domingo, 6 de julio de 2014

A 100 AÑOS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL: NI GUERRA ENTRE PUEBLOS NI PAZ ENTRE CLASES

Debió ser horrible… Ver a tus hijos partir en un tren al frente, prácticamente esclavizados. Esperar en un acorazado el tacto de las heladas aguas del Báltico. Correr a ciegas tras las trincheras en Ypres, mientras tus pulmones se llenan de una fantasmal agonía. Verte obligado a fusilar a un proletario como vos, sólo por haber nacido en otra región.

Debió ser horrible vivir la Primera Guerra Mundial. Debió ser aún peor ser consciente de las múltiples oscuridades que se cernían una vez más sobre todos los desposeídos de este mundo. La conscripción forzada, las marchas interminables, el hambre generalizado para todos los proletarios, la relocalización, los refugiados.

Es que tras largos años de escaramuzas, tensiones diplomáticas, escaladas armamentísticas, retóricas nacionalistas, conflictos étnicos y un sinfín de otros elementos, parecía que la burguesía mundial y un pequeño remanente de aristócratas iban a determinar la veracidad de sus argumentos de la forma más vieja que conocen las clases dominantes, la guerra total.

El conflicto duraría poco más de cuatro años, y tendría ciertas particularidades que lo harían inédito y relevante para pensarlo desde una perspectiva de clase. Fue batallado en todos los continentes y tuvo un número nunca antes visto de combatientes y de bajas. Fue la primera guerra de la sociedad industrial, del avión, del dirigible y el reconocimiento, del tanque, del submarino, de las armas químicas, de la criptografía. Fue la primera guerra de la mujer trabajadora, del sistema médico tecnificado, de los campos de batalla que se gestionaban como fábricas y de las fábricas que se gestionaban como campos de batalla. Fue la guerra del proletariado derrotista, de los grandes acontecimientos revolucionarios. Fue la guerra batallada no sólo en los frentes sino en cada casa, con la tarea añadida para la burguesía de mantener a raya a las mujeres como productoras, a los niños como futuros soldados, a los hambrientos en las filas del racionamiento para evitar los saqueos.

Las guerras son, ante todo, guerras contra el proletariado


La guerra es la esfera de lo destructivo controlado, del desastre premeditado, de la gestión de la muerte. Es guerra porque el proletariado produjo, esclavizado en fábricas y campos, los medios excedentes para desarrollarla. El mismo proletariado que necesita la burguesía para concretarla en el terreno. En los campos de batalla europeos y asiáticos murieron millones de proletarios, jóvenes principalmente, desempleados en sus lugares de origen, y que organizados discutían propuestas que atentaban contra el dominio de la burguesía.

Por sobre todas las cosas es guerra contra el proletariado. No sólo en el momento en que las armas se disparan, es guerra también en la mina, en la acería y en el taller, destruyendo cuerpos para fabricar armas, latas de alimentos, uniformes y un largo etcétera, redireccionando una producción que excedía notoriamente al mercado y poniéndola al servicio del interés expansionista nacional.

El término «Primera Guerra Mundial» esconde además, bajo la siempre neutra apariencia de la historia en tanto que disciplina de profesionales, que la guerra es, ante todo, un fenómeno permanente. Nunca hay entretiempo cuando se trata de las destructivas pulsiones del imperialismo. Nunca hay descanso ni paz genuina en el reino del Capital. Siempre hay que expandir, competir, conquistar, batallar, controlar, dominar. La historia del Capital es la historia de la guerra, y si hasta el siglo XX a nadie se le había ocurrido denominar a algún conflicto particular como “guerra mundial” es sólo porque ,aunque el Capital ya era evidentemente mundial, iba por su consumación efectiva e internacional. Woodrow Wilson —comandante de los Estados Unidos en su entrada tardía a la guerra— acuñó el término «la guerra que terminaría con todas las guerras». Una gran guerra imperialista que definiría de una vez y para siempre quiénes serían los legítimos líderes del mundo, los que sí podrían garantizar la estabilidad de su imperio colonial para finalmente poder gozar de un capital en permanente e ininterrumpida expansión, que pudiera darle una estabilidad de miseria a los trabajadores y nunca más volver a la precariedad y el horror de la guerra. Para implantar la democracia parlamentaria como forma suprema de hacer fluir al Capital por los más pequeños poros de la sociedad. Ni que hablar de lo erróneo y malintencionado de las palabras de Wilson, quizás el primer emperador de una de las más grandes dinastías guerreras que conocemos los humanos. Lo importante es comprender que los discursos burgueses, sean humanistas, pacifistas o netamente proimperialistas, siempre vislumbran un fin. Sin embargo, el Capital excede aun a la clase a la cual le lega su mandato en la tierra, promoviendo un estado permanente de guerra y conflicto mundial, una gran hoguera en la cual tirar las mercancías superfluas, se trate de seres vivos u objetos.

La guerra a la guerra

Previamente a la guerra, se presumía la entereza del compromiso antimilitarista en las filas anarquistas y socialistas. En cada reunión y en cada congreso se expresaba la fraternidad internacional, la paz mundial, lo absurdo de la guerra.

Pero la realidad de la guerra desnudó la sustancia detrás de muchos discursos. Por un lado, importantes personalidades del movimiento anarquista, como Piotr Kropotkin y Jean Grave, publicaron el Manifiesto de los dieciséis. En éste abogaban por una victoria de la Entente contra “los agresores”, Alemania y el Imperio Austrohúngaro; además estaban influidos por un tacticismo que presuponía que una derrota de estos imperios devendría en revolución. Afortunadamente, Goldman, Berkman, Malatesta y tantos otros compañeros denunciaron la desviación y el manifiesto tuvo una influencia ínfima en el movimiento.

Por otra parte, la II Internacional, principal heredera del marxismo ortodoxo, abandonó, para sorpresa de no tantos, el compromiso antimilitarista que había defendido en proclamas y en actos callejeros. Replegándose en cada una de sus secciones nacionales cada partido socialista se dedicó a parlamentar y gestionar el esfuerzo de guerra, votando presupuestos y denunciando “excesos”. Minorías comunistas derrotistas y revolucionarias florecieron en Alemania e Italia, rompiendo los carnets de sus partidos y afirmando su oposición a la guerra, no sólo discursivamente sino también saboteando la producción y difundiendo las posiciones proletarias entre los soldados.

Como se afirmó en ciertos ámbitos militantes, no es de las ideas de donde parte la contraposición con este sistema de muerte. Cuando las pulsiones humanas más aberrantes salen a la luz, cuando las promesas de progreso se silencian entre balas de cañón y los gritos de muerte ahogan las risas aparecen seres humanos dispuestos a oponerse por la fuerza a la catástrofe. Mujeres viudas en Glasgow rehusándose a pagar alquiler.

Proletarios alemanes y franceses fraternizando en las trincheras, engañando conjuntamente a sus oficiales para disfrutar de la vida unos días más.  Proletarios italianos en los Alpes, hastiados de hambre y sufrimiento disparando a sus comandantes para poder volver a sus casas. Saqueadores en Austria, robando la comida de los burgueses.

La revolución rusa de 1917 se desencadenó en este marco de miseria y muerte, siendo la guerra un claro detonante de las revueltas de febrero que llevaron a la caída del zar.
Las deserciones en el ejército que ya se venían desarrollando previamente se hicieron masivas durante los gobiernos provisionales, que no cumplieron con la promesa de terminar la guerra. El proletariado, tanto en el frente como en la retaguardia, no dudaba en enfrentarse a la guerra y a sus propios explotadores por mejores condiciones de vida, transformando a la guerra imperialista en guerra de clases. Pero este enfrentamiento a la guerra imperialista era en gran parte limitado ya que suponía como solución una paz negociada entre los Estados beligerantes, cuando de lo que se trataba era de extender la revolución hacia el resto del mundo, principalmente a los países en guerra. Claro que esta tarea era enorme y dependía de la iniciativa del resto del proletariado, pero en vez de invitar a luchar juntos contra los oficiales y burgueses del mundo entero, a propagar el derrotismo y la revolución, el proletariado en Rusia apoyó en gran medida las negociaciones de paz llevadas adelante por los bolcheviques, que firmaron en marzo de 1918 el Tratado de Brest–Litovsk. En este tratado, la Rusia soviética renunció a Ucrania, Finlandia, Lituania, Polonia, etc., traicionando el impulso revolucionario en dichas regiones. A la vez, significó un fortalecimiento de las potencias centrales, sobre todo de Alemania, que pudo trasladar a muchos de sus hombres al frente occidental alejándolos de la Rusia revolucionaria. En este tratado, se ponía claramente de manifiesto el carácter burgués que comenzaba a tomar el proceso revolucionario con los bolcheviques a la cabeza, negociando con el resto de nuestros explotadores para comenzar a fortalecerse como Estado. Esta paz, según los bolcheviques, significaba ganar tiempo para la “revolución”. Tiempo para la conformación del “ejército rojo” en contraposición al proletariado en armas, tiempo para la represión interna, tiempo para fortalecer la economía nacional, tiempo para la contrarrevolución.

A pesar de esto, el proletariado en Alemania no tardó en rebelarse contra sus verdugos, constituyendo otra de las expresiones más importantes de derrotismo durante la “Primera” Guerra Mundial. Los marinos alemanes, siendo enviados a una misión suicida hacia fines de octubre de 1918 y luego de años de sufrir la represión de sus referentes comunistas, se negaron a zarpar y en cambio tomaron las ciudades portuarias de Kiel y Wilhelmshaven, formando consejos de obreros y soldados. La revuelta triunfó y pronto esos mismos proletarios tomaron Hamburgo, mientras que en el resto de las ciudades grandes se tomaban lugares de trabajo, se daban escaramuzas contra el ejército y los consejos se multiplicaban. En simultáneo la guerra finalizaba y la Entente afirmaba que sólo negociaría con un gobierno democrático. El Partido Socialista Alemán se apresuró para ponerse a la cabeza de ese gobierno y preparar la represión contra los revolucionarios, que se consumó principalmente en Berlín pero también en otras ciudades en enero de 1919, matando a miles de proletarios armados. La revolución comunista fracasó y en su lugar, como muchas otras veces, se impuso el mito de la revolución democrática.

LA GUERRA HOY...

La competencia burguesa se nos mete por los poros, así como su nacionalismo y su muerte.
Es esta competencia inherente al Capital la que desencadenó la guerra civil en Ucrania. Hoy proletarios luchan, mueren y sufren el estado de guerra en nombre de uno u otro bloque. Esta falsa dicotomía entre naciones se desvanece al entender que los proletarios no tenemos patria ni nación que defender. En todas las sociedades de clase la guerra es expresión de la explotación como característica común a todas ellas. La guerra capitalista tiene como motivo histórico la existencia de crisis ligadas al antagonismo entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación. No es posible liberarse de estas crisis sin abolir sus contradicciones.
 
Las respuestas a las diferentes crisis, que sentimos en carne propia, no se resuelven con dicotomías burguesas, como la entrada a la Unión Europea, la anexión a Rusia o la declaración de independencia de una república. El proletariado parece levantarse sólo en su forma deshumanizada, es decir, como ciudadanos y no como clase. Cuando las contradicciones de clase no pueden afirmarse como tales se materializan como bloques ideológicos, nacionalistas o étnicos, retrasando aún más cualquier emancipación humana.
 
Así en la denominada Euromaidán ucraniana, miles de personas salieron a la calle y derrocaron al presidente de turno. Estas protestas y disturbios tuvieron una fuerte impronta europeísta y nacionalista, y fueron arengadas por grupos de extrema derecha, como Pravy Sektor (partido político paramilitar calificado también como neonazi y fascista). Esta ofensiva proeuropeísta desencadenó nuevos disturbios al sur y este del país. Los prorrusos (partidarios del presidente derrocado) se manifestaron contra el nuevo gobierno reclamando un acercamiento a la Federación Rusa. Así las tropas rusas entraron en el territorio de Crimea cristalizando una guerra civil a la que se le imprimió un carácter mundial, ya que en la misma se implicaron algunas de la más grandes potencias mundiales. Esto se evidenció con la medida de presión que puso en peligro el suministro de gas a Europa. Los negocios burgueses implicados en estos conflictos como siempre son muchos.
 
Este 26 de junio se firmó finalmente el acuerdo entre Ucrania y la UE, lo cual significaría la incorporación de Ucrania a la Asociación Oriental para posibilitar una zona de libre mercado y acuerdos militares, entre otras cosas.
 
Mientras la burguesía negocia en base a sus intereses imperialistas, nosotros morimos en una guerra que no nos pertenece. Nuestra guerra es contra su guerra, es la guerra al Capital y al Estado. Una vez más reafirmamos las consignas (ver Oveja Negra nro. 14) de los compañeros internacionalistas en Rusia: ¡Ni una gota de sangre por la nación! ¡Ni guerra entre pueblos ni paz entre clases!

CÓRDOBA:TRANSGÉNICOS Y REPRESIÓN

En la tarde del miércoles 11 de junio en la puerta de la legislatura de Córdoba manifestantes reclamaban por que no se apruebe otra ley a favor del dinero y en contra de la vida, requerida por los grandes inversores que llegan al país (¿qué es sino también la ley antiterrorista?). La “Ley Monsanto” abre aún más las puertas al uso de agrotóxicos, la instalación de plantas semilleras y consuma la política de sojisación en la región. Los policías a las órdenes del Estado, que están a las órdenes de las empresas, que está a las órdenes de la ganancia, comenzaron una democrática represión no sólo con gases sino también con disparos.
 
«Arrojando un saldo de 27 detenidos, tres de los cuales estaban heridos de gravedad, y de más de 20 heridos. En el medio los legisladores provinciales continuaban sesionando y alrededor de las 22:00 hs., cuando las organizaciones sociales y políticas estaban frente a la comisaría primera exigiendo la libertad de los detenidos, aprobaron la nueva ley de ambiente. (…) Minutos más tarde, las organizaciones desconcentraron hacia diferentes puntos y los efectivos policiales comenzaron un trabajo de inteligencia y caza de brujas. Tenían marcados y marcadas a diferentes militantes y en busca de éstos fueron. Continuaba el escenario represivo a plena luz del día, en el centro de Córdoba, y por las espaldas llegaron grupos especiales (Gendarmería, ETER e Infantería) a detener y reprimir a los manifestantes. Al calor de los cortes de calle, reclamos y escraches, se logró que a las 22:00 hs. del viernes se liberara al último de los seis detenidos cuya liberación había sido firmada», informa la  Coordinadora Antirrepresiva de Córdoba (La ley Monsanto reprime y gana poder en Córdoba).
Los compañeros dan cuenta del calvario por el cual pasaron los detenidos y la necesidad de luchar por el desprocesamiento.
 
El martes 17 de junio se reprimieron las movilizaciones de apoyo realizadas en Buenos Aires, de la mano de las fuerzas del orden y de Monsanto, es decir del Estado y el Capital. El resultado: 12 detenidos, uno de ellos hospitalizado.
 
Esta es la democracia, esta es la libre competencia, este es el gobierno del dinero. Es evidente que todo Estado es represor de los explotados. Es evidente que Monsanto no solo debe irse de Argentina o de América Latina. ¡Monsanto debe irse del planeta! Porque su existencia es un peligro para la humanidad y para toda la vida.

jueves, 26 de junio de 2014

Ellos no pueden parar la revuelta (nro.1, México)

Ellos no pueden parar la revuelta es una nueva revista hecha por el Grupo AnarcoComunista en la región mexicana. Con gusto hemos recibido su primer entrega y para mayor alegría nos encontramos con dos artículos de La Oveja Negra publicados en ella: El mito de la izquierda se cae de maduro (nro.15) y ¡Não vai ter copa! (nro.17). Tambien pueden encontrarse otros artículos de agitación y reflexión desde una perspectiva revolucionaria e internacionalista.

El blog del grupo es: grupoanarcocomunista.blogspot.com
y la revista puede descarga desde este enlace.

domingo, 22 de junio de 2014

Traducción al griego de A 32 AÑOS DE LA GUERRA DE MALVINAS


Junto a un saludo anarquista que prende fuego las fronteras recibimos una nueva traducción de un artículo de La Oveja Negra, esta vez se trata de un Memoria en relación a 32 años de la guerra de Malvinas a cargo de los compas de ContraInfo.

Μπαριλότσε, Αργεντινή: 32 χρόνια από τον πόλεμο των Φώκλαντ

«¡Nuestra patria, burgués, es la Tierra»

martes, 10 de junio de 2014

¡NÃO VAI TER COPA!

Las crecientes movilizaciones en Brasil están poniendo seriamente en duda el normal desarrollo del mundial de fútbol a pocos días de su inicio. Las protestas en varias ciudades, sobre todo en las anfitrionas del mundial, no se han detenido desde su comienzo en mayo de 2013 y comienzan a retomar fuerza. El nro. 9 de esta publicación lo dedicamos a esta ola de protestas desatada principalmente por el aumento del transporte y los desorbitantes gastos ocasionados por el mundial, así como la avanzada represiva de los últimos años en las favelas y los desalojos en las ciudades anfitrionas. También remarcábamos, asumiendo la lucha del proletariado en Brasil como propia, cómo esos reclamos, inicialmente con claros matices ciudadanistas, en muchos casos abrieron rápidamente paso a la generalización de las reivindicaciones y la violencia, rompiendo con las limitadas consignas iniciales y reconociendo en sus luchas los intereses mundiales que tenemos los proletarios como clase. En aquellos días podíamos leer en algunos carteles y banderas consignas como «Brasil/Turquía estamos juntos», «somos griegos, turcos, mexicanos... no tenemos patria... somos revolucionarios».

En estos años de aparente paz social, siempre sorprende la rapidez con que el proletariado logra tomar las calles y romper con muchas de las típicas canalizaciones burguesas como el sindicalismo, el politicismo o el nacionalismo. (1)

De todas formas, para nada podemos afirmar que sea algo generalizado. «Não vai ter copa» (no va a haber copa) es la consigna más popular bajo la cual salen actualmente a la calle miles de proletarios en Brasil, pero tras ésta los motivos son muy diversos. En esta nueva ola de protestas previas al mundial podemos ver cómo, en muchos casos, se vuelve a caer en el típico politicismo y reformismo, en la tan de moda “indignación”.

Con los estadios ya construidos, inversiones que podrían superar los 20 mil de millones de dólares, obreros muertos, miles de asesinados en las favelas a manos de las fuerzas represivas, todavía hay quienes tienen ganas de reclamarle derechos al Estado, de pedir una eficiente utilización de los recursos en salud y educación. «Sin derechos no hay copa» es una de las consignas promovidas por quienes sólo ven en el mundial una gran oportunidad para arrancarle migajas al Estado. Una vez más, el capitalismo pareciera funcionar mal por culpa de unos malvados políticos y unos oscuros organismos internacionales. Una vez más, el problema no sería la producción con miras a la ganancia sino cómo ésta se distribuye.

Es posible que de no aflojar las movilizaciones el Estado no pueda continuar con su política meramente represiva y comience a ceder un poco frente al temor de un papelón de cara al resto del mundo. También es posible, aunque menos probable, que el Estado no solo militarice, reprima y asesine en las favelas como viene ocurriendo sino que pase a enfrentar directamente las protestas. Recordemos la masacre de los juegos olímpicos de México DF 1968, cuando se ahogó en sangre el grito de «¡No queremos olimpiada, queremos revolución!» con cientos de muertos en los días previos al inicio, a manos del Batallón Olimpia, fuerza creada especialmente para la ocasión. Frente a todo esto es necesario que las protestas se generalicen, que se logre romper con las fronteras y las canalizaciones burguesas, extendiendo la revuelta y asumiendo que la necesidad de revolución es inseparable del resto de nuestras necesidades.

Lo que no deja de sorprender, más allá de las grandes limitaciones mencionadas, es que este masivo rechazo al mundial se haya podido dar en Brasil, país futbolero por excelencia. Los organizadores se muestran convencidos de que la «pasión por el fútbol» será más fuerte. A comienzos de enero de 2014, inquieto por los retrasos acumulados en la preparación del mundial de fútbol, Joseph Blatter, presidente de la FIFA, declaraba lo siguiente: «Yo soy un optimista, no un miedoso. El fútbol será protegido, no creo que los brasileños ataquen directamente al fútbol, porque para ellos es una religión». Por su parte, el coordinador técnico del seleccionado carioca, Carlos Alberto Parreira desestimó las protestas pues aseguró que en cuanto comience el mundial el pueblo apoyará al equipo: «Tengo absoluta certeza que la selección es un patrimonio cultural y deportivo del pueblo brasileño, que la apoyará durante el torneo». Los manifestantes se burlan de ellos y, hasta el propio rei Pelé, se convirtió en uno de los blancos predilectos después de que declarase «Vamos a olvidar toda esa confusión que está sucediendo en Brasil y vamos a pensar que la selección brasileña es nuestro país, es nuestra sangre», y que minimizace las muertes en “accidentes” laborales ocurridas en la construcción de los estadios.

La corrupción en el deporte y su utilización política y económica son ya conocidos por cualquiera, así como las necesidades represivas y los enormes gastos que requieren estas celebraciones burguesas. Jérôme Valcke, el secretario general de la FIFA, es sincero al respecto: «Voy a decir algo demencial, pero a veces, para organizar un mundial de fútbol es preferible un nivel menor de democracia. Cuando hay un jefe de Estado fuerte y con capacidad de decisión, como ocurrirá con Putin en 2018, para nosotros, los organizadores, será más fácil negociar a varios niveles». Blatter no se quedó atrás y apoyó las declaraciones de su secretario general e incluso, yendo más lejos, recordó que la copa del mundo de 1978 en Argentina fue «una forma de reconciliación del público, del pueblo argentino, con el sistema, con el sistema político, que en aquella época era un sistema militar», y se felicitó a la vez por el éxito de su organización. No debe existir manera más gráfica de comprender la relación entre el espectáculo deportivo y la opresión que recordando cómo los gritos de gol en el Monumental ahogaban los gritos de los torturados en la ESMA a unas cuadras de distancia.

Volviendo a los futuros mundiales, los dirigentes de la FIFA están tranquilos y orgullosos de las sedes elegidas, tanto por Rusia en 2018 así como por Qatar en 2022. Esta pequeña monarquía del medio oriente, con la renta per cápita más alta del planeta (del cuarto de su población que son ciudadanos), vive de la explotación de los yacimientos de petróleo y gas de su región, empleando principalmente mano de obra extranjera. Este país, cada vez más influyente en la política internacional de la región, ha intervenido en las revueltas de la Primavera Árabe apoyando económicamente a los sectores burgueses más liberales. En pleno apogeo, Qatar se mofa de su progresismo mientras que las terribles condiciones de trabajo en la construcción de los estadios mundialistas ya han dejado un saldo de más de 1200 muertos. ¡Sí! 1200 trabajadores provenientes de India, Nepal y Tailandia murieron y mientras tanto, muchos otros continúan trabajando en condiciones esclavistas con los documentos retenidos por sus empleadores, viviendo en los lugares de trabajo sin las mínimas condiciones de higiene, sufriendo jornadas de 12 horas a 50 grados de temperatura.

Desgraciadamente, estas noticias nos llegan por la misma burguesía que nos mata, sin poder contar con una información de primera mano respecto a esta terrible situación. Frente a las denuncias realizadas por medios y organismos internacionales la FIFA ha salido a dar algunas tibias declaraciones, alegando que no puede intervenir en las políticas laborales de un Estado. Nos interesa muy poco lo que haga o no la FIFA, pero todo este cinismo nos retuerce las tripas porque, mientras esto ocurre, lo que sí discute la FIFA es la necesidad de modificar para Qatar 2022 la fecha en la que se realizan habitualmente los mundiales debido a las altas temperaturas en este país en verano que pueden afectar a jugadores y turistas. Los organizadores en

Qatar responden asegurando que sus estadios de muerte estarán climatizados.
Podríamos seguir con innumerables ejemplos históricos de mundiales, olimpíadas y demás certámenes deportivos repletos de sangre y miseria, pero nos surge una pregunta fundamental que no queremos esquivar: ¿Se trata de una mera utilización capitalista del deporte? ¿O es el deporte también un producto de la sociedad capitalista inseparable de ella?

El sentido común nos habla del deporte como un inocente juego. Los deportes en sí no serían el problema sino su utilización por parte de políticos y burgueses. La política y la ganancia han venido a corromper una supuesta actividad natural del hombre. Se opone el deporte–espectáculo, el profesionalismo, a un inocente amauterismo o a una práctica popular desarrollada por cualquiera. Pero, ¿cómo nace el deporte? ¿Cuáles son sus raíces sobre las cuales surge el profesionalismo y esas grandes mafias?

Para perpetuar su dominación la burguesía necesita mitificar muchos de los hábitos actuales, ocultando o tergiversando el origen de un montón de prácticas y relaciones humanas. Patear un objeto cualquiera es algo tan instintivo que entonces, según su lógica, lo que hoy podemos considerar como fútbol tendría orígenes milenarios. Pero pensar las cosas así es ridículo. Por empezar, en los juegos de antaño, la gran mayoría de las separaciones actuales eran irrisorias: los límites espacio–temporales, las reglas estrictas, los equipos bien definidos, los espectadores, los puntajes, así como las instituciones que reglamentan todo aquello.

Lo más cercano al fútbol en la Edad Media era un juego en el que decenas, cientos o incluso miles de personas hacían rodar un balón de cuero con los pies en un campo abierto, a partir de lo cual surgían situaciones de lo más diversas.

El deporte surge en oposición al juego, y es con el ascenso de la burguesía que multitud de juegos tradicionales fueron suprimidos o reformados como deportes. En este sentido, podemos observar históricamente cómo trabajo asalariado y deporte son indisociables, cómo su desarrollo es el desarrollo del capitalismo. La competencia, la disciplina, el sacrificio y demás valores deportivos, son esencialmente los valores de esta sociedad. Lo que producen el deporte y la educación física son fundamentalmente rendimientos y récords, es decir, datos computables, cosas. Tal como ocurre con la producción de las demás mercancías lo importante es la cantidad en detrimento de la calidad. Así los deportistas son exprimidos al máximo, como en las mejores fábricas.

En los juegos tradicionales lo que mayor satisfacción proporcionaba a los participantes no era la obtención de la victoria, el premio o una posible ganancia, sino la diversión y el placer que suscitaba el propio juego, habitualmente asociado a la taberna, la fiesta y la calle.

Frente a los anteriores elementos lúdicos el deporte presupone la aceptación de un conjunto de reglas inviolables que los asfixian. En el juego, dado que el “resultado material” no es lo decisivo, es perfectamente posible que ambas partes sean desiguales y se constituyan de forma accidental, como también puede darse el caso de que una persona o un grupo de personas desafíe a todas las demás. El punto de partida del juego es un desequilibrio fundamental, pero no se trata de una deficiencia, sino de su esencia misma. En el deporte, por el contrario, siempre tenemos dos partes formalmente “iguales” que luchan por la obtención de un resultado “justo” y reglas que pretenden establecer y garantizar un equilibrio que conduzca a ese resultado justo. La igualdad democrática, que no es más que la libertad de compradores y vendedores de enfrentarse en el mercado en “igualdad de condiciones”, encuentra en el deporte un notable reflejo.

Este tipo de análisis históricos no deben llevarnos a mitificaciones o defensas del pasado, ni tampoco deben entenderse como una propuesta alternativa al deporte. De lo que se trata es de comprender las limitaciones de las diversas actividades que realizamos actualmente. Cuando profundizamos en esas limitaciones, enseguida vemos que no son aspectos de la vida que podamos transformar voluntaria e individualmente sin revolucionar las actuales condiciones de vida.

Podríamos dejar de comer tanta basura, buscar más contacto con la naturaleza, generar alternativas lúdicas, etc., etc., etc. En realidad, con suerte solo podremos hacer alguna de ellas durante algún tiempo, a costa de sacrificar otros aspectos de nuestras vidas y, claro está, del sacrificio de muchos otros. La que se mantendrá intacta es una vida basada en la separación. Separados nosotros mismos y de los demás.

Cada vez que se trata de pensar en una sociedad distinta se suele caer en pensar lo “bueno” de este mundo separado de lo “malo”. La revolución es algo bien diferente. Se trata de criticar desde la raíz la sociedad existente y de tirar abajo todo lo que se considere necesario en dicho proceso.

En esa apasionante búsqueda no sabemos qué quedará de lo que actualmente conocemos como deporte, pero es fundamental comenzar a reconocer sus limitaciones para poder superarlo. Creemos que el proletariado en Brasil ha iniciado ese camino. ¡No va a haber copa! ¡Extendamos la revuelta!

1 Recomendamos al respecto el último número de la revista Comunismo: Brasil. Protesta social y contrarrevolución, disponible en internet y en la feria de la biblio.

MEMORIA: «¡MALDITO FOO-BALL!»

De Nuestra Tribuna. Quincenario femenino de ideas, artes, crítica y literatura. Necochea, 1° de Septiembre de 1923, año 2, n° 24.
Mientras algunos populistas se regocijaban fundando clubes o vanagloriándose por ello, unas lúcidas compañeras escribían artículos como este.

Diariamente susurran en mis oídos las conversaciones de entusiasmo que salen de labios obreros de este país: el foot–ball es el plato del día tanto en el palacio burgués como en el desolado hogar. 

¡Foot–ball! ¿Cuándo dejarás de nublar la conciencia del obrero? Nunca. Porque el burgués te adula y te ensalza, porque a él, más que a nadie, le haces tanta falta; eres el traspié para mis pobres compañeros de cadenas, eres la valla que defiende a mis enemigos: el capital, el clero y el Estado.

Por ti ¡maldito foot–ball! no ve esa legión de muchachos obreros que es necesario emanciparse para llegar al fin a nuestro ideal.

Por ti, sí, ¡maldito juego! inventado por la aristocracia como «ejercicio para nuestros músculos» porque bien sabe ella que ahí te detendrás débil e inconciente, obrero. Y en vez de tomar un libro que te instruya y a la vez a tus hermanos y a tus hijos, te vas a la cancha, y allí pateas como un burro, allí te rompes la ropa, te estropeas y estropeas a tus compañeros, y vuelves a tu hogar donde ya vuestra madre, esposas y hermanas —eternas esclavas de los tiempos que vivimos— te esperan con la escasa cena que es la característica en los hogares proletarios, pues vuestro salario es reducido siempre, pues los patrones no lo aumentan nunca, por que si lo hicieran tal vez se priven de las «figuraciones sociales», y tienen que hacer donaciones a costillas nuestras: donar una copa a tal o a cual club de foot–ball para entusiasmar a la muchachada que allí se entrega, en vez de concurrir a una biblioteca a instruirse para vivir mejor.

Los veo salir del taller o de la fábrica    —cuando no de la iglesia— ir jadeantes a la cancha a ensayarse pateando para ganar la copa, donada por tal o cual señor.

¿Cuándo, obrero, esperanzado como los de todo el mundo, entederás que la copa que «generosamente» os regalan los pillos burgueses y mandones no es más que una celada que os arrojan ellos para desviaros del camino que como oprimidos pudisteis emprender?

¿Porqué no meditas y piensas lo siguiente? Ya que son tan generosos, en vez de copas, que tarde o temprano les quedarán para ellos ¿porqué esos generosos no os regalan lotes de libros donde pudierais aprender un medio mejor de vida, ya que vuestras escasas circunstancias no permitieron que vayas a una escuela?

Piensa, muchacho.

Roberta Reyna Roldán