martes, 9 de noviembre de 2021

Drugshandel en kapitaal

Recibimos la traducción de Narcotráfico y Capital al neerlandés, es nuestro primer artículo publicado en ese idioma.

La traducción corre a cargo de los compañeros de Arbeidersstemmen

Drugshandel en kapitaal

Carpeta con traducciones de La Oveja Negra

lunes, 8 de noviembre de 2021

NARCOTRÁFICO Y CAPITAL

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Es por sus aspectos más superficiales que el narcotráfico llega a la discusión pública y a la prensa. Intentaremos atravesar la superficialidad del asunto. El narcotráfico es un síntoma de la situación económica que está causando estragos en el tejido social a lo largo y ancho del país. Inseparable de los graves y generalizados problemas de adicciones, se trata de un fenómeno que crece en la sociedad capitalista. Buscaremos abordar este problema social desde un punto de vista de clase.

La droga es otra mercancía producida y distribuida según los criterios de la sociedad capitalista. De hecho, antes de ser prohibidas, algunas drogas eran producidas por laboratorios y vendidas como productos farmacéuticos.

La heroína y la cocaína, desde principios y mediados del siglo XIX respectivamente, fueron desarrolladas y producidas a escala industrial en decenas de países por empresas químicas y farmacéuticas. Ambas eran ampliamente prescritas, suministradas en hospitales y recomendadas por la medicina moderna, fundamentalmente para continuar con el trabajo o soportar dolores de heridas producidas durante las guerras. La fuerte dependencia fisiológica provocada por estas nuevas mercancías generó en los soldados y explotados en general, la veloz formación de un mercado cautivo. A través de las épocas y cambios culturales, el tráfico, las drogas legales e ilegales y los adictos han existido y tomado diversas formas hasta llegar al modo que hoy conocemos.

El tráfico de drogas en la actualidad es una rama más de la economía capitalista y, como en cualquier otra, la explotación, la muerte y la extorsión se hacen presentes. No es la primera ni la única rama productiva en la cual se emplea trabajo esclavizado o medios ilegales para eliminar a la competencia. Sin embargo, por su condición de casi absoluta ilegalidad, su escala internacional, sus consecuencias sobre una gran parte de la población y el abordaje mediático y estatal, la violencia toma una notoriedad mayor. Los productores y vendedores de droga deben asegurar su territorio, extorsionar, desalojar, tirotear, encargar asesinatos, explotar, invertir en negocios lícitos, contribuyendo a la economía. Según un estudio de la ONU el tráfico global de sustancias generó aproximadamente 321.6 miles de millones de dólares en 2003, aproximadamente un 1% del PBI mundial de ese mismo año.

… y Estado

La producción de miedo y la consecuente extensión del silencio garantizan importantes ganancias para los traficantes y sus socios, así como un efecto disciplinario en la población. Lo que hoy vivimos en Rosario ya ha sucedido o está sucediendo en otras ciudades del mundo. De hecho, ya se esperaba que esto ocurriese por parte de quienes “regulan” estas actividades. A mediados de los noventa, dos agentes especiales de la DEA (Drug Enforcement Administration: agencia estadounidense de “Administración para el Control de Drogas”) disertaron para una decena de oficiales de Inteligencia de Drogas Peligrosas de Santa Fe. Uno de ellos cerró la charla diciendo: «Todavía en la Argentina viven una relativa calma urbana con el delito de drogas. Pero esto se terminará no bien empiecen a instalarse cocinas de cocaína. Eso creará un rubro nuevo en la economía local, dará empleo, abaratará la mercadería y también la multiplicará. Cuando eso pase, tengan por seguro que habrá dos efectos: se diseminarán las muertes violentas y la corrupción policial alcanzará niveles que jamás vieron.»

Las mafias aprovechan la miseria y la complicidad estatal para actuar, lo cual no termina en las avenidas que separan los barrios del macrocentro. Hay que ser muy inocente para creer que los proyectos mafiosos que operan en una ciudad se encuentran fuera del territorio de dominio de los Estados, que ocurren donde hay un “Estado ausente”: este no mira para otro lado, ofrece protección e impunidad a los negocios. Es evidente que las mafias no podrían tener negocios millonarios sin recibir el apoyo de amplios sectores del Estado y de la burguesía, dentro y fuera de los gobiernos. Existe una fina línea entre la actividad legal e ilegal, y más delgada aún entre mafia y corrupción. Esto dificulta cada vez más la distinción entre aparato de gobierno y mafia, al igual que ocurre con sindicatos, partidos políticos y empresas.

Diferentes sectores hacen uso de la extorsión, la protección o la desprotección, el adulteramiento de mercancías, el robo y el fraude para hacer negocios. Y no se trata necesariamente de organizaciones ilegales. Quien las define o no como tales es la mafia estatal, para la criminalización de sus rivales menores o de aquellos que no trabajan con ella. Es el Estado el que tiene el poder de declarar legal o ilegal una mercancía o una práctica. En casos específicos, como las mafias del narco, estas pueden adquirir inmenso tamaño e influencia, adentrándose en la estructura estatal y no solo a través de la policía. Es conocido en Rosario que un grupo de narcos fue el encargado de desalojar a los vecinos que habitaban las tierras donde se iba a construir el casino City Center, uno de los más grande de Sudamérica, y un hotel cinco estrellas. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio para emprender negocios limpios, aportando tanto mano de obra como financiamiento.

Ley y moral

Los narcotraficantes son presentados como los enemigos de la salud pública y la sociedad en conjunto, y el gobierno como quien los combate. A esta simpleza se reduce la justificación del Estado en su embate contra el tráfico de drogas. Por su parte, la sociedad meritocrática del Capital admira a sus narcotraficantes triunfantes, sean los protagonistas de una serie o los reales devenidos en protagonistas de ficción. Y así sus caras se portan en remeras o se pintan en las paredes.

A menudo la moral está estrechamente relacionada con la ley. La ideología dominante no es más que la ideología de la clase dominante. La economía formal también produce y hace circular otros venenos para la salud, desde cigarrillos hasta comida chatarra. Dicho sea de paso, industrias como las del tabaco comercializan un tercio de su producción de manera ilegal para evadir impuestos. El narcotráfico, la “otra acumulación”, está entroncada estructuralmente con la economía capitalista tradicional. Un método adecuado para abordar este estudio, dejando de lado deliberadamente las formas habituales “moralistas” de realizarlo, es hacer a un lado los discursos y recordar que, tanto en esta como en otras cuestiones, no existen dos o más economías, sino solo una.

El narcotráfico precisa fuerza de trabajo que valorice el valor. ¿De dónde la adquiere? En general, de los desempleados del campo y la ciudad, o de los sectores más desvalidos y peor remunerados de la economía. La sociedad capitalista, además de ser una permanente fábrica de pobres, jamás puede ni podrá lograr el pleno empleo. La desocupación estructural hace que la fuerza de trabajo dependa de las ayudas sociales, se dirija hacia la emigración, la economía informal, o el narcotráfico. A pesar de los peligros que acarrea es una práctica atractiva para un sector joven de esa masa de población excedente, ya que, además de la retribución económica, puede brindar cierto estatus. Y en la corta expectativa de vida de estos proletarios la muerte no se presenta como mayor amenaza.

En el mundo…

Pero no todo se reduce a una villa, un barrio pobre, una zona rural o siquiera una ciudad. Al hablar del narcotráfico es preciso poner de relieve su carácter internacional. El avance del negocio de la droga en el mundo se dio conjuntamente con el de su supuesto control por parte de las fuerzas policíacas y militares. Hacia 1960 la lucha y colaboración internacional contra las drogas, así como contra la subversión se generalizaron. Ambas se cristalizaron en un modelo de seguridad y vigilancia estatal que se ha ido perfeccionando y adaptando a las oscilaciones de cada contexto pero, básicamente, lo que hace es operar en la construcción de la figura del enemigo interno que se esconde y se confunde con la población, legitimando el reforzamiento y la generalización policial-militar de técnicas y dispositivos de control de la población.

Países donde el narco es una referencia, como México o Colombia, no tienen su principal consumo o demanda en su interior, sino en Estados Unidos. Dicho país prohibió, entre los años ‘20 y ‘50 del siglo pasado, la distribución de heroína y cocaína, que en aquel entonces eran producidos principalmente por la industria farmacéutica de Alemania, enemigo que había que enfrentar tanto militar como económicamente. Estados Unidos tomó las riendas del movimiento prohibicionista mundial, sin que esto mejore en nada la situación de los barrios proletarios en sus zonas de influencia. De hecho, como puede comprobarse hasta el día de hoy, la ilegalización de una sustancia solo cambia las reglas del negocio, incluso aumentando su rentabilidad, pero claramente no lo suprime.

Por el contrario, su posición tenía como ventaja poder cuestionar e intervenir en los intereses económicos que otras grandes potencias capitalistas tenían en la producción y la distribución de ciertas drogas. Mientras tanto, la industria estadounidense desarrollaba otras sustancias energizantes o contra el dolor para sus soldados, tales como la morfina, la codeína, el café instantáneo, el tabaco, el alcohol, las metanfetaminas, etc.

Y fue así que el gendarme del continente comenzó a regular los negocios a través del ejército, la CIA o la DEA. Esta última, a la que nos referimos anteriormente, es la agencia del Departamento de Justicia de los Estados Unidos dedicada supuestamente a la lucha contra el contrabando y el consumo de drogas en los Estados Unidos, además del lavado de activos. Pese a compartir jurisdicción con el FBI en el ámbito interno, es la única agencia responsable de coordinar y perseguir las investigaciones antidroga en el extranjero. Sin ironías, sus siglas significan literalmente: Administración para el Control de Drogas.

Empresarios de la violencia

A diferencia del bandido, el mafioso es un empresario: no se limita a tomar una parte de la riqueza, sino que participa en su producción. Al interior de la burguesía, las capas mafiosas tienen su originalidad. En el caso del narcotráfico, sobre la base de la ilegalidad, existe un mayor control del mercado y los precios, posibilitando una enorme rentabilidad, sumado a las deplorables condiciones de explotación en que se suele realizar la producción y distribución de estas mercancías. Estas características hacen que la violencia sea un factor principal en la competencia, en comparación con otros sectores donde la productividad del trabajo y la innovación tecnológica son determinantes. Eso no quita que se busque ampliar aún más los márgenes de ganancia en la producción, fundamentalmente con la disminución de costos, como ocurre con la generalización de sustancias cada vez más nocivas para la salud. Un claro ejemplo es el notable crecimiento de muertes por sobredosis en los principales países consumidores, como Estados Unidos (cerca de cien mil en el último año), muchas de las cuales se atribuyen a la adulteración y disminución de la calidad de aquellas.

Con el narcotráfico, la competencia “desleal” y la violencia extraeconómica (coacción, patotas, secuestros, asesinatos, torturas), aplicada tanto entre mafias como hacia las poblaciones que explotan, someten, o sus consumidores, se ven a plena luz con su rostro más extremo. Pero esto no quiere decir que la competencia capitalista habitual esté exenta de los procedimientos extraeconómicos, así como la explotación de una clase por otra es fundamental en ambas expresiones burguesas.

El narcocapitalismo no puede hallarse separado del capitalismo tradicional, es su engendro y no puede dejar de establecer una innegable y permanente interinfluencia. Esto queda de manifiesto en la ineludible necesidad de lavar las cuantiosas sumas de dinero sucio producidas por el narcotráfico para contribuir a la reproducción del Capital en su conjunto.

Hay múltiples y cambiantes formas de lavar dinero. Una frecuente es entrar en complicidad con una empresa que opera legalmente en la economía formal, de manera tal que el dinero obtenido de las transacciones ilícitas se “mezcle” e incorpore al capital legal, cumpla sus obligaciones fiscales y oculte de esa manera su origen. Otra, es la creación de empresas fantasma, que directamente fingen realizar ciertas operaciones con el objetivo de lavar dinero. Con sus diversos procedimientos, este dinero contribuye a sus socios clandestinos de la banca, la bolsa de valores, empresas de todo tipo, e incrementan la recaudación estatal en países donde es tan habitual la evasión fiscal. Una parte del excedente capitalizado en el narcotráfico, además, se utiliza para sobornos y compra de conciencias, tanto de individuos como de instituciones, tanto con dinero sucio como lavado, dependiendo de las circunstancias en que se realizan dichas transacciones.

En el número anterior del boletín mencionábamos los vínculos del narcotráfico en la región con el desarrollo inmobiliario, las concesionarias de autos o la representación de jugadores de fútbol. A esto sumamos las casas de cambio, las “cuevas”, las financieras, cuyos vínculos son cada vez más evidentes. El lavado de dinero progresivamente aparece también asociado a la comercialización de criptomonedas por la posibilidad del anonimato y la virtualidad para mover grandes sumas, fenómeno ya generalizado en otras partes del mundo.

Un problema sin solución

El desarrollo del narcotráfico en las últimas décadas es inseparable de las dificultades para la obtención de grandes ganancias en diferentes ramas de la producción, así como de la desocupación que arrastra tanto al consumo como al trabajo en esta creciente industria. Se encuentra completamente arraigada en la reproducción del Capital, así como en la reproducción de la fuerza de trabajo.

En este sentido cabe preguntarse si, para las fuerzas del orden, es posible erradicarlo o no existe otro camino que el de ponerle límites. El gran problema en Rosario, asumido por periodistas y funcionarios, es que se trata de un crimen no muy bien organizado, principalmente descentralizado, de una competencia poco regulada y de una fuerza de trabajo poco controlada que no respeta los territorios asignados. En fin, se reclama una falta de monopolio para acabar, de momento, con la extrema violencia.

Los modos más visibles de combatir al narcotráfico por parte de los Estados pueden sintetizarse así: 1) Ataque frontal al avispero, que tiene como resultado no solo los severos daños “colaterales” con niveles de violencia y asesinatos cada vez más alarmantes, sino también, que la aprehensión y muerte de los capos produzca la dispersión, subdivisión y proliferación del narcotráfico, efecto que estamos sufriendo en esta ciudad en los últimos años. 2) Declarar públicamente que se continúa el ataque frontal, pero negociar bajo la mesa con los jefes de la “otra economía”. Esta política que, hasta cierto punto, puede restablecer la paz y corregir los aspectos más negativos del ataque frontal (destinado en realidad al fracaso) está lejos de eliminar la narcoeconomía. Más bien la protege, la alienta y le da un seguro de vida. Y al hacerlo, deja sin corregir los problemas de la salud pública aparejados a la existencia del narcotráfico. 3) Combatir, no tanto directa como indirectamente, al narcotráfico; es decir, dar prioridad a la lucha contra el lavado de dinero y todo lo que implica, en vez de enfrentarse directamente con los carteles productores y comercializadores de las drogas y estupefacientes de todo tipo. Esta táctica, de la que se habla mucho actualmente en la región, ha sido inútil o de efectos muy limitados donde ya fue aplicada, por la obvia e innegable razón de que el régimen capitalista tradicional (importantes sectores de la burguesía y una parte nada desdeñable del Estado) no está dispuesto a deshacerse en verdad de esos recursos económicos que benefician a ciertos particulares y al sistema tomado en conjunto. 4) Pugnar porque se legalicen las drogas, empezando por las menos dañinas, como por ejemplo la marihuana. Esto supone dos problemas: la desaparición abrupta de un sector de la narcoeconomía que acarrearía una crisis de impredecibles consecuencias; y agregamos la impredecible fuga de esas fuerzas narco a otros sectores que puedan producir ganancia. El otro obstáculo tiene que ver con la opinión pública. Su parte más conservadora está convencida de que la legalización de las drogas dañaría más que nunca la salud pública, razón por la cual cada vez que se habla de legalizar las drogas pone el grito en el cielo.

Por otro lado, en Rosario se ha aplicado en varias ocasiones la saturación de la región mediante fuerzas federales como Gendarmería, lo que ocurre actualmente una vez más. Su resultado es una relativa pacificación de breve duración en las zonas de mayor violencia y un efecto de tranquilidad en el humor social, pero no un enfrentamiento directo al narcotráfico, lo cual se evidencia en la falta de avance en las investigaciones, detenciones, incautaciones de droga, etc.

Sin minimizar la situación, tampoco queremos dar la imagen de un escenario apocalíptico. El futuro no está en el reinado de la ilegalidad y la violencia, sino en una mezcla creciente de norma y transgresión, de ilegalidad y legalidad. El llamado Estado de Derecho es una necesidad capitalista. Los negocios rompen las reglas, pero las reglas son necesarias, incluso para el comercio ilegal. Sin la prohibición, determinadas mercancías serían menos rentables. El auge de las mafias es ciertamente un signo de crisis, pero de una crisis que también produce la ilusión de un capitalismo que se ha vuelto ajeno a sí mismo: o virtual, o bárbaro, o en proceso de eliminación progresiva del Estado, y que ya no se basa en las relaciones de clase y en la explotación del trabajo, sino sólo en la depredación mediante la violencia.

De ahí la otra ilusión, la de querer “volver” a un capitalismo decente: virtuoso, pacificado o saneado. Porque la imagen del monstruo alimenta la esperanza de la posibilidad de un mal menor, de un ablandamiento democrático.

 

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Para el presente artículo nos han servido de referencia los textos:

Prolegómenos para un estudio del narcotráfico, Enrique González Rojo Arthur. México, 2013

Capitalismo más drogas igual genocidio, Michael “Cetewayo” Tabor (Panteras Negras). Estados Unidos, 1969

Empresarios en la violencia (Sicilia, mafia y capitalismo), Gilles Dauvé. Francia, 2015, del cual no existe traducción al castellano.

CICLO DE CINE EN LA BIBLIO

En octubre volvimos a las actividades públicas en el local luego de casi dos años completos de restricciones y obstáculos. Los sábados 23 y 30 de octubre proyectamos Diablo, Familia y Propiedad (Dir.: Fernando Krichmar, 1999) y Tierra Adentro (Dir.: Ulises De la Orden, 2011), respectivamente, para conocer y reflexionar acerca de la formación del Estado argentino y el desarrollo del capitalismo en la región, con sus repercusiones hasta la actualidad. Lo titulamos Ciclo de cine anticapitalista y recorrimos de norte a sur la violencia de las fronteras que delimitan “nuestro” mapa. 

Invitamos a reproducir dicho ciclo donde se desee, sea una biblioteca, un centro social o en alguna casa entre amigos, familiares, conocidos… Preparamos un folleto para acompañar las proyecciones y los debates que está disponible en nuestra feria y que también compartimos en nuestro blog, del cual dejamos algunos extractos a continuación: 

«Las regiones del Chaco, la Pampa y la Patagonia tienen, con sus matices, una historia similar. Los montes del Norte y los glaciares del Sur son los puntos extremos de un país que, antes de ser anexados militarmente, era solamente una cuarta parte de lo que es hoy. Muchos años después de haberse declarado libre del Imperio Español su flamante ejército se movilizó para que dichos territorios queden integrados en la República. Considerados heredados del antiguo Virreinato, nunca habían sido realmente ocupados por las fuerzas coloniales. 

La enorme resistencia de casi 400 años en los inmensos montes del Chaco, en la Pampa y el norte patagónico, teniendo su análogo del otro lado de la Cordillera con la Guerra de Arauco, encontró su derrota, no en la Corona Española sino en los nacientes Estados modernos. 

En todas estas regiones, la brutalidad impuesta por la dominación del Estado argentino por medio de la violencia persiste al día de hoy con un mismo objetivo: la coacción a través del trabajo asalariado y la privatización de la tierra.»

Leer y descargar el folleto AQUÍ

sábado, 23 de octubre de 2021

Folleto del Ciclo de Cine Anticapitalista

Disponible en formato digital el texto compartido en el Ciclo de Cine Anticapitalista realizado en octubre de 2021 en la Biblioteca y Archivo Alberto Ghiraldo.

Leer y descargar como folleto AQUÍ.

 

domingo, 19 de septiembre de 2021

NEGOCIO, DELITO Y MUERTE EN ROSARIO

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En la ciudad de Rosario estamos viviendo un inusitado contexto de violencia que ha venido agravándose en los últimos años. Sumado a la gran cantidad de robos comunes que se suceden en toda la ciudad, los hechos de violencia extrema vinculados al narcotráfico y al crimen organizado han incrementado notablemente la situación de riesgo y miedo en que habitamos.

Evidentemente, la miseria, la marginación, el desempleo y el deterioro de los lazos sociales influyen tanto en el crecimiento de la violencia, como del narcotráfico y del delito en general, retroalimentándose. La corrupción de las fuerzas de seguridad y del sistema judicial, así como de los políticos y empresarios “legales” con su participación directa o indirecta en la industria del delito es notable, y el narcotráfico en particular ha adquirido una dimensión tal que el problema ya se plantea como inabordable por los funcionarios a cargo. Tampoco debe olvidarse el desastre que significa la justicia penal en la Argentina, donde la mayoría de las personas privadas de su libertad no tienen condena y pertenecen prácticamente en su totalidad a los sectores más marginados de la sociedad.

Cuando desde diferentes sectores nos oponemos a pedir más mano dura, somos acusados de defender a los delincuentes, no solo por la burguesía sino también por otros explotados y oprimidos. Si bien como clase somos los que principalmente padecemos los asaltos o la preocupación por zafarlos, esto no puede justificar la brutalidad estatal. Cuando los explotados no pelean contra los explotadores, pelean entre ellos mismos. Y la publicidad del “trabajador honrado” que pide mano dura es la coartada que precisan ciertos sectores de la burguesía para poder implementarla. (Ver: Venganza por mano propia en nro.43 de este boletín)

En la ciudad de Rosario, entre enero y marzo de este año se registró un promedio de 2,3 personas baleadas por día, cifra que incluye los asesinatos y heridos por armas de fuego. Así comenzó el año y así continúa. Entre el lunes 6 y el martes 7 de septiembre, se llegó al récord de 6 muertes por homicidios en 24 horas, 5 de las cuales sucedieron en el plazo de 10 horas. Según un informe del Observatorio de Seguridad Pública, dependiente del Ministerio de Seguridad de Santa Fe, cerca del 80% de los 212 homicidios que este organismo registró el año pasado fueron con un arma de fuego y cerca del 50% tuvieron por motivo «tramas asociadas a organizaciones criminales y/o economías ilegales», relacionados principalmente con lo que se denomina como narcomenudeo. Un 7,5% sucedieron en situación de robo, un 30% por conflictos interpersonales y un 13% están aún en investigación. El 90% de las víctimas fueron hombres y 2 de cada 3 muertos tenían entre 15 y 34 años.

La violencia armada acontece casi en su totalidad fuera del centro y se acrecienta en los barrios de la periferia urbana. Incluso durante el aislamiento social y obligatorio continuó aumentando el número de asesinatos y heridos de bala. Esta situación empezó a evidenciarse hace ya una década, llegando en 2013 a duplicarse las tasas de homicidio que se habían dado hasta 2010. En 2014 se llegó a la cifra de 254 muertes por homicidio, que no ha variado sustancialmente en los últimos años. Entre 2014 y 2020 la tasa de homicidios promedio en Rosario fue de 16 cada 100.000 habitantes, una de las más altas del país junto con la ciudad de Santa Fe, que llega a 19. Recordemos el Triple crimen de Villa Moreno sucedido el 1° de enero de 2012, donde fueron asesinados Mono, Jere y Patom, militantes del Frente Popular Darío Santillán (ver nro.1 de este boletín). Este caso puso de relieve cómo la violencia narco impacta sobre el común de los habitantes de los diferentes barrios de Rosario, completamente al margen de las bandas en conflicto.

Como veíamos, la mayoría de los homicidios están relacionados con disputas territoriales dentro del mapa de la venta de drogas, donde las fronteras de cada grupo narco se establecen y desplazan de acuerdo a su nivel de violencia. Pero no solo son los personajes ligados al narcotráfico quienes asesinan y balean: hay desde barrabravas por el control de la tribuna y sus negocios, hasta empresarios farmacéuticos que contratan sicarios para eliminar a la competencia. No todo es competencia leal en el capitalismo, así como el gatillo fácil existe entre derechos y garantías.

Quienes viven fuera de Rosario sabrán que las balaceras sobre casas, autos y locales comerciales se han vuelto una práctica diaria. Ajustes de cuentas, aprietes para desalojar casas donde instalar “búnkers”, cobro de deudas y hasta infidelidades son algunos de los motivos, aunque muchos de los atacados no encuentran explicación alguna. Ese es el nivel de violencia en la resolución de conflictos interpersonales. Así como aumenta el trabajo precario, con las apps de delivery a la cabeza, otra “salida laboral” en Rosario es el sicariato: también en moto, sin cobertura médica y pago por trabajo hecho.

Más allá del sensacionalismo de los medios de comunicación en torno a estos temas, y de las comparaciones con México o Colombia que poco explican, remarcamos la gravedad de esta situación que dificulta aún más las condiciones de vida de nuestra clase. Qué decir de quienes pierden a seres queridos en robos o disputas, o a sus hijos reclutados como “soldaditos” de los “búnkers”, arriesgando la vida por robar un teléfono o sumergidos en adicciones.

Usos de la inseguridad e industria del delito

Se trata de un secreto a voces que la delincuencia es de utilidad para la sociedad capitalista: como señala Foucault, cuantos más delincuentes y más crímenes existan, más miedo tendrá la población; y cuanto más miedo en la población, más aceptables y deseables se vuelven el control y la protección estatal. Incluso, agregamos, a sabiendas de que esta no protege ni protegerá.

La delincuencia posee también una utilidad para la producción y la circulación, se trata de una empresa provechosa y en continuo crecimiento indispensable para el lucro capitalista: tráfico de armas, de drogas, venta de personas. Toda una serie de negocios que, por una u otra razón, no pueden ser legales.

Por otra parte, ciertas organizaciones criminales contribuyen también a combatir manifestaciones, ocupaciones y piquetes, desaparecer a opositores y luchadores sociales, y proveer de seguridad y guardaespaldas a políticos, sindicalistas y empresarios.

En un artículo titulado sugestivamente Concepción apologética de la productividad de todas las profesiones, Karl Marx dice que, así como el filósofo produce ideas, el poeta poemas o el cura sermones, el delincuente produce delitos. De este modo, produce también la policía, los manuales de derecho y códigos penales, los funcionarios que se ocupan de los delitos y sus castigos, así como también arte y literatura. Marx dice que podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo en que el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Que los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección, si no hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. En este sentido, agregamos el desarrollo tecnológico en materia de seguridad, así como el crecimiento de este sector en particular, que aparece como alternativa frente a la ineficacia o participación estatal en el delito.

Los negocios legales se supone son lo contrario a los negocios ilegales, de modo que la conciencia ciudadana pueda dormir tranquila. Pero unos no existen sin los otros. El turismo se retroalimenta con el tráfico de drogas y personas para esclavizar sexualmente, así como ciertos minerales que son utilizados por empresas altamente tecnologizadas para la producción de teléfonos son extraídos mediante la esclavitud y la guerra en el Congo. En el caso del narcotráfico en Rosario se han demostrado vínculos claros con el desarrollo inmobiliario, las concesionarias de autos o la representación de jugadores de fútbol.

Mientras exista dinero habrá robo

En realidad, el robo es una constante para los explotados, aunque no se perciba como tal: el desempleo, la precariedad del sector “informal”, el aumento de la inflación y los sobreprecios, no parecen indignar tanto como la denominada inseguridad de las calles. Desde el patrón al gobierno, desde el sindicato al empresario, nuestra vida es consumida día a día. Será que la sociedad ha naturalizado la miseria, pero no todavía que un desconocido nos asalte. Costumbre o no, la denominada inseguridad empeora las condiciones de vida de nuestra clase. Reduce la capacidad de movimiento, achica el salario o como sea que nos ganemos la vida en gastos relativos a la seguridad (rejas, taxis, reposición de objetos robados, alarmas comunitarias, cámaras de seguridad, seguros), por no hablar del estrés generado, las consecuencias físicas, o hasta las pérdidas humanas.

“Nos robamos entre pobres” se suele señalar de modo crítico. Eso no importa a las fuerzas ciegas del dinero. La ambición, el lucro y la competencia anteponen la ganancia a cualquier precio. Sí, a cualquier precio. Nosotros también tenemos precio, y no porque el asaltante nos haya puesto uno: ya lo teníamos desde antes. La generalización de la sociedad mercantil y su “guerra de todos contra todos” crea un suelo fértil para estos robos y asaltos, así como el desarrollo del crimen organizado. Mientras exista propiedad, Estado, policía y un culto al progreso individual, habrá enfrentamientos entre explotados. Mientras exista dinero, no habrá suficiente para todos.

LUZ, CÁMARA, ELECCIÓN

Durante agosto y septiembre hemos asistido, quizás, a la campaña política más bizarra de la historia de este país. No vamos a enumerar canciones, actuaciones y demás extravagancias de los políticos. La fiesta de la democracia ya se reduce a un video de Tik Tok.

En las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 12 de septiembre se definieron las candidaturas de las agrupaciones políticas que disputarán diferentes cargos legislativos en la mayoría de las provincias. Para noviembre nos espera otro show de cara a las generales.

En la elección se expresó un claro rechazo al oficialismo. Producto de esta derrota, comenzaron a desarrollarse varias tensiones internas en el gobierno. Por parte de los sectores más abiertamente kirchneristas se exige un cambio de rumbo inmediato con aumentos en salarios y ayudas sociales. Han desarrollado una desopilante capacidad para no responsabilizarse de nada: primero “pero Macri”, ahora contra su propio presidente.

Referentes de sindicatos y movimientos sociales, provenientes principalmente de un oficialismo crítico, insisten en la urgencia de repartir un poco más para paliar la miseria. Evidentemente, la supuesta inclusión y la ampliación de derechos no reditúan la suficiente cantidad de votos. En una entrevista radial del mes pasado, Juan Grabois, dirigente de Patria Grande y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), insistía sobre el importante rol de este tipo de organizaciones en la actualidad: «Hay que dejar de pensar que el problema de la conflictividad social en argentina somos los movimientos sociales. El Polo Obrero hoy está conteniendo 60 grupos que si no estuvieran desfilando por la 9 de julio estarían haciendo cosas peores. Ustedes no entienden lo que nosotros hacemos por la paz social en este país, no lo dimensionan». Ha sido justamente la profunda institucionalización de la lucha y los movimientos sociales lo que explica las grandes imposibilidades para el desarrollo de expresiones de lucha combativas, que permitan empezar a cambiar este rumbo. A pesar de la terrible situación de pobreza y desempleo y a pesar de las fuertes convulsiones sociales que han sacudido a diferentes países de la región, la paz social aún domina en este país.

La participación en las PASO fue del 67% del padrón. Tendencia similar a la que se venía dando en los comicios previos de este año realizados en Jujuy, Misiones, Salta y Corrientes. En esta última se esperaba una afluencia mayor a las urnas porque se elegía gobernador. Sin embargo, la participación no superó el 65%. Desde hace años los votos en blanco e impugnados son ninguneados mediáticamente para no opacar la fiesta de la democracia. En esta oportunidad, la suma de ambos alcanzó un relevante 7% a nivel nacional que fue interpretado por diversos medios como votos dirigidos contra el gobierno que no logran ser captados por las fuerzas opositoras. Aunque en el “voto bronca” cabe de todo, en definitiva se trata de un fuerte descontento general y no simplemente de temor y apatía producto del coronavirus.

De este descontento han sabido aprovecharse algunos candidatos presentándose como “antipolíticos”. Si bien es un posicionamiento compartido por varios candidatos de izquierda a derecha que buscan sacar tajada del cansancio, fue la fuerza política “La libertad avanza” en la ciudad de Buenos Aires, la que obtuvo mejores resultados en este sentido. Esto podría ser simplemente una curiosidad coyuntural, de no ser porque Trump y Bolsonaro llegaron al poder apelando a dicho sentimiento de descreimiento en los políticos, aunque no en el orden social. Por el momento parece lejana esta posibilidad, a la vez que una parte del caudal de votos de dicha fuerza política se debe a la novedad y a un rechazo de lo establecido (completamente limitado, claro está), más que una adhesión a ciertos postulados liberales o de derecha que promueven este tipo de candidatos.

«Vamos a dinamitar el sistema» gritó Javier Milei en campaña, quien se decía anarcocapitalista y ahora es la sorpresa de las elecciones. No es el primero que dice odiar a la “casta política” y tener que «meterse en el barro de la política para luchar por la libertad y para construir el país que nos merecemos como sociedad». De izquierda a derecha siempre usan la misma metáfora. El personaje en cuestión dijo que su proyecto de país «se resume en una sola consigna: primero estás vos». Y esa es la tónica de la campaña, porque es la tónica de nuestro tiempo. Así puede pensar incluso la mayoría de quienes se asustan de estos nuevos personajes: “primero yo”. Es el mismo ridículo que habla de clase política, en sintonía con quienes afirman el fin de las clases sociales, e inventan nuevas “clases”, ya sea una casta, una élite o unos chetos. Es la misma lógica absurda que se preocupa por los personajes, sus biografías y las características personales, y no por el rol de los funcionarios estatales, justamente, en la máquina estatal. Sobre esa base se asientan las campañas electorales.

Volviendo al outsider economista, este afirmó en conferencia de prensa el domingo tras las elecciones que «no es un problema de personas sino de ideas». En realidad, su discurso se nutre de ambas cuestiones, y aparece tanto la crítica a los políticos ineptos y corruptos, como un profundo idealismo que, como tal, está lejos de comprender lo que está ocurriendo. Su incansable discusión de ideas en los medios se ha basado en citar datos de la realidad seguidos de postulados y conceptualizaciones tautológicas, muy propias del pensamiento económico liberal y que nada explican sobre la dinámica social.(1)

Este discurso, a su vez, se ha moderado en su incursión política, apelando cada vez más a las emociones, al «despertar de los leones de la libertad». Pero no nos detenemos en este suceso electoral únicamente por su peso propio, sino por su relación con la política en general. Cuando el idealismo demócrata y progresista comienza a ser insostenible, qué mejor que un buen contrincante que le permita seguir luchando en su propio terreno, para seguir evitando un desborde social. Y así nos llamarán a hacer frente contra la derecha, junto a una parte de los verdugos del pueblo, así hablarán de “fascismo” para llamar a hacer un Frente antifascista con quienes hoy nos gobiernan y explotan.

Diferentes caras, diferentes personajes para gestionar y administrar la normalidad capitalista. Esa que a veces señalamos como extractivista, injusta, machista, represiva, especuladora, racista. Esa de la cual denunciamos sus supuestos excesos, que en verdad no son más que su esencia. La pregunta del qué ha sido reemplazada por el cómo: ya no se pregunta qué tipo de sociedad es esta, sino cómo puede ser llevada adelante.

Como decíamos en el artículo Repres(entac)iones en el nro. 62 de este boletín: Esta sociedad mercantil generalizada es una sociedad de la representación. No simplemente por la democracia representativa o por la importancia de las apariencias. Es que, el corazón de este mundo, la mercancía, se muestra con un rostro que no es el suyo y nunca expresa su naturaleza profunda. Las mercancías no se detienen, en el momento del intercambio, a decirse qué son. Se relacionan entre sí en función de una forma exterior, de un envoltorio: cada una envuelve una porción de trabajo que le es indiferente. Y puesto que todo es mercancía, nuestro mundo es una sociedad de la representación. 

 

Notas:
(1)
Sobre los argumentos liberales más comunes hemos reflexionado en el nro. 11 de Cuadernos de Negación. Se trata de los apartados Críticas a las críticas de las teorías marxianas del valor y Minusvalías.

Nuevo Folleto: LA COMUNA DE PARÍS

En el año del 150° aniversario de la Comuna de París, desde Lazo Ediciones publicamos un artículo de Rodrigo Vescovi (autor de Acción directa en Uruguay 1968-1973) acerca de este fundamental suceso en la lucha por la revolución social. Esta publicación se suma a la edición que realizamos del libro La Comuna de París. Revolución y contrarevolución (1870-1871) de Proletarios Internacionalistas en junio de 2017, cuya lectura recomendamos para ampliar sobre el tema. El folleto incluye también un mapa infográfico acerca de la situación político militar de París del 22 de mayo de 1871.

«La Comuna de París fue un breve, aunque imponente, proceso  insurreccional desatado en el contexto de una cruenta guerra entre Francia y Prusia. Con una población sitiada y hambreada, y un gobierno progresista que, como de costumbre, no colmó las necesidades de la gente, el 18 de marzo de 1871 se produjo la revuelta y la proclamación de la Comuna, iniciando un proceso de profunda transformación social. Aunque ahogado brutalmente en la represión, este suceso significó para el proletariado internacional que la revolución era posible y, con ella, una sociedad sin clases, Estado ni propiedad privada.»

Ya está disponible en nuestra feria y será incluido en la próxima entrega de las suscripciones de la biblio junto al nro. 15 de Cuadernos de Negación: Notas sobre sexo y género.

La Comuna de París también se puede descargar su edición digital:
Descargar folleto con mapa
Descargar folleto sin mapa
Descargar mapa

sábado, 31 de julio de 2021

¡Adelante! espirítus feroces - de Santiago Maldonado (por La Oveja Negra)


 Esta canción fue nuestra contribución desde la ciudad de Rosario a la transmisión «Recordando al Lechu» del sábado 31 de julio de 2021. A cuatro años de la desaparición forzada de Santiago Maldonado.

miércoles, 14 de julio de 2021

LAS PALABRAS Y LAS COSAS

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Podríamos afirmar que las palabras van y vienen, se las lleva el viento, pero no del todo. En una conferencia a principios de junio, Alberto Fernández, en un intento de halago a su cómplice español Pedro Sánchez, dijo: «escribió alguna vez Octavio Paz que los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos de los barcos. Y eran barcos que venían de Europa. Así construimos nuestra sociedad».

Esto causó un intenso revuelo, indignaciones, críticas, risas, pero ya pasó… Las palabras van y vienen. Desde las del patriota ministro de seguridad bonaerense Sergio Berni diciendo que «el ser nacional, tal cual lo describía Jauretche, es una mixtura de sangre criolla, indígena y extranjera, que nada tiene que ver con esa frase de que han bajado de los barcos», hasta las de latinoamericanistas aprovechando para recordar que lo que llegó de los barcos fue la colonización y el saqueo, refiriéndose a las carabelas que habían llegado siglos antes. No era de esos barcos que hablaba el imbécil del presidente, pero poco importaba. Los principales medios opositores no se indignaban tanto del racismo y la ignorancia presidencial, sino de la falta de diplomacia hacia los países del continente.

La dura realidad cotidiana poco parece ofender y lo que se dice parece molestar más que lo que se hace. De hecho, la política local, más aún de cara a las elecciones, plantea principalmente cuestiones de forma. El gobierno habla de derechos e inclusión, la oposición de la “república”, de la defensa de la institucionalidad. Ya no se habla de medidas económicas, de “modelos” productivos, quizás porque el margen de acción de la política sea cada vez más limitado en un contexto de crisis. Señalar la preponderancia de los discursos no quiere decir que no se hagan cosas, o que simplemente se oculte lo que se hace, sino que esta se relaciona con una particular forma de hacer, para mantener lo existente con el menor sobresalto posible. No decimos esto porque consideremos una cosa mejor que otra, sino para situar el momento en el que nos encontramos, y porque dichas lógicas no se encuentran separadas de una forma de decir y hacer de la sociedad en general. En las discusiones muchos pueden participar, opinar, incluso sentir la indignación en carne propia. Es parte de la fiesta de la democracia.

Las palabras cautivas

En algún momento de nuestra historia tomamos conciencia de que pensamos a través del lenguaje y comenzamos, entonces, a pensar el lenguaje mismo. En el desarrollo de este campo específico, se ha llegado al extremo de establecer que las palabras están separadas definitiva e irremediablemente del mundo material, en lo que se denominó “giro lingüístico”. Dicho argumento viene comúnmente aparejado a la noción de que el lenguaje constituye la realidad, que somos constituidos por discursos mientras que, en verdad, somos construidos por relaciones sociales, y en ese proceso producimos discursos. La sociedad produce los discursos, no los discursos a la sociedad. A menos que consideremos que «En el principio fue la palabra», tal como señala la vulgata de la Sagrada Biblia.

Desde esta perspectiva, tan presente en los tiempos que corren, el estudio de la historia se reduciría a un género literario más. Ya que nos basamos en textos y la realidad que analizamos es accesible por medio del lenguaje, aprenderíamos solamente “la representación discursiva de la realidad”. A partir del momento en que manipulamos sistemas simbólicos no existiría un barco “real”. Lo que pensamos como “realidad” no sería más que una convención de nombres y características. En efecto, según esta preponderancia otorgada al lenguaje, todo lo que se encuentra fuera de las palabras sería inconcebible por definición. Se supone, entonces, la necesidad de nombrar algo para hacerlo real, pero quizás se trate de hacer realidad lo aún no nombrado, que sopla desde el fondo de los tiempos.

«Afirmando que “la realidad consiste en lenguaje” o que el lenguaje “sólo puede ser considerado en sí mismo y por sí mismo”, los especialistas del lenguaje se pronuncian por el “lenguaje-objeto”, por las “palabras-cosas”, y se deleitan con el elogio de su propia reificación. El modelo de la cosa se hace dominante, y la mercancía encuentra una vez más su realización y sus poetas. La teoría del Estado, de la economía, del derecho, de la filosofía, del arte, todo tiene ahora ese carácter de precaución apologética.» (Internationale Situationiste nro. 10, Las palabras cautivas)

Barcos van y vienen

Hacia fines de abril concluía la licitación de la llamada Hidrovía Paraná-Paraguay, más precisamente del tramo principal desde la confluencia del Río Paraná con el Río Paraguay hasta la desembocadura del Río de la Plata. El gobierno inicialmente otorgó una prórroga por 90 días y luego resolvió que, tras dicho plazo, la gestión de este canal navegable pasará a manos del Estado a través de la Administración General de Puertos. Esta Sociedad del Estado se encargará del cobro de peajes, del control de la circulación en la Hidrovía y de contratar los servicios necesarios para garantizar su funcionamiento, como tareas de dragado, redragado y balizamiento. Se mantendrá de este modo al menos por doce meses, mientras se confecciona un nuevo pliego licitatorio donde se contemplan nuevas obras para adaptarse a los crecientes requerimientos de carga, así como la posibilidad de una gestión mixta con mayor injerencia del Estado.

Más allá de los claros fines recaudatorios y las pujas en torno a su administración, esta vía fluvial es de enorme importancia económica, tanto para la Argentina como para los países de la región. Desde el comienzo de su desarrollo hacia fines de los ‘80 las cargas se han multiplicado incesantemente, pasando de 700.000 toneladas en 1988 a cerca de 17,4 millones en 2010, llegando a 36 millones en 2015. El presidente de la Bolsa de Comercio de Rosario afirma que en 2020 se exportaron 70 millones de toneladas desde la zona del Gran Rosario. Se estima que un 80% de las exportaciones argentinas pasan por este canal, con la clara primacía de la soja y sus derivados.

El desarrollo de la hidrovía ha favorecido ampliamente la extensión de la producción de diferentes granos en la región, a lo que se ha sumado la progresiva instalación de plantas industriales como las aceiteras, puertos y terminales especializadas. El constante tránsito de barcos de ultramar y el asentamiento del cordón agroexportador destruyen sistemática e inevitablemente el río, parte elemental de la vida en este lugar de la tierra.

El impacto ambiental está en boca de todos, especialmente luego de un brutal año de quemas en las islas y frente a una bajante fluvial de cifras históricas. Los defensores del funcionamiento y desarrollo de la hidrovía ya tienen sus argumentos preparados y plantean, por ejemplo, que el impacto ambiental generado por el traslado de los barcos hacia la zona de la producción agrícola es muchísimo menor al del traslado de la carga hacia los puertos más cercanos al mar. Las discusiones técnicas, muy propias del ecologismo ciudadanista, resultan inocuas y hasta necesarias para el desarrollo del Capital. Presentadas de forma aislada, constituyen una clara expresión de la precaución apologética que referíamos. La realidad nos obliga, justamente, a la crítica de la totalidad. En el caso de nuestra región, la necesaria crítica de la hidrovía debe abarcar la producción regional en su conjunto. En el contexto actual, la enorme dependencia de las exportaciones del agro evidencia aún más que los problemas llamados ambientales sólo pueden resolverse con una profunda transformación social, con el rechazo de la valorización y la ganancia como dinamizadores sociales.

El barco de los necios

Motivos para la lucha sobran, pero parece, por lo pronto, tener más peso lo ofensivo de un discurso. Lo característico es la respuesta a este tipo de agravios, que usualmente no va más allá de una burla en las redes. Poco se difunden, se sienten y convocan sucesos como el asesinato a sangre fría del joven qom Josué Lago el 11 de junio; un nuevo caso de gatillo fácil a manos de la policía de Chaco, pocos días después de los dichos del presidente.

La normalidad continúa, mientras la jubilación mínima apenas supera los 23 mil pesos, mientras la inflación y la desocupación continúan creciendo. En tiempos de elecciones las acusaciones se agitan, pero es necesario recordar que la política no es una cuestión de nombres propios. No se trata de señalar los sucesos represivos, las aberraciones de uno u otro gobierno, sino de enfrentar la normalidad que estamos viviendo, que de nueva ya tiene poco.

Casi todos tenemos buenas razones para quejarnos. Pero, a menos que nuestro anhelo sea seguir quejándonos, es necesario cambiar de rumbo, aun contra viento y marea. Si seguimos este camino, tarde o temprano naufragaremos, y entonces los debates sobre las palabras, el derecho a quejarse, no valdrán de nada.

¡QUÉ PATRIA NI QUÉ CARACHO! REFLEXIONES SOBRE EL 9 DE JULIO

Un nuevo aniversario de la declaración de la independencia argentina nos trae la posibilidad de reflexionar sobre la construcción del Estado y la prédica nacionalista en las llamadas fechas patrias.

Que asociemos esta fecha principalmente a la escuela no es casual y es parte de la estrategia de la reproducción simbólica del Estado. Su efectividad precisa de una simplificación que aplaste la complejidad histórica hasta reducirla a una oración que se aprende de memoria: “El 9 de julio de 1816, en Tucumán, se declaró la independencia argentina”.

En los últimos años el progresismo incorporó algunos nuevos personajes marginados en el panteón nacional: Juana Azurduy, Remedios del Valle, el gaucho Rivero, etc. A su vez, el Estado adoptó nuevos formatos de adoctrinamiento vía televisión e internet como Pakapaka, Encuentro y otras plataformas educativas. Pero, a fin de cuentas, el objetivo sigue siendo el mismo.

En 1816 la República Argentina, tal como la conocemos hoy, no existía. No era un Estado unificado. Los ex dominios del Virreinato del Río de la Plata eran llamados Provincias Unidas en Sud América desde 1810. A partir de los sucesos de mayo, y aún en guerra contra los realistas, había comenzado una nueva disputa por la organización del territorio.

En la Asamblea de 1813 en Buenos Aires, son rechazadas las «Instrucciones» de José Artigas que recomendaban declarar urgentemente la independencia. Por esto, la Banda Oriental y las provincias del Litoral van formando la Liga de Los Pueblos Libres, bajo el mando del caudillo federal. El 29 de junio de 1815, realizan el Congreso de Oriente, en la actual Concepción del Uruguay. Allí, entre otras cosas, deliberan sobre la política agraria a seguir, que verá la luz en septiembre de ese año en Paysandú con el «Reglamento de Tierras». De acuerdo a ciertas fuentes, en este congreso, además, la Liga de los Pueblos Libres habría declarado su independencia del Imperio Español.

Los representantes de las provincias del noroeste y el Alto Perú, con Buenos Aires a la cabeza, reunidos en el Congreso de Tucumán, hicieron lo propio el 9 de julio de 1816.

Una compleja y no menos sangrienta guerra civil entre los llamados Federales y Unitarios se estaba cocinando; una guerra que se extendería hasta la batalla de Pavón en 1861 con la victoria del unitarismo. En estas cuatro décadas, donde ambos bandos demostraron una crueldad inaudita, fueron los pobres del campo y la ciudad los que vertieron su sangre por divisas que no los incluían más que para hacerse matar.

Si bien más afín al artiguismo, la lente progresista destaca que la declaración de 1816 fue impresa en aymara y en quechua. Este es otro punto interesante sobre el cual reflexionar. Las poblaciones originarias andinas habían sido rápidamente incorporadas al sistema colonial, y por ende formaban parte de los nuevos territorios independizados. Era necesario sumarlas a la causa contra los realistas a fin de utilizarlas como carne de cañón. Correspondía a los intereses del independentismo en esa zona y por eso se descartó traducirla al guaraní, idioma hablado en territorio federal.

La declaración tampoco se tradujo a los idiomas qom, mapuche, tehuelche, o selk´nam. ¿La razón? Los territorios del Chaco, la Pampa y la Patagonia no habían caído bajo el yugo colonial, por ende, no necesitaban ninguna independencia. El 9 de julio de 1816 no significó nada en los montes de quebracho ni en los inmensos pastizales del sur, aunque tendría un significado trágico décadas después. Será el Estado Argentino, independiente del rey Fernando VII y sus sucesores, así como de toda dominación extranjera, quien conquistará esas tierras en sucesivas campañas para imponer allí la libertad, la igualdad y la fraternidad del Capital.

Los primeros festejos del 9 de julio se decretaron bajo la presidencia de Bernardino Rivadavia en 1826, en el contexto de un primer intento de unificación del país. Pero recién la Generación del ‘80, heredera directa del proyecto unitario, será la que finalmente imponga las bases para el país y la nacionalidad argentina como hoy la conocemos. En este sentido, la fecha del 9 de julio, aunque decretada como festejo en 1826, solo puede ser comprendida cabalmente desde esta década y los gobiernos sucesivos. Es a partir de este momento que se consolida un territorio unificado políticamente, un método de enseñanza obligatorio y masivo, así como fuerzas armadas profesionales y modernizadas que se yerguen como depositarias de los valores nacionales.

La afirmación de que “esa gente hizo el país” es cierta. Lograron, con el tiempo, crear un Estado moderno. Disciplinar y homogeneizar una población. Definir límites artificiales en un papel. Imponer la política como forma enajenada de organización humana. El garrote y la escuela, el desfile militar y las urnas, y de la casa al trabajo. Ese es su mérito.

Hacia 1820 se cantaba un cielito popular en la campaña rioplatense. Hay más verdad en esas coplas anónimas que en todos los decretos ministeriales juntos:

No me vengan con embrollos
de patrias y montoneras
que para matarse al ñudo
le sobra tiempo a cualquiera
Cielito, cielo que sí
Cielito de Canelones
Qué Patria ni qué caracho
han de querer los ladrones
Sarratea me hizo cabo
Con Artigas jui sargento

El uno me dio cien palos
y el otro me aplicó ciento

Cielito, cielo que sí
Cielito del corazón

Para no pagarme el sueldo
era güena la ración

Nuevo: CUADERNOS DE NEGACIÓN NRO.15, NOTAS SOBRE SEXO Y GÉNERO

Con fecha de lanzamiento el mes próximo, en este nuevo número nos aproximamos a las nociones de sexo y género con la intención de seguir profundizando respecto de las formas en que el Capital articula e interviene sobre las diferencias sexuales para la reproducción de esta sociedad. No buscamos las causas de la violencia sexista y la opresión simplemente en las diferencias, sino en su instrumentalización capitalista, ya que por sí solas no dicen nada sobre la brutalidad, dominación o jerarquías que produce el orden social.

Comenzamos abordando la intersexualidad como ejemplo extremo de la aplicación del bisturí de la división sexual sobre quienes no encajan en la norma, para luego adentrarnos en ciertos ejes que entendemos necesario poner en tensión respecto de las discusiones sobre sexo y género: la dicotomía naturaleza y cultura, los debates feministas de la igualdad y la diferencia, la sexualidad, la escisión cuerpo y mente, así como la íntima relación con la tecnociencia de ciertas perspectivas de género actuales.

Los dos números anteriores de esta publicación (Notas sobre patriarcado y Notas sobre trabajo doméstico) los hemos dedicado al análisis histórico y actual del sexismo, el patriarcado, la familia, la sexualidad, la reproducción de la fuerza de trabajo y el trabajo doméstico, así como otros temas relacionados, abarcando entonces muchos aspectos acerca de la división sexual y del trabajo, de la opresión y explotación particulares de las mujeres en el capitalismo. Todo esto lo hemos hecho sin que nos haya resultado imprescindible la profundización en las definiciones de género y su implementación que, en líneas generales, trae aparejada una manera de concebir y, por tanto, transformar la realidad que cuestionamos. Es por ello que, al abordar dicho concepto en este número, no nos proponemos una definición acabada o un aporte a los gender studies, sino un acercamiento crítico. Entendemos a las teorizaciones de género, principalmente, en relación a las transformaciones en la producción y reproducción de la sociedad capitalista de las últimas décadas.

A su vez, realizamos una crítica al feminismo como ideología, así como a la propuesta deconstruccionista. Esto llega tras un largo recorrido, pero no constituye un punto de partida. Es por ello que resaltamos la relación entre esta necesaria crítica y los desarrollos realizados en los números anteriores y los que vendrán, invitando a su lectura, discusión y difusión.

Mientras que en los dos Cuadernos anteriores nos focalizamos en la comprensión de las problemáticas puestas de relieve, principalmente, por las luchas de mujeres y disidencias sexuales, en este número otorgamos mayor énfasis a la crítica de los enfoques predominantes sobre dichas problemáticas y su influencia en las luchas actuales. Consideramos que, más allá de los debates particulares de los movimientos de mujeres y LGTTBIQ+, es preciso comprenderlos de manera más amplia, en relación a las expresiones de lucha de nuestra época. Por ello, a modo de cierre, volvemos sobre ciertos cambios en la reproducción del proletariado, como el interclasismo y el ciudadanismo, ineludibles en los movimientos sociales actuales.

Consideramos que la división sexual capitalista y sus respectivas asignaciones no son solamente cuestiones que deban superarse en el curso de la revolución, sino también una fuente de dicha superación. Esperamos que los Cuadernos sean un aporte a las luchas en curso.

Además de distribuirse en papel, todos los números de la revista así como traducciones y otros artículos publicados están disponibles para descargar en nuestro sitio web: cuadernosdenegacion.blogspot.com

Del mismo modo, los artículos y libros citados a lo largo de estos catorce años que llevamos realizando los Cuadernos pueden encontrarse en: bibliotecacuadernosdenegacion.blogspot.com

Quien estime que estos materiales merecen ser difundidos… ¡A reproducirlos, imprimirlos, copiarlos, discutirlos! Fueron realizados para ser compartidos de la manera que se considere más conveniente.

sábado, 10 de julio de 2021

1° de Maio: Memória e Perspectivas

Recibimos la traducción de un artículo de La Oveja Negra, se trata de: 1° de mayo: Memoria y Perspectivas (mayo de 2021).

La traducción corre a cargo de los compañeros de Communismo Libértario.

«Traduzimos o texto 1° de Maio: Memória e Perspectivas, dos camaradas do La Oveja Negra. Tomamos a liberdade de acrescentar algumas notas em diálogo com as proposições apresentadas.»

1° de Maio: Memória e Perspectivas

Carpeta con traducciones de La Oveja Negra

jueves, 10 de junio de 2021

First of May: Memory and Perspectives

Recibimos la traducción de un artículo de La Oveja Negra, se trata de: 1° de mayo: Memoria y Perspectivas (mayo de 2021).

La traducción corre a cargo de los compañeros de Perspectiva Internacionalista.

«At the occasion of May First, the Argentina-based group La Oveja Negra (The Black Sheep) draws up a balance sheet of past struggles against capitalism and finds a perspective of the future in the present ones.»

First of May: Memory and Perspectives

Carpeta con traducciones de La Oveja Negra

 

miércoles, 28 de abril de 2021

1° DE MAYO: MEMORIA Y PERSPECTIVAS

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Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra para recordar, compartir, conmovernos, inspirarnos, debatir, reflexionar y agitar.

Nos encontramos otro 1° de mayo en la lucha anticapitalista por la cual hace tantísimos años fueron ejecutados a manos del Estado cinco compañeros y otros tres condenados a cadena perpetua, conocidos luego como los “mártires de Chicago”.

La lucha anticapitalista es tan necesaria como ayer para quienes sufrimos el Capital en carne propia: en cada jornada laboral, sea dentro o fuera de donde vivimos, con o sin salario, con o sin horario fijo, cada vez que buscamos trabajo, cuando padecemos las carencias, cada vez que nos relacionamos con otros seres humanos mediados por el dinero que todo lo cosifica.

Desde hace siglos el proletariado libra combates; sin embargo, aquellas jornadas de mayo en Chicago eran parte de una lucha en la cual proletarios y proletarias se organizaban con una perspectiva emancipatoria. George Engel, tipógrafo y anarquista ahorcado en 1887 lo expresaba de esta manera: «Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos.»

Los compañeros de Chicago y el movimiento del cual formaban parte no lucharon simplemente por las ocho horas. Cuando se referían a “ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de recreación” no se referían al ocio que conocemos actualmente. Querían recuperar ese tiempo para la agitación, el aprendizaje y para confraternizar con sus pares.

Partimos de esta fecha que nos convoca para proponer un breve recorrido a través de las transformaciones de la sociedad capitalista y la incesante lucha por superarla.

El desarrollo industrial

A fines del siglo XVIII el Capital se vuelca definitivamente a la producción y transforma profundamente los procesos de trabajo reorganizándolos, tanto temporal como geográficamente. En Inglaterra se observa patente toda la brutalidad de esta dinámica social en sus inicios. Los propietarios de las fábricas tenían poco éxito para reclutar mano de obra, para ello debían recorrer a menudo largas distancias y privar a los futuros proletarios de sus medios de vida, hacinándolos en las casas que conformarían los barrios obreros.

La constitución del ejército de reserva industrial conllevó, además del despojo, una militarización del conjunto de la vida social. El ludismo, “los destructores de máquinas”, junto a movimientos de resistencia y revueltas fueron respuestas al hambre y la miseria que comenzaba a reinar.

Para frenar a los luditas el Estado debió modernizar su policía; pronto la destrucción de máquinas fue penada con la muerte, mientras que el sindicalismo emergente era tolerado. Se sancionaron leyes para regular tanto el trabajo como algunas libertades civiles. Con esta oscilación entre la violencia y la reforma, el progreso capitalista establecía un método para reconducir la ira de aquellos esclavos modernos, cuyos ataques estaban dirigidos contra los instrumentos materiales de producción y no hacían distinción alguna entre las máquinas mismas y el modo en que eran usadas.

Expresiones luego mayoritarias de los incipientes movimientos obrero y socialista comienzan a expresar gran fe en la ciencia y la maquinaria, o por lo menos a afirmar su supuesta neutralidad.

Las luchas contra la feroz avanzada capitalista comenzaron a reproducirse a lo largo del mundo, muchas de ellas con un claro contenido reformador al interior del capitalismo, otras con una búsqueda más profunda de subversión del orden social.

Fruto de estas luchas surgió la Primera Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Fue a partir de las luchas concretas que se desarrollaban, en la práctica masiva de la clase y en el marco de las relaciones de fuerza existentes en cada país, que se pudieron refutar o afirmar las influencias de las distintas tendencias y rupturas. En ese sentido, la segunda mitad del siglo XIX constituye un período de aprendizajes y modificaciones de la lucha revolucionaria.

Los proletarios de diferentes países eran arrojados al trabajo como también a combatir en una trinchera en defensa de la patria. En esta situación de guerras nacionales y competencias interburguesas, decidieron intentar actuar dejando a un lado las fronteras nacionales y uniéndose para enfrentar a la burguesía como una clase internacional.

En los estatutos inaugurales de la AIT nos brindan un gran aporte: «La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será». Es decir, para obtener el triunfo el proletariado necesita de una acción común masiva, a la vez que producir una teoría y una metodología revolucionaria que lo orienten en la lucha. El gran objetivo: la abolición de las clases.

En la misma sentencia podemos leer también que la lucha por «la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.» Por primera vez el proletariado buscaba tener su propio proyecto revolucionario al margen de la burguesía, pero lo hacía aún cargado de las concepciones burguesas de la política. Si bien era el comienzo de una búsqueda propia, se pensaba mayoritariamente como una continuidad de la revolución francesa, que consideraban inconclusa. La igualdad de derechos y deberes se concebía como un avance hacia el fin de la explotación e incluso como un objetivo revolucionario, como una premisa para la sociedad sin clases. Su “toma de la Bastilla” consistía en vencer a una clase concebida como parasitaria, una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar la misma sociedad, sólo que bajo signo obrero.

En el primer congreso de 1866, en Ginebra, la AIT declaraba que «la restricción de la jornada laboral es una condición previa, sin la cual han de fracasar todos los demás esfuerzos por la emancipación... Proponemos 8 horas de trabajo como límite legal de la jornada laboral». Es decir, se planteaban reivindicaciones concretas inmediatas con una perspectiva revolucionaria. Esta perspectiva es la que fue asumida por trabajadores radicalizados en muchas partes del mundo, tal es el caso del movimiento del que fueron parte los mártires de Chicago.

Reestructuraciones

La reducción de la jornada de trabajo fue el resultado de la lucha de generaciones de proletarios, pero también fue ineludible para el Capital que, a nivel internacional y por sus propias contradicciones internas, estaba atentando contra la base misma de su reproducción. La extensión sin límites de la jornada laboral estaba atacando la reproducción y sobrevivencia de la fuerza de trabajo, de la fuente de plusvalor. Al mismo tiempo que se reducía la jornada, el Capital se transformaba logrando ampliar sus ganancias a partir de la ayuda de la ciencia, con la introducción de maquinarias, disminuyendo el tiempo de producción de las mercancías e intensificando la explotación del trabajo. No obstante es preciso destacar que, ayer como hoy, mientras en algunos países se moderniza, en otros se continúa requiriendo del saqueo y el trabajo esclavo.

En el caso de Argentina, la ley que regulaba las ocho horas se promulgó en 1929, ya como legislación necesaria de la modernización capitalista y su propia regulación. Este ejemplo local evidencia, junto a tantos otros en la historia y en el mundo, que aquello que en un momento puede ser un objetivo de lucha, un ataque directo a la ganancia, una necesidad inmediata impostergable e incluso dinamizadora de potentes expresiones revolucionarias, en otro puede ser simplemente un derecho otorgado para lubricar la maquinaria capitalista.

Esto no significa un desprecio hacia las luchas pasadas, sino un intento por comprenderlas, por poner en tensión aquello considerado una conquista, su relación con una perspectiva de transformación revolucionaria o de reforma al interior del desarrollo capitalista.

Justamente durante las tres primeras décadas del siglo XX el proletariado en Argentina llevó adelante una intensa agitación social. Su máxima expresión se cristalizó en la FORA, con su gremialismo anarquista y sus innumerables iniciativas de propaganda y agitación social, cuya finalidad revolucionaria se orientaba hacia la concreción del comunismo anárquico.

En este contexto la respuesta del Estado argentino a los reclamos sociales y las luchas en curso, ya sea en la ciudad como en el campo, fue siempre la represión, la cárcel, el destierro o la muerte. Ninguna mejora en la vida social fue obtenida sin oponer fuerza a la fuerza y, cuando las energías proletarias se dispersaban, se perdía rápidamente lo conquistado.

Debido quizás a las características geográficas y de organización productiva del país, así como a la fuerte orientación anarquista de federalismo y autonomía en el seno del proletariado, este no realizó una campaña homogénea respecto de la jornada laboral, aunque sí hubo infinidad de huelgas y luchas al respecto.

De la mano dura de la represión se afianzó un proceso de fuerte integración del proletariado en el capitalismo. Esto implica toda una serie de transformaciones en la vida social, en el Estado y sus legislaciones, así como en las organizaciones del proletariado y el contenido de sus luchas. En Argentina es justamente a partir de la década del ‘30 que se cimienta, sobre la derrota de las expresiones revolucionarias, el reformismo sindical y parlamentario que dará luego lugar al peronismo.

Cuando hablamos de integración comúnmente se interpreta un fenómeno ideológico o relativo a la conciencia, algo así como una cooptación, como un engaño o persuasión. Pero nos referimos a las condiciones materiales de existencia: la profundización de la integración de la reproducción de la clase proletaria en la reproducción del Capital, basada fundamentalmente en el desarrollo de la industria y sus elevados niveles de productividad. Este proceso claramente excede lo local y su expresión máxima es aquello que se ha denominado “la edad dorada” del capitalismo, entre el final de la segunda guerra mundial y los años ‘70 con su aumento en los niveles de producción y consumo, con su “Estado de bienestar”.

Los métodos de producción predominantes de este período, junto a una serie de medidas políticas que se implementaron en gran número de países, constituyeron lo que se conoció como el modelo fordista-keynesiano. Como siempre, en el capitalismo conviven diferentes realidades y formas de producción entre las diferentes regiones e incluso en una misma región; por ello tratamos de analizar brevemente sus aspectos determinantes, para acercarnos a la comprensión de las dinámicas sociales, y por ende de lucha, generales en cada momento.

El aumento sostenido de la tasa de ganancia durante varias décadas y el aumento (claramente no en la misma proporción) de los salarios en muchas ramas de la producción posibilitó una pacificación social donde los sindicatos cumplieron un rol importante. Esta situación que podemos comprender como un “pacto de productividad” entre el Capital y el trabajo reforzó el proceso de integración del proletariado. Sin embargo, las barreras puestas por la propia valorización capitalista aparecen una y otra vez. La aceleración de fenómenos como el aumento de la composición orgánica del Capital y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pusieron en crisis el modelo de desarrollo vigente que comenzó a reestructurarse más ampliamente en la década del ‘70. En el marco de este proceso de agotamiento se desarrollaron importantes expresiones de ruptura en la clase proletaria que decantarían en una nueva e intensa oleada de luchas a nivel internacional en las décadas de los años ‘60 y ‘70.

La derrota del movimiento revolucionario dio vía libre a la reestructuración capitalista de la producción y administración de la economía a través de diferentes procesos. Entre ellos: una renovada introducción tecnológica fundamentalmente apoyada en la “revolución informática”, la aceleración de la industrialización en diferentes regiones consideradas “atrasadas”, la reorganización de los procesos de trabajo y sus correspondientes legislaciones, al tiempo que la expansión de los mercados internacionales. Del mismo modo, la relocalización de fábricas gracias a la introducción de zonas francas permitió el acceso a mano de obra más barata, menos controles laborales, ambientales e impositivos, lo que incentivó una nueva y más eficiente división internacional del trabajo.

Todo esto trajo aparejado una transformación de las condiciones laborales, que dejó atrás muchas de las concesiones y conquistas propias de los niveles de productividad de las décadas anteriores. Se produjo un fuerte aumento de la precarización del trabajo y, por ende, de las condiciones de vida en general. Aquel se estructuró a través de distintas estrategias como flexibilización del uso de la fuerza de trabajo (flexibilidad del contrato de trabajo, pero también de los horarios, de los salarios y de las funciones); aumento de la desocupación y estabilización de un numeroso ejército de reserva que jamás sería incluido al trabajo asalariado; ejecución de procesos laborales estandarizados y simplificados, con la consecuente descalificación de la fuerza de trabajo; ingreso al mercado de trabajo de una cantidad cada vez más masiva de mujeres, que expresa la necesidad de más de un salario por familia; aumento del trabajo no registrado (que comprende desde la implementación de becarios o pasantes en la investigación, hasta la clandestinidad de trabajadores migrantes en talleres textiles); tercerización, subcontratación o externalización de determinadas tareas o fases de los procesos de producción que diseminan y disminuyen las responsabilidades patronales.

Estas transformaciones que el Capital encontró para mantener la explotación y dominación, es decir su propia reproducción, transformaron la reproducción del proletariado quebrando aquella fuerte integración que describíamos anteriormente, dando lugar a transformaciones importantes en las dinámicas de lucha y su contenido.

El presente

Hoy podemos estar seguros de algo que los compañeros en 1886 no podían estarlo tanto. La lucha por las ocho horas fue una lucha por la reducción de la jornada laboral en una situación en la que el capitalista ganaba más haciendo trabajar más tiempo a sus empleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que se pueda producir cada vez más en menos horas. Nos indignamos por la situación de aquellos que trabajaban y aún hoy trabajan más de ocho horas, pero no nos sensibiliza de igual forma que alguien trabaje menos de ocho horas bajo modalidades que destruyen cualquier cuerpo humano.

Si bien las categorías básicas del Capital permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– mucha agua ha pasado bajo el puente. Las fábricas ya no son el centro de la sociabilidad capitalista, la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño, el patrón dólar-oro ya no existe y las culturas proletaria y burguesa se encuentran prácticamente indiferenciadas.

El fin de los “años dorados” supuso la transformación del proletariado en general y una crisis del movimiento obrero en particular. La centralidad del trabajo en la industria y el lugar de la fábrica fue puesta en cuestión e implicó que el obrero industrial ya no fuera visto como el principal protagonista, ni mucho menos como la vanguardia de su clase. Esto significó que toda la experiencia acumulada en base a unas condiciones de trabajo que hacían posible la proliferación de grandes huelgas en los lugares de trabajo, prácticas de sabotaje, rompimiento de máquinas o herramientas, organizaciones de grandes contingentes de hombres y mujeres que compartían la cotidianeidad laboral en el mismo espacio, a veces incluso la vida en el mismo barrio obrero, no sea reproducible bajo las nuevas condiciones.

Evidentemente, estas dieron pie a nuevas formas: cortes de rutas para impedir la circulación de mercancías cuando miles de desocupados ya no pueden impedir la producción, por ejemplo. Por otra parte, y coincidentemente, a partir de ese momento la industria y el progreso capitalista dejaron más que nunca en evidencia la devastación que suponían para el planeta y para quienes lo habitamos. Comenzaron a gestarse cada vez más movimientos contra los efectos nocivos de la producción hacia la salud y el ambiente. Pero el abordaje de nuevas problemáticas o, mejor dicho, el abordaje de problemáticas históricas como novedad no necesariamente desembocan en la crítica y la lucha anticapitalista. Si bien las reivindicaciones salen masivamente de la esfera del trabajo para poner en cuestión diferentes aspectos de la reproducción social en su conjunto, se ha mantenido en la mayoría de los casos una perspectiva que parte de los niveles de la integración de antaño.

El retorno a los inicios del movimiento obrero o del Estado de bienestar no es deseable ni posible. Las luchas del pasado nos inspiran de cara al futuro, pero debemos quitarnos el lastre de la nostalgia progresista.

Hoy el Capital continúa pauperizando nuestras condiciones de vida. La extensión de la informática a cada vez más esferas del trabajo y de la sociabilidad en su totalidad junto a las medidas de aislamiento, profundizan la difícil situación a la que tenemos que hacer frente los proletarios y proletarias en nuestro día a día, y que debemos analizar a la hora de organizarnos si queremos transformar la realidad.

¿Cómo llevar a cabo la resistencia, incluso el más mínimo sabotaje, cuando todas las herramientas son nuestras y el lugar de trabajo es donde vivimos, cuando los niveles de desocupación crecen día a día, cuando no nos podemos encontrar con nuestras compañeras de trabajo más que a través de una pantalla, cuando las horas del día no parecen tener fronteras entre trabajo y no-trabajo, cuando la represión en las calles está legitimada por el discurso del “cuidarnos”? Son algunas de las preguntas que nos hacemos este primero de mayo.

La reestructuración capitalista produce el declive de la identidad obrera y la explosión de múltiples identidades, algunas de ellas vinculadas a las nuevas formas de lucha proletaria.

Las revueltas desatadas en diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la familia, la naturaleza de la cual formamos parte.

En las revueltas de nuestro tiempo, hoy atravesadas por la declaración mundial de pandemia, está muy claro que no hay una perspectiva de gestionar el objeto de las protestas. Solo los civilizadores progresistas proponen nacionalización, gestión obrera, referéndum, cambios en la administración capitalista. Pero no hay un mismo proyecto que tanto proletariado como burguesía deberíamos defender, gestionándolo de diferentes maneras. No se trata de una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar esta sociedad, sino de luchar contra el Capital en tanto que sociedad, que relación social.

El capitalismo, por sus propias contradicciones internas, no puede mejorar nuestras condiciones de vida. Por otra parte, esta conflictividad social tiende además a sincronizarse porque las medidas de austeridad en épocas de crisis son globales, porque el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida no son un problema nacional o de políticas neoliberales. Ni los burgueses eligen este escenario ni los proletarios en lucha elegimos el nuestro. Las fuerzas ciegas de la economía nos han traído hasta acá. Ahora es importante saber qué hacemos, no de cara al futuro ¡sino lo que ya estamos haciendo!

Cada contexto produce condiciones diferentes para la revolución y genera contradicciones (materiales, no morales; sociales, no individuales) particulares. Estas pueden hacernos importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia continuación.

Por esto confiamos en que es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas, se delinea el horizonte revolucionario del presente.