lunes, 9 de mayo de 2016

1° DE MAYO: ¡DESTRUYAMOS EL ESTADO!

Folleto repartido en la ciudad de Rosario en el acto del 1° de Mayo Internacionalista, Anticapitalista y Revolucionario.


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Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra en la calle. Para recordar, compartir, discutir, reflexionar y agitar.

Volver a ese mayo es volver a un tiempo lleno de sufrimiento, pero también a un tiempo rebosante de esperanza. Tiempo en que todavía la burguesía sufría por imponer ideológicamente su dominio. Tiempo en que las banderas tenían menos colores, pero eran suficientes. Cuando los partidos políticos estaban en gran medida sólo conformados por burgueses y los proletarios desarrollaban masivamente formas de lucha ajenas al encuadramiento sindical.

Glorificar el pasado es un ejercicio de pasividad. Reconocer sólo los aspectos estéticos o superficiales es la condena de todo movimiento. Falsificar la realidad histórica es trabajo de la socialdemocracia. Aquí no vamos a hacer esto. Queremos volver al mayo real, y no solamente al de 1886 en Chicago, sino también al del 37 en Barcelona, al del 68 francés, al del 69 en Córdoba y Rosario. Y a cada mayo que pasamos en todos estos nefastos siglos, porque en cada uno de ellos hemos sabido rebelarnos contra la dominación del Estado y el Capital. Porque en todo mayo hubieron conversaciones clandestinas entre trabajadoras, faltazos al trabajo para quedarnos haciendo el amor, barricadas de insurrectos, niños inquietos que insultaron a sus profesores, mujeres colectivizando tareas en barrios obreros, movilizaciones que destruyeron comercios, actos conmemorativos, grupos de debate anticapitalistas y un sinfín de formas más de vivir.

Y es por todas esas cosas y por muchas más por las que seguiremos volviendo a mayo, para nunca olvidar a aquellos hombres y mujeres que nos precedieron en la guerra contra este mundo. Cada año tratamos de abordar algún aspecto de la crítica de la sociedad y este año no es la excepción. Intentaremos hacer eje en la crítica del Estado como estructura de centralización de la dominación sobre la humanidad.

En estos tiempos donde se impone con fuerza la idea de que no se puede hacer nada por fuera del Estado, sus leyes, sus instituciones y sus votaciones, es necesario seguir asumiendo y profundizando en esta crítica.

A casi 200 años de la creación del Estado argentino, todavía algunos creen que el problema no es la organización estatal en sí, sino la subordinación de algunos Estados frente a otros. Dicen que para estar mejor hay que tener un Estado más fuerte, independiente del resto, ¡cuando lo que necesitamos es terminar con todos los Estados! Una vez más: ¡el proletariado no tiene patria!

¡Por un primero de mayo internacionalista, anticapitalista y revolucionario!

 

 ¡Destruyamos el Estado!

Hablar del Estado es hablar necesariamente de la organización social del dominio, ya que el Estado capitalista es precisamente el heredero y la síntesis de todas las estructuras sociales de dominio del pasado.

El Estado, hoy mal reconocido como un conjunto de instituciones imbricadas y organizadas entre sí, emerge como el poder organizado de la desposesión de la humanidad. Comienza a tomar los caracteres de su forma corriente junto con el desarrollo del capitalismo, y es el Capital el que en última instancia selecciona los caracteres más favorables que tendrá su estructura predilecta.

«Lo que consideramos fundamental a saber es que el Estado, ese aborto monstruoso de la sociedad, no es un enemigo por razones de gusto, afinidad moral o antipatía ideológica. Lo es en tanto estructura de poder fundamental que garantiza nuestro sometimiento al trabajo asalariado, que permite y defiende la destrucción de la naturaleza en pos de la producción económica y garantiza la guerra como método de reorganización económica y de control social. Lo es también, en tanto estructura que se contrapone a la plena realización de la vida y la autonomía de la comunidad humana: su mera existencia limita la posibilidad de explorar y desarrollar otros modos de relacionarse. Lo es, porque es justamente el resultado del antagonismo de clases existentes.» (Cuadernos de Negación Nº4)

 

 El Estado es el Capital

La palabra inglesa estate significa «conjunto de valores que posee un individuo», y en el uso cotidiano puede volverse sinónimo de estate in land, propiedad de la tierra. Y es que el Estado es, principalmente y ante todo, el garante de la propiedad privada. La fuerza unificada que registra las parcelas y suministra a quienes las defienden. Una vez que esto está cubierto, el Estado tiene mucho que decir y aportar sobre qué se hace en esas propiedades y de qué manera se lo realiza.

El Estado acuña las monedas e imprime los billetes, regula su circulación, sube y baja las tasas de interés y controla la actividad bancaria. Es el banco entre los bancos, la reivindicación y superación de la decadente nobleza que tenía que endeudarse con esos usureros apátridas para librar sus guerras.

El Estado regula la competencia entre capitalistas particulares, estandariza con normativas los procesos productivos, asume las industrias con escasa tasa de ganancia y provee la infraestructura necesaria para el desarrollo de la producción mercantil. El Estado es un capitalista por derecho propio, invierte en la bolsa, emite créditos, paga salarios, extrae plusvalía. Nada de lo capitalista le es ajeno.

El Estado concentra las tareas de investigación científica que los capitales particulares no podrían asumir. A su vez, y de tan importante que es, tiene su ciencia hecha a su medida: la estadística.

Del dominador, del violador, del desposeedor, dirán que era “un gran estadista”. El Poder tendrá carácter científico, tendrá sus teóricos, sus cuadros medios y sus bases de tecnófilos para adorarlo. «No son más que cifras en unos gráficos elaborados por idiotas» diría sobre ellos Guy Debord.

Separar al Estado del Capital es como intentar separar la materia de la energía. Son una esencia, un ser, una realidad. Un organismo que se desdobla para seguir con vida, para dominarnos en un jueguito de policía bueno y policía malo a gran escala.

Pueden decir que si luce como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces debe ser un pato. Y el Estado luce a capital, huele a capital, suda capital, gestiona capital, regula capital, representa al capital... Es el Capital.

 

 El Estado es la democracia

Contrariamente al sentido común o a las afirmaciones de los cientistas políticos, para los proletarios la democracia se vive como mucho más que una simple forma de gobierno. La democracia es un tejido social histórico, que surge de la disolución de formas comunitarias de vida, que crea al individuo, para luego definirlo formalmente en codificaciones legales. Porque el individuo no ha existido siempre, no es sinónimo de ser humano.

La democracia no es la mejor forma que el ser humano encontró para vivir en sociedad, es la mejor forma que encontró la burguesía para dominar, es la mejor forma de organizar una sociedad de individuos. Con su libertad e igualdad, es un sistema perverso de dominación del que echan mano el Capital y el Estado para igualarnos a todos, tal como hacen con las cosas. Para tratarnos como mercancías. Para liberar a los seres humanos de sus tierras y comunidades, librarnos con el sólo fin de explotarnos, de comprarnos en igualdad de condiciones. Es la igualdad que con toda libertad oculta que para imponerse se ha servido de la fuerza bruta. Oculta sobre todo la división entre explotadores y explotados, el antagonismo de clases, la contraposición entre capitalismo y humanidad.

El reino ideal democrático, planteado tanto por ciudadanos autodenominados de “izquierda” tanto como de “derecha”, en el que no existirían las clases sociales y seríamos todos libres e iguales, no es más que la concreción ideológica de siglos de dominación, de millones de millones de jornadas de trabajo, de encarcelados, torturados y exiliados, de cientos de genocidios y guerras contra la humanidad.

La democracia no es una simple forma de gestión. El Estado puede estar gestionado por un sistema presidencial, uno parlamentario, o algo entre medio de estos dos. También puede tener incluido en su gestión a un monarca, de manera testimonial o real. O puede mantener hasta cierto grado la estructura parlamentaria y ejecutiva pero suspender temporalmente el proceso electoral. Cuando esto sucede, se le suele llamar dictadura y, aparentemente, esto se encontraría en las antípodas de la democracia. Hay quienes equiparan fascismo con Capital, o que presuponen que la democracia se opone al totalitarismo. La democracia sería entonces una compañera en la lucha contra la dominación, tanto como un ideal a conseguir, o una “herramienta” a utilizar circunstancialmente. Pero la democracia no es una simple “forma de gobierno” entre tantas. Es la esencia del Estado y del Capital, su espíritu, su ideal, y los burgueses la defenderán a muerte, porque sus vidas dependen de ella. La democracia no es el simple parlamentarismo o la garantía de elecciones y, en todo caso, estos dos elementos son producto y emergen de la explotación del proletariado y bajo ningún caso son elementos neutrales que podamos inclinar a nuestro favor.

Volviendo al panorama histórico, vemos cómo las teorías que sitúan a Europa como corazón del desarrollo capitalista suelen adolecer de un panorama más abarcativo acerca de cómo el Capital surge mundialmente del mercado en expansión y se cristaliza en ciertos polos específicos a lo largo del mundo. Lo que sí podemos situar en Europa es el surgimiento del Estado Moderno y de la conceptualización de la democracia. Será desde allí que se lleve a esta bestia estatal hacia cada rincón del mundo... Democrática se llamará a sí misma esa gran fuerza igualadora, que en esa pulsión de igualación decidirá que todo el mundo debe gestionarse de la misma manera.

Siguiendo en Europa, los estamentos, o estados, eran los sectores constitutivos de la sociedad en las fases previas a la síntesis del Estado Moderno. Quizás el sistema más conocido es el de los tres estados franceses: clero, nobleza y pueblo. Siguiendo ese razonamiento que liga al Estado con una porción de la sociedad, el Estado Moderno es el Estado de la burguesía, y entre todas las formas de poder en disputa durante la época de las revoluciones burguesas, actúa como el partido de dicha clase, como estructura general de concentración de intereses burgueses.

El ágora de los propietarios atenienses, ese mismo que servía como mercado, es hoy el parlamento, la mesa de ministros, la corte suprema. El Estado es la democracia.

 

 El Estado es el dios

La práctica de fundir la burocracia, el sistema de escribas, la recolección de impuestos y la jerarquía teocrática es antigua, y ya durante las dinastías faraónicas se puede observar una estabilidad notable en esta forma de dominio.

Es en tierras cristianas, durante el reinado de Constantino, que comienzan a observarse los primeros indicios de lo que eventualmente devendría en secularismo y en la “separación” entre el Estado y la Iglesia. Los obispos son exentos del pago de impuestos y son quienes sacralizan las guerras contra el paganismo, a cuyas comunidades se las saquea para enriquecer al Estado-templo.

Pero esta simbiosis lentamente va decantando en una unidad de poder que requiere elementos más y más complejos y divididos y funciones técnicas cada vez más avanzadas. La estructura teocrática parece no responder con la suficiente celeridad y otros tentáculos del dominio comienzan a asumir un rol central. Cuando se disipa el manto sagrado de las generaciones de cruzadistas, los nobles europeos comenzarán a reconocer que la iglesia es tan expropiable como el campesinado y que, en la medida en que lo necesiten, pueden instrumentalizar a esta organización. Para la Iglesia, sin embargo, resulta más deseable que esa expropiación sea nobiliaria antes de que la realicen las comunidades libres.

Pero si la propiedad de la tierra era uno de los puntos más sólidos del dominio eclesiástico durante la denominada Edad Media, el poder clerical se cimentaba también en la concentración bibliográfica y de conocimiento que había amasado durante muchos siglos. Esta se convertiría en la ciencia, esa antorcha que en la mano de los enciclopedistas daría luz sobre la tierra y alejaría a las sombras del oscurantismo religioso.

Los burócratas, que en gran medida provenían de la propia iglesia, se enfilaban para incluir a los centros de escribas de la iglesia (esos lugares que llamamos universidades) en la estructura estatal. Esos centros, que ya producían sujetos de conocimiento, ahora comenzarían su producción en masa de servidores intelectuales para el Estado.

La iglesia deja de ser necesaria para la producción de los científicos, saqueadores de conocimiento, que comienzan a recorrer el mundo para robar todo lo que pueden y llevar registro de ese robo en sus cuadernos de “investigación”. El Estado, que ya tiene sus talleres nacionales, puede asumir tranquilamente la formación y adoctrinamiento de estos sujetos especializados en el pensar.

La desposesión se completa. Todo se concentra. Las cosas son objetos que se llevan al mercado. Los seres humanos son ahora también cosas. Sus ideas también son cosas. Nunca habían habido tantos dioses, pero por sobre todo, nunca uno en particular había sido tan poderoso y brillante como el dios dinero.

El vínculo ideológico-teológico que sujetó durante otras épocas empezó a tambalearse, se necesitaba un nuevo discurso-religión. Y si no surgía naturalmente, había que inventarlo.

Bakunin, en Dios y el Estado describe cómo: «habiendo oído a Voltaire que “si no hubiese existido Dios habría sido necesario inventarlo”, Rousseau inventó el ser supremo, el dios abstracto y estéril de los deístas». Este gran compañero agregaría luego: «Yo revierto la frase de Voltaire, y digo esto, si Dios realmente existiese, sería necesario abolirlo».

Para Rousseau, el hombre es el ser individualista y es el ser social, y un contrato sería la forma vinculante entre estas dos realidades aparentemente contradictorias. Dios es el creador, pero ya no representa nada más que eso. «¡Gracias por tu trabajo! De ahora en adelante será el Estado el que organice las cosas por aquí». El Estado y sus intelectuales daban así una elegante solución al poder divino.

Él es el único. Él es el omnipotente. Él se encargará. A él se le pedirá que vele por nosotros. A él se le suplicará. Él es dios.

 

 El Estado es el Hombre

Él. Guerrero, sabio, disciplinador, racional.

Con el ascenso de los poderes separados, su constitución en formas estatales y su síntesis en El Estado, las mujeres experimentaron un grado cada vez más vertiginoso de domesticación, abuso e instrumentalización, meras vasijas portadoras de futuros líderes y soldados. Las mujeres fueron esclavas de los que vencían en el saqueo, que asesinaban a todos los hombres y embarazaban forzadamente a las mujeres para prevenir su escape.

En las comunidades, las mujeres tenían un determinante rol en la transmisión oral. Con el desarrollo de los Estados y el sistema de escribas, la mujer perdió gradualmente ese rol. Cuando la memoria pasó de ser un ejercicio común a depender de un poder central, los escribas borraron deliberadamente a las mujeres de los registros. La civilización actual tilda de relatos y mitos a las historias que las comunidades narraban de sus orígenes, de su cotidianidad. Pero el verdadero relato, el verdadero mito es la Historia, la que se escribe en las tablas del Estado.

Esa Historia (his-story en inglés, «el relato de él») es la progresión del dominio, de la autoridad, de la cosificación, de la destrucción de la comunidad, de la suplantación de la comunidad por seudocomunidades (razas, partidos políticos, naciones, equipos de fútbol, sistemas teológicos, orientaciones sexuales, géneros musicales, y un largo etc.). La resistencia es lo único verdaderamente humano en toda esa Historia.

Los miembros de las comunidades tenían sus historias, sus momentos colectivos, sus devenires singulares. Había aquellos y aquellas que vivían situaciones extremas e increíbles y las contaban para deleite de toda la comunidad. Las historias eran el producto de la vida. La vida no estaba encorsetada por la Historia.

Los seres humanos siempre tuvimos cosas más importantes que hacer que simplemente sobrevivir. El relato paternalista del Estado indica que sin Estado todos seríamos maníacos homicidas que defenderíamos unos pocos trozos de comida. Es justamente la desposesión la que genera el hambre, la criminalidad, la insania.

Si en muchas comunidades la mujer era la madre, la tierra, la portadora de vida, el hombre encuentra su armadura en el Estado y ataca. Porque el Estado no es vida, él dice que no ha nacido y no morirá, que está aquí desde siempre.

El Estado es nuestro padre, el patriarca, y a él honraremos, por él nacemos, por él vivimos y por él moriremos.

 

 El Estado es la cárcel

El uso de prisiones, cárceles, lugares de encierro o sistemas de trabajos forzados se establece en diversas partes del mundo, emergiendo de los antiguos sistemas punitivos de venganza, como la Ley del Talión babilónica y otros códigos de la antigüedad.

Es fundamental para un poder el demostrar que es capaz de sentenciar y encarcelar. En épocas de difusos poderes y estructuras solapadas, como durante la Edad Media, esa habilidad era central para que, tanto la población regional como los otros poderes, reconocieran la autoridad y el dominio.

Una vez que ese dominio se establece es tiempo de que toda esa fuerza humana encadenada sea utilizada por el titán estatal. Éste utiliza a los condenados en sus galeras, en las tareas militares más peligrosas, en las canteras y en los trabajos más arduos, mostrándoles siempre al resto de los habitantes cuál es el destino de los insumisos a la ley estatal. Pero en determinadas épocas, ni siquiera esto fue suficiente, y la brutalidad estatal escaló a niveles sin precedentes. Los que no eran sentenciados a la pena capital o a un período de esclavitud por deudas, eran encerrados en los lugares más insalubres y recibían torturas constantes, a menudo en público.

La herejía era uno de los peores crímenes y las prisiones cumplieron una notable función de reeducación religiosa. Hasta principios del siglo XX, en muchas prisiones sólo permitían lecturas religiosas y gran cantidad de prisioneros interactuaban únicamente entre ellos, con sus carceleros y con los sacerdotes. Fue en los albores del Estado Moderno cuando esa tristísima cruzada conocida como Inquisición sentó las bases del moderno sistema judicial de delación, testigos y arrestos preventivos, hiriendo en el proceso a un difuso pero potente movimiento comunista que se desarrollaba en Europa bajo la forma de sectas heréticas, movimientos milenaristas, bandas campesinas y cristianos disidentes de diversa índole.

La pulsión por el trabajo impago se transforma en la gran prioridad de la máquina estatal que, en Inglaterra, desde el siglo XIV construyó lugares conocidos como casas de trabajo para alojar a los paupers (indigentes, pauperizados) de las ciudades. Allí se les instruía desde niños a ser buenos trabajadores, se les enseñaba a realizar tareas de hilado y tejido, y se los observaba permanentemente. El Panóptico de Bentham no fue un invento magistral, sino resultado de siglos de disciplinamiento de pobres en las casas de trabajo, que se parecían cada vez más a las prisiones. Cuando la evolución de las políticas sociales británicas hizo que muchas fueran cerradas, sus edificios encontraron prontamente un nuevo uso.

Bajo ese mismo designio, los imperios coloniales enviaron a los prisioneros que no recibían pena de muerte a trabajar a las colonias, a luchar contra los pobladores originarios, violar a las mujeres para poblar el nuevo dominio de mestizos, vigilar a los esclavos y asistir en las tareas del campo. Esto no debe sorprendernos, sobre todo si tenemos en cuenta que en la Antigua Grecia algunas ciudades reclutaban su cuerpo de policía entre esclavos que habían probado su lealtad. Siempre que le fue posible, el Estado utilizó a los mismos pobres para que se controlen y traicionen entre ellos, y esa práctica llega hasta la actualidad.

El Estado es la gran cárcel de todos los proletarios, ¡y nuestro único escape es su destrucción!

 

 La crítica del Estado

La crítica del Estado no es creación ni propiedad de ningún individuo, estructura o movimiento social particular. La crítica del Estado se desarrolla desde el doloroso y arduo proceso de las luchas sociales contra él. No es una teoría científica, no es una hipótesis que se comprobaría empíricamente, ni progresa de a bloques. Es por tanto, cíclica, caótica y a menudo olvidada por muchos.

La burguesía en general y la socialdemocracia en particular han logrado que en el mundo se asimile la lucha contra el Estado a una posición anarquista. Pero el término “anarquista”, como el de “socialista” o “comunista”, han querido decir distintas cosas, incluso opuestas y contradictorias entre sí, significando revolución y también contrarrevolución.

La contrarrevolución se expresó de la mano de los teóricos del reformismo que defendieron el orden burgués, pretendiendo depurarlo de sus contradicciones. Fueron esas ideologías socialdemócratas las que, en momentos claves de la historia, justificaron la defensa del Estado y el Capital. Hablaron de producir con eficiencia y promover el desarrollo económico. Hablaron de la paz universal y la cooperación, pero lo que buscaban era el disciplinamiento de las fuerzas proletarias tanto en las fábricas como en los ejércitos.

La lucha revolucionaria contra el Capital y el Estado fue desarrollada por compañeros de distintas corrientes. Estos son compañeros revolucionarios, no por sus denominaciones o por lo que ellos dijeran de sí mismos, sino por su fuerza y coraje en la lucha por liquidar el orden burgués.

 

 La revolución contra el Estado

Las palabras que hacen latir violentamente los corazones, que deleitan los oídos, que vibran entre las manos y que resplandecen la mirada, son aquellas que se escriben y se gritan, que se subliman en mil timbres simultáneos, que se imprimen clandestinamente, que se susurran entre amantes.

Mas no son los términos, las palabras, los que pueden dar vuelta el mundo. Afirmamos: «Muerte al Estado y al Capital. Viva el comunismo y la anarquía», pero la sóla verbalización no convierte la afirmación en fuerza social. Las palabras son palabras muertas sin comunidad y lucha, sin voluntad y crítica, sin solidaridad y pasión.

Las palabras, los gritos y la confianza en la lucha se nutren día a día del comunismo. Y aunque el capitalismo intenta desde hace siglos borrar de nuestras vidas todo trazo de él, el comunismo —en tanto que movimiento real de supresión del órden existente— surge sin cesar en el seno de nuestras luchas y más tendemos a esbozarlo cuanto más nos alzamos contra el Capital. Esbozo de un mañana sin Estado ni Capital, más también de lucha de ayer y de hoy, lucha por negar lo que nos niega, lucha en comunidad. Es la actividad revolucionaria en la que nuevos vínculos nacen, pasiones antes enterradas se despiertan y la relación de dominación de las cosas sobre los hombres se desploma.

¡Ayer y hoy! la salida está en nosotros mismos, en nosotras mismas; quedémosnos con esto.

Aquella esperanza que alumbró Chicago hoy nos quema. Aquellas gotas de sangre hoy son este río de muertos que, aun en sus momentos más duros, nos dice que la pelea no es una cuestión nacional, que la revolución social es una necesidad mundial que contenemos y nos contiene. Y que, sin este contenido, puede haber guerra entre derecha e izquierda, entre demócratas y fascistas, pero revolución jamás.

Compañeros y compañeras la realidad es una: ¡todo para los explotados o todo para los explotadores! 

¡Viva el Primero de Mayo!
¡Viva la revolución social!

miércoles, 27 de abril de 2016

[Folleto] 1° de Mayo: Contra los festejos burgueses…

Recibimos desde México esta publicación internacionalista con textos, panfletos y gráfica de compañeros de Ecuador, México, Chile, Argentina y otras regiones del planeta.

Podemos encontrar aquí varios artículos publicados en La Oveja Negra. La crítica radical y la agitación anticapitalista recorren el mundo entero, pese a las fronteras que imponen los Estados. Y poder contribuir a ello nos alegra enormemente.
¡Por la revolución mundial!

Descargar folleto desde materiales x la emancipacion

lunes, 25 de abril de 2016

¿QUIEREN MAYOR INFAMIA?

«Se necesita fuerza armada para proteger a los ricos, y el dinero para sostener esa fuerza armada sale de nuestro sudor; de manera que tenemos que deslomarnos trabajando para enriquecer a los patrones, y tenemos que deslomarnos para pagar soldados, gendarmes y rurales que cuiden las riquezas que nos han robado los ricos. ¿Quieren mayor infamia?» (Ricardo Flores Magón, La barbarie de la civilización burguesa. Regeneración, núm. 54, 9 de septiembre de 1911.)

Cuando «hay que ajustarse los cinturones para cuidar entre todos el lugar de trabajo en tiempos difíciles» escuchamos las propuestas de austeridad como cuentitos amables. En los lugares donde trabajamos para vivir nos ha tocado, o ya nos tocará, tener que soportar a los patrones o sus emisarios hablando de la empresa como un “nosotros” que incluye desde el dueño hasta el último asalariado del lugar. ¡Cómo sentir como propio lo que justamente nos enajena todos los días de nuestras vidas!

Desde las presidencias que se vienen sucediendo oímos el mismo cuento, que hay que esperar y ajustarse... uno, dos o diez años más. Que vamos a salir todos juntos como una misma nación, nos dicen. Esta promesa eterna de un futuro mejor para perpetuar la miseria, que suele ser más evidente en los lugares de trabajo, se presenta como más confusa cuando sale de la boca de los políticos y el Estado, quizás porque «todos somos argentinos». El Estado se presenta siempre como algo neutral que puede servir a los intereses del “pueblo” en su conjunto, e incluso en los más duros contextos dice ser el único que puede ayudarnos y que debemos luchar por él y a través de él.

Dijo la anterior presidenta que para cambiar el modelo de país hay que «organizar un partido político, presentarse a elecciones y ganarlas». Los nuevos sádicos que nos gobiernan hoy le han hecho caso y reciben de la anterior gerencia una población disciplinada por y para el Estado y sus instituciones.

Pero esta disciplina no significa simplemente formar parte del circo electoral, sea con los partidos tradicionales o con la última organización–social–devenida–en–instrumento–electoral, significa pensarnos como parte del Estado, pensar la solución a nuestras condiciones de vida en relación directa a la política y economía nacional.

Aun hay mayor infamia que mantener a los ricos y cuidarlos de nosotros mismos: suponer que somos parte de una misma comunidad, que el Estado somos todos, que no hay un ellos y un nosotros, que cuando los cuidamos a ellos nos cuidamos a nosotros mismos.

Y si «el Estado somos todos», sólo nos queda confiar en los especialistas. A los explotados nos imponen las conversaciones de pasillo, las quejas en la cola del supermercado, a la espera de que los especialistas en política, economía o medioambiente nos salven del malestar generalizado. Atrás quedó el «que se vayan todos, que no quede ni uno solo», perdido en los recuerdos de una nación ignorante e irresponsable dicen los que saben... los que saben como gobernarnos y no quieren que los echen a patadas.

Si bien se suceden paros y reclamos con algunas reivindicaciones salariales en algunos puntos del país, hoy, lamentablemente, reina la pasividad en casi la totalidad de la población explotada. Una pasividad rezongona... pero pasividad al fin. Aparentemente, en una situación de tanta gravedad no se puede simplemente luchar por aumentar nuestros salarios y bajar el costo de vida, frenar los impuestazos y las medidas represivas con organización y lucha contra y fuera de partidos y sindicatos. Eso sería para ignorantes e irresponsables que no aprendieron nada de estos diez años de buena gestión capitalista, ni saben esperar los resultados de esta nueva administración. Eso sería “utópico” nos dicen, cuando sabemos que la historia de nuestra clase se ha forjado mediante la fuerza y la imposición a la clase dominante. No olvidemos nunca que las pequeñas victorias que hemos obtenido a lo largo de nuestra historia, y hoy se presentan como obsequiadas por la burguesía, han sido conseguidas por la fuerza.

La realidad choca de lleno contra el “realismo”, contra el mal menor, contra el “lado bueno” del Estado y sus instituciones, pero parece no ser suficiente.

La dinámica del capitalismo es compleja, difícil es comprenderla y más difícil será su superación revolucionaria, pero el único punto de partida para todo esto son nuestras necesidades como seres humanos, escuchémoslas. Ahí residen todas las respuestas, de ahí surgen nuestras luchas, nuestras posiciones. No de una política crítica sino de la crítica de la política. No de una economía crítica sino de la crítica de la economía. Y por crítica no nos referimos a la queja de cola del supermercado o la denuncia sobre el papel. Nos referimos a la crítica práctica que hacemos como clase al romper las esperanzas estatales, cuando desbordamos las canalizaciones burguesas, cuando atacamos lo existente y, a sabiendas o no, construimos una nueva sociabilidad marcada por la lucha y no por el mercado. Ya lo hemos hecho a lo largo de la historia y a lo ancho del planeta, esto no es ninguna novedad ni una fórmula anticuada.

Hoy mientras padecemos tarifazos en todos los servicios, inflación en todos los precios, aumento general de los costos de vida, miserables aumentos de salarios y despidos masivos, los ricos gozan de sus paraísos fiscales que sostenemos nosotros mismos en este infierno mercantil. ¿Quieren mayor infamia?

23 DE ABRIL: DÍA MUNDIAL DEL LIBRO Y DEL DERECHO DE AUTOR

Más de un centenar de países participarán el 23 de abril de las celebraciones del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, proclamado por la UNESCO en 1996. Editoriales, librerías, bibliotecas, escuelas, centros culturales y sociedades de autores del mundo entero conmemorarán la fecha, evidenciando una vez más que bajo el yugo capitalista las expresiones y reflexiones de la humanidad, por significativas o secundarias que sean, son inseparables de la propiedad privada. El libro es expuesto como mercancía, sus párrafos permanecen cautivos de la propiedad intelectual.

Mientras tanto, para que consumamos cultura en forma de libros, discos o películas nos dicen que «saber es poder», que el conocimiento nos enaltece como seres humanos, que nos distinguiría del vulgo popular. Estamos de acuerdo con David Graeber cuando escribe que «a los académicos les encanta la teoría de Foucault que identifica conocimiento y poder y que insiste en que la fuerza bruta ya no es un factor primordial en el control social. Les gusta porque les favorece: es la fórmula perfecta para aquellos que quieren verse a sí mismos como políticos radicales aunque se limitan a escribir ensayos que apenas leerán una docena de personas en un ámbito institucional. Por supuesto, si cualquiera de estos académicos entrara en una biblioteca universitaria para consultar un volumen de Foucault sin acordarse de llevar una identificación válida, decidido a hacerlo contra viento y marea, descubriría rápidamente que la fuerza bruta no está tan lejos como desearía creer: un hombre con una gran porra, y entrenado en su uso contra la gente, entraría pronto en escena para echarlo.»

Cuando criticamos la propiedad intelectual e intentamos sortearla no nos referimos a apropiarnos de un libro para su uso comercial, sino de tomarlo para fomentar su uso social, colectivo. Ahora bien, si cualquier proletario para sobrevivir decide copiar y vender las mercancías de Universal o Warner Bros, de editorial Planeta o Anagrama, está claro que no vamos a oponernos a ello.

Hoy “derechos de autor” equivale a “copyright”, aunque hace tres siglos, cuando este último se inventó, no existía ninguna posibilidad de “copia privada” o de “reproducción sin ánimo de lucro”, ya que sólo un editor tenía acceso a la maquinaria tipográfica mientras el resto de la sociedad estaba obligada a renunciar al libro si no podía comprarlo. Entonces, el copyright no era percibido como antisocial, era el arma legal de un empresario contra otro. Hoy es el arma de los empresarios contra el resto de la sociedad. Cuando en verdad nadie tiene ideas que no hayan sido directa o indirectamente influenciadas por las relaciones sociales que mantiene en las comunidades de las que forma parte: por ende, si la génesis del conocimiento es social, su uso también debe ser social.

Ya no estamos obligados a comprar un libro para leerlo, alguien puede prestárnoslo, podemos robarlo, fotocopiarlo, bajarlo de internet o acudir a las bibliotecas populares o independientes del Estado para leerlo, compartirlo y conversarlo con otras personas.

No suponemos que todo libro sea importante por el hecho de ser un libro, el libro es tan solo otra forma que encontramos los seres humanos para comunicarnos, para compartir conocimientos y experiencias, así como también puede ser una simple mercancía para generar ganancias donde ya no importa su contenido. Hay libros de compañeros o afines que son imprescindibles, libros del enemigo que es necesario leer, libros intrascendentes y libros dañinos, que quizás leídos de una forma crítica pueden leerse contra sus autores.

Por esto seguimos llevando adelante y alentando las iniciativas que tiendan a compartir la información y las reflexiones necesarias para cambiar esta realidad impuesta, con libros o sin ellos, para terminar de una vez y para siempre con la propiedad intelectual y toda forma de privación.

ACTO POR EL 1° DE MAYO

Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra en la calle. Para recordar, compartir, discutir, reflexionar y agitar.

Volver a ese mayo es volver a un tiempo lleno de sufrimiento, pero también un tiempo rebosante de esperanza. Tiempo en que todavía la burguesía sufría por imponer su dominio ideológicamente. Tiempo en que las banderas tenían menos colores, pero eran suficientes. A casi 200 años de la independencia del Estado argentino, todavía algunos creen que el problema no es la organización estatal en sí, sino la subordinación de algunos Estados frente a otros. Dicen que para estar mejor hay que tener un Estado más fuerte, independiente del resto, ¡cuando lo que necesitamos es terminar con todos los Estados! Una vez más, ¡el proletariado no tiene patria!

Los esperamos el domingo 1ro de mayo a las 16hs. en la Plaza Sarmiento (Entre Ríos y San Luis) en otra conmemoración a 130 años de los hechos de mayo de 1886. Habrá compañeros que tomarán la palabra, música en vivo, feria de publicaciones y bebidas para compartir juntos la lucha y la memoria.

MEMORIA: ¡NO PAGAREMOS EL ALQUILER!

«Le tomó décadas a los gobiernos europeos y estadounidense intervenir en la precarización de las viviendas. La burguesía estaba absolutamente contenta dejando morir a los trabajadores de tuberculosis y raquitismo (“mal del inquilino” como le decían en Berlín), siempre y cuando lo hicieran silenciosamente en sus pocilgas, y siguieran teniendo suficientes hijos como para proveer una creciente mano de obra. Pero la epidemia masiva de cólera del 1860 no se contuvo aislada en los vecindarios de la clase obrera. El cólera estaba en el agua y mató a ricos y pobres. El miedo a la muerte empujó a la burguesía a superar su miedo a interferir en la propiedad privada. En respuesta a las epidemias, las primeras grandes leyes sobre vivienda fueron aprobadas en varios lugares como actas de salud pública.» (Prole.info, El monstruo de la vivienda, Lazo ediciones, 2015)

Irlanda, 1880

Un agente inmobiliario llamado Charles Boycott, quien gestionaba las tierras de un noble inglés, intentó desalojar a los campesinos que reclamaban una reducción del 25% en la renta de dichas tierras, debido a la mala cosecha que habían tenido durante el año anterior. Para resistir al desalojo comenzaron una campaña de ostracismo organizado, que comenzó con el mismo Boycott pero no se detuvo ahí, también se aplicó a quienes querían alquilar las tierras desalojadas. En pocos días, los trabajadores de los campos y establos de Boycott comenzaron una huelga. También lo hizo su personal doméstico. En breve el especulador no pudo comprar en ningún negocio de la región, ni recibir cartas: el cartero local se había sumado a la protesta.

La carta bajo la manga que desplegó Boycott no podía ser sino religiosa y nacionalista. Contrató a trabajadores protestantes y pro–reino unido de otras regiones, que tuvieron que ser escoltados desde sus lugares de origen por mil policías y soldados. Sin embargo, el costo de esta operación terminó por convertirse en una gran pérdida de dinero. El remedio fue mucho peor que la enfermedad. Tiempo después, el término boycott comenzó a ser utilizado para acciones similares en todo el mundo.

Argentina, 1907

La Municipalidad de Buenos Aires aprobaba un incremento de los impuestos para el año siguiente. Inmediatamente los propietarios de conventillos, inquilinatos y pensiones trasladaron este aumento al costo de los alquileres. Durante esa primavera, las 132 piezas del conventillo Los cuatro diques conformaron un comité de huelga que se negó a pagar en tanto no se realizara una rebaja del 30% en los alquileres y se llevaran a cabo mejoras sanitarias en los edificios. La medida se contagió a otros barrios. Cada uno constituyó un comité que, a través de asambleas, elegía delegados que coordinaban con el resto de los lugares en lucha a través del Comité Central de Lucha contra los Altos Alquileres y los Impuestos.

Para octubre había más de 700 conventillos en huelga, llegando a las 2000 casas (80% del total) hacia finales del conflicto. La huelga se extendió a otras localidades como Lomas de Zamora, Avellaneda, La Plata, Bahía Blanca, Mar del Plata, Rosario, Córdoba y Mendoza. El conflicto se había vuelto nacional y había más de 140.000 inquilinos en huelga.

Para hacer frente a la huelga los propietarios se nuclearon en la Sociedad Corporación de Propietarios y Arrendatarios de la Capital, reclamando a las autoridades la eliminación de los impuestos que gravaban sobre los conventillos y la puesta en marcha de medidas represivas contra los huelguistas.

La represión solía llegar durante la mañana, mientras los hombres trabajaban. El protagonismo entonces lo tomaron las mujeres y sus hijos. Sacaban a los escribanos, abogados, jueces y policías a escobazos, por lo que la lucha de 1907 pasó a ser conocida como La Huelga de las Escobas. En medio del conflicto unos 300 niños y niñas marcharon por el Barrio de La Boca con escobas para «barrer a los caseros y las injusticias de este mundo» y al pasar por cada conventillo un nuevo contingente se unía al reclamo. En las puertas de las viviendas se acumulaban palos, piedras y todo tipo de objetos intimidatorios. Las crónicas relatan que las mujeres preparaban enormes calderas de agua hirviendo para desollar a quienes quisieran echarlos.

Pero a medida que se radicalizaba la protesta la represión fue incrementando. El 22 de octubre el coronel Ramón Falcón —quien en 1909 ordenaría ametrallar contra una manifestación del 1° de mayo porque «llevaban la bandera roja en lugar de la celeste y blanca»— reprimió a los huelguistas del conventillo Las catorce provincias, en el Barrio de San Telmo, causando la muerte del obrero anarquista de 18 años Miguel Pepe. Su funeral se tornó una manifestación de 15.000 personas.

Rosario fue otra de las ciudades donde las acciones se radicalizaron. Octubre contaba 300 conventillos en lucha. Desde el comienzo del conflicto, la Liga Pro Rebaja de Alquileres nucleó a los delegados de diferentes conventillos, y, obviamente, contó con la solidaridad del diario anarquista La Protesta, pero también de otros medios como El Municipio y El Tiempo.

En noviembre todavía existían algunas casas en conflicto, pero hacia mediados de diciembre el movimiento se fue agotando tras conseguir algunas de las demandas que no fueron del todo respetadas por los propietarios. En muchos patios de Buenos Aires la obtención de rebajas y el mejoramiento mínimo de algunas condiciones de vida se celebró con fiestas y bailes. En otros, en cambio, los desalojos dejaron a decenas de familias en la calle. El Sindicato de Conductores de Carros se solidarizó poniéndose a disposición para los traslados hasta los campamentos improvisados por los proletarios en lucha.

La huelga de inquilinos fue un original movimiento, pionero en este tipo de acciones en ámbito urbano, y cuyo éxito parcial inspiró en las décadas siguientes a proletarios de muchísimas regiones a asumir la acción directa en torno a la problemática de la vivienda.

Escocia, 1915

Durante la Primera Guerra Mundial los propietarios de edificios en Glasgow procuraron aprovechar el influjo de constructores navales que llegaban a la ciudad y la falta de hombres locales para aumentar los alquileres. Las mujeres eran vistas como un blanco fácil y se enfrentaban con un aumento del alquiler de hasta el 25%. Sin embargo, en el distrito de Govan, el aumento provocó un contragolpe a los propietarios.

Allí el alquiler fue abonado sin aumento y, ante la nula reacción de los propietarios, las mujeres proletarias corrieron la voz hacia otros barrios. Mientras los intentos de desalojo se resistían, la burguesía llevaba a las cortes a dieciocho trabajadores de los arsenales. El día del juicio, 10.000 manifestantes amenazaron con una huelga general si no se levantaban los cargos. Un gobierno debilitado y en situación de guerra no podía aguantar una resistencia de tal magnitud.

El Acta de restricción a las rentas aprobada disminuiría los alquileres de los proletarios hasta su nivel de preguerra.

Panamá, 1925

La Ley 29 del 11 de febrero de 1925, destinada a reformar el Código Fiscal, aumentó notoriamente el gravamen sobre las propiedades urbanas. Rápidamente, los propietarios descargaron este aumento sobre los arrendatarios. Los pobres, que vivían mayormente en las denominadas casas de inquilinato (similares a los conventillos), sufrieron el aumento, que llegó hasta el 50%, en esas hacinadas y calurosas viviendas.

En junio se formó la Liga de Inquilinos, que al no obtener ninguna respuesta por parte del Estado y los terratenientes, desencadenó en octubre la huelga de pago, que duraría hasta el fatídico día 10, en el que la policía atacó un mitín de huelguistas dando la muerte a cuatro trabajadores. Sin embargo, el conflicto no menguó. Para superar la crisis, el Estado panameño tuvo que solicitar ayuda del ejército de Estado Unidos. En 1925, y debido a la presión de la huelga, los alquileres disminuyeron un 10%, para volver a ser aumentados, hasta que en 1932 estalló un nuevo movimiento huelguístico.

EE.UU., década del 30

En plena depresión, marchas y disturbios se volvieron insuficientes para la lucha de los proletarios norteamericanos. Necesitaban algo que les hiciera paliar su terrible situación. La huelga de alquileres ya no era una opción, no pagar era lisa y llanamente la única posibilidad de no morir de hambre.

Los desalojos no tardaron en llegar, la resistencia tampoco. Comenzando por Nueva York, se extendió prontamente a otras grandes ciudades. Las tácticas de resistencia violenta hicieron que, sólo en Nueva York, más de 70.000 familias recuperaran sus casas. Las poblaciones organizaron además cuadrillas de solidaridad que reconectaban la energía eléctrica y el gas, luego de que policías y carneros los desconectaran.

Además de todo lo conseguido con la acción directa, los proletarios forzaron al Estado a que otorgara subsidios especiales para el pago de la renta. Posteriormente a 1943, luego de la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial, movimientos masivos de huelgas en fábricas lograron con éxito aumentar notoriamente el poder de compra de los asalariados, disminuyendo entre otras cosas el precio relativo de los alquileres.

Italia, 1969

Cientos de miles de proletarios italianos participaron de las llamadas autoreducciones: reducir voluntariamente sus pagos de alquiler, servicios y compras de alimentos y productos.
En julio de 1969, el municipio de Nichelino (suburbio “rojo” de Turín) fue ocupado: ninguno de sus habitantes pagó el alquiler. En 1974, 600 familias de obreros de Fiat Mirafiori tomaron los edificios vacíos. En 1976 en Milán, 5.000 familias ocuparon, 20.000 autorredujeron su alquiler y 12.000 su factura de luz.
En Roma, 70.000 proletarios hacinados en guetos y en condiciones catastróficas tenían frente a sí 40.000 departamentos vacíos que no encontraban compradores o locatarios a causa de su alto costo. A partir del 15 de enero de 1974 comenzaría la fase ascendente de un movimiento generalizado: en tres meses, más de 4.000 departamentos fueron sucesivamente ocupados.

Tras casi un año de ocupación, por parte de 147 familias, de inmuebles pertenecientes al Istituto Autonomo delle Case Popolari (organismo de vivienda social), la policía intervino de manera ultraviolenta, expulsando a algunas familias. Pero durante los siguientes días, proletarios de todos los barrios confluyeron para enfrentarse con la policía. Un manifestante perdía la vida.

Más tarde la policía, al apuntar nuevamente sus armas de fuego, tuvo la sorpresa de constatar que el plomo no provenía ya únicamente de su lado. Ocho policías fueron tocados severamente. La marea había cambiado.

Argentina, 2016

Hasta 70% de aumento en alquileres. Facturas de luz con un recargo de entre el 50 y el 250%. Quita de subsidios en el gas, agua y posiblemente en el transporte público. Todo lo cual se suma a una ola de ajustes y despidos que marcan las políticas de la región en épocas en que la crisis se agrava en todo el mundo.

La burguesía ya hizo lo suyo, sólo resta ver si nosotros responderemos a nuestras necesidades, si estaremos a la altura de nuestra gloriosa historia insumisa o si continuaremos bajando la cabeza.

lunes, 7 de marzo de 2016

8 DE MARZO CONTRA EL CAPITAL

En los últimos años aconteció una importante reconfiguración de las luchas, muchas de ellas consideradas “de mujeres”. Discursos que durante la década de los noventa se circunscribían prácticamente al feminismo y se hacían presentes en el movimiento anarquista y en unos pocos ámbitos de izquierda, sufrieron en la década pasada una expansión, hasta llegar a popularizarse, acarreando la vulgarización y debilidad de un discurso que aún no es una práctica masiva. A su vez, la problemática “de la mujer” se hizo ineludible y comenzó a tomar cada vez mayor protagonismo en programas de radio, televisión y en ámbitos cotidianos. Las masivas manifestaciones del “ni una menos” durante el año pasado son un hito importante en esta expansión.

El tono y el contenido de los discursos y debates sobre el tema, así como las consignas débiles, interclasistas y ciudadanas, son las características principales de esta contestación difusa. Características propias del Encuentro Nacional de Mujeres, cuyo rasgo principal no es ni la radicalidad ni la precisión al momento de criticar la instrumentalización y determinación del género que realiza el Capital. Que, dadas las condiciones, puede ser la voz cantante de estas críticas a medias que van ganando las calles.

Pero no se trata de argumentos contra argumentos, de ganar el debate, se trata de condiciones materiales de existencia. El objetivo de la acumulación capitalista no es el machismo es la ganancia, sin embargo el machismo colabora en esta empresa y es permitido y sostenido por las condiciones capitalistas. El capitalismo no es un entramado discursivo que podríamos destruir con sólo cambiar nuestras formas de pensar o ciertos hábitos de nuestra vida cotidiana. ¿Significa esto que no encontramos su opresiva ideología dominante operando en cada espacio de nuestro ser y de nuestras relaciones? Pues no. Significa que estamos al tanto de que esta sociedad no está aquí desde siempre y de que posee una historia material que indagar, no para deleitarnos con hermosas conclusiones intelectuales, sino para destruir cada ápice de ella.

Las fuerzas productivas y las relaciones de producción que se han desarrollado y que fueron modificándose a lo largo de la historia, han moldeado la explotación y opresión de los seres humanos, hombres y mujeres. De distintas formas, claro está, pero siempre en función del objetivo que el Capital persigue: explotarnos, extraernos el máximo de plusvalor y valorizarse constantemente. El Capital es él mismo una relación social, en tanto implica la escisión entre propietarios de los medios de producción y desapropiados. En este sentido, el capitalismo ha modificado sustancialmente no sólo las formas de producción sino también las relaciones sociales determinantes, permitiendo que incluso aquellas actividades que aparecen fuera de su órbita estén al servicio de su reproducción y del mantenimiento del orden vigente.

Nos han enseñado que la esfera privada no posee vínculo alguno con el orden social, así las cuestiones íntimas o personales no serían posibles de pensar más que individualmente, cuando, sin embargo, se encuentran en relación dialéctica con la esfera denominada pública o social. Entonces, al analizar la reproducción material de esta sociedad no podemos dejar a un lado la construcción de sujetos a los cuales se les otorgan determinados atributos y cualidades, es decir, roles. Las relaciones entre hombres y mujeres se han desplegado históricamente de la mano de estas relaciones de producción, levantándose las expresiones ideológicas que las sostienen, para ocultarlas bajo el manto de la naturalidad de los roles que nos han asignado.

Roles que nos dicen que los hombres deben ser los proveedores del sustento de las mujeres y la familia, activos y fuertes, ajenos a sus sentimientos y emociones, y otorgando a las mujeres la sensibilidad, la pasividad, la aptitud para el amor, el cuidado y la comprensión. Bajo el reino del Capital lo femenino está ligado a lo irracional, lo afectivo, mientras que lo masculino lo está a lo racional, al trabajo. Si bien existen cambios en los roles y la familia nuclear ha ido transformándose a lo largo de la historia, éstos no se determinan en relación a las necesidades humanas sino a las del Capital. Entonces, si hoy no encontramos como generalidad la familia tradicional en la que sólo el hombre es asalariado y la mujer se dedica exclusivamente al ámbito doméstico, no significa una victoria para nosotros, proletarias y proletarios.

Es decir, en términos de integración capitalista, la liberación de las mujeres se ha profundizado y es el presupuesto de su mayor participación en la sociedad. Las mujeres proletarias han salido en gran número de sus casas y tienen la posibilidad (o mas bien la desgracia), de estar generando plusvalor por derecho propio pero, muchas veces, continúan teniendo que asumir el trabajo doméstico, quizás con alguna “ayuda” de los hombres o, al menos, gestionando su traspaso a otras mujeres más jóvenes o más pobres, instituciones educativas, lavaderos y guarderías. Es la otra cara de la moneda de la liberación de las mujeres.

El nuevo ideal femenino ya no corresponde unívocamente a aquel de mujer irracional y amorosa, sino que convive con otros. Existe también un tipo ideal de mujer asalariada y exitosa, que construye una familia al mismo tiempo que hace deporte y se mantiene bella, según los dictados de la moda; así como existe además el modelo de mujer que se coloca por encima de la necesidad de vincularse con hombres, soltera e independiente. Todas ellas adquiriendo, para liberarse de su rol femenino, rudeza y competitividad, características del rol masculino, amalgamándose a la lógica imperante: cada uno por su lado y contra otros.

En todo este proceso las ciegas leyes de la economía capitalista fueron auxiliadas por una perspectiva integracionista, en cuyo desarrollo fueron partícipes necesarias teóricas, académicas, líderes sindicales e izquierdistas. Y sin duda no fueron sólo mujeres, sino que detrás de esta nueva fase de vinculación entre sexos mediada y determinada por el Capital, dijeron presente jefes de las fuerzas armadas, empresarios ávidos de mano de obra barata, filósofos posmodernos y cuadros medios de todos los Estados.

No esperamos absolutamente ninguna perspectiva emancipadora del devenir de la economía capitalista. Y sabemos que las luchas sociales no comienzan en la mesa del patrón, del gobernante de turno, ni en las mesas de debates con los portadores de la retórica feminista. Creemos que esta nueva conmemoración del 8 de marzo puede ser un puntapié para hacer un balance de las luchas del pasado, para ver dónde estamos parados y paradas, para plantearnos una vez más qué hay o puede haber de subversivo en nuestros vínculos entre proletarias y proletarios.