El 22 de junio pasado Fernando
Lugo, presidente de Paraguay, fue destituido de su cargo tras un
juicio político llevado adelante por la Cámara de Diputados de
dicho país.
Aparentemente, Lugo sería un
presidente que, aunque ex-obispo de la Iglesia Católica y
sancionador de leyes antiterroristas, vale la pena defender. Un tipo
cómplice de la sojización del Paraguay, que “hizo lo que pudo”
frente a las poderosas multinacionales del agro y una “derecha
oligarca”, al que le “hicieron una cama” en Curuguaty donde
murieron 11 campesinos y 6 policías, para luego destituirlo con un
juicio cargado de irregularidades. Un bien intencionado, algo
ingenuo, que, a pesar de todo, promovía el diálogo con los
movimientos sociales y campesinos de Paraguay, al que no lo dejaron
gobernar ni concretar su tan ansiada reforma agraria. Sin lugar a
dudas, todo un compañero.
Más allá del apoyo crítico
o acrítico, todo el abanico especulativo de la política coincide en
la defensa de la soberanía popular, del gobierno electo.
Nos dicen que hay que unirnos
“contra el golpismo”, contra la reacción que quiere “retroceder”
frente a “todo” lo obtenido. Les encanta poner todo en términos
de progreso, e incluso los pseudo-revolucionarios nos hablan de que
la democracia nos permite “mejores condiciones para luchar” y es
necesario conquistar y defender las libertades democráticas.
Mientras tanto, es cada vez más evidente como este ideal es
utilizado para mantenernos a raya, para limitar e institucionalizar
nuestras luchas, para que no nos salgamos de las estructuras del
Estado, de sus partidos y sindicatos. Para que sigamos con esa lógica
del mal menor y del progreso, dejando para nunca más una ruptura de
fondo con la sociedad actual.
Así es como en la región
argentina, con un gobierno progresista y una izquierda que crece,
tenemos cada vez más asesinatos en manos del Estado y mientras tanto
una paz social que asusta. En Paraguay, el democrático gobierno de
Lugo militarizó el país en los últimos años justificándose con
la supuesta amenaza del Ejército del Pueblo Paraguayo, y ahora
resulta que todos debemos apoyarlo contra una “dictadura
parlamentaria”. Así como el año pasado en Egipto, el
ex-presidente Mubarak pasó de ser un democráta a un dictador en
cuestión de semanas, justificando la intervención militar para
contener las revueltas.
No solo nos siguen reprimiendo
y matando “en democracia”, sino que lo hacen en nombre de ella.
No es menor esta cuestión de la “dictadura parlamentaria” como
algunos llaman al actual gobierno paraguayo. Este nuevo híbrido de
la ideología burguesa demuestra hasta dónde puede llegar la
utilización de la falsa oposición entre dictadura y democracia.
El capitalismo es siempre
dictatorial. La producción es determinada por la ganancia y no por
las necesidades humanas. Es la dictadura del Capital sobre la vida.
A su vez el capitalismo es
siempre democrático. Son las mercancías quienes nos democratizan.
Su circulación nunca se detiene y a su paso nos iguala como
compradores y vendedores, nos reduce a nosotros mismos a mercancías,
y conduce a la miseria a quienes no tengamos que vender más que
nuestro cuerpo. Nos da la libertad de consumir, o lo que es lo mismo,
de trabajar (si podemos) o morir de hambre. Esa es la esencia de la
democracia, esas son su libertad y su igualdad, y sobre ellas se
establecen todos sus derechos y obligaciones.
Pueden cambiar algunas reglas
pero el juego es siempre el mismo: el del trabajo asalariado, la
propiedad privada y el Estado.
No decimos todo esto por una
mera cuestión de definiciones o para ser especialistas del análisis
político. Lo hacemos para desnudar la confusión que hace que nos
sintamos más a gusto cuando nos dan palos gobiernos parlamentarios,
y para que los defendamos cuando otro sector de la burguesía les
quiera sacar el poder. Pero por sobre todo sirve para que nunca
podamos imaginar algo por fuera de la democracia, del orden actual.
Es
por eso que frente a toda especulación nuestra lucha es y seguirá
siendo contra la dictadura democrática del capital.