Al lema liberal por excelencia “el pobre es pobre porque quiere” le corresponde “el depresivo es depresivo porque quiere”. De
este modo, sería suficiente con “pensar positivamente” o “salir
adelante”. La ideología de la libre elección insiste en que es cuestión
de escoger la riqueza frente a la pobreza, el bienestar frente al
malestar. Desde el punto de vista liberal, entonces, ya tenemos dos
problemas: el inicial y elegir no solucionarlo.
El empobrecimiento económico provoca mayor
depresión, así como la violencia intrafamiliar y las presiones
laborales. Por su parte, el modo de vida de aislamiento y encierro,
profundizado hace pocos años a partir del confinamiento social y
obligatorio, hacen lo propio.
La depresión existe y no es suficiente con “tomar conciencia” y llamarla capitalismo. Es depresión y es capitalismo.
Y si bien muchos de los males de este mundo no desaparecerán hasta que
no desaparezca este modo de producción, negar su especificidad como
depresión nos priva de la posibilidad de abordarla, si es que deseamos
hacerlo.
“Salud mental”
Referirnos a la salud mental comienza a dejar de ser tabú, la cuestión es de qué manera la abordamos. El énfasis contemporáneo puesto en la salud mental o en las emociones es evidente. Es
el tema predilecto de las nuevas series y películas. Se trata de un
proyecto de explotación del territorio psicológico. Ninguna empresa
puede tener como propósito visibilizar ni mucho menos colaborar en
combatir los malestares, se trata de ganancias. Y es en esa catarsis
colectiva que también producen un aliciente para la reproducción de esta
sociedad. Una explotación similar comienza a asomar desde los espacios
políticos y será cada vez más explícito ya que se trata de una
problemática inocultable.
Pero ¿qué entendemos por “salud mental”?
Podemos observar cómo, en este contexto, existe una tendencia a
confundir o mezclar el “bienestar” con la “salud mental” lo que parece
conducir a patologizar la infelicidad que ofrece esta sociedad.
“Salud” es entendido como ausencia de enfermedad. Y “bienestar” como la presencia de esa salud y de satisfacción personal. Cuando
ambos conceptos se entremezclan en la noción de “salud mental” suponen
un estado de bienestar, y cualquier malestar es susceptible de ser visto
como “enfermedad mental”. Este es un riesgo que presentan las promesas
capitalistas de felicidad. Felicidad e infelicidad que esta misma
sociedad define.
Así, en esta generalización del
inmediatismo, la impaciencia y por tanto la desesperación, podemos
confundir una situación circunstancial con un malestar extenso que se
experimenta interminable. Por ejemplo, confundir tristeza con depresión.
Considerada una enfermedad, generalmente,
la manera de atender esta realidad es acudir a un experto para que actúe
con un tratamiento y una tecnología específica: extirpar, rehabilitar,
curar el problema de manera aislada. Así lo dictan las disciplinas e
industrias que comercian con la salud y la enfermedad, en este caso las
asociadas a la psiquiatría. No solo abordando el cerebro, sino otros
órganos del cuerpo, el sistema inmunológico o lo que dicte el penúltimo
“hallazgo científico”.
Argentina aún no es parte de aquellos
países en los cuales se empastilla a la población sin miramientos,
aunque hay una tendencia cada vez mayor a hacerlo. Para eso es preciso
entender y abordar diferentes situaciones como si fueran una enfermedad
solucionable a base de pastillas. Se trate de insomnio o del
comportamiento de los niños entendido como “trastorno por déficit de
atención”. El caso del duelo es un buen ejemplo: hoy se habla de
“trastorno de duelo prolongado” ya que cada vez se permite menos tiempo
debido a las exigencias y ritmos de esta sociedad. Según quienes dictan
la norma a través del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM),
en su tercera edición de 1980 se consideraba normal el duelo de un año,
en la cuarta versión de 1994 ya se había reducido a dos meses, en su
quinta versión de 2013 quien permanece de duelo más de dos semanas
después del fallecimiento de un allegado, “mostrando sentimientos de
vacío, de tristeza o de fatiga” es considerado depresivo y debe ser
tratado con medicamentos.
Para el paradigma dominante el
razonamiento es simple: la raíz del problema de cada depresivo se
encuentra en su interior (en su mente, en su alma o en sus genes). Se trataría de un fenómeno solucionable individualmente. Por
eso las disciplinas que operan desde la división (mente/cuerpo,
individuo/sociedad, interior/exterior) solo pueden empujar al individuo a
que se vuelva hacia su interior, se trate de su alma o de su organismo.
Entender que las causas son sociales no
significa que no podamos abordar los problemas individual o grupalmente
(amistades, familia, pareja, colectivos). Si bien es cierto que ni en
solitario ni en grupo podemos erradicar un problema social, hay un
espacio de acción.
La intención con este artículo no es
proponer métodos o guías; no las tenemos y nos parece un tema lo
suficientemente delicado como para lanzar propuestas sin atender a
cuestiones particulares. Sin embargo, visibilizar
el problema de la depresión, ponerlo en común y compartir un marco de
reflexiones, nos parece que puede colaborar a afrontarlo.
“… es capitalismo”
En el número anterior decíamos que
vivir en una sociedad capitalista no nos hace capitalistas. Aunque
todos, uno a uno, conformemos esta sociedad no significa que haya una
igualación de responsabilidades ni de implicancias. No disponemos de
medios de producción a través de los cuales explotar a otros, solo
tenemos nuestra fuerza de trabajo para vender.
Una lectura
posible de la raíz social de los problemas es la del tipo “chivo
expiatorio”: “no es mi culpa”, en este caso “es el capitalismo”, sea lo
que se entienda por eso. Y en lugar de asumir nuestro lugar en el
modo de producción capitalista depositamos la culpa sobre otros, sobre
nuestros “enemigos”. No es casual que estos modos de razonamiento estén
asociados a la culpa de tipo religiosa.
La escisión dualista y cosificadora concibe los “males” sociales como elementos ajenos a un cuerpo “sano”.
Esta mirada inadecuada nos puede hacer suponer que los individuos
enfermos son los problemas de una sociedad sana. Por eso se aísla, se
encierra o se mata a quienes se supone enferman el cuerpo social. O, por
el contrario, podemos suponer que somos individuos sanos y que la
sociedad nos enferma. De cualquiera de las dos maneras se estima que tanto sociedad como individuo son abstracciones sin un vínculo recíproco. Y
generalmente estas percepciones parten del error de considerar al
individuo como un dato natural o incluso punto de partida de la
sociedad, cuando es la propia sociedad la que produce al individuo tal
como la conocemos. Por ejemplo, no es el “individuo egoísta” el que crea
la propiedad privada sino al revés.
Esta sociedad se empecina en convencerse
de que los responsables de los malestares generales son simplemente las
personificaciones de una dinámica social general: los inmigrantes, los
pobres y los homosexuales para unos; y para los otros: los gobernantes
de turno, quienes destruyen el planeta o los empresarios. Así, nuestra
conciencia puede mantenerse tranquila, el problema se pone fuera: “es el
otro”. Pero el nombrado “capitalismo” no funciona así.
“Politizar el malestar”
Afirmar que “lo personal es lo político” expone el vínculo entre lo social y lo personal. Pero hay
un problema en considerar lo social como sinónimo de lo político. Es
imposible hallar un sinónimo de “política” que no refiera a lo
relacionado con el gobierno o el Estado. Vamos al diccionario:
«1. Ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades
humanas, especialmente de los Estados. 2. Actividad de los que gobiernan
o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un
país». ¿Es posible pensar lo colectivo por fuera, incluso, en contra del Estado? Consideramos que sí, esa es nuestra apuesta.
Más allá de la Real Academia Española y más acá de las dinámicas sociales, politizar o no la depresión, o lo relativo a la salud mental, es un importante debate a dar. Lo
hemos visto en los últimos años en otras politizaciones: iniciativas y
manifestaciones que sirven de apoyo “en las calles” a las políticas de
los funcionarios estatales dentro de las instituciones, algunas
abiertamente y otras como apoyo crítico o acrítico.
Afirmar que todo es político obstruye las posibilidades de discutir por fuera de la lógica política, del estatismo. En
el caso de la salud mental, claro que en lo inmediato millones de
personas precisan mejores políticas de Salud Pública, pero reducir todo
el problema a eso y olvidar qué son la “salud pública” o el propio
Estado que las brinda es un grave error para, justamente, nuestra “salud
mental”.
En la politizada Argentina de las últimas
décadas la frase “lo personal es lo político” tomó un matiz diferente.
Ya no dice tanto que la política vaya hacia lo personal, sino que todo lo personal sea susceptible de ser incluido en la política, en el Estado.
Es por eso que veremos cada vez más la defensa de la “salud mental”
instrumentalizada en las campañas de los candidatos políticos,
especialmente de los más jóvenes.
También existe la intención carroñera de hacer propaganda política basada en el malestar.
Sobran ejemplos, en este caso podría ser la de aquellos que al utilizar
la frase que da título a este artículo dejan leer entre líneas:
“¿depresivo? Sumate a nuestro movimiento para salvarte”. Y así la
depresión pasa a constituir una nueva romantización, una nueva
identidad.
Y ya sabemos que una identidad necesita de
un nosotros (depresivos) y de un ellos (el capitalismo que lo provoca).
Una identidad política no puede aceptar participar en lo que ella misma
detesta y se constituye en construir una diferencia: amigos y enemigos.
Y no es que no los haya, pero forman parte de una misma dinámica
social. Por eso pareciera mejor no intentar comprender, el rechazo
parece ser suficiente. Pero no lo es. Una identidad política promete protección y salud a quienes adhieren, pero al igual que un político en campaña, no cumple.
A lo largo de los años también podemos observar el activismo o la militancia entendidas como terapia,
como una búsqueda que proporcione consuelo para el malestar personal y
su descontento. No se puede juzgar a nadie por esta búsqueda, pero
advertirlo nos sirve para señalar cómo sobre esa situación algunos
líderes buscan engrosar sus filas. La identidad política sueña
constantemente con el crecimiento cuantitativo.
Asumir el carácter social de la depresión es necesario. Pero posiblemente necesitemos hacer un esfuerzo más. Más
allá y contra la política. Más allá de los mensajes de pocos
caracteres, los audios acelerados y los fragmentos de videos de corta
duración. Más allá de la demanda de gratificación inmediata, de la
confirmación y estabilización de una mentalidad predeterminada y de la
promesa de felicidad de esta sociedad. Y así, aunque procedemos
indirectamente hacia lo personal podemos abordar el problema.
Crisis del Capital, crisis existencial
La búsqueda de sentido en este mundo moderno puede provocar frustración. Buscamos sentido a la vida porque la vida en estas circunstancias no pareciera ser motivo suficiente.
Una subjetividad en crisis está en íntima relación con las crisis
capitalistas. Crisis que desestructuran tradiciones, roles y
estereotipos sin llegar a reestructurarlos inmediatamente.
Yann Sturmer en su artículo Contra la utopía del capital. Pensar hoy con Giorgio Cesarano (2022)
señala que con el fin del patrón oro a comienzos de los ‘70 pero
también con el desarrollo de la automatización y las máquinas, el
Capital comienza a depender cada vez más del crédito, del valor
producido por los trabajadores supuestamente en el futuro, para asegurar
su supervivencia: «[el Capital] Debe dominar el futuro, que alguna vez
fue también el espacio de las proyecciones revolucionarias. Se vuelve
así especulativo, una burbuja separada del lugar concreto de producción,
que era la producción de valor mediante la fuerza de trabajo humana.»
¿Y qué es la ansiedad si no la
preocupación por dominar el futuro? El miedo y/o la desesperación
intensos, excesivos y continuos por no estar justamente aquí sino en un
futuro hipotético, ficticio. La angustia de las personas endeudadas,
obligadas a empeñar su presente y su futuro.
«Al volverse autónomo del mundo, de su
límite material, el capital también arrastra a la humanidad a una
pérdida total del mundo, de cualquier comprensión cosmogónica, de
cualquier capacidad de captar y controlar lo que les sucede», agrega
Sturmer.
Donde la lógica capitalista se presenta
como el sentido de la vida, necesariamente entra en conflicto con la
búsqueda de sentido para quienes no nos satisfacemos con las miserias,
pero tampoco con los triunfos de esta sociedad. Nos sucede, aunque nos
declaremos en contra o a favor, incluso indiferentes. Es evidente que no es necesario declararse anticapitalista para sufrir los malestares de este modo de producción.
Mark Fisher en Bueno para nada
(2014) escribió «he llegado a tener un entendimiento diferente de mi
depresión y de sus causas. Comparto mis propias experiencias de
aflicción mental no porque crea que haya algo especial o único en ellas,
sino para apoyar la afirmación de que muchas
formas de depresión son mejor entendidas –y mejor combatidas– a través
de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y
“psicológicos”.» Más adelante señala: «Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada».
El desarrollo de los medios de producción y
reproducción de nuestras vidas conlleva una transformación de nuestras
subjetividades. Los nuevos “trabajos de mierda” como los llama David
Graeber, tan inútiles «que incluso la persona que tiene que efectuarlo
todos los días es incapaz de convencerse de que existe una buena razón
para hacerlo». El autor del libro Trabajos de mierda, una teoría (2018)
sostiene que más de la mitad del trabajo social no tiene propósito y se
vuelve psicológicamente destructivo cuando se combina con una ética del
trabajo que asocia el empleo con la autoestima. Es fácil sentirnos
“buenos para nada” en el desempleo o en estos empleos.
Podemos agregar con Fisher que la cura no
es conseguir un mejor empleo: «las marcas de clase están diseñadas para
ser indelebles. Para aquellos a los que desde la cuna se les enseña a
pensarse a sí mismos como inferiores, la adquisición de calificaciones o
riqueza raramente será suficiente para borrar –sea en sus mentes o en
las mentes de los demás– la sensación primordial de inutilidad que los
ha marcado desde su más temprana edad.»
Lo más parecido, no a una cura, sino a una forma realista de afrontar el problema puede ser desobedecer el mandato burgués de felicidad, su moral del trabajo, o al menos comenzar a ponerlos en cuestión.
Sabernos “buenos para nada” en un modo de producción en el cual ser
“bueno” y triunfar solo es un mérito de acuerdo a sus propios términos.