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martes, 21 de julio de 2026

DIOS Y LA IA. SOBRE LA ENCÍCLICA PAPAL

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«Magnifica Humanitas» [Magnífica Humanidad], con el subtítulo «Sobre la custodia de la persona  humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial», es la primera encíclica publicada por el nuevo líder máximo de la Iglesia Católica a fines de mayo de 2026 «con motivo del 135º aniversario de la Rerum Novarum», aquella que alertaba sobre los peligros de la creciente lucha obrera y proponía contener al proletariado para garantizar su explotación y la paz de la propiedad privada.

Necesariamente, Robert Francis Prevost alias “León XIV”, no cuestiona los fundamentos del problema sino su superficie. Aparenta profundidad al solicitar una regulación de las nuevas tecnologías digitales junto con el señalamiento de quiénes detentan el poder sobre la IA y hacia qué fines la orientan. Además agrega una obviedad: las nuevas tecnologías no son neutrales, porque responden a los intereses de sus diseñadores y financiadores. Cierto, las viejas tampoco.

Su planteo de “desarmar” la IA, es decir, de liberarla de las lógicas de dominio, explotación y guerra para ponerla al servicio del bien común es, cuanto menos, ilusa. Sucede que en boca de un líder de tamaña autoridad no se trata de un acto de inocencia.

Está claro que la hiperconexión nos expone a una sobrecarga de estímulos poco y mal digeridos que nos deja impotentes en tanto espectadores. Es también el caso de la indignación permanente, el impacto del horror sin reflexión abruma y paraliza. El nuestro no es un debate espiritual y mucho menos al interior del cristianismo. Ese es el marco ideológico en el cual se da la actual contienda entre las autoridades del Vaticano y las de Silicon Valley, representada por figuras como Peter Thiel y corporaciones como Palantir, con su obsesión por el “anticristo”. Abordaremos la cuestión del desarrollo tecnológico y, en particular, la inteligencia artificial desde una perspectiva materialista sobre lo que continuaremos indagando en los próximos números, puntualizando en el polémico “Manifiesto Palantir”.

«¿Quiénes tienen razón, los idealistas o los materialistas? Una vez planteada así la cuestión, vacilar se hace imposible. Sin duda alguna los idealistas se engañan y/o los materialistas tienen razón. Sí, los hechos están antes que las ideas; el ideal no es más que una flor de la cual son raíces las condiciones materiales de existencia. Toda la historia intelectual y moral, política y social de la humanidad es un reflejo de su historia económica.» Así comienza nada más y nada menos que Dios y el Estado de Mikhail Bakunin…

«Sobre la situación de los obreros»

«Rerum novarum» [«De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos»] lleva por subtítulo «Sobre la situación de los obreros» y, al igual que en esta nueva oportunidad, la propuesta es ordenar y pacificar. Para los reformistas de toda religión, incluso las ateas, la clave está en pensar en cómo distribuir mejor sin jamás cuestionar el modo de producción.

Podría parecer una tarea inútil confrontar las posiciones de una institución decadente, sin embargo su perspectiva es representativa de todo un arco político alineado con el progresismo, el obrerismo y la romantización de la pobreza.

Con motivo de una ocasión en que la CGT y otros sectores llamaron a marchar a la procesión de la Virgen de Luján, en La Oveja Negra nro. 59 publicábamos:

Solo cinco años después de aquel mayo por el cual aún conmemoramos el 1° de mayo, más precisamente el 15 de mayo de 1891, el papa León XIII promulgó la encíclica «Rerum novarum». En esta carta no invitaba a quemar a los rebeldes en una hoguera sino a calmarlos apoyando su derecho laboral de «formar uniones o sindicatos», reafirmando también su apoyo al derecho de propiedad privada.

El segundo punto de la encíclica «Rerum novarum» es muy claro al respecto: «Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes (...) Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones.»

En aquello de «los legítimos poseedores», hoy podemos ver acuerdos con otro autopercibido “león”, que gobierna este país. Hablan como si la propiedad privada fuese un hecho natural o divino, pero nunca histórico. Cuando, en cambio, se trata de una historia de desposesión, resistencia y explotación.

El punto 15 de la antigua encíclica nos despeja toda duda celestial de la función terrenal de la religión: «para acabar con la lucha y cortar hasta sus mismas raíces, es admirable y varia la fuerza de las doctrinas cristianas. En primer lugar, toda la doctrina de la religión cristiana, de la cual es intérprete y custodio la Iglesia, puede grandemente arreglar entre sí y unir a los ricos con los proletarios, es decir, llamando a ambas clases al cumplimiento de sus deberes respectivos y, ante todo, a los deberes de justicia. De esos deberes, los que corresponden a los proletarios y obreros son: cumplir íntegra y fielmente lo que por propia libertad y con arreglo a justicia se haya estipulado sobre el trabajo; no dañar en modo alguno al capital; no ofender a la persona de los patronos; abstenerse de toda violencia al defender sus derechos y no promover sediciones».

El 1° de mayo, «fiesta de san José obrero» así llamada por los comehostia, pero de 1991, otro funcionario eclesiástico conocido como “Juan Pablo II”, con ocasión del Centenario de «Rerum novarum» promulgó la «Centesimus annus» [«Centenario»], donde venía a reafirmar el progra-
ma invariante de la burguesía: contención de las luchas del proletariado y defensa de la propiedad privada.

La “Doctrina Social de la Iglesia” y su fin último de «la construcción de la Civilización del Amor» (sic) no es más que la justificación espiritual del modo de producción capitalista acá en la Tierra. A fin de cuentas, su reino sí es de este mundo.

«Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial»

Cabe señalar la construcción del relato a posteriori. Ya en la presentación de «Magnifica Humanitas», León XIV dice que hace 135 años un predecesor suyo «observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial», dicho así y como repiten todos los progresistas de hoy, parece que se trató, en plena Revolución Industrial, de un cuidado de los trabajadores cuando en verdad era un llamado de alerta para la burguesía.

La preocupación de la Santa Sede es que «hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra». Si hacemos una crítica, es porque su forma de abordar el problema es, lamentablemente, muy representativa tanto del ciudadano de a pie como de los movimientos sociales.

La Iglesia alerta por el «riesgo de deshumanización, [es decir] construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio» (punto 10). Vemos aquí que “lo humano” es un significante vacío que cada quien puede llenar de acuerdo a sus creencias. La Iglesia incluye a Dios, otro dirá que se trata de ser esencialmente solidarios y otro propondrá la competencia o la supervivencia del más fuerte. Si, tal como señala la Encíclica, «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: (…) ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también (…) que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios» (21), ¿qué significa «custodiar lo humano»? ¿Cuál de los dos humanos? ¿El torturador o el torturado?

Sucede que, necesariamente, el enfoque cristiano no ve determinaciones sociales sino: «La corrupción moral de nuestro límite creatural ‒el mal que evidentemente agita el corazón del hombre‒ arruina la sociedad y la vida» (21). Respondemos que si el otro se transforma en un medio, es decir, es cosificado, no es porque el mal habita en nuestra alma, sino porque el alma de este mundo es la ganancia. Por tanto, las manifestaciones inmediatas son la competencia y la cosificación propias de esta sociedad.

«El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.» (112) La pregunta es: ¿por qué alertarse ahora y no antes? Lo mismo podría achacarse a la existencia del dinero, motivo por el cual existe el desarrollo de la IA. Sin embargo, se da por humano y natural el presente y se teme a un futuro “antihumano”. Se da por sentado al individuo producto de esta sociedad como una creación de Dios no adulterada que podría ser arruinada en breve. Vemos que, generalmente, toda crítica de lo existente es un rechazo de los cambios, una defensa del presente (y del pasado reciente) en tanto orden natural. Como señaló Karl Marx «ven en él, el punto de partida de la historia, porque consideran a dicho individuo, como algo natural, en consonancia con su concepción de la naturaleza humana, y no un producto de la historia, sino un dato de la naturaleza.» (Introducción general a la crítica de la economía política)

Si el transhumanismo y el posthumanismo postulan «la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana» (116) es porque son expresiones concretas y extremistas de la sociedad capitalista. Esta considera que no existen los límites y es gracias a esa fantasía que busca el desarrollo y la ganancia al infinito, aunque permanentemente se tope con obstáculos materiales.

La sociedad capitalista constituye un modo en que los seres humanos organizamos nuestra reproducción, histórico y por lo tanto transitorio, en el que el producto de nuestro trabajo se ha convertido en el sujeto mismo de la sociedad. Nos reproducimos reproduciendo al Capital, y de allí brota la forma peculiar que tiene el desarrollo de la técnica bajo su dominio. El Capital es algo que los seres humanos nos hacemos a nosotros mismos. Por tanto, el desarrollo de la IA no se trata de «una construcción grandiosa, pero inhumana» (129), sino de un desarrollo humano, muy humano.

«La dignidad del trabajo en la transición digital»

«Desde el nacimiento de la Doctrina social, con la Rerum novarum, la Iglesia ha llamado la atención sobre la protección de los trabajadores y la necesidad de combatir toda forma de explotación» (148) dice la Encíclica.

Los materialistas, siguiendo la crítica de la economía política desarrollada por Karl Marx, comprendemos que la reproducción de la sociedad capitalista está orientada hacia la máxima obtención de ganancia posible, y que la principal fuente de ganancia es el plusvalor, que se produce a través de la explotación del trabajo asalariado. Por tanto, la explotación no es simplemente un trabajo precario y mal pagado, lo que efectivamente es el caso de la inmensa mayoría de los asalariados y precarizados del planeta. El Capital explota al proletariado en su conjunto, incluso allí donde la iglesia y el progresismo consideran justas las condiciones de compra y venta de la fuerza de trabajo.

El Dios torturador y misógino del Antiguo Testamento nos decía en el «Génesis»: «Por cuanto le hiciste caso a tu mujer, y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. (…) Te ganarás el pan con el sudor de tu frente». Sin embargo, hasta el año 2026 continúan insistiendo con la dignidad del trabajo, aquel trabajo que fue encomendado como castigo: «el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana». (149)

El engaño es absoluto: «la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios» (151). ¡¿“Suele”?! Es la única finalidad de desarrollar tecnología en nuestra sociedad y es el gran problema del Capital: a la vez que depende del trabajo humano como creador de plusvalor, incesantemente reduce la cantidad de trabajo incorporada en cada mercancía, mediante el uso de maquinaria y modernización de la producción.

«El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común.» (152) Todo eso podrá ser en el Cielo o en el Purgatorio, porque acá en la Tierra todo está subordinado al orden económico, incluso la producción ideológica de los autopercibidos enviados de Dios, y las personas hemos sido reducidas a un medio.

“El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” es un refrán que significa que los buenos propósitos no sirven de nada si no van acompañados de acciones concretas, podemos agregar que esas acciones deben ir acompañadas, a su vez, de análisis correctos.

Por último, pero no menos importante, hoy como ayer la Iglesia propone sindicalizar la precarización: «Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades» (155). Debido a que las nuevas formas de trabajo pueden producir nuevas formas de asociación entre explotados que prescindan de los sindicatos ‒que se muestran cada vez más caducos ya no para fines revolucionarios sino para las luchas inmediatas del proletariado‒, la Iglesia llama a tomar conciencia a sus hermanos de clase.

«La normalización de la guerra»

El modo de producción capitalista es explotación y comercio pero también es guerra, incesante, en diferentes territorios del planeta. La Iglesia hace mea culpa y reconoce que: «a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración.» (189)

Evidentemente… Al señalar que «la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo» (192) hasta pareciera que hacen una descripción de su propia institución.

Ya desde el «Discurso de Presentación» de la Carta, se emplea un lenguaje que parece antibélico: «la inteligencia artificial exige ahora ser “desarmada”, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. (…) Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia en acción. Pero, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo».

Más adelante, en el punto 110 aclara: «Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. (…) Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida». Le exigen a la tecnología que no sea tecnología, del mismo modo que le piden al trabajo que no sea trabajo. Así, piden armas para no matar, o mejor dicho para matar dignamente: «el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana» (197). En ese “dignamente” está el detalle de todo el progresismo: sostener este mundo de explotación, masacre y guerra pero con “dignidad”, sea lo que sea que eso signifique.

Moda decolonial obliga, hasta el Papa sigue sus preceptos y se preocupa además por el denominado “control social”: «El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. Territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural, se ven, en el presente, atravesados por una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa. Quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, hoy recopilados a menudo bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados. Y puede decidir, antes que los demás, a quién destinar medicamentos, inversiones y protecciones. Es aquí donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién. De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma.» (178) Lo que señala es más o menos acertado, pero obviar cuál es la fuente que produce todo aquello, o simplemente posicionarse a favor de las cosas buenas y en contra de las cosas malas no nos ayudará mucho. La pregunta continúa siendo ¿por qué molestarse únicamente con las manifestaciones novedosas, extremas o superficiales del modo de producción capitalista?

«Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA»

De acuerdo, «el uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico» (102). Pero las frases genéricas y bien intencionadas no sirven mucho más que para dejar la conciencia tranquila: «que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites» (102) podría ser tranquilamente la formulación de algún chatbot de inteligencia artificial. Por otro lado, omite que la “inteligencia humana” también crea los campos de concentración o la logística de la masacre en Gaza. Dice que la “inteligencia artificial” no tiene “conciencia moral”: «no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias» (99), ¿acaso la tienen los mercenarios o los torturadores, o siquiera los empresarios al servicio de la ganancia? ¿Y la tenemos nosotros, población proletarizada, en un mundo en el que el Dinero es el Dios que justifica todo acto, por horrendo, rutinario o estúpido que sea?

En ese sentido, y no por casualidad ni maldad, la IA así como el Dinero son absolutamente indiferentes al contenido de lo que acumulan, calculan o intercambian: «(...) escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados» (141).

Nuestra realidad es indivisible, implica “la dignidad del hombre”, la explotación, la libertad democrática, los residuos nucleares y los drones asistidos por IA que asesinan niños. La verdad está en el conjunto, si uno de los elementos es eliminado de nuestro cuadro, inevitablemente hay que eliminar todos los demás. Hay un peligro mayor que el desarrollo de la IA y es el desarrollo y afianzamiento en el pensamiento de la lógica de separación binaria y excluyente entre bueno y malo, tan propia de la religión cristiana.

Los especialistas y empresarios a los que alude la Iglesia no desarrollan la IA a partir de la nada, ellos mismos son producidos por el desarrollo capitalista e, independientemente de que las negociaciones de “desarme” tengan éxito o no, ya no podremos deshacer lo conocido sobre la IA y su capacidad bélica de destrucción. La única garantía sería desarmar el potencial destructivo del dictado de la ganancia, pero ni la Iglesia ni sus súbditos están dispuestos a semejante tarea.

El núcleo de la propuesta papal es erróneo porque el capitalismo siempre impulsa al desarrollo, a la sustitución de la fuerza de trabajo humano por el empleo de la tecnología para reducir gastos de producción y aumentar las ganancias. Esto reduce el valor de cada mercancía individual y por tanto obliga a aumentar la producción permanentemente para subsistir.

Pensar críticamente la tecnología, el trabajo o la IA significa componer un cuadro general, no en tanto una acumulación de cosas desconectadas sino como una relación social. Por eso nos oponemos a la subordinación de cada actividad humana a la dictadura de la ganancia. Eso va más allá de si Internet es bueno o malo, un avance o un signo de la decadencia cultural y rompe con la ilusión de que el desarrollo tecnológico debería estar al servicio de los gustos de tal o cual sector de la sociedad.

Independientemente de pensarse cristiana o espiritual, la nuestra es una época marcada por la tecnología, por el acceso a y la dependencia de Internet. Basta con prestar atención a las horas dedicadas a la práctica religiosa y compararlas con las horas dedicadas a permanecer online. Las prioridades de nuestra sociedad se advierten en dónde y cómo gastan sus miembros su dinero y su tiempo. Por lo tanto, no es suficiente con decir “esto es importante para mí” si no está respaldado por la forma en que vivimos nuestras vidas. Dentro de la lógica cristiana, lo señala el mismísimo Nuevo Testamento: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mateo 6, 21). Donde está el dinero, allí está el corazón de esta sociedad.

sábado, 28 de marzo de 2026

REFORMA LABORAL: ¿CÓMO LLEGAMOS HASTA ACÁ?

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La nueva reforma laboral no garantiza el incremento del trabajo formal como sostiene el oficialismo. Tampoco implica un regreso a la esclavitud porque es terriblemente actual. Se trata de la consumación de un largo proceso de transformación de las relaciones de explotación en función de las cambiantes necesidades de acumulación de capital.

El nuevo proyecto de “Ley de modernización laboral” extiende y formaliza la precariedad laboral en la que ya sobrevivimos millones de trabajadores en Argentina. A través de un proceso de varias décadas, casi la mitad de la población trabajadora de este país no tiene un empleo asalariado registrado, lo cual significa que una gran porción de personas ya viven igual o peor de lo que propone esta nueva disposición. Entonces, ¿por qué tanto alboroto ahora, y por qué tanto silencio durante las últimas décadas? Las respuestas habrá que buscarlas fuera y contra la indignación selectiva, producto de la campaña electoral permanente en la que vivimos.

Desde 1974, el salario en Argentina viene cayendo con tibias recuperaciones circunstanciales. Desde la década de los ‘90 creció el desempleo, el trabajo informal, el trabajo autónomo monotributista, la necesidad de más de un empleo por familia y de más de uno por persona. A su vez, desde comienzos de siglo se impone masivamente la necesidad de ayudas estatales, cuyos montos y beneficiarios son incrementados incluso por parte de los gobernantes que ganan elecciones prometiendo acabar con los “planeros”. Todo esto significa que ya hay, y desde hace tiempo, millones de personas que carecen de vacaciones, aportes, licencias, indemnización y cuyo salario es “dinámico”.

Se trata de la degradación sin prisa y sin pausa de las condiciones de vida del proletariado en Argentina, que no comienza ni con esta “ley de modernización” ni con su antecesora, la Ley bases, así como tampoco comenzó con las reformas laborales de los ‘90.

Modernización laboral

Modernización no es sinónimo de “justicia social”, ni mucho menos de mejoras para los trabajadores. El capitalismo es una relación social que consiste precisamente en la modernización, en la expansión y el crecimiento ilimitados. Vivimos en una sociedad de clases y el progreso es el del Capital, tan simple que es fácil de olvidar.

Se trata de otro embate de clase. «Un proyecto con orden, reglas claras y aportes de todos. A los que hicieron de la industria del juicio un negocio, se les termina. (…) basta de informalidad y estancamiento» sentenció Patricia Bullrich.

Parte de la burguesía nacional, especialmente los pequeños capitales, cree o quiere hacernos creer que el estancamiento económico local se debe en gran parte a “la mafia de los accidentes laborales”. «Tenemos que sacarnos de encima a los mafiosos que no nos quieren dejar crecer» decía Macri hace años en esta larga campaña por flexibilizar, aún más, la fuerza de trabajo.

Otra supuesta causa del malestar argentino serían las indemnizaciones, uno de los motivos por los cuales los patrones no contratarían empleados. No bastó con la figura de asociado del DNU/Ley Bases, con la cual un monotributista puede contratar hasta tres “colaboradores independientes”, que ya no empleados, brindando una figura legal al trabajo precario sin derecho a indemnización alguna en caso de despido. Con la nueva ley, las indemnizaciones para los trabajadores que sí están registrados serán más bajas que las actuales, ya que excluyen del cálculo aguinaldo, vacaciones, premios y otros beneficios que no sean de pago mensual (Art. 51).

Sin duda, para los pequeños empresarios el margen de ganancia es tan pequeño que precisan abaratar costos como sea y recortan el salario de los trabajadores. “El hilo se corta por lo más delgado”, dice un viejo refrán para ilustrar que en situaciones de dificultad son las personas más vulnerables o con menos recursos quienes primero padecen las consecuencias.

Uno de los mecanismos de ajuste salarial de la nueva ley son los “salarios dinámicos”
, con los que el gobierno propone adaptar los salarios a la realidad de cada unidad productiva, con el supuesto de promover la sustentabilidad del empleo formal. Los salarios pueden incluir ahora “componentes retributivos dinámicos”, de acuerdo al “mérito personal del trabajador como aspectos propios de la organización” que pueden ser modificados y eliminados en cualquier momento (Art. 33). Cada empresa podría pactar sumas diferentes y, en este supuesto contrato entre personas formalmente iguales, cada trabajador podrá negociar libremente con su jefe. Se trata del ideal liberal en el cual los individuos formalmente libres e iguales ante la ley realizan contratos: trabajador y patrón, o inquilino y propietario como sufrimos con la nueva ley de alquileres del ya nombrado DNU.

Las horas extras podrán ser reemplazadas por un “banco de horas” (Art. 42) para ser compensadas con días libres o jornadas de trabajo reducidas. Otra vez, a negociar de igual a igual con la empresa.

Cuando el Gobierno Nacional dispuso el aislamiento social preventivo y obligatorio en 2020 escuchamos repetidamente sobre los “servicios esenciales”, una categoría utilizada en diversas ocasiones para garantizar la continuidad laboral ante cualquier eventualidad (léase medidas de protesta, principalmente). La ley anterior especificaba algunas actividades puntuales (salud, agua potable, gas, electricidad, tráfico aéreo) y disponía que debían “garantizar la prestación de servicios mínimos para evitar su interrupción”. Con la nueva ley (Art. 101) se amplían estas actividades considerablemente (sumando educación, transporte de medicamentos, combustibles, telecomunicaciones, residuos, seguridad privada) estableciendo una prestación no menor al 75%. A dicha categoría se suma la de “servicios de importancia trascendental” (aduana, producción de medicamentos, transporte de carga y pasajeros, radio y televisión, diversas actividades industriales continuas, incluyendo siderurgia, química, cementos, la industria alimenticia completa, toda producción que comprometa exportaciones, actividad bancaria y de comercio electrónico), que no puede brindar una prestación menor al 50% de su funcionamiento. Entre ambas categorías comprenden a la enorme mayoría de los trabajos realizados en el país, por lo que se procura limitar de forma drástica el derecho a huelga.

En este sentido, la nueva ley establece además que las asambleas de personal y reuniones de delegados no pueden afectar el normal desarrollo de la empresa, debiendo contar con autorización del empleador, y que el trabajador no cobrará por ese tiempo (Art. 138). A su vez, tipifica como infracciones “muy graves” los bloqueos, tomas del lugar de trabajo, o cualquier acto o intimidación que afecte “la libertad de trabajo de quienes no adhieran a una medida” (Art. 139). Traducido: otro duro golpe al derecho de huelga.

Nuevo ataque contra los trabajadores

Pero ¿a quiénes afecta toda esta batería de leyes antiobreras? No a todos los trabajadores activos. Como sabemos, en este país los trabajadores “en blanco” no son la mayoría de la población. Veamos…

Para empezar, no se trata de un problema argentino. El capitalismo ha incorporado el ataque contra el salario como un rasgo estructural y permanente. Lo comprendemos en sus dos posibilidades, como una baja del valor de la mercancía fuerza de trabajo y como un menor protagonismo del trabajo asalariado en la reproducción de clase. Cada vez se habla más de ingresos; lo que incluye no solo los salarios, sino ayudas sociales y trabajos cobrados por cuenta propia que en muchos casos pueden encubrir relaciones salariales. En este país, la inflación es una forma persistente de la baja de los salarios, de la misma manera que las ayudas sociales son una forma de subsistencia paralela a la relación laboral.

La continua disminución de los salarios, la generalización de la precariedad y la expulsión de una parte del proletariado del proceso de producción de valor define nuestra época. Por tanto, se redefinen nuestras luchas y nuestra capacidad defensiva u ofensiva en tanto trabajadores. Ante la situación actual una “huelga general”, por ejemplo, no es tan general, ya que, por los motivos previamente mencionados, abarca a menos de la mitad de las personas que trabajan. Para los asalariados, su asistencia queda “bajo responsabilidad de sus empleadores” o tienen la posibilidad de “hacer homeoffice”. Por otra parte, medidas como el sabotaje se presentan como autoboicot cuando somos nosotros los que muchas veces ponemos las herramientas de trabajo.

Pero vayamos unas décadas hacia atrás: la reestructuración capitalista iniciada a mediados de los ‘70, que se extendería a lo largo de los 80, y terminaría de completarse mundialmente en la década siguiente. Podríamos resumir sus características: precarización y flexibilización del trabajo; globalización y deslocalización de los centros productivos; financiarización creciente de la economía en general; profundos cambios en el proceso productivo de la mano de la automatización, la informática, la robótica y fórmulas tan simples como efectivas, por ejemplo “ponerse la camiseta de la empresa”.

A partir de entonces, comienza el declive de la identidad obrera tal como la conocíamos y, por tanto, la explosión de múltiples identidades directamente relacionadas a la heterogeneidad del mundo del trabajo. En este sentido, se produce una marcada división entre trabajadores altamente calificados y otros de baja calificación que encontrarán comprador de su fuerza de trabajo crecientemente en el sector servicios, mientras que en la industria el empleo se reducirá progresivamente debido a la automatización y la deslocalización industrial. En países como Argentina los efectos de la reestructuración serán –a grandes rasgos– similares pero las transformaciones de la industria tendrán sus particularidades locales, a lo cual se suma el crecimiento del empleo estatal. Por otra parte, crece una fracción del proletariado que se consolida como población sobrante para el Capital, estos deben recurrir a la caridad, la delincuencia o las ayudas estatales.

Finaliza el “Estado de bienestar”, la supuesta “edad de oro” del capitalismo, y aumenta la informalidad y la desocupación. A comienzos de los ‘70 la desocupación estaba entre el 3%-5% y el trabajo informal representaba el 15%-20% del empleo total. Para la década de los ‘90, y luego del “efecto tequila”, la desocupación alcanza un pico del 19% y la informalidad un 35%-40%. Actualmente, la informalidad llega a casi el 50%, lo que permite una menor desocupación respecto de los ‘90, que se ubica en torno al 7,5% (tampoco hay que perder de vista que para el Estado la categoría de ocupado es cada vez más amplia). Estos fenómenos no tienen una originalidad argentina e incluso suceden en el llamado “primer mundo”, aunque en menores magnitudes.

«Desde su pico máximo en el ‘74 hasta el momento, el salario real en Argentina ha caído por encima del 50%. Esta caída estuvo compuesta por brutales ajustes mediante bruscas devaluaciones con altos niveles inflacionarios e hiperinflaciones, comenzando por el Rodrigazo en 1975, las hiperinflaciones de 1989 y 1990, y la salida de la convertibilidad en 2002. Solo a partir de estos duros ajustes se produjeron fases expansivas de la economía con una recuperación relativa de los salarios, siempre por debajo del nivel del ciclo alcista anterior». («La caída del salario», nro. 93)

Es decir: más pobreza para millones y, para quienes “tienen la suerte” de trabajar, la reproducción de su fuerza de trabajo por debajo de su valor; o sea, la caída sistemática del salario.

Entrado el siglo XXI, el crecimiento del empleo público fue mayor que el del privado, y en ambos creció la informalidad. Paradojas del capitalismo, incluso por parte de sus gestores estatistas. Ese empleo público que no es sinónimo de “planta permanente” sino también de precarización laboral. Mientras tanto, se reafirma la opción de trabajo autónomo, que no se trata de un empresario (ni de sí mismo ni de nadie), sino de un explotado más. Asistimos entonces a una reforma laboral sin votación en el Congreso, realizada por la propia dinámica capitalista de un país rentista donde, exceptuando el agro y la minería, el grueso de la producción se realiza con baja productividad para ser vendida en el mercado interno.

Podríamos decir entonces que Milei viene a acabar con la tarea emprendida por el kirchnernismo, pero sería muy simplista. Por otro lado, reducir el modo de producción capitalista mundial a sus administradores locales no explicaría demasiado.

La CGT no traiciona

«Los sindicatos que antaño profesaban una alianza estratégica con la burguesía local, a la que le exigían mejores condiciones y salarios, vienen aceptando ajuste tras ajuste, década tras década, buscando evitar que no cierren los lugares de trabajo. Por su parte, los “sindicatos de desocupados”, antes organizaciones autónomas de desocupados que reclamaban puestos de trabajo, hoy exigen al Estado más y mejores ayudas sociales, o algún reconocimiento del trabajo precarizado que realizan bajo el eufemismo de “economía popular”. Es una estrategia sensata, dado que el empleo formal no para de caer, los salarios reales (su parte directa e indirecta) disminuyen y el Estado pasa a cubrir una parte del valor de la fuerza de trabajo con ayudas sociales, como complemento de los salarios o los magros ingresos familiares», decíamos en el nro. 16 de Cuadernos de Negación.

Si menos de la mitad de los trabajadores tienen un contrato formal y solo un cuarto están sindicalizados, hablamos de una crisis de representatividad de la CGT, que se comporta más bien como una oposición política apéndice del peronismo. En los ‘70 la afiliación era del 50% de los asalariados formales, hoy es del 40% y el alcance del trabajo formal se redujo a aproximadamente la mitad respecto de aquellos años. En estas condiciones es que cuestionábamos la efectividad de un “paro general” llamado por la central sindical. Claro que no tenemos soluciones, de lo contrario las compartiríamos, pero sabemos que no es posible avanzar aferrados a esquemas atrasados, ni pretendiendo superar la baja conflictividad a fuerza de mera voluntad, con más marchas o más piedras.

El que avisa no traiciona. Muchos explotados se preguntan “a dónde está, que no se ve, la famosa CGT”. Pareciera que los representantes políticos y sindicales no aparecen, pero ahí están: negociando nuestro precio, nuestra miseria, preparándose para las próximas elecciones e incluso viviendo del esfuerzo ajeno, porque no olvidemos que muchos de ellos no son simples burócratas sino también empresarios. No es un detalle que esta reforma de ley no derogue la obligatoriedad de la cuota sindical “solidaria” y compulsiva de los no afiliados (Art. 133). Siquiera cuestiona el modelo de “libertad sindical” argentino. La caja se achica pero no se toca. Así es que pasó con mayor tranquilidad el proyecto de ley.

Los nuevos escenarios nos obligan a replantear todas las cuestiones, no a pensar en términos del pasado. Ni el Estado de bienestar, ni la oposición a la esclavitud ofrecen respuestas. Es preciso realizar un balance de las luchas en curso. Es momento de insistir con la necesidad de ruptura, frente a un horizonte de reformas.

* * *


Para ampliar recomendamos los siguientes artículos del boletín donde reflexionamos en torno a la actualidad a la vez que hacemos memoria: «1° de Mayo: Memoria y perspectivas» (nro. 71), sobre la reestructuración y la reproducción de clase, y «¿Qué huelga?» (nro. 94), sobre los paros, movilizaciones y el sindicalismo oficial. Además del citado artículo «La caída del salario» (nro. 93), recomendamos también «“Amigos y enemigos”: La distinción de lo político» (nro. 102) sobre la indignación selectiva, así como «¡Esto es lucha de clases!» (nro. 91) publicado cuando asumía el actual gobierno.

miércoles, 19 de febrero de 2025

EL GÉNERO EN CRISIS

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Hay una “crisis del género”, o al menos las categorías de género y sus respectivas asignaciones son profundamente cuestionadas y reformuladas. Esto genera fuertes cimbronazos en una sociedad en la cual la división sexual hombre/mujer es determinante en la organización del trabajo y define quiénes somos y qué se espera de nosotros.

El movimiento de mujeres y disidencias, los estudios de género y el reconocimiento de diversas identidades desafían las normas tradicionales o ya no tan tradicionales. Como veremos, no se trata simplemente de “agencia” y libertad de elección de los individuos sino de determinaciones sociales propias del modo de producción capitalista y por tanto de la forma en que reproducimos la sociedad.

Podemos hablar de “crisis”, no en el sentido de un colapso o un problema irresoluble. Estamos experimentando una transformación profunda en la manera en que la sociedad entiende el género. Esta transformación, además de cambios personales, odios y tensiones, permite profundizar en la comprensión de la sociedad y las posibilidades actuales de su superación. Y, más acá de su eventual superación, cabe preguntarnos: ¿vamos hacia una sociedad donde el género se amplía y diversifica, o hacia una en la cual simplemente dejaría de ser una categoría definitoria, tal como es ahora?

Al indagar en cómo las características femeninas y masculinas han estado sujetas a cambios durante el transcurso de la historia, nos aproximamos a comprender el género como el anclaje de cierto grupo de personas a una esfera específica de actividades sociales. Las características que definen al “Hombre” y a la “Mujer” son modelos ideales; en el mundo hay hombres y hay mujeres, aunque no solamente.

«La asignación de ciertas labores a un determinado grupo de personas definido según su capacidad reproductiva es lo que ha constituido históricamente a las mujeres, y a quienes no la tienen como hombres. Es esta división social en dos sexos la que ha creado lo que conocemos como sexo biológico, que naturaliza lo que se ha construido socialmente.» (La Oveja Negra nro. 88, «1° de mayo contra el trabajo»)

El género como ideología

«“Ideología de género” es lo que viene denominándose, errónea, despectiva e inquisitorialmente por sectores reaccionarios, a la puesta en crítica y actualización de las tradiciones, usos y costumbres en relación a lo sexual. Con esta definición, intentan atacar al movimiento de mujeres, a quienes no se ajustan a la heterosexualidad, a la educación sexual en las escuelas y fuera de ellas, así como cualquier expresión, tanto reformista como revolucionaria, que atente contra su terrorismo antisexual, normalizador, familiero y heterosexista. Ironías de la vida, son justamente aquellos que la señalan como un peligro quienes defienden algo que podría denominarse más cabalmente como “ideología de género”.» (Contra el liberalismo y sus falsos críticos, Lazo Ediciones, 2023)

Hablamos de ideología en tanto conjunto de ideas y creencias que pretenden ser objetivas, aún cuando se trata claramente de valoraciones morales más o menos explícitas. Pero la ideología no es un engaño y una ilusión, no es una comprensión equivocada de la realidad para tenernos dominados o sumisos: es un conjunto de creencias prácticas que funcionan para reproducir las relaciones de producción existentes. El género tradicional, la vieja ideología, comienza a no funcionar en algunas situaciones, así como otras formas novedosas de género ya funcionan.

La pregunta es por qué la obsesión reaccionaria con el género. ¿Por qué aparece esta respuesta ante los cambios inevitables que está sufriendo el ordenamiento sexual en nuestra sociedad? ¿Qué hay puntualmente en la crisis del género que tanto les perturba?

Ante las transformaciones, la reacción natural de los conservadores es justamente conservar, no aceptar. Hay en las modificaciones al interior del género algo que les obsesiona: que los homosexuales estarían a un paso de ser pedófilos, que no saben qué tiene tal o cual persona entre las piernas y quieren saber, que hombres eran los de antes, que las mujeres de ahora no son suficientemente femeninas, que alguien debe pensar en los niños, etc., etc., etc.

No comprenden que el género y la familia son transformados por la propia dinámica capitalista y no por la “ideología woke”. El género no tambalea debido a los “estudios de género”, los jóvenes no binaries o personas trans. Desde hace décadas, es un secreto a voces que respetables padres de familia pagan para tener sexo con mujeres trans, y no con fines de deconstrucción precisamente... Los abusos sexuales a menores son mayoritariamente realizados por hombres hetero, “hijos sanos del patriarcado”. Las intervenciones hormonales son moneda corriente entre las adolescentes e incluso entre deportistas; el problema para muchos es cuando se destinan a transiciones.

La inmutabilidad del sistema de sexo-género se cayó a pedazos. Todo esto convive con la apología de la familia, desde los ídolos deportivos de la selección nacional de fútbol y sus fans, hasta las defensas de youtubers de derecha ya entrados en años, pero aún solteros y sin hijos. Nuevamente los modelos ideales: por un lado “la Familia”, y por el otro las familias. Lo que une a toda la derecha, sea liberal o proteccionista, católica, protestante o sionista, no es solo el terror a los cambios en el género, sino también el idealismo. La conciencia determina al ser nos dicen. Y por eso buscan conspiradores y le agregan un “ismo” a cada aspecto que critican: globalismo, wokismo, homosexualismo, etc. Buscan llevar la discusión a su propio terreno celestial, insisten en llamar ideología a las transformaciones sociales y a lo que piensan los demás, y defienden como natural su propia ideología.

En el contexto actual, en el que la sociedad capitalista enfrenta dificultades para su reproducción a partir de las transformaciones que rigen su dinámica desde hace medio siglo, las “nuevas derechas” apuestan a “la batalla cultural”. Así, a “ideología de género” suman “marxismo cultural” y la ecuación está completa. El resultado se supone que es el malestar en el cual nos encontramos. Podemos resumir brevemente que antifeminismo y anticomunismo es lo que une a toda la derecha, sean proteccionistas o liberales, fanáticos religiosos o agnósticos. Sin embargo, el anticomunismo es también propiedad de la izquierda y, por tanto, lo es en gran medida la incomprensión cuasireaccionaria de las cuestiones de género.

¿Un género antifascista?

Del mismo modo que ya es insostenible el binarismo en cuanto al género, también es imposible pensarlo políticamente. La escisión derecha/izquierda, a estas alturas, se cae a pedazos. Es hora de admitir las disidencias y aceptar que más que una oposición se trata de una alternancia.

Luego del repugnante, aunque esperable, discurso de Milei en Davos se generalizó una consigna: “solo existen dos géneros: fascista o antifascista”, con la cual también preferimos disentir. Porque así como hay conservadores en lo político y liberales en lo económico, resulta que hay nobinaristas de lo sexual que son binarios en los político.

A mediados del año pasado publicábamos un libro titulado Fascismo/Antifascismo, y desde Cuadernos de Negación, en el epílogo decíamos que «asistimos a una sobreactuación del “riesgo totalitario” con el solo objetivo de disputar el comando de los Estados democráticos, a ambos lados del centro. (…) Luchar contra quienes hoy gobiernan tachándolos de fascistas no hace más que pedir más democracia, y no ha hecho más que colocar en el gobierno a los progres que los relevan para que luego vuelvan los “fascistas”. Los ejemplos en Argentina son claros y en Chile nos deslumbran. Bachelet y Boric han aplicado leyes que la derecha no podría haber impuesto. En manos de Piñera serían fascistas las leyes que absuelven carabineros asesinos o les permiten disparar sin aviso, en manos de los “socialistas” es orden.»

Por su parte, Milei está haciendo lo suyo por la democracia. Canalizó toda la rabia antipolítica hacia el gobierno y el Estado manteniendo el orden democrático y la paz capitalista.

Género, trabajo y población

Para profundizar en la cuestión de género es necesario abordarla en su relación con el trabajo y la población. Las luchas en curso dan mayor relevancia al cuestionamiento de diferentes aspectos de la reproducción social, en relación a las del movimiento obrero clásico que estuvieron principalmente situadas en torno a la explotación del trabajo asalariado y en las que la perspectiva de lucha se mantuvo ligada a su disminución o la gestión del mismo, su regulación, su distribución, la toma de los medios de producción, etc. Tras la derrota de las expresiones revolucionarias de las primeras décadas del siglo XX y las transformaciones de la sociedad capitalista que le siguieron, surgieron hacia fines del mismo nuevas expresiones de lucha en un escenario diferente. Los cambios en los procesos de trabajo y las modalidades de explotación del trabajo asalariado, que siempre será central mientras exista capitalismo, modifican la forma en que se reproduce la fuerza de trabajo. Las luchas son inseparables de estos cambios.

La capacidad de gestar y parir ya no implica necesariamente la obligación de hacerlo, ni determina la manera en que se realiza la crianza, las subjetividades y tareas que deben realizar las personas que tienen la capacidad y las que no, ni los vínculos entre las mismas. Útero no es sinónimo de mujer, y mujer no es sinónimo de madre. Con los grandes cambios que referíamos es más evidente que la división entre sexos está construida socialmente, esto es lo que comúnmente se entiende por género. Y a su vez, es criticada la noción misma de sexo que naturaliza esta separación.

Por su parte, la población no es simplemente el conjunto de personas que se encuentran en un momento y lugar determinado. La población no es un hecho natural. Su producción y reproducción son producto histórico de las relaciones de clase, que incluye una relación de y entre sexos, de y entre diferentes edades. Cada modo de producción supone un desarrollo particular de su población tanto en su cantidad como en sus características. Su reproducción se encuentra hoy determinada por el Capital: sus alegrías, tristezas, enfermedades, sexualidad, salud, los modos de regular su cantidad y sus formas de vivir o morir no pueden ser entendidas separadas de la dinámica social de la que formamos parte. La explotación sobre la que se basa la división en clases necesita de la división de género, lo cual implica determinaciones específicas sobre quienes se encargan de la reproducción de la población.

En todos los modos de producción, el aumento de la explotación ha requerido del aumento de la población. Pero con el desarrollo del capitalismo esto ha empezado a modificarse. La transformación de los procesos de trabajo y de las formas de explotación del trabajo asalariado modifican la reproducción de la fuerza de trabajo, prolongando la esperanza de vida, disminuyendo los niveles de mortalidad, extendiendo el tiempo disponible para el trabajo más allá de la crianza, y disminuyendo a su vez las tasas de natalidad en el mundo de manera acelerada, sobre todo en los países más desarrollados. La última reestructuración capitalista impuso a su vez la flexibilización generalizada de las condiciones laborales. Es en este marco que se hace masiva la incorporación de las mujeres al mercado de fuerza de trabajo, negando de manera cada vez más profunda el hogar y la crianza como destino.

Los grupos religiosos, curiosamente llamados “provida”, alertan: «La Argentina se está despoblando: en 2023 nació un 40% menos de niños que hace una década». En verdad, la población aún crece, solo que a un ritmo más lento por la disminución de la natalidad y podría empezar a reducirse en 20 o 30 años en caso de mantenerse la tendencia. Sin embargo, la población aún parece crecer muy por encima de la necesidad de fuerza de trabajo del Capital, que no se preocupa tanto por el nivel de natalidad de las mujeres como por el de su explotación asalariada. El aumento o descenso de la población mundial tiene que ser comprendido en el contexto de la dinámica de la acumulación capitalista y sus necesidades de fuerza de trabajo. No hubo una conspiración en los albores de la revolución industrial para que crezca la población: Manchester, por ejemplo, a partir de la introducción de la máquina de vapor y el telar mecánico, pasó de tener 40 mil habitantes en 1760 a 75 mil en 1800, y en 1850 su población era ya de 400 mil personas.

Al menos en los países de Occidente, se han relajado ciertas políticas que apuntalaban el crecimiento poblacional sin que necesariamente se apliquen nuevas políticas en el sentido opuesto, como ocurrió en China con su política del hijo único. Las modificaciones en los requerimientos de la fuerza de trabajo promovieron cambios en los modos de reproducirse. De este modo, se incrementó la soltería, se retrasó la edad de matrimonio, se postergó el primer (y quizás único) hijo, se hizo masivo el uso de la pastilla anticonceptiva y se multiplicó la diversidad en torno a lo sexual.

Reflexión aparte merecería la relevancia de la “liberación sexual” en la dinámica de reproducción de la fuerza de trabajo. El viejo movimiento obrero buscaba la emancipación de las mujeres, económica y sexual, sin poner en duda la categoría “mujer” (mucho menos la categoría “hombre”), la naturalización del sexo biológico, la maternidad, ciertos rasgos de la femineidad.

La disputa por mejorar las condiciones de vida de las mujeres a lo largo de la historia de la sociedad capitalista ha puesto en tensión qué significa ser mujer, hasta el punto en que nos enfrentamos directamente a la pregunta: ¿qué es la mujer?

Más allá de los discursos

El Capital es una contradicción en proceso, pero no en términos discursivos o morales, como generalmente se piensan las “contradicciones”. Es contradictorio porque tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza; porque presiona por la universalidad indistinta y abstracta de los individuos mientras necesita de la división sexual del trabajo. Quiere la distinción de género y quiere la universalidad del individuo abstracto y libre. Quiere la familia como lugar privado de reproducción de la fuerza de trabajo y a su vez la destruye. Es el propio Capital el que deconstruye el género y lo desnaturaliza, al tiempo que lo conserva y retiene las tradiciones en su propio desarrollo.

Es en estas circunstancias que hablamos de la comprensión del modo de producción capitalista y la posibilidad de su superación, o al menos de luchas en pos de esa finalidad: abolición de las clases y del género. Es necesario pensar la cuestión de la mujer, la cuestión de las disidencias ¡y la cuestión del hombre y la masculinidad!, más allá de sus manifestaciones y posibilidades de transformaciones individuales e inmediatas. Sin división sexual del trabajo, ¿qué sentido tiene la división sexual binaria y todas las identidades que la rodean?

Si asumimos, como dijimos al comienzo, que la división del género no es más que el anclaje de cierto grupo de individuos a una esfera específica de actividades sociales y que el trabajo es la separación de los seres humanos de los medios de reproducción de sus vidas, hablamos entonces de la posibilidad del comunismo y la anarquía como abolición de las clases y del género tal como los conocemos.

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Próximamente ampliaremos estas reflexiones con la publicación de Cuadernos de Negación nro. 16: Notas sobre aborto, género y población.

jueves, 1 de agosto de 2024

NO SOMOS «CAPITAL HUMANO»

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Una de las innovaciones del actual gobierno argentino fue la designación del Ministerio de Capital Humano que significó la integración de los antiguos Ministerios de Trabajo, Educación, Desarrollo Social y Cultura. Inicialmente también incluía el de Salud, aunque quedó finalmente fuera. El Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad fue suprimido, conservando únicamente una Subsecretaría de Protección contra la Violencia de Género, transferida posteriormente al Ministerio de Justicia para ser disuelta.

La noción de capital humano sobre la que se basa la creación del Ministerio homónimo tiene como punto de partida la concepción burguesa sobre la inexistencia de clases sociales. Como veremos, subyace la idea de que todos seríamos capitalistas.

La apología del Capital, de los capitalistas y del capitalismo en general, es difundida necesariamente desde todos los gobiernos. En este caso es llevada a cabo desde una visión abiertamente liberal y en un contexto particular del mercado laboral, lo cual invita a otro tipo de críticas y volver sobre algunas cuestiones fundamentales.

¿Qué es?

En el programa de La Libertad Avanza (LLA) de cara a las elecciones presidenciales de 2023 podemos leer: «El capital humano de una persona es el valor de todos los beneficios futuros que se espera obtener de ella con su trabajo en el transcurso de la vida productiva». Y más adelante afirman: «es el conjunto de habilidades, aptitudes, experiencias y conocimientos de cada persona, imprescindible para la economía de un país, invirtiendo en él se aumenta la productividad y se impulsa el progreso tecnológico, además de los múltiples beneficios que se obtienen en otras áreas como las sociales o científicas.»

Estas definiciones deben mucho a la llamada teoría del capital humano (TCH), desarrollada principalmente por los economistas estadounidenses Schultz y Becker desde la década de 1960. El primero de estos estableció que los factores de producción decisivos para el incrementar el bienestar de los pobres son el mejoramiento de la calidad de la población, los adelantos en el conocimiento y el desarrollo de habilidades. Posteriormente Becker, sistematizador de los aportes de Schultz, desarrolló formalmente la TCH en su libro Human capital. Su idea básica fue considerar la educación y la formación como inversiones racionales con el fin de incrementar la eficiencia productiva y los ingresos de individuos, empresas y Estados. Supuso además que el individuo, en tanto que “agente económico”, en el momento que toma la decisión de invertir o no en su educación, arbitra entre los costos de la inversión (por ejemplo, el costo de oportunidad –salario que deja de percibir por estar estudiando– y los costos directos, es decir, los gastos de estudios) y los beneficios que obtendrá en el futuro, si continúa avanzando en su formación.

De acuerdo a la perspectiva de estos autores y otros estudios posteriores, gran parte del crecimiento económico de las sociedades occidentales podría explicarse si se introduce una variable llamada capital humano, correlacionada con el nivel de formación especializada que tienen los agentes económicos o individuos de una sociedad. Sin embargo, parece ser al revés, ellos consideran el desarrollo como producto de la formación y no la formación como un producto, una necesidad, del desarrollo.

Desde la tribuna liberal insisten con la importancia de la educación para el progreso de la nación y el mantenimiento de la sociedad de clases. Cualquier parecido con otras formas de liberalismo “progre” no es mera coincidencia, es muy similar a la idea de transformar la sociedad a través de la educación, sin comprender que la educación es producida y transformada por las necesidades capitalistas de la sociedad. Y la adaptación del contenido educativo de acuerdo a las fluctuantes necesidades del Capital en cuanto a las características de la fuerza de trabajo a explotar ha requerido siempre del Estado. De hecho, el nivel educativo local ha caído tan bajo que la iniciativa más clara de la Secretaría de Educación actual es un plan de alfabetización nacional.

Para invisibilizar la existencia de las clases y su antagonismo es necesario invisibilizar la explotación: suponer que todos somos ciudadanos de una armonía liberal. Pero no es así, no hay igualdad de condiciones a la hora de vender nuestra fuerza de trabajo o a la hora de firmar un contrato de alquiler. En el mercado, la relación no es entre capitalistas, sino entre poseedores de mercancías: quienes poseen los medios de producción, y quienes solo poseen su fuerza de trabajo. Por tanto, se trata de un contrato basado en la asimetría social inscripta en el modo de producción capitalista, que da lugar a la «libertad de morirse de hambre».

¿Somos capitalistas?

No es suficiente vivir en una sociedad capitalista para considerarnos capitalistas. No es suficiente con tener una visión “consumista”, la enorme mayoría de la población no somos propietarios de capital. Es decir, no somos capitalistas. No disponemos de medios de producción a través de los cuales explotar a otros, no somos propietarios de comercios, bancos o tierras. Disponemos, cuanto mucho, de medios de vida, alguna herramienta de trabajo, un medio de transporte y muy pocos pueden tener una vivienda propia. Algún afortunado podrá ganar eventualmente la lotería, y disponer de una suma cuantiosa de dinero. Pero dependiendo de cómo la use, será o no capitalista. Una gran cantidad de dinero, una casa, una máquina de coser o un automóvil no son simplemente capital por el hecho de ser poseídos.

Según la perspectiva del capital humano, el conocimiento del que dispone una persona sería una forma de capital. De igual modo, cualquier característica de las personas que influya en el salario individual, podría ser una forma de capital: salud, edad, experiencia, e incluso ubicación geográfica. Puede parecer ridículo pero, desde el punto de vista de la TCH, un individuo que decide emigrar en búsqueda de mejor salario se está “capitalizando”. De acuerdo a las estadísticas, quienes más emigran son jóvenes, lo que demostraría que la “inversión” y apuesta a migrar volvería su trabajo más redituable a futuro.

Según la TCH, el conocimiento adquirido a través de la educación y la formación profesional aumenta las habilidades y competencias de los individuos, haciendo abstracción de toda otra serie de elementos. En este sentido, en lo que a optimismo pedagógico se refiere, son tan o más entusiastas que sus supuestos contrincantes. Como si todo se redujera al acceso al conocimiento, la libre voluntad y un comercio limpio. El sueño idílico de quienes quieren capitalismo pero sin hambre y sin matanzas (y sin Estado para los ultraliberales).

El gran nivel de precarización laboral ha convertido a muchos de nosotros en cuentapropistas, trabajadores autónomos, monotributistas o, como se suele decir, emprendedores. Pero eso no nos hace capitalistas, y no se trata de justificarlo en un sentido moral. Las distintas estrategias para paliar la inflación en este país, sumado a lo esporádico de ciertos trabajos, vuelve necesario saber algo de finanzas: tasas de interés, plazos fijos, fondos de inversión, diferentes tipos de dólar, criptomonedas, incluso bonos o acciones de empresas. Disponer de algún tipo de ahorro que no sea en pesos o directamente buscar que nuestro salario no se deprecie por el simple paso de los días, nos ha envuelto en este ámbito antes ajeno.

Es en este marco de precariedad y gran heterogeneidad de venta de la fuerza de trabajo, de individualismo y atomización social, sumado a la violencia inflacionaria, que la defensa del capitalismo ha calado hondo. Se nos invita a pensar como capitalistas, a identificarnos con ellos, a agradecerles por su rol social, y se nos promete la posibilidad de llegar a serlo a través del mérito y la libertad de saber elegir.

Se enaltece al empresario para prometernos, a lo sumo, mejores salarios en un futuro no tan lejano. Mejores que la miseria actual y peores que en el ciclo anterior. Ese es el círculo vicioso de la economía argentina al que ahora se suma una nueva reforma laboral, que busca potenciar el empleo formalizando la precariedad existente del enorme mercado informal de trabajo local, impuesta sobre la base de una creciente población sobrante para las necesidades del Capital.

¿Somos capital?

No somos capitalistas, pero tampoco somos capital. A lo que algunos burgueses se refieren como capital humano Marx lo llamó fuerza de trabajo, la capacidad de trabajar. En su libro El Capital podemos leer: «Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de capacidades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole» (véase la similaridad con la definición de capital humano de LLA citada más arriba). La fuerza de trabajo se encuentra disponible como mercancía con la aparición del individuo libre: tanto jurídicamente para vender su capacidad de trabajar por cuenta propia, como liberado de los medios de producción necesarios para ponerla en marcha y, por lo tanto, obligado a venderla. Y se trata de una mercancía muy particular en el mundo de las mercancías. Una cuyo valor de uso tiene la propiedad de ser fuente de valor, cuya puesta en acción crea más valor del que cuesta reproducirla y, por lo tanto, adquirirla. Solo el empleo por parte de un capitalista puede convertir nuestra fuerza de trabajo en capital.

En este sentido, el capital tampoco es simplemente una acumulación de mercancías. El dinero como capital compra mercancías para usarlas como medio en un proceso de valorización, de aumento de su cantidad. La fórmula D-M-D’ es la síntesis de este movimiento: el dinero (D) como capital compra mercancías (M), produce con ellas nuevas mercancías para venderlas y obtener así más dinero (D’) que el que iniciara el ciclo de acumulación. Fue al indagar en la especificidad de la mercancía fuerza de trabajo y la diferencia entre fuerza de trabajo y trabajo (la puesta en acción de la fuerza de trabajo) que Marx pudo desentrañar el misterio del origen de la ganancia capitalista, la creación del plusvalor.

El Estado garantiza esta realidad a sangre y fuego sobre los explotados, pero busca presentarse como la defensa del bien común. Esto es posible ya que también impone condiciones a la clase burguesa, de acuerdo a la reproducción del Capital en su conjunto. Esta reproducción no es armónica, los capitales se enfrentan entre sí mediante la competencia y también lo hacen las clases sociales en la relación de explotación. Donde nace una necesidad (del Capital) nace un derecho… o muere un derecho… siempre de acuerdo al progreso del Capital.

Aunque este gobierno diga lo contrario, la implicación entre Estado y Capital, así como entre economía y política, es constitutiva del orden social capitalista. Y pueden llamar a los ministerios como quieran, pero lo sustancial de su rol no se modifica.

«Sin desarrollo social no hay capital humano» sintetizaba una bandera de la oposición, queriendo remarcar la necesidad de un Estado presente frente a su supuesta ausencia, propuesta por el liberalismo criollo.

Es preciso señalar que vivimos en una sociedad en la cual la subsistencia queda atrapada en el intercambio de mercancías que se producen de manera privada e independiente, y constreñidos a ofrecer en el mercado una sola mercancía: nuestra fuerza de trabajo. Venderla o reventar es nuestra elección, porque es imposible acumularla; esa es nuestra libertad.

Desde el ultraliberalismo hasta la socialdemocracia introducen la idea de “invertir en capital humano”, que supone una mejora en la calidad del trabajo para contribuir al crecimiento económico individual, de una empresa, un país o bloque de países. Queremos destacar el lenguaje economicista burgués desvergonzado que ya se maneja en estos tiempos que nos toca vivir. Ya sin rodeos nos hablan de “capital intelectual”, “capital simbólico”, “capital cultural”, “capital social”… Es cierto que en esta sociedad, desde el punto de vista burgués, todo es “capitalizable” pero no señalarlo o conformarnos alegremente frente a semejante situación nos condena a la complicidad de la apología capitalista.

Ya en 2002 Fidel Castro planteaba: «Hoy poseemos capital humano, que es esencial, más que cualquier otro país desarrollado del mundo…, y llegará el momento en que ese inmenso capital humano se convierta en riqueza económica». Diferentes maneras de administrar la sociedad capitalista pueden compartir un mismo sueño. Pero de lo que se trata es de superarla.

domingo, 9 de junio de 2024

miércoles, 27 de marzo de 2024

LA CAÍDA DEL SALARIO

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«Inflación: el poder de compra del salario cayó 20% en solo dos meses por la aceleración de los precios» señala Infobae a comienzos de marzo. Agrega Ámbito Financiero: «Se trata de la caída más grande de los haberes, 14 puntos, la más grande desde la crisis de la convertibilidad, en abril de 2002, cuando los haberes se desplomaron 9,6%.»

En la inauguración del período de sesiones de la Asamblea Legislativa, Milei señaló que hoy un sueldo es de 300 dólares «cuando en la década de los ‘90 había llegado a los 1800, que pensado en moneda de hoy sería de 3.000 dólares.» Culpó al populismo que «nos quitó el 90% de nuestros ingresos llegando a un nivel de locura tal, donde un tercio de los trabajadores formales son pobres.» Eso significó un elogio a Menem y tuvimos que presenciar a la descendencia del expresidente aún enquistada en el gobierno cantando “la casta tiene miedo”.

Más allá de los discursos, Milei es un eslabón más de la historia del empeoramiento de nuestras condiciones de vida. Décadas antes de los ‘90, con un salario generalmente vivía una familia compuesta de dos adultos y dos niños, no era extraño que trabajadores compraran sus casas, fueran de vacaciones, tuvieran un auto. Hoy a lo máximo que se puede aspirar es a comprar un teléfono en cuotas y pagar internet. Claro que los modos de consumo han cambiado, pero suponer que ahorrando en las novedades una familia puede abandonar un trabajo y comprar una casa es irrisorio.

Desde su pico máximo en el ‘74 hasta el momento, el salario real en Argentina ha caído por encima del 50%. Esta caída estuvo compuesta por brutales ajustes mediante bruscas devaluaciones con altos niveles inflacionarios e hiperinflaciones, comenzando por el Rodrigazo en 1975, las hiperinflaciones de 1989 y 1990, y la salida de la convertibilidad en 2002. Solo a partir de estos duros ajustes se produjeron fases expansivas de la economía con una recuperación relativa de los salarios, siempre por debajo del nivel del ciclo alcista anterior.

La última fase expansiva se inició hacia 2003 y duró hasta 2012, cuando comenzó nuevamente a ralentizarse y los salarios comenzaron a caer. Pero en lugar de advertir dicha caída como parte de una tendencia general de carácter cíclica, gran parte de la clase explotada idealizó a la política y la “década ganada”, posibilitando un avance del ajuste signado por la alternancia democrática (Fernández de Kirchner-Macri-Fernández) y la total institucionalización de los movimientos sociales. Esto conllevó a su vez, a que resurja un liberalismo aggiornado con cierto rechazo a la política del 2001 y con el antiprogresismo de las derechas alternativas internacionales. Este nuevo gobierno, por lo pronto, parece haber legitimado en una parte importante de la sociedad el ajuste como única alternativa.

Cuando los reaccionarios que defienden a Milei dicen que hay gente que comenzó a quejarse recién ahora luego de años de silencio cómplice no están faltando a la verdad, la cuestión es quién lo señala. No nos podemos olvidar nunca de los “compañero, no es momento de quejarse, es hacerle el juego a la derecha”.

En este mismo boletín hace diez años decíamos: «Al evidente problema que representa la inflación para llegar a fin de mes se le suma el tener que escuchar tanta boludez al respecto. Las discusiones en torno a la inflación, las echadas de culpa entre un sector y otro de la burguesía, no son más que la coartada de su verdadera disputa de fondo: cómo se reparten el fruto de la explotación que sufrimos a diario, quiénes se ven más beneficiados de esta constante intensificación de la explotación. No es novedad para nadie que desde hace años los precios vienen aumentando a una velocidad mucho mayor que la de los salarios, disminuyendo por lo tanto el poder de compra, el salario real.» (nro. 13, Ganancia, ganancia, ganancia).

Una década después parece que estamos en el mismo lugar pero no, estamos un escalón más abajo, nuestro salario o ayuda social compra menos que en 2014. Y hay aún más personas sin empleo y otras tantas viviendo en peores condiciones, y no hablamos de unos pocos, sino de millones de seres humanos.

Por otra parte, tal como subrayábamos en aquel artículo: «No podemos ignorar la disminución de la calidad de los alimentos, la obsolescencia programada de los artefactos electrónicos y todas las implicaciones destructivas para la salud y el medio ambiente que esta situación conlleva. Nuestros salarios, entonces, no solo disminuyen en relación al aumento de precios (disminución del salario real), sino que además y de forma socialmente encubierta, disminuyen permanentemente en la calidad de lo que pueden comprar. Cada vez trabajamos en peores condiciones, alquilamos casas más pequeñas y destruidas, consumimos peores alimentos, nos trasladamos peor, etc., etc…»

Sumamos además que los gastos en salud, educación y seguridad han aumentado para la población asalariada, ya que el gasto público dedicado a atender estas cuestiones ha disminuido. Mientras se ajusta el gasto público en dichas áreas, ha aumentado en ayudas sociales y subsidios para garantizar la subsistencia de los desempleados o asalariados pobres, un fenómeno cada vez más creciente en Argentina.

Pero, ¿a qué apuntamos con todo esto? ¿A exigir entonces una disminución de los precios, un aumento de la calidad de los productos con precios estables? ¿A un aumento del salario real? ¿A un cambio generalizado de los hábitos de consumo? Estas propuestas, si bien al menos captan mejor el problema, no son más que parches en este mundo de la mercancía y el trabajo asalariado. Podemos poner límites, luchar más allá de quien gobierne pero... ¿hasta cuándo vamos a seguir haciendo listados de injusticias y desigualdades sin apuntar directamente a las causas estructurales?

Y con “causas estructurales“ no nos referimos a la dinámica económica de este país y su lugar específico en la división internacional del trabajo. No ponemos nuestro anhelo en un capitalismo más estable, más serio y productivo, que nos explote mejor, más eficazmente a cambio de mejores salarios. Buscamos comprender el porqué de esta situación, luchamos inevitablemente por la defensa de nuestra fuerza de trabajo, mientras apuntamos a la destrucción de la sociedad que nos obliga a vendernos con ella.

«[la clase obrera] no debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable guerra de guerrillas, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador de: “¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!“, deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: “¡Abolición del sistema de trabajo asalariado!“» (Karl Marx, Salario, precio y ganancia)

jueves, 11 de enero de 2024

¡ESTO ES LUCHA DE CLASES!

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La megadevaluación y el decretazo del gobierno son un ataque de clase. Contra quienes trabajamos, alquilamos, usamos transporte, salud pública, recibimos ayudas sociales y/o protestamos.

El nuevo gobierno comenzó con una ofensiva: la devaluación del 54% del peso argentino respecto del dólar. El plan motosierra es una licuadora de salarios. Incluso de las ayudas sociales de mayor alcance que, para horror de sus votantes, La Libertad Avanza aumentó un 50% (AUH y Tarjeta Alimentar). A pesar de esto no se contrarresta la inflación acumulada durante los últimos meses de la gestión anterior, y se suma el impacto inflacionario de la brutal devaluación actual.

El polémico Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) y la “ley ómnibus” presentados por el nuevo gobierno generan confusión sobre qué entra en vigencia y qué no. Además, parecen dejar en segundo plano la megadevaluación como ajuste sin decreto que sufrimos de un día para otro y que se suma a la alta inflación que venimos padeciendo desde hace meses y años.

El DNU comienza con una afrenta de clase: derogación de la Ley de alquileres. Y no significa que la anterior fuese buena ya que, al ajustar alquileres con un promedio entre inflación y salarios registrados, no hacía más que acompañar los aumentos del resto de los precios. La propuesta actual es aún peor: fuerza a los inquilinos a pagar lo que al propietario se le ocurra, incluso los denominados gastos extraordinarios, empeorando la cuestión de las garantías y las recesiones, desregulando la duración de los contratos. Esa es la libertad de contrato que propone el liberalismo: entre partes que son formalmente iguales ante la Ley pero desiguales socialmente.

El resto de los apartados son obsequios para otros sectores: derogación de la Ley de manejo del fuego, que permite acelerar los tiempos de venta de un territorio incendiado (como los humedales quemados de esta zona), de la Ley de tierras, de leyes que regulan la actividad minera, vitivinícola, algodonera y deportiva. Necesidades y urgencias de la burguesía.

Algunos artículos nos afectan indirectamente al modificar la distribución de plusvalor al interior de la clase explotadora. Otros apuntan directamente a aumentar la tasa de explotación y debilitar nuestra capacidad de acción, de protesta y de reunión. Ante un ajuste brutal se preparan para las protestas, huelgas y movilizaciones.

El DNU define “actividades esenciales”, como en el estado de excepción durante la cuarentena, que en caso de huelga tendrían la obligación de cubrir “al menos el 75% del trabajo normal”. Los trabajadores de “importancia trascendental”, por su parte, deberían cubrir el 50% del trabajo normal en caso de huelga.

Además, el DNU limita el derecho a realizar asambleas en el lugar de trabajo, ya que se las considera medidas de fuerza. Prohíbe los piquetes de huelga en la puerta de las empresas, convirtiendo esta medida en causa justificada para despido. A su vez se modifica el cálculo de indemnizaciones para “explorar mecanismos de indemnización alternativos a cargo del empleador”. Se reducen las multas laborales por trabajo no registrado o mal registrado y se prolonga el período de prueba de tres a ocho meses “para fomentar el trabajo”. ¡Trabajo hay! Esta vez la crisis es con trabajo, con uno o con dos. No es una crisis marcada por la desocupación, sino de pobreza con salarios de mierda.

Sumando trabajadoras y trabajadores “esenciales” y de “importancia trascendental”, tenemos gran parte de la porción asalariada de la clase proletaria del país. Estos y el resto, asalariados o no, somos atacados con la brutal caída de salarios, ayudas y jubilaciones mediante la inflación.

La pérdida de derechos es relativa entre tanta precarización. La quita de derechos ya existe sin DNU y viene de gobiernos anteriores empujando a cada vez más proletarias y proletarios a la precarización: trabajos y alquileres sin contrato, por ejemplo.

Por otra parte, pareciera que el problema del DNU es su “inconstitucionalidad”: ¡no! Ese es el terreno legal y puede servir en lo inmediato para frenar todo esto. Pero no olvidemos que nuestra lucha, la lucha por nuestras necesidades, también puede ser ilegal y pasar por alto el Congreso. No es un argumento universalmente válido. Cuando el Derecho se vuelve el horizonte de los cambios sociales, incluso revolucionarios, es porque no trasciende la reproducción del propio modo de producción capitalista y sus formas políticas. Y se acaba discutiendo si es cierto que el DNU en realidad deroga leyes de Videla y Onganía, como bien hacen notar los defensores de Milei.

No vale corear la de “Milei basura, vos sos la dictadura” porque es democracia. No vale decir, cuando la democracia no gusta, que es una dictadura; es una arbitrariedad de mal perdedor. Los anteriores también gobernaron con decretos y el Estado existe para poner orden y reprimir, además de distribuir migajas. Sucede que hay cada vez menos migajas y eso incrementa directamente los palos. El jueguito discursivo está en dejar a la democracia limpia de culpa y cargo (para seguir con el lenguaje religioso-judicial), y lo que resulta desagradable ponerlo fuera, achacarlo a la dictadura. Malas noticias para los demócratas: no hay democracia sin represión, sin hambre, sin desempleo.

El problema con este DNU es su explícito contenido de clase. No es simplemente el “decreto de Milei”: es de la burguesía, y la burguesía no tiene partido. Claro que tienen conflictos de intereses entre diferentes sectores por sus ganancias, por cómo y cuánto explotarnos, pero no tenemos por qué tomar partido en esas contiendas.

Como clase explotada tampoco es necesario meternos en el debate “fiscal”, que es un enfoque burgués, adoptado, por ejemplo, por el nuevo ministro de Economía: «La génesis de nuestros problemas ha sido siempre fiscal», y anunció «si seguimos como estamos, vamos inevitablemente camino a una hiperinflación». Por eso es que buscan reducir los subsidios a la energía y al transporte, entre otras medidas de austeridad. «Hoy el Estado sostiene artificialmente precios bajísimos en tarifas energéticas y transporte a través de estos subsidios (…) Pero estos subsidios no son gratis, se pagan con inflación. Lo que te regalan en el precio del boleto te lo cobran con los aumentos en el supermercado. Y con la inflación, son los pobres los que terminan financiando a los ricos», aseguró Caputo, que no está tan lejos de la verdad. La cuestión es dónde posicionarse ante esta realidad.

Cuando quitan los subsidios a las empresas de transporte de pasajeros sufrimos una nueva reducción del salario: pero como en otras ocasiones, no es tanto que el boleto sea caro sino que nuestra fuerza de trabajo es muy barata, baratísima. Lo mismo ocurre con los alquileres: en relación al precio de una vivienda los alquileres no son caros, lo son en comparación con nuestro salario. En el caso del subsidio al transporte se trata de un subsidio a los capitalistas. Eso no quiere decir que no nos beneficie de forma indirecta. Pero les permite a los burgueses pagar salarios más bajos (o al propio Estado, en el caso de las ayudas sociales). Si el Estado permite que gastemos menos en viajar (principalmente al trabajo o a diferentes actividades relacionadas con ello) nuestra fuerza de trabajo se abarata, lo cual beneficia a nuestros patrones, es decir, se beneficia la clase explotadora en su conjunto.

Así que, aunque suene paradójico, de diferentes maneras la quita de subsidios afecta a los burgueses del sector en particular y a sus trabajadores. La implicación recíproca que existe entre nuestra clase y el Capital no desmiente su carácter antagónico. De hecho, la reproducción de nuestras condiciones de vida está ligada a la reproducción del Capital, así mismo nuestras luchas.

En la otra vereda (y por la vereda) Guillermo Moreno, exponente del peronismo doctrinario, lo explica a su manera: «En el estatus quo estamos todos los que estamos en contra de esta revolución que pone al país patas para arriba. Y hoy ya empezaron a trabajar el movimiento obrero con los empresarios, se empiezan a encontrar dentro de una doctrina extraordinaria que es la peronista. Que no somos la lucha de clases, nosotros somos la armonía entre Capital y trabajo. (...) Y este decreto le pega al trabajo y le pega al Capital.»

Evidentemente el ajuste se garantiza con represión. Y supone un problema para quienes no fueron lo suficientemente domesticados o institucionalizados, o para quienes la situación los fuerza a salir a la calle pese a los llamados a la calma de años anteriores. El panorama es difícil, luego de años y años de debilitamiento a través de represión vía institucionalización e integración en la política burguesa.

El gobierno nos marea con amenazas mientras comienza a dar palos. Antiguo anhelo burgués, el “protocolo antipiquetes” presentado por el Ministerio de Seguridad de la Nación establece que las fuerzas policiales y de seguridad federales «intervendrán frente a impedimentos al tránsito de personas o medios de transporte, cortes parciales o totales de rutas nacionales y otras vías de circulación». Para evitar los cortes de la circulación de mercancías y de la mercancía fuerza de trabajo por piquetes y manifestaciones callejeras, habilita a que las protestas se realicen solamente sobre las veredas.

Por otra parte, el Ministerio de Seguridad podrá demandar judicialmente a «las organizaciones convocantes a las manifestaciones, así como a las personas individuales que resultaren responsables, por el costo de los operativos». Además «se establece que las entidades perjudicadas podrán iniciar acciones de resarcimiento por los daños y perjuicios que hubieren sido ocasionados contra el patrimonio público y las personas». Ahí se entiende doblemente que «quien las hace las paga», como señaló Milei. A la cuenta del operativo de seguridad se le pueden agregar destrozos o limpieza de paredes pintadas. Y en caso de tratarse de extranjeros con residencia provisoria en la Argentina, se enviarán sus datos a la Dirección Nacional de Migraciones «a los fines pertinentes». Dentro de la ley, todo; fuera de la ley, nada. Y son ellos quienes redactan las leyes.

A esto hay que agregar la denominada “ley ómnibus”, que incluye un insólito requisito: si tres o más personas desean reunirse en un espacio público, deberán pedir permiso 48 horas antes al Gobierno. Y en caso de contar con ese certificado de aprobación, la reunión podrá realizarse siempre y cuando «no estorbe, impida o entorpezca el tránsito».

En paralelo, la ley ómnibus también impulsa la creación de una figura penal para «quienes dirijan, organicen o coordinen una reunión o manifestación que impidiere, estorbare o entorpeciere la circulación o el transporte público o privado o que causare lesiones a las personas o daños a la propiedad», los cuales «serán reprimidos con prisión de 2 a 5 años, estén o no presentes en la manifestación o acampe». La intención parece ser la de sumirnos en un estado de excepción permanente, dentro de la normalidad capitalista. Como durante la declaración mundial de la pandemia.

La burguesía, nacional o extranjera, nos explota y nos oprime de diferentes maneras. Tengamos o no trabajo. De cualquier género, de todos los colores y diferentes capacidades.

La nueva oposición notifica: «Milei prende la maquinita y el gobierno emite dos billones para pagar deuda y gastos. La cifra equivale al plan platita de Massa que incluyó bonos para jubilados y desocupados, devolución del IVA, y los beneficios impositivos para montributistas y asalariados registrados.» Pero a nosotros de nada nos sirve seguir insistiendo en que el problema es la emisión, que no es solo causa sino principalmente consecuencia del malestar económico en este territorio. De hecho, con la devaluación brusca del peso se licúa su valor real vía inflación, y esto es mucho más importante que la cantidad de pesos circulantes (valor nominal) y las emisiones.

El actual descontento se percibe como un problema de la economía nacional, desconectado de la mundialidad del modo de producción capitalista, un ombliguismo típicamente argentino. No se percibe un horizonte que vaya más allá del de la nación y sus individuos. No se perciben problemas estructurales.

La reducción nacionalista canta insistentemente “la patria no se vende”, dejando el “que se vayan todos” a los partidarios del nuevo gobierno. El espontaneísmo político convive con el fervor electoralero que de espontáneo no tiene nada, sirve de furgón de cola del kirchnerismo y además exige paro a la CGT avalando, de esa manera, todas las instituciones burguesas que contribuyen a nuestra explotación.

Este nuevo pacto democrático nos dice que de esta “se sale votando”. Entonces toda resistencia es una campaña permanente. Solo de esa manera se le puede pedir coherencia a Milei para dejarlo en falta frente a sus votantes (?). ¿Por qué pedirle a Milei que cumpla con su promesa de que la crisis la pague la casta? ¿Para qué pedir a la CGT? Aún considerándolos traidores, ¿traidores de clase?, si son parte de la burguesía explotadora. Ya no solo por sus propuestas ideológicas de conciliación trabajo-capital sino por su posición social objetiva: burgueses. ¿Qué sentido tiene para nuestra clase defender la patria? ¿Y a la burguesía nacional? Se parece a la teoría del derrame de los liberales: “si a la burguesía y al país les va bien, a nosotros también".

No existe algo así como la casta: no hay castas, ni clase política, porque las clases se definen en relación a la explotación y no a las ideologías. Un burgués pude decir todo lo que se le antoje, pueden tomar sus frases y hacerlas bandera pero lo que lo define es su rol en el antagonismo social. Así mismo, las crisis de la sociedad capitalista se producen por su propia dinámica que luego gestiona cada gobierno a su manera. A la propuesta impotente de que la crisis la paguen los ricos, como profesaba la izquierda, ahora directamente se propone que la pague un sujeto inexistente como la casta.

Las crisis empobrecen al proletariado y bajan el nivel de vida de cada una de sus sectores: degradación de las condiciones laborales, reducción del precio de la fuerza de trabajo, aumento del desempleo, empeoramiento en la vivienda, la salud, la educación. Estas condiciones no disparan necesariamente la solidaridad y la lucha porque no se trata de un mecanicismo de la historia o de “cuanto peor, mejor”.

Las crisis preparan una entrada desfavorable para el proletariado en el nuevo ciclo económico. Con abundante mano de obra deseando trabajo en las condiciones que sea, con unos sueldos bajos y aspiraciones más bajas que el ciclo anterior. Eso puede explicar por qué estamos cada vez peor, por qué hay cada vez menos respuesta colectiva y masiva frente a estos atropellos. Quien ingresa al mercado laboral ya ni pretende estar en blanco, como el de la generación anterior no aspiraba al auto-familia-vacaciones, o su antecesor a la casa que otros sí pudieron comprar trabajando.

Como vemos, no se trata de volver atrás o hacer deseable el pasado del llamado “Estado de bienestar”. Se trata de advertir los cambios en la sociedad capitalista: en lo relativo al trabajo, a la identidad obrera, a la división sexual, al capacitismo, al nacionalismo, a la familia, a la religión y al racismo. Elementos puestos en cuestión por los movimientos sociales, así como por las propias dinámicas capitalistas.

Es momento de explorar nuevas perspectivas, nuevas maneras de luchar. Más allá de la patria, del Estado, de la democracia, de la lógica de la mercancía, de los partidos políticos y de los sindicatos.

Ya es hora de señalar la insistencia con “la calle” como receta mágica. La lucha está en las calles, pero no solamente. Habrá quienes dirán que hay que “radicalizarlas”, es decir tirar piedras y enfrentarse con la policía. Esta es una buena ocasión para preguntarnos además: ¿qué lucha? ¿La que quiere hacer volver al gobierno anterior? ¿La de fogonear un nuevo líder de la democracia representativa? ¿Refundar el sindicalismo? ¿Confiar en los movimientos sociales completamente integrados a la normalidad capitalista?

Uno de los posibles futuros condensadores de la rabia actual es Juan Grabois, católico, de discurso contundente y peronista obediente. Pretendido representante, ya no de la masa obrera sino de la masa precarizada que denomina “economía popular”. Hace pocos años atrás fue clarísimo: «Hay que dejar de pensar que el problema de la conflictividad social en argentina somos los movimientos sociales. El Polo Obrero hoy está conteniendo 60 grupos que si no estuvieran desfilando por la 9 de julio estarían haciendo cosas peores. Ustedes no entienden lo que nosotros hacemos por la paz social en este país, no lo dimensionan».

La forma de organizarse, los métodos y los fines de muchos de los movimientos sociales, no solo son reprimidos por el nuevo gobierno, perdieron credibilidad para las personas explotadas de esta sociedad. Ahora se los pone en cuestión por derecha, desde el Estado, pero es un secreto a voces su clientelismo, las tomas de asistencia en las manifestaciones, lo vemos hace décadas. Para muchos hermanos de clase no es más que un laburo y para otros no es una alternativa válida de protesta.

¿Qué decir del sindicalismo? No se trata de que sea corrupto o sus representantes sean inútiles o avaros. No sirve, no solo para la emancipación de las trabajadoras y trabajadores, siquiera en lo inmediato para defendernos. Solo sirve para mantener la armonía entre explotadores y explotados, para que los primeros ganen todo lo que puedan sin olvidar que sus ganancias dependen de nuestra supervivencia.

Habrá quien quiera leer en esto desesperanza o nihilismo. Para nosotros es todo lo contrario. Puede abrirse una posibilidad para explorar y experimentar nuevos métodos, nuevos encuentros y desencuentros, nuevos horizontes. Más allá de las mezquindades de lo normal e impuesto. El año electoral significó una gran pausa a la conflictividad social y la reflexión crítica, pero estos cambios obligan a replantear todas las cuestiones, un balance de las luchas en curso. Es momento de insistir con la necesidad de ruptura.

El fenómeno Milei se apoya en un desprecio a la política tradicional que no es cuestionada como política, en un alto grado de conformismo y confianza en la representatividad y en el “sálvese quien pueda” capitalista. Por su lado, toda la política “progre” continúa encargándose de borrar la ruptura como alternativa, como posibilidad. Es cada vez más nacionalista, estatista, gestionista de lo existente. Ese viene siendo el rol de los partidos políticos que se pretenden representantes de la clase proletaria, mientras que otros como el gobierno actual sinceran su rol como defensores de la burguesía, y cuentan con trabajadores adeptos frente al fracaso del progresismo.

Partiendo de las luchas actuales y las transformaciones de las últimas décadas de la dinámica capitalista a nivel mundial, prestamos atención a sus manifestaciones locales y las posibilidades que estas suponen. En primer lugar, la reproducción masiva de fuerza de trabajo en condiciones de absoluta precariedad, con grandes niveles de desempleo y pobreza. Esto se evidencia como una gran dificultad para el Capital. Por lo pronto, logra sortearla a través de grandes redes de asistencialismo estatal. Veremos cómo continúa esta cuestión ante este nuevo panorama de ajustes violentos.

Otro aspecto fundamental es el de las luchas de mujeres y disidencias, atendiendo en el análisis a los cambios en la división sexual en el capitalismo. Más allá de las políticas centradas en el plano de reconocimiento identitario, señalamos la imposibilidad del capitalismo por dar respuesta a muchas de las problemáticas que se han puesto de manifiesto. Desde una perspectiva revolucionaria ha quedado suficientemente en claro que no es posible abolir las clases sociales sin abolir la división de género y que, por tanto, no es posible abordar un tema sin el otro.

En las luchas en curso también nos encontramos con la cuestión medioambiental. La economía argentina se basa fuertemente en la producción primaria, tanto agropecuaria como minera. De esta depende en gran medida la reproducción de buena parte de la fuerza de trabajo a través del Estado. Este tipo de producción no se puede relocalizar cuando es rechazada por la población. Apostamos por asumir estas profundas implicancias de la lucha, en oposición al supuesto capitalismo verde y a la defensa del territorio como “recurso nacional”. Esto puede volver a dar impulso a las luchas de quienes se identifican como pueblos originarios. Y necesariamente incrementará la lucha antirrepresiva ante los embates de la fuerzas de seguridad.

Evidentemente, la lucha por salarios y mejores condiciones de trabajo continúa siendo fundamental, pero no es la única y se articula con las demás. Ya no es posible pensar los problemas aisladamente.

En resumen, nos referimos a varios planos de la lucha de clases actual, que exceden al mero ámbito de la producción y ponen en cuestionamiento la reproducción capitalista en su conjunto. La posibilidad de una ruptura revolucionaria está latente en esas luchas y expresa un camino a seguir, aunque por el momento se imponga con fuerza la pacificación democrática. No proponemos un cambio de hoy para mañana, pero hay que comenzar. Lo utópico es esperar mejoras de representantes burgueses.

Contra el liberalismo y todas las variantes de la sociedad capitalista. Por el comunismo y la anarquía.