domingo, 25 de enero de 2026

PETRÓLEO, INTERVENCIÓN Y CAPITAL

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La reciente captura de Maduro marca el fin, por si quedaban dudas, de una época ya acabada. No solo no hubo resistencia popular a la intervención estadounidense sino que el líder fue entregado desde adentro del chavismo.

Está clarísimo que Estados Unidos no combate el narco, que el Cártel de los Soles no existe y que se trata de una violación a la soberanía nacional y el Derecho Internacional. Hay que ser muy iluso para suponer lo contrario o para exigir que EE.UU. se apegue a la ley.

También es claro que el régimen venezolano implica una catástrofe social que expulsó a cerca de ocho millones de personas y lleva adelante un férreo proceso persecutorio y represivo con miles de presos políticos y ejecuciones extrajudiciales. Este proceso no se dio solamente contra la oposición burguesa, gendarmes argentinos y excandidatos a presidentes: se trata de sindicalistas, trabajadores, activistas y referentes de pueblos indígenas.(1)

La cantidad de emigrados significa que cerca del 20% de la población venezolana está viviendo en el extranjero. Así y todo, no hay trabajo o hay trabajos mal pagos, algo conocido en Argentina. Pese a la pérdida de millones de personas del mercado laboral, existe una gran cantidad de población sobrante para el Capital. Venezuela registró una sostenida hiperinflación al menos desde 2017 hasta 2020, que llegó en 2018 a una inflación interanual de 130.060% según el Banco Central de Venezuela y de 1.698.488% según la oposición parlamentaria.

Evidentemente la “revolución bolivariana” es un fracaso indefendible. Los venezolanos no emigran por diferencias políticas, aunque los chavistas de todo el continente consideren lo contrario. En este marco es que debemos interpretar, aunque no acordemos o nos parezcan razones limitadas, el resentimiento de tantos venezolanos con el régimen que los expulsó o los condena a la miseria en su país de origen.

El petróleo venezolano

No obstante Venezuela posee las reservas más grandes del mundo, actualmente sólo produce entre 800.000 y 900.000 barriles de petróleo diarios (bpd) debido a la falta de inversión y problemas de infraestructura. En sus momentos de mayor productividad llegó a más de 3,5 millones de bpd. Arabia Saudita, en un cercano segundo puesto en cuanto a reservas, produce alrededor de 10 a 10.5 millones de bpd. China es actualmente el principal destino del petróleo venezolano, pero se trata de un fenómeno reciente ya que hasta hace algunos años era EE.UU. Mientras Chávez vociferaba que “ni una gota más de petróleo les llegará a Estados Unidos”, la administración venezolana del hidrocarburo se basaba en su relación con las empresas norteamericanas. Por eso insistimos en que cuando de líderes burgueses se trata, es conveniente prestar más atención a las cuentas que a sus discursos. Una lectura bien simplista diría que EE.UU. quiere recuperar ese lugar, pero fue este mismo país el que impuso sanciones desde 2017 a la inversión en Venezuela y a la compra del petróleo venezolano. El crecimiento durante la última década de los vínculos comerciales con China y Rusia por parte de Venezuela no se producen como una búsqueda por ganar mayor autonomía frente al “imperialismo yanqui”, sino porque los capitales norteamericanos dejaron de invertir en el país y de comprar su petróleo (con la importante excepción de Chevron).

Durante los ‘90 Venezuela sufrió un deterioro de sus sectores no petroleros, fundamentalmente de las industrias que abastecían el mercado interno amparadas en la renta petrolera, para convertirse gradualmente en un país dependiente de las importaciones para su reproducción. En síntesis, su ordenamiento económico dejó de ser similar al argentino y comenzó a asemejarse al chileno. Con los precios internacionales del petróleo más altos de la historia a inicios de los 2000, la renta petrolera hizo posible un aumento del consumo en Venezuela, pero con un escaso desarrollo de la estructura productiva no petrolera del país. El desplome del precio del petróleo hizo que esta reproducción de la fuerza de trabajo por parte del Estado fuera completamente insostenible y la continuidad del régimen solo pudo ser garantizada por una profundización del ajuste y un crecimiento de la represión. Este proceso coincide en buena medida con la llegada de Maduro al poder. Adicionalmente, se da la caída del sector petrolero mencionada al comienzo, que agravó la situación social en el país. El desplome en la producción de petróleo se debe principalmente a que sus inversores extranjeros fueron haciendo bajar la producción hasta la llegada de las sanciones por parte de EE.UU. La caída del precio de esta commodity a nivel mundial, sumado a la especificidad del petróleo venezolano, que compite con el petróleo pesado canadiense en el abastecimiento de los EE.UU., llevaron paulatinamente a la inactividad de los pozos venezolanos.

En EE.UU. hay intereses contrapuestos en torno a Venezuela. Las empresas que explotan el petróleo en suelo estadounidense a través del fracking apoyaban el bloqueo, las sanciones y la parálisis productiva venezolana, mientras que las refinerías estadounidenses y las petroleras que participaban y participan de la explotación petrolera en Venezuela bregan por la intervención en el país y un futuro restablecimiento de dicha explotación. Pareciera que ha ganado la segunda opción pero se trata de una opción a largo plazo sin total certeza de que ocurra, dados los precios internacionales. Surge, así, la pregunta por los motivos más inmediatos de la intervención. Uno de ellos es el cobro de la enorme deuda externa venezolana con acreedores norteamericanos, sumado a que China se venía cobrando en barriles de petróleo las deudas de Venezuela acumulada tras años de importaciones. Sin embargo, el motivo más mencionado respecto de los sucesos actuales es el de la disputa geopolítica y la guerra comercial entre China y EEUU, en la que este último buscaría desplazar a la primera del mapa latinoamericano y de su acceso al petróleo venezolano (el cual venía obteniendo por debajo de su precio debido al bloqueo).

El problema de la mirada geopolítica es que no explica los motivos de fondo de las disputas. La obsesión por el control de los flujos de capital aparece en el marco de un estancamiento económico y de sobreproducción a nivel mundial, donde la competencia adopta sus facetas más extremas y de coerción más directa. Entonces el discurso nacionalista y anti-imperialista se reafirma sobre la base de la agresión extranjera, sin comprender la dinámica que llevó a dicha situación. Dicha dinámica, en el caso venezolano y a pesar de los encendidos discursos nacionalistas, dependió del precio internacional del petróleo, su comercialización a nivel mundial, y su explotación en conjunto con capitales principalmente estadounidenses.

Durante el ascenso del chavismo el nacionalismo vino a justificar la consolidación de la población sobrante para el Capital con una estructura clientelar por parte del Estado, condenando a la miseria a millones de personas mientras se comerciaba petróleo sin ningún reparo ideológico. Durante la caída del chavismo, el nacionalismo viene a decirnos que todo es responsabilidad de quien fuera su principal socio comercial. En lugar de partir de lo local para analizar su relación con el resto del mundo, como necesita hacer el nacionalismo, debemos partir de lo mundial y general para entender las especificidades locales.

En este sentido, el análisis de la crisis de sobreproducción en ciernes resulta fundamental para entender la dinámica mundial del Capital y su escalada bélica, así como el análisis de la renta de la tierra es fundamental para comprender la particularidad de la región latinoamericana donde vivimos, la reproducción del capital que opera a nivel local y nuestra reproducción como vendedores de fuerza de trabajo.(2)

La caída del socialismo del siglo XXI

El concepto de “socialismo del siglo XXI” adquirió difusión mundial cuando fue mencionado en un discurso por el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a comienzos de 2005 en el V Foro Social Mundial. Sus líderes asociados fueron Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, y Luiz Lula da Silva en Brasil. Era la época de oro de una economía en alza en América Latina.

En los decenios previos, las dictaduras militares de los ‘70 y los posteriores gobiernos en los ‘90 tuvieron por función adaptar el continente a una nueva etapa. En Argentina sabemos ya de la desindustrialización (es decir, la liquidación de capitales ineficientes) y la caída salarial. Sin olvidar todo el “costo” humano que ello implicó.

Entrado el nuevo siglo comenzó otra fase ascendente de la economía en la región. Eso no significó plenitud para el proletariado, como suponen quienes creen en la “teoría del derrame” o los beneficios de la “lluvia de inversiones”. No es casual que los herederos locales del difunto socialismo del siglo XXI hoy no repudien a China como polo imperialista. Es que para esos tiempos, China se desarrolló y exigió la importación alimentos, principalmente soja en nuestro caso. Su crecimiento exponencial produjo un ciclo alcista gracias a la exportación de materias primas. No hay socialismo del siglo XXI sin comercio con China.

El BRICS es una asociación, grupo y foro político y económico internacional que surgió en “oposición” al G7. Una asociación económico-comercial conformada por las cinco economías nacionales emergentes de la década de los 2000 –Brasil, Rusia, India, China– que adoptó su nombre definitivo en 2010, tras la incorporación de Sudáfrica, a la ya existente organización BRIC. Este es el contexto de los populismos latinoamericanos.

De esta manera, con ganancias producto de los precios de las materias primas, el kirchnerismo incorporó miles y miles de proletarios al trabajo precarizado, el empleo privado subsidiado y al empleo estatal. La famosa “inclusión”. La fuente de este “crecimiento” fue el agro, la misma fuente que en Brasil, en Venezuela y Ecuador fue el petróleo, en Bolivia el gas.

Estas masas de dinero no solo dieron respaldo a encendidos discursos, a veces hasta pretendidamente revolucionarios, sino que fueron la tentación y causa de sendos problemas de corrupción en cada uno de esos gobiernos. Confiando en la exportación de materias primas, ese dinero se utilizó para sostener proyectos de corto alcance, como reproducir al proletariado sin invertir en producción. Es decir, hubo dinero para sostener el relato y para ayudas sociales y subsidios.

Pero nada dura para siempre: sobrevino la crisis de 2008, junto al desplome del precio de las materias primas. Maduro continuaba a fuerza de menor democracia, y en el resto de los países aparecían los derechistas Macri y Bolsonaro para administrar la caída. Su orientación política no requería cortar relaciones con China. Incluso el expresidente Macri, que no es precisamente una luminaria, lo señaló a fines de 2025: «China es más complementaria que Estados Unidos para Argentina. China necesita nuestra materia prima, nuestros alimentos. Estados Unidos, todo eso lo produce. Culturalmente, hay una enorme distancia entre uno y otro, pero no creo que sea bueno interrumpir ese proceso».

Por otra parte, el discurso populista desarrollista de productividad e industrialización que rivaliza con los derechistas no se condice con la alianza con China, ya que esta sostiene una economía basada principalmente en producir materias primas. No se trata más que de otra variante capitalista, lo que señalamos es que con esta opción ante un desplome de precios o crisis puede suceder lo que en Venezuela: un país con recursos sumido en la miseria que expulsa a ocho millones de habitantes. Sería extraño que en esas condiciones su propia población saliese a defender al régimen.

 

Notas:

1. En 2013 publicábamos «Capitalismo del siglo XXI» (nro. 7) donde hacíamos referencia al asesinato de Sabino Romero, referente de las luchas del pueblo yukpa. Sobre el régimen chavista, ver también «El mito de la izquierda se cae de maduro» (nro. 15, 2014). Recomendamos también: Venezuela y la izquierda, charla de A. Bonnet y F. Souza disponible en YouTube, y «Represión en Venezuela y el silencio de la izquierda» (2019) de Rolando Astarita.

2. Sobre la renta petrolera en Venezuela, ver Artículos sobre la crisis venezolana. El proceso global de acumulación de capital y la contracción de la renta de la tierra petrolera, de Kornblihtt, J., Dachevsky, F., & Casique Herrera, M. (Larga Marcha. Santiago de Chile, 2024) y la reciente entrevista a dos de sus autores: Política venezolana y renta petrolera, disponible en YouTube.

¿ANTI-IMPERIALISMO?

Extractos de «Notas sobre la invasión de Venezuela por parte de los Estados Unidos», Crítica Desapiedada (Brasil, enero de 2026)

Reducir el anti-imperialismo a una simple postura “anti-EE. UU.” es caer en una doble trampa. En primer lugar, porque el imperialismo no es una disposición moral, cultural o psicológica de un Estado específico, sino una forma histórica de competencia internacional entre países capitalistas, en la que los Estados nacionales, el capital y los aparatos militares se articulan para asegurar mercados, rutas estratégicas, materias primas, tecnología, control monetario y dominio geopolítico. El hecho de que Estados Unidos siga siendo el polo central de la violencia internacional “legítima” no elimina ni relativiza la existencia de otros polos imperialistas ya consolidados y en proceso de consolidación, con sus respectivas redes de poder, cadenas logísticas y mecanismos financieros que estructuran una verdadera cartografía armada de la apropiación de la plusvalía.

En segundo lugar, la lectura “anti-estadounidense” suele ir acompañada de un paquete ideológico que funciona como mecanismo de ocultación de las relaciones de clase. Categorías como “soberanía nacional”, “autodeterminación de los pueblos” y “defensa de la democracia” se movilizan de forma abstracta, desplazando el conflicto del terreno material de la explotación a un plano moral y jurídico. Se habla de nación para ocultar las clases sociales; se invoca al pueblo para disolver al proletariado como clase históricamente revolucionaria; se exalta la democracia para naturalizar la forma política del capital. En la práctica, este discurso da como resultado la defensa del capital local (nacional), de su subdivisión (estatal) y de sus fracciones, como si la burguesía más débil (“periférica”) fuera un antídoto contra el imperialismo, cuando en realidad constituye uno de sus engranajes fundamentales. (…)

El ascenso chino, basado en una fuerte intervención estatal, el control de sectores estratégicos y la expansión externa a través de inversiones y créditos, no rompe con la lógica imperialista, sino que la actualiza bajo nuevas formas. Del mismo modo, Rusia actúa como potencia imperialista regional, buscando reafirmar su influencia en Europa del Este y en el espacio postsoviético, utilizando el poder militar, la energía y las alianzas para garantizar su posición en la jerarquía mundial.

A nivel regional, esta reorganización adquiere contornos aún más nítidos. En Extremo Oriente, China proyecta su hegemonía sobre el Sudeste Asiático y zonas del Pacífico, disputando rutas comerciales, cadenas productivas e influencia político-militar. En Europa del Este, Rusia actúa como polo imperialista regional, en choque directo con la expansión del bloque euroatlántico, convirtiendo a la región en uno de los principales frentes de la guerra interimperialista contemporánea. En América Latina, Estados Unidos sigue tratando al continente como una zona prioritaria de influencia, no solo por razones históricas, sino por su actual centralidad estratégica: recursos naturales, biodiversidad, energía, control territorial y contención de la presencia china.

Pensar en los bloques de intereses regionales en el continente americano exige reconocer que América Latina no es un espacio “al margen” de la disputa, sino un territorio clave para la recomposición hegemónica de los Estados Unidos. La intensificación de las sanciones, las intervenciones directas, los golpes institucionales, la tutela política y la presencia militar deben entenderse como parte de una estrategia más amplia de reafirmación del poder imperialista estadounidense frente al avance chino en la región, especialmente a través de inversiones en infraestructura, minería, energía y logística.

(…) La hegemonía se reorganiza, pero la lógica permanece: la del capital en busca de valorización, ahora cada vez más mediada por la fuerza armada y la intervención militar abierta. Ante este escenario, ningún Estado nacional escapa de las garras de los conflictos interimperialistas y una revolución proletaria deberá, necesariamente, afirmarse como una revolución mundial.

¿LA XENOFOBIA SE VOLVIÓ DE IZQUIERDA?

Si aún es posible hablar de derecha e izquierda, vale este título. Lo mismo sosteníamos al comienzo del artículo «Lo posmo se volvió de derecha» (nro. 99), donde hacíamos un juego en relación al libro titulado ¿La rebeldía se volvió de derecha?

El patrioterismo ya no es tanto un signo de identidad de derecha sino de izquierda. Una derivación posible es el anti-imperialismo anti-EE.UU que supone no hay otros países imperialistas, o en todo caso que son menos malos, aliados necesarios. Todas las formas de anti-imperialismo nos vienen a decir que no hay clases, sino países opresores y oprimidos; que la burguesía local nos explota porque estaría al servicio, no de la ganancia, sino de intereses yanquis; que ya no serían explotadores, sino cipayos. Es una manera de preservar intocable el modo de producción capitalista, muy efectiva porque siquiera lo reconoce.

Si seguimos esa lógica también hay explotados cipayos; en resumidas cuentas, quienes no se identifican con las políticas progresistas. Si algo caracteriza al gran y difuso campo de la izquierda argentina es que define de acuerdo a su moral y no a consideraciones materiales de existencia. Un trabajador es “pueblo” si piensa como ellos, si no su participación en dicha categoría entra en riesgo.

General y lamentablemente, el proletariado no se moviliza por causas profundas sino parciales. Esto no solo es propiedad de la izquierda. Muchos migrantes venezolanos anti-Maduro festejaron la caída del sucesor de Chávez. Esto liberó a muchos progres para poder sacar su xenofobia sin culpas ni miramientos: en redes sociales abundaron comentarios violentos hacia los migrantes, los exhortaron a que se vuelvan a su país, se burlaron de sus precarios trabajos (figurándoselos como repartidores de app, haciendo de paso otra discriminación). Emitieron estas agresiones como si no fuese evidente que Venezuela está sumida en la miseria y por eso es que migró un quinto de su población en los últimos años, como si ser repartidor de una app fuese una opción del amplio mercado laboral.

Pero, ¿qué es la xenofobia? Es el rechazo y hostilidad hacia personas extranjeras o percibidas como diferentes por su nacionalidad, cultura o etnia. Tiene poco de “fobia” (miedo), ya que es originada por prejuicios y estereotipos negativos sobre lo foráneo, lo desconocido. Se trata, al fin y al cabo, de la competencia entre proletarios que viven en un mismo país: los locales presumen tener más derecho al trabajo y ayudas sociales que los extranjeros. ¿Será acaso la competencia entre precarios del mismo nivel? ¿Por eso el ensañamiento argentino con los “venecos”?

Patriotismo progre

El patriotismo toma fuerza cuando en los sucesivos ajustes, en vez de enfrentar al Capital en su conjunto, la rabia se dirige solo a los grandes capitales y por ende a la defensa de los pequeños. Pequeños, pero capitales al fin.

¿Qué es, sino la desesperación ante las importaciones? Una defensa indirecta de la industria local con precios que pulverizan nuestros salarios ante el peligro inminente de la pulverización de puestos de trabajo. Encontrarnos en una encrucijada no significa tener que tomar partido por unos u otros capitalistas. Mínimamente, tenemos que comprender en qué encrucijada nos encontramos y cuáles son sus características; no recurrir automáticamente al nacionalismo para pasarla mal patrióticamente.

El nacionalismo, ya no exclusivo de los conservadores, se convirtió en credo progresista. Incluso la izquierda acusa a la derecha de traición a la patria. Los nacionalistas izquierdistas insisten en que sus nacionalismos no tienen nada que ver con el nacionalismo de los fascistas o los nacionalsocialistas, y que el suyo es un nacionalismo de los oprimidos que ofrece no solo la liberación individual, sino también cultural. Para refutar estas pretensiones es necesario comprender la división de clase de la sociedad capitalista, la absurda arbitrariedad de las fronteras nacionales, y partir del mercado mundial para comprender los desastres locales.

El pueblo argentino

Se puede agrupar a “los venezolanos” de acuerdo a prejuicios y experiencias, así como puede hacerse con “los argentinos”, pero sabemos que muchas veces lo único que tenemos como común denominador es el DNI.

Números atrás proponíamos desnaturalizar la población porque la población no es un simple amontonamiento de seres humanos, no es un hecho natural. La producción y reproducción de la población son históricas, y cada modo de producción supone un desarrollo particular de su población tanto en su cantidad como en sus características.

Dado que no queremos hacer economía ni política, coincidimos con Marx en su apreciación sobre la población publicada en Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (“Grundrisse”, 1857). Cuando consideramos un país desde el punto de vista económico-político comenzamos por su población. Parece justo comenzar por lo real y lo concreto. Sin embargo, la población es una abstracción si dejamos de lado las clases que la componen. Estas clases son, a su vez, una palabra vacía si desconocemos los elementos sobre los cuales reposan: el trabajo asalariado o el Capital. Estos suponen intercambio, división del trabajo, precios, etc. Si comenzáramos, pues, por la población, tendríamos una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaríamos analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaríamos a abstracciones cada vez más sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. En este punto, habría que emprender el viaje de retorno hasta dar de nuevo con la población; pero esta vez no tendríamos una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones. («Natalidad y Capital en Argentina», nro. 100)

De este modo, un pueblo es algo construido y representado. Existe, sin embargo, la forma de categorizarlo no es natural, la manera de designarlo es política. No existe a la espera de ser reconocido y tener significado, es algo totalmente construido. Sin lo que “pasionalmente” conocemos como pueblo, la razón de Estado carecería de sentido. Los propios límites geográficos gracias a los cuales se puede definir “el pueblo argentino” se establecen a partir del Estado argentino. Primero el Estado, después su pueblo; jamás al revés. En su acepción más corriente, para que exista un territorio determinado debe existir un Estado determinado. («¿Al gran pueblo argentino, salud?», nro. 86)

“Fuera yanquis”

Quienes van a pagar caro la invasión estadounidense y el complejo industrial-militar son  los propios habitantes de Estados unidos. Un país con desocupación, una salud pública paupérrima, donde los adictos mueren en las calles y el dinero se utiliza para mayor ganancia: un país capitalista como corresponde.

Pero entonces, ¿por qué la obsesión con la consigna “fuera yanquis de América Latina”? ¿Por qué reducirlo a una cuestión de países? ¿Por qué no molestarse por los negociados chinos o rusos en el mismo territorio? ¿Se tratará de una tara setentista o simplemente automatismo ideológico?

Si hay algo que puede aunar a la izquierda, es esa imprecisa consigna: la selección obsesiva de un enemigo, que es el Capital más grande de una comparación muy limitada y que nos dice: el capital extranjero no permite el desarrollo de “nuestramérica”. Entonces, el nacionalismo vendría a ser aliado de los oprimidos. Esto no es simplemente una apología de la patria y el Estado, sino principalmente del Capital y, especialmente, de los capitales ineficientes. Lo ocurrido en Venezuela es un reparto forzoso del botín, donde capitales más desarrollados, por ende más productivos, se imponen a capitales ineficientes.

Se suma el comodín del antifascismo, que sirve para designar todo lo que desde la izquierda no es amigo y, por tanto, es enemigo; surge la figura del “facho pobre”, o el “pobre de derechas”. Para los herederos del socialismo del siglo XXI, son quienes merecen las burlas cuando sufren o se quedan sin trabajo. Por su parte, el ala más a la izquierda del progresismo (los trotskistas, por ejemplo) también se burla o los desprecia. No sorprende pues que, según su lectura, cuando los pobres votan un proyecto nacionalista burgués se hallan más cerca suyo que cuando no lo hacen. Por eso, durante los últimos años en Argentina se dedican a seguir la agenda del peronismo y a convencer a sus militantes de que las verdaderas tareas nacionales y democráticas las harán ellos.

Por nuestra parte, insistimos con una vieja consigna: “el proletariado no tiene patria”. Se trata de una perspectiva de lucha contra el nacionalismo, para evitar ser carne de cañón en las guerras, en las crisis, en la explotación cotidiana. Es cierto que no podemos fingir que los países no existen, y mucho menos abstraernos de las particularidades regionales. Pero, en modo alguno, podemos olvidar que el modo de producción capitalista es mundial, y que un migrante nunca es nuestro enemigo.

NUEVA EMISIÓN DE TEMPERAMENTO RADIO

En este programa número 75 continuamos reflexionando en torno a la salud mental. Esta vez, en base a «Mas allá de Amnistía. Autolesión y revuelta» (Lazo Ediciones, 2025) sumando «Una vida sin sentido» del grupo N+1 (traducción de Grupo Barbaria) y «Realismo Capitalista» de Mark Fisher.

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