lunes, 6 de abril de 2020

¿Vuelta a la normalidad?

Evidentemente se trata de una situación crítica que, impuesta de arriba hacia abajo, nos encuentra hiperatomizados. Por tanto, antes de agitar consignas o establecer proyectos de lucha social recordemos que esta situación no fue desatada por luchas grandes o pequeñas sino por el tratamiento que un puñado de Estados le dieron a una enfermedad que comenzaba a propagarse.

Seguramente haya quienes vean la verdadera cara de esta sociedad cuando sucede un sacudón de estas características: relativamente brusco y por sobre todo cercano. Otros ya veníamos percibiendo y enunciando las características de la sociedad capitalista en su conjunto. Bien, es momento de encontrarnos y reflexionar en común. No es un momento para suspender la reflexión ni la acción porque simplemente hay que aislarse, higienizarse y encerrarse. Por otra parte, pensar confinadamente conduce a conclusiones del propio confinamiento. Si bien siempre hay un momento de reflexión personal, no es suficiente. Incluso el llamado autoconocimiento también es con otros.

La burguesía reconoce en muchos artículos de su prensa que “el mundo que conocemos no volverá” y evidentemente será para beneficio del Capital. El panorama no es halagüeño. (ver cuadro)

Este brutal golpe mundial al proletariado ha incrementado el aislamiento, el individualismo, la desconfianza mutua, así como ha barrido de un plumazo con empleos y puede que modifique las formas de trabajo como ha hecho varias veces el Capital desde sus inicios. Finalmente, el encierro y el contacto reducido a lo virtual se han extendido por largas semanas, donde millones de personas no pudieron encontrarse, ni tocarse, ni olerse, pero se mantuvieron conectadas. Volvemos a subrayar que en esta cuarentena mundial se han criminalizado las relaciones directamente humanas y por tanto necesariamente corporales.

Por su parte, miles de patrones finalmente pudieron reducir gastos enviando a sus empleados a trabajar desde la casa. A otros tantos los enviaron a su casa ya sea sin trabajo o sin sueldo. Los Estados van intensificando sus técnicas y tecnologías de control. Mayores controles de desplazamiento, aplicaciones en smartphones, monitoreo de comportamientos y pruebas sanitarias obligatorias. No sería extraño que China comience también a exportar, y en estas cuestiones lleva la delantera, su sistema meritocrático estatal desarrollado con tecnología para medir el “valor social” de cada ciudadano.

El ya implementado sistema de crédito de China es posible gracias a la combinación e integración de varias tecnologías como el big data, el reconocimiento facial y la monitorización de internet, ayudados además por más de 600.000 cámaras de vigilancia con inteligencia artificial. A eso es a lo que descaradamente llaman “comunismo”.

La mayoría de los gobiernos nacionales han salido fortalecidos en una situación sanitaria adversa a la que solo han podido responder con represión y confinamiento. Y la noción de Estado ha salido más fortalecida aún, porque bien ha hecho lo que debía o porque debe venir alguien que sí lo haga.

Hasta ahora la principal reacción ciudadana, de izquierda a derecha, ha sido solicitar al Estado efectividad en sus medidas sanitarias (pidiendo que se refuerce el aislamiento, la cuarentena y, de ser necesario, también la represión). Además, aunque en menor medida, se solicita agua potable y alimentos, parar los despidos, que se paguen los sueldos, mejores condiciones para quienes deben trabajar en estas cuarentenas y hasta reclamos por el cese del pago de alquileres e impuestos. Pero solicitar aislados y/o encerrados no es el mejor escenario para imponer nuestras necesidades. Más aún que en otras ocasiones, no hay lucha, sino demandas que fortalecen la legitimidad del Estado.

Pero no todo es paz y silencio. En esta situación comienzan las huelgas en la industria del automóvil en España, Italia y Canadá. Protestas por parte de los trabajadores de Amazon en Francia, España y Estados Unidos a causa de las condiciones de explotación. Huelgas de alquiler y ocupaciones en algunas ciudades de Estados Unidos.

También ha habido saqueos en diferentes países, y motines en cárceles y centros de detención en Italia, Francia, España, Alemania, Líbano, Argentina y Brasil, entre otros.

Y esto no parece que vaya a desaparecer sino a incrementarse. Pese al miedo, la desconfianza y el control, la solidaridad no se hace esperar, así como tampoco la autoorganización para dar pelea a las consecuencias sociales de una pandemia en un mundo capitalista. Pero aún son minoritarias las redes públicas o discretas entre vecinos, amigos y cercanos, así como ollas populares. La cuestión es cómo podemos evitar que estas luchas no acaben estranguladas por la desesperación o que sean meros gestos limitados en el tiempo y el espacio.

Desde un punto de vista radical, para ir a la raíz del problema, no se trata de proponer medidas que el Estado y el resto de la burguesía deban realizar para simplemente cumplir con su función, sino de imponer las necesidades, a pesar del Estado, que no está aquí más que para hacer prevalecer la ganancia frente a la vida.

Asumiendo que la vida bajo el Capital es una vida de muerte, de pandemias, de enfermedades productos de este modo de producción, tenemos que comenzar a actuar y pensar en cómo luchar contra estas condiciones de vida en este nuevo escenario. Tenemos que reflexionar por qué la burguesía, con los Estados a la cabeza, se lanzó a este tipo de medidas en este caso concreto. Y por supuesto discutir qué hacer, cómo combatir la idiotización mediática y, por sobre todo, cómo contraponernos a la mayor austeridad y control que se vienen.

A su vez, este parate generalizado de la producción y la circulación trajo aparejados drásticos cambios que, aunque no vayan a durar demasiado pueden darnos algunas pistas. Se ha sucedido una drástica reducción de la emisión de gases contaminantes y de efecto invernadero, con la consiguiente mejora en la calidad de vida de las personas que habitan las regiones afectadas, incluso bajando la cantidad de afecciones respiratorias por dicho motivo. Han disminuido notablemente, por ejemplo, los accidentes de tránsito y los mal llamados “accidentes laborales”, cuyas cifras “normales” de muertes no tienen nada que envidiar a una pandemia. Esta inesperada situación debería llevarnos a reflexionar acerca del correlato que alimentar al monstruo de la economía tiene en la destrucción del hábitat donde vivimos, o al menos lo intentamos. Mientras la cuarentena pasa, el aire se limpia y el agua se vuelve cristalina. No somos obtusos, somos conscientes de lo limitado y excepcional de estos fenómenos que se suceden al mismo tiempo que el monocultivo, la megaminería, la tala y tantas otras nocividades, que no se han detenido. Simplemente vemos y hacemos notar cómo el mundo se puede ir transformando en lapsos tan breves de tiempo.

Lamentablemente como fue decisión estatal paralizar la economía en determinadas regiones, la potestad de reiniciarla también corresponderá al Estado, y por esto, los momentáneos beneficios de dicha suspensión se verán revertidos en cuestión de días también. Sin embargo, estos ejemplos dejan una enseñanza al respecto de las prioridades de un sistema en la cual la producción de valor reina notablemente sobre la salud tanto de personas como del ecosistema terrestre mismo. Y nos impulsa a afirmar que el sistema productivo actual debe ser desmantelado para la supervivencia de la especie.

La realidad es tan perversa que confinados y temerosos deseamos volver a la normalidad, pero como gritan desde todas las regiones en revuelta a las que estas medidas han pausado momentáneamente: ¡La normalidad es el problema!

Cuadro/ «ACEPTÉMOSLO, EL ESTILO DE VIDA QUE CONOCÍAMOS NO VA A VOLVER »

En 1972 un grupo de expertos del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) publicó, encargado por el Club de Roma, un informe titulado Los límites al crecimiento en el que detallaban los desastres ecológicos, climáticos y sociales que nos deparaba el desarrollo capitalista. Hace unos días un experto del MIT publicó un artículo titulado Aceptémoslo, el estilo de vida que conocíamos no va a volver nunca donde nos explica, en su clásico tono apacible y neutral, cómo esta pandemia va a cambiar nuestras vidas:

«No sabemos exactamente cómo será este nuevo futuro, por supuesto. Pero es posible imaginar un mundo en el que, para tomar un vuelo, a lo mejor haya que registrarse en un servicio que rastree los movimientos de los pasajeros a través del teléfono. La aerolínea no podría ver dónde habían ido, pero recibiría una alerta si algún pasajero ha estado cerca de personas infectadas confirmadas o de puntos calientes de enfermedades. Habría requisitos similares en la entrada a grandes sitios, como edificios gubernamentales o centros de transporte público. Habría escáneres de temperatura en todas partes, y su lugar de trabajo podría exigirle usar un monitor que controle su temperatura u otros signos vitales. Actualmente, las discotecas hacen controles de edad y puede que, en el futuro, también exijan un justificante de inmunidad: una tarjeta de identidad o algún tipo de verificación digital a través del teléfono que demuestre que la persona ya se ha recuperado y vacunado contra la última cepa del virus.

Nos adaptaremos y aceptaremos esas medidas, de la misma forma que nos hemos acostumbrado a los cada vez más estrictos controles de seguridad en los aeropuertos a raíz de los ataques terroristas. La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas.

Como de costumbre, además, el coste real será asumido por los más pobres y los más débiles. Las personas con menos acceso a la sanidad y las que vivan en áreas más propensas a enfermedades también serán excluidas con mayor frecuencia de lugares y oportunidades abiertas para todos los demás. Los trabajadores autónomos, desde conductores hasta plomeros e instructores de yoga, verán que sus trabajos se precarizan aún más. Los inmigrantes, los refugiados, los indocumentados y los expresidiarios se enfrentarán a otro obstáculo para hacerse un hueco en la sociedad.

Además, a menos que se impongan reglas estrictas sobre cómo se calcula el riesgo de contraer una enfermedad para cualquier persona, los gobiernos y empresas podrían elegir cualquier criterio: ganar menos de 30.000 euros al año podría considerarse un factor de riesgo, así como tener una familia de más de seis miembros y vivir en ciertas partes de un país, por ejemplo. Eso abre la puerta al sesgo algorítmico y la discriminación oculta, como sucedió el año pasado con un algoritmo utilizado por las aseguradoras de salud estadounidenses que resultó favorecer accidentalmente a las personas blancas.

El mundo ha cambiado muchas veces, y ahora lo está haciendo de nuevo. Todos tendremos que adaptarnos a una nueva forma de vivir, trabajar y relacionarnos. Pero como con todo cambio, habrá algunos que perderán más que la mayoría.»

Cuadro/ NO SE NECESITA UNA CONSPIRACIÓN

Muchas “explicaciones” del surgimiento de la pandemia se han nutrido de la idea paranoica de conspiración, así como de prejuicios racistas. Los partidarios de la primera no comprenden a los Estados como garantes de un orden mundial que nos mata, nos debilita y nos enferma sino como personajes oscuros que deben introducir ciertas enfermedades para que nuestras vidas sean efectivamente malas. Evidentemente, no hace falta una conspiración de ese tipo. Los Estados efectivamente coordinan entre sí, incluso discretamente, para garantizar este orden que da ganancias a unos y arruina la vida de la mayoría.

Vivimos en un sistema donde las personas que ocupan posiciones de decisión y gestión son perfectamente intercambiables en su mayoría, lo que hace que el real problema esté en el sistema en sí, y no en los “actores”. El decir esto no es nada nuevo, como el decir que el capitalismo trae la guerra, el hambre y la crisis sin necesidad que nadie desde la sombra, desde grupos ocultos y ocultistas esté provocando estos hechos.(1)

Aunque las “teorías” de la conspiración están muy ligadas al racismo, hay una explicación directamente racista que se ha basado en un prejuicio sociocultural: el supuesto gusto de los chinos por comer alimentos extraños como sopa de murciélago. Ambos intentos de explicación olvidan la dimensión social del asunto.

El ciudadano obediente teme de un virus que piensa viene de afuera, porque para él lo malo siempre viene de afuera, es un problema externo. Tiene miedo de un virus del griego ἰός toxina o veneno. “Tóxico”, palabra tan de moda que expresa todo lo que se supone es exterior al individuo y a lo que se tiene terror. Así las relaciones son catalogadas como tóxicas, la gente que no les gusta es tóxica, y quienes protestamos somos tóxicos. Y así el individuo libre de culpa y cargo se desresponsabiliza del mundo en el que vive y evita mezclarse con el resto a fin de no ser intoxicado.


Notas:
(1) Hay algo más allá de nuestras narices. Crítica a las teorías de la conspiración. Mariposas del caos, 2009.

Cuadro/ NO HAY "CHETOS", HAY CLASES SOCIALES

Hay un intento por explicar ya no solo la propagación del virus sino sus consecuencias sociales. Esa explicación, y a su vez arenga, viene a decirnos que se trata de una enfermedad de chetos (o cuicos, o pitucos según el país) que la difunden viajando de vacaciones por el mundo. Cada vez se habla más de clase para no hablar del existente antagonismo de clase, sino de clases socio-culturales. La clase social es así reducida a los gustos personales de un sector de la sociedad y parece ser ya un estado mental más que una condición material de existencia. Aunque hoy parezca de un pasado muy lejano, hasta hace un mes la patota de rugbiers que había asesinado a golpes a Fernando Báez Sosa en un boliche en Buenos Aires era casi la única noticia que circulaba en los medios de comunicación. Por el homicidio hay diez imputados, de los cuales ocho se encuentran bajo prisión preventiva. Es una historia donde los buenos son buenos y los malos son malos. Fernando era un pibe hijo de inmigrantes, pero nacido en argentina, de familia trabajadora. Y los rugbiers unos desagradables que se regocijaban en su matonería, racistas y de lo que se considera clase media alta. Hay quienes han querido ver en esto alguna forma de clasismo. Y algo puede haber, pero al igual que con quienes vienen del exterior del país, se trata de un clasismo sociológico.

No se habla de clases en torno a la explotación capitalista, sino desde un punto de vista cultural e identitario. Por otra parte, es un clasismo que orbita en torno a lo que en Argentina se considera clase media. Cuando se señala el racismo de los rugbiers («negro de mierda te vamos a matar») se señala inmediatamente su clasismo, pero es el clasismo de jóvenes que no provienen de la más alta burguesía y no sabemos siquiera si provienen de la burguesía, es el clasismo de unos chetos. Por su parte, la familia de Fernando tampoco es pobre o marginal como la de la mayoría de jóvenes que son asesinados en este país, mayormente a manos de las fuerzas de seguridad del Estado, o en los crímenes a causa del narcotráfico, por lo cual seguramente haya generado una mayor empatía.

Puede ser que «romantizar la cuarentena es un privilegio de clase». Porque la enfermedad, el temor a la enfermedad o la obligación de confinamiento no son lo mismo para todos los ciudadanos del territorio argentino, o de cualquier otra parte del mundo. Somos iguales ante la ley lo que siempre significa ser completamente diferentes frente a su aplicación y sus consecuencias.

Pero ante la insistencia sobre los "privilegios de clase", hay que tener en cuenta qué se entiende por clase, qué se entiende por privilegio y de dónde emanan las clases y los privilegios. En ese sentido, es preciso atender y entender de manera profunda y crítica la composición de clase capitalista y no repetir eslóganes que apelan al sentido moral, justamente judeocristiano y capitalista. Si dejamos de lado la cuestión de la explotación, la opresión y el dominio no entenderemos en qué sociedad vivimos. Y terminaremos viendo chetos por un lado y pobres por el otro, sin ningún tipo de modo de producción y reproducción. Es por eso que hay quienes consideran que nuestros gobernantes no son chetos, sino que estarían con el pueblo. La crítica fácil de personajes como Macri o Bullrich del gobierno pasado, o la crítica hacia los chetos violentos e irresponsables, oculta la necesidad de criticar a los burgueses y políticos en tanto funcionarios del Capital y el Estado. Un clasismo progre que solo apunta hacia individuos y no relaciones sociales, no solo es superficial, sino que es muy favorable para el orden dominante.

NUEVOS TÍTULOS: CONTAGIO SOCIAL. GUERRA DE CLASES MICROBIOLÓGICA EN CHINA

Contagio social. Guerra de clases microbiológica en China presenta un análisis integral, contundente e indispensable de las causas de la actual crisis sanitaria por COVID–19, y sus consecuencias para China y el resto del mundo.

El 19 de marzo, mientras se imponía el aislamiento masivo en la región argentina, terminábamos de preparar la primera publicación del artículo en formato libro con nuestro proyecto editorial Lazo Ediciones. A raíz de la cuarentena, hasta el momento solo ha podido circular en su versión digital, posibilitando sin embargo numerosas conversaciones en espacios virtuales.

Publicado originalmente por el grupo Chuang el 26 de febrero de este año, semanas antes de que las cuarentenas se aplicaran en el resto del mundo, el artículo no ha perdido vigencia, y posee la claridad necesaria para abordar la cuestión en su complejidad.

El texto evidencia la realidad social y las transformaciones derivadas del desarrollo económico de las últimas décadas por el que China pasó de ser «una economía estatal planificada aislada a un centro de producción capitalista integrado». En su descripción social de la ciudad de Wuhan, foco inicial de la enfermedad, logra caracterizar las condiciones en las que se reproduce la vida en los principales complejos urbanos industriales de esa vasta región. Muestra así, que la proliferación de nuevos virus está íntimamente ligados al profundo deterioro, implícito en el capitalismo, de nuestra vinculación como especie con el entorno natural no-humano.

Por otra parte, el análisis acerca de las políticas del totalitario Estado chino, vanguardia en varios aspectos de la tecnología puesta al servicio del control social, permite reflexionar sobre el impacto en la población de las medidas de aislamiento y cuarentena, que fueron tomadas inicialmente en China y que luego se replicaron en prácticamente todo el mundo.

Y en estas latitudes, ¿qué es lo que sabemos sobre China? Sabemos de la descomunal potencia con que produce y consume mercancías. Sabemos también que es el destino principal de la producción agropecuaria de nuestra región. Los productos made in China forman parte de los hogares, oficinas y talleres de todo el planeta. Pero al mismo tiempo, la región ha sido testigo de intensos conflictos. La actualidad económica mundial de tendencia recesiva, invita a pensar en las consecuencias del potencial accionar de su clase trabajadora. Lo que sucede entonces en los centros urbanos y zonas rurales es de vital importancia para todos nosotros.

En este sentido, Chuang realiza una gran contribución. Este grupo comunista de China, parte tanto de la crítica del “capitalismo de Estado” del Partido Comunista Chino como de la oposición liberal de los movimientos de “liberación” de Hong Kong. En su sitio web publican, además de los artículos del blog, una revista temática que ya tiene su edición en inglés.

Este es el primer texto de este grupo traducido al castellano. Esperamos prontamente lanzar la versión en papel, y que este libro sea un motivo más para el encuentro, el ejercicio de la crítica radical y la necesaria reflexión anticapitalista.

Libro completo disponible en nuestro sitio web: lazoediciones.blogspot.com

TEMPERAMENTO nro. 45

Especial: Coronavirus y Capitalismo

• Represión y salud en la región argentina
• Reestructuración capitalista, militarización y resistencia
• Conversamos sobre el libro de Chuang
• Desde Chile: Situación de compañeras y compañeros presos de la revuelta.

Disponible en: blog.temperamento-radio.com/2020/03/26/especial-coronavirus-y-capitalismo

lunes, 30 de marzo de 2020

Argentina y la erupción postergada (Erupción nro.1)

Compartimos un artículo en colaboración con Erupción nro.1 (Boletín Anarquista de Análisis desde América Latina). El artículo fue escrito en diciembre de 2019 pero sale publicado a fines de marzo de 2020, de todos modos queremos compartirlo.
En la región argentina, las revueltas proletarias no aparecen, no se masifican. Sorprendente, puesto que motivos internos y coyunturales sobran. Pero el silencio se inscribe en el actual desarrollo de una nueva transacción democrática, el inicio de un nuevo ciclo, el renacimiento del espectáculo.

Poco antes de la reciente elección presidencial se anunció una brusca devaluación del peso respecto al dólar, con el consecuente aumento del costo de vida. Los mismos ciudadanos que habían votado contra el ajuste llamaron a no movilizar contra el ajuste, acusando de “funcionales al gobierno saliente” a quienes sufrimos la explotación. Se sufre el ajuste en carne propia pero no se quiere ensuciar la transición; un respeto por el Estado y sus instituciones, vital para la gobernabilidad. También la alternancia política es fundamental para los sucesivos ajustes y medidas de crisis. La pauperización de la vida la aplica un gobierno y la ratifica el siguiente, aunque jueguen el juego de la disputa. Las urnas en lugar de las calles, la pelea interburguesa en lugar de la lucha abierta de clases, los discursos en lugar de la realidad.

Los últimos 25 años significaron un particular y profundo avance del desarrollo capitalista. La imposición del modelo agro-biotecnológico permitió extender la frontera explotable por el Capital, desatando la deforestación y el envenenamiento masivos, con la soja, el maíz y el algodón como cultivos transgénicos principales. La minería a cielo abierto, la extracción de hidrocarburos no-convencionales (como Vaca Muerta en la cuenca neuquina) y otros proyectos productivos inscriptos en el plan de infraestructura para el transporte (IIRSA), no se han quedado atrás. Estos desarrollos acarrearon violentas migraciones, internas y externas, desde zonas rurales hacia conglomerados urbanos (cerca del 92% de la población se acumula en las ciudades). Como principal motor de los modelos de consumo al interior de una américa latina devastada, la era de las commodities orientó la producción al abastecimiento de mercancías estratégicas para el mercado asiático y europeo, mientras el hambre y la desnutrición han crecido notablemente, situando a la Argentina entre los países más afectados del continente.

La precarización de las condiciones materiales para el desarrollo de la vida constituye un eje en continuo progreso. En particular, desde los años 1970, las sucesivas etapas no han hecho más que acrecentar la población sobrante. Sin embargo, la burguesía ha encontrado nuevas formas de subsumir la revuelta popular, haciendo del aumento del gasto social su principal herramienta de domesticación. Desde aquel “que se vayan todos” de 2001, las políticas de estado han intensificado la represión silenciosa mediante la cooptación de los movimientos sociales con la complicidad del aparato sindical, señalando a la protesta como amenaza a la democracia conseguida; una suerte de autocontrol popular (disciplinamiento ideológico al orden democrático) que se complementa y ajusta con el accionar de las fuerzas represivas.

El fantasma de la última dictadura ubicó a la democracia en un lugar intocable, un vórtice que despedaza los imaginarios de una vida comunitaria. Los movimientos de trabajadores desocupados, los espacios de discusión y organización en ámbitos de sociabilidad proletaria, el desprecio por las instituciones y la propiedad privada, conforman un pasado de lucha recordado como etapa de miseria e inmadurez política, un mal necesario frente a la incompetencia de los gobernantes. La clase dominante supo cómo usar la democracia para reconducir la furia proletaria, que ya no interviene en forma autónoma, sino encuadrada en políticas estatales. Una región amansada e institucionalizada en cuanto a conflictividad social se condice con una fuerza de trabajo brutalmente abaratada.

La renta extraordinaria por exportación de commodities posibilitó a Duhalde en 2002 calmar la demanda popular con asistencialismo, y a los Kirchner continuar esa política hasta sus últimos estertores en 2015. Macri transitó el final de este ciclo, y decidió enfriar la bomba tomando deuda. Alberto Fernández asume en un contexto de agotamiento de las condiciones materiales para que el populismo -como dispositivo de control- pueda contener el alzamiento del proletariado. Jugando con nuestro margen para soportar lo insoportable, intentarán evitar que la indignación se renueve. Por eso la erupción social no será solo una cuestión de tiempo sino también de involucramiento y agitación a la revuelta contra el recurrente espectáculo de la miseria.