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La reciente captura de Maduro marca el fin, por si quedaban dudas, de una época ya acabada. No solo no hubo resistencia popular a la intervención estadounidense sino que el líder fue entregado desde adentro del chavismo.
Está clarísimo que Estados Unidos no combate el narco, que el Cártel de los Soles no existe y que se trata de una violación a la soberanía nacional y el Derecho Internacional. Hay que ser muy iluso para suponer lo contrario o para exigir que EE.UU. se apegue a la ley.
También es claro que el régimen venezolano implica una catástrofe social que expulsó a cerca de ocho millones de personas y lleva adelante un férreo proceso persecutorio y represivo con miles de presos políticos y ejecuciones extrajudiciales. Este proceso no se dio solamente contra la oposición burguesa, gendarmes argentinos y excandidatos a presidentes: se trata de sindicalistas, trabajadores, activistas y referentes de pueblos indígenas.(1)
La cantidad de emigrados significa que cerca del 20% de la población venezolana está viviendo en el extranjero. Así y todo, no hay trabajo o hay trabajos mal pagos, algo conocido en Argentina. Pese a la pérdida de millones de personas del mercado laboral, existe una gran cantidad de población sobrante para el Capital. Venezuela registró una sostenida hiperinflación al menos desde 2017 hasta 2020, que llegó en 2018 a una inflación interanual de 130.060% según el Banco Central de Venezuela y de 1.698.488% según la oposición parlamentaria.
Evidentemente la “revolución bolivariana” es un fracaso indefendible. Los venezolanos no emigran por diferencias políticas, aunque los chavistas de todo el continente consideren lo contrario. En este marco es que debemos interpretar, aunque no acordemos o nos parezcan razones limitadas, el resentimiento de tantos venezolanos con el régimen que los expulsó o los condena a la miseria en su país de origen.
El petróleo venezolano
No obstante Venezuela posee las reservas más grandes del mundo, actualmente sólo produce entre 800.000 y 900.000 barriles de petróleo diarios (bpd) debido a la falta de inversión y problemas de infraestructura. En sus momentos de mayor productividad llegó a más de 3,5 millones de bpd. Arabia Saudita, en un cercano segundo puesto en cuanto a reservas, produce alrededor de 10 a 10.5 millones de bpd. China es actualmente el principal destino del petróleo venezolano, pero se trata de un fenómeno reciente ya que hasta hace algunos años era EE.UU. Mientras Chávez vociferaba que “ni una gota más de petróleo les llegará a Estados Unidos”, la administración venezolana del hidrocarburo se basaba en su relación con las empresas norteamericanas. Por eso insistimos en que cuando de líderes burgueses se trata, es conveniente prestar más atención a las cuentas que a sus discursos. Una lectura bien simplista diría que EE.UU. quiere recuperar ese lugar, pero fue este mismo país el que impuso sanciones desde 2017 a la inversión en Venezuela y a la compra del petróleo venezolano. El crecimiento durante la última década de los vínculos comerciales con China y Rusia por parte de Venezuela no se producen como una búsqueda por ganar mayor autonomía frente al “imperialismo yanqui”, sino porque los capitales norteamericanos dejaron de invertir en el país y de comprar su petróleo (con la importante excepción de Chevron).
Durante los ‘90 Venezuela sufrió un deterioro de sus sectores no petroleros, fundamentalmente de las industrias que abastecían el mercado interno amparadas en la renta petrolera, para convertirse gradualmente en un país dependiente de las importaciones para su reproducción. En síntesis, su ordenamiento económico dejó de ser similar al argentino y comenzó a asemejarse al chileno. Con los precios internacionales del petróleo más altos de la historia a inicios de los 2000, la renta petrolera hizo posible un aumento del consumo en Venezuela, pero con un escaso desarrollo de la estructura productiva no petrolera del país. El desplome del precio del petróleo hizo que esta reproducción de la fuerza de trabajo por parte del Estado fuera completamente insostenible y la continuidad del régimen solo pudo ser garantizada por una profundización del ajuste y un crecimiento de la represión. Este proceso coincide en buena medida con la llegada de Maduro al poder. Adicionalmente, se da la caída del sector petrolero mencionada al comienzo, que agravó la situación social en el país. El desplome en la producción de petróleo se debe principalmente a que sus inversores extranjeros fueron haciendo bajar la producción hasta la llegada de las sanciones por parte de EE.UU. La caída del precio de esta commodity a nivel mundial, sumado a la especificidad del petróleo venezolano, que compite con el petróleo pesado canadiense en el abastecimiento de los EE.UU., llevaron paulatinamente a la inactividad de los pozos venezolanos.
En EE.UU. hay intereses contrapuestos en torno a Venezuela. Las empresas que explotan el petróleo en suelo estadounidense a través del fracking apoyaban el bloqueo, las sanciones y la parálisis productiva venezolana, mientras que las refinerías estadounidenses y las petroleras que participaban y participan de la explotación petrolera en Venezuela bregan por la intervención en el país y un futuro restablecimiento de dicha explotación. Pareciera que ha ganado la segunda opción pero se trata de una opción a largo plazo sin total certeza de que ocurra, dados los precios internacionales. Surge, así, la pregunta por los motivos más inmediatos de la intervención. Uno de ellos es el cobro de la enorme deuda externa venezolana con acreedores norteamericanos, sumado a que China se venía cobrando en barriles de petróleo las deudas de Venezuela acumulada tras años de importaciones. Sin embargo, el motivo más mencionado respecto de los sucesos actuales es el de la disputa geopolítica y la guerra comercial entre China y EEUU, en la que este último buscaría desplazar a la primera del mapa latinoamericano y de su acceso al petróleo venezolano (el cual venía obteniendo por debajo de su precio debido al bloqueo).
El problema de la mirada geopolítica es que no explica los motivos de fondo de las disputas. La obsesión por el control de los flujos de capital aparece en el marco de un estancamiento económico y de sobreproducción a nivel mundial, donde la competencia adopta sus facetas más extremas y de coerción más directa. Entonces el discurso nacionalista y anti-imperialista se reafirma sobre la base de la agresión extranjera, sin comprender la dinámica que llevó a dicha situación. Dicha dinámica, en el caso venezolano y a pesar de los encendidos discursos nacionalistas, dependió del precio internacional del petróleo, su comercialización a nivel mundial, y su explotación en conjunto con capitales principalmente estadounidenses.
Durante el ascenso del chavismo el nacionalismo vino a justificar la consolidación de la población sobrante para el Capital con una estructura clientelar por parte del Estado, condenando a la miseria a millones de personas mientras se comerciaba petróleo sin ningún reparo ideológico. Durante la caída del chavismo, el nacionalismo viene a decirnos que todo es responsabilidad de quien fuera su principal socio comercial. En lugar de partir de lo local para analizar su relación con el resto del mundo, como necesita hacer el nacionalismo, debemos partir de lo mundial y general para entender las especificidades locales.
En este sentido, el análisis de la crisis de sobreproducción en ciernes resulta fundamental para entender la dinámica mundial del Capital y su escalada bélica, así como el análisis de la renta de la tierra es fundamental para comprender la particularidad de la región latinoamericana donde vivimos, la reproducción del capital que opera a nivel local y nuestra reproducción como vendedores de fuerza de trabajo.(2)
La caída del socialismo del siglo XXI
El concepto de “socialismo del siglo XXI” adquirió difusión mundial cuando fue mencionado en un discurso por el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a comienzos de 2005 en el V Foro Social Mundial. Sus líderes asociados fueron Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, y Luiz Lula da Silva en Brasil. Era la época de oro de una economía en alza en América Latina.
En los decenios previos, las dictaduras militares de los ‘70 y los posteriores gobiernos en los ‘90 tuvieron por función adaptar el continente a una nueva etapa. En Argentina sabemos ya de la desindustrialización (es decir, la liquidación de capitales ineficientes) y la caída salarial. Sin olvidar todo el “costo” humano que ello implicó.
Entrado el nuevo siglo comenzó otra fase ascendente de la economía en la región. Eso no significó plenitud para el proletariado, como suponen quienes creen en la “teoría del derrame” o los beneficios de la “lluvia de inversiones”. No es casual que los herederos locales del difunto socialismo del siglo XXI hoy no repudien a China como polo imperialista. Es que para esos tiempos, China se desarrolló y exigió la importación alimentos, principalmente soja en nuestro caso. Su crecimiento exponencial produjo un ciclo alcista gracias a la exportación de materias primas. No hay socialismo del siglo XXI sin comercio con China.
El BRICS es una asociación, grupo y foro político y económico internacional que surgió en “oposición” al G7. Una asociación económico-comercial conformada por las cinco economías nacionales emergentes de la década de los 2000 –Brasil, Rusia, India, China– que adoptó su nombre definitivo en 2010, tras la incorporación de Sudáfrica, a la ya existente organización BRIC. Este es el contexto de los populismos latinoamericanos.
De esta manera, con ganancias producto de los precios de las materias primas, el kirchnerismo incorporó miles y miles de proletarios al trabajo precarizado, el empleo privado subsidiado y al empleo estatal. La famosa “inclusión”. La fuente de este “crecimiento” fue el agro, la misma fuente que en Brasil, en Venezuela y Ecuador fue el petróleo, en Bolivia el gas.
Estas masas de dinero no solo dieron respaldo a encendidos discursos, a veces hasta pretendidamente revolucionarios, sino que fueron la tentación y causa de sendos problemas de corrupción en cada uno de esos gobiernos. Confiando en la exportación de materias primas, ese dinero se utilizó para sostener proyectos de corto alcance, como reproducir al proletariado sin invertir en producción. Es decir, hubo dinero para sostener el relato y para ayudas sociales y subsidios.
Pero nada dura para siempre: sobrevino la crisis de 2008, junto al desplome del precio de las materias primas. Maduro continuaba a fuerza de menor democracia, y en el resto de los países aparecían los derechistas Macri y Bolsonaro para administrar la caída. Su orientación política no requería cortar relaciones con China. Incluso el expresidente Macri, que no es precisamente una luminaria, lo señaló a fines de 2025: «China es más complementaria que Estados Unidos para Argentina. China necesita nuestra materia prima, nuestros alimentos. Estados Unidos, todo eso lo produce. Culturalmente, hay una enorme distancia entre uno y otro, pero no creo que sea bueno interrumpir ese proceso».
Por otra parte, el discurso populista desarrollista de productividad e industrialización que rivaliza con los derechistas no se condice con la alianza con China, ya que esta sostiene una economía basada principalmente en producir materias primas. No se trata más que de otra variante capitalista, lo que señalamos es que con esta opción ante un desplome de precios o crisis puede suceder lo que en Venezuela: un país con recursos sumido en la miseria que expulsa a ocho millones de habitantes. Sería extraño que en esas condiciones su propia población saliese a defender al régimen.
Notas:
1. En 2013 publicábamos «Capitalismo del siglo XXI» (nro. 7) donde hacíamos referencia al asesinato de Sabino Romero, referente de las luchas del pueblo yukpa. Sobre el régimen chavista, ver también «El mito de la izquierda se cae de maduro» (nro. 15, 2014). Recomendamos también: Venezuela y la izquierda, charla de A. Bonnet y F. Souza disponible en YouTube, y «Represión en Venezuela y el silencio de la izquierda» (2019) de Rolando Astarita.
2. Sobre la renta petrolera en Venezuela, ver Artículos sobre la crisis venezolana. El proceso global de acumulación de capital y la contracción de la renta de la tierra petrolera, de Kornblihtt, J., Dachevsky, F., & Casique Herrera, M. (Larga Marcha. Santiago de Chile, 2024) y la reciente entrevista a dos de sus autores: Política venezolana y renta petrolera, disponible en YouTube.
