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jueves, 2 de octubre de 2025

«NI UNA MENOS»

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La primera manifestación con la consigna «Ni una menos» se realizó por primera vez el 3 de junio de 2015 en ochenta ciudades de Argentina, luego del asesinato de Chiara Páez, una adolescente de 14 años asesinada a golpes acá cerca, en Rufino. Su cadáver fue encontrado en el patio de la casa de su novio. Tiempo después, en octubre de 2016, luego del brutal asesinato de Lucía Pérez en Mar del Plata, se desataron masivas manifestaciones en las calles de todo el país.

Estas manifestaciones fueron y son la cara visible de todo un proceso de cuestionamiento al machismo, de visibilización de los asesinatos de mujeres tipificados como femicidios, de la violencia doméstica y de la cuestión de género en general. Una lucha que no se da solo en las calles, sino que intenta suceder en todos los ámbitos de la vida social.

En 2016 lanzábamos un panfleto titulado «Nos están matando», que lamentablemente nunca perdió vigencia y que actualizamos y volvemos a poner común. Esta vez a la cuestión de clase y género, a la precariedad, al oportunismo político, es preciso sumarle la cuestión narco en un país que se hunde en la miseria, la exclusión y nuevas formas de supervivencia.

«Nos están matando»

Nos están matando. En nuestras casas, en el trabajo, en las escuelas, en las comisarías, en la calle. Nos matan a los golpes, linchados, violadas, empaladas, desangradas, torturadas, envenenados, empastillados, encerradas, enfermos, depresivos. Nos matan porque es fácil, porque se puede, por portación de cara, por mujeres, por pobres, por putas, por salir a la calle, por querer tener sexo, por negarnos. Nos matan porque sobramos, en un mundo donde la ganancia es más importante que la vida. Donde aprendimos a vendernos como mercancías y tratarnos y a tratar a los demás como objetos, como medios para alcanzar un fin, como si fuésemos cifras cuantificables.

Ayer, el asesinato brutal de Lucía en Mar del Plata fue una chispa que desató la rabia, la frustración, el asco, el odio y la necesidad de terminar con esta masacre despiadada. Hoy, la tortura y asesinato en Florencio Varela de 3 mujeres jóvenes que fue transmitido en redes sociales. Brenda (20 años), Morena (20) y Lara (15) fueron asesinadas por una banda narco. Según el ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires, en la macabra transmisión el capo del grupo advirtió: “Esto le pasa al que me roba droga”.

Algunos señalan la decencia o no de las asesinadas, otros señalan la prostitución, se machaca la nacionalidad extranjera del capo narco. A su vez, en una Argentina de campaña electoral permanente hay quienes aprovechan para usar el dolor como plataforma política.

Se responde con indignación y con una rabia masiva, aun en un necesario clima de catarsis, de la conversación al grito, del aislamiento a juntarse masivamente en marchas autoconvocadas. Los dedos señalan al Estado en su supuesta ausencia, al gobierno de turno, a los medios de comunicación, a las políticas educativas. Algunos piden justicia y más intervención estatal, más policía, que se cumplan las leyes, que la democracia “funcione”. La democracia funciona. El Estado y su policía garantizan la trata a nivel nacional, así como garantizan el narcotráfico.

Además de dejar salir nuestra bronca también tenemos que pensar qué estructura todas estas violencias individuales, pensar en la violencia general, en las condiciones que la permiten, por qué se produce y cómo destruirla. Hace falta ir a la raíz: se trata de destruir las condiciones materiales que reducen nuestra vida a un producto aprovechable o prescindible según las circunstancias, la instrumentalización de nuestros cuerpos y su sometimiento.

«No le pasa a cualquiera»

Frente a los asesinatos y en las manifestaciones es probable ver género y no clase. Bien, nuestra propuesta es comprender la implicación entre género y clase.

No es preciso que “me pueda pasar a mí” para movilizarnos, que le pase a una persona semejante debería ser suficiente. Como quedó claro, esto no le puede pasar a cualquiera, le pasa a los pobres y más precisamente de cierta franja etaria, como a los cientos de asesinados vinculados al narcotráfico que son en su abrumadora mayoría masculinos. En esta ocasión no se trata de un simple femicidio, sin embargo, es un error desplazar la cuestión de género.

De los 4 sospechosos detenidos 2 son mujeres. El móvil del crimen se supone fue un ajuste de cuentas, no por “ser mujeres”. Pero las tres torturadas y asesinadas son mujeres, los cuerpos filmados y exhibidos son de mujeres, el disciplinamiento de unos a otros hombres es a través de cuerpos de mujeres, el escarnio público moralista es sobre la vida de ellas, incluso sobre la supuesta responsabilidad de sus madres. No se trata de un simple “ajuste de cuentas”.

Quieren decirnos que hay pobres buenos y pobres malos, mujeres putas y mujeres decentes, víctimas culpables y víctimas inocentes. Incluso que hay empresarios honestos y empresarios criminales.

No se pone en duda el ideal burgués de felicidad o de ascenso social, de éxito individual sin importar el prójimo, solamente se cuestiona con tono moralista cómo alcanzarlo. Los pobres son señalados como culpables por desear la vida que llevan los ricos. Cargan el pecado de querer imitar la vida que les promocionan y no les brindan.

Son los jóvenes pobres que encarnan la violencia de las zonas marginales y precarias, la carne de cañón del narcotráfico, como sabemos de sobra en Rosario. Tanto aquí como en otras partes del país, ciertos barrios tienen una tasa de homicidios 3 veces mayor a otros, cada quien en su ciudad sabrá ubicarlos en un país donde 6 de cada 10 jóvenes vive en la pobreza.

En el panfleto mencionábamos que sobramos y decíamos en números anteriores de este boletín que somos “población excedente”. Una población excedente con relación a las necesidades del Capital. No fuimos o somos muchos: somos muchos viviendo de este modo, donde se tira la comida producida, donde nos concentramos en ciudades, donde producimos para la ganancia y no simplemente para vestirnos, alimentarnos, disfrutar y habitar un espacio. Aquello que se percibe y se nombra como exceso demográfico o población sobrante es una expresión concreta de la propia dinámica del modo de producción capitalista.

Narcotráfico y Capital

A diferencia de otros delincuentes, el narcotraficante es un empresario: no se limita a tomar una parte de la riqueza, sino que participa en su producción. Sobre la base de la ilegalidad, existe un mayor control del mercado y los precios, posibilitando una enorme rentabilidad, sumado a las deplorables condiciones de explotación en que se suelen realizar la producción y distribución de estas mercancías. Estas características hacen que la violencia sea un factor principal en la competencia, en comparación con otros sectores donde la productividad del trabajo y la innovación tecnológica son determinantes.

Con el narcotráfico, la competencia “desleal” y la violencia extraeconómica (coacción, patotas, secuestros, asesinatos, torturas), aplicada tanto entre mafias como hacia las poblaciones que explotan, someten, o sus consumidores, se ven a plena luz en su faceta más extrema. Pero esto no quiere decir que la competencia capitalista habitual esté exenta de los procedimientos extraeconómicos. De igual modo, la explotación de una clase por otra es fundamental en ambas expresiones burguesas.

El narcocapitalismo no puede hallarse separado del capitalismo tradicional, es su engendro y no puede dejar de establecer una innegable y permanente interinfluencia. Esto queda de manifiesto en la ineludible necesidad de lavar las cuantiosas sumas de dinero sucio producidas por el narcotráfico para contribuir a la reproducción del Capital en su conjunto.

El desarrollo del narcotráfico en las últimas décadas es inseparable de las dificultades para la obtención de grandes ganancias en diferentes ramas de la producción, así como de la desocupación que arrastra tanto al consumo como al trabajo en esta creciente industria. Se encuentra completamente arraigado en la reproducción del Capital, así como en la reproducción de la fuerza de trabajo.

En este sentido, el Estado y sus fuerzas del orden, no pueden erradicar el narcotráfico sino ponerle límites, administrarlo y participar en sus cuantiosas ganancias.

El auge de las mafias es ciertamente un signo de crisis, y de las crisis no se sale con ilusiones, como las de querer “volver” a un capitalismo decente: virtuoso, pacificado o saneado; un capitalismo sin narcotraficantes, sin asesinatos brutales transmitidos por Instagram, sin barrios precarios y miserables. La imagen del monstruo alimenta la esperanza de la posibilidad de un mal menor, de una salida mercantil y democrática.

Elecciones y acusaciones

De izquierda a derecha lo importante es hacer campaña para las elecciones de octubre, o las que vienen: «El gobierno de Milei es el responsable ideológico de este triple femicidio» o «Plantear si es o no un tema sobre el Ministerio de la Mujer es de una bajeza y de una poca seriedad total y absoluta (…) Es al narcotráfico donde se tiene que apuntar y no a esto que se ha empezado a decir en las marchas sobre el Ni Una Menos», como señaló la ministra de Seguridad.

Para el gobierno nacional y sus seguidores la responsabilidad es del gobierno de la provincia de Buenos Aires, para la oposición es del gobierno nacional. Se echan la culpa para que el chivo expiatorio sea el otro. Sin embargo, todos participan en la administración de esta sociedad, solo que les molestan sus “excesos”, sus inseparables excesos.

El Capital es una mafia, una organización a veces criminal, a veces legal. La explotación capitalista sirve a la guerra y a la paz, al trabajo registrado y al semiesclavo. Algunos burgueses son mafiosos, otro no, pero todos participan de unas estructuras mafiosas que exceden la buena o mala voluntad de los explotadores, incluso los “honestos”… Si podemos llamar honestidad a la omisión y el mirar para el otro lado en medio de una institución estatal o de una empresa que vive de la explotación de nuestra fuerza de trabajo.

La sociedad capitalista y su consecuente “guerra de todos contra todos” crea un suelo fértil para las mafias. Lo que las frena del exterminio mutuo es su consciencia de que la cohesión asegura su supervivencia. Y para eso está el Estado, para negociar y tolerarse. Para, como mucho, denunciar la corrupción para cambiar de jugadores pero jamás cuestionar el juego.


* * *

Para ampliar:

• «Mujeres y trabajo» (Cuadernos de Negación nro. 14) [Clase y género]

• «Población y género en Argentina» y «Población sobrante y género» (Cuadernos de Negación nro. 16)

• «Narcotráfico y Capital» (La Oveja Negra nro. 79)

sábado, 4 de mayo de 2024

Intervista: «Il così detto neoliberismo e i suoi falsi critici»

Intervista realizata da CrimethInc.

La Oveja Negra & Cuadernos de Negación, Dicembre 2023, Rosario

Pubblicato in inglese e spagnolo su: crimethinc.com/2023Argentina

Traduzione all’italiano: aprile 2024.

LEGGERE E SCARICARE (PDF)

 

• Quali sono le continuità e le differenze tra la ripugnante figura di Milei e le vecchie tendenze dell’estrema destra? Secondo il vostro punto di vista, come ha fatto a vincere le elezioni?

• Vorremmo che commentasse brevemente la politica argentina degli ultimi 50 anni, tenendo conto delle continuità e delle discontinuità tra dittatura e democrazia.

• Confrontarlo e contrastarlo con Bolsonaro, Trump, ecc. Cosa ci dice la sua vittoria sul contesto più ampio del continente in questo momento?

• Quali sono le probabili conseguenze negative della sua vittoria elettorale? Cosa cambia esattamente?

• Come può la sua gestione riconfigurare il confronto tra le forze in lotta, soprattutto in termini di resistenza anticapitalista?

• Quali sono le possibilità tattiche di lotta in questo contesto? Come possono le persone provenienti da altrove sostenere le forze di resistenza anticapitaliste e antiautoritarie nel territorio dominato dallo Stato argentino?
 


 

lunes, 18 de diciembre de 2023

Entrevista: «El denominado neoliberalismo y sus falsos críticos»

Entrevista realizada por CrimethInc.


La Oveja Negra & Cuadernos de Negación
Diciembre 2023, Rosario 

Publicado en inglés y español en: crimethinc.com/2023Argentina

 

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Contenido:

• Introducción por CrimethInc.

• ¿En qué esta figura repugnante como Milei es una continuación de viejas tendencias de extrema derecha y en qué se diferencia? Según tu lectura, ¿cómo logró ganar las elecciones?

• Nos gustaría que comentaran brevemente la política argentina de los últimos 50 años, teniendo en cuenta las continuidades y discontinuidades entre dictadura y democracia.

• ¿Cómo ve a Milei en relación con Jair Bolsonaro y Donald Trump?

• ¿Cuáles son las probables consecuencias negativas de la victoria electoral de Milei? ¿Qué cambia exactamente?

• ¿Qué fuerzas están preparadas para oponerse a Milei? ¿Cuáles son las perspectivas para la resistencia anticapitalista?

• ¿Qué estrategias son posibles en este contexto? ¿Cómo pueden personas de otros lugares apoyar a las fuerzas de resistencia anticapitalistas y antiautoritarias en el territorio dominado por el Estado argentino?

domingo, 19 de septiembre de 2021

LUZ, CÁMARA, ELECCIÓN

Durante agosto y septiembre hemos asistido, quizás, a la campaña política más bizarra de la historia de este país. No vamos a enumerar canciones, actuaciones y demás extravagancias de los políticos. La fiesta de la democracia ya se reduce a un video de Tik Tok.

En las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 12 de septiembre se definieron las candidaturas de las agrupaciones políticas que disputarán diferentes cargos legislativos en la mayoría de las provincias. Para noviembre nos espera otro show de cara a las generales.

En la elección se expresó un claro rechazo al oficialismo. Producto de esta derrota, comenzaron a desarrollarse varias tensiones internas en el gobierno. Por parte de los sectores más abiertamente kirchneristas se exige un cambio de rumbo inmediato con aumentos en salarios y ayudas sociales. Han desarrollado una desopilante capacidad para no responsabilizarse de nada: primero “pero Macri”, ahora contra su propio presidente.

Referentes de sindicatos y movimientos sociales, provenientes principalmente de un oficialismo crítico, insisten en la urgencia de repartir un poco más para paliar la miseria. Evidentemente, la supuesta inclusión y la ampliación de derechos no reditúan la suficiente cantidad de votos. En una entrevista radial del mes pasado, Juan Grabois, dirigente de Patria Grande y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), insistía sobre el importante rol de este tipo de organizaciones en la actualidad: «Hay que dejar de pensar que el problema de la conflictividad social en argentina somos los movimientos sociales. El Polo Obrero hoy está conteniendo 60 grupos que si no estuvieran desfilando por la 9 de julio estarían haciendo cosas peores. Ustedes no entienden lo que nosotros hacemos por la paz social en este país, no lo dimensionan». Ha sido justamente la profunda institucionalización de la lucha y los movimientos sociales lo que explica las grandes imposibilidades para el desarrollo de expresiones de lucha combativas, que permitan empezar a cambiar este rumbo. A pesar de la terrible situación de pobreza y desempleo y a pesar de las fuertes convulsiones sociales que han sacudido a diferentes países de la región, la paz social aún domina en este país.

La participación en las PASO fue del 67% del padrón. Tendencia similar a la que se venía dando en los comicios previos de este año realizados en Jujuy, Misiones, Salta y Corrientes. En esta última se esperaba una afluencia mayor a las urnas porque se elegía gobernador. Sin embargo, la participación no superó el 65%. Desde hace años los votos en blanco e impugnados son ninguneados mediáticamente para no opacar la fiesta de la democracia. En esta oportunidad, la suma de ambos alcanzó un relevante 7% a nivel nacional que fue interpretado por diversos medios como votos dirigidos contra el gobierno que no logran ser captados por las fuerzas opositoras. Aunque en el “voto bronca” cabe de todo, en definitiva se trata de un fuerte descontento general y no simplemente de temor y apatía producto del coronavirus.

De este descontento han sabido aprovecharse algunos candidatos presentándose como “antipolíticos”. Si bien es un posicionamiento compartido por varios candidatos de izquierda a derecha que buscan sacar tajada del cansancio, fue la fuerza política “La libertad avanza” en la ciudad de Buenos Aires, la que obtuvo mejores resultados en este sentido. Esto podría ser simplemente una curiosidad coyuntural, de no ser porque Trump y Bolsonaro llegaron al poder apelando a dicho sentimiento de descreimiento en los políticos, aunque no en el orden social. Por el momento parece lejana esta posibilidad, a la vez que una parte del caudal de votos de dicha fuerza política se debe a la novedad y a un rechazo de lo establecido (completamente limitado, claro está), más que una adhesión a ciertos postulados liberales o de derecha que promueven este tipo de candidatos.

«Vamos a dinamitar el sistema» gritó Javier Milei en campaña, quien se decía anarcocapitalista y ahora es la sorpresa de las elecciones. No es el primero que dice odiar a la “casta política” y tener que «meterse en el barro de la política para luchar por la libertad y para construir el país que nos merecemos como sociedad». De izquierda a derecha siempre usan la misma metáfora. El personaje en cuestión dijo que su proyecto de país «se resume en una sola consigna: primero estás vos». Y esa es la tónica de la campaña, porque es la tónica de nuestro tiempo. Así puede pensar incluso la mayoría de quienes se asustan de estos nuevos personajes: “primero yo”. Es el mismo ridículo que habla de clase política, en sintonía con quienes afirman el fin de las clases sociales, e inventan nuevas “clases”, ya sea una casta, una élite o unos chetos. Es la misma lógica absurda que se preocupa por los personajes, sus biografías y las características personales, y no por el rol de los funcionarios estatales, justamente, en la máquina estatal. Sobre esa base se asientan las campañas electorales.

Volviendo al outsider economista, este afirmó en conferencia de prensa el domingo tras las elecciones que «no es un problema de personas sino de ideas». En realidad, su discurso se nutre de ambas cuestiones, y aparece tanto la crítica a los políticos ineptos y corruptos, como un profundo idealismo que, como tal, está lejos de comprender lo que está ocurriendo. Su incansable discusión de ideas en los medios se ha basado en citar datos de la realidad seguidos de postulados y conceptualizaciones tautológicas, muy propias del pensamiento económico liberal y que nada explican sobre la dinámica social.(1)

Este discurso, a su vez, se ha moderado en su incursión política, apelando cada vez más a las emociones, al «despertar de los leones de la libertad». Pero no nos detenemos en este suceso electoral únicamente por su peso propio, sino por su relación con la política en general. Cuando el idealismo demócrata y progresista comienza a ser insostenible, qué mejor que un buen contrincante que le permita seguir luchando en su propio terreno, para seguir evitando un desborde social. Y así nos llamarán a hacer frente contra la derecha, junto a una parte de los verdugos del pueblo, así hablarán de “fascismo” para llamar a hacer un Frente antifascista con quienes hoy nos gobiernan y explotan.

Diferentes caras, diferentes personajes para gestionar y administrar la normalidad capitalista. Esa que a veces señalamos como extractivista, injusta, machista, represiva, especuladora, racista. Esa de la cual denunciamos sus supuestos excesos, que en verdad no son más que su esencia. La pregunta del qué ha sido reemplazada por el cómo: ya no se pregunta qué tipo de sociedad es esta, sino cómo puede ser llevada adelante.

Como decíamos en el artículo Repres(entac)iones en el nro. 62 de este boletín: Esta sociedad mercantil generalizada es una sociedad de la representación. No simplemente por la democracia representativa o por la importancia de las apariencias. Es que, el corazón de este mundo, la mercancía, se muestra con un rostro que no es el suyo y nunca expresa su naturaleza profunda. Las mercancías no se detienen, en el momento del intercambio, a decirse qué son. Se relacionan entre sí en función de una forma exterior, de un envoltorio: cada una envuelve una porción de trabajo que le es indiferente. Y puesto que todo es mercancía, nuestro mundo es una sociedad de la representación. 

 

Notas:
(1)
Sobre los argumentos liberales más comunes hemos reflexionado en el nro. 11 de Cuadernos de Negación. Se trata de los apartados Críticas a las críticas de las teorías marxianas del valor y Minusvalías.

viernes, 27 de noviembre de 2020

TIEMPOS DE MODERACIONES PROGRESISTAS

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La política está agitada a lo largo del continente: elecciones, referéndums, revocaciones y acalorados debates locales sobre leyes “históricas” que no cambian ni un poco el curso de la historia. En el fondo, nada trascendental se está definiendo. Desde el Estado nos dicen que son tiempos de moderación y conciliación. No es momento de grandes cambios, sino de cómo hacer para que, a pesar de la catástrofe, nada cambie. Eso es lo que importa a la burguesía en contextos como el presente.

La clase dominante ha tomado nota de los últimos sacudones sociales y trata de mantener la calma al menor costo posible. Y si algo cuesta poco cuando ya no queda mucho por repartir, son las palabras, tanto de sus discursos, como las de la letra muerta de las leyes que nos invitan a acompañar, y que muchos sectores piden a gritos. Es por eso que se reimpone el progresismo como mejor opción para los tiempos que corren. Una canalización estatal de rostro amable ante la desocupación, el hambre, el descontento, la represión, y las medidas pandémicas que completan la catástrofe capitalista cotidiana.

Bolivia: MAS no se puede

El 18 de octubre se realizaron las elecciones generales para elegir al presidente, vice, senadores y diputados. Como presidente resultó elegido en primera vuelta Luis Arce, del Movimiento al Socialismo (MAS), quien obtuvo 55,1% de los votos. Arce ya fue ministro de Economía y aclamado por la burguesía internacional. «El hombre detrás del éxito de Evo Morales», titulaba hace cuatro años The Wall Street Journal.

Extraño “golpe de Estado” aquel que llama a elecciones, pierde y se retira democráticamente. El derrocado Evo Morales, tras una revuelta no iniciada por quienes luego gobernaron, fue la mejor carta para la modernización capitalista de las últimas décadas en la región, en sintonía con el progresismo latinoamericano.(1) Hoy el mejor es Arce, un personaje más tibio, que será el encargado de llevar adelante el ajuste en Bolivia con los menores sobresaltos posibles. Deberá recurrir al ejército “golpista” para repartir comida, destruir aún más la región para extraer litio, administrar, gestionar y reprimir. Y no porque sea igual a la primera “dictadora” latinoamericana Jeanine Áñez, justamente la virtud de los mandatarios estatales reside en su alternancia y en las necesarias diferencias.

Estamos asistiendo a un proceso regional donde dicha alternancia se presenta como fundamental para el mantenimiento del orden. El llamado “socialismo del siglo XXI” ha dejado de estar en la boca de los mandatarios progresistas de Latinoamérica. A excepción del desopilante y hambreador gobierno de Maduro, el resto de asesinos y represores ha bajado el nivel de beligerancia. La necesidad de “sacar a la derecha y los golpistas” justifica una moderación cada vez mayor para garantizar gobernabilidad, que se sostiene gracias a la “amenaza latente” de la derecha. Por eso, el mal menor es aceptado cada vez más sin chistar, mientras se va pareciendo cada vez más al mal mayor que tanto se dice evitar.

El descontento que había en Bolivia con el gobierno de Morales previo al “golpe” fue encausado nuevamente gracias a la polarización política. La derecha, con sus políticas represivas y de ajuste más directas, parece haber funcionado como un castigo aleccionador para que el progresismo retorne y sea abrazado nuevamente en su versión menos izquierdista. El problema, entonces, no es la derecha: es la burguesía. Y tampoco es un problema boliviano. En esta región hemos asistido a un proceso similar en la sucesión Fernández-Macri-Fernández. Y acá también cualquiera es acusado de “golpista” por el gobierno o la izquierda, se trate de un youtuber reaccionario o las manifestaciones algo desquiciadas que exigen el fin de la cuarentena en nombre de las libertades individuales y la propiedad privada. Estas acusaciones sobre dichos sectores minoritarios, y por ahora bastante inofensivos, son completamente trasladables a cualquier lucha proletaria que vaya más allá de los canales instituidos. Es por todo esto que intentamos sacar algunas lecciones, tanto dentro como fuera de Bolivia.

Queremos referirnos a realidades colectivas y no a simples identidades políticas. Que Camacho, Áñez y demás comeostias generen asco e ira no es suficiente para hacer un frente amplio contra ellos. Esos frentes difusos y tan amplios que permiten una cosa y su contrario son desde hace años los rectores de los movimientos sociales. Nos advierten, a la hora de protestar masivamente, que seremos tratados como “golpistas” por sus fuerzas del orden democráticas, torturadoras y desaparecedoras.

Chile: la represión de las urnas

El plebiscito nacional de Chile de 2020 fue un referéndum convocado para el 25 de octubre con el objeto de determinar si la ciudadanía estaba de acuerdo con iniciar un proceso constituyente para generar una nueva Constitución. A casi un año del comienzo del estallido social en Chile, llorando los muertos y con cientos de presos por las revueltas, se habla de apruebo o rechazo “la Constitución de Pinochet”. El apruebo a «¿Quiere usted una nueva Constitución?» ganó con el 78%, aunque cabe recordar que la participación fue del 50% del padrón electoral. Una “fiesta de la democracia” con relativa asistencia.

«Hoy ha triunfado la ciudadanía y la democracia» dijo el presidente Sebastián Piñera, en un discurso utilizable para cualquier ocasión de votaciones en cualquier país de Occidente. Pese a su falta de originalidad, no ha mentido: de eso se trata la ciudadanía y la democracia, de tratar formalmente iguales a quienes se saben socialmente desiguales. Aunque las únicas comunas del país donde ganó el rechazo son las más ricas, o donde se sitúan bases militares, eso no es suficiente ni acertado para exponer una supuesta posición de clase en las urnas.

Si bien es una forma de canalizar la lucha colectiva en una salida institucional, este referéndum no es ni el comienzo ni el final. Podríamos pensar que se trata de una derrota, pero es tan solo un momento de la lucha de largo aliento que sucede en aquella región. Ahora, cabe reflexionar acerca de las debilidades que hacen que una lucha colectiva sin dirigentes estatales, espontánea y multiforme sea tan fácilmente canalizable. En caso contrario, las revueltas tan solo ocurrirán como un hecho tras otro sin que hagamos el balance necesario para poder avanzar. Nuestro horizonte no puede ser simplemente la movilización, el conflicto o incluso el enfrentamiento con las fuerzas represivas: esos son los caminos inevitables, pero la solución está más allá de eso.

«Para la gran mayoría de los grupos extraparlamentarios de izquierda, la única salida para el actual conflicto social en curso es la realización de una “Asamblea Popular Constituyente”, es decir, una Asamblea Constituyente “de verdad” que refunde el Estado, asumiendo en general que éste poseería un carácter neutro o factible de dar respuesta positiva a las “demandas populares” (…)

La ingenuidad de los sectores que defienden este tipo de perspectivas nos parece brutalmente peligrosa, ya que siembra la ilusión de que es posible realizar cambios dentro de los márgenes estrechos de la dictadura del mundo mercantil. No basta con una “mayoría” participando de un movimiento social “genuinamente democrático” para imponer nuestras reivindicaciones. Más temprano que tarde, este delirio se derrumbará y llegará el momento de ir por todo, o sucumbir ante la barbarie que acecha el porvenir.» (2)

Estados Unidos: el mayor mal menor

Luego de varios días de recuento de votos y de que Trump digiriera su derrota, finalmente se supo que ganó Biden del Partido demócrata. Ante la ida del republicano festejan muchos: progresistas de todo color, izquierdistas, trotskistas, kirchneristas y antikirchneristas.

La política de la identidad ha hecho estragos en la mentalidad de izquierdas, si es que esa clasificación aún sirve. Antirracistas y feministas festejan que haya una vicepresidenta negra en uno de los países gendarme de este mundo. Como si el color de piel o los genitales de un funcionario pudiesen cambiar la naturaleza del Estado, como si las funciones en un gobierno dependieran plenamente del genio individual.

La perspectiva de clase ha sido reemplazada por una perspectiva identitaria. No se trata de que la perspectiva de clase rechace o pretenda integrar las cuestiones raciales o de género, sino de que justamente el proletariado comprende esas realidades también. No se pueden pensar las problemáticas particulares “más allá de las clases”, sino apuntar a una comprensión global de la sociedad capitalista.

Cuando Trump ganó las elecciones publicamos un artículo que vale la pena recordar,(3) allí señalábamos que Obama se retiró de la presidencia de los Estados Unidos con un récord de inmigrantes deportados. Lo hizo, aunque no lo haya declarado de manera ofensiva y hasta ridícula en su campaña. Trump había prometido en su campaña anterior 11 millones de deportaciones, pero no cumplió. Se mantuvo incluso por debajo de la media anual de sus antecesores. Si de algo se puede “enorgullecer” Trump respecto a su política migratoria, es del crecimiento de los arrestos de inmigrantes en los centros de detención fronterizos, de los que se han denunciado sus condiciones de hacinamiento.

Los datos, no obstante, parecen no importar cuando lo fundamental es “posicionarse políticamente”. Porque el votante de izquierda se siente satisfecho, piensa que deportar inmigrantes es “de derecha”, así como reprimir. En Argentina hasta hay quienes llegan a pensar que la legalización de la marihuana o el aborto no son cosas de la derecha. Pero basta recordar que fue el gobierno de Macri quien metió el proyecto del aborto en el Congreso, o su atención puesta en la cuestión trans. El imaginario cultural de izquierda también abruma en su superficialidad, como si los fachos no fumaran porro, como si cualquier vecino solidario perteneciera al “campo popular”. Recordamos que en Argentina el pasado triunfo de Trump en 2016 fue festejado por el peronismo clásico, lo cual desorientó a las nuevas generaciones peronistas, que confunden a Evita con una feminista. Cuatro años de un exagerado y desagradable como Trump, más el triunfo de Biden-Harris, dejan allanado el camino para quienes gustan posicionarse “correctamente”.

Perú: no es solo corrupción

El día domingo 15 de noviembre renunció, tras menos de una semana en el cargo, el presidente Manuel Merino, quien había asumido luego de la destitución de Martín Vizcarra. La renuncia resultó de varias jornadas de movilizaciones y protestas que fueron acrecentándose en todo el país. El sábado 14 de noviembre se desató una feroz represión sobre los manifestantes, dejando un saldo de cientos de heridos y dos muertos: Inti Sotelo de 24 años y Jack Pintado de 22 años. El lunes el Congreso finalmente nombró como presidente a Francisco Sagasti, un personaje poco manchado por el historial de corrupción reciente, miembro del Partido Morado y de cierta impronta “renovadora”. En su cínico discurso homenajeó a los dos jóvenes asesinados a manos de la policía, los llamó “defensores de la democracia”, prometió apoyo a los heridos y pidió perdón a las familias de las víctimas en nombre del Estado. Otro ejemplo más de discursos moderados que acompañan la mano dura buscando garantizar la paz social.

Martín Vizcarra había asumido en 2018 tras la renuncia, también por causas de corrupción, del presidente electo en 2016 Pedro Pablo Kuczynski. Cuatro presidentes en dos años y medio, o tres presidentes en menos de una semana, traen algunos recuerdos por estos lados. Todo este proceso de crisis política tiene como trasfondo la crisis económica y social que azota la región, profundizada este año. Las movilizaciones vienen sucediéndose hace años desde diferentes sectores, poniendo mayoritariamente el eje en la corrupción del gobierno. Se han agitado consignas como “Que se vayan todos” pero con una impronta marcadamente ciudadanista, proponiendo una asamblea constituyente, una transformación de las instituciones y de la Constitución fujimorista de 1993 en pos de una renovación política.

Las últimas movilizaciones tras la designación de Merino se han extendido a más sectores de la población, rompiendo incipientemente con las fronteras pacíficas e institucionales de sindicatos, partidos y organizaciones civiles de “Lucha contra la corrupción”.

La situación parece haberse calmado por el momento con el recambio presidencial, pero ningún problema de fondo ha sido resuelto. Este estallido, así como las recientes movilizaciones en Guatemala contra el ajuste y la corrupción, tienen diferentes detonantes pero surgen de una misma situación explosiva que se impone en todas partes y que el aturdimiento basado en estadísticas sanitarias ya no puede tapar.

Argentina: nada fuera del Estado

En Argentina se aprobó en diputados el proyecto de ley oficialista de impuesto a las grandes fortunas, entendido como un aporte “solidario”, a realizarse por única vez, con el objetivo de paliar los “efectos del coronavirus”. Esta nueva medida es anunciada con bombos y platillos por los sectores progresistas del gobierno como una defensa de los trabajadores y una “redistribución de la riqueza”, acompañada en la calle por una “caravana de la militancia” con su epicentro en el Congreso y replicada en diversas partes del país. Todo el aparato dispuesto para dejar en claro lo popular de la medida. En este sentido, medios oficialistas y portavoces del gobierno se obstinaron en discutir con el Frente de Izquierda, cuyos diputados decidieron abstenerse por considerarlo insuficiente y tener un proyecto de ley propio con el que han insistido desde comienzos de la cuarentena. Mientras tanto, diputados impulsores de la ley oficialista como Carlos Heller aclaran hasta el cansancio que solo afecta en porcentajes reducidos, escalonados y por única vez, a las riquezas de unos 9000 empresarios, aproximadamente. No vaya a ser cosa que los bombos de la justicia social opaquen la búsqueda de conciliación y paz entre clases.

Concretamente, de aprobarse en el Senado y finalmente aplicarse, con la ley se recaudarán aproximadamente unos 300 mil millones de pesos, destinados a créditos y subsidios para Pymes (20%), financiar obras de YPF (25%), urbanización (15%), implementos sanitarios (20%) y planes Progresar de ayuda a estudiantes (20%). Es decir, poca plata que en su mayoría se reparte entre la misma burguesía.

Mientras estamos sufriendo las consecuencias de una profunda crisis económica y un ajuste aleccionador con represión, despidos, inflación y aumentos insultantes en sueldos y jubilaciones, sectores del gobierno se dedican a montar espectáculos lamentables orientados a disimular la situación. Mientras se reprimía ferozmente en Guernica, personajes como Grabois hacían el ridículo interfiriendo en defensa de Dolores Etchevehere en una disputa con sus hermanos por una parte de su herencia. Ahora fue el turno de la caravana de la militancia en apoyo al impuesto, en las próximas semanas será el turno de la ley del aborto en lo que será otro intento por apaciguar los ánimos sociales con concesiones completamente integradas a la lógica dominante.(4) Se hace notorio cómo el gobierno, hacia fin de año y habiendo quitado el IFE, con récords de desocupación y tras levantar el aislamiento, busca reforzar el orden canalizando a todas sus filas hacia el plano institucional, apoyando desde la calle a tal o cual ley mientras la realidad social es cada vez más desastrosa. Vía libre a la movilización, siempre que sea en apoyo al propio gobierno.

Una vez más, debemos insistir en que el problema no es tal o cual ley, sino la Ley misma. No se trata de mejores leyes con verdadero apoyo en las calles, sino que la lucha debe tomar otro camino para que nuestros problemas se solucionen realmente. En este sentido la reflexión acerca del funcionamiento de la producción capitalista tiene mucho que aportar al momento de la lucha, donde todo tipo de consignas prefabricadas se repiten una y otra vez. La discusión sobre un impuesto a las grandes fortunas y la redistribución de la riqueza requiere de ciertas precisiones. Si el proyecto del gobierno finalmente se efectiviza es debido justamente a las características que mencionábamos más arriba. La izquierda tiene su propio proyecto, de mayor alcance, para que por primera vez se cumpla aquello de “que la crisis la paguen los capitalistas”. Pero, por más lindo que suene, es completamente impracticable hacer una verdadera quita a la burguesía desde el propio Estado en un contexto como este y además pretender que eso se reparta entre los proletarios. Cuando decimos esto, no lo hacemos desde el clásico posibilismo que limita las luchas, sino que lo hacemos desde un análisis de las relaciones de producción capitalistas, para no ilusionarnos con propuestas que en el fondo solo buscan juntar votos y sumar militantes. Nosotros agitamos la necesidad de la revolución social, asumiendo las dificultades que implica una perspectiva revolucionaria en contextos de pacificación social.

En primer lugar, no hay que perder nunca de vista que el patrimonio de la burguesía es producto de la explotación y desposesión de generaciones proletarias. Por otro lado, la riqueza en el capitalismo no funciona como atesoramiento más que en una pequeña parte, sino como Capital, como valor que se valoriza. Por eso, un impuesto más extensivo como se propone no afectaría meramente al patrimonio de cada gran empresario, como si les sacaran ahorros de abajo del colchón o una cuenta oculta, una mansión o un yate. Los burgueses no se caracterizan por tener la mayoría de su dinero ocioso, sino que, para mantenerse como tales, invierten constantemente en Capital. Si el impuesto afectara esa parte destinada a la valorización del capital, esto supondría reducciones en las empresas, despidos, etc. El Estado no puede quitar mucho a las empresas en tiempos de crisis, de hecho, subsidia muchas de ellas de manera corriente, y más aún en contextos como este, como fue el caso del pago de parte de los salarios y las cargas sociales durante el aislamiento. Dicho de otro modo, las empresas solo pueden pagar más cuando ganan mucho, cuando existe una alta tasa de ganancia en el sector. De otro modo, las empresas quiebran, y ya sabemos lo que esto significa.

Entender algo no significa aceptarlo. Así como no aceptamos el desempleo pero sabemos que nunca habrá trabajo para todos. Así como aborrecemos la miseria pero sabemos que es constitutiva del orden capitalista. Expropiar a la burguesía es deseable y necesario en un contexto de lucha y a manos de los proletarios. Expropiar a ciertos burgueses a manos del Estado o llevarlos a la quiebra en un contexto como este solo significa empeorar la situación, reforzando el poder del Estado que va a tener algo más que repartir a algunos proletarios mientras deja a otros en la calle. Por eso las crisis no las pagan los capitalistas, por eso los compromisos de deuda se van pagando o renegociando, por eso no se puede cobrar un “verdadero” impuesto a la riqueza. Las propuestas que afirman lo contrario son utópicas y reaccionarias, y conducen a una perspectiva cada vez más estatista, nacionalista y electoralista. ¿Impuesto a la riqueza cuando a los salarios se los devora la inflación con la complicidad sindical? Nos quieren dejar impotentes frente a una gran cortina de humo que se suma al que el Estado dejó crecer durante todo el año en las islas del Río Paraná y las sierras cordobesas.

Bajo el capitalismo todo aspecto de la vida busca ser escindido y luego mediado por sus propias instituciones para dejarnos lo más débiles y frágiles posibles. Nos decían que estábamos indefensos frente al coronavirus y que confiáramos en el Estado maternal que priorizaba la vida frente a la economía. Finalmente, atendiendo a las estadísticas oficiales, la Argentina “modelo” no ha quedado bien posicionada a nivel mundial. Solo nos encerraron instalando el terror en la población, mientras hicieron poco y nada en materia sanitaria. Ahora llegó el momento de abrir por completo porque no tienen opción, con las vacunas como pronta salvación. La respuesta siempre tiene que estar afuera, sea en el Estado o la ciencia, pero nunca en nosotros mismos. Quedará la duda, en materia inmunitaria, de cuáles hubiesen sido los efectos de haber tenido otra relación con el virus, sobre el cual sigue habiendo pocas respuestas. De lo que no quedan dudas es que el encierro ha profundizado nuestras debilidades como clase y que la moderación progresista solo puede llevarnos a la paz de los cementerios.

 

Notas:
(1) Ver Bolivia: Revuelta y Golpe de Estado (La Oveja Negra nro. 66, noviembre de 2019)
(2) Ya no hay vuelta atrás, nro. especial: La democracia es el orden del Capital: apuntes contra la trampa constituyente.
(3) EE.UU.: Nuevo presidente (La Oveja Negra nro. 44, diciembre de 2016)
(4) Ver Aborto: cuestión social (La Oveja Negra nro.54, abril de 2018

sábado, 14 de septiembre de 2019

NUEVA TRANSACCIÓN DEMOCRÁTICA

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La crisis no van a pagarla los capitalistas. La burguesía jamás ha pagado ninguna crisis y no parece que vayan a pagarla. Individualmente algún burgués fracasará en cierto negocio, otro perderá algunos millones. Socialmente el peso de la crisis lo aguantaremos el proletariado. Nos aplastarán a cada franja proletaria un poco más en nuestra existencia. Quienes tenían poco tendrán menos y quienes tenían casi nada caerán en la miseria absoluta.

De las crisis cíclicas se sale con ajustes, es decir, bajando los salarios y reprimiendo. Estas medidas no se deciden necesariamente en una cámara de representantes de ese pueblo que no delibera ni gobierna. No fue magia ni es la inutilidad o inexperiencia del actual presidente, es el Capital mundial el que baja los sueldos y a su vez exige garantías para su desarrollo, a saber: represión y condiciones legales (leyes antiterroristas, reforma laboral y reforma previsional).

Así funciona el Capital y mientras exista habrá crisis. Comprenderlo no significa denunciarlo y complacerse apáticamente en su funcionamiento. De lo que se trata es de no pedirle peras al olmo, de no conciliar con quienes nos explotan, ni depositar esperanzas en quienes siempre mienten. De entender que solo imponiendo nuestras necesidades se puede hacer frente a un ajuste y que, sin embargo, solo en una ruptura total con este modo de producción explotador van a terminar las crisis y los ajustes.

En la parcela argentina, pasadas algunas horas del cierre del circo electoral de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias realizadas el 11 de agosto, donde la fórmula opositora alcanzó una amplia victoria, hubo una brusca devaluación del peso respecto al dólar con su consecuente aumento en el costo de vida.

Al evidente problema que representa sobrevivir una crisis económica se le suma el tener que escuchar tanta boludez al respecto. Las discusiones se dan en el lenguaje del enemigo y en su terreno. Las culpabilizaciones entre un sector y otro de la burguesía no son más que la coartada de su verdadera disputa de fondo: cómo se reparten el fruto de la explotación que sufrimos a diario.

Las urnas en lugar de las calles, la pelea interburguesa en lugar de la lucha abierta de clases, los discursos en lugar de la realidad, todas buscando explicar o justificar nuestras miserias con las figuritas de siempre: la “economía nacional”, la “situación de los argentinos” o la “realidad del país”, siempre negando la existencia de clases sociales e intentando hacernos creer que gobernantes, empresarios y explotados sufrimos por igual.

Los ciudadanos que habían votado contra el ajuste llamaron a no movilizar contra el ajuste. Acusando de provocadores, de funcionales al gobierno a quienes sufrimos la explotación. Inclusive algunos de quienes sufren este ajuste en carne propia no quieren ensuciar la transición democrática. El respeto por el Estado y sus instituciones se convierte en un argumento clave para una gobernabilidad que se espera exitosa. Entonces las esperanzas en el nuevo gobierno se traducen en aguantar la transición como sea. Desde este gran constructo ideológico es posible que haya felicidad y esperanza por la victoria electoral de la oposición y, sobre todo, que estas persistan a pesar de una devaluación del 30%. Esperanza que se aferra a un relato donde los gobiernos kirchneristas aparecen como un pasado inmediato que ha sido idealizado, principalmente en torno al aumento de los salarios y los niveles de consumo. Pero se olvida que ese aumento fue a partir de un descenso brutal durante los gobiernos anteriores que nunca llegó a recuperarse realmente.

Mientras se recuerda lo “ganado” se olvida cada vez más que ningún gobierno o burgués regala nada por que sí. Se olvidan las grandes manifestaciones por «que se vayan todos», se olvidan los movimientos de trabajadores desocupados, los espacios de discusión y organización que existían en muchos ámbitos de sociabilidad proletaria, las faltas de respeto frente a las instituciones y la propiedad privada. Ese pasado de lucha se recuerda solo como un pasado de miseria. Y las consignas e instancias organizativas, como un estadio de inmadurez política, un mal necesario frente a la incompetencia de la clase política.

El 15 de agosto y con el dólar a 60 pesos, Alberto Fernández aprobó el ajuste afirmando que «el dólar estaba retrasado y no se podía contener con fórceps. Hoy digo que el dólar tiene un valor razonable, no hay argumentos para que siga aumentando. Esas cosas a nadie le hacen bien». Esto lo señalamos, no para decir que todos los políticos son lo mismo, sino para comprender la continuidad entre un gobierno y otro. El ampliamente probable futuro presidente de la Argentina festeja el ajuste económico aprobando un nuevo descenso del salario real producto de la devaluación del peso que ya prometía en su campaña, para realizar la ansiada “lluvia de inversiones” incentivada por salarios bajos en dólares y fomentar las exportaciones.

La complementariedad de gobiernos es evidente pese a las aparentes diferencias. Y así como el gobierno de Macri recibió de los gobiernos Kirchner-Fernández una región amansada e institucionalizada en lo que a conflictividad social se refiere, el próximo gobierno recibirá de Macri una fuerza de trabajo brutalmente abaratada, que quizás en algún momento recupere algo de poder adquisitivo pero que no alcanzará el nivel del cual se partió, tal como viene sucediendo entre cada nuevo mandato y el anterior.

Permanentemente nos dictan lo contrario: reducir la situación actual a un problema de gestión política. Si seguimos poniendo el énfasis en cuestiones como políticas monetarias, deuda externa o «la deuda es con el pueblo y no con el FMI», etc., nos adentramos en un callejón sin salida para nuestra clase.

Es el Capital en tanto sujeto automático el que determina, en su sed de valorización, la dinámica de las relaciones sociales y, por tanto, las cuestiones políticas.(1) Es la búsqueda del Capital por nuevas esferas de valorización la que explica las deforestaciones y la destrucción de la Tierra en general. Es su búsqueda abstracta de valor la que destroza lo concreto y que, a su vez, promueve el desarrollo del capital financiero a escalas insólitas. Pero mientras este último se presenta como la panacea capitalista de generar dinero solo a partir del dinero, recordaremos una vez más que somos la clase proletaria quien no para de sufrir y amortiguar sus sucesivas crisis con el aumento de nuestra explotación a nivel mundial, a través del incremento sideral de los alimentos y alquileres, procesos de inflación descontrolada y la disminución de la calidad de todo lo producido.

Poco se habla del lugar que tiene Argentina en el mercado mundial, de los precios internacionales de los granos, es decir, del mandato del Capital mundial para los gobiernos argentinos y los capitalistas que operan en este territorio. Mandato que no ha cambiado sustancialmente en los últimos años y donde el margen de actuación de los gobiernos es cada vez menor. De hecho, las últimas décadas nos han demostrado que la alternancia política ha sido fundamental para la concreción de sucesivos ajustes y medidas de crisis, y no para ponerles un freno.

En este sentido, es imprescindible comprender el lugar que ocupan políticos, empresarios, banqueros y terratenientes como agentes del Capital. No por negar su responsabilidad, sino por comprender de qué son responsables. Es decir, luchar contra ellos y contra el orden que los contiene. Pero, por el contrario, la política insiste en la actuación de los gobernantes como determinantes del curso de nuestras vidas, a veces incluso con marcados personalismos.

Del mismo modo, la represión no puede entenderse como la suma de hechos aislados o como políticas de gobiernos determinados, sino como la naturaleza misma del Estado, en tanto monopolio de la violencia. Sabemos que sus atropellos no necesariamente se dictan a través de una orden judicial, se amparan en una ley o decreto. Incluso, que no son únicamente las fuerzas estatales las que llevan a cabo las represiones, en innumerables ocasiones las terceriza en sus patotas sindicales u otras mafias. Pero, a fin de cuentas, todo hecho represivo responde a una violencia sistemática del Estado para el mantenimiento del orden capitalista y democrático. La represión viene a terminar el trabajo que el disciplinamiento no pudo realizar y funciona a su vez como advertencia.

Recientemente en Chubut una patota del sindicato de petroleros irrumpió en el corte de ruta que realizaban trabajadores y trabajadoras docentes y estatales para desalojarlos. Hubo golpes, empujones, pisoteadas y tiros al aire. Los manifestantes fueron muy claros: «el Estado estuvo al servicio del ataque», y agregaron que «Federico Massoni, el ministro de gabinete, habría sido testigo presencial del ataque, o dirigido él mismo, ya que su camioneta estaba presente».

Aunque ya salió de la escasa repercusión mediática, cabe recordar que el 22 de agosto personal de seguridad y un empleado de un supermercado Coto en Buenos Aires dieron muerte a un hombre de 70 años acusado de robar queso, aceite y un chocolate, y peor aún ante la mirada de los compradores. Al otro día, en un escrache a dicho supermercado, un cartel decía: «Si Coto mantuvo un arsenal dispuesto a matar frente a los saqueos ¿Qué te hace pensar que no es capaz de matar a un anciano a golpes por una botella de aceite?»

Por aquellos días un policía asesinó a un hombre de una patada en el pecho en plena calle y frente a las cámaras de seguridad quedando todo registrado. Otra imagen que recorrió las pantallas y pronto se olvidó. La ministra de seguridad Patricia Bullrich como es ya de costumbre rápidamente defendió al asesino recordando para qué está el Estado.

Cuando hablamos de sociedad capitalista, es decir, de propiedad privada, Estado, mercancía, fetichismo, dictadura del valor, no hablamos más que de todo esto. En la destrucción del Amazonía y en unos empleados matando a un jubilado por robar un chocolate rige la misma lógica de la normalidad capitalista, la que dicta que las mercancías son más importantes que los seres humanos, pero también que el resto de los animales, las selvas, los montes, los ríos, mares, océanos...

La mercancía es el corazón de un mundo sin corazón, donde se mata y se muere por el dios dinero. Nuestra misma existencia está cosificada, porque bajo el Capital somos cosas, y en no pocas ocasiones valemos menos que otras cosas. Al reducirnos a objetos y negarnos como sujetos es que el Capital logra erigirse como sujeto de la sociedad.


Nota:
(1) Desde la publicación Cuadernos de Negación hemos abordado estas cuestiones, particularmente en los números que van del 9 al 12.

domingo, 30 de junio de 2019

LA PAZ Y EL ORDEN

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Aún quedan en las calles de Rosario algunos carteles de las recientes elecciones provinciales. «Ahora la paz y el orden» prometía el candidato ganador, un “peronista de ley”.

Todos los representantes de las diferentes facciones de la clase dominante consciente de sus intereses históricos, del “Partido del Orden” a lo largo de la historia y a lo ancho del planeta han estado de acuerdo. Hacia mediados del siglo XIX, con el surgimiento de los Estados modernos, la dicotomía Civilización y Barbarie se hizo carne de organización. El positivismo racionalista e higienista trazó una línea, acá lo civilizado: el trabajo, la escuela, la iglesia, los puertos, la ciudad, los edificios monumentales, en el campo las estancias como apéndice de todo aquello. Más allá lo bárbaro: “los indios”, las poblaciones rurales rebeldes. La inmensidad de la naturaleza como desierto hostil. Lo que es necesario, controlar, domesticar, atemorizar, y en ocasiones eliminar.

«Paz y Administración» dictaba el genocida Roca; «Pacificación de la Araucanía» que llevó adelante Cornelio Saavedra Rodríguez; «Paz y Orden» era el lema de Porfirio Díaz en México; «Orden y Progreso» reza la bandera del Brasil.

A principios del XX, ya con el Estado afianzado, esta dicotomía continuó pero invertida: con el surgimiento del proletariado organizado, la ciudad con sus barrios obreros llenos de mugre y conventillos sobrepoblados empezó a ser vista como corruptora y el campo y sus habitantes como lo cándido, reservorio de los más puros valores nacionales. Obviamente esto era falso, los peones rurales alzados en Santa Cruz y los obreros y hacheros rebeldes en Santa Fe no parecían muy dados al patriotismo… La clase dominante argentina hablaba del paso «de los malones indios, a los malones rojos».

Hoy los cinturones de miseria rodean las ciudades y los ex barrios obreros quedaron en decadencia. Las fábricas ya no echan humo, ya casi nadie tiene un trabajo para toda la vida. La desocupación, la precarización, la informalidad y la autoexplotación configuran hoy la vida proletaria. El mundo rural que nos rodea, más domesticado que nunca, es un enorme lote inhabitable, lleno de soja y veneno. El panorama ha cambiado, hoy la guerra de la Civilización contra la Barbarie es preventiva, contra la amenaza de un malón de pobres y hambrientos que la primera crea.

En el marco del año electoral, no es solo el gobierno de Cambiemos el que sigue apostando al “voto bala” y al “voto cárcel”, no son solo los reaccionarios de la unidad evangélico-católica o los nostálgicos de la Alianza Anticomunista Argentina. Cualquiera de los partidos democráticos que tengan una posibilidad real de ganar las elecciones debe prometer bala y cárcel, porque es lo que la mayoría del ganado electoral clama. Porque esa masa de explotados ha aprendido a naturalizar el robo sistemático y permanente de su vida y a horrorizarse por el robo de sus pocas pertenencias. Ante la violencia de “los choros” claman por el Estado, es decir, por el monopolio de violencia.

El Estado considera a su propia población como una amenaza. La seguridad interna y la defensa internacional se mezclan, el enemigo no es percibido como una potencia extranjera invasora, sino que estaría dentro. El método del enemigo interno, desarrollado por Francia en la guerra anticolonial en Argelia, es exportada a Latinoamérica en los 70. Solo que en la actualidad el enemigo trasciende la idea de un subversivo armado u organizado en una fábrica. Ahora serían directamente los pobres, organizados o no, a quienes controlar y eliminar.

«Todos los ciudadanos son iguales, pero algunos más que otros». Hay sectores de la clase explotada y oprimida que se llevan la peor parte: los jóvenes varones y desocupados de los barrios más pobres, quienes lideran desde hace años y ampliamente los casos de gatillo fácil y torturas a manos de las fuerzas estatales, los sectores pobres de las denominadas minorías sexuales y los miembros de comunidades indígenas, especialmente si resisten al Estado.

El decreto 683/2018, aprobado en julio del año pasado, permite la intervención de las Fuerzas Armadas en materia de la Ley de Seguridad Interior. Hablando claro, permite sacar los milicos a la calle ante las protestas sociales por el constante empeoramiento de las condiciones de vida, pero también les permite, y alienta, a movilizarlos a los territorios donde se llevan adelante diversas obras del Progreso como el yacimiento petrolífero Vaca Muerta.

Una guerra declarada

En septiembre de 2015 el entonces gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, recibió en Rosario a Elías Soae Freue, quien fue el encargado de organizar sistemas de seguridad con el involucramiento de los gobiernos locales, las fuerzas, y los vecinos. Desde 2008, Soae Freue trabaja con el Departamento de Cooperación Internacional del Ministerio Israelí de Relaciones Exteriores (MASHAV) en el asesoramiento a otros países para la concepción y consolidación de cuerpos de Policía Comunitaria, voluntariado vecinal, diseño de planes y modelos de prevención de violencia juvenil, deserción escolar y reinserción social de “jóvenes vulnerables”.

El gobierno provincial anunciaba descaradamente que «el programa Multipol es el mismo que fue empleado en Israel para generar un esquema de Policía Comunitaria en zonas conflictivas». Al respecto, Elías Soae Freue indicó que «este modelo fue implementado en ese país y en otras ciudades de Latinoamérica con resultados positivos». Pero ¿cuáles son las “zonas conflictivas” en Israel? Se trata lisa y llanamente de una fuerza de ocupación.

Santa Fe pionera e innovadora compró, literalmente, este modelo tres años antes de que Argentina firme su convenio con Israel. Ya en 2012, con la Ley de Emergencia en Seguridad bajo el brazo, la policía engordó con 4000 nuevos agentes, se instalaron las cámaras de seguridad que ya son parte del paisaje urbano y compraron dos carros hidrantes que esperan ser estrenados. A todo esto, hay que sumar que la cantidad de presos se duplicaron y no en relación al aumento del delito sino gracias a la gestión de seguridad que, prometían, traería paz, tranquilidad y orden a los vecinos.

Para febrero de este año se confirmó la instalación de una base de la DEA (Administración para el Control de Drogas, agencia del Departamento de Justicia de los Estados Unidos) en Misiones y en mayo la construcción de una “Sede de Ayuda Humanitaria” del Comando Sur del Ejército estadounidense, a tan solo 30 minutos del enorme yacimiento petrolífero Vaca Muerta.

Mientras tanto, y en pleno ajuste, el Ministerio de Seguridad que conduce Patricia Bullrich realizó numerosas compras de armamento, vehículos y drones a empresas e instituciones israelíes. Y que no se malinterprete, no se trata de un despilfarro ante el hambre, la desocupación y la miseria, se trata de una inversión ante los estallidos que pueden generar el hambre, la desocupación y la miseria. Se trata de prevenir el delito, el delito de la rebelión.

Independientemente de la facción del Partido del Orden que gobierne y gestione, la tendencia es la acción disuasiva y la represión. Mario Montoto es el proveedor ininterrumpido de todos los gobiernos desde Alfonsín en adelante, dueño de CODESUR, el principal empresario armamentístico del mercado nacional, también ex montonero como Bullrich, fue quien ofició de nexo entre Mauricio Macri y Netanyahu, presidente de Israel, en su reciente visita. Montoto es presidente de la Cámara de Comercio Argentino Israelí y por tanto responsable y beneficiario directo en la compra de armamento de última tecnología que produce ese país.

En esta guerra, en este territorio, el Estado argentino está rompiendo sus propios récords. El 22 de mayo Correpi (Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional) contabilizaba 26 muertes por gatillo fácil o en lugares de detención. No había terminado el mes y ya había más asesinados que días en el calendario. Durante 12 años se contabilizó un muerto cada 30 horas, bajando a 28 en 2015. En la transición entre los últimos años de Cristina Fernández de Kirchner y los primeros de Macri cada 25; en 2017 llegamos a la cifra de un muerto cada 23 horas, siendo actualmente de un asesinado cada 21 horas.

Sin embargo, como señalábamos hace algunos números atrás, no podemos olvidar el informe Basta de Asesinatos Laborales: una persona muerta cada 20 horas. Y la situación es aún peor porque, tal como señalan los realizadores de este informe, solo se incluyen los accidentes en el trabajo, excluyéndose los que sufren los trabajadores “en negro”, así como los llamados accidentes in itinere (en el viaje del hogar al trabajo y del trabajo al hogar) que son de una magnitud semejante a los accidentes en el trabajo. Por no hablar de todas las enfermedades mortales provocadas por la exposición repetida a una misma nocividad que luego no es directa ni formalmente vincula al trabajo en cuestión.

A fin de cuentas, de eso se trata todo esto: del mantenimiento del trabajo asalariado, de la propiedad privada y de una sociedad basada en la división de clases. Esa es la producción de cadáveres de esta industria de la seguridad. Ese es el genocidio silencioso y permanente de la sociedad capitalista. Por eso es un problema internacional y no simplemente local. Por eso compran armas a los Estados gendarmes del planeta, por eso vienen a Rosario los carabineros chilenos a dar cátedra de represión.

Por eso en mayo de este año en San Miguel del Monte, provincia de Buenos Aires, la policía asesinó a tres menores y un mayor, mientras que una chica quedó internada en estado muy delicado, quien está recuperándose favorablemente.

Rápidamente se derrumbó la insostenible versión policial, pero los pibes ya están muertos. «Auto se estrelló contra un camión con acoplado: 4 muertos» tituló el simpático diario Crónica. La realidad es que los pibes no pararon en un control y los balearon, hasta que asustados acabaron estrellándose contra un camión. Actualmente hay doce policías y un funcionario comunal detenidos, y otros cuatro agentes desplazados de sus funciones. Pero no se trata simplemente de una decisión aislada sino de una metodología de Estado. Podrán ir presos los verdugos que dispararon, pero no los funcionarios que dan la orden y mucho menos los burgueses que generan las condiciones propicias para estas carnicerías.

Días después de la masacre de Monte, la policía mató a un joven con varios tiros en el pecho en Tres de Febrero (provincia de Buenos Aires). Otra persecución policial que terminó en asesinato. Las cámaras de seguridad muestran cómo la policía disparó a jóvenes que se encontraban con las manos en alto. La versión policial intentó instalar que se trataba de una persecución luego de un robo a un supermercado por un “grupo comando”, pero no hubo robo tal como muestran las cámaras de vigilancia. Y para mayor maldad tuvieron presos a sus amigos por cinco días hasta que cayó el montaje del robo al supermercado. Como en el caso anterior, los hechos van siendo esclarecidos, pero la demostración de fuerza ya está hecha: pueden hacer lo que quieren y disponer de nuestras vidas, y esa es una forma de ejercer democráticamente el terrorismo de Estado.

Mientras cerrábamos este artículo, en Santiago del Estero la policía asesinó a Silvia Maldonado de 17 años. Dejó un hijo de dos años y una hijita de un mes. El 18 de junio, luego de agonizar dos días, murió. Vecinos y familiares se enfrentaron a la policía en la comisaría del barrio. No todo es complicidad y silencio.

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«Orden es esclavitud, el pensamiento encadenado, la degradación de la especie humana mantenida por la espada y el látigo. Es la repentina muerte por una explosión o la muerte lenta por sofoco de cientos de mineros que estallan o son enterrados cada año por la codicia de sus patrones, y son fusilados tan pronto como osan quejarse. (...) Desorden es el estallido de las más finas pasiones y los más grandes sacrificios, ¡es la épica del supremo amor a la humanidad!» expresaba Piotr Kropotkin.

A la «Paz y el Orden» de Porfirio Díaz, replicó Ricardo Flores Magón: «Y bien, predicar la paz es un crimen. Predicar la paz cuando el tirano nos deshonra imponiéndonos su voluntad; cuando el rico nos extorsiona hasta convertirnos en sus esclavos; cuando el Gobierno, y la Burguesía y el Clero matan toda aspiración y toda esperanza; predicar la paz en tales circunstancias es cobarde, es vil, es criminal. La paz con cadenas es una afrenta que se debe rechazar. Hay paz en la ergástula, hay paz en el cementerio, hay paz en el convento; pero esa paz no es vida (…). Una paz así, ¡maldita sea!»

jueves, 25 de abril de 2019

REPRES(ENTAC)IONES

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«Macrisis», «la policía de Mónica Fein», «la gendarmería de Bullrich», etc, etc, etc… ¿Cuándo fue que nos olvidamos que hay dos clases sociales con intereses antagónicos? ¿Cuándo fue que pensamos que el rumbo de un país lo define una persona o un grupo de personas? ¿Cuándo fue que comenzamos a preferir un gobernante a otro? ¿Cuándo fue que pensamos que hay sucesiones de gobiernos, pero no la continuidad del Estado?

Imaginemos por un momento una conversación entre dos esclavos discutiendo hasta el enojo por cual amo es mejor que el otro. Bien, es lo que a menudo hacen los esclavos asalariados.

Imaginemos a dos condenados a muerte, caminando hacia la silla eléctrica, la inyección letal o el hambre, nombrando las virtudes de sus verdugos. Eso es lo que hacen cotidianamente muchos de los condenados a trabajar hasta la muerte en el capitalismo. ¡Sí! trabajar hasta la muerte, o morir trabajando, o yendo o volviendo del trabajo, o antes de llegar a la siempre miserable, pero cada vez más lejana, jubilación. Por no hablar de quienes mueren por las penurias de la desocupación y la sucesión de trabajos informales…

Cuando dejemos de indignarnos por el “gobierno K”, el “gobierno de Macri” o el “gobierno narco–socialista” para hablar del gobierno a secas, del Estado y de la burguesía, se nos van a aclarar varios problemas. Porque no alcanza con decir que «Macri y Cristina son lo mismo» sin señalar que el problema no son los personajes sino la función que cumplen. A su vez, esa función requiere, evidentemente, que no sean exactamente lo mismo. Si lo fuesen, Macri y Cristina no podrían alternarse en el poder de acuerdo a las necesidades del Capital. Quienes sostienen que son lo mismo, son quienes quieren despejar el sillón presidencial para sentarse ellos. Para poner a la izquierda a administrar la gestión de la miseria, tener a su propio comandante en jefe, sus ministros de economía… Por eso no les molesta el rol, el papel que cumplen, solo les molesta quién lo cumple. ¿Acaso se puede hacer algo mejor en el rol de verdugo? ¿Ser más humanitario? ¿Menos verdugo?

Como ya sabemos «la injusticia no es anónima, tiene nombre y dirección» pero no basta con señalar a los responsables sin señalar su rol social. Cuando responsabilizamos al Estado y a todos sus funcionarios por sus actos más atroces, los mencionamos con nombre y apellido, como a la miserable Patricia Bullrich, para no olvidarnos que esos grises agentes del Capital son seres humanos de carne y hueso. Despersonalizar la historia es renunciar a actuar. No detestar a quienes nos gobiernan y explotan lleva al peor de los conformismos. Pero, una cosa es comprender esto y otra muy distinta es el pedido de renuncia o de justicia para luego, con cualquier “argumento”, cambiar al gobernante de turno dejando intacto su rol en la maquinaria.

En estas épocas de elecciones, tenemos que ver más allá del restringido panorama electoral que nos reduce a simples votantes, consumidores, trabajadores y nada más; tenemos que ver más allá del horizonte capitalista. Lo dice clarito la Constitución Nacional de la clase dominante: «el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de este, comete delito de sedición». Es como en el cristianismo: dios existe porque la biblia lo dice y, casualmente, dice también que los representantes de dios en la Tierra son aquellos que la escribieron. La democracia, tal como la fe religiosa, castiga sin piedad a los herejes.

Por eso hay desaparecidos en democracia, torturados en comisarías, personas pudriéndose en la cárcel, procesamientos. Todo lo que sea necesario para la defensa de la propiedad privada y de este orden de cosas, en un gobierno o en otro. Porque es una función de clase mantenernos a raya y mantener la desigualdad social. No hay sorpresa entonces entre un gobierno y otro. ¿Qué esperaban sino represión, opresión y explotación?

Resulta que, en épocas de crisis capitalista como la actual, hay más pobres. Pero a los “progres” parece no molestarle que haya pobres, sino que haya muchos, o que haya más que antes. Aceptan sin chistar la inequidad de esta sociedad, pero parece que cuando son tantos que ya empiezan a verse en sus ciudades o sus zonas de residencia es una molestia, y ponen el grito en el cielo. Traduzcamos sus reclamos a un lenguaje sencillo: «¡Queremos que haya menos pobres, pero no acabar con la pobreza porque no se puede! ¡Por eso hay que ser realistas y en las próximas elecciones votar a tal-o-cual candidato!»

Pero es necesario identificar que esta crisis no tiene nada de argentina, así como tampoco podría serlo su verdadera solución. Los funcionarios de este u otro país responden a los intereses de empresas transnacionales que, a imagen y semejanza del Capital, no tienen patria para sus ganancias, ni fronteras para los negocios. Así como también hay cada vez menos caras visibles tras el velo de los anónimos accionistas que están detrás de las corporaciones. El Capital tiene un funcionamiento cada vez más automático, donde sus agentes, sean empresarios o políticos, están determinados por la ganancia en su toma de decisiones. Su continuidad en sus miserables roles depende de su habilidad de gestionar y hacer crecer el Capital, lo cual incluye contener a los revoltosos.

Los ricos no van a pagar las crisis, nunca las han pagado y los perjudicados somos siempre y directamente las personas proletarizadas. Las crisis son intrínsecas a la economía capitalista y no se trata de la responsabilidad de tal o cual grupo de empresarios, banqueros o Estados. El enemigo es el Capital, nacional, extranjero, privado o estatal.

El enemigo es el Capital, sea extractivista o especulador. ¿Se han dado cuenta de que se habla de especuladores y extractivistas para tampoco hablar de capitalistas a secas? ¿Qué capitalista no es especulador o extractivista? ¿En qué momento del capitalismo no ha habido extracción de recursos naturales de la Tierra para vender en el mercado mundial? Nuevamente, a algunos no les preocupa esto, sino que una economía nacional se base en dicha extracción. Pero, además, hay un extractivismo permanente que no se nombra nunca: el de nuestras vidas, que se van en cada momento de explotación para agrandar las ganancias de la burguesía y mantener en pie todo el edificio que nos chupa la sangre, cuerpo y cerebro.

Mientras exista capitalismo continuaremos oponiéndonos a todo aumento de nuestra explotación, que sufrimos no solo a través de nuestros salarios, sino de los precios, la calidad de lo que consumimos y los impuestos que debemos pagar para vivir. Como decían por ahí, antes de ser anti-capitalistas el capitalismo es anti-nosotros. Sin embargo, mientras creamos que esto es responsabilidad de un sector político o empresario particular, seguiremos enredados en la dinámica capitalista, yendo de un amo a otro, buscando consuelo hasta la muerte.

Esta sociedad mercantil generalizada es una sociedad de la representación. No simplemente por la democracia representativa o por la importancia de las apariencias. Es que, el corazón de este mundo, la mercancía, se muestra con un rostro que no es el suyo y nunca expresa su naturaleza profunda. Las mercancías no se detienen, al momento del intercambio, a decirse qué son. Se relacionan entre sí en función de una forma exterior, de un envoltorio: cada una envuelve una porción de trabajo que le es indiferente. Y puesto que todo es mercancía, nuestro mundo es una sociedad de la representación.

Las relaciones sociales en el capitalismo se encuentran invertidas: son relaciones entre cosas donde los seres humanos somos reducidos a un medio. En tales circunstancias, no es de extrañar que las representaciones se confundan con lo representado, que los intereses de los gobernantes se confunden con los de los gobernados, los de los explotadores con los de los explotados. Y defendiendo a nuestros representantes nos olvidamos de defendernos a nosotros mismos.

sábado, 26 de enero de 2019

¿IDEOLOGÍA DE GÉNERO?

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Los sectores más reaccionarios de la sociedad argentina están insistentes con lo que han denominado, errónea, despectiva e inquisitorialmente, como “ideología de género”. Con esto, intentan atacar al movimiento de mujeres, las sexualidades que consideran disidentes, la educación sexual en las escuelas (o fuera de ellas) y cualquier expresión que atente contra su terrorismo normalizador, familiero y heterosexista. No entraremos en este artículo en las hipocresías cometidas por aquellos defensores de la familia, la heterosexualidad y la ley; pero sí intentaremos reflexionar sobre la reacción que se viene suscitando entre los sectores más retrógrados de la sociedad y la oposición a estos.

Ni el “matrimonio igualitario”, ni la aprobación del divorcio –en 1987– han sido un freno a la ganancia capitalista. De hecho, se han abierto nuevos mercados y mercantilizado más espacios sociales. El matrimonio homosexual finalmente ha sido autorizado, cuando la sociedad comprendió que la homosexualidad no era ninguna amenaza para el matrimonio, excepto para los valores innecesarios al capitalismo democrático moderno (que no reina en todo el planeta, eso está claro). Evidentemente, sigue siendo muy difícil ser homosexual en una ciudad pequeña o en algunos círculos, sean burgueses o proletarios. Pese a todo, el discurso oficial e incluso el gubernamental, así como la mayor parte de los medios de comunicación, celebran la igualdad, la apertura, las normas y el respeto a las diferencias. Y de pronto, son «los fachos» los que se hacen los inconformistas.(1)

Podemos suponer que se debe a que, en esta región, estos buenos conservadores solo conocen lo que el capitalismo ha sido hasta ahora: entre otras cosas, gracias al fundamentalismo familiar, la empresa religiosa, la división sexual del trabajo, el machismo y la educación antisexual sea estatal o privada. Por este motivo se aferran a ese ideal con uñas y dientes.

Esta disputa interburguesa entre conservadores y progresistas se ve teñida por el identitarismo tan caro a nuestra época. La derecha religiosa, los nostálgicos de los regímenes de corte fascista, presionan a sus propios rebaños a alinearse en torno a una identidad que traspasa los argumentos para ejercer control sobre sus súbditos, pero también para exhibir ese control ante sus adversarios. A los soldados que combaten por un ideal se les reparten insignias no se los incita a reflexionar.

El primer día de este año Jair Bolsonaro, nuevo abanderado de la reacción por estas tierras, asumió la presidencia del Brasil. Comenzó fuerte: «Vamos a unir al pueblo, a valorar la familia, respetar las religiones y nuestras tradiciones judeocristianas, combatir la ideología de género, conservando nuestros valores». Y también vociferó que «Brasil volverá a ser un país libre de amarras ideológicas». Mientras que Damares Alves, pastora evangélica y actual ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, gritaba alegremente: «Atención, atención. Comienza una nueva era. Los niños visten de azul, las niñas de rosa».

Ironías de la vida, podemos afirmar que estos funcionarios, los de las campañas de «con mis hijos no te metas», los que reparten globos rosas o celestes en las calles, y demás personajes, son justamente los defensores de algo que podría denominarse “ideología de género”... justamente aquellos que la señalan como un peligro.

Porque el género no es natural y los defensores de su naturalidad son en verdad quienes afirman estupideces tales como «el diseño original de la familia tal como Dios la creó». Sin duda no pueden más que defender lo existente, que ha sido impuesto históricamente y es no un «orden natural».

Es en el Génesis, primer libro del Antiguo Testamento, y la Torá donde se escribe: «Y Dios creó al hombre a su imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó». Pero la historia no sucede de tal manera. Ha habido millones de años de evolución y limitándonos solo a los últimos siglos hemos atravesado fuertes transformaciones sociales, por lo que “ser hombre” o “ser mujer” tampoco tiene las mismas significaciones en diversos momentos o espacios geográficos. Solo en las explicaciones bíblicas los hechos ocurren de un momento a otro, y puede crearse un mundo en seis días según los caprichos de un solo individuo, representado en dios.

Vastos sectores de la clase dominante en el capitalismo, es decir la burguesía, para perpetuar el mundo en función de su imagen y sus intereses pretenden naturalizar permanentemente las relaciones sociales existentes. Esta naturalización es llevada adelante por científicos, periodistas, curas, intelectuales y políticos, por la industria del cine y la televisión, pero también activamente por vastos sectores de la clase explotada que evidentemente no pueden más que apropiarse de la ideología de la clase dominante. Así se impone la idea según la cual el mundo siempre fue y será como es ahora o, mejor dicho, como la imagen idealizada del presente que se nos inculca y, por ello, jamás se podrá encontrar una alternativa de superación, una revolución.

En esta imagen idealizada siempre ha habido hombres y mujeres de acuerdo a los estereotipos actuales. Estereotipos que en realidad no pueden ser cumplidos por millones de seres humanos. En ese imaginario automático, en todas las sociedades habidas y por haber hay hombres y mujeres, hay familias y hogares familiares. Intentan hacernos reflexionar sin historia, se trate de “cavernícolas”, campesinos de la Edad Media o tribus no contactadas del Amazonas.

Evidentemente no se nace mujeres ni hombres, se llega a serlo. ¿En qué momento un niño llega a ser hombre o la niña llega a ser mujer? La sociedad no tiene más que inventar algún hito para este pasaje. Que cuando una niña tenga su primer menstruación se considere que «se hizo mujer» dice bastante al respecto. Nos señala que la categoría mujer es una construcción social.

La mujer es una construcción social. La misma categoría de mujer está organizada dentro y a través de un conjunto de relaciones sociales a partir de las cuales la división sexual de la humanidad en dos, mujer y hombre (y no solo femenino y masculino) es inseparable. De esta forma, se le otorga a la diferencia sexual una relevancia social particular que de otro modo no poseería. La diferencia sexual recibe este significado fijo dentro de las sociedades de clases cuando la categoría de mujer se define por la función que la mayoría (pero no todas) las hembras humanas ejecutan, por un período de sus vidas, en la reproducción sexual de la especie. Por lo tanto, la sociedad de clases le otorga un propósito social a los cuerpos: puesto que algunas mujeres “tienen” bebés, todos los cuerpos que posiblemente “producen” bebés están sujetos a la regulación social.(2)

Una construcción social no puede destruirse individualmente. Reducir los problemas sociales a situaciones personales o grupales surge justamente de la ideología dominante y a su vez la fomenta y consolida. Porque una ideología no son las ideas que podamos o queramos tener en la cabeza. La ideología es el conjunto de ideas con que cada sociedad se explica el mundo en función de su modo de producción de la vida. Y las ideas dominantes son las de la clase dominante, que cuanto mejor domina más afirma que no existe. Lo cual significa que presenta sus intereses como los intereses de toda la sociedad.
Comprender que lo asignado como hombre o mujer está determinado por cada sociedad no implica abrir la puerta de entrada a un cúmulo de propuestas prácticas propias de las necesidades actuales del Capital: obsesión y a la vez indefinición frente al poder, identitarismo, integración de clase, falta de posicionamiento frente al antagonismo social o mayor interés por cambiar el lenguaje que la realidad toda.

Los conservadores del orden moral dominante, que en algunos países ya no es extremadamente necesario para la conservación del modo de producción actual, intentan pasar por natural lo histórico. Intentan acusar de ideológico lo que es un intento por desmontar parte de la ideología dominante de esta sociedad.

Pero la sociedad capitalista, o más precisamente el Capital, no tiene como finalidad la perpetuación de los géneros binarios sino la acumulación y la ganancia. Sin embargo, estas no son y no habrían sido posibles sin esta imposición, llamémosle, de género. Denunciar el género como un simple suceso aislado no explica cómo la sociedad funciona, cambia y, sobre todo, cómo podría ser revolucionada para terminar con ella de una vez por todas. Sin embargo, es preciso asumir la importancia fundamental de la división sexual en el modo de producción capitalista.

La división sexual y sus respectivas asignaciones de conducta obligatorias al interior de la clase explotada son, por lo tanto, no solamente aquello que debe superarse en el curso de la revolución, sino también una fuente de esta superación. La emancipación de las mujeres y los hombres es también liberarse de los mandatos de ser mujeres y hombres, lo cual no es una simple consecuencia de la revolución, sino que es una condición de la revolución.

Puesto que la revolución debe abolir todas las divisiones en la vida social, también debe abolir las divisiones sexuales, no porque sean simplemente inconvenientes u objetables, sino porque son parte de la totalidad de relaciones que diariamente reproducen el modo de producción capitalista. No podemos esperar hasta después de la revolución. Por el contrario, para que haya revolución, debe haber una lucha contra las asignaciones que nos otorga esta sociedad, pero también contra el matrimonio, la familia y la herencia, así como contra la propiedad privada y el Estado, es decir contra el Capital, no solo como acumulación sino como la relación social que es. 


Notas: