En un nuevo aniversario del 1° de mayo insistimos con una despiadada crítica del trabajo. Sin dudas se trata de una provocación. Pero una provocación justificada, necesaria y revolucionaria
que sostenemos desde hace al menos veinte años en cada conmemoración de
esta fecha de memoria y lucha. La primera vez que lo hicimos público
fue la mañana del 1° de mayo de 2004 en la Plaza de la Cooperación
(Rosario):
«El trabajo no dignifica, mortifica.
Gastar sueldo dignifica, competir dignifica, sobre esforzar el cuerpo
dignifica, sobre esforzar la mente dignifica, no estar con los seres
queridos dignifica, no tener vidas fuera del trabajo dignifica, madrugar
para trabajar dignifica, dormir para volver a trabajar dignifica,
arriesgar la vida en el trabajo dignifica, ver como se nos fue la vida
dignifica, renunciar a los sueños dignifica. ¡¿Estamos dispuestxs a
seguir siendo dignxs de esa manera?! No celebremos el trabajo. El trabajo nos somete y nos mata. El trabajo no dignifica.»
Pensamos que podría
causar rechazo, pero sucedió todo lo contrario. Es que cualquier persona
que trabaja y quiere cambiar el mundo puede sentir suyas estas
palabras.
Con los años la crítica del trabajo de la
cual nos hacíamos eco, que ya venía de larga data y desde diferentes
puntos del globo, fue gozando de cierta popularidad, o al menos fue
creciendo. Esa popularidad en no pocas ocasiones la desligó de su
aspecto revolucionario, transformador. Así, comprensiblemente, se
critica al trabajo desde los pesares personales, muchas veces para
enaltecer el ocio o para suponer que esta crítica significaría abandonar
el trabajo ahora, individual o grupalmente. Una propuesta inobjetable,
pero buscamos ir más allá. Por nuestra parte, insistimos en la crítica del trabajo como parte del nuevo mundo que queremos:
«Mientras las mayorías
festejan el “día del trabajador” o peor aún el “día del trabajo”,
algunos seguimos convencidos de la necesidad de librarnos de este. Es
decir, de liberarnos de la forma que ha adquirido la actividad humana
bajo el capitalismo. (…)
Miseria material, pero
también afectiva, social. La realidad son las terribles condiciones de
trabajo, las tareas sumamente alienantes, asquerosas y repetitivas que
nos vemos obligados a realizar. La realidad es que no decidimos qué
producir, ni disponemos de lo que producimos. Sean gigantescas empresas
públicas o privadas, o pequeños productores, siempre se trata de
unidades de producción aisladas, unidas únicamente por el intercambio
mercantil, basándose en la obtención de la mayor ganancia posible. (…)
Mientras quieren
convencernos de las virtudes del trabajo asalariado y que si trabajamos
duro podremos disfrutarlas, parecieran olvidar las incesantes guerras,
la contaminación, los accidentes laborales, los suicidios, los problemas
psíquicos y físicos, la explotación infantil y un largo etcétera. Se
dirá que todos estos son “detalles” a eliminar, sin embargo son parte
constitutiva del mundo del trabajo asalariado, de su normalidad, y sin
estos elementos no sería lo que es.» (La Oveja Negra nro. 8, El trabajo no dignifica, 2013)
Ser trabajador no es una
identidad escogida, es una imposición de este modo de producción. Por
eso comprendemos la crítica al trabajo como una cuestión social y no
meramente como un padecimiento individual:
«El ciudadano, en su frenesí
de consumo, consume ideología, consume identidad y tarda en comprender
que hay realidades impuestas que no ha adquirido en el mercado. Ser proletario no es una identidad elegida, es una realidad social. Y sentir orgullo por esta condición es como enorgullecerse por ser esclavo. No
amamos ser proletarios. Y revolución no significa, de ninguna manera,
expandir la condición de los trabajadores a toda la humanidad.» (Cuadernos de Negación nro. 4, 2010)
Criticamos el trabajo y aún hablamos de
proletariado, porque justamente criticamos lo que nos condena a ser
parte de esta clase social. Por proletariado, una vez más, no se trata
del trabajador hombre, fabril, sindicalizado y padre de familia:
«Teniendo en cuenta la
importancia que tenía el obrero en los comienzos de las grandes luchas
proletarias, es comprensible que muchos hayan buscado el “sujeto
revolucionario” en los obreros y que “proletariado” haya sido, en muchos
casos, interpretado como un sinónimo. (…) se veía al proletario en
tanto trabajador y reproductor del Capital, y no como su enterrador, a
la vez que se desestimaba, en muchos casos, la importancia de los
campesinos y se fortalecía la ideología del progreso capitalista con sus
monstruosas ciudades y fábricas, en oposición al “atraso” del campo.
Muchos obreros se sentían parte de ese desarrollo y a lo sumo querían
quitar a los burgueses del medio para gestionar y “disfrutar” ellos
mismos del progreso capitalista. (…)
El obrerismo venera el
trabajo manual, el “trabajo con martillos”. Su visión del proletariado
es el “hombre musculoso”. Mediante el rechazo del trabajo comercial y de
oficinas, rechaza a una gran parte de trabajadoras asalariadas,
revelándose a sí mismo también como sexista.» (Cuadernos de Negación nro. 3, 2010)
¡Abajo el trabajo!
Sin duda, no todo lo que hacemos es trabajo. Hacer no es sinónimo de trabajar. El trabajo es una forma de actividad específica en una sociedad específica. Nuestros órganos no hacen su trabajo, ni trabajan un motor u otras máquinas:
«“Trabajo” suena hoy a los
oídos de todo el mundo como el perfecto sinónimo de “actividad”, puesto
que para la mayoría de los seres humanos el trabajo ha llegado a ser,
lamentablemente, la totalidad de su vida. Y no hablamos solo de la forma
de conseguir dinero para subsistir, todo es vivido como trabajo: los
quehaceres domésticos, la creatividad artística, tener relaciones
sexuales, la militancia política, criar un hijo o salir con amigas.» (Cuadernos de Negación nro. 3)
La crítica del trabajo va dirigida principalmente a la crítica de la explotación.
En cuanto a la noción de explotación no vamos a emprender una discusión
de orden moral. La reproducción de la sociedad capitalista está
orientada hacia la máxima obtención de ganancia posible. Y la principal
fuente de ganancia es el plusvalor, que se produce a través de la
explotación del trabajo asalariado:
«Por “explotación”, se
entiende casi siempre un trabajo precario y mal pagado, lo que
efectivamente es el caso de la inmensa mayoría de los asalariados del
planeta. Pero esta definición restrictiva implica que crear durante seis
horas diarias software educativo a cambio de un buen salario y en un
ambiente que respete el entorno, sin ninguna discriminación étnica,
sexual o de género, en conexión con los habitantes del barrio y las
asociaciones de consumidores, ya no sería explotación. En una palabra,
una sociedad en la que cada uno se lo pasa bien yendo al mercado el
domingo por la mañana, pero sin que nadie sufra la ley de los mercados
financieros. En suma, el sueño de las clases medias asalariadas
occidentales extendido a seis mil millones de seres humanos…» (Gilles
Dauvé, Declive y resurgimiento de la perspectiva comunista)
¡Abajo el ocio!
Trabajo y ocio son las dos caras de la misma moneda.
El salario no paga por el trabajo hecho sino por la reproducción de la
fuerza de trabajo, la cual precisa algo de esparcimiento: fútbol,
netflix, música. Si el “tiempo de ocio” existe es porque existe un “tiempo de trabajo” que lo define.
«Destinamos cierta
cantidad de horas a lo que definimos como esparcimiento, para
recuperarnos del estrés generalizado en que vivimos diariamente.
Pausamos nuestro rol de productores de objetos y servicios, para darle
paso a nuestro rol de consumidores de productos y servicios.
Realizar nuestros
momentos de ocio y diversión en la sociedad mercantil generalizada tiene
similitudes con el trabajo asalariado: hay que hacerlo rápido y bien,
se vuelve repetitivo y obligatorio, no hay tiempo para descansar, se
rechazan las pasiones, se cumple con la norma de la ideología dominante.
Divertirse parece ser
directamente proporcional al dinero gastado, por eso se pasea por
shoppings y centros comerciales, por eso se paga para hacer deportes,
música o tener sexo, o se paga para ver a otros hacer deportes, música o
tener sexo.» (Cuadernos de Negación nro. 3)
¡Abajo el desempleo!
Mientras existan el dinero y la propiedad privada nunca alcanzarán para todos. Bien, lo mismo podemos decir del trabajo:
«En un mundo con trabajo jamás habrá suficiente para todos. El desempleo es una condición del mundo del trabajo.
El desempleo es un rasgo permanente y estructural de la sociedad
capitalista, que precisa de una masa de desocupados para garantizar
bajos salarios y condiciones laborales siempre deficientes. En otras
palabras, si todos estuviésemos empleados o tuviésemos la posibilidad de
cambiar de un empleo a otro podríamos exigir siempre mejores sueldos o
mejores condiciones laborales sin el fantasma del desempleo pisándonos
los talones. (…)
Es a partir de nuestras
condiciones de existencia que sacamos las lecciones para “hacer teoría” y
no tenemos “principios” previos a los hechos. El malestar y la
necesidad que padecemos quienes trabajamos, las situaciones de
precariedad y peligro a las que nos vemos sometidos, nos fuerzan a tomar
conciencia de la sociedad en la que estamos y a la cual contribuimos
día a día a mantener. De nosotros depende ampararnos en personajes que
nos quieren dirigir y nos llevan a diversos callejones sin salida o
comenzar a pensar y explorar otras posibilidades. Para esto es
importante que no confundamos la defensa de la fuerza de trabajo con la
defensa de la fuente de trabajo. Ni defendamos la ganancia de los
explotadores. Ni confiemos en quienes viven de nuestro esfuerzo.» (La Oveja Negra nro. 70, El trabajo es la peste, 2020)
¡Abajo el trabajo doméstico!
Las sociedades de clase, a lo largo de
su historia y en pos de su reproducción, debieron controlar cuatro
elementos fundamentales e inseparables de la vida de la especie: el
cuerpo, la sexualidad, la reproducción y la crianza de los hijos. En
este punto, la división sexual y la dominación específica sobre quienes tienen la capacidad de gestar hijos se vuelve esencial. Lo que conocemos como mujer y hombre se
basa en esa característica anatómica (la capacidad de gestar hijos) y
la división social creada a partir de la misma en las sociedades de
clase por la necesidad de crecimiento poblacional.
El control de las mujeres (su cuerpo, su
sexualidad, su capacidad reproductiva) permite controlar al mismo tiempo
al resto de la población. A su vez, es determinante en la crianza de
niñas y niños, así como en el sostenimiento de la familia o al menos de
la reproducción de la fuerza de trabajo en la sociedad actual.
El trabajo
asalariado requiere de una esfera específica dedicada a ciertas tareas
necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo: el trabajo
doméstico, cuya asignación reproduce la división sexual construida a través de las diferentes sociedades de clase.
La asignación de ciertas labores a un
determinado grupo de personas definido según su capacidad reproductiva
es lo que ha constituido históricamente a las mujeres, y a quienes no la
tienen como hombres. Es esta división social en dos sexos la que ha
creado lo que conocemos como sexo biológico que naturaliza lo que se ha
construido socialmente.
Se supone, además, que las mujeres están
naturalmente inclinadas hacia el cuidado y a las labores domésticas. Así
como se supone que los hombres están naturalmente inclinados a los
trabajos rudos y peligrosos, por los cuales mueren a montones todos los
años en los mal llamados “accidentes laborales”.
«El modo de producción
capitalista, pese a su imagen racionalista y científica también produce
mitos. Uno de ellos es que el trabajo es ajeno a la historia, que existe
desde siempre y que, por tanto, no podría dejar de existir. (...)
cuando miles de proletarios en el mundo insistimos con la consigna
“¡Abajo el trabajo!” no estamos proponiendo que haya que dejarse morir
de frío e inanición, sino que debemos luchar para constituir una
comunidad donde nuestras necesidades de alimento y techo, así como de
goce y creatividad sean puestas en común sin ser una coartada para
cuantificarlas y generar ganancias. (…)
Otro mito necesario para
apuntalar la normalidad capitalista es exponer el trabajo doméstico como
un atributo natural de las mujeres, quienes se supone que, por
naturaleza, serían buenas cocineras, lavanderas, amantes, sensibles,
débiles y, por sobre todo, dependientes. No es ninguna casualidad, el
primer paso para la domesticación es la creación de dependencia.
Una dependencia que es
tanto económica como ideológica, basada en el mito de que siempre fue el
trabajador asalariado hombre el que llevó el pan a la mesa. Y en el
pobre imaginario social –¡y aunque estaba a simple vista!– este
trabajador habría carecido de la necesidad de cuidados, porque se
trataba de un adulto sano que se valía por sí mismo. Esta falacia no
sólo invisibilizó –e invisibiliza– esos cuidados, sino que además
produce un modelo, especialmente masculino o masculinizante, que se
caracteriza por su pretensión de no necesitar de nadie. Un individuo que
rechaza la interdependencia humana en nombre de la fuerte y prominente
independencia típica del capitalismo.
Tal como sucede con
cualquier trabajo, la función de la ideología dominante es que el
trabajo doméstico sea naturalizado, amalgamado a cualquier actividad
humana, cuando en verdad se trata de un fenómeno social determinado e
histórico. El trabajo doméstico de las
mujeres se encuentra bajo mayores sombras aún que el trabajo asalariado,
por ser considerado, erróneamente, un atributo natural de la
personalidad femenina, una aspiración del “ser mujer”. Pero lo
que se olvida es que para crear la imagen de ese supuesto atributo
natural fueron necesarios siglos enteros de desposesión y de persecución
misógina.» (La Oveja Negra nro. 46, ¡Abajo el trabajo doméstico!, 2017)
Lo que proponemos es
indagar y asumir la implicancia entre clase y género desde una
perspectiva de abolición del trabajo. No se trata de sumar la “cuestión”
de la mujer a la “causa de la clase obrera” en tanto luchas paralelas,
tal como suele comprender el reformismo.
¡Abajo el proletariado!
La crítica y el rechazo del trabajo
expresados en luchas, reflexiones teóricas y en la vida cotidiana están
estrechamente vinculados al declive del obrerismo, del orgullo y la
identidad obrera. Evidentemente, algo cambió en la sociedad capitalista:
precarización y flexibilización del trabajo, globalización y
deslocalización de los centros productivos, financiarización creciente
de la economía en general y un destacado papel del Estado en la
reproducción de la fuerza de trabajo (subsidios, ayudas sociales).
Producto de estas transformaciones, el
proletariado no ha desaparecido ni mucho menos, pero las posibilidades
de su lucha han cambiado drásticamente. Ya no hay una preocupación
predominante en las luchas proletarias acerca de la gestión del mundo
del trabajo. Aquello estaba necesariamente ligado a un imaginario de la
revolución donde se mantenían muchos de los rasgos fundamentales del
modo de producción capitalista y su sociabilidad: gestión de los medios
de producción sin cuestionarlos, desarrollo de la industria, crecimiento
poblacional, familia y, en los sectores más reformistas, incluso el
nacionalismo y el Estado.
Analizamos las luchas recientes y en curso
advirtiendo sus límites, pero no en relación a un pasado idealizado que
no fue, sino en función de las posibilidades actuales:
«Las revueltas desatadas en
diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos
movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y
ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la
persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del
carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La
centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la
revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y
comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de
partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la
familia, la naturaleza de la cual formamos parte.» (La Oveja Negra nro. 76, 1° de mayo: Memoria y perspectivas, 2021)
La lucha de clases de las últimas décadas no se ha centrado en luchas obreras ni en los lugares de trabajo.
Se manifiestan nuevos protagonistas. Nos referimos a las luchas y
protestas de proletarios desempleados, al movimiento de mujeres y
disidencias sexuales, a las denominadas luchas medioambientales, a las
antirrepresivas, o contra el narcotráfico y otras mafias. Que se
manifiestan en las calles, las rutas, fuera de las ciudades y hasta en
los hogares. Que necesariamente deben frenar la circulación más que la
producción y que suelen enfrentarse o dirigirse al Estado más que a una
empresa o un patrón (y de ahí la posibilidad de su carácter
interclasista y ciudadanista que mencionábamos anteriormente). Esto no
significa que la explotación y el trabajo hayan perdido centralidad en
la sociedad capitalista, justamente sus transformaciones han modificado y
puesto de relieve diferentes aspectos de la reproducción de la fuerza
de trabajo.
Esto no sólo ha permitido criticar el obrerismo, sino el cuestionamiento de nuestra existencia como clase:
«Quienes no buscan
convertirse en una potencia más entre todas las potencias de este mundo,
quienes aspiran a destruir todas esas potencias, podrían resumir su
programa así: “Abajo el proletariado”. Evidentemente, no en el sentido
de una oposición a los proletarios en cuanto seres humanos. (…) Los
revolucionarios no proponen la mejora de la condición proletaria.
Proponen su supresión. La revolución será proletaria por quienes la realicen y antiproletaria por su contenido.
Proletarios, un esfuerzo más para dejar de serlo…» (Abajo el proletariado. Viva el comunismo, Les amis du potlatch, 1979)
¡Viva la revolución social!
La historia no es solamente el pasado, y mucho menos un pasado mitificado. Podemos hacer historia, no sólo estudiarla:
«Si damos un vistazo a la
sociedad moderna, es evidente que para vivir, la gran mayoría de las
personas están obligadas a trabajar, a vender su fuerza de trabajo. El
conjunto de las facultades físicas e intelectuales que poseen los seres
humanos, sus personalidades, que deben ser puestas en movimiento para
producir cosas útiles, no pueden emplearse más que a condición de
venderse a cambio de un salario. La fuerza de trabajo generalmente es
percibida como una mercancía que se compra y se vende, al igual que las
demás. La existencia del intercambio y del trabajo asalariado nos
parece algo normal, inevitable. Sin embargo, la introducción del
trabajo asalariado implicó conflictos, resistencias y masacres. La
separación del trabajador de los medios de producción, lo que hoy ha
llegado a ser una cruda realidad aceptada como tal, tomó un largo tiempo
y no pudo llevarse a cabo más que por la fuerza. (…)
A través de su sistema
educacional como por su vida política e ideológica, la sociedad
contemporánea oculta la violencia pasada y presente sobre la que
descansa la situación actual. Oculta tanto su origen como la mecánica de
su funcionamiento. Pareciera que todo es resultado de un contrato libre
en que el individuo, como vendedor de su fuerza de trabajo, se
encuentra con la fábrica, la oficina o la tienda. La existencia de la
mercancía parecería ser lo más obvio y natural del mundo, y los
desastres que causa periódicamente a diferentes escalas, a menudo son
vistos como catástrofes cuasi naturales. (…) Lo que en esencia mantiene
oculto es que la insubordinación y la revuelta podrían ser lo
suficientemente grandes y profundas como para acabar con esta relación y
hacer realidad otro mundo.
Las relaciones de
producción en las que participan las personas son independientes de su
voluntad: cada generación se ve confrontada a las condiciones técnicas y
sociales legadas por las generaciones precedentes. Pero puede
alterarlas. Aquello que llamamos “historia” está hecho por personas.»
(Gilles Dauvé, Capitalismo y Comunismo, Lazo Ediciones, 2020)
En cada época, la lucha del proletariado expresa y enfrenta nuevas preguntas:
«Estas pueden hacernos
importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su
superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos
hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma
y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que
la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia
continuación.
Por esto confiamos en que
es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y
debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las
posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas,
se delinea el horizonte revolucionario.» (La Oveja Negra nro. 76, 1° de mayo: Memoria y perspectivas)