Cuando llegan noticias de países lejanos, pese
a las diferencias culturales y geográficas, hay cuestiones
estructurales que identificamos rápidamente. Así, nos
reconocemos en quienes se rebelan contra el orden establecido en
distintas partes del planeta.
Mediante noticias, panfletos y textos nos
acercamos a las revueltas en Irán. Asumiendo el carácter
internacional de la lucha de clases, presupuesto de la agitación por
una revolución mundial contra el Capital.
Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años que
estaba de vacaciones en Teherán con su familia, fue detenida el 13
de septiembre por la Gasht-e Ershad, “Patrulla de Guía” también
conocida como Policía de la moral. La joven fue acusada de usar el
hiyab “de forma inapropiada” y llevada a un centro de detención
para ser reeducada. Dos horas después fue trasladada en coma a un
hospital donde murió el 16 de septiembre. La policía declaró un
repentino ataque al corazón. Sus familiares fueron testigos de una
golpiza en la detención y vieron como ella perdía el conocimiento.
El sábado 17, ya durante el funeral en
Saqez, comenzaron las protestas con un grupo de mujeres kurdas que se
quitaron el velo, y algunas lo quemaron. Al día siguiente las
manifestaciones se extendieron a ciudades de todo el país.
Diferentes sectores de trabajadores fueron entrando en huelga, gran
parte de los comercios cerraron en apoyo a las protestas y
desde entonces diversas expresiones de lucha se
suceden de manera ininterrumpida.
“¡Muerte al dictador!” en referencia a
Alí Jamenei, “líder supremo de Irán”, ha sido el lema más
gritado junto a “¡Jin, jiyan, azadî!” (¡Mujer, vida,
libertad!). Esta última consigna en kurdo es un acto de solidaridad
por parte del resto de Irán hacia la región kurda, fronteriza con
Irak y Turquía. Jina (“la que da vida”), es el nombre kurdo que
los padres de Mahsa no pudieron ponerle hace 22 años en la localidad
de Saqez.
En tanto reproductoras de la población, las
mujeres son la vida y la vida emana de ellas, están en el centro de
las sociedades y son el punto de partida de todos los procesos de
producción. La
República Islámica ha entendido tan bien el significado y el peso
de esta asignación que busca reducir a la mujer a una propiedad, de
la que el hiyab es el título. La
cuestión abierta, en un contexto de lucha internacional del
movimiento de mujeres, es poder avanzar en el cuestionamiento de la
división sexual sin seguir necesariamente los parámetros liberales
de occidente. No se trata
simplemente de igualdad, sino de subvertir la propia división.
La situación de las mujeres fue el
detonante de una revuelta que se desarrolla y potencia a partir de
las insoportables condiciones de vida que vive el proletariado en
Irán y sus innumerables antecedentes de lucha.
Y es justamente a partir de estas luchas que vamos comprendiendo la
implicación (no intersección) entre las asignaciones de género y
la explotación, entre la producción y la reproducción.
En Irán, dado el régimen confesional
establecido por la llamada “revolución islámica” de 1979, el
control y la represión se imponen de forma religiosa. Desde la
instauración del actual régimen se han sucedido diversas
modalidades de esta “Policía de la moral”. Las fuerzas
represivas fieles al régimen se encuentran deslegitimadas y
desmoralizadas, y cada vez son más las mujeres y niñas que se
muestran orgullosas sin el hiyab acompañadas de las sonrisas
cómplices y alentadoras de los transeúntes.
Desde hace 43 años un régimen burgués de
características islámicas gobierna Irán. Se trata de una República
Islámica que, tras la caída del sha Reza Pahleví, combina una
teocracia islámica con democracia representativa, a través de una
compleja red de instituciones electivas y no electivas. El poder está
concentrado en el Líder supremo, cargo ocupado por Jomeini entre
1979 y 1989, y por Jamenei desde 1989 a la actualidad.
Irán se encuentra frente a un relativo
aislamiento internacional, y crecientes dificultades internas por las
características de su desarrollo económico.
Una particular gestión del Capital
Renta de la tierra (petróleo y gas
fundamentalmente), industria improductiva, inflación elevada,
devaluación y tipos de cambio paralelos, salarios reales a la baja,
altos niveles de desempleo, de trabajo informal y de la denominada
población sobrante, subvenciones y ayudas estatales (tanto a
proletarios como empresas), lo cual implica un gran desarrollo de la
corrupción. Ciertas características de la economía iraní nos
suenan familiares desde estas tierras.
Pero no toda economía rentista asume de la
misma forma las limitaciones que supone. El populismo, la injerencia
del Estado y sus redes clientelares, se reproduce en el caso iraní
de una forma extrema, donde la religión cumple un papel fundamental.
Todos los Estados tienen un cierto peso
económico y actividades productivas; hay empresas en las que los
Estados se constituyen como accionistas mayoritarios o incluso
industrias de propiedad estatal, pero la propia República
Islámica se ha convertido en una relación productiva por la forma
en que ha evolucionado. Es el punto de partida y el punto final,
determina la propiedad del Capital y elige el camino de su
crecimiento. Al estar basado en las rentas del petróleo, su
existencia se vuelve más difícil e improductiva para grandes
sectores de la economía, ya que dificulta el “normal” desarrollo
de la actividad económica basado en la competitividad.
Es en este marco que debemos comprender las
diferentes fracciones de la burguesía iraní. Empecemos por aquellos
con mayor historia, como el sector de los grandes comerciantes
denominados bazaris, burgueses dedicados al comercio que,
frente a una producción local defectuosa orientada al mercado
interno, se han enriquecido sideralmente a partir de gestionar la
importación con generosas bonificaciones del Estado. La renta
petrolera se ha utilizado en gran parte para importar bienes de
consumo y equipos, con los bazaris de intermediarios.
Por otro lado, a partir de las propiedades
expropiadas tras la revolución de 1979 y su sostenimiento posterior
a través de la renta, se han constituido poderosas fundaciones
religiosas denominadas bonyads, que además de conservar su
función clientelar mediante la asistencia a los pobres, se han
convertido en consorcios de empresas exentas de impuestos que
dependen directamente del “Líder Supremo”. Se estima que estas
fundaciones controlan alrededor del 20% del PBI, buscando garantizar
el apoyo al régimen.
Desde 1990, se aplicó lentamente una
privatización de las empresas estatales y una relativa apertura del
comercio exterior cuyo resultado fue la creación de una burguesía
que vive y se enriquece bajo la tutela del Estado. La mayoría de las
veces, los beneficiarios de estas “transferencias de propiedad”
son los directivos de estas empresas, antes estatales.
La República Islámica, además del
ejército regular iraní, cuenta desde su creación con un ejército
paralelo de mayor jerarquía y fidelidad al régimen denominado
Guardia Revolucionaria o Pasdaran, que cuenta a su vez con
milicias estrictamente paramilitares como el Basij. Los jerarcas de
estas organizaciones se vieron notablemente beneficiados por la
“privatización” de los ‘90, siendo ahora propietarios de
grandes industrias del petróleo, gas, acero, construcción y
comunicaciones, entre otras. A su vez, como contratistas privados se
benefician de gigantescas licitaciones de proyectos de
infraestructura como represas que quedan a medio hacer, sumando al
derroche y deterioro del medio ambiente. Alrededor del 30% de la
economía se encuentra bajo su control y mantienen estrechas
relaciones con las bonyads.
El proletariado y sus luchas
El proletariado en Irán se halla entre el
mercado informal de trabajo, el campesinado, jóvenes desempleados,
empleados estatales rasos (dispuestos a soportar la degradación de
sus salarios mientras el aparato administrativo siga siendo la
garantía de su empleo), una masa de desempleados estructurales que
dependen de las fundaciones religiosas o de su participación en las
milicias, los trabajadores de los servicios (40% de la población
activa) divididos entre su dependencia de los bazaris y la visión de
su futuro en la apertura y liberalización de todo el comercio, una
minoría empleada en las principales industrias orientadas a la
exportación (las únicas competitivas en términos internacionales),
los empleados en las industrias dedicadas al mercado interno
(empresas que sólo deben su supervivencia a la perpetuación de una
economía que vive de las subvenciones discrecionales y que, por
tanto, está intrínsecamente ligada al nacionalismo económico).
También existen divisiones “étnicas” entre persas, árabes,
kurdos y tribus nómadas.
Los trabajadores vinculados al sector de los hidrocarburos, dada
su importancia fundamental en la economía iraní, se encuentran bajo
relaciones de explotación particulares. Este sector ha sufrido
varias reformas laborales en pos de la flexibilización a partir de
la década del ‘90, trastocando por lo tanto su funcionamiento y
desatando diversos conflictos. De este modo,
existen organizaciones de trabajadores contratados del petróleo, que
se han integrado a la revuelta, yendo a la huelga en reiteradas
ocasiones desde principios de octubre.
Al margen de este sector y otros puntuales
como la siderurgia, los trabajadores de la industria son por lo
general empleados por empresas dedicadas a la producción para el
mercado interno. Este funciona fundamentalmente a partir de la
distribución de renta en forma de subsidios y asistencia social, por
lo que la función de los salarios como reguladores entre las
distintas esferas de la producción a través del consumo queda
completamente desdibujada. El salario y el poder adquisitivo queda
desconectado de la acumulación. De este modo, los salarios son
aplastados y no hay un interés de la burguesía por elevar la
productividad. Su competitividad en términos internacionales es nula
(algo muy parecido a la mayor parte de la industria argentina). En
dicho marco, se producen innumerables conflictos por aumentos
salariales y demoras en los pagos. En el contexto actual se han
desarrollado numerosas huelgas por estos reclamos, por las
condiciones laborales y en solidaridad con la revuelta en diversas
industrias (autopartes, automotrices, siderurgia, electrodomésticos,
etc.), así como también en el sector servicios, como las huelgas de
camioneros y conductores de ómnibus.
Sin duda la generalización de la huelga en
la producción y distribución y el cierre masivo de comercios son un
salto cualitativo en las situaciones de revuelta. Pero el
estallido encuentra su origen en el ámbito de la reproducción
social, por el empeoramiento de la vida en general y la constante
represión, que atraviesa a todos
los sectores del proletariado.
Las revueltas masivas, entonces, han detonado en los últimos
años por el empeoramiento general de las condiciones de vida.
Entre noviembre de 2019 y enero de 2020
estallaron manifestaciones en todas las ciudades importantes por el
aumento del 50% al 200% de los precios de los combustibles y, por
tanto, de los precios de los productos de primera necesidad. La
represión fue brutal, con un saldo de más de 1000 muertos según
algunas fuentes. Las violentas acciones de los manifestantes se
tradujeron en la destrucción de 731 sucursales de bancos
gubernamentales, incluido el banco central de Irán, nueve centros
religiosos islámicos y estatuas del líder supremo Alí Jamenei, así
como el ataque de al menos 50 bases militares gubernamentales.
En mayo de este año el gobierno puso fin
al precio subvencionado del pan, lo cual produjo aumentos de hasta un
300%, en el marco de una inflación anual de alrededor del 40%.
Se desataron diversas manifestaciones, entre las cuales se atacaron
bases de las milicias islámicas Basij con un saldo de varios
muertos, heridos y detenidos. Por otra parte, el derrumbe de un
edificio comercial en Abadán tuvo como consecuencia la muerte de más
de veinte personas, lo que provocó nuevos disturbios contra el
régimen y la corrupción. A partir de junio las manifestaciones
relacionadas con la supervivencia fueron cotidianas en Teherán. Este
es el contexto en el que hay que situar los acontecimientos
posteriores al asesinato de Mahsa.
Sobre la cuestión de las mujeres
Mahsa Amini se ha convertido en un símbolo
de la lucha del mismo modo que en Estados Unidos George Floyd,
asfixiado indefenso en el suelo por la policía del país más
occidental y democrático del mundo, se convirtió en el símbolo de
protestas y revueltas.
Los estallidos sociales tienen su historia.
Remontémonos a febrero de 1979. El régimen del sha, socavado por
diversas revueltas desde el año anterior y una huelga general
especialmente violenta, se derrumbó en pocos días bajo los golpes
de una insurrección. El “gobierno revolucionario” que le sucedió
estuvo en gran medida en manos de los islamistas, bajo la autoridad
tutelar del Gran Ayatolá.
El 7 de marzo de 1979 el Ayatolá Jomeini
denunció el carácter occidental del Día Internacional de la Mujer
y declaró que, a partir de ese momento, las mujeres iraníes debían
llevar velo y no maquillarse. La ofensiva sobre el velo es
cultural, religiosa y fundamentalmente política. Trata de afirmar el
poder existente, de dar ejemplo y de obligar a las demás fuerzas
políticas a retroceder.
El 8 de marzo decenas de miles de mujeres,
100.000 según las estimaciones más generosas, en su mayoría
jóvenes y sin velo, circularon por la capital. Cabe señalar la
participación de hombres en las manifestaciones.
“Imponernos de nuevo el velo es
inaceptable” señalaban miles de mujeres, pero las reivindicaciones
también evocaban la cuestión de las guarderías gratuitas, el
derecho al aborto o la igualdad salarial entre hombres y mujeres. Se
pudo escuchar que “la libertad no es occidental ni oriental, es
universal”. La noche del 8 de marzo las autoridades anunciaron que
prohibirían el aborto y la píldora anticonceptiva, y pondrían fin
a la Ley de Protección de la familia promulgada en 1967 y revisada
en 1975. Esta era una de las normas más progresistas de la región:
otorgaba a las mujeres el derecho a solicitar el divorcio y garantías
sobre la custodia de los hijos, elevando la edad del matrimonio a 18
años y regulando la poligamia, entre otras legislaciones que
contribuían a mejorar la situación de las mujeres.
Nadie lo hubiera imaginado, pero al día
siguiente las manifestaciones se reanudaron de forma más o menos
espontánea durante cinco días. Fueron la primera expresión de
oposición al nuevo régimen. Pero si a partir del 11 de marzo se
podía oír “¡Abajo Jomeini, es un dictador!”, tal clarividencia
era entonces inaudible para la masa de la población, incluida la
izquierda y no solo la iraní.
No se trataba ni se trata de un velo como
accesorio femenino ocasional, sino del símbolo más evidente que
vincula a las mujeres y a sus familias con la República Islámica y
la cultura que conlleva. Es la
manifestación más evidente que permite reconocer a los “propios”
de los “ajenos”.
A la vez que se mantienen y refuerzan estas
tradiciones, durante el régimen islámico creció progresivamente la
incorporación de las mujeres al mercado laboral (aunque su
participación se mantiene muy por debajo de la de los hombres),
aumentó notablemente la escolarización de las niñas, así como la
proporción de mujeres en la educación superior ronda el 60% (muchas
de ellas con dificultades de conseguir trabajo). La tasa de
natalidad, por su parte, bajó de 6 a 2 hijos por mujer. Es
importante no perder de vista que, bajo el manto religioso y la gran
cantidad de restricciones que este supone para las mujeres, las
modalidades de reproducción de la fuerza de trabajo se desarrollan
con aspectos similares a las del resto de las llamadas “economías
en desarrollo”.
Religión
Muy a menudo el régimen iraní se reduce a
su dimensión religiosa. La instauración de la República Islámica
en abril de 1979 aumenta la confusión. Ceñirse a esta observación
nos impide comprender las razones de aquel levantamiento, vinculado a
la crisis mundial del Capital y su desarrollo. El vasto movimiento
que nació y creció en el transcurso de 1978 queda así
frecuentemente eclipsado; sin embargo, fue este movimiento el que, a
fuerza de huelgas, manifestaciones y disturbios, hizo caer el régimen
del sha en 1979.
La religión aboga por el orden y el
desorden, exalta un absoluto que es
difícilmente compatible con las medias tintas y el respeto a los
poderes fácticos, mientras que requiere que hagamos la paz,
obedezcamos a la ley y nos reconciliemos con los ricos. Como
el cristianismo, el islam es un conquistador convertido en
establishment. Se nutre de la guerra
y de la paz. Por su parte, el llamado gobierno islamista moderado de
Turquía es duro con el modo de vestir, pero no lleva el arcaísmo a
la gestión de la industria y gestiona la economía según los
estándares liberales “occidentales”. Representan dos modos
capitalistas de administrar su economía nacional.
La religión, la política y la economía
vinculan a los individuos definidos por y dentro de un modo de
producción particular. El populismo, bajo su forma religiosa o
incluso peronista, no se alza simplemente en nombre del “pueblo”
como si dicha comunidad de intereses interclasistas estuviese dada al
interior del capitalismo a la espera de que los estrategas de la
política encuentren la manera de representarla. En
conclusión, los populismos se establecen produciendo al pueblo.
En el caso iraní, lo propio fue posible a partir de la religión.
Así se alzó un particular populismo que ha logrado, aunque de
manera inestable, perdurar.
La revuelta continúa
La
revuelta continúa, se extiende y profundiza a pesar de la dura
represión.
Nombramos algunos sucesos de las últimas semanas,
aunque es imposible abordar sintéticamente todo lo que viene
ocurriendo.
El 17 de noviembre la casa natal del ayatolá
Jomeini (convertida en museo) fue incendiada por manifestantes. En
una filtración de noviembre, jefes de las fuerzas paramilitares
Basij admiten que la policía está desmotivada y no está pudiendo
contener la revuelta, que las huelgas de comerciantes de mediados de
noviembre fueron masivas (más del 70% del país), que sus sedes son
frecuentemente atacadas, al igual que las oficinas de los
parlamentarios con cócteles molotov, mientras que miembros del clero
son burlados públicamente con insultos y “robos de turbante”.
Hacia fines de noviembre el gobernador de
Teherán ha sido destituido y sustituido por un antiguo general del
ejército revolucionario Pasdaran, lo que trae el recuerdo de
maniobras similares en los últimos días del sha. Simpatizantes del
régimen lentamente comienzan a sumarse a las protestas. Vuelve a la
memoria el proceso de revueltas de más de un año iniciado en 1978,
con un movimiento que se construye a sí mismo a su propio ritmo.
En un régimen caracterizado por su inmenso
aparato represivo, está claro que la revuelta no se puede proponer
una victoria militar. Por ello el desmembramiento, deserción y
rebelión de sus miembros se vuelve fundamental como freno a la
represión y posibilidad de victoria. Por lo pronto, el gobierno
inició conversaciones con Rusia en caso de necesitar apoyo militar
(recordemos su accionar en Siria de los últimos años).
Desde el
comienzo de la revuelta hasta el 7 de diciembre al menos 458
personas, entre ellas 63 menores de edad, fueron asesinadas por el
Estado, según cifras de Iran Human Rights. A
estas muertes hay que sumar detenciones, torturas, enjuiciamientos y
condenas: de acuerdo con organismos internacionales de derechos
humanos, hay más de 18.000 personas detenidas, once de las cuales
fueron sentenciadas a la pena de muerte. Para el 12 de diciembre ya
son dos los manifestantes ahorcados públicamente con el objetivo de
infundir el miedo. En las regiones del Kurdistán y el Baluchistán
iraníes las protestas son incesantes y reprimidas de manera brutal,
con armamento de guerra.
Respecto a las huelgas, agregamos que muchos
de sus partícipes y referentes están siendo duramente perseguidos,
y los trabajadores hacen uso de diferentes tácticas menos visibles
para perjudicar la producción, como los sabotajes. Los jubilados
también se han hecho presentes con sus demandas particulares, debido
a sus escasas pensiones y sus deficientes coberturas de salud.
A fines de
noviembre la selección de fútbol de Irán quedó fuera de Qatar
2022 y hubo festejos en aquel país. Tras cada derrota, se sucedieron
concentraciones con consignas contra el régimen.
Entre las informaciones más recientes, se
ha iniciado en Irán otra serie de protestas, manifestaciones y
huelgas de tres días de duración para el 5, 6 y 7 de diciembre.
Estas convocatorias, que se lanzan por intervalos irregulares,
las realizan jóvenes de los barrios de
una ciudad y son replicadas por otros barrios y ciudades para
convertirse en una convocatoria nacional. La idea es correr la voz
por todos los medios imaginables: octavillas distribuidas a mano o
lanzadas desde los edificios a la multitud, notas manuscritas
repartidas bajo las puertas o dejadas en los limpiaparabrisas de los
autos, pintadas, manifestaciones por la noche de pequeños grupos.
Sea cual sea la forma que adopte este
movimiento, lo cierto es que el proletariado iraní está haciendo
todo lo posible por librarse de este régimen, abriéndose paso entre
la represión y complejas contradicciones sociales. Más allá de
expresar nuestra solidaridad y afirmar la necesidad de revolución
social, no podemos estimar cuál será el resultado de este
estallido. Tras
sus primeros meses, lo que parece seguro es que no va a detenerse,
confirmando que la división sexual
capitalista y sus respectivas asignaciones no son cuestiones que
deben superarse “después de la revolución”, sino que son un
motivo para hacer la revolución.
* * *
Para el presente artículo nos hemos basado en gran medida (incluso con extractos o reescrituras) en:
- Mahsa: larme sacrée, colère sacrée, violence sacrée, Habib Saï, octubre 2022.
- De la politique en Iran, Théo Cosme, 2010.
- La Révolution iranienne. Notes sur l’islam, les femmes et le prolétariat, Tristán Leoni, 2019.
- El persistente atractivo de la religión, Gilles Dauvé y Karl Nesic, 2021
- Panfletos y textos compilados en panfletossubversivos.blogspot.com (en las entradas sobre Irán)
- Sobre la cuestión de las mujeres y la división sexual ver los últimos números de Cuadernos de Negación.
* * *
Ilustración
de tapa: «Así fue asesinada Qorat-al-Aïn»,
collage que el surrealista iraquí Abdul Kader El Janabi dedicó a
Fátimih Baraghání, más conocida como Tahirih, erudita, poeta y
teóloga babí que vivió en el Irán de la primera mitad del siglo
XIX. La imagen y la historia nos la han hecho llegar miembros del
Grupo Surrealista de Madrid. En 1848 Tahirih se quitó el velo
públicamente frente a una asamblea repleta de hombres. Fue
encarcelada, sentenciada a muerte y cuatro años más tarde fue
estrangulada en 1852 con su propio velo. Se le
atribuye haber citado este verso en el momento de su martirio:
«Podéis matarme tan pronto como queráis, pero no podréis parar la
emancipación de la mujer».