domingo, 10 de junio de 2018

... Y EL PESO MUERTO DE LA LEY

La ley nos da desconfianza a quienes somos sometidos por ella, es decir, a la mayoría de la población. Es un secreto a voces que la ley solo existe para mantener la riqueza del rico y la pobreza del pobre. Sin embargo, en algunas ocasiones y por diferentes motivos, los oprimidos recurren a la ley, a los tribunales, a la Justicia, pero no como acusados, sino como acusadores. Y es sobre esto que queremos compartir una reflexión.

Sabemos que en estos tiempos de posverdad se distorsiona deliberadamente la realidad con el fin de crear y modelar la opinión pública. Y los hechos objetivos tienen menos importancia que apelar a las emociones y a las creencias personales. Intentar una reflexión razonable es un pecado, pero acá vamos. Porque nunca habrá tiempos de paz para poder sacar lecciones de la historia sin estar apenados por las injusticias, con miedo a los asesinos o con urgencia por los agobiantes sucesos cotidianos que nos duelen.

Pondremos en común algunos hecho para intentar sacar alguna lección. Más aún sabiendo que muchos modelos de montaje que pasan por Italia y España luego son lucidos en Chile y se intentan imitar también en Argentina.

Para comenzar, pondremos un ejemplo breve pero no poco importante. No olvidamos cuando en 2003 cinco compañeros anarquistas en Barcelona debieron declarar ante el juez Baltazar Garzón, bajo la acusación de “banda armada–organización terrorista”, en uno de los tantos montajes del Estado español que luego se cayó. Se trata del mismo jurista–héroe que combatió los denominados crímenes de lesa humanidad, a E.T.A., el terrorismo de Estado y la corrupción política. Es el caso de quien no quiere nada fuera de la ley, ni por derecha ni por izquierda, ni lucha anarquista, ni nada que perturbe la paz social del Capital y su democracia. Es importante retener la trayectoria de estos personajes, en tanto defensores de la ley, para comprender que, si bien se podría coincidir con alguno de sus reclamos, estos no pueden separarse de un plan general. La intención de los defensores de esta sociedad no es acabar con los problemas sino reglamentarlos.

Yéndonos nuevamente a otro ejemplo español, podemos sacar alguna lección más. Carlos Palomino, antifascista de 16 años fue asesinado por Josué Estébanez, soldado del ejército de 24 años. El 11 de noviembre de 2007 iba a realizarse una manifestación xenófoba convocada por Democracia Nacional. Carlos acudió junto a tantos otros a una contramanifestación impulsada por varios colectivos antifascistas. El soldado lo apuñaló en el corazón en un vagón del metro. Lo registrado por las cámaras de seguridad muestra a este neonazi gritando «guarros de mierda», «os voy a matar», «Sieg Heil». Logró huir del metro, no sin antes apuñalar a un compañero de Carlos en las costillas. Finalmente, fue alcanzado y golpeado por un grupo de personas frente a una comisaría cercana, donde agentes municipales lograron separarlo y detenerlo.

«Hombre, sí, sabíamos que era de derechas, que tiraba para la derecha, pero nada más. No era ningún fanático, o al menos no lo dejaba traslucir», dijo uno de los camaradas del milico en una entrevista. Al comienzo, los medios hasta se encargaron de ocultar su profesión.

Finalmente, fue condenado a 19 años de prisión por asesinato y otros 7 por tentativa de homicidio. Por primera vez en España se incluía el agravante de “motivos ideológicos” en una sentencia, reconociendo a la violencia fascista dentro del marco de los “delitos de odio”.

Desde el año pasado y en el mismo país, esta figura de “delito de odio” quiere aplicarse a quien se defendió de un fascista. Por tanto, vemos cómo la festejada dureza de la ley rápidamente se vuelve en contra (claro, si se supone que alguna vez estuvo a favor). Se trata del caso de Rodrigo Lanza, chileno de 33 años quien, el 8 de diciembre de 2017 en un bar de Zaragoza, se topó con un nacionalista y en la trifulca este último terminó muerto. «Un crimen por los colores de una bandera», titularía la noticia el diario El País. El origen sudamericano del supuesto atacante solo echaría más leña al fuego. Ese hombre, que llevaba unos tiradores con los colores de la bandera española, no era un simple nacionalista, sino un simpatizante de la Falange y partícipe de un grupo de motoqueros reaccionarios que juraron vengar su muerte y que están acechando okupaciones y “guarros” por las calles de Zaragoza.

La paradoja está en que la mayoría de los antifascistas festejaron anteriores penas por “delito de odio” a nazis y/o fascistas y hoy se encuentran enfrentados a ellos pero en el banquillo de los sospechados. Remarquemos que no se trató de una caza de nazis ni de una contramanifestación o boicot organizado, sino de una pelea callejera y que la pena se agravó por la pertenencia de la víctima a tal o cual corriente política e ideológica.

A fines de abril, en el Estado español, fueron condenadas ocho personas por un supuesto ataque a dos guardias civiles y sus parejas en un bar. Las penas van de ¡12 a 62 años de cárcel! por delitos de lesiones y amenazas con carácter terrorista (¿?). El fiscal considera que hay “prueba suficiente” de que el ataque no fue ni una “trifulca” ni una “pelea de bar”, como sostienen las defensas, sino que se trató de «una acción organizada, planificada y premeditada» cuyo fin era expulsar a la Guardia Civil del pueblo e «infundir terror» en quienes no piensan como ellos.

En Argentina, el juez Bonadío ya más de una vez buscó imputar a diferentes personas, entre ellos anarquistas, por “prepotencia ideológica”. Y es el mismo juez que hoy mantiene preso al compañero anarquista Diego Parodi, aún cuando su defensa y la fiscalía están de acuerdo en la excarcelación. Evidentemente, con la ley o sin ella se puede encarcelar igual.

El 6 de marzo, en Mar del Plata, comenzó el juicio oral y público a ocho militantes neonazis acusados de doce hechos de amenazas, daños y lesiones ocurridos entre 2013 y 2016. A comienzos de mayo, en un fallo inédito, el Tribunal Oral Federal en lo Penal N°1 impuso a este grupo de neonazis penas de hasta nueve años y medio de prisión de cumplimiento efectivo, muy por encima de las requeridas por el Ministerio Público.

Uno de los motivos para que las penas fueran tan altas fue considerarlos miembros de una misma organización que, desde lo penal, se advierte como una asociación ilícita. El voto fue unánime, los tres jueces consideraron que los delitos perpetrados por los acusados y probados durante este juicio oral y público «incitan al odio» y «generaron un envenenamiento del clima social». Como sabemos que la justicia es ciega, esto nos da un poco de terror, porque tanto vale para unos imbéciles neonazis como para un grupo de desocupados, fumigados, hambreados o cualquier otro grupo que se proponga luchar contra las condiciones impuestas.

Evidentemente no tenemos una propuesta para parar a los nazis en una ciudad. A sabiendas de que el castigo estatal tampoco lo para, como no puede acabar tampoco con la violencia machista, ni con la trata, ni con nada de lo que dice castigar. Porque, recordemos, es el propio Estado el que cuenta con el monopolio de la violencia y está detrás del narcotráfico, la trata, el machismo, el rascismo y la xenofobia. Lo que también sabemos es que el castigo estatal tampoco podrá parar la lucha que enfrenta toda su violencia. Estas reflexiones solo pueden hacer sentido en quienes intentan o al menos desean acabar con el estado de cosas actual. Apelar al endurecimiento de las leyes no puede ser una posibilidad para quienes intentamos subvertir lo existente. Y no por una cuestión de principios, sino de previsión.

Porque, cuando se parte de meros principios, estos pueden ser dejados en espera en nombre de la urgencia y el realismo. Y esto ocurre porque el idealismo principista no surge de los balances de la lucha, históricos y actuales, no parte de comprender las relaciones sociales que dominan este mundo, sino de cerebros pretendidamente iluminados que quieren que su conciencia determine la existencia social. Cuando la realidad les pasa por encima, siguen depositando todo en su conciencia, pretendiendo ilusamente tener todo bajo control, mientras están empantanados en el terreno del enemigo. La total oposición a la Ley no surge de unas bellas ideas, sino de nuestra realidad y nuestra historia como clase.

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