la lucha sin preocupaciones por el cómo o el porqué, a veces se nos pinta como una virtud frente a la aparente quietud del momento, como algo rebosante frente al aparente vacío de la vida cotidiana.

Si hoy estamos hablando de esto es porque no estamos proponiendo esperar, “tomar conciencia” y recién así entrar en acción. En los hechos nada sucede así. El contenido social de una lucha puede radicalizarse en la misma práctica, con aciertos y con errores, con experiencias cercanas y lejanas (en tiempo y espacio), con los balances necesarios. También se puede hacer una apología de la conflictividad o de la valentía evitando dirigirse hacia los objetivos necesarios. No es nuestra intención, lo urgente no es lo que los oportunistas nos presentan como “lo posible”, lo urgente es ir más allá de lo existente, comprender el conflicto y la valentía en una lucha global contra el estado de cosas.

La lucha contra el capitalismo es comenzar a romper con la lógica que nos impone a los oprimidos. Más allá de cuestiones necesarias como el uso de la violencia y los gestos simbólicos, la visibilidad y lo fácilmente reconocible, debemos prestar atención a que la posibilidad de terminar con esta sociedad mercantil generalizada incluye también momentos menos fotografiables, ceremoniales o catalogables que son imprescindibles. Muchas veces lo que está en movimiento no sale en la foto o no llega a comprenderse.

No llamamos a hacer abstracción de nuestras debilidades, sino justamente a visibilizarlas para superarlas colectivamente. Este, como tantos textos y reflexiones revolucionarias, no fue escrito para ser enseñado de manera pedagógica según los dictados escolares o expuesto de manera utilitaria, funcional y eficientista según las leyes del mercado. Esto no es una mercancía ni un objeto de estudio, solo es accesible a través de la puesta en común, de la implicación que no se reduce al grupúsculo o al culto a lo identitario sino al todo social.

Esperamos haber brindado elementos para la reflexión y el debate.