Sí, lo sabemos desde hace varios años,
pero sigue pareciendo raro que el mundial se haga en Qatar. Un país un
poco más chico que el conurbano bonaerense y, si no tenemos en cuenta lo
que era Uruguay en 1930, el de menor población en organizar una copa
del mundo. Un país en el que la tradicional realización en junio-julio
tendrá que postergarse hacia el final del año para mitigar un poco los
efectos del abrasador calor arábico. Un país que, a pesar de afirmar que
el fútbol es su deporte nacional, no ha tenido prácticamente ningún
éxito en él y, cuando así ha sido, esas victorias estuvieron teñidas de
controversias y sospechas de corrupción.
Aparentemente la única
actividad en la que Qatar se destaca verdaderamente, además de la
producción y distribución de gas natural, es la realización de eventos. En
los últimos años fue la sede del Mundial sub-20 de 1995, de los Juegos
Asiáticos de 2006, de los mundiales de clubes de 2019 y 2020, torneos de
primer nivel de tenis masculino y femenino, la fórmula 1, y muchos más.
La única actividad deportiva que sería razonable que sucediera en Qatar
sería el Rally Dakar,(1)
en la que desde hace muchos años uno de los corredores más exitosos es
el qatarí Nasser Al-Attiyah. Pero claro, luego de los nefastos 10 años
de realización en suelo sudamericano, el Dakar se corre desde 2020 en
Arabia Saudita, quien es desde hace una década, pero más particularmente
desde 2017, uno de los varios Estados árabes que cortaron vínculos
diplomáticos y que libra una silenciosa guerra con Qatar.
En los últimos años se ha popularizado el término sporstwashing:
la práctica que realizan principalmente Estados, aunque también
empresas e instituciones, en la que se asocian económicamente a
entidades deportivas, organizando eventos, invirtiendo en publicidad, o
directamente comprando y gestionando estas entidades. Todo esto con el
simple propósito de lavar su imagen de Estados dictatoriales, con un
historial de políticas represivas y de falta de adecuación a los
estándares en derechos civiles de las potencias occidentales. Junto a
Rusia, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Azerbaiyán, Qatar es una
de las naciones que más ha refinado esta práctica, y en la actualidad
es sponsor de equipos de fútbol como el Barcelona, la Roma, el Bayern
Múnich, Boca Juniors, y dueño a través de una corporación privada del
Paris Saint Germain.
La lista de controversias y corruptelas asociadas a los mundiales de fútbol y a otros megaeventos deportivos es muy extensa.
Podríamos detenernos en algunas irregularidades menores ligadas a esta
copa del mundo: la incertidumbre de trabajadores respecto a la calidad
de sus alojamientos en hoteles improvisados en containers, la
preocupación de los periodistas respecto a la saturación de las líneas
de fibra óptica, o a la gran posibilidad de que colapse la
infraestructura de transporte. El consumo del alcohol se verá
restringido para los turistas de lujo que asistan al mundial, dado que
en el país rige la sharía.
Por este mismo motivo, y en otro orden de
cuestiones, están prohibidas las manifestaciones afectivas por parte de
miembros del colectivo LGBTQ+ así como la utilización de simbologías
representativas. Si bien el régimen islámico de Qatar es más flexible de
cara al turismo y quienes asistan al mundial, no deja de ser altamente
represivo hacia las disidencias sexuales y las mujeres. De hecho,
voceros del emirato han insistido con la cuestión a modo de advertencia.
Después de todo, el sportswashing coexiste
con la imposición de las normas locales a sus visitantes de occidente,
en un contexto donde las “batallas culturales” están cada vez más
presentes en las disputas comerciales y los conflictos bélicos que estas
puedan requerir. Un caso ejemplar es el de Paola Schietekat, una mujer
mexicana de 28 años que trabajaba en la entidad organizadora del
mundial, quien luego de sufrir y denunciar una violación en suelo qatarí
en junio de 2021, fue acusada de haber mantenido una “relación
extramatrimonial”, pasando inmediatamente de víctima a acusada. Logró
salir del país a la brevedad gracias a la intervención de organismos
internacionales de derechos humanos. Fue condenada a 100 latigazos y 7
años en prisión, pena de la que fue absuelta, intervención diplomática
mediante.
El progresismo
occidental, tan acostumbrado a condenar los excesos y lo “atrasado”,
hace la vista gorda cuando están en juego las pasiones populares y sus
negocios derivados. Con distintos órdenes de gravedad, no hay que
dejar de remarcar que las cuestiones mencionadas afectan principalmente
a los hinchas que viajan voluntariamente y a un reducido sector de
trabajadores que participan oficialmente del evento. Luego tenemos todo
aquello que la burguesía se permite al margen de las leyes de Dios y los
Estados.
Si recordamos infames mundiales como el
del ‘78 en Argentina, realizado mientras se torturaba, asesinaba y
desaparecía personas en campos de concentración, el de este año en Qatar
está entre los campeones de la infamia: se ha denunciado la muerte de
más de 10.000 trabajadores de la construcción, provenientes en general
de países como India, Pakistán, Bangladesh, y otros del sudeste
asiático. La cifra es incierta, ya que desde la denuncia de Amnistía Internacional y del periódico The Guardian en
febrero de 2021 (que confirmaban, según investigaciones hechas en torno
a las embajadas de los países de origen de los trabajadores, 6500
muertes), Qatar y la FIFA se encargaron de encubrir estos hechos y de
dar absurdas declaraciones, como que no todas las muertes son
atribuibles a la construcción de infraestructuras para el mundial. Si
tenemos en cuenta el atraso que llevaban las obras y la necesidad para
los organizadores de aumentar el ritmo, en los 17 meses que pasaron
desde aquella denuncia esta trágica cifra habrá aumentado
considerablemente. No obstante, a pesar de estar cada vez más cerca de
la realización del evento, no se han realizado nuevas investigaciones.
Esta situación no es excepcional, sino que
forma parte de una práctica ampliamente extendida en todo el golfo
arábico, conocida como sistema kafala: una
siniestra forma de superexplotación en la cual a los trabajadores
migrantes se les paga un salario de subsistencia, que finalmente no les
permite enviar dinero a sus lugares de origen, y donde al mismo tiempo
se les retienen sus pasaportes y papeles. En Qatar este sistema toma una
escala demencial, ya que de los 2,6 millones de habitantes solo el 20%
es ciudadano, o sea qatarí; el resto son trabajadores migrantes.
Este sistema kafala o
“de patrocinio” es considerado de semiesclavitud por sus condiciones,
aunque desarrolla el Capital. Dicho sistema requiere que los
trabajadores no calificados tengan un patrocinador (de allí su nombre),
generalmente su empleador, quien es responsable de su visa y estado
legal. Esto requiere el permiso del empleador para cambiar de trabajo,
dejar el país, obtener una licencia de conducir, alquilar una vivienda o
abrir una cuenta bancaria. Por otro lado, la explotación sexual es
moneda corriente en cada uno de estos megaeventos. En este caso, las
redes de trata harán llegar a una gran cantidad de mujeres pobres del
sudeste asiático.
Pese a todo esto, el
mundial seguirá siendo un evento observado y ansiado por miles de
millones. Seguirá alimentando la competencia, la idolatría de los
millonarios y el nacionalismo. Justamente en estas últimas
semanas observamos el fervor en grandes y chicos por las figuritas del
mundial. No sorprende, aunque entristece, ver cómo en esta región donde
la vinculación entre deporte y genocidio alcanzó uno de sus hitos
históricos en el ‘78 y donde parecería que ese hecho sigue siendo parte
de nuestra memoria colectiva, hacemos oídos sordos a los genocidios
“distantes”.
Sin embargo, podemos adelantarnos a decir
que no es que el deporte sea utilizado en beneficio de los poderosos,
este es el espíritu mismo del deporte. Lo hemos señalado con relación al
anterior mundial en Brasil, a partir de las protestas masivas que se
daban en aquella región.(2) No es la profesionalización del deporte el problema, como si se tratase
de la perversión económica y la utilización política de una práctica
“sana”, sino que se trata del deporte mismo en tanto sometimiento y
trastocamiento del juego, de ciertas prácticas lúdicas, a las
necesidades y la propia lógica de valorización del Capital.
El deporte es un fiel reflejo de la competencia capitalista y ha tomado progresivamente un importante papel en la misma. Por eso consideramos que su crítica no es una cuestión menor o marginal.
«El deporte no solo es una válvula de
escape y un mecanismo de control social sino también una ideología de la
competición, de la selección biogenética, del éxito social y de la
participación virtual. Lejos de limitarse a reproducir en formato
espectáculo las principales características de la organización
industrial moderna (reglamentación, especialización, competitividad y
maximización del rendimiento), cumple además una misión ideológica de
trascendencia universal: encauzar y contener las tensiones sociales
engendradas por la modernidad capitalista.» (Federico Corriente y Jorge
Montero, Citius, altius, ortius. El libro negro del deporte. Lazo Ediciones, 2013)
Notas:
(1) Ver Dakar, nocividad y progreso, La Oveja Negra
nro. 11 (diciembre de 2013)
(2) Ver Não vai ter copa!, La Oveja Negra nro. 17
(junio 2014)