jueves, 1 de octubre de 2026

LA DIVINA MAQUINARIA CAPITALISTA. MILEI Y EL MESIANISMO LIBERAL

DESCARGAR EN PDF

Javier Milei reflotó una vieja teoría de la conspiración: Karl Marx era satanista y el marxismo fue creado por el diablo. Esta fue expuesta en agosto durante una charla frente a estudiantes del colegio ORT, una institución educativa privada de la comunidad judía en Argentina. No es la primera vez que lo hace, siquiera en lo que va del año; ya en abril lo había desarrollado ampliamente durante un discurso en Israel. Allí agregó, en pleno bombardeo a una escuela en Irán, que «con determinadas culturas no se puede convivir». Afirmó que el comunismo «es satánico y opuesto al programa de Dios», que «el paraíso va a venir a nosotros» y que ese supuesto paraíso sería capitalista. Recibió la “Medalla Presidencial de Honor”, en reconocimiento a su compromiso con el Estado de Israel, y volvió a tierra argentina donde nos aquejan problemas mundanos de una crisis permanente, una crisis que se ha vuelto tan cotidiana que la categoría ya no describe ninguna situación extraordinaria. Es tan solo como funciona el Capital en este país.

En su discurso en la Universidad Bar-Ilan de Israel Milei adelantó un texto titulado «Capitalismo: la divina maquinaria del paraíso», epílogo de su próximo libro titulado Ética como política de Estado. Al comenzar da una descripción de carácter mesiánico, un lenguaje que la política parecía haber abandonado:

«(…) considero que abrazar los valores judeocristianos conducen a la prosperidad; (…) hemos sido expulsados del paraíso, no podemos volver al paraíso, pero si obramos acorde a las leyes de Hashem [Dios], el paraíso va a venir a nosotros.»

Milei no es simplemente un loco: es un claro producto de nuestra época, un exponente del pensamiento conspiranoico, de la falacia ad naturam, de la “ley de la atracción”, y de las mil y una maneras de defender esta sociedad. En números anteriores ya nos abocamos a la justificación religiosa de discursos en torno al Capital, la tecnología, la guerra y los grandes cambios que estamos viviendo: «Dios y la IA» (nro. 105) y «Palantir y el Anticristo» (nro. 106). En esta ocasión vamos criticar la defensa de la propiedad privada y la explotación en nombre de una suerte de argumento judeo-liberal.

“Marx satanista”: romanticismo y teorías de la conspiración

De acuerdo al Romanticismo –movimiento cultural, artístico y literario surgido en Europa a finales del siglo XVIII– del cual beben las diferentes corrientes del socialismo, la figura de Lucifer o Satanás es el arquetipo de un héroe rebelde, un ser trágico dotado de inteligencia, belleza y orgullo que desafía la tiranía divina. Por ejemplo, Karl Marx escribe un poema a sus 19 años titulado «El violinista» (1837) donde manifiesta: «Hasta que el corazón esté embrujado, hasta que los sentidos se tambaleen: / Con Satanás he sellado mi pacto». Bakunin en Dios y el Estado, escrito entre 1871 y 1872, hace lo propio: «[Jehová] Quería que el hombre, privado de toda conciencia de sí mismo, permaneciese un eterno animal, siempre de cuatro patas ante el dios eterno, su creador y su amo. Pero he aquí que llega Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos. Avergüenza al hombre de su ignorancia y de su obediencia animales; lo emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la humanidad, impulsándolo a desobedecer y a comer del fruto de la ciencia.»

En Perú, ya en 1886, mucho antes de su adhesión al anarquismo y al igual que otros autores románticos, González Prada expresó su preferencia por la figura de Lucifer: «El heroísmo está, pues, en el Diablo, que representa el valor temerario; no en el Dios omnipotente, que triunfa sin practicar la menor hazaña» («Los fragmentos de Luzbel»).

Por estas tierras también tenemos rastros luciferinos. En 1906 el poeta Alejandro Sux, exclamaba en Buenos Aires: «¡Levántate Satán! ¡ven con nosotros / rebelarnos cual tú también queremos: / nosotros somos parias de la Tierra / y del dios Capital forzados siervos / ya nos hemos cansado / de arrastrar por el mundo nuestros cuerpos /
y vamos a lanzarnos al combate / como lo hiciste tú contra los cielos… / ¡morir en la contienda por la causa / o ser rey cada cual hemos resuelto!» («Lucem Paebre», incluido en Cantos de rebeldía)

Y ante el inminente estallido revolucionario en México, Flores Magón publicaba: «Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso. Bienaventurados los corazones donde enraiza la protesta. ¡Indisciplina y rebeldía!, bellas flores que no han sido debidamente cultivadas.» («Vamos hacia la vida», 1907)

En el bando opuesto, en “tierras santas” y para argumentar sus fantasías capitalistas, Milei retomó a Richard Wurmbrand quien publicó en 1986 un libro titulado Marx y Satán. En su “investigación”, el pastor evangélico anticomunista de origen rumano sostiene que Marx pactó con el Diablo, tomando como prueba nada menos que poesías de juventud leídas de manera literal.

Ese pequeño libreto circula hace tiempo en sitios web conspiranoicos y puede estar acompañado de una supuesta correspondencia entre Marx y un rabino, mediante la que se pondrían al tanto sobre cómo iría el plan de dominación mundial para acabar con la civilización occidental. Estos libelos abonan la “teoría” del “marxismo cultural”, otro plan malévolo orquestado por las élites que explicarían no solo el comunismo, sino el feminismo, el rock o el reggaetón.

Las llamadas “teorías de la conspiración”, donde el mote de “teoría” es demasiado generoso, al tiempo que parecen dudar de todo se aferran a supuestas verdades muy simples. Mientras dudan de todo gobierno, abrazan la supuesta genialidad de nuevos candidatos. Esto mismo decíamos en el libro Contra el liberalismo y sus falsos críticos (Lazo Ediciones, 2023), que escribimos mientras crecía el fenómeno de las nuevas derechas liberales y Milei era candidato. Observábamos como esa forma de razonamiento conduce a votar outsiders para llevarlos a los parlamentos de diferentes países. Un pensamiento anclado en la sobreinformación sin discriminación y la falta de perspectiva. Un razonamiento impotente en sentido crítico y transformador.

¿Cómo tomar en serio estos argumentos que salieron de aquellos pequeños círculos para ser amplificados en universidades y casas de Gobierno? El presidente de Argentina declara:

«(…) cuando uno rechaza la ley de Dios, cuando adscribe al marxismo, el resultado no es incierto. El marxismo no es simplemente una teoría económica alternativa con errores técnicos corregibles. Es algo mucho más serio. Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista. Sus propios textos de juventud lo revelan. (…) Dice textual “pronto abrazaré la eternidad y lanzaré gigantescas maldiciones a la humanidad”, escribe Marx. Richard Wurmbrand lo documentó con rigor en su libro Marx y Satanás. (…) Los valores del colectivismo son la envidia, el odio, el resentimiento y el trato desigual ante la ley.»

Luego refiere, tomado de El libro negro del comunismo, a los 150 millones de muertos en países que se reclamaban socialistas. Deja claro que su elección no está basada en ningún análisis materialista, sino en un vago moralismo:

«Mientras que el programa de Dios trae abundancia y armonía espiritual y material, el programa marxista es un programa satánico, que –en lugar de traerte al paraíso– te trae al infierno. Ese es el programa opuesto al programa de Dios. La elección no es política, es moral.»

La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido, aunque vale la pena leer la “selección literaria” que hace el pastor rumano, en donde incluye también algunas metáforas sobre Satanás como símbolo de rebeldía. Pero Milei y compañía no hacen análisis literario ni poético, tan solo construyen una narrativa en la que el capitalismo coincidiría con el plan de Dios y el paraíso sería el Mercado. Para esta teología, el Capital no tiene génesis histórica, no «viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza a los pies» (Marx, «La acumulación originaria»). Quizás fue creado por Dios en seis días sin expropiación, sin cercamiento de tierras, sin desarrollo de las fuerzas productivas, sin proletarización. Estas fantasías religiosas también afirman que la propiedad privada no es histórica sino una revelación. Y, por tanto, toda crítica de la propiedad se vuelve, por definición, blasfemia. Seamos blasfemos, entonces.

Seamos el adversario absoluto. Satán es, según la cosmovisión religiosa, quien cuestiona, quien rompe la obediencia del mundo divino. Continuemos la obra de Marx, Bakunin y tantos compañeros que, para quitar el halo celestial con el que se presenta el orden del “más allá”, lo trajeron al más acá para explicarse cómo funciona.

El supuesto paraíso capitalista

Antes de adelantar el extracto de su próximo libro, el presidente señaló «se los quiero leer tal cual lo escribí, porque refleja, además, un cúmulo de sensaciones que yo tengo». Así, a tono con la época que nos toca atravesar, pone sus sensaciones como presupuesto contra el “satánico” método materialista. Y refuerza, nuevamente, la narrativa de que el mundo es movido principalmente por las emociones:

«(…) todos los valores que son los del socialismo, que es la envidia, que es el odio, que es el resentimiento, que es el trato desigual frente a la ley y hasta la vulneración de la vida misma, conducen a la miseria. (…) Porque hay cuatro tipos que le tienen envidia al que tiene quinientos. (…) lleva a que, además, los seres humanos se lleven mal, no pueden convivir en paz.»

Milei dice haber encontrado respuesta a la pregunta de «si hay o no un orden que nos trasciende», y que no puede callarla. Sin duda hay algo similar a un orden que nos trasciende pero es de este mundo, es social, por tanto no es trascendente en términos divinos.

Aunque disparatada, no es casual esta deriva mística de un apologeta del modo de producción actual. El Capital es el sujeto de esta sociedad porque la producción y reproducción de la sociedad esta organizada a través de la producción mercantil, donde lo que importa es que el valor se valorice, es decir, obtener la mayor ganancia posible. Nos reproducimos como especie reproduciendo al Capital y por ello se lo naturaliza y se llega al absurdo de sacralizarlo. Del fetiche propio de producir mercancías que determinan nuestra conciencia en tanto personificaciones del producto de nuestro trabajo que necesita venderse, pasamos directamente al fetiche del Capital tan propio de la economía vulgar: el dinero tendría la capacidad de generar dinero por sí mismo sin mediar la explotación de la fuerza de trabajo, tal como Cristo multiplicó los panes y los peces. De este modo, la relación social capitalista por excelencia ya no aparece solo como cosa sino también como divinidad.

Así como las guerras, la IA es otro tema ineludible. Milei también lo trata en tono religioso, al igual que Peter Thiel o León XIV, como ya vimos en números anteriores de La Oveja Negra. Nuevamente, es muy difícil comprender la realidad desde semejantes idealismos. Refiere a un «hombre antes de la caída», afirma que «el almacenamiento, el procesamiento, la comprensión que operaba en Adán era incomparablemente superior a cualquier inteligencia artificial actual», habla «de la abundancia radical del paraíso»… Entonces, al comprender que existió una Edad de Oro fuera de nuestro tiempo Milei no puede comprender que en verdad producimos nuestras maneras de organizarnos y reproducir nuestras sociedades, que somos seres históricos. Supone que hay modelos ideales a los que simplemente hay que arribar y así llega a aseverar que:

«el capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de su ley para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre. El hombre lo descubrió al obedecer. Está inscripto en los diez mandamientos. El orden moral que el creador estableció antes de que existiera cualquier Estado o cualquier mercado. No restaura la dotación divina que se perdió, no devuelve al hombre la capacidad infinita que tenía en el Edén, pero es el único sistema que, en consonancia con la ley de Dios, permite que el hombre trabaje, innove y descubra tecnología y genere prosperidad dentro de sus condiciones actuales. Y más aún, es el camino que al alinearse con esa ley permite traer el paraíso a la tierra. No el paraíso de las dotaciones infinitas. Ese lo perdimos. Sino el paraíso posible. Abundancia radical dentro del mundo caído, lograda por la obediencia al orden divino.»

Es que no solo no sucedió tal caída –aquella descrita en el «Génesis» del Antiguo Testamento, en la cual Adán y Eva pierden su inocencia tentados por la serpiente, y al comer el fruto prohibido del árbol del conocimiento son expulsados del Jardín del Edén– sino que no hay una esencia humana presocial, ni capitalista ni comunista.

Sin embargo, la falacia de todo idealismo es presentar como natural o don divino tanto aquello que justifica como aquello que ataca. Veamos la difícil cuestión de la libertad. Recordemos que se trata de un defensor acérrimo del modo de producción capitalista, que refería a la «libertad de morirse de hambre» para exponer con brutal claridad el significado de la libertad en esta sociedad. En esta ocasión dice:

«La libertad no es una conquista humana, es un don divino, y de ese don surge la responsabilidad de no esclavizar al prójimo, de no someterlo y de respetar estrictamente su proyecto de vida.»

Sin embargo, la libertad adquiere un significado específico y una forma concreta en la sociedad capitalista, no existe antes de que existan los individuos y las sociedades de las que forman parte. La libertad individual surge por la forma en que está organizada la producción capitalista: unidades de producción independientes y aisladas las unas de las otras que intercambian entre sí el producto de su trabajo. Dicho de otro modo, el trabajo se realiza de manera privada y el producto del mismo toma la forma de mercancía. Los vendedores de fuerza de trabajo son doblemente libres: libres de todo dominio personal y libres de los medios de producción. Es sobre esta base que es posible la producción de plusvalor: la fuerza de trabajo se paga por lo que cuesta reproducirla pero produce una cantidad de valor mayor. Allí reside el secreto de la explotación capitalista y la capacidad del Capital para ampliarse constantemente. Capitalistas y proletarios son de este modo libres e iguales frente a la Ley, de ahí la relación de ciudadanía que encubre un antagonismo y una desigualdad. La libertad para ambas clases es la forma que toma la conciencia que tiene como contenido la enajenación en el Capital.

Por nuestra parte, es importante machacar una y otra vez que Estado, propiedad, división sexual, mercancía o tecnología no son fruto divino, ni de la maldad o la bondad humana y, mucho menos, estaban allí esperando a ser descubiertos. Sin embargo, los delirios llegan al paroxismo cuando de justificar la propiedad privada se trata. Si no existiese el monopolio de la violencia en manos del Estado para recordarlo, la propia inercia de las relaciones sociales harían lo propio.

«También tenemos el mandamiento que dice “no robarás”. Sin propiedad privada no hay mercado. Si el fruto de mi trabajo puede ser confiscado por otro, ya sea un ladrón o un Estado que redistribuye por la fuerza, desaparece el incentivo a producir. La propiedad privada no es una convención humana arbitraria. Es el reconocimiento de que el trabajo del hombre le pertenece porque el creador mismo se lo instruyó así.»

Luego de seguir con sus emociones personales, “argumentos” hollywoodenses y referencias a Messi, continúa para afirmar que no es la propiedad privada lo que nos enfrenta unos a otros sino, por el contrario, aquello que garantiza la paz:

«(…) esto los pone en un lugar bastante incómodo a los de izquierda: “no codiciarás”. Sin respeto por lo ajeno no hay convivencia pacífica. La codicia, el deseo de apropiarse de lo que pertenece al otro, es exactamente el combustible moral del colectivismo y del marxismo. La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. (…) es la valla que protege la convivencia libre entre individuos, y son también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones. El sistema que respeta esas normas, el sistema que hace a la propiedad privada y el contrato voluntario sus pilares, es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios, y esa consonancia no es accidental, es estructural.»

Es mediante estas volteretas que tienen que explicar las guerras; no a través de la propiedad privada, sino a través de la fe y las “diferencias culturales”. Y es, a su vez, a través de estas mismas contorsiones que como cualquier cura de cualquier capilla afirma, o amenaza, que «la prosperidad material es la consecuencia natural de la obediencia espiritual». Así, como cualquier pastor que promete “pare de sufrir” aquí y ahora, como si de una publicidad de un analgésico de efecto rápido se tratase, dice:

«El paraíso no se alcanza, se trae, y se trae cumpliendo la ley de Dios aquí, en esta tierra, en este momento. Y está en el Padre Nuestro también, (…) no dice: “Vámonos nosotros al reino”, dice: “Venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo”. El paraíso viene a nosotros, a nosotros que lo perdimos, que fuimos expulsados, que no podemos volver por nuestros propios medios. Por eso, el Creador viene a nosotros, porque nosotros perdimos ese lugar y ya no podemos recuperarlo solo. “Así en la tierra como en el cielo” no es una fórmula litúrgica, es un programa, es traer el paraíso a la Tierra, y, para traerlo, el hombre debe cumplir la ley de Dios. Al cumplir la ley de Dios, vas a tener un sistema económico que es justo, que es eficiente y que, además, maximiza el crecimiento y, por ende, te derivan abundancia radical. Ese es el capitalismo en consonancia con los valores judeocristianos (...)»

Ni quienes presumen espiritualidad o se autoperciben seres religiosos pueden escapar de las promesas posmodernas de nuestra época: mas capitalismo, aquí y ahora. Ya ni falta hace prometer una vida obediente en la tierra para vivir una eternidad felices. Los consumidores no pueden esperar tanto ni pueden desear mucho más allá de lo que no conocen, el paraíso vendría a significar para ellos un capitalismo depurado de lo que no les agrada.

Contra las fuerzas del cielo, ¡viva el comunismo!

No hay comentarios:

Publicar un comentario