lunes, 7 de marzo de 2016

HABLANDO CON LAS PAREDES: «MUJER BONITA ES LA QUE LUCHA»

Los inconformes hacen hablar a las paredes para reflexionar, para agitar, para sorprender al transeúnte distraído. Otras veces intentan hacer propaganda política y lo logran, siguiendo el juego de la propaganda y de la política. Nosotros queremos hablar con las paredes para profundizar lo que gritan.

La propaganda política actual, de izquierda a derecha, sigue los preceptos de los más pusilánimes publicistas del mercado: hipersimplificar la realidad y partir de conceptualizaciones preexistentes. Aquí, desde un supuesto feminismo (aunque sospechamos que es una frase acuñada por un hombre absolutamente absorbido por la cultura dominante), se intenta exaltar a la mujer, más precisamente a la mujer que lucha para, considerando que ser bonita es una meta a alcanzar, ponerla como ejemplo a imitar… Y así, según esta mentalidad publicitaria, más mujeres se verían tentadas a luchar, tal como muchas personas se ven tentadas a usar tal o cual producto para verse bonitos.

Los estándares de belleza dominantes no son característica natural de las mujeres tanto como “ser bonita” no es más que la aspiración de su rol construído por esta sociedad. Cuando un simpatizante de izquierda pretende hacer publicidad lo hace desde su cómoda posición de normalidad en este mundo. Para él la mujer es una fantasía lista para consumir que intenta adquirir cada vez que compra un desodorante, una moto o una cerveza, pues las publicidades no sólo le venden esos productos sino también “una mujer”. Así es tan o aún más perverso que el publicista de una empresa que, para vender una cerveza, pone a una mujer flaca y rubia en bikini. El publicista quiere meramente vender un producto y lo sabe, el militante de izquierda vende identidad, sentimiento de pertenencia y éxito personal en nombre del cambio social y, a veces, hasta de la revolución… aunque cada vez menos porque —piensa el publicista de la política—, eso ya no vende y asusta a “la gente”.

Podrán decirnos que frases como esta tratan de invertir los cánones de belleza… ¿Invertirlos? ¡Se trata de destruirlos! No es cuestión de hacer prevalecer un cánon contra otro o reivindicar el más rechazado, el que tiene menos éxito, eso jamás resolverá el problema. Como jamás resolverá el problema conformarse con las humillaciones “resignificándolas”, convirtiendo en señas de identidad los insultos preferidos por la ideología dominante en boca de sus huecos repetidores.

ZIKA: CIENCIA Y PARANOIA

El anuncio de una enfermedad contagiosa siembra el pánico y la desorientación entre la población. El escenario perfecto para que el Estado haga su entrada triunfal para salvarnos de nosotros mismos, de nuestra supuesta ignorancia. Tras él, el batallón de vacunas y antibióticos de la monstruosa industria farmacológica, las medidas de seguridad, el control y la catarata informativa nos deja paralizados ante su complejidad o confusión.

En la década pasada hicieron su aparición la cepa de la Influenza H1N1, la “gripe aviar” y el SARS, durante los 90 del siglo pasado el rebrote del cólera y, desde décadas atrás, los persistentes HIV, dengue y Hepatitis B y C. Esta vez es el turno del Zika.

De origen africano, nos dicen, este virus se transmitiría entre seres humanos en gran medida mediante las picaduras del mosquito Aedes aegypti, aunque afirman que también se produciría su contagio de manera reproductiva y sexual. Una vez en el organismo, y tras entre 3 y 12 días de incubación, generaría una enfermedad llamada Fiebre del Zika, con numerosos síntomas —bastantes similares a los del dengue— pero que, en personas sanas y con una buena dieta, no provocaría casos fatales. Sin embargo, su posible correlación con el síndrome de Guillain–Barre —enfermedad autoinmune que produce microcefalia— es lo que presupone el grado de paranoia y disciplinamiento que están intentando inocularnos tanto medios de comunicación como organismos estatales latinoamericanos.

En Rosario el Estado aparece presencialmente en los barrios, fumigando y haciendo el ridículo vaciando recipientes con agua en las casas (dicen que para prevenir la reproducción del mosquito) a metros de las zanjas. Lo importante es que salga por la tele y que papá Estado lleve la tranquilidad a los hogares.

En todas partes, por la razón o por la fuerza, “recomiendan” a los ciudadanos un uso eficiente y racional del agua y estándares de limpieza más estrictos. En Brasil, la recomendación ya la dio el ejército rompiendo puertas y entrando en las casas de los proletarios, como hicieron apenas un tiempo atrás.

Como en cada uno de estos furores virósicos, el Zika también ha originado enormes controversias. Muchos científicos han advertido que no existe tal relación con la microcefalia y que se está utilizando el virus como tapadera de desastres provocados por el uso de determinados pesticidas. Otras teorías involucran malformaciones ocasionadas por la vacuna TdaP o recombinaciones causadas por mosquitos genéticamente modificados para que resistan al dengue. Estas voces disidentes son regularmente catalogadas como conspiranoicas, es decir, crédulas a todo tipo de conspiraciones de forma paranoica. En general, con contadas excepciones de personalidades de renombre académico, aquellos que se arriesgan a contradecir las versiones oficiales sobre estas pandemias son suspendidos, despedidos y lanzados al ostracismo. Sin embargo, su destino no garantiza la verdad de sus afirmaciones.

La Fiebre del Zika tiene efectos beneficiosos para la industria farmacológica y el creciente control estatal, por ello no nos sorprendería si esto no fuera una mera casualidad. ¿Pero qué sentido tiene suponer conspiraciones planeadas con minuciosidad por las tres familias más ricas del planeta? ¿Qué sentido tiene suponer que la peste capitalista depende solamente de un puñado de millonarios cuando en realidad se trata de una relación social mundial y los responsables no son una centena que vive en una fortaleza sino miles de capitalistas que habitan las mismas ciudades que nosotros? Sea previsto o imprevisto lo indudable es que los burgueses procurarán lucrar lo más posible como hacen siempre…

Con los mismos fines lucrativos, a través de la ciencia y la tecnología, han desplegado un nivel de control formidable, aunque no absoluto, sobre los fenómenos humanos. Los virus se han convertido entonces, en un objetivo central de hordas de investigadores independientes, burócratas de la ciencia estatal, compañías farmacéuticas y de su cada vez más numeroso ejército de académicos asalariados.    

El desafío de poder ejercer un control sobre los virus —en tanto que formas de existencia bisagra entre la vida y la no–vida— forma parte de la arrolladora carrera de la competencia capitalista en pos de la mercantilización de más y más esferas y de la gestión de todo proceso evolutivo, sea biológico, climático o geológico. Que se pueda conocer más a un virus, cercarlo geográficamente, mapear su ARN, combatir sus vectores y, en el mejor de los casos, erradicarlo y almacenarlo en laboratorios (como fue el caso de la viruela), no es entonces ninguna victoria para la humanidad toda. Es, en todo caso, una demostración palpable de que ya existe un control tan intenso sobre nuestra especie que ahora incluso van a por nuestros patógenos.

La desposesión sin fin que experimentamos los explotados de este mundo reviste, en materia de ciencias biológicas, un panorama desolador. Sin saber a quién creer, si a científicos oficiales o disidentes, y casi sin herramientas para tener una posición autónoma frente a estos fenómenos, parecería no quedarnos más opción que someternos a las campañas estatales. Así nos vacunamos religiosamente o usamos en nuestros trabajos y nuestras casas químicos que ni sospechamos qué son. Nos hemos acostumbrado peligrosamente a decir que si.

En nuestros cuerpos sólo el 10% de nuestras células contienen nuestra información genética o, para decirlo de otra forma, son humanas. Bacterias, parásitos y virus son tan constituyentes de nuestra existencia, que el solo hecho de pensar en un nosotros y un ellos, en un individuo y un ambiente, es una prueba fehaciente de cuán calado hasta el tuétano tenemos al cartesianismo, racionalismo, empirismo, positivismo y todas las demás sectas científicas con sus propias religiones. Estas son las verdaderas enfermedades, esto es lo que debemos extirpar para siempre.

PROTOCOLO, NORMALIDAD Y LIBERACIÓN TOTAL

Se aprobó en Bariloche un nuevo Protocolo de actuación de seguridad del Estado en manifestaciones públicas. La ministra Patricia Bullrich estuvo explicándolo en varios programas de radio. La postura del Estado para esta ocasión puede resumirse en estas dos declaraciones sin rodeos: «No queremos encapuchados ni palos» y «Les vamos a dar cinco minutos, les vamos a decir que se vayan por las buenas… Y se van o los sacamos».

Si esto es constitucional o no es un desafío para los leguleyos. Los explotados sabemos que los poderosos siempre han hecho las leyes a su medida y si no les alcanza, las pasan por encima… da igual. Sabemos de antecedentes kirchneristas anteriores a este protocolo, sabemos que fue votado por varias provincias y podríamos enredarnos hablando de la continuidad del modelo, etc, etc… Pero cuando dejemos de hablar del “gobierno K”, del “gobierno de Macri” o del “gobierno narco–socialista” para hablar del gobierno a secas, del Estado y de la burguesía, se nos van a aclarar varios problemas.

Frente a esta medida, nuestro problema es qué hacen nuestros compañeros de trabajo, vecinos, amigos y familiares. De los burgueses y sus lacayos no esperamos nada. En el mismo programa de radio se dan las noticias de los cortes de luz programados, esto despertó mayor indignación que una ley que claramente afecta a toda la clase explotada. Pero muchos de los que llamaron a la radio no aportaron más que ideas sobre cómo el gobierno podría mejorar los avisos de estos cortes: páginas web con mapas, mensajes de texto… Entre tanta imaginación a ninguno se le ocurrió que si los cortes de luz siguen van a tener que salir a cortar la calle. No protestan ni suponen que van a salir a protestar ante la inflación, los despidos o la destrucción del territorio que habitamos. El Estado ha logrado que muchos de nosotros no piensen para sí mismos, sino que piensen cómo y para el Estado.

Y así, tantos hablan del derecho a circular libremente y el derecho a la protesta. Vamos a ser claros: el derecho a circular libremente suele ser la obligación de trasladarse para trabajar o consumir y la protesta no es un derecho sino una necesidad. Es el Estado el que la ha codificado en “derecho” para regularla y hacerla inofensiva, y eso sucedió mucho, muchísimo antes de este ínfimo detalle en la historia de nuestra clase que significa el protocolo.

A saber, desde ahora se diferencia entre las manifestaciones “programadas” y las “espontáneas” con un plan fijado para cada una. Ante la primer opción, el Ministerio de Seguridad debe contactarse con los líderes de las organizaciones para «establecer un recorrido, tiempo de duración y realización y estimación de participantes» y dar aviso a la Justicia. Cuando se trata de cortes “espontáneos”, las fuerzas de seguridad informan a los líderes de las organizaciones (desde el Estado no se prevé que podría no haberlos) su obligación de liberar el lugar y al mismo tiempo se avisa a la Justicia. Si el corte continúa «se abre un brevísimo momento de avisarles que por favor liberen la calle e inmediatamente, si no lo hacen, comienza un procedimiento de liberación por uso de la fuerza pública. Si el delito es infraganti las fuerzas pueden actuar por sí mismas sin necesidad de orden judicial», ladró Bullrich.

«Queremos mostrar un cambio de paradigma y que la Argentina comience a mostrar normalidad y que la normalidad no sea interrumpir la calle y complicar la vida de la gente», advirtió la ministra y sentenció: «No vamos a adoptar el método de media calzada ni nada, sino la liberación total.»

domingo, 7 de febrero de 2016

LA PROPIEDAD ES EL ROBO

Un corte en la rutina diaria que se repite cada mes rutinariamente: desviar el camino para pagar el alquiler antes de ir a vender la fuerza de trabajo. Dos caras de la misma moneda. Dos caras de la privación de los medios para vivir. Y entre calle y calle se recuerda la sentencia que Proudhon en 1840 dictara al mundo y que aún parece una novedad frente a la normalidad capitalista: «La propiedad es el robo».

Si no nos tragamos el cuento posmoderno y liberal, es decir burgués, de que cada uno individualmente crea su propia realidad, debemos saber que el desarrollo del Capital separó violentamente a millones de seres humanos de sus medios de vida imponiendo la propiedad privada y el trabajo asalariado: una vez desposeídos de nuestros medios para vivir, el trabajo se convirtió en el factor determinante de la supervivencia de nuestra clase. Y eso no fue decidido por nosotros ni por nuestros padres ni nuestros abuelos, es la historia de los últimos siglos. La propiedad es entonces una dolencia social e histórica, y no personal.

Sin embargo, cabe señalar que la propiedad privada no es simplemente una relación de los humanos con las cosas, es una relación entre humanos que se tratan como cosas. «Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo» reza el pensamiento dominante y se hace carne en personas que se privan unas a otras. La conciencia heredada de la esfera productiva se reproduce en cada aspecto de nuestras vidas y esto está tan naturalizado como lo está el hecho de tener que pagar para sobrevivir, como el hecho de tener que pagar por lo que nosotros mismos producimos.

Una necesidad puede satisfacerse con objetos que se hallan exhibidos detrás de una vidriera, pero el dictamen es que los mismos no pueden tomarse… esa es nuestra absurda realidad. No pueden tomarse porque hay una vidriera y, en la mayoría de las ocasiones, no puede romperse porque siquiera se imagina la posibilidad, porque la imaginación ha sido domesticada, porque hay un policía sostenido por toda una institución, por la ley, por el Estado, por el poder del dinero. Y más absurda podría sonar nuestra realidad cuando entendemos que muchas de las necesidades que podríamos satisfacer con lo expuesto en esa vidriera son inventadas por los mismos que nos privan de los medios para hacerlo. Puede sonar absurdo, pero no lo es. Nos encontramos día a día con nuevas necesidades de toda índole que se vuelven indispensables para mantener el orden social, que muy lejos están de nuestros verdaderos intereses como proletarios y que son necesarias para justificar el avance indiscriminado del Capital sobre nuestras vidas. A estas necesidades inventadas las saciamos con mercancías que pagaremos dos veces: cuando las producimos y cuando las compramos.

Y aún en estas condiciones de atropello y sin razón causa burla, cuando no rechazo, proclamar la necesidad de la abolición de la propiedad privada. Un viejo manifiesto de 1848 decía: «Os horrorizáis que queramos abolir la propiedad privada. Pero, en vuestra sociedad actual, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros; la misma existe precisamente porque no existe para esas nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, el querer abolir una forma de propiedad que no puede existir sino a condición de que la inmensa mayoría de la sociedad sea privada de propiedad.»

Cuando arremete la angustia de que «unos tienen tanto y otros tan poco» debemos recordar que unos tienen tanto a condición de que otros tengan tan poco. Esa angustia tiene un destinatario: la burguesía. Y debe convertirse en odio, en rechazo, en hambre de revolución social. Una revolución que no se pregunta cómo repartir mejor la propiedad y sus privaciones. ¿Quién llevaría adelante el reparto? ¿Cuál es la proporción de desigualdad tolerable para el ser humano? Dejemos este tipo de preguntas a los reformistas que ahogan la lucha por la vida, nuestras necesidades y nuestros deseos en el agua helada de la espera paciente y ordenada.

Nosotros, los privados de propiedad, tenemos que acabar con todo este mundo de privaciones que nos obliga a vender nuestra fuerza vital, nuestro tiempo, nuestro cuerpo. Que nos obliga a comprar lo que precisamos para vivir (aún adulterado, falsificado) y lo que nos permite sobrevivir en este mundo.

Que suene la hora postrera de la propiedad privada y los privadores sean privados de ejercer su dominio sobre el mundo.

MEMORIA: «DE CADA UNO SEGÚN SUS FUERZAS»

A fines del año pasado se editó Folletos anarquistas en buenos aires. Publicaciones de los grupos La Questione Sociale y La Expropiación. 1895–1896, una edición facsimilar cuya selección y prólogos corrieron a cargo de Christian Ferrer y Martín Albornoz.

Aquellos folletos, recuerda Ferrer, se financiaban con la venta pero también mediante suscripciones y aportes de dinero de los compañeros, aunque estos fueran de monedas. Al final de cada folleto de La Expropiación puede leerse:

«Hacemos notar a los compañeros que la propaganda de este grupo depende de la ayuda pecuniaria y la actividad de todos los que simpatizan con sus publicaciones.

Siendo nosotros Anarquistas Comunistas y por consiguiente contrarios a todo sistema de venta, aunque este sea para la propaganda, ponemos nuestras publicaciones a disposición de todos los trabajadores; sin embargo contamos con la cooperación de cada uno, según sus fuerzas.

Así los que sienten la necesidad de hacer propaganda, pueden pedir los ejemplares que quieran y nosotros les mandaremos también según nuestras fuerzas.

Las cantidades recolectadas vendrán anotadas, así como los gastos de imprenta y correo en los mismos folletos.

Queda abierta una subscripción permanente a favor del grupo “Expropiación”.

Cuanto más fuerte sea la solidaridad de los compañeros, tantas más publicaciones se harán y mayor será la propaganda.

Los iniciadores.»

Tanto en aquella publicación como en otras de la época pueden leerse los seudónimos de los aportantes. Estaban quienes optaban por el anonimato, sin esperar reconocimiento, para esconderse de la policía y para aprovechar cada milímetro de hoja en favor de la propaganda; era la expresión de una cotidianidad de compromiso y solidaridad y hasta de la realidad proletaria. Así contribuían entre tantos otros: Uno que era patriota y se hizo anarquista, El más atorrante del mundo, Un demonio, Una joven que quiere el amor libre, Curto cuero de fraile, Bomba y bomba, Puñal y veneno Oh!, Sobrante de copas, De cada uno según sus fuerzas, Un boludo, Un pelotudo, Una señora anciana vuelta anarquista por este mundo lleno de farsas, Nada, Uno que ya no sueña con Europa, Un ambriento (sic), Un albañil perdu, Muerte a la burguesía, Maldito sea el nombre de dios que por ese vil misterio ha reducido a millares de infelices a la miseria y el trabajo perpetuo, Uno que destruye el capital.

Hoy como ayer la propaganda por la lucha contra el Estado y el Capital posee un único sustento: nuestro esfuerzo y el de nuestros hermanos. Cuando se habla de difusión, alguno podrá seguir creyendo en los beneficios neutrales de tecnologías como internet, ese enorme cúmulo de datos en el cual las posiciones y luchas de nuestra clase tendrían algún tipo de ventaja contra toneladas de discos duros llenos de basura. Pensamos, por ejemplo, en las infatigables y numerosas acciones en todo el mundo por la libertad de Sacco y Vanzetti a pesar de las distancias y los tiempos de antes. Hoy nos podemos enterar de las atrocidades del Capital en cualquier parte del mundo en cualquier momento, pero casi nadie hace algo serio al respecto. Los proletarios no podemos confiar nunca en las herramientas del Capital, ni mucho menos caer en sus lógicas de lucro y acumulación.

Tanto a fines del 1800 como ya entrados al siglo XXI, los refractarios a este mundo de la ganancia sabemos que una vez que se difuminan las fronteras entre la agitación y el objetivo de ganar dinero, se vuelve difícil sino imposible confundir lo que se quiere expresar con lo que se vende más, y así se acaba por vender ideologías, es decir ideas muertas, separadas y deglutidas para el consumo masivo e inmediato. Mejor entonces decir, protestar, reflexionar, proponer y criticar de acuerdo a las necesidades de la lucha y no a las del mercado.

EL ESTADO Y EL CAPITAL

Hoy nos encontramos sometidos a un miedo apocalíptico, impulsado por todas las fuerzas de la burguesía, desde las progresistas de izquierda hasta la derecha conservadora. Cada cual apuntando a un enemigo diferente al que habría que temer o al menos mantener a raya, de tal modo que unos y otros intentan dirigir nuestra atención hacia sus intereses particulares, alejando el foco del antagonismo de clase que realmente determina nuestras vidas.

Como se reflexionaba en el último número de La Oveja Negra, los discursos en torno a la catástrofe alimentan el temor y la competencia entre los seres humanos. Pero, además de eso, la constante imprecación de que «todo se va a poner peor» nos reserva el lugar de víctimas impacientes ante un desastre irremediable. Nos asustan con el resurgimiento de los economistas salidos del compendio neoliberal, con endemoniadas redes de narcotraficantes, con mafias de ñoquis que cobran sueldos millonarios de nuestros impuestos, con tarifazos, con represión y censura, con pandillas de chorros que habitan los extramuros de nuestras ciudades, dispuestos a todo para despojarnos de nuestras miserables posesiones.

Y no es que nada de esto no esté aconteciendo, de hecho lo está, pero de un modo mucho más normal de lo que nos lo presentan, pues tal es la constante del mundo que vivimos, un mundo cuyas fronteras son mucho más amplias que el territorio administrado por el Estado Argentino. El capitalismo y el Estado siguen operando con su dinámica, cambien los gobiernos o las leyes: nuestra crítica no es una rabieta contra la autoridad, es parte de la necesidad de develar la raíz de la sociedad que nos limita a ser estos seres complacientes ante una vida que tememos.

A la fecha se habla de 12000 a 18000 despidos de trabajadores en el ámbito estatal bajo la nueva administración nacional y de los gobiernos provinciales y municipales; una realidad que pareciera abrir una brecha social y ser el foco de nuevas protestas contra el actual gobierno. Sin embargo, estas protestas se suman a un conjunto de otras luchas particulares promovidas desde sectores del kirchnerismo. Luchas que se tornan ajenas para el conjunto de nuestra clase, dejando su dirección al ámbito de la política burguesa y sus mezquinos intereses de poder.

Hay que ser claros, porque quedarse con la idea de que los despidos al interior del Estado operan como mera venganza política, como una señal de vía libre a los privados para que actúen del mismo modo —o cualquier otra consideración que haga de la presente sociedad un monstruo inabarcable—, es una comprensión miope, hecha al gusto parcial del “buen burgués” que pretende vendernos su fórmula de la salvación. Si nos conformamos con estos espejitos de colores por los cuales se nos invita a sumarnos a luchas directamente burguesas (despido de Víctor Hugo, encarcelamiento de Milagro Sala, etc.), nos estaremos alejando irremediablemente de la verdadera lucha por nuestras necesidades, de la lucha contra el Capital.

Variados son los discursos dominantes acerca de la actual situación económica. Por un lado, las alabanzas al crecimiento industrial, el regreso del país a la condición de emergente, reposicionándose nuevamente de manera favorable en el mercado mundial: «venimos bien, pero todavía falta». Por el otro, las críticas a la ineficiencia del aparato estatal, la corrupción y la falta de inversión extranjera. Entre medio algunas vocecitas piden mayor participación de los trabajadores en la ganancia, más sindicalización… Ninguno, obviamente, supera los limitados márgenes de la economía nacional.

Como si el árbol tapara el bosque, no se percibe que existen condiciones mundiales objetivas, como puede el considerable declive del precio de las commodities que se producen en la región —principalmente la soja, pero también el petróleo—. Declive que provoca la disminución de la tasa de ganancia media en la zona y, consecuentemente, que todos los rimbombantes proyectos energéticos se paralicen, así como la reducción de los sectores no productivos del sistema económico. Y todo esto a pesar de los deseos de tal o cual presidente, sea Macri, Kirchner, Obama o Rousseff. No es ni la primera ni la última vez que el Estado, en esta región, se ve empujado a contraerse.

Lo que es entendido como avaricia, ambición o maldad personal, es la dinámica misma del Capital, que aspira sin parar a una máxima valorización de sí mismo, a ser cada vez más y más. Los capitales particulares se van reacomodando según varíe la tasa de ganancia de los diversos sectores de la economía. Es un movimiento constante de huida desde los de baja a los de alta rentabilidad, durante cuyo proceso los capitalistas minimizan los gastos, intensificando la explotación, extendiendo la jornada laboral, reduciendo la calidad de lo producido y la cantidad de productores. Y esta dinámica la experimentamos de forma similar tanto quienes trabajamos en empresas capitalistas como en la administración del Estado.

Entonces, situar los despidos que se están ejecutando en el Estado por fuera de la realidad económica mundial —y de la particularidad con la que esta región es parte de ella— es una verdadera necedad que termina defendiendo la ventaja económica particular de un sector de los trabajadores en desmedro de la explotación general de la clase proletaria. En las falsas protestas ante los despidos, ceses de contratos precarios y jubilaciones forzadas de miles de trabajadores, no podemos seguir el juego de despreciar a esos trabajadores identificándolos como “ñoquis” o de defenderlos como “perseguidos políticos”; es necesario tener claro que la inestabilidad laboral y la pauperización de los proletarios es parte esencial del Capital.

En estos últimos 15 años, vimos cómo la burguesía salía airosa de una crisis económica y social profunda. Respondiendo adecuadamente a las necesidades del Capital mundial se expandió el Estado. Se pactó con los movimientos sociales reformistas dejándolos asumir circunstancialmente la gestión de planes sociales y fuentes de trabajo. Se subsidió a fábricas recuperadas y a capitalistas industriales fieles al gobierno, mientras se estabilizaba el tipo de cambio para que tanto el agro como la industria tuvieran posibilidades de crecimiento. Creció el empleo en el sector privado así como las fuentes de trabajo en la administración estatal, para garantizar, gestionar y distribuir toda esa creciente masa de plusvalor que se producía.

Todo este movimiento tuvo un profundo sentido histórico y formó parte de una compleja estrategia de múltiples sectores burgueses, pero es indisociable del contexto mundial que lo permitió. Hace algunos años, ese contexto comenzó a transformarse, y si recién hoy lo comenzamos a sentir, se debe una vez más a la astucia de la burguesía. Ésta, con previsión, construyó una polarización política sin precedentes, cercando el problema únicamente a la cuestión de gestión, confinándolo a un problema local y nacional.

La contracción que indudablemente se va desencadenando en la economía y en el Estado es vista por la burguesía no sólo como una reducción de sus colosales ganancias de ayer, sino también como un posible hervidero de conflicto social, de protestas y malestar. Y es por esta razón que fue tan previsora, que montó el circo tan eficazmente.

Ahora la cuestión es si vamos a seguir siendo víctimas del espectáculo, si vamos a seguir expectantes frente a todos estos payasos, ilusionistas y malabaristas de la política, o si vamos a reconocer la causa y la gravedad de la situación, el horizonte de pauperización y conflicto que se avecina.

Este panorama nos coloca como cuerpo social, como clase, en el centro del conflicto. Es la lucha que podemos dar contra esta realidad la que nos hermana como proletarios; es contra la raíz de esta sociedad que nos torna sus esclavos egoístas y temerosos que debemos enfrentarnos, mas no por las ventajas particulares que hemos perdido como asalariados, ¡y jamás por la protección de los privilegios de la burguesía!

En el transcurrir de la normalidad capitalista lo precario de nuestras vidas se oculta y resulta casi imperceptible, casi natural. El deseo de otra vida posible queda escondido entre las mazmorras de la moral burguesa que predica el conformismo de un trabajo estable que, sabemos, sólo es posible limitada y parcialmente en esta sociedad, y que en última instancia, no nos depara nada más que nuestra existencia en tanto asalariados.

Es esta existencia la que nos agobia, estas condiciones de vida que otra vez se nos volverán un poco más duras. Y más agobiante aún se vuelve todo cuando ni siquiera podemos compartir esto con los compañeros de trabajo sin la mediación del espectáculo. Cada conversación está envuelta por una densa capa de normalidad, televisión, “redes sociales” y falsas polarizaciones de poderes, que en última instancia, se nos volverán siempre en contra. La desazón se redobla, pero la necesidad de ir más allá de esta realidad también.

Y sin duda intentamos hacerlo reflexionando sobre nuestros problemas como proletarios, para acercarnos a la raíz de estas condiciones y exponerlas para convertirlas en fuerza social. Sabemos, sin embargo, que superarlas requerirá más que reflexiones como esta. Nuestra intención no es ser una voz más en el mercado de las opiniones políticas, ni realizar el enésimo y descontextualizado llamado a la unidad de clase. No buscamos seducir, comprar o liderar voluntades proletarias, ni consideramos que la teoría revolucionaria sea una precondición de la “verdadera” lucha.

Somos simplemente explotados que, luchando contra esta condición, la conocemos más y viceversa. Somos explotados y queremos dejar de serlo, ayer, hoy y siempre, porque los ajustes y los movimientos del Capital que sufrimos en carne propia, los sufrimos porque desde el vamos —y como también desarrollabamos en el texto de tapa— somos desposeídos. Porque, parafraseando una canción, sobamos el lomo para que otro doble sus bienes. Porque para sobrevivir no nos queda otra que vendernos a la lógica ciega del dinero que no ve en nosotros más que la posibilidad de su crecimiento. Lo que tenemos que ver nosotros, en cambio, es que esa posibilidad es la misma que tenemos de destruir su lógica y liberarnos del trabajo para siempre.

AL CIERRE...

Al cierre de la edición de este número nos enteramos del ataque brutal de la gendarmería en la villa 1–11–14 del Bajo Flores en Buenos Aires, disparando con balas de goma y de plomo a una murga barrial.

«Hace 2 años que bailo para divertirme en la murga de mi barrio, la villa 1–11–14, pero el viernes me asusté mucho, cuando nos dispararon a mí y a todos mis amigos. Yo sentí un golpe en la cabeza y otro en la pierna, que al final eran dos balas de goma… Por eso, ayer al mediodía, cuando pasé caminando por adelante de un señor de Gendarmería, le pregunté: “¿Por qué me tiraron a mí, que tengo 8 años nada más?’. Y ahí nomás, me respondió: “Tomatela, pendejo de mierda, porque la próxima te reventamos la cabeza”.» (Carlos Ariel Sulca, 8 años)

Esa es la gendarmería de los burgueses, la de Patricia Bullrich, la de Macri, la de Milani, la que Bonafini decía que tiene que entrar a la villas. Ya entró y ahora cumple con su función: reprimir y disciplinar a la clase explotada.

No olvidemos, ni perdonemos ¡nunca!